Don Álvaro o La fuerza del sino: 07

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Escena quinta
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Don Álvaro o La fuerza del sino - Primera jornada


El teatro representa una sala colgada de damasco, con retratos de familia, escudos de armas y los adornos que se estilaban en el siglo pasado, pero todo deteriorado, y habrá dos balcones, uno cerrado y otro abierto y practicable, por el que se verá un cielo puro, iluminado por la luna, y algunas copas de árboles. Se pondrá en medio una mesa con tapete de damasco, y sobre ella habrá una guitarra, vasos chinescos con flores, y dos candeleros de plata con velas, únicas luces que alumbrarán la escena. Junto a la mesa habrá un sillón. Por la izquierda entrará el MARQUÉS DE CALATRAVA con una palmatoria en la mano, y detrás de él DOÑA LEONOR, y por la derecha entra la CRIADA


MARQUÉS (Abrazando y besando a su hija.)

Buenas noches, hija mía;
hágate una santa el cielo.
A Dios, mi amor, mi consuelo,
mi esperanza, mi alegría.
No dirás que no es galán
tu padre. No descansara
si hasta aquí no te alumbrara
todas las noches... Están
abiertos estos balcones (Los cierra.)
y entra relente... Leonor...
¿Nada me dice tu amor?
¿Por qué tan triste te pones?

DOÑA LEONOR (Abatida y turbada.)

Buenas noches, padre mío.

MARQUÉS Allá para Navidad

iremos a la ciudad:
cuando empiece el tiempo frío.
Y para entonces traeremos
al estudiante, y también
al capitán. Que les den
permiso a los dos haremos
¿No tienes gran impaciencia
por abrazarlos?

DOÑA LEONOR ¿Pues no?

¿qué más puedo anhelar yo?

MARQUÉS Los dos lograrán licencia.

Ambos tienen mano franca
condición que los abona,
y Carlos, de Barcelona,
y Alfonso, de Salamanca,
ricos presentes te harán.
Escríbeles tú, tontilla,
y algo que no haya en Sevilla
pídeles, y lo traerán.

DOÑA LEONOR Dejarlo será mejor

a su gusto delicado.

MARQUÉS Lo tienen, y muy sobrado:

como tú quieras, Leonor.

CURRA Si como a usted, señorita,

carta blanca se me diera,
a don Carlos le pidiera
alguna bata bonita
de Francia. Y una cadena
con su broche de diamante
al señorito estudiante,
que en Madrid la hallará buena.

MARQUÉS Lo que gustes, hija mía.

Sabes que el ídolo eres
de tu padre... ¿No me quieres?
(La abraza y besa tiernamente.)

DOÑA LEONOR ¡Padre!... ¡Señor!... (Afligida.)
MARQUÉS La alegría

vuelva a ti, prenda del alma;
piensa que tu padre soy,
y que de continuo estoy
soñando tu bien... La calma
recobra, niña... En verdad
desde que estamos aquí
estoy contento de ti,
veo la tranquilidad
que con la campestre vida
va renaciendo en tu pecho,
y me tienes satisfecho;
sí, lo estoy mucho, querida.
Ya se me ha olvidado todo:
eres muchacha obediente.
y yo seré diligente
en darte un buen acomodo
Sí, mi vida... ¿quién mejor
sabrá lo que te conviene,
que un tierno padre, que tiene
por ti el delirio mayor?

DOÑA LEONOR (Echándose en brazos de su padre con gran desconsuelo.)

¡Padre amado!... ¡Padre mío!

MARQUÉS Basta, basta... ¿Qué te agita?

(Con gran ternura.)
Yo te adoro, Leonorcita:
no llores... ¡Qué desvarío!

DOÑA LEONOR ¡Padre!... ¡Padre!
MARQUÉS (Acariciándola y desasiéndose de sus brazos.)

Adiós, mi bien.
A dormir, y no lloremos.
Tus cariñosos extremos
el cielo bendiga, amén.
(Vase el marqués, y queda Leonor muy abatida y llorosa sentada en el sillón.)


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