Doña Luz: 19

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Capítulo XVIII
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Doña Luz Juan Valera


Glorioso tránsito


Con la ausencia de D. Jaime, que no debía prolongarse más de un mes, quedó doña Luz algo melancólica, si bien de dulce melancolía; pero con el espíritu más libre y sereno para volver a sus antiguos amigos, en los ratos en que a solas no se recreaba con el recuerdo del dueño ausente.

Doña Luz había vivido como en éxtasis, y ahora volvía en sí, y no sólo pensaba en su amor y saboreaba toda su ventura, retrotrayéndola reposadamente a la imaginación, sino que sentía, según suelen sentir las personas todas que se juzgan felices, la necesidad de expansión y el prurito de estar amable, como si quisiera hacerse perdonar el bien que poseía; bien, que, por ser tan poco y tan raro en la tierra, siempre parece que a costa de alguien se disfruta.

Ello es que la tertulia de casa de D. Acisclo volvió a renacer, trasladándose a casa de doña Luz.

Los íntimos asistían a ella todas las noches; a saber, don Acisclo, D. Anselmo, el cura, Pepe Güeto, su mujer y el P. Enrique.

La pasada animación renació también con la tertulia. Don Anselmo, excitado, volvió a desenvolver sus doctrinas de positivismo, y el Padre, cediendo a las instancias de doña Luz y de su amiga, volvió a discutir con su acostumbrada dulzura, tranquilidad y sosiego.

El P. Enrique ni estaba más pálido, ni más flaco, ni más caído que antes. En su voz no se notaba jamás la menor alteración; nada de violento ni de atormentado en sus ademanes ni en su gesto.

Doña Luz solía mirarle, y aun examinarle, con inquietud y disimulo; y no descubriendo el menor síntoma de la pasión que algunas veces había supuesto en él, se sosegaba y alegraba, desechando todo recelo, si bien con una sutilísima y apenas perceptible mortificación de amor propio. Se diría que doña Luz procuraba taparse los oídos interiores del alma, y que, a pesar de esto, oía a veces una voz honda, delgada y penetrante, que la zahería, diciendo:

«¿Es posible que hayas sido tan vana que hayas imaginado que te amaba este bendito siervo de Dios? ¿No es ridículo que te hayas atormentado de puro presuntuosa, calculando los estragos de un mal involuntario que suponías haber hecho? ¿No temes que el diablo se ría de ti, y que Dios también se ría, si en Dios cabe risa, cuando miren en lo interior de tu conciencia y vean cuánto te halagaba, a la par que te asustaba, la fatua invención de que ibas a matar de amor y de celos a este pobre fraile? Mira qué impasible está. Desengáñate: él piensa en sus devociones, en sus libros, en sus estudios, en las obras que escribe, y nada se le importa de que estés casada o de que estés soltera. ¡Buen castillo de humo levantó tu orgullo! ¡Curiosa leyenda de amores románticos y desesperados forjaste allá en tus adentros!».

Doña Luz, al oír esta malvada voz, que era sin duda voz del infierno, tenía miedo a que le pesara de que el amor del P. Enrique y sus celos y su desesperación fuesen ilusorios.

Por dicha, doña Luz era buena, y era además enérgica y briosa de voluntad, y pronto imponía silencio a la voz y apaciguaba en su pecho la turbación y alboroto que la voz causaba.

Lo más sano y lo más razonable era dar por seguro que el Padre no había pensado en ella jamás sino como se piensa en un prójimo predilecto, y que de esto debía ella alegrarse de corazón, y que de esto se alegraba.

Doña Luz, pues, quiso que en lo exterior, en sus relaciones con el Padre, en sus conversaciones y trato con él, no se introdujese novedad. Toda novedad le parecía acusadora de que antes había habido un sentimiento ilícito que ella había extirpado de su alma, y que, si aún existía en la del padre, era más ilícito y feo.

Pudo tanto en doña Luz esta idea, que casi extremó más que nunca sus muestras de cariño y predilección hacia el P. Enrique. Le tomaba la mano, le miraba con indecible ternura, le sonreía embelesada, le aplaudía como sentencias punto menos que divinas todas sus frases, y buscaba su conversación y se hechizaba con ella.

El Padre tenía el don raro y funesto de ver en el fondo de los corazones, y veía en el de doña Luz, y ya, advertido por el desengaño, conocía el ningún valor amoroso que todas aquellas demostraciones tenían. Pero así la dulzura de las demostraciones como el pensamiento de su pertinaz y mal pagado amor le destrozaban el pecho.

¿Qué sabemos si esto procedía de soberbia o de virtud cristiana o de ambas cosas a la vez, ya que en el espíritu del hombre se mezclan y combinan a veces los buenos y los malos instintos, y combaten ángeles buenos y malos, movidos por encontradas razones, y conspirando, no obstante, al mismo fin? Lo cierto es, que ni en una queja, ni en un suspiro, ni en una mirada, ni en una palabra, por sutilmente que quisiera interpretarse, reveló jamás el Padre Enrique, ni dejó entrever a los curiosos y ávidos ojos de doña Luz la tempestad oculta en el centro de su alma.

No acudir a la tertulia como hasta allí había acudido, e irse del lugar o a Filipinas o a otro país cualquiera, apenas doña Luz casada, parecíale al padre mísera flaqueza y confesión pública de su pasión criminal. Imaginaba que, retrayéndose de todo o fugándose, iba a dar escándalo, iba a hacer creer lo que hasta allí nadie tal vez había creído. El padre tenía vergüenza de que nadie, vivo él, llegase a adivinar su profano amor; pero de nadie tenía más vergüenza que de doña Luz.

«Muera yo, Dios mío, muera yo -decía-, antes de que ella sepa que la he amado, que todavía la amo».

Para lograr esto, el Padre empeñó consigo mismo la lucha más atroz. Era menester más dominio sobre la natural condición para vencer en esta lucha que el del esparciata que sin verter una lágrima y sin lanzar un quejido se dejó desgarrar el cuerpo por las uñas de una fiera. Ni enojo, ni envidia, ni celos, ni amor se propuso mostrar el P. Enrique, sino amistad finísima e inalterable como siempre. Y lo consiguió de tal modo, que doña Luz acabó por desechar toda sospecha de que el Padre la hubiese amado nunca. Entonces le juzgó muerto para cuantos afectos vienen a nuestro ser por los sentidos; le creyó inaccesible a cuanto no pasa directamente de Dios al espíritu. Así explicaba mejor, dejando a salvo su vanidad, que el Padre no la hubiese amado.

Entendía también doña Luz que allá en su pensamiento había ofendido al Padre, imaginándosele enamorado. Y así por desagravio, como por la superior admiración que su impasibilidad le causaba, como por el convencimiento más firme cada vez de que no habría de enamorarle, hiciera lo que hiciera, se dejó llevar de su afición a prodigarle finezas y a darle las pruebas más lisonjeras de amistad profundísima.

El espíritu es fuerte y lo sufre todo; pero nuestro cuerpo es débil, y el espíritu que encerrado en él acomete empresas inhumanas, superiores a las fuerzas del cuerpo, acaba por matarle.

Allá en su mocedad, cuando estaba sano y robusto, el Padre había hecho grandes penitencias y había sido duro y terrible con su pobre cuerpo. Más tarde, fatigado y quebrantadísimo por sus trabajos, cedió al consejo y mandato de médicos y confesores, y se cuidó y no abusó. La idea de que los excesos de la vida ascética eran como un lento y doloroso suicidio y de que rayaba en perversión el deformar y destruir en nosotros la más hermosa obra del Todopoderoso, este ser y esta forma de que el alma se reviste en la tierra, y que las mismas Sagradas Escrituras llaman templo del Espíritu Santo, había acudido a la mente del Padre, moviéndole a desistir de materiales mortificaciones.

El Padre desde entonces cuidaba de su cuerpo como cuida el esclavo de una prenda, de una máquina que su señor le confía, a fin de que sirviéndose de ella haga que la hacienda prospere. Lo que este modo de pensar pudiese tener de orgulloso lo disipaba el Padre, concediendo en su mente que en absoluto Dios no necesitaba de él para nada; que su ser no valía más que el de otro hombre cualquiera; pero que Dios le había creado para algo y no para que se destruyese, ya que destruirse era infringir una ley divina, turbar o querer turbar el armónico conjunto de las cosas, y distraer violentamente una fuerza viva del punto de acción que la naturaleza le ha marcado.

Cediendo a todas estas consideraciones, el P. Enrique miraba por su salud y por su vida, sujetándose a un régimen ordenado y bueno.

No se hería materialmente, no se atormentaba largo tiempo hacía con ayunos, con cilicios y con vigilias forzadas; pero en este combate misterioso en que se aventuró, en este silencio y disimulo, en esta aparente impasibilidad que adoptó, en esta dominación tiránica con que su espíritu angustiado quiso imponer e impuso al cuerpo que no dejase traslucir su dolor ni en ayes, ni en llanto, ni en una contracción siquiera de los músculos del rostro, ideó el padre, tal vez sin querer, el más espantoso de los martirios, verdadera venganza, rudo castigo de su culpa, si culpa hubo.

El atleta en la fuga de los más briosos ejercicios, el guerrero mientras riñe la más brava batalla, sostenidos por el entusiasmo y por la excitación nerviosa, no sienten su cansancio ni llegan a postrarse. La postración no sobreviene sino después del triunfo. El soldado de Maratón no cayó muerto hasta que dio a los atenienses la nueva de la victoria. No de otra suerte el P. Enrique sostenía maravillosamente su papel, mientras que estaba en presencia de doña Luz o en presencia de otra persona cualquiera. Pero en el retiro de su cuarto, como si se aflojasen los resortes que tenían sus nervios en perpetua tensión, solía caer desfallecido. Mal ahogados suspiros brotaban de su pecho, en el cual sentía opresión dolorosa; tenía vértigos, la vista se le nublaba, se le dormían los dedos o notaba en ellos calambres e insólito frío; las imágenes y especies que guardaba su memoria se revolvían en confusión; le dolía la cabeza y hasta se le trababa la lengua y tartamudeaba cuando hablaba con Ramón, su criado.

Repetidos ataques de este género tuvo el P. Enrique, siempre en la soledad de su estancia. El Padre tenía algunos conocimientos médicos, y él mismo se curaba con auxilio de su criado. Ya se hacía poner sinapismos, ya dar fuertes fricciones, ya se aplicaba a la nariz cierta hierba, por cuya virtud provocaba una ligera emisión de sangre, ya se cubría la cabeza con un lienzo mojado en agua fría.

Cuando se aliviaba de su mal no dejaba nunca de decir a Ramón:

-Esto no ha sido nada. Cállate y no digas a nadie que he estado enfermo.

-Bien está, mi amo; contestaba el criado.

Así las cosas, en una mañana, que era la del día décimo después de la partida de D. Jaime, el Padre Enrique tuvo un ataque más fuerte que los anteriores.

Aquella noche, según contó después Ramón, el padre no había podido dormir: había estado agitadísimo. Ramón le había sentido andar a grandes pasos por el cuarto. Había acudido de puntillas para que no se enojase de que le espiara, y le había visto escribir. Después había vuelto a notar que andaba en el cuarto. El padre se durmió, por último, pero con un sueño que asustó bastante a su fiel criado; sueño fatigoso, acompañado de un ronquido o silbo a manera de estertor. Su rostro estaba demudado y más pálido y ojeroso que ordinariamente.

Ramón, con todo, tal respeto tenía a las órdenes que su amo le daba, que no se atrevió a llamar al médico. Tampoco se atrevió a despertar al Padre.

Este despertó por sí, pero su despertar fue tremendo. Tenía inmóviles los músculos de la cara; paralizada la lengua que no podía pronunciar palabra alguna; la mirada incierta, y las extremidades del cuerpo rígidas y frías como el mármol.

Ramón, desolado y lleno de terror, acudió en busca de D. Anselmo y llamó a D. Acisclo para que acompañase a su sobrino.

Don Anselmo vino pronto, y apenas vio e inspeccionó al enfermo, mostró en su semblante consternado el cuidado que le inspiraba.

-Sea V. franco, D. Anselmo -dijo don Acisclo-: ¿qué tiene mi sobrino?

-Es un caso muy grave -contestó tristemente el doctor.

-¿Cómo es posible? ¿Quién lo creyera -replicó don Acisclo-, cuando ayer estaba tan bueno?

-Usted no lo creyó porque no veía el mal que interiormente le mataba. Su sobrino de V. es harto sufrido y sabe disimular. ¡Ojalá no hubiera disimulado tanto y hubiéramos podido llegar a tiempo!

-¿Qué, entiende V. que no es tiempo ya?

-Señor D. Acisclo, usted quiere de corazón a su sobrino; pero usted es valeroso y entero de alma. ¿Para qué rodeos? Menester es que lo sepa V. todo. El Padre se halla en el mayor peligro.

-¿Qué enfermedad es la suya?

-Una enfermedad más rara que en los robustos y sanguíneos, en los flacos y entecos, y, por lo mismo, en éstos mucho más peligrosa. Quizás asiduos trabajos intelectuales, atroces disgustos, prolongadas vigilias, la agitación del alma duramente refrenada y el fuego comprimido de las pasiones, obran misteriosamente en nuestro organismo y promueven esta explosión: el corazón se hincha, adquiere una fuerza enfermiza e irregular, y de repente inunda el cerebro de sangre.

-¿Qué quiere V. significar con todo eso?

-Quiero significar que su sobrino de usted tiene una apoplegía fulminante.

Don Acisclo, que amaba a su sobrino, que le consideraba como el complemento de la gloria de su familia, de la que él era el otro complemento, tuvo un sincero y hondo dolor, y estimuló con súplicas y lamentos el celo del médico.

No necesitaba éste de estímulos. Deseaba volver la salud al Padre; pero conocía que su situación era desesperada, que sólo un milagro podía salvarle, y él no creía en milagros. Humanamente, entre tanto, hizo cuanto pudo y supo. No quiso sangrar al enfermo porque le encontraba débil en demasía, pero le dio los medicamentos más enérgicos y conocidos para estos casos.

A fin de evitar o hacer que cediese la inflamación de las membranas de la cabeza, le puso un cáustico en la espalda junto a la nuca, y se valió de revulsivos para llamar la sangre y el calor a las extremidades.

Todo, no obstante, fue en vano.

La noticia de la enfermedad del Padre corrió en seguida por el lugar y llegó a los oídos de doña Luz, quien vino al instante a verle.

¿Quién sabe los extraños y tristes pensamientos que atormentaban a doña Luz, cuando entró en el cuarto donde el padre estaba en cama; en el cuarto mismo que ella había ocupado hasta que se casó y donde había dormido durante más de doce años?

Silenciosa y grave llegó doña Luz hasta la cabecera. Allí, con la cabeza levantada y sostenida por varias almohadas, estaba el Padre sin dar señal alguna de conocimiento. Los ojos como dormidos, entornados los párpados, muda la lengua. Tal vez sentía, veía y comprendía aún; pero no tenía medio de comunicar sus impresiones por carencia de fuerza muscular.

Largo rato le miró doña Luz sin pronunciar palabra. Al fin rompió en amargo lloro. Se sentó luego en una silla en el más oscuro rincón de la alcoba, y permaneció callada y llorando, y procuró que olvidasen su presencia allí.

Con la agitación de los tres asistentes del enfermo, hubo un momento en que dejaron sola con él a doña Luz.

Ella se alzó entonces de su asiento, y volvió a mirarle con fijeza, con obstinación, con atracción invencible, como el viajero cuando va por el borde de un precipicio mira el abismo que le atrae, y ansía ver lo que hay en lo más hondo y tenebroso de su seno.

Las lágrimas de doña Luz brotaron con mayor abundancia entonces. Creyó, como nunca, con más vehemencia que nunca, que aquel hombre y su Cristo muerto se parecían. Imaginó, o vio en efecto, que el Padre, inmóvil, sentía y comprendía allá en su interior, y que la miraba haciendo un esfuerzo para dominar aún, con el brío de la voluntad, los nervios y músculos inertes que ya no le obedecían. Entendió, por último, que la mirada del enfermo era suplicante, amorosa, tristemente dulce. Por un impulso irresistible, hondamente conmovida, casi sin darse cuenta, sin reflexionar y sin vacilar también, como no vacila ni reflexiona lo que se mueve impulsado por una fuerza fatal, doña Luz acercó suavemente el rostro al del Padre, y puso los labios en su frente macilenta, y luego en sus dormidos párpados, y luego en su boca, ya contraída, y los besó con devoción fervorosa, como quien besa reliquias.

No pudo más doña Luz. Exhaló un ¡ay! agudo y cayó desmayada en el suelo. El padre siguió inmóvil como estaba antes.

Don Anselmo, D. Acisclo y Ramón acudieron en seguida.

-¡Qué disparate! -dijo don Anselmo-. ¿Cómo hemos dejado aquí sola a esta señora? Esta señora es muy vehemente, y no conviene que esté aquí. Además, el enfermo necesita soledad.

Doña Luz se recobró a poco, y sin resistirse a las últimas palabras de D. Anselmo, que pudo oír y entendió bien, salió del cuarto del Padre.

Tres horas después el P. Enrique había dejado de existir.

Raro es el ser humano cuya memoria sobrevive largos años a la muerte. El tiempo acaba con el duelo, la tierra consume el cadáver y el olvido devora los recuerdos. Pero siempre o casi siempre, a poco de morir, sobreviene para todo hombre el momento de mayor indulgencia, afecto y estimación que le concede el mundo. Los que no se percataban del vivo por insignificante, piensan en él cuando muerto, pues con morir hace lo más digno de conmemoración de su vida; realiza su esencia, como dicen los filósofos a la moda: los que le envidiaban deponen la envidia; los que le odiaban el odio; los que estaban hartos de verle se alegran interiormente con que ya no le verán, y para desagraviarle de esta alegría, y evitar que venga por la noche, en pena, a tirarles de los pies, hacen de él los mayores encomios; todos sus defectos desaparecen por lo pronto, como si se hundiesen en el sepulcro, y sólo se ven sus perfecciones; en resolución, el muerto se reconcilia muriéndose con casi todo el género humano, por lo mismo que se va y deja siempre algo que heredar: cuando no quintas y palacios, un puesto al sol para pedir limosna.

Sea como sea, con la muerte del Padre, de quien, salvo la tertulia, nadie hacía ya caso en Villafría, hubo en todo el lugar una recrudescencia de cariño y de entusiasmo hacia él. Se dieron a admirarle y a celebrarle mil veces más que en el día de su llegada. Por lo mismo que apenas le habían tratado, la imaginación vulgar pudo inventar y fantasear a su antojo. Se ponderaron sus virtudes. Se sacaron a relucir muchas obras de misericordia que en efecto había hecho. Se bordó la sencilla historia de su muerte con mil pormenores que tocaban en lo maravilloso. Hubo beatas que supusieron que el mismo Padre había anunciado con exactitud el día y la hora de su glorioso tránsito, y no pocas acreditaron que había muerto en olor de santidad y que don Acisclo debía tratar de canonizarle, enviando a Roma con este fin un expediente bien claveteado.

Algunas personas incrédulas del lugar querían dar a entender que todo esto se decía para adular a don Acisclo, el cual lamentó de verdad la muerte del sobrino y le elogió en todos los tonos que él podía emplear.

Por lo demás, incrédulos y crédulos, ora por hacer coro a D. Acisclo, ora porque así lo sintiesen, todos convenían en que el muerto había sido lo que se llama un bello sujeto, lleno de discreción y de bondad, y hasta santo, entendiendo cada cual la santidad a su manera.

Nadie, sin embargo, lloró con más ternura, tuvo más honda pena por la muerte del P. Enrique que la persona que tenía o creía tener indicios de que él no había sido santo del todo. Doña Luz durante los primeros días estuvo desolada.

Acrecentaban su pena singulares cavilaciones. Por una parte cierto orgullo, cuando volvía a creer que ella le había infundido una pasión homicida, y luego el horror que le causaba dicho orgullo; por otra parte la confusa sospecha y el vago remordimiento de que ella por instinto abominable, aunque sin reflexión, había provocado y hecho nacer aquel extravío en alma antes tan tranquila y dichosa; y por último la duda de que todo fuese sueño de su vanidad. ¿No podía doña Luz haberse forjado una novela? ¿Qué le había dicho el Padre para que le creyese enamorado? ¿Se había muerto de amor o de apoplejía? La romántica, la sentimental era ella, que le había besado locamente cuando expiraba.

«¿Si habré sido yo la liviana, la sandia y la extravagante? ¿Si habré estado enamorada del fraile, que no pensaba en mí sino con inocente y sencillo afecto paternal?».

Al cavilar así doña Luz se llenaba de vergüenza y temblaba como una azogada y se enojaba contra sí misma, juzgándose delincuente, loca y hasta infiel.

Mientras pasaba esto en el ánimo de doña Luz, don Acisclo repartió entre sus hijos o guardó para sí los pocos y pobres objetos que el Padre había dejado, y que más habían de conservar como sagrada memoria que por el escaso valer que tuviesen.

En esta partición reservó D. Acisclo para doña Luz los pocos libros que el fraile poseía.

No ignoraba D. Acisclo que el padre estaba escribiendo una obra y hasta pensó en que podría él darla a la estampa, aunque hubiese quedado incompleta. Buscó, pues, el manuscrito, le halló, y considerando que las dos únicas personas capaces de entender en el lugar aquello que él llamaba una monserga eran D. Anselmo y doña Luz, y que D. Anselmo por ser impío no apreciaría tan bien la monserga como doña Luz, que era creyente, no titubeó en llevar el manuscrito a doña Luz, sin abrir siquiera sus páginas, porque le estorbaba lo negro, como no fuesen cuentas en que él saliera ganando y con alcances a su favor.

Doña Luz recibió con veneración el manuscrito del Padre, y no bien D. Acisclo la dejó sola, le abrió con ansiosa curiosidad y se puso a leerle. En su impaciencia hojeaba y recorría todas las páginas, devorando al vuelo su contenido, procurando comprender el conjunto, y dejando para después el leerlo todo con detenimiento.

A poco de hojear, dio doña Luz con las hojas sueltas. Su vista se fijó en ellas. El corazón le dijo que algo de muy interesante encerraban.

Entonces las leyó con pausa, con interrupciones, con muy frecuentes interrupciones, porque el llanto se agolpaba en sus ojos y la cegaba y no le consentía que leyese.

En cada una de estas inevitables interrupciones, en voz baja como si temiera ser oída, con las palabras entrecortadas por los sollozos, exclamaba doña Luz:

-Era cierto. Era cierto. ¡Me amaba, Dios mío! ¡Cuánto, cuánto me amaba!

A lo último, más allá y después de lo que conocemos, la víspera de su muerte, el P. Enrique había escrito lo que sigue, que también leyó doña Luz:

«Estas páginas, si no las rasgo o las quemo, irán indefectiblemente, después de morir yo, a las hermosas manos de ella. Ya entonces no me avergonzaré de que ella sepa mi amor. Perdona, Dios mío, mi nueva culpa. Quiero que ella le sepa. ¿En qué el saberlo podrá turbar la dicha y la paz de su noble vida? Ella me ha amado, ella me ama como un ángel ama a un santo, y yo la he amado como un hombre ama a una mujer. Sería yo hipócrita si no le revelase que no merezco su amor angelical; que yo la amaba como ama un pecador. Es menester para mi eterno reposo que ella me perdone por haber convertido en veneno el bálsamo y su afecto inocente en incentivo vicioso; por haber alimentado con la purísima luz de sus ojos este fuego del infierno que me abrasa y que mancha lo limpio de su imagen que llevo grabada en el alma. A pesar tuyo, Dios mío, a pesar tuyo y en contra tuya, la llevo grabada con rasgos indelebles. Todo el brío de mi voluntad, toda la fuerza del cielo, todas las penas del infierno no podrán arrancarla de allí. Doña Luz y el amor de doña Luz viven vida inmortal en mi espíritu».

Al terminar la lectura, el dolor de doña Luz se hizo más agudo; las lágrimas acudieron más abundantes a sus ojos; los sollozos parecía que iban a ahogarla; pero, como luce el iris entre las nubes negras, una dulce sonrisa de triunfo y de gratitud por aquel amor, que sólo perdón solicitaba, brilló en los rojos y frescos labios de la gentil señora.


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