Don Gonzalo González de la Gonzalera: 02

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El cura de Coteruco no era un santo, ni blasonaba de serlo, y para sabio le faltaba mucho; pero era virtuoso, infatigable en el ejercicio de su delicado ministerio, y no carecía de elocuencia persuasiva para dirigir frecuentes y oportunas pláticas a sus feligreses; daba a los pobres cuanto le sobraba, y algo más, y no se separaba dé la cabecera de los enfermos en peligro de muerte. Sus recreos eran bien sencillos: cultivar un huerto que tenía, pasear por las praderas del valle, subir a Carrascosa y estar allí dos horas contemplando el paisaje; hacer de vez en cuando una visita a don Román, que le apreciaba mucho, o quedarse en el pórtico de la iglesia, o en la mitad de la mies, echando un párrafo sobre la siembra, la cosecha o el ganado, si había quien se mostrara gustoso en hablar de ello. Ni más taberna, ni más baraja, ni más escopeta, ni más tertulia. Rayaba en los sesenta años, se llamaba don Frutos, y podía gloriarse de que los recogía muy saneados en el pueblo, de la semilla de su ejemplo y de sus predicaciones. Era alegre, discreto y muy comunicativo.

Subía don Frutos desde Coteruco a Carrascosa la víspera del día en que subimos el lector y yo, mientras hacía lo mismo por la vertiente opuesta un mozalbete, caballero en un rocín de alquiler, cuyo espolique, y a la vez dueño del jamelgo, caminaba más de cien varas atrás.

Era el jinete poca cosa en estampa, y petulante en el aire, acaso porque de tal se le daban unos quevedos montados en su nariz, medio ocultos bajo el ala de un sombrerillo, con la cual intentaba el mozo librar a sus ojos de los rayos del sol que le herían a ratos y muy bajos, como que esto sucedía al acabarse la tarde. Llevaba una maletilla en el arzón trasero, y en el delantero una muleta atravesada, señal de la cojera del jinete, que bien se echaba de ver en lo seco y contrahecho de una de sus piernas, y en el estribo correspondiente, colgado media vara más arriba que el del otro pie.

Al llegar a la cumbre, halláronse tope a tope el señor cura y él.

-¡Reverendísime pater! -dijo con cháchara el de a caballo, después de contemplar a don Frutos un instante.

-¡Ave María Purísima! -exclamó el cura luego que hubo mirado al jinete, con la diestra sobre los ojos, a guisa de pantalla.

-¿Cómo anda el pastor por estas alturas, tan lejos de su rebaño?

-Pues, hombre, porque donde menos se piensa se halla alguna oveja descarriada.

-No dirá usted eso por la que acaba de encontrar en esta loma.

-¿Y por qué no he de decirlo?... ¿Tan en el redil te crees?

-Sin jactancia, padre cura: mucho más que usted.

-Alabo la modestia, aunque no me extraña, que de carne soy y pecador me creo... Pero ¿qué vientos te traen en estos tiempos y a estas horas por aquí?

-Vengo a dar un pienso a esa reata de bestias que usted pastorea en Coteruco.

-Buena es la intención; pero no lo digas muy recio en la plaza del pueblo, porque no todos son mansos, y puede alguno de ellos molerte el pienso sobre las costillas; y a fe que lo sintiera.

¿De corazón?

-¿Y por qué no?

-Por el piadoso placer de ver descoyuntado a un hereje.

-¿Por tal te tienes, Lucas?

-Por tal me tienen las bestias negras.

-Ese chiste ni siquiera es tuyo; pero así y todo, creo que te equivocas.

-¿Pues acaso me tienen por santo?

-¡No faltaba más!... Tiénente por lo que eres, y no por otra cosa.

-¡Morrocotudo será el concepto!

-No hay tal: tiénente por un pobre chico que erró la vocación, y se metió a filósofo terrorista, cuando nació para sacristán de mi parroquia.

-¡Presbítero!...

-¡Ni más ni menos, qué diablo!

-¡Así son vuestros juicios!

-No dan más de sí los hombres.

-Esa confianza os pierde, ¡clérigos!... Esa contumacia en el error... ¡en el crimen!... os ha de costar cara. ¡Ay del día de las justicias!...

-Desde que estáis amenazándonos con él, ya ha llovido.

-Pues yo os anuncio que el trueno estalló ya, y que la hora se acerca.

-Te juro que no he visto un mal relámpago.

-Porque «tienen ojos y no ven».

-Bien podrá ser eso,

-Los huracanes de la idea regeneradora zumban en todos los ámbitos de España:

-Pues hombre, aquí tenemos un invierno delicioso.

-Porque «tienen oídos y no oyen».

-No diré que no, si en ello te empeñas, ¿Y son esos los vientos que hacia acá te empujan?

-Acaso, acaso.

-Vaya, pues me alegro mucho; porque si he de ser desollado vivo en castigo de mi contumacia, siempre será un consuelo para mí que me desuelle mano conocida.

-Eso de desollar se queda para vosotros, inquisidores, tiranos, verdugos del pensamiento!... Nosotros traemos la luz, el amor, la regeneración del hombre por la libertad y la idea...

-Supongo, Lucas, que no traerás contigo todo eso; pues para guardar tantas cosazas, no es mucho que digamos la maleta.

-Las traigo aquí, ¡clérigo estúpido!...

Y se dio en la frente una palmada feroz.

-Tampoco me parece el recipiente muy allá.

-Para los que juzgan los libros por el forro, y aprecian las cabezas por el volumen, chica es la mía, en efecto; pero llenóla el Gran Ser de su esencia, y un rayo de esa luz pesa más que todas las bayonetas de vuestros ejércitos de verdugos.

-Hombre, si mal no recuerdo, eso lo dijo, aunque mejor dicho, un guerrero, mientras inundaba el mundo de bayonetas, quizá para comprobar el aserto, y más tarde fue empujado por ellas, con su luz y todo, a morir a obscuras en un peñasco solitario.

Las verdades fallan de continuo por las ambiciones de los hombres que las profanan; pero las verdades son eternas.

-Mucho que sí, Lucas, y la demencia incurable. Con que ya hablaremos más despacio; ve en paz, y que Dios te alivie, que yo voy a sacudir, con el viento de estas alturas, ese olor de sacristía que tales bascas te da.

Tras esto se alejó don Frutos muy risueño, y echóle Lucas una mirada desdeñosa desde la alteza de su jamelgo.

-¡Clérigo, clérigo... clérigos! -gritó al cura después de pensar un rato la respuesta.

Arreó luego un espolazo con la pierna buena al cuadrúpedo, y comenzó a bajar por el sendero de Coteruco.

En las primeras casas, arrimado a la esquina de una de ellas, encontró a su amigo y contemporáneo Gildo Rigüelta, hijo del buen Patricio, mozuelo presuntuoso con aires macarenos sin más oficio ni beneficio que seguir a su padre en sus correrías y trapisondas: llamábanle de mote el Letradillo por sus alardes de pendolista y sus pujos de resabido. Estrecháronse Lucas y él las diestras, y hablaron largo rato. Al despedirse, por acercárseles el espolique, dijo Lucas a Gildo:

-Si oyes esta noche contar que está a la muerte el cura de Coteruco, no preguntes de qué se muere: es de un calentón de orejas que acabo de darle yo en el alto de Carrascosa.

Picó en seguida el jamelgo, internóse en la aldea, llegó al ya mencionado caserón solariego, apeóse a la puerta con trabajo, apoyóse en su muleta, pagó al alquilador lo convenido en la villa donde dejó el ferrocarril para tornar el caballo, y entró en el lóbrego portalón con el maletín al hombro y canturriando, con su voz atiplada, el himno de Garibaldi.