Don Álvaro o La fuerza del sino: 18

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Escena séptima
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Don Álvaro o La fuerza del sino - Segunda jornada


DOÑA LEONOR, EL P. GUARDIÁN


P. GUARDIÁN (Acercándose a Leonor)

Ya estamos, hermano, solos.
¿Mas por qué tanto misterio?
¿No fuera más conveniente
que entrarais en el convento?
¿No sé qué pueda impedirlo?...
entrad, pues, que yo os lo ruego;
entrad, subid a mi celda;
tomaréis un refrigerio,
y después...

DOÑA LEONOR No, Padre mío,
P. GUARDIÁN ¿Qué os horroriza?... no entiendo...
DOÑA LEONOR (Muy abatida.) Soy una infeliz mujer.
P. GUARDIÁN (Asustado.)

¡Una mujer!... ¡Santo cielo!
¡Una mujer!... a estas horas,
en este sitio... ¿qué es esto?

DOÑA LEONOR Una mujer infeliz,

maldición del universo,
que a vuestras plantas rendida
(Se arrodilla.)
os pide amparo y remedio,
pues vos podéis libertarla
de este mundo y del infierno.

P. GUARDIÁN Señora, alzad. Que son grandes (La levanta.)

vuestros infortunios creo
cuando os miro en este sitio,
y escucho tales lamentos.
¿Pero qué apoyo, decidme,
qué amparo prestaros puedo
yo, un humilde religioso
encerrado en estos yermos?

DOÑA LEONOR No habéis: Padre, recibido

la carta que el Padre Cleto...

P. GUARDIÁN (Recapacitando.)

¿El Padre Cleto os envía?

DOÑA LEONOR A vos, cual solo remedio

de todos mis infortunios;
si benignos los intentos
que a estos montes me conducen
permitís tengan efecto.

P. GUARDIÁN (Sorprendido.)

¿Sois doña Leonor de Vargas?...
¿Sois por dicha?... ¡Dios eterno!

DOÑA LEONOR . (Abatida.) ¡Os horroriza el mirarme!
P. GUARDIÁN (Afectuoso.) No, hija mía, no por cierto.

Ni permita Dios que nunca
tan duro sea mi pecho
que a los desgraciados niegue
la compasión y el respeto.

DOÑA LEONOR ¡Yo lo soy tanto!
P. GUARDIÁN Señora,

vuestra agitación comprendo.
No es extraño, no. Seguidme,
venid. Sentaos un momento
al pie de esta cruz; su sombra
os dará fuerza y consuelos.
(Lleva el P. GUARDIÁN a DOÑA LEONOR,
y se sientan ambos al pie de la cruz.)

DOÑA LEONOR ¡No me abandonéis! Oh, Padre.
P. GUARDIÁN No, jamás; contad conmigo.
DOÑA LEONOR De este santo monasterio

desde que el término piso,
más tranquila tengo el alma,
con más libertad respiro.
Ya no me cercan, cual hace
un año, que hoy se ha cumplido,
los espectros y fantasmas
que siempre enredor he visto.
Ya no me sigue la sombra
sangrienta del padre mío,
ni escucho sus maldiciones,
ni su horrenda herida miro,
ni...

P. GUARDIÁN ¡Oh! no lo dudo, hija mía;

Libre estáis en este sitio
de esas vanas ilusiones,
aborto de los abismos.
Las insidias del demonio,
las sombras a que da brío,
para conturbar al hombre,
no tienen aquí dominio.

DOÑA LEONOR Por eso aquí busco ansiosa

dulce consuelo y auxilio,
y de la Reina del cielo
bajo el regio manto abrigo

P. GUARDIÁN Vamos despacio, hija mía:

el Padre Cleto me ha escrito
la resolución tremenda
que al desierto os ha traído:
pero no basta.

DOÑA LEONOR Si basta;

es inmutable... lo fío.
es inmutable.

P. GUARDIÁN ¡Hija mía!
DOÑA LEONOR Vengo resuelta, lo he dicho,

a sepultarme por siempre
en la tumba de estos riscos.

P. GUARDIÁN ¡Cómo!...
DOÑA LEONOR ¿Seré la primera?...

No lo seré, Padre mío.
Mi confesor me ha informado
de que en este santo sitio,
otra mujer infeliz
vivió muerta para el siglo.
Resuelta a seguir su ejemplo
vengo en busca de su asilo:
dármelo sin duda puede
la gruta que la dio abrigo,
vos la protección y amparo
que para ello necesito,
y la Soberana Virgen
su santa gracia y su auxilio.

P. GUARDIÁN No os engañó el Padre Cleto,

pues diez años ha vivido
una santa penitente
en este yermo tranquilo,
de los hombres ignorada,
de penitencias prodigio.
En nuestra iglesia sus restos
están, y yo los estimo
como la joya más rica
de esta casa, que aunque indigno
gobierno, en el santo nombre
de mi Padre San Francisco.
La gruta que fue su albergue,
y a que reparos precisos
se le hicieron, está cerca
en ese hondo precipicio.
Aún existen en su seno
los humildes utensilios
que usó la santa; a su lado
un arroyo cristalino
brota apacible...

DOÑA LEONOR Al momento

llevadme allá, Padre mío.

P. GUARDIÁN ¡Oh, doña Leonor de Vargas!

¿Insistís?

DOÑA LEONOR Sí, Padre, insisto.

Dios me manda...

P. GUARDIÁN Raras veces

Dios tan grandes sacrificios
exige de los mortales.
Y, ¡ay de aquel que de un delirio
en el momento, hija mía,
tal vez se engaña a sí mismo!
Todas las tribulaciones
de este mundo fugitivo,
son, señora, pasajeras;
al cabo encuentran alivio.
Y al Dios de bondad se sirve,
y se le aplaca lo mismo
en el claustro, en el desierto,
de la corte en el bullicio,
cuando se le entrega el alma
con fe viva y pecho limpio.

DOÑA LEONOR No es un acaloramiento,

no un instante de delirio
quien me sugirió la idea
que a buscaros me ha traído.
Desengaños de este mundo,
y un año ¡ay Dios! de suplicios,
de largas meditaciones,
de continuados peligros,
de atroces remordimientos,
de reflexiones conmigo,
mi intención han madurado
y esfuerzo me han concedido
para hacer voto solemne
de morir en este sitio.
Mi confesor venerable,
que ya mi historia os ha escrito,
el Padre Cleto, a quien todos
llaman santo, y con motivo,
mi resolución aprueba;
aunque cual vos al principio
trató de desvanecerla
con sus doctos raciocinios:
y a vuestras plantas me envía
para que me deis auxilio.
No me abandonéis, oh Padre,
por el cielo os lo suplico;
mi resolución es firme,
mi voto inmutable y fijo,
y no hay fuerza en este mundo
que me saque de estos riscos.

P. GUARDIÁN Sois muy joven, hija mía;

¿quién lo que el cielo propicio
aún nos puede guardar sabe?

DOÑA LEONOR Renunció a todo, lo he dicho.
P. GUARDIÁN Acaso aquel caballero...
DOÑA LEONOR ¿Qué pronuncias?... ¡Oh martirio!

Aunque inocente, manchado
con sangre del padre mío
está, y nunca, nunca...

P. GUARDIÁN Entiendo.

Mas de vuestra casa el brillo.
Vuestros hermanos...

DOÑA LEONOR Mi muerte

sólo anhelan vengativos.

P. GUARDIÁN ¿Y la bondadosa tía

que en Córdoba os ha tenido
un año oculta?

DOÑA LEONOR No puedo

sin ponerla en compromiso,
abusar de sus bondades.

P. GUARDIÁN Y qué, ¿más seguro asilo

no fuera, y más conveniente,
con las esposas de Cristo,
en un convento?...

DOÑA LEONOR No, Padre;

son tantos los requisitos
que para entrar en el claustro
se exigen... y... ¡oh! no, Dios mío,
aunque me encuentro inocente,
no puedo, tiemblo al decirlo,
vivir sino donde nadie
viva y converse conmigo.
Mi desgracia en toda España
suena de modo distinto,
y una alusión, una seña,
una mirada, suplicios
pudieran ser que me hundieran
del despecho en el abismo.
No, Jamás... Aquí, aquí sólo;
si no me acogéis benigno,
piedad pediré a las fieras
que habitan en estos riscos,
alimento a estas montañas,
vivienda a estos precipicios.
No salgo de este desierto;
una voz hiere mi oído,
voz del cielo que me dice:
aquí, aquí; y aquí respiro.
(Se abraza con la cruz.)
No, no habrá fuerzas humanas
que me arranquen de este sitio.

P. GUARDIÁN (Levantándose y aparte.)

¡Será verdad, Dios eterno!
¿Será tan grande y tan alta
la protección que concede
vuestra Madre Soberana
a mí, pecador indigno,
que cuando soy de esta casa
humilde prelado, venga
con resolución tan santa
otra mujer penitente
a ser luz de estas montañas?
¡Bendito seáis, Dios eterno,
cuya omnipotencia narran
esos cielos estrellados,
escabel de vuestras plantas!
¿Vuestra vocación es firme...?
¿Sois tan bienaventurada?...

DOÑA LEONOR Es inmutable, y cumplirla

la voz del cielo me manda.

P. GUARDIÁN Sea pues, bajo el amparo

de la Virgen Soberana.
(Extiende una mano sobre ella.)

DOÑA LEONOR (Arrojándose a las plantas del P. GUARDIÁN.)

¿Me acogéis?... ¡Oh Dios!... ¡Oh dicha!
¡Cuán feliz vuestras palabras
me hacen en este momento!...

P. GUARDIÁN (Levantándola.)

Dad a la Virgen las gracias.
Ella es quien asilo os presta
a la sombra de su casa.
No yo, pecador protervo,
vil gusano, tierra, nada. (Pausa.)

DOÑA LEONOR Y vos, tan sólo vos, o padre mío,

sabréis que habito en estas asperezas,
no otro ningún mortal.

P. GUARDIÁN Yo solamente

sabré quién sois. Pero que avise es fuerza
a la comunidad de que la ermita
está ocupada, y de que vive en ella
una persona penitente. Y nadie,
bajo precepto santo de obediencia,
osará aproximarse de cien pasos,
ni menos penetrar la humilde cerca
que a gran distancia la circunda en torno.
La mujer santa, antecesora vuestra,
sólo fue conocida del prelado,
también mi antecesor. Que mujer era
lo supieron los otros religiosos
cuando se celebraron sus exequias.
Ni yo jamás he de volver a veros:
cada semana, sí, con gran reserva,
yo mismo os dejaré junto a la fuente
la escasa provisión: de recogerla
cuidaréis vos... Una pequeña esquila,
que está sobre la puerta con su cuerda,
calando a lo interior, tocaréis sólo
de un gran peligro en la ocasión extrema,
o en la hora de la muerte. Su sonido,
a mí, o al que cual yo prelado sea,
avisará, y espiritual socorro
jamás os faltará... No, nada tema.
La Virgen de los Ángeles os cubre
con su manto, será vuestra defensa
el ángel del Señor.

DOÑA LEONOR Mas mis hermanos...

o bandidos tal vez...

P. GUARDIÁN ¿Y quién pudiera

atreverse, hija mía, sin que al punto
sobre él tronara la venganza eterna?
Cuando vivió la penitente antigua
en este mismo sitio, adonde os lleva
gracia especial del brazo omnipotente,
tres malhechores con audacia ciega
llegar quisieron al albergue santo;
al momento una horrísona tormenta
se alzó, enlutando el indignado cielo,
y un rayo desprendido de la esfera
hizo ceniza a dos de los bandidos,
y el tercero, temblando, a nuestra iglesia
acogióse, vistió el escapulario
abrazando contrito nuestra regla,
y murió a los dos meses.

DOÑA LEONOR Bien: ¡oh Padre!

pues que encontré donde esconderme pueda
a los ojos del mundo, conducidme,
sin tardanza llevadme...

P. GUARDIÁN Al punto sea,

que ya la luz del alba se avecina.
Mas antes entraremos en la iglesia;
recibiréis mi absolución, y luego
el pan de vida y de salud eterna.
Vestiréis el sayal de San Francisco,
y os daré avisos que importaros puedan
para la santa y penitente vida,
a que con gloria tanta estáis resuelta.


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