Don Gonzalo González de la Gonzalera: 07

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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VII: Cómo empezó
 de José María de Pereda


Envuelto en una bata de rayas blancas y verdes, con zapatillas de terciopelo azul bordadas en oro, en los pies, y cubierta la cabeza con un gorro de la misma materia y del propio color que las zapatillas, hallábase don Gonzalo afectadamente reclinado en el sofá de la sala de su casa, con su eterna sonrisa en los labios y los ojos puestos en Lucas, que había ido a visitarle y estaba sentado a su izquierda.

Y decía el maligno cojo, continuando su conversación:

-Aquí, como en todas partes, el sentido moral está pervertido; la fuerza se halla en la rutina; el prestigio en la ignorancia... en el absurdo; el progreso lucha siempre con las preocupaciones; lo viejo impera, lo nuevo se traduce en locura o en maldad...

-¡Por ahí te duele, camará! -exclamó don Gonzalo, después de aprobar con el gesto cada palabra de su amigo.

-¡Pues si salta a la vista! -continuó Lucas, -y usted mismo es el vivo testimonio de esta verdad. Usted, nacido en Coteruco; hombre que ha vuelto a él después de haber adquirido la ciencia del mundo, la savia de los nuevos tiempos (don Gonzalo saludó); que se ha identificado con el progreso actual; que ha fundido sus ideas en el crisol de la libertad (otro saludo de don Gonzalo); que ha inaugurado su establecimiento entre sus convecinos derramando el oro y embelleciendo el pueblo con atrevidas construcciones ajustadas al gusto de la época, ¿qué consideraciones goza aquí? ¿No sigue llevándoselas todas un filántropo ambicioso, un reaccionario ignorante?

-Le diré a usted, señor don Lucas -interrumpió don Gonzalo, aunque satisfecho del rumbo que tomaba el asunto, un poco perplejo por lo que iba teniendo de personal; -como no me he propuesto... ¿está usted? tirar chinitas a nadie para ver quién es más guapo, dejo correr las cosas... ¿me entiende? que otro viso tomaran si yo fuera tentado de la vanidad y dijera a estas gentes: «aquí está un hombre». Porque, camará, a quien tanto ha visto y tanto papel ha hecho, ¿qué le va a ensalzar el arrumaco de cuatro guajiros?

-Concedido, señor don Gonzalo; pero eso, que honra mucho a la ilustrada modestia de usted, es lo que afrenta a estas estúpidas gentes; porque ellas son quienes debieran apresurarse a rendir a usted los homenajes que consagran a un ídolo grotesco.

-Pues velay, camará -dijo don Gonzalo, relamiéndose de gusto al oír a Lucas cantar en la cuerda que más le gustaba a él. -Y ¿qué le vamos a hacer?...

-¿Que qué le vamos a hacer?... Justicia seca, señor don Gonzalo; y muy pronto... como que no a otra cosa he venido yo a Coteruco.

-¿Tanto como eso, señor don Lucas?... ¡Já, já, qué humor de chico éste!

-Nada de broma, amigo mío: le juro a usted que esto es muy serio; y para que vea que no le adulo, le declaro que esa preeminencia que se le debe a usted en justicia, no es la principal en mis propósitos, sino que la necesito para conseguirlos... la necesitamos... mejor dicho, la necesita la patria.

-¡Carambita, carambita!... explíquese más claro el amigo, -dijo a esto don Gonzalo, dejando de reír y acercándose más a Lucas. Éste, después de afirmar los quevedos sobre la nariz, continuó:

-Ya le he pintado a usted el estado de fermentación en que se hallan los ánimos hoy, y le he demostrado la seguridad del próximo triunfo de nuestras ideas. Pues bien: ahora le confío, bajo la garantía de su honor, que al desterrarme el Gobierno a este pueblo, recibí del centro revolucionario el encargo de preparar toda esta comarca para el gran suceso.

-¡Caspitina!...

-Claro es que mis trabajos han de comenzar por Coteruco, y mucho más claro todavía, que estos comienzos han de limitarse, por de pronto, a desembarazar el camino de todo género de obstáculos. Y ¿cuáles son estos obstáculos? Las viejas influencias, los injustificados prestigios... ¿Me entiende usted, señor don Gonzalo?

-¡Vaya si le entiendo!...

-¿Y lo aplaude?...

-Déjeme entenderle del todo, camará, y entonces hablaremos.

-Prosigo, pues. Los obstáculos de Coteruco tienen fortísimas y extensas raíces: para extirparlas, se necesita fuerza, habilidad y perseverancia. Declaro que poseo estas dos últimas cualidades; pero confieso también que me falta la primera... Por eso necesito que me la preste quien la tenga; y como usted la tiene, a usted se la pido.

-¡A mí! -exclamó don Gonzalo frunciendo el entrecejo. -¡Quiere usted que yo mismo sea quien!... Señor don Lucas, usted no me conoce.

-Señor don Gonzalo, no me ha dejado usted concluir. ¡Cómo me hace usted capaz de proponerle que vaya usted de casa en casa diciendo: «yo valgo más que don Román Pérez de la Llosía, y sé más teología que el cura y reclamo para mí el respeto que a éstos consagráis! ¡No faltaba otra cosa!

-Pues ¿qué es lo que usted quiere?

-Quiero matar un prestigio con otro prestigio; quiero aniquilar un poder con otro poder; una fuerza con otra fuerza; quiero destruir una preocupación con una verdad; quiero, en suma, una bandera para mis ejércitos... Porque yo no me forjo ilusiones, señor don Gonzalo: yo sé que por donde quiera que vaya predicando la verdad y anunciando prosperidades a los incrédulos, han de reírse de mí, porque no tengo cincuenta mil duros que den peso y autoridad a mis palabras. Pero si enfrente de las ilusorias virtudes de ese filántropo ponemos las reales y positivas de usted; si al desenmascarar al farsante protector podemos ofrecer a los desengañados el apoyo efectivo y desinteresado de una persona como usted; si al derribar lo viejo y carcomido alzamos otra cosa nueva, potente y saludable, no podrá nadie, en buena justicia, tacharme de malévolo ni de envidioso, como aquí es uso y costumbre; y la luz se hará, y Coteruco será nuestro.

-¡Vamos!... -dijo aquí don Gonzalo, revolviéndose impaciente en el sofá: -eso ya es distinto.

-Y cuando esto se haya conseguido -continuó Lucas, asediando sin tregua al indianete, -transformaremos en dos días el pueblo; le infundiremos nuestras creencias y nuestras esperanzas, y llevaremos el contagio a todo el valle; y cuando en él se sepa qué manos rigen el timón de la nave, vendrán a acogerse a ella todos los náufragos de la vieja fe.

-¡Canastillas!

-Y para entonces triunfará la gran causa; y diremos a los héroes que la hayan conducido a la victoria: «aquí está nuestro contingente de trabajo en bien de la libertad, y aquí el hombre a cuyo prestigio se debe la redención de este valle...»

-¡Caracolillos de mi vida!...

-¡Y sobre ese hombre se fijarán las miradas de los que residan en las alturas del poder, y le decretarán, como a los héroes de Roma, los honores del triunfo, y llegará a ser el árbitro de los destinos de su país.

-Cállese, Lucas, cállese, que la amistad le ciega.

-¡España habla por mi boca, señor don Gonzalo! -exclamó el cojo, con entonación melodramática, descargando el último golpe sobre aquella mollera henchida de vanidades de relumbrón. -¿Comprende usted ahora por qué dije al principio que la patria exigía que reivindicase usted para sí la preeminencia que de justicia se le debe en Coteruco?

-¡Cascaritas, con el modo que tiene, camará, de ensartar las cosas! Pero dígame y perdone: en todo ese trabajo, ¿qué me toca a mí hacer?... Porque supongo que no llegaremos tan arriba sin arrempujar algo con el hombro...

-Nada, o poco más: adhesión pasiva a nuestros actos y a nuestros dichos, y sacrificar un poco, de vez en cuando, el vil ochavo.

Frunció la jeta el de la bata al oír esto, rascóse la punta de la nariz, carraspeó y dijo a Lucas:

-Explíquese, amigo, sobre este último particular.

-¿Sobre el del ochavo?

-Ajá.

-Figúrese usted que a un aparcero de la otra casa se le demuestra que el aparente beneficio que recibe de don Román, puede obtenerle real y positivo... de otra persona; que el aparcero deja sus tierras y sus ganados, y toma otros que le da usted con mayores ventajas...

-Adelante.

-Tenemos ya el ejemplo de un desembolso.

-Es verdad.

-Pudiera citar otros cien por el estilo.

-No hay para qué.

-No me negará usted que los desembolsos de esta clase son reproductivos.

-¡Pshe!...

-Necesitamos también, como base de todos nuestros trabajos, fundar una especie de cátedra.

-¡Hola!

-Sí, señor: una cátedra en que se predique incesantemente el descrédito de ciertas cosas y personas, manifestando la razón oculta de las unas y descubriendo los bastardos propósitos de las otras.

-¡Mire qué idea!

-Yo he observado, señor don Gonzalo, que al campesino más íntegro y de más honrada conciencia, se le hace tragar hasta la herejía si se le da disuelta en un vaso de vino regalado. Es, pues, indispensable que nuestra cátedra se establezca en la taberna, donde maestros en el arte de exornar el trago con toda la gárrula palabrería de los buenos bebedores públicos, sostengan vivo el fuego de la conspiración. De este modo conseguimos dos objetos a cual más importante: inculcar en estas gentes nuestros salvadores principios, y arrancarlas de la esclavitud del trabajo para acostumbrarlas a pensar, a la lucha de las ideas... más claro, corromperlas, como dicen los hipócritas del antiguo régimen.

-¡Pero, don Lucas!...

-Mientras en la taberna se predica así, los ecos lo van repitiendo en el corro de los bolos, y en el pórtico de la iglesia, y en el concejo, y en la mies... Y, desengáñese usted, don Gonzalo, cuando las cosas se aseguran en tantos sitios a la vez, el hombre más terco vacila y cree.

-Es natural.

-Pues bien: esta cátedra demanda algún gasto... algo como cuenta corriente del tabernero con usted.

-¡Conmigo!...

-O con Patricio Rigüelta, por ejemplo... o con su hijo u otra persona de nuestra confianza, que al fin se entienda con usted.

-Ya me entero.

-Y cuando la obra se consume en Coteruco y sea llegada la hora de propagarla por los pueblos del valle, se necesitarán agentes discretos, proclamas, pasquines, auxilios a vacilantes menesterosos... ¿me entiende usted?

-¡Vaya si le entiendo!

-Pues también estos gastos son reproductivos... son como letra que recoge usted hoy para reembolsarse, con pingües beneficios, el día del triunfo definitivo.

-Y dígame, señor don Lucas -preguntó don Gonzalo, nada risueño, después de sobarse mucho las manos y de tener fija en ellas la vista, -¿ha pensado, por ventura, en las quiebras del negocio?

-No las tiene, -aseguró con el mayor aplomo el Estudiante.

-Pues, así y todo... no me conviene, -dijo don Gonzalo con resolución.

-¡Que no! -clamó Lucas, alzando las manos sobre su cabeza en señal de asombro.

-Andandito que no.

-Pero ¿por qué?

-Porque... porque ya le he dicho, camará, que no soy tentado de la bambolla; que no quiero guerra, ni que por mí se indisponga la gente: el que más valga, buen provecho le haga y con Dios se vea.

-Pero, don Gonzalo, ¿y nuestra obra regeneradora? ¿y el triunfo de nuestra causa, y...?

-Créame, don Lucas: todo lo que por esa causa trabaje Coteruco, y la carabina de Ambrosio pata.

-¡Incrédulo! -exclamó el mozalbete afectando pesadumbre.

-La verdad por delante, amigo mío: las ideas me gustan y el triunfo le deseo; pero los cálculos fallan... Y el que lo tiene lo pierde.

-¿Y si no fallan?

-Acuérdese de que la autoridad le vigila, y cuente que sus pasos han de ser seguidos.

-Pero usted queda siempre a cubierto.

-Por el rastro se da con la liebre, camará.

-Señor don Gonzalo, las grandes empresas exigen algún riesgo.

-El que está bien en su casa, no debe meterse a gobernar la ajena.

-La posición impone deberes...

-No se canse, don Lucas, que, por ahora, no resuelvo nada.

Lucas leía en la mente de su interlocutor, como si estuviera metido en ella. Don Gonzalo quería la batalla en Coteruco, pero presenciándola desde su balcón; quería mucho más el triunfo de la pintada conjuración en el valle, y aparecer entonces al frente de los triunfadores para que sobre él lloviesen cargos y preeminencias de honor; pero no quería arriesgar un cuarto en la empresa, ni aparecer ligado con su persona a los promovedores del trastorno, por miedo a las consecuencias de un fracaso, demasiado probable a sus ojos. Leyendo todo esto Lucas en la mente de don Gonzalo, comprendió que era inútil insistir en aquel momento en arrancar al indiano una declaración terminante de adhesión a sus proyectos; pero convencido también de que don Gonzalo había mordido el cebo echado a sus infladas vanidades de carácter, propúsose atacarlas de otro modo más indirecto y seguro, en ocasión oportuna, y se levantó diciendo a don Gonzalo, al mismo tiempo que le tendía la diestra:

-Admiro y respeto esas dudas que le impiden a usted adherirse desde ahora a mis planes; pero confío en que, meditando sobre ellas, el propio convencimiento ha de completar la obra que dejan empezada mis pobres argumentos.

-De menos nos hizo Dios, camará, -respondió don Gonzalo, mientras, sin soltar la mano de Lucas, le conducía escalera, bañando toda su cara en una inmensa sonrisa.

De vuelta en la sala, quedóse pensativo largo rato; después se dio una palmada en la frente, como si se le ocurriera una gran idea, y envió a llamar a Patricio Rigüelta.

Mientras éste llegaba, el indianete, contemplándose en el espejo, decía para su bata rayada:

-A lo que se ve, esta gente necesita de mí. Si me entrego a ellos, visto está quién ha de pagar el pato en un lance desgraciado; además de que a mí no me cuadra, por razones que sabe bien este corazóncito (aquí suspiró don Gonzalo), romper de lleno con ciertas personas. Lo que me conviene es sacar la sardina con la mano del gato, y eso es lo que voy a hacer. El demonio me lleve si se me había ocurrido idea tan amoldada a mis deseos. Vea usted cómo donde menos se piensa... Pero este Lucas es una ventisca que todo lo esparce, y puede comprometerme a lo mejor... Patricio, con tener peor intención, es más sereno en el golpe, y menos sospechoso. Le diré lo que me pasa, tocando el cielo con las manos; y como es hombre que entiende a media palabra, él hará cuanto sea necesario para conseguir lo que pretende Lucas; yo quedo a cubierto de toda sospecha... Y hasta iré a denunciar la conspiración a la otra casa, ¡sí, señor, que iré! y ofreceré mi amparo y me agradecerán el servicio... Y seguirá la bola rodando por el pueblo, y creciendo y creciendo, y la gente revoltosa empujándola sin cesar, porque esa gente necesita de mí... ¡Al fin, se te hace justicia, Gonzalillo; ya se te busca; ya la luz de tu importancia alumbra a estos ignorantes; Coteruco va a ser tuyo, y el valle entero te saluda, y te aclamará mañana como a su rey y señor!

Tomó, tras estas palabras, marciales actitudes por vía de ensayo, hasta que, oyendo en la escalera la voz de Patricio, hízose el escandalizado y el ofendido, y en tal guisa recibió al trapisondista.



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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