Discurso sobre las pasiones del amor

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Discurso sobre las pasiones del amor de Blaise Pascal

El hombre nació para pensar, por lo cual ni un momento deja de hacerlo. Pero los pensamientos puros, aquellos que lo harían feliz si pudiera sostenerlos siempre, lo cansan y lo abaten. Sería una vida unitiva en la que no sabe hallar acomodo. Quiere acción, le son necesarias pasiones que lo agiten y le hagan sentir en su corazón sus raíces tan vivas y tan profundas.

Las pasiones más propias del hombre, origen de muchas otras, son el amor y la ambición. No tienen que ver entre sí, aunque a menudo anden de la mano. Pero se debilitan de manera recíproca, por no decir que se anulan.


Sea cual fuere la grandeza de espíritu que se tenga, únicamente se podrá nutrir una sola gran pasión. Por ello, cuando el amor y la ambición se encuentran juntos, sólo son la mitad de lo que serían si no estuvieran ambos. La edad no influye en la aparición ni en el fin de estas dos pasiones: nacen en los primeros años y subsisten muy a menudo hasta la tumba. Sin embargo, como requieren mucho ardor, los jóvenes las padecen más y parecieran deber perder fuerza con los años. Pero esto sucede muy rara vez. La vida del hombre es miserablemente corta. Se lleva la cuenta desde que se ve la luz. Por mi parte, yo no contaría más que a partir del nacimiento de la razón, a partir del momento en que la razón nos sacude, lo cual no suele suceder antes de los veinte años. Antes se es niño. Y un infante no es un hombre.

¡Qué feliz es una vida si empieza con el amor y termina por la ambición! Si pudiera escoger una, ésa sería. Mientras hay fuego, se es amable; pero ese fuego se apaga, se pierde: ¡qué amplio y hermoso le queda el lugar a la ambición! La vida tumultuosa les es agradable a los grandes espíritus y no hay placer en ella para los mediocres. Siempre son máquinas. Por ello, si el amor y la ambición comienzan y terminan la vida, se está en el estado más feliz que puede alcanzar la naturaleza humana. Cuanto más espíritu se tenga, tanto más grandes serán las pasiones, ya que no siendo éstas sino sentimientos y pensamientos, propios únicamente del espíritu, aunque causados por el cuerpo, resulta evidente que ya sólo serán puro espíritu y que, de esta manera, lo colmarán a toda su capacidad. Me refiero en especial a las pasiones de fuego, ya que las demás suelen fundirse a menudo juntas, causando una confusión en sumo incómoda. Pero esto nunca les sucede a los que tienen espíritu. Todo es grande en un alma grande. Algunos se preguntan si hay que amar. Eso no debe ser una pregunta: sólo puede sentirse. Acerca de eso no se elaboran conjeturas: sólo se es proclive y, en caso de mucho preguntar, puede uno ganarse el placer de haberse equivocado. La claridad del espíritu implica también la claridad de la pasión, por lo cual, si un espíritu grande y preclaro ama con ardor, por lo mismo ve con toda nitidez aquello que ama.

Existen dos tipos de espíritu, uno geométrico y otro que puede ser llamado de fineza. El primero experimenta alcances lentos, duros y rígidos; el otro, en cambio, manifiesta una flexibilidad de pensamiento que destina siempre a las diversas partes amables de lo que ama. De los ojos llega hasta el corazón; por lo exterior conoce lo interior. Cuando ambas formas de espíritu coexisten, ¡cuánto placer procura el amor! Porque se tienen a un tiempo la fuerza y la flexibilidad del espíritu, esta última muy necesaria para que dos personas puedan ser elocuentes.


Nacemos con un tipo de amor en nuestros corazones, que se desarrolla a medida que el espíritu se va perfeccionando y que nos conduce a amar aquello que nos parece bello sin que nadie nos haya dicho en qué consiste. ¿Quién puede, pues, dudar que estemos en el mundo para otra cosa que no sea amar? En efecto, por más que nos escondamos, seguiremos amando. Hasta en aquellas cosas de las que parece que el amor ha sido sustraído, el amor mora secretamente y a escondidas, y resulta imposible que el hombre pueda vivir un momento sin él. Al hombre no le gusta quedarse consigo mismo. Pero ama. Debe, pues, buscar en otra parte algo que amar. No puede hallarlo más que en la belleza. Pero, como él es la criatura más bella que Dios haya formado, tiene que encontrar en sí mismo el modelo de la belleza que busca por fuera. Cualquiera puede advertir en sí mismo sus primeros destellos y, según si los que provienen de fuera se les adaptan o no, así se van formando las ideas que uno tiene acerca de lo bello y lo feo en todas las cosas. De este modo, aunque el hombre trate de encontrar con qué llenar el gran vacío que ha abierto al salir de sí mismo, no podrá satisfacerse con cualquier tipo de objeto. Su corazón es demasiado grande. Debe ser, por lo menos, algo que se le parezca y que se le acerque lo más posible. Esta es la razón por la cual la belleza que puede contentar al hombre no estriba sólo en la conveniencia, sino también en el parecido: lo restringe y lo encierra en la diferencia de los sexos. La naturaleza ha sabido imprimir tan bien esta verdad en nuestras almas que todo nos parece haber sido dispuesto de antemano. No son necesarios arte ni estudio. Hasta parece que tuviéramos un papel que desempeñar en nuestros corazones y que ello en efecto sucediese. Pero es más lo que se siente que lo que puede decirse. Sólo quienes confunden y desprecian sus propias ideas dejan de percibirlo. Aunque esta idea general de la belleza se encuentre grabada en el fondo del alma con letras imborrables, no deja de experimentar grandes diferencias en su aplicación particular, pero únicamente en cuanto a la manera de concebir lo que gusta. En efecto, no se desea de modo desnudo una belleza, sino que se le piden mil circunstancias que dependen de la posición en la que uno se halle y por ello puede decirse que cada quien tiene el original de su belleza, cuya copia va buscando por el ancho mundo. Sin embargo, son las mujeres quienes determinan a menudo este original. Como ejercen un poder absoluto sobre el espíritu de los hombres, son capaces de subrayar las bellezas parciales que poseen o las que estiman y, de este modo, le añaden cuanto les gusta a esta belleza radical. Por este motivo, hay un siglo para las rubias como otro para las morenas y la división de opiniones respecto de unas y otras es también la que divide a los hombres en un mismo momento en relación con unas y otras. La moda misma y los países rigen a menudo lo que llamamos belleza. No deja de ser extraño que las costumbres se entrometan tanto en nuestras pasiones. Lo cual no impide que cada quien tenga su concepto de belleza, con el que juzga a los demás y al que los refiere: bajo este principio, a un amante le parece más bella su propia amante y la erige como ejemplo. La belleza tiene mil rostros diferentes, pero quien mejor lo sostiene es sin duda una mujer. Cuando, además, tiene espíritu, la anima y sazona de manera maravillosa. Si una mujer quiere gustar y posee las ventajas que otorga la belleza, o parte de ellas, triunfará. Y si no lo intenta, por poco que los hombres se fijen en ella, logrará enamorarlos e instalarse en ese lugar de espera que todos tienen en sus corazones. El hombre nace para el placer: lo siente y no le es necesaria ninguna otra prueba. Obedece, pues, a su razón al entregarse al placer. Pero, muy a menudo, siente pasión en su corazón sin saber por dónde ha llegado. Un placer verdadero y un placer falso pueden colmar del mismo modo el espíritu. ¿Qué importa que ese placer sea falso si lo creemos verdadero?

A fuerza de hablar de amor, nos enamoramos. Nada tan fácil. Es la pasión más natural en el hombre. El amor carece de edad. Siempre es un recién nacido. Los poetas nos lo han dicho: por eso nos lo presentan como un niño. Y sin pedirle nada, lo sentimos. El amor nos da más espíritu, el espíritu lo sustenta: hay que ser ágil para amar. A diario se nos agotan las maneras de gustar. Sin embargo, hay que gustar y lo logramos. Tenemos una fuente de amor propio que nos representa a nosotros mismos como siendo capaces de desempeñar diversos papeles en el mundo: es la causa de que nos guste tanto ser amados. Como se trata de un deseo ardiente, lo notamos muy pronto y lo reconocemos en los ojos de la persona que ama. Los ojos son los intérpretes del corazón, pero sólo quien anda interesado entiende su lenguaje. El hombre solitario es algo imperfecto; es menester que se encuentre a otro para ser feliz. Lo busca con frecuencia en su entorno cercano, porque la libertad y la posibilidad de manifestarla se hallan en él de manera más fácil. Sin embargo, se mira a veces más arriba y se siente que el fuego crece, aunque no nos atrevamos a decírselo a la que desde ahí lo atiza. Cuando se ama a una mujer de otra condición, la ambición puede acompañar los albores del amor. Pero en poco tiempo éste se convierte en el amo. Es un tirano que no tolera competencia. Quiere estar solo. Todas las pasiones deben doblegársele y obedecerle.

Una amistad de alta estirpe colma mucho mejor el corazón del hombre que una de misma condición y común. Las pequeñeces flotan en su ámbito pero sólo las cosas grandes se detienen y se quedan. A menudo se escriben cosas que sólo pueden ser demostradas si se obliga a que todo mundo reflexione acerca de sí mismo para dar con la verdad a la que me refiero. Cuando un hombre muestra delicadeza en algún lugar de su espíritu, la tendrá también en amores. Ya que como es menester que sea un objeto exterior el que lo cimbre, si algo repugna a sus ideas lo percibe y se aleja. La regla de semejante delicadeza depende de una razón pura, noble y sublime: por lo cual puede uno creer ser delicado, sin serlo en efecto, y estar los demás en todo su derecho para condenarnos. En cambio, cuando de belleza se trata, cada quien tiene su regla soberana e independiente de las otras. Sin embargo, entre ser delicado y no serlo para nada, hay que convenir que, cuando se quiere ser delicado, no se dista mucho de serlo del todo. A las mujeres les gusta percibir una delicadeza masculina y ésta me parece ser la manera más tierna de ganárnoslas: qué agradable es ver que mil otros son despreciables mientras sólo nosotros somos estimables. Las cualidades del espíritu no se adquieren por costumbre, sólo se perfeccionan. Por ello, es fácil advertir que la delicadeza es un don de la naturaleza y no una conquista del arte. A medida que se tenga más espíritu, se hallarán más bellezas originales. Pero no se puede estar enamorado, ya que, si se ama, nada más se podrá encontrar una. ¿No es notable que cada vez que una mujer sale de sí misma para caracterizarse ante el corazón de los demás, abre un lugar vacío para los demás en el suyo? Y, sin embargo, no falta quien lo niegue. ¿Nos atreveremos a llamarlo injusticia? Es natural devolver cuanto hemos tomado. El obcecamiento con un solo pensamiento cansa y arruina al espíritu. Por lo cual, para que el placer del amor sea sólido y duradero, es preferible, a veces, no saber que se ama. Esto no significa ser infiel, puesto que no se ama a nadie más, sino retomar fuerzas para amar mejor. Sucede sin que lo pensemos, el espíritu lo hace solo; la naturaleza lo quiere, lo ordena. Hay que confesar, sin embargo, que se trata de una miserable consecuencia de la naturaleza humana y que se estaría mucho mejor si no fuera obligatorio cambiar de pensamiento. Pero no hay remedio. El placer de amar sin confesarlo conlleva penas, pero no por ello carece de dulzuras. ¿A qué alturas no nos eleva el hecho de destinar todas nuestras acciones a gustarle a una persona que estimamos de forma infinita? Nos estudiamos a diario para encontrar la manera de descubrirnos y nos tomamos el mismo tiempo que le dedicaríamos a la que amamos. Los ojos se encienden y se apagan en un mismo instante, y aunque no nos conste que la causante de semejante desorden lo note, se tiene de cualquier forma la satisfacción de sentir toda esta agitación por una persona que se merece tanto. Nos gustaría tener cien lenguas para divulgarlo, pero como está vedado el uso de la palabra, debemos reducirnos a la elocuencia de los actos.•