Don Álvaro o La fuerza del sino: 23

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Escena tercera
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Don Álvaro o La fuerza del sino - Tercera jornada


El teatro representa una selva muy oscura.
Aparece al fondo. DON ÁLVARO, solo,
vestido de capitán de granaderos,
se acerca lentamente,
y dice con gran agitación

DON ÁLVARO (Solo)

¡Qué carga tan insufrible
es el ambiente vital,
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!
¡Qué eternidad tan horrible
la breve vida! ¡Este mundo
qué calabozo profundo,
para el hombre desdichado
a quien mira el cielo airado
con su ceño furibundo!
Parece, sí, que a medida
que es más dura y más amarga,
más extiende, más alarga
el destino nuestra vida.
Si nos está concedida
sólo para padecer,
y debe muy breve ser
la del feliz, como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!
Al que tranquilo, gozoso
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso;
cuando es más fuerte y brioso,
la muerte sus dichas huella,
sus venturas atropella;
y yo que infelice soy,
yo que buscándola voy,
no pudo encontrar con ella.
¿Mas cómo la he de obtener,
¡desventurado de mí!
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
Si aquel día de placer
(que uno solo he disfrutado)
fortuna hubiese fijado,
¡cuán pronto muerte precoz
con su guadaña feroz
mi cuello hubiera segado!
Para engalanar mi frente,
allá en la abrasada zona,
con la espléndida corona
del imperio de occidente,
amor y ambición ardiente
me engendraron de concierto;
pero con tal desacierto,
con tan contraria fortuna,
que una cárcel fue mi cuna,
y fue mi escuela el desierto.
Entre bárbaros crecí,
y en la edad de la razón,
a cumplir la obligación
que un hijo tiene, acudí:
mi nombre ocultando fui
(que es un crimen) a salvar
la vida, y así pagar
a los que a mí me la dieron,
que un trono soñando vieron,
y un cadalso al despertar.
Entonces risueño un día,
uno solo, nada más,
me dio el destino; quizás
con la intención más impía.
Así en la cárcel sombría
mete una luz el sayón,
con la tirana intención
de que un punto el preso vea
el horror que lo rodea
en su espantosa mansión,
¡¡¡Sevilla!!! ¡¡¡Guadalquivir!!!
¡Cuál atormentáis mi mente!...
¡Noche en que vi de repente
mis breves dichas huir!...
¡Oh qué carga es el vivir!
Cielos, saciad el furor
Socórreme, mi Leonor,
gala del suelo andaluz,
que ya eres ángel de luz,
junto al trono del Señor.
Mírame desde tu altura
sin nombre en extraña tierra,
empeñado en una guerra,
por ganar mi sepultura.
¿Qué me importa por ventura
que triunfe Carlos o no?
¿Qué tengo de Italia en pro?
¿Qué tengo? ¡Terrible suerte!
Que en ella reina la muerte,
y a la muerte busco yo.
¡Cuánto, o Dios, cuánto se engaña
el que elogia mi ardor ciego,
viéndome siempre en el fuego
de esta extranjera campaña!
Llámanme la prez de España,
y no saben que mi ardor
sólo es falta de valor,
pues busco ansioso el morir
por no osar el resistir
de los astros el furor.
Si el mundo colma de honores
al que mata a su enemigo,
el que lo lleva consigo
¿por qué no puede?...
(Óyese ruido de espadas.)

D. CARLOS (Dentro.) ¡Traidores!
VOCES (Dentro.) Muera.
D. CARLOS (Dentro.)¡Viles!
D. ÁLVARO (Sorprendido.) ¡Qué clamores!
D. CARLOS (Dentro.) ¡Socorro!
D. ÁLVARO (Desenvainando la espada.) Dárselo quiero,

que oigo crujir el acero;
y si a los peligros voy
porque desgraciado soy,
también voy por caballero.

(Éntrase; suena ruido de espadas;
atraviesan dos hombres la escena
como fugitivos, y vuelven a
salir DON ÁLVARO y DON CARLOS.)


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