Divertidas aventuras: 02

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Acabé por acostumbrarme un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias a mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados por la pluma, o levantarse con la silla pegada a los fondillos, o llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que para atreverse a tanto era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición.

Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre -«cátedra» decía él- mientras explicaba o interrogaba; después, en la hora de caligrafía o de dictado, poníase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad, procurarme picapica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí a menudo la ingeniosa operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver a don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:

-¡Todo el mundo se queda dos horas!

Iba a lavarse, a ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta a mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros -quebrada la inercia de mis condiscípulos-, mientras los instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que mí verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas, rojo y barnizado de ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas -espectáculo bufo si los hay-, y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba a distribuir castigos supletorios a diestra y siniestra, condenando sin distinción a inocentes y culpables, a juiciosos y traviesos, a todos, en fin... A todos menos a mí. ¿No era yo acaso el hijo de don Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían decir mis camaradas?

¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie debidamente a los que, como tú entonces, saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque si bien este acatamiento es la única base posible de la felicidad de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas demasiado, olvidando que eras también «autoridad», aunque de infinito orden. Y esta flaqueza es para mí irritante e inadmisible, sobre todo cuando llega a extremos como éste.

Una tarde, a la hora de salir de la escuela y a raíz de un alboroto colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar conmigo. Sospechando que el cielo iba a caérseme encima, me preparé a rechazar los ataques del magister hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único medio de vida: un arañazo o una equimosis no significaban nada para mí -era y soy valiente-, y con una marca directa o indirecta de don Lucas obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues, mi pasmo, al oírle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y académico lenguaje, o, mejor dicho, prosodia:

-Después de recapacitar muy seriamente, he arribado a una conclusión, mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba a todos los demás), usted es el más inteligente y el más aplicado... No, no se enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí, con la mayor eficacia, a conservar el orden y mantener la disciplina en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la carcoma de este país...

Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé a esperar más serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada.

-Pero no he querido -continuó don Lucas, en el mismo tono- adoptar una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.

El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde. Junto a la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío, cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió, sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta pregunta:

-¿Quiere usted ser monitor?

¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizá en su misma presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía leer de corrido, gracias a Mamita! ¡Y en la escuela había veinte muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que yo! ¡Oh! Estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada a mis merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción alguna:

-Bueno, don Lucas.

Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran Papa, mariscal o almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para el cargo. Pero deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se limitaban a un sí o un no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor o don, como nos enseña la cortesía. Y ésta fue una evidente demostración de gratitud...

Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filósofo o como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar mi carácter y disciplinarme, haciéndome precisamente custodio de la disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme a costa de una claudicación moral, mucho peor que la física de su pata coja. Pero, meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino apenas como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza para ello los medios políticos a su alcance -medios poco sutiles a la verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples-. Para los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico, desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar con la cabra y con la col; pero ¡bah! Yo tenía tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.

Comencé, pues, desde el día siguiente, a ejercer el mando, como si no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté a don Lucas mi renuncia indeclinable...

He aquí por qué:

Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo en el patio, a la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba a llorar a moco tendido, uno de los más adelantados, Pedro Vázquez, con quien estaba yo en entredicho desde mi nombramiento de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:

-¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!

Iba a precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:

-¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!

Me volvió la espalda, rudamente, y se encogió de hombros, refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, o frases despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba a desempeñar un papel bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos grandes, azul oscuro, verdosos a veces, cuando la luz les daba de costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.

Aquel día, cuando volvimos a entrar en clase, Pedro, que estaba en uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.

-¡Pues si es así! Caramba -grité-, no quiero seguir de monitor ni un minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!

Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡calma! ¡Calma!», y tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el urticante de la picapica, pues con voz melosa preguntó, tuteándome contra su costumbre:

-¿Es decir que renuncias?

-¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-men-te! -repliqué, recalcando cada sílaba del adverbio, aprendido de Tatita en sus disposiciones electorales.

La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la palabrota era un terno formidable, anuncio de alguna colisión más formidable aún; pero volvió a la serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:

-Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que imitarle! -agregó, señalándome con ademán ponderativo a la admiración de mis estupefactos camaradas-. ¡La dignidad es lo primero!... Mauricio Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y silencio!

La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era, en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de ejército y policía al mismo tiempo.

Sólo Vázquez se atrevió a intentar una protesta, balbuciendo, entre indignado y lloroso, un:

¡Pero, señor!...

¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.

Acostumbrado a obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me hacía subir los colores a la cara, la sonrisa a los labios, el fuego a los ojos.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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