Doña Luz: 15

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Capítulo XIV
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Doña Luz Juan Valera


Solución de la crisis


Seguía D. Jaime observando siempre la misma conducta respecto a doña Luz. Sus atenciones no podían ser más delicadas ni más respetuosos sus requiebros. En alguna ocasión creyó advertir doña Luz que D. Jaime se animaba demasiado, pero el orgullo de ella acudía al punto a refrenar la lengua del galanteador, para lo cual bastaba un leve gesto de impaciencia o de disgusto o una mirada severa.

Así se pasaron dos días de los tres que D. Jaime tenía que estar en Villafría, y amaneció el día tercero y último. A la madrugada siguiente D. Jaime debía salir para Madrid. Eran las ocho y doña Luz estaba ya levantada y vestida como para ir a la calle. Aquel día, con más sentimientos religiosos que de ordinario, antes de ir a la iglesia adonde pensaba ir y oír misa, abrió el cuadro del Cristo, se arrodilló delante de él y se puso a rezar con devoción grandísima.

Había dicho a su doncella que no entrase hasta que ella llamara. Doña Luz se creía completamente sola.

En aquella soledad y excitada por el rezo, quién sabe qué ideas melancólicas atravesaron por su mente, ni qué amarga ternura hirió su corazón; ello es que exhaló un profundo suspiro y dos gruesas lágrimas brotaron de sus hermosos ojos y se deslizaron por sus frescas y sonrosadas mejillas.

La hija del médico, única persona que podía penetrar hasta allí sin permiso de nadie, había entrado, sin que doña Luz, embebecida en sus devociones, notase su presencia.

Doña Manolita contempló, pues, a todo su sabor el ferviente rezo de su amiga y la efusión de suspiros y de lágrimas con que hubo de terminarle. Entonces, sin detenerse más, se arrojó en sus brazos y enjugó con besos las lágrimas que humedecían su rostro.

-¿Qué es esto? ¿Por qué lloras así? -dijo doña Manolita.

Y sin contestar a la pregunta, preguntó a su vez doña Luz.

-¿Cómo te has entrado hasta aquí? ¿Qué te trae a verme tan de mañana? ¿Por qué me has sorprendido?

-Perdona que te haya sorprendido; perdona que haya interrumpido tus oraciones. Ya sabes tú que yo no madrugo para ti sino cuando tengo que comunicar contigo algo de muy importante. Quizá desde el día en que te di parte de mi proyectada boda con Pepe Güeto, no he usado hasta hoy de la licencia que tengo de venir aquí de mañana.

-Así es la verdad, pero yo no me quejo de que vengas. Yo me alegro de que hayas venido. Lo que hago es extrañarlo, por lo mismo que de mañana no vienes nunca. ¿Qué nueva, pues, no menos importante que el anuncio de tu boda, puede hoy moverte a visitarme tan temprano?

-Vengo aquí de embajadora: te traigo un recado que arde en un candil.

-¿De quién es el recado?

-Del Sr. D. Jaime Pimentel -dijo doña Manolita.

-El rubor coloró el semblante de doña Luz, quien no acertó a disimular con su amiga íntima el contento y la satisfacción de amor propio que aquello le causaba.

-¿Qué recado, qué embajada me traes? ¿Es alguna burla tuya, o de D. Jaime Pimentel?

-Nada de burla. Esto va de veras y muy de veras. Don Jaime te idolatra.

-¿Y por qué no me lo ha declarado? ¿Tan tímidos son en el día los caballeros cortesanos que no se atreven a declararse ellos mismos?

-No le culpes. Don Jaime no peca ciertamente por timidez. Él lo explica todo de un modo satisfactorio. Dice que una declaración directa de su parte requería mucho más tiempo; no podía ser tan brusca y repentina. Era menester espiar la ocasión, preparar tu ánimo sin valerse de precipitados galanteos que tu severidad rechaza, y en tres días, por bien que él los aprovechara, no cabían tantos trámites y preparaciones. Por esto me ha buscado a mí. Anoche, al salir de tu casa, me acompañó hasta la mía, y tuvo conmigo una larga conferencia. Bien te lo había yo pronosticado. Le diste flechazo. Está loco de amor por ti, y me pide que por él interceda.

-¿Qué delirio es ese? -exclamó doña Luz-. ¿Lo ha reflexionado D. Jaime? ¿Sabe que con un corazón como el mío no se juega? ¿Ha pensado bien que yo no puedo ser objeto de un capricho efímero, sino de una pasión que decida del porvenir de la vida toda?

-Si D. Jaime no lo supiera, no hubiera acudido a mí. Si no hubiese formado un propósito para toda la vida, propósito cuya realización de ti sólo depende, no vendría yo a hablarte en su nombre.

-¿Sabe D. Jaime que soy pobrísima?

-Conoce con exactitud los bienes que posees.

-Es singular -dijo doña Luz-. Te lo confieso: yo tenía de mí misma y de los hombres mucha peor opinión. No me sentía capaz de inspirar amor tan desinteresado a quien la ambición seduce y sonríe, halaga la fortuna, y quieren y miman en Madrid, a lo que aseguran, las más altivas y bellas mujeres. No pensaba yo tampoco que así, de repente, pudiese enamorarse un hombre con tal desinterés.

-Pues no lo dudes: don Jaime te ama de esa manera. Dime tú si le correspondes.

-No sé qué contestar. Mi gratitud es inmensa. Antes de la gratitud, antes de que hubiese motivo para tenerla, ¿por qué ocultártelo? la elegancia de don Jaime, su discreción, su fama de valeroso soldado, la noble gallardía de su persona, todo me inclinaba a quererle bien y mucho; pero el recelo de no ser amada sublevaba mi orgullo, y mi orgullo ha hecho cuanto es posible para ahogar esta inclinación naciente.

-Y ahora que sabes ya lo bien pagada que es tu inclinación, ¿qué sientes?, ¿qué piensas de D. Jaime?

-Siento y pienso... que no debo dar en seguida un sí de que tal vez no haga él mucho aprecio si con tal facilidad le obtiene. Además, no basta ser amada. Es menester pensar en el término de estos amores.

-¡Hija mía! ¿Qué otro término pueden tener sino el de que os case el cura?

-Es cierto; y eso precisamente me obliga a meditar mucho. Yo soy muy rara de carácter. No quiero que nadie me ame por conveniencia, y me repugna también que alguien imagine que la conveniencia influye en el amor mío. Si yo me casase con D. Jaime, pobre como soy, ¿no podría alguien imaginar que me excitaban a este enlace el afán de salir de Villafría e ir a Madrid, la posición del novio, sus grandes esperanzas, y hasta las mismas ventajas materiales de que ya goza? Él, por otra parte, no es rico para nuestra clase, y preveo los apuros, las dificultades económicas, la horrible prosa del hogar doméstico, sin recursos suficientes. Esto me arredra. Y no me arredra por mí, si atiendo sólo al bienestar material, sino porque me sonrojo de pensar que pueda yo ser causa de que un hombre viva lleno de ahogos. Si él se quedase conmigo aquí, me sacrificaría su ambición, su carrera, su porvenir. Si él me llevase a Madrid en su compañía, viviríamos muy mal, haría yo acaso muy triste figura en las sociedades que él frecuenta, y ¿quién sabe si esto le movería a que dejase de amarme? ¿quién sabe si cansado de mí acabaría hasta por cobrarme odio?

-Veo que alambicas demasiado y te complaces en atormentarte y en crear obstáculos para lo que más deseas.

-¿Y quién te afirma que lo deseo? Yo misma lo ignoro; tengo mis dudas: no veo claro en el fondo de mi alma. ¿Será la vanidad satisfecha, será el pueril contento de verme querida de persona de tanto valer, lo que me induce a pensar que yo también la quiero? ¿Qué es amor? ¿Es amor esto que siento en mi alma y que me lleva hacia ese hombre? Mira, Manuela, ¿por qué no decírtelo todo? Todo esto es tenebroso y confuso. Hay otro hombre de cuyos labios estoy pendiente cuando habla, cuyo talento me asombra, cuya superioridad intelectual me subyuga, cuyas virtudes me llenan de maravilla y de entusiasmo, cuyo fondo de bondad altísima percibo claramente allá en las profundidades de su corazón, y ya sabes mi enojo, mi repugnancia a que se piense que ni un solo instante puedan confundirse con algo parecido al amor los sentimientos que ese hombre me inspira y que yo le inspiro sin duda. Con D. Jaime ocurre lo contrario; apenas le conozco; no sé si es bueno o si es malo; su entendimiento me parece de menos quilates, y sin embargo, me siento arrastrada hacia él. ¿Amo acaso en él el amor que muestra y que tanto me lisonjea? ¿Lo que en el otro me repugna, lo que mata el amor es sólo el respeto a las leyes que le prohíben?

-No te comprendo -interrumpió doña Manolita-. Ya no eres tan criatura que no sepas lo que es amor, ni atines a descubrirle en tu pecho. ¿No es brioso, bello, valiente, pulcro y discretísimo D. Jaime? ¿No es libre? ¿No te ama? ¿No te da pruebas de amor, decidido, como está y como me ha dicho, a casarse contigo? ¿No es un caballero bien nacido y honrado? Pues entonces ¿a qué todas esas quintaesencias y marañas sutiles con que te devanas los sesos? Dile que sí; ámale; cásate con él y verás cuán dichosa eres. Da esperanzas al menos de que le amarás, si no quieres dar un sí completo y redondo desde el principio. Con estas esperanzas, él lo promete, no se irá a Madrid y permanecerá en Villafría. Buscará un pretexto plausible para no irse. Dirá que se queda para comprar quince aranzadas de olivar, que lindan con las suyas, y para cuya compra está ya en tratos.

-Lo que me aconsejas es vulgar; perdona mi crudeza de expresión: es feo. Yo no debo dar esperanzas de una cosa de que yo misma no esté segura. Y si estoy ya segura de ello, es artificio ridículo ocultarlo y dar esperanzas, e ir descubriendo poco a poco mi corazón. Si no amo a D. Jaime, no debo engañarle con esperanzas inciertas. Preténdame él y trate de conquistar mi voluntad y de rendirme, sin que yo le aliente con esperanzas. Y si le amo, debo ser franca y decírselo luego, ya que me ama él. Aunque dé poca estimación a un sí tan fácil y tan pronto, debo darle ese sí.

-Soy en todo de tu opinión. Dale ese sí: que le oiga de tu boca y será el más feliz de los mortales.

-¿Y cuándo? ¿Y de qué suerte? No: no le digas nada. Tengo vergüenza. Cállate; cállate por piedad. Que se vaya y me deje tranquila en mi retiro.

-Ea, mujer, no seas desatinada. ¿Cómo se ha de ir sin contestación, después del paso que ha dado?

-¿Y qué le contesto, si no sé qué contestarle? ¿No crees tú que va a arrepentirse no bien le diga que sí? ¿Crees tú que me ama de veras, con todo el ser de su vida como yo necesito ser amada; como yo le amaría si me amase?

-Vaya si lo creo. Sus palabras infunden la creencia en el entendimiento más inclinado a dudar. Óyele, y quedarás convencida. Quiero atreverme a decírtelo. Por Dios, Luz, no te enojes. No he sabido resistir a sus ruegos. Le he traído en mi compañía. Está aguardando en la cuadra alta. Voy a llamarle volando.

Antes de que doña Luz consintiese, su amiga, ligera como una corza, había salido en busca del diputado brigadier.

Doña Luz no sabía lo que le pasaba. Estaba agitadísima. Era la primera vez que se iba a ver a solas con un joven enamorado, en aquel púdico retiro, donde había vivido los más floridos años de su juventud. Todos los vagos ensueños de amor, todas las palabras dulces, todos los regalos del alma se ofrecieron de repente a su fantasía, no ya cifrados en un ser ideal y aéreo, creación imaginaria, sino aplicados y consagrados al amor de una persona real y llena de vida, cuyas excelentes prendas se complacía en reconocer y cuyo afecto hacia ella adulaba su orgullo.

La sombra melancólica del P. Enrique cruzó por su mente, entristeciéndola. Miró la imagen del Cristo muerto y se le antojó que se parecía al P. Enrique. Era de día claro. Entraba el sol por la ventana, y sin embargo, sintió cierto temblor al mirar el Cristo. Acudió a él precipitadamente y le cubrió con el otro cuadro.

Como para apartar de sí toda imagen tétrica se miró entonces al espejo. Se vio hermosa, gallarda, toda lozanía, juventud y elegancia, y halló natural, casi forzoso, que D. Jaime la amase.

Después pensó de nuevo en el P. Enrique, pero de otra manera. El mismo amor de ella hacia D. Jaime aclararía lo que en su inclinación hacia el Padre podía haber de ocasionado a dudosas interpretaciones. Esto la impulsaba a creerse y a sentirse enamorada de D. Jaime. Amando a D. Jaime desaparecería a sus ojos todo lo que hubiera podido tener de raro su amistad con el misionero. Lo ridículo que en aquellas relaciones había creído entrever a veces desaparecía ya, y todo se explicaba.

Esta serie de pensamientos pasó en un instante por el alma de doña Luz. Un instante no más fue lo que tardó D. Jaime en aparecer a la puerta del saloncito que doña Manolita había dejado abierta.

No tuvo D. Jaime que hablar palabra para obtener el permiso de entrar en el saloncito. Ella le aguardaba; ella le vio venir y le recibió sin cumplimientos ni ceremonia.

Doña Manolita se quedó fuera y D. Jaime entró solo.

Llegó precipitadamente donde doña Luz estaba de pie; hincó en tierra ambas rodillas, y dijo con acento conmovido:

-Ya lo sabe V. De V. depende mi dicha o mi desdicha. Aquí aguardo mi sentencia.

Todo discurso más prolijo hubiera sido absurdo en aquella ocasión; toda arte vana; toda precaución chocante.

La puerta del saloncito había quedado de par en par y D. Jaime estaba de rodillas a los pies de doña Luz. Se diría que se acababa de entregar a discreción, que todo por su parte estaba dicho, y que a ella tocaba sólo hablar e imponer condiciones.

El orgullo de doña Luz se sentía vivamente lisonjeado. Aquel dandy, aquel valiente, aquel hombre de porvenir y de carrera, estaba allí postrado ante su hermosura, sin más resorte para tanto rendimiento que el repentino y ardiente amor que ella había sabido inspirarle.

Doña Luz enmudeció: no acertó a decir palabra alguna; pero en su rostro, donde no cabía el disimulo y donde se reflejaban todos sus sentimientos, se pintaban el júbilo, la emoción afectuosa y la agradable sorpresa.

Como tal vez las nieves detienen y con la misma detención prestan más brío a la virtud germinal de la primavera, la cual aparece de súbito y da razón de sí cubriendo los árboles de verdura y los campos de flores, así el anhelo de amar y todo el ser apasionado del virgen corazón de nuestra heroína despertaron de repente, reprimidos hasta entonces por la prudencia, y como dormidos hasta los veintiocho años. Doña Luz sintió nacer en su espíritu la primavera de la vida; oyó cantar las aves; vio, como en espejo mágico, el paraíso; aspiró el perfume embriagador de rosas hadadas, y pensó que se extendían por su seno el calor suave y la luz dorada de un sol ideal, iluminando y vivificando un mundo bellísimo, recién creado y oculto en su alma.

Temió luego que tan rica creación se desvaneciese, que se disipase como si fuera soñada, y exclamó al fin con extraño candor:

-¿No me engaña V.? ¿Es cierto? ¿V. me ama?

-Con todo mi corazón -contestó D. Jaime tomando la linda mano de doña Luz y estampando en ella un beso.

-No sea V. loco. Levántese V. -dijo doña Luz, retirando con suavidad su mano de entre las de don Jaime.

-No me levantaré -replicó éste-, hasta saber si usted me corresponde.

-D. Jaime, por Dios, ¿qué quiere V. que yo le diga? Yo no sé si le amo a V.: pero si el contento que me causa el creerme amada y el temor de perder esta creencia son síntomas de amor, me parece que le amo.

Doña Luz se sonrojó como nunca al pronunciar tales palabras, y D. Jaime se levantó mostrando en su semblante la gratitud y la alegría que la confesión de doña Luz le causaba.

Después dijo:

-Deseche V. todo temor, y conserve la creencia de que la amaré siempre, y de que mi amor hacia V. sólo puede compararse con el respeto y la profunda admiración que V. merece.

Llegadas a ese punto las explicaciones, y yendo por camino tan llano, todo quedó tácitamente concertado en aquella entrevista, que duró poquísimo.

Doña Luz estaba turbada y confusa, pero la majestad severa de su rostro y ademanes hubiera contenido al amador más audaz.

Don Jaime se creyó amado, y ni siquiera con otro beso en la mano de doña Luz se atrevió a manifestar que amaba a su vez, y que estaba agradecido.

En suma, dado el modo de ser de doña Luz, y después de declarado de ambas partes el amor, no había trámite, ni coloquio tierno a solas, ni dilación que valiera. Las bodas tenían que venir a escape.

Doña Luz era harto vehemente para hablar con serenidad y con frialdad de otro cualquiera asunto, y a solas, con el hombre a quien casi acababa de decir: te amo; y era tan casta y tan pura, que helaba todo deseo y mataba toda esperanza de obtener de ella la más inocente anticipada caricia o de adelantarse a hacerla sin exponerse a su enojo.

De aquí el grande embarazo en que se vieron doña Luz y su amante apenas se dijeron que se querían. Doña Luz, sobre todo, no sabía qué hacer. Se sentía avergonzada de lo que había dicho, quería huir de las miradas de aquel hombre, y no se resolvía a huir, temerosa de que su fuga pareciese artificio o ridícula puerilidad impropia de una mujer de veintiocho años.

Por fortuna, doña Manolita presintió por instinto aquella situación difícil, y libertó de ella pronto a su amiga, presentándose otra vez en el saloncito.

Ya, más tarde, durante el almuerzo, en medio de los convidados, a la vista de D. Acisclo y del P. Enrique, y después de haberse serenado y repuesto de la primera emoción, doña Luz habló a D. Jaime con reposo; le halló dispuesto a todo, y como ella no tenía padre ni madre a quien consultar, ni él tampoco los tenía, ambos determinaron casarse sin ruido ni aparato, y lo más pronto posible.

A fin de no dar parte en seguida, sin que nadie extrañase la prolongación de su estancia en aquel lugar, D. Jaime dijo que se quedaba una semana más para ver si compraba el olivar que tenía en tratos.


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