Doña Luz: 13

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Capítulo XII
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Doña Luz Juan Valera


El triunfo


Ente o no ente, D. Juan Fresco valió de mucho a D. Acisclo, el cual, mientras más esperanzas tenía, más se afanaba y desvelaba porque no se frustrasen.

Los informes que le había dado D. Juan acerca de la condición poco servicial de D. Jaime Pimentel, no dejaban de mortificarle. Ya, sin embargo, no había modo de retroceder, y lo que convenía por lo pronto era derrotar a D. Paco, aunque para ello fuese menester valerse del candidato menos buscador de turrones, más distraído y peor cultivador de distritos que hubiese en todo el reino.

Don Acisclo solía echar cálculos alegres, y este mismo descuido de su futuro diputado, que para cualquiera otro hubiera sido un mal, se mostraba a veces con colores risueños y brillantes a los ojos de su esperanza ambiciosa.

«Si el diputado no hace nada -decía don Acisclo para sí-, si no cumple sus promesas, si no recompensa los afanes de los electores, yo tendré que volver por ellos, lo cual me dará motivo para entenderme por mí mismo con el Gobernador de la provincia y hasta con el Ministro, y ser yo aquí real y directamente el amo, sin ese intermedio enojoso del diputadito. Lo esencial, pues, es lograr la victoria con gran mayoría, y hacer ver que D. Paco es un trasto a mi lado».

A este fin no quedó medio que D. Acisclo no emplease.

Las elecciones debían ser en el otoño, y durante el verano vivió D. Acisclo en una fiebre de actividad. Recorrió a caballo todos los pueblos del distrito, que eran siete, ganando votos para su protegido y quitando parciales a D. Paco. Hasta a la capital del distrito fue varias veces, y no sin éxito, con el referido objeto.

A no pocos electores de influjo, a quienes D. Paco tenía amarrados, los desamarró D. Acisclo, exponiendo gallardamente sus capitales. Por estar amarrados, se entiende en lenguaje electoral de por allí, deber dinero al grande elector. D. Acisclo estuvo rumboso. Lo menos repartió ocho mil duros al diez por ciento, sin más garantías que pagarés sencillos, libertando así a gentes amarradas por D. Paco, con escritura pública y dinero prestado al quince.

Todo elector de Villafría iba antes a votar a un lugar cercano, porque en Villafría no había mesa. Don Acisclo consiguió que se quitase la mesa de dicho lugar y que se diese a Villafría, población más céntrica y cómoda, según él demostró.

En Villafría estaba seguro don Acisclo de que volcaría el puchero en favor de D. Jaime.

Volcar el puchero significa poner o colgar todos los votos posibles al candidato a quien se quiere favorecer. Los votos posibles son los de cuantos electores están en las listas, a no hallarse a mil leguas de distancia o en la sepultura. Y aun ha habido ocasiones en que los ausentes y hasta los difuntos han votado.

Cuentan las crónicas electorales de aquel distrito que, no bien supo D. Paco la que D. Acisclo le estaba urdiendo, empezó a trabajar en contra, saliendo del letargo, o mejor diremos del tranquilo y descuidado reposo en que su confianza y seguridad hasta allí le habían tenido. Esto, naturalmente, hizo que don Acisclo tuviese que redoblar cada vez más su actividad. Así es que no paraba. Su vida era un tejido incesante de conferencias, excursiones a este o al otro pueblo, tratos y cartas que escribir y que leer. Pepe Güeto se hizo el ayudante y el secretario de D. Acisclo, y también escribía, viajaba y conferenciaba.

Doña Luz y doña Manolita se hacían compañía mutuamente, abandonadas por D. Acisclo y Pepe Güeto. Y a las dos servía también de acompañante el P. Enrique, único varón quizá de todo el distrito que no intervenía en el asunto electoral.

El padre había intervenido sólo en los primeros días para tratar de disuadir a D. Acisclo de que se mezclase en elecciones; pero D. Acisclo no se dejaba convencer por nadie, y cuando lo reconoció así su sobrino, se retrajo, se calló, y no volvió a dar a entender ni siquiera que sabía en qué maremágnum andaba engolfado su tío.

A éste le molestaba ya bastante la flojera y falta de formalidad del candidato. El candidato había prometido visitar el distrito; las elecciones se venían encima, y el tal D. Jaime no llegaba. Su contrario estaba, ya instalado en casa de D. Paco, prometiendo empleos para cuando volviese al poder, que sería pronto, vendiendo protección, y conquistando voluntades.

Don Jaime, entre tanto, no sólo no venía, sino que apenas sí se dignaba escribir, salvo a D. Acisclo, y esto de tarde en tarde y por estilo lacónico y seco.

Pero fuese como fuese, el lance estaba ya empeñado; para D. Acisclo era cuestión de amor propio; y aunque D. Jaime hubiera sido el mismo diablo, D. Acisclo hubiera echado el resto por sacarle triunfante.

En suma, para no cansar más a mis lectores, acabaré por decir que don Acisclo recogió al fin el premio de sus fatigas.

Las elecciones llegaron, y D. Acisclo venció en las elecciones. Don Jaime Pimentel salió diputado por una gran mayoría.

Algunos quieren dar a entender que D. Acisclo hizo mil tramoyas y falsedades; pero nada se pudo probar, y por consiguiente no debemos creerlo.

Don Jaime Pimentel, sin abandonar la corte, sin escribir apenas carta alguna, con el mayor sosiego, tuvo el gusto de recibir su acta, casi limpia, pues sólo llevaba dos protestas insignificantes y mal fundadas.

El júbilo de D. Acisclo fue grande después de la victoria. ¡Qué lauro el suyo! ¡Qué muestra de poder la que acababa de dar! Con un candidato invisible, descuidado, flojo; con un enemigo tan fuerte, tan único, tan modelo y tan fénix entre los representantes del pueblo, había logrado vencer, y vencer por una gran mayoría. Después de admirarse de su propia capacidad para la política, sólo se reconocía deudor a D. Juan Fresco y a la copiosa turba de bermejinos que le siguieron en el día de la elección como a caudillo respetado.

Durante todo este largo período electoral, las relaciones amistosas de doña Luz y del P. Enrique se fueron estrechando más cada día. Hasta doña Manolita, dejándose llevar del entusiasmo de su marido, o bien compartiéndole, no había pensado más que en las elecciones.

Doña Luz y el padre eran sin duda las dos únicas personas de cierta posición en todo el distrito, que no habían pensado en éste ni en el otro candidato, y que no se habían afanado por el triunfo de cualquiera de ellos.

En medio de aquella agitación política, habían hallado retraimiento dulcísimo en la misma casa de quien la promovía; y allí eran las pláticas suaves y encumbradas, y las conversaciones amenas, en que siempre aprendía algo doña Luz, en que siempre hallaba nuevas excelencias en el entendimiento y en el corazón del padre, y en que el padre, a su vez, no dejaba nunca de pasmarse del despejo, de la agudeza, de la notable discreción, de la fantasía poética y de la sensibilidad exquisita de su bella interlocutora.

Don Anselmo había terciado en los debates, aunque ya no tanto, por haberle tenido también D. Acisclo muy interesado en las elecciones. Y el cura don Miguel había seguido yendo con constancia a la tertulia, si bien los diálogos sabios del Padre y de doña Luz le magnetizaban y embelesaban de tal suerte, que a los pocos minutos de empezar a oírlos, solía quedarse profundamente dormido, acompañándolos y animándolos a veces con una música de ronquidos interminables y sonoros.

Resultaba de todo ello que la única persona, que era en verdad constante e inteligente testigo del mutuo afecto y de los íntimos coloquios de doña Luz y del Padre, era doña Manolita. Yo no quiero hacer a ésta, ni a ninguno de mis héroes, mejor de lo que son o de lo que fueron. Doña Manolita no era una paloma sin hiel; y no porque odiase a alguien, sino porque no dejaba de tener malicia. Más bien se podía tildar a doña Manolita de tenerla. Más bien se la podía acusar de que, sin envidia ni encono, y sólo por amor al arte, gustaba algo de la murmuración, y seguía demasiado, como regla para sus juicios, aquella terrible sentencia de piensa mal y acertarás. Sin embargo, merced a la veneración cariñosa que doña Luz le infundía, ella interpretaba siempre por el lado más benévolo todos sus actos y discursos. Por esto, aunque a la perspicacia de doña Manolita no pudo ocultarse largo tiempo aquella inclinación irresistible de dos almas, doña Manolita no dejó nunca de hacer justicia a doña Luz, y reconoció y declaró, allá en el fondo de su pecho, que en el de su amiga no había la más leve intención de perturbar el ánimo del Padre ni de atraerle con coqueterías culpadas.

El respeto y el cariño de la hija del médico al P. Enrique eran grandes también; pero no tanto que le impidiesen por completo todo fallo algo contrario sobre su conducta. Doña Manolita, pues, sin pensar que doña Luz hubiese dado para ello ni ocasión ni motivo, empezó a sospechar que el Padre, más o menos confusa y vagamente, estaba enamorado. Por respeto a su amiga, y porque en los lugares no anda la gente con sutilezas etéreas o pasadas por alambique, y porque con decir ella algo hubiera dado pie para que se añadiese mucho, doña Manolita ni a su padre confió el resultado de sus observaciones. Sólo le confió a Pepe Güeto, a quien nada ocultaba; pero exigiéndole el más profundo sigilo.

La gravedad de doña Luz y del Padre cortaba los vuelos a todas las audacias de doña Manolita, quien jamás se propasó a dirigir al Padre, ni en broma y con rodeos y perífrasis, la indirecta más oscura sobre la pasión que en él imaginaba. Doña Manolita siguió, no obstante, observando. Pepe Güeto observó también. Ambos esposos se comunicaban luego lo que habían observado. De esta suerte venían los dos a corroborarse en la idea de que el Padre, quizá sin saberlo, amaba a doña Luz por estilo místico y sutil, y que doña Luz se dejaba adorar sin presumir ningún término disgustoso, sin reflexionar en toda la trascendencia que aquella adoración podría tener, y sin ver en ella más que una amistad tierna, sencilla e impecable, como la que ella profesaba al convaleciente y poético misionero.

Ocurrió en esto un suceso que no se esperaba ya. De pronto, y cuando D. Acisclo se había resignado a que su diputado fuese invisible para el distrito, éste le escribió anunciándole que inmediatamente venía a visitarle. El primer pueblo en que se presentaría había de ser Villafría, desde donde, a caballo, y con la pompa correspondiente, había de pasar a recorrer y visitar los otros pueblos.

Don Acisclo se alegró mucho de esta venida, que iba a darle la mayor importancia; pero tuvo que afanarse para disponer bien las cosas, a fin de hacer a D. Jaime Pimentel una brillante recepción. Para hospedarle con decoro y hasta con lujo, acudió a doña Luz pidiéndole las mejores habitaciones de su casa solariega, no ocupadas por su sobrino; y para ofrecer a D. Jaime un buen caballo en que montar e ir de pueblo en pueblo, acudió asimismo a doña Luz, pidiéndole prestado su hermoso caballo negro. Doña Luz tuvo que acceder a todo.

La víspera del día en que debía llegar D. Jaime, todos estaban alborotados en el lugar con la gran fiesta de la recepción que iba a haber. Hasta doña Manolita estaba más alegre que lo de costumbre y muy parlanchina. En la tertulia diaria sólo asistían ella, doña Luz y el Padre, porque los demás andaban aún ocupados en los preparativos de la fiesta, o descansando del ajetreo de aquel día.

Entonces tuvo doña Manolita una ocurrencia algo maliciosa, y que, en su sentir, había de darle mucha luz en sus investigaciones. ¿Por qué no había de embromar a doña Luz, pronosticando que D. Jaime, de quien la fama decía maravillosos encomios, y que era libre y soltero, iba a enamorarse de ella, apenas la viese, con el gustoso asombro de hallar en una villa pequeña tan completo dechado de elegancia, distinción y hermosura? ¿Por qué, al embromar así a doña Luz, con algo que la halagaría, no había de dar solapadamente una broma bastante pesada al Padre, cuyo amor, enmarañado y turbio en el centro de la conciencia, se vendría a aclarar con el reactivo de los celos? Doña Manolita, al dar la broma, miraría al Padre, a ver si se inmutaba o si permanecía impasible, en apariencia al menos.

Como lo pensó, lo hizo. Doña Manolita dijo a doña Luz que D. Jaime iba a prendarse de ella, apenas la viese; que D. Jaime no podía sospechar que, en un lugar tan arrinconado como Villafría, estuviese oculto tanto tesoro; y que, a su ver, era evidente el amor futuro de D. Jaime.

-¿Qué forastero -prosiguió-, no se ha enamorado de ti, de cuantos han venido a Villafría, jóvenes, libres y en estado de merecer? Prepara, pues, el almíbar con que sueles propinar las calabazas, si es que también piensas dárselas a éste. Pero, ¿quién sabe? El pretendiente, que ya columbro, no es rústico, ni lugareño, como los que has tenido hasta ahora. Dicen que es la flor y nata de los elegantes de Madrid, y además un bizarro militar y un hombre de gran porvenir y de extraordinario talento. ¿Serás tan fiera que también le desdeñes?

Doña Luz, sin enojarse, antes bien algo lisonjeada, contestó negando la validez del pronóstico, y asegurando, con modestia un poco fingida, que don Jaime, acostumbrado a ver en la corte tantas bellas mujeres, no repararía en ella ni le haría caso.

-Además -dijo doña Luz-, no haya miedo de que me pretenda ese caballero. Yo no soy lo que se llama un buen partido. Para él se necesita una rica heredera, que dé alas a su ambición, y no una señorita pobre que le encadene y le sirva de rémora y estorbo. Créeme, Manuela; ya te lo he dicho mil veces: yo no me casaré nunca... ni quiero casarme. No hablemos de esas tonterías, ni en broma.

Doña Manolita, durante estas frases que entre su amiga y ella se cruzaban, miró de soslayo al Padre y creyó ver que se había puesto más pálido que de costumbre. Por lo demás el Padre permaneció silencioso, y no dio su parecer ni sobre el enamoramiento posible de D. Jaime, ni sobre el constante propósito de doña Luz de permanecer soltera.

A las diez se retiró a su casa, y las dos amigas quedaron solas.

Alentada entonces doña Manolita con lo bien que su primera broma había sido tolerada, y tal vez agradecida como lisonja, en el fondo del alma de la hija del marqués, cayó en la tentación de aventurarse a dar otra broma bastante menos ligera.

Sin reflexionarlo mucho, dijo, pues, de este modo:

-¡Ay! ¡Hija! Me arrepiento de haberte dicho lo de D. Jaime.

-¿Y por qué te arrepientes? -preguntó con sencillez doña Luz-. Yo no creo probable que ese caballero cortesano se enamore de mí, en tres o cuatro días que ha de estar por aquí; pero como ni eso es imposible, ni me ofende el que tú, estimándome en más de lo que merezco, me vaticines tal triunfo, no tienes para qué arrepentirte, a no ser por el temor de exaltar demasiado mi amor propio.

-No es ese temor -replicó la hija del médico-, lo que me induce al arrepentimiento, sino el temor de haber lastimado un corazón sensible, de haberle hecho una profunda herida.

-No te comprendo -dijo doña Luz-; ¿qué quieres dar a entender? ¿Qué corazón sensible es ese?

-El del P. Enrique -respondió en mala hora doña Manolita.

Doña Luz se puso roja como la grana. Toda la sangre de su cuerpo se diría que se le subió a la cabeza. Todo el orgullo de su casta se agolpó y amontonó en su corazón. No vio más que ridiculez indigna en que la creyesen objeto de la pasión de un fraile. Ella creía que un fraile la podía admirar por su talento, estimar por sus virtudes, venerar por su conducta intachable, y gustar de su trato y conversación, y complacerse en ser su amigo; pero enamorarse de ella le parecía tan absurdo, tan contrario a todas las conveniencias y leyes sociales y religiosas, tan monstruosamente feo y chocante, que no quería, ni podía, ni debía sospecharlo en persona del juicio, de la circunspección y hasta de la santidad que en el P. Enrique notaba. Doña Luz miró, pues, como una malicia villana y ruin el pensamiento de doña Manolita, y como una insolencia la expresión de dicho pensamiento por medio de la palabra.

-Lo que acabas de proferir -exclamó con la voz balbuciente de cólera-, es un insulto, es una dura acusación contra el P. Enrique y contra mí. Ni el padre delira, ni yo le he dado ocasión para que delire. A fin de que mi limpia fama esté al abrigo de la maledicencia, me he encerrado en este lugar, me he apartado casi de todo trato humano, he huido de la juventud, mientras he sido joven; siéndolo todavía, como lo soy, no he admitido en mi intimidad sino a viejos de sesenta años como tu padre, el cura y don Acisclo, y nada de esto me ha valido. Porque yo, de cerca de treinta años, me he abandonado, me he confiado con gusto, lo declaro francamente, en la amistad honrada de un siervo de Dios, probado en mil fatigas, quebrantado por ellas, lleno de ciencia y de virtud, no se concibe esta amistad, no se explica este trato, sino por motivos viles e impuros. Y no son los rústicos del lugar, no son los que no me conocen, sino mi mejor amiga la que me sospecha y me injuria.

La pobre doña Manolita se quedó aterrada: se compungió, y al cabo se le saltaron las lágrimas.

-Pero, mujer -dijo-; no te enojes por amor de Dios. Yo, sin duda, me he explicado mal. Yo no digo que sea impuro el amor del Padre...

-¿Qué disparates son los tuyos? -interrumpió doña Luz-. ¿Qué extravío de ideas? ¿Qué necias distinciones pretendes hacer? ¿Cómo cohonestar el amor de un fraile a una doncella honrada? Tal amor es impuro siempre; es infame; es sacrílego.

Viendo doña Manolita que no había manera de remediar su torpeza, y apuradísima de haber irritado tanto a doña Luz, a quien quería de todo corazón, no pronunció una sola palabra más; pero lloró y sollozó como si le hubiese sobrevenido la más cruel desgracia.

Entonces doña Luz, que tenía buen fondo, a pesar de su soberbia, sintió que había estado dura y áspera en demasía, y pidió perdón a doña Manolita, besándola y poco menos que llorando también.

Las dos amigas vinieron a quedar de resultas mucho más amigas que antes. Doña Luz se convenció de que doña Manolita no había tenido intención de deslustrar en lo más mínimo la pureza de sus relaciones amistosas con el P. Enrique; y doña Manolita hizo por convencerse y hasta se convenció por el momento de que el P. Enrique, ni siquiera como Dante amó a Beatriz, como Petrarca amó a Laura, o como don Quijote amó a Dulcinea, era capaz de amar a doña Luz; porque, siendo él un fraile y ella una señorita muy bien educada y honestísima, tal amor, por alambicado, espiritual e incorpóreo que fuese, tenía un no sé qué de indecorosamente plebeyo y de grotescamente pecaminoso que con la condición de su bella y soberbia amiga se ajustaba muy mal.

No bien acabadas de hacer las paces, llegó don Acisclo con Pepe Güeto, quienes no advirtieron las huellas de la pasada tempestad. Cenaron los cuatro en amistosa compañía, y con buen apetito, y se fueron luego a dormir.

Al día siguiente se celebró con pompa y estruendo la entrada triunfal de D. Jaime en Villafría. Cuantos tenían caballo, y no pocos que sólo tenían mulo o burro, fueron de madrugada a recibirle en la estación, con D. Acisclo al frente, y a eso de las once volvieron todos con el diputado, caballero éste en el hermoso caballo negro de doña Luz.

A las puertas del lugar salieron los muchachos y los hombres de a pie a recibir la lucida cabalgata, y todos entraron por aquellas calles al son de las campanas que se habían echado a vuelo, entre vivas y aclamaciones, y atronando el aire a tiros de cuantas escopetas estaban servibles en Villafría.


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