Divertidas aventuras: 41

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Pocos días después marchose a Europa uno de los hombres más importantes del país, el último vástago de nuestra raza, como hubiera podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo, un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba, considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por espíritu tradicional. A mi juicio, era una especie de Cincinato, ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera exclamación afirmativa o negativa, mientras que la mirada de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados a mi alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia juvenil, y narraba o explicaba entonces, con acento al par sentencioso y blando, como un abuelo que hablara a sus nietos y les dijera la indiscutible verdad bebida en la experiencia...

-Pero...

-Es como yo le digo -insistía tranquilo y perentorio, y su memoria sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.

Se marchó a Europa en medio de una formidable manifestación de despedida, que fue como un motín pacífico.

-¡Se da por vencido! -dijeron los que le veían como un espanta-pájaros, como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo-. A enemigo que huye, puente de plata...

-No comulga con la oposición -declararon los que husmeaban en el aire efluvios revolucionarios.

Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles? ¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero, ateniéndose a lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos es loable, por una razón o por otra, y en su actitud no careció de belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían «suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una manera demasiado imperativa a veces.

Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis conveniencias, no estaba dispuesto a dejarme engañar por su viaje y por su mansedumbre.

-¡Sí! -me dije. Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy, y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable. Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está bien! ¡Está bien! Pero se va para permitir que la revolución estalle... ¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado, con más cuidado que nunca.

Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un sentimentalismo trasnochado, utilitario o lírico, yo juzgué conveniente saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre nosotros, se ha consultado bastante al extranjero, que será el más egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no se ha consultado al criollo que se queda fuera de los negocios y la política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de carambola: «Mirón y errarla»...

Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó a Eulalia, aunque se comprometía a pasarla una mensualidad crecida «para alfileres», y aun cuando tomó a su cargo todos los gastos de instalación de nuestra casa, cercana a la suya, que yo organicé y Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia total.

-¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica, don Estanislao?

-¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió a mis pequeños intereses:

-Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «questión» está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio, «cuega», usted «cuega demasiado» en el Club y en el Círculo y en el Jocquey, y en las «careras»... «Déquese» de historias, hombre... Guarde la platita y verá después...

-¡Pero papá! --exclamé con mimo burlón-. ¿No ve que yo tengo que vivir como quién soy, he sido y seré?...

-¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza de chorlito.

¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...

Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.

-Con vos puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es una cosa segura y te dará el cuatrocientos por ciento, si «sos» capaz de guardarlo...

Se interrumpió, objetándose a sí mismo:

-Pero ¿dónde está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el equivalente... el equivalente... y eso lo «tenés»...

-Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he preguntado es lo que piensa de la situación...

-Es una locura, un despilfarro, una borrachera...

Y me explicó: Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse una docena de Bancos con un capital de cincuenta y tantos millones, sin base sólida alguna, millones soñados, escritos en el agua; se imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa; se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una timba, con el bluf y todo sobre palabra, casi exclusivamente para cobrar y pagar diferencias; a la propiedad raíz se había dado un valor ficticio, pues nunca produciría la renta que el capital representaba; el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del comercio extranjero, porque nuestra producción no estaba a la altura de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba o estafaba al país, con cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios hechos sobre propiedades que no existían, descuentos concedidos a testaferros sin responsabilidad...

-Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras tomando «fiado» donde te dejaran... ¡Vas a ver lo que pasa después!

-¿Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?

-Sí, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho... Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!... Hay que esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.

-Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

-«Deque estar... Pueda ser» que parezca menos rico, pero será relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos; y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y viene a ser lo mismo.

-¡Don Estanislao, no se equivoque! El ministro de Hacienda va a sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el gobierno tiene en caja...

-Y la Bolsa hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se deben cinco?

-Se hace esperar.

-¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer... Pero aquí no nos quedamos con nada...

-Usted cree entonces que la revolución...

- ¡Pshit!

Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:

-La muchacha está triste, ¿qué tiene?

-Yo no sé, señora...

-¡Debe saber! Parece enferma, afligida...

-¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

-No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

-¿Le ha dicho algo?

-No.

-¿Y entonces?

Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

-Hablaremos otra vez -dije-. Hay mucho paño que cortar.

-Sí, «hiquito», sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».

Y en voz más baja:

-No «pagués»... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que volvimos a Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fui ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba: yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal, ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino también los bastidores. En cambio, a mí, hecho a todas las libertades del sensualismo, en los acercamientos venales o caprichosos, la austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco a poco, pues; ella sufría, yo... filosofaba.

Quizá ahondé esta separación cuando, al recibir días después la noticia de la muerte de Mamita, y olvidando nuestras conversaciones de Montevideo, me opuse a que Eulalia fuese conmigo, pretextando las molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades, con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los últimos momentos de mi viejita.

Se había ido apagando poco a poco. Ya no andaba, sino arrastrando los pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro de mi padre. No hablaba, pero sonreía a todo, con esa sonrisa entre compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama, siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

-Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y se quedó dormida para siempre.

«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos, porque nunca se le ha dado tanto... Pero ¿quién me asegura que no nos confundiera a ambos en un solo nombre, no pronunciado para los demás sino para ella misma? ¡Pobre Mamita!; la lloré de veras, no acertando, sin embargo, a darle determinados relieves, como si sólo fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre Mamita!... Cuando la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio, de renunciamiento a la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. ¡No había ni siquiera asistido a mi casamiento; yo no la escribía desde años atrás, pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla ahora, siento que he hecho un mal negocio, y que las caricias locas con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría también, llegada mi hora. «Esto consolará a la pobre viejita», me decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio... Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...

Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin tener que amoldarme a mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me mostraron el pueblo, que crecía a ojos vistas y al que hubiera llegado meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose, materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter con las pretensiosas imitaciones de las arquitecturas de las capitales. Iba a poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

-¿Y para qué provincia? -pregunté.

-¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece! -me contestaron.

No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más influyente, el bourg pourri, sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos supieran dónde van a parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin más éxito que el obtenido con las mujeres, que no cuantifican el mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré aunque parezca no venir a pelo: La mujer, en nuestro país, como en todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado a las alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes -como dicen que dijo Rosas-, y porque, como no envidian a los hombres, ni los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...

Cuando volví a Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé mi vida de agitación.

Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro, gracias a mis méritos físicos e intelectuales, pese a todos los ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno, que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres? ¿Cómo fundar o refundar una aristocracia con los Rozsahegy a la rastra? Yo tenía fuerzas suficientes para imponer a Eulalia, pero no a Irma y a don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería. Eulalia, a veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me había desgraciado.

-María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo -me decía yo-. Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María, es la única que no puede exigirme que la imponga a esta sociedad, por mezclada que esté, porque no he de llevarla a los «bailes de la Bolsa» u otros «peringundines», sino precisamente a los salones tradicionales que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos recibieran mal.

Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara, agostando su juventud, su gracia y su talento de mujer.

-Tenemos, sí -me dijo-, la aristocracia del dinero; pero es superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en el Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy hermoso, pero huele a bosta!» Todos somos descendientes de negociantes o estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo pulpero, tendero, zapatero o criador, es el más aristócrata. Tú, con tu casamiento, has perdido dos o tres peldaños, porque el patán de tu suegro vive y se muestra demasiado... Es un «carcamán», y eso no se te perdona.

Mauricio Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus primos o sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción, tener talento, no son sino pobres aspirantes o infelices descontentos, socialistas, anarquistas o cosa por el estilo...

-¡Qué mi tía Mónica!




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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