Don Gonzalo González de la Gonzalera: 09

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Así las cosas, llegó el día de San José, y Gorión adornó sus novillas con los collares que le prestó don Román, mientras éste preparaba también las suyas para el gran concurso con no menores galas y atildaduras. Y en verdad que los cuatro animales lo merecían. Eran de casta suiza cruzada con la tudanca montañesa, que es tanto como decir que tenían el pelo gris, los anchos y las carnes de la primera, juntamente con el garbo y la gallardía de la segunda. Había, no obstante, notables diferencias de detalle entre las cuatro, ya en las ojeras, más o menos claras; en el lomo más o menos corrido; en el gris del pelo, más o menos lavado, etc, etc. Pero éstas y otras diferencias, como la de edad, sólo podían apreciarlas los inteligentes: los curiosos, como el lector y yo, no veían en aquellos animales, caminando hacia la feria, más que cuatro alhajas, modelos de hermoso ganado.

Habían convenido don Román y Gorión en no vender para carne a ningún precio (de casa del primero no salía jamás una res a la carnicería), y en pedir mucho hasta última hora, con el fin de recoger la mayor suma posible de ofertas. Concluídas éstas, se compararían unas con otras y se deduciría la diferencia. No se olvide que la apuesta se había hecho con la mejor novilla de Gorión y la menos buena de las de don Román. Éste se resignó a quedarse en casa, para que no se creyera que su presencia en la feria podía influir en pro de sus novillas, quitando a los compradores la libertad de regatear a su gusto: un criado inteligente le representaba al lado de Gorión.

Pedreguero, donde se celebraba la feria, no está lejos de Coteruco; pero va el río entre ambos, por lo cual, la barca de la Pasera, única que goza el derecho, y para eso le paga, de pasaje, no tuvo aquel día momento de reposo. Desde el amanecer afluyeron los ganados de toda la parte occidental del valle, buscando la rampa del embarcadero, en tropel unos, unidos otros, en ordenada hilera éstos, rezagados aquéllos, bramando y retozando muchos, y todos alborozando la comarca con el sonido incesante de sus esquilas y cencerrillos. Uníase a este ruido discordante el hablar recio de los conductores, que se trocaba en salvaje gritería al acercarse a la barca. -«¡Nela, ese jato!» «¡Chisco, esa vaca!...» «¡Ataja la Galinda!...» «¡Qué se va la Corva!...» «¡Déjala ya!...» «¡Toma, Morena!» y silbido va, y berrido viene, y cornada por aquí, y garrotazo por allá; y en la barca no cabe el ganado, y un becerro se tira al río, y te siguen media docena de ellos, y sus dueños vocean y reniegan, temerosos de que, al alcanzar la otra orilla, se extravíen; y gritan de nuevo para que los detengan Nel o Sidro que han pasado ya; y en esto, la barca vuelve de vacío, después de haber cobrado un cuarto por persona y seis maravedís por cabeza. Así hasta las diez de la mañana, hora en que la feria se colma de ganado; y lo mismo al anochecer en la otra ribera, al retorno de lo no vendido y de lo comprado por los feriantes de la parte de acá.

Cerca ya de Pedreguero, la bulla crecía; columbrábanse los blancos toldos de las cantinas; y se respiraba el tufillo de las cazuelas sobre las brasas, entre mondos cudones bajo los primeros árboles del cajigal de la feria. Entraban en él los ganados por todo su perímetro, y cuál ganadero elegía para sus reses la despejada braña; cuál otro amarraba su pareja, por inquieta y asombradiza, al rugoso tronco; quién buscaba lo más sombrío para hacer menos visible la roña de un cuero chamuscado; quién prefería los rayos del sol para que brillaran más las prendas de sus rozagantes bestias; y en el ínterin, los compradores y los curiosos hormigueaban, viendo, palpando y preguntando, sin que se durmiera el cuidadoso pedáneo ni la vigilante Guardia civil, temerosa de que anduviese por el ferial la extraña mano aleve que, en concursos idénticos, suelta la mosca que produce la dispersión tumultuosa del ganado; horrendo conflicto que se aprovecha para robar con poco riesgo. La feria, pues, entró en su primer y más importante período. En el segundo había de entrar por la tarde, transformándose en romería, sin dejar de ser feria por completo.

Don Román no hallaba punto de sosiego en su casa. Aquel hombre campechano y rumboso en todo, liberal y desprendido, no podía resignarse a perder la apuesta que tenía empeñada con Gorión. Su criado, aunque inteligente y celoso, podía haber elegido mal sitio para colocar las novillas, no estar atento a engallarlas cuando los compradores las contemplasen; no arrearlas a tiempo cuando hubiera necesidad de pasearlas para observar la soltura y aplomo de sus remos; no encarecer debidamente ésta o la otra cualidad... ¡Y si por cualquiera de estos descuidos triunfara el vanidoso Gorión!... Don Román se resignaba a todo, menos a que una res de su casa, en que él tuviera puestos los ojos por buena, se estimara en menos que otra de su vecino, en igualdad de condiciones.

Con este escozor en el ánimo, pidió su comida a las once; y a las dos de la tarde, no pudiendo resistir más, pero tratando de disimularlo, propuso a Magdalena un paseo hasta la feria. La tarde estaba hermosa, como tarde primaveral; el camino seco y ya festoneado de margaritas, esa microscópica flor, ornamento profuso de las praderas montañesas, la primera que brota en cuanto el invierno recoge su triste manto de escarchas y el sol aparece secando las pozas y encauzando los regatos vagabundos. Era, además, costumbre del señorío circunvecino, que tan escasas cuenta las distracciones, concurrir por la tarde a las ferias, del mismo modo que a las romerías, aunque con menos boato. Nada, pues, había de extraño en la proposición de don Román, ni de particular en que la aceptase su hija; antes al contrario, tenía ésta, desde meses atrás, inexplicable complacencia en asistir a las fiestas del valle, como si en algunas de ellas esperara continuar el asunto que quedó pendiente en el baile del palacio de los Cárabos.

Porque Magdalena estaba fluctuando entre impresiones de muy opuesta naturaleza. Si los viajes de Álvaro a Coteruco, si sus miradas, si sus saludos significaban lo que ella creía... Y deseaba, ¿por qué no se lo decía? ¿Qué juicio formar de aquel hombre que parecía adorarla, y al mismo tiempo huía de decírselo? ¿Qué pensar de aquel afecto que no ansiaba saber si era correspondido? ¿Huiría Álvaro de don Román? Entonces Álvaro no era digno de que Magdalena pensara en él. ¿Habría alguna razón especial que le impidiera ser más explícito, sin dejar de quererla bien y honradamente? En tal caso, era peligroso sostenerle en la confianza de que ella conocía ese amor y le aceptaba. Así cavilaba de continuo Magdalena, y cavilando estaba en lo propio cuando su padre la invitó a ir a la feria.

Adornóse lo mejor y más pronto que pudo; y seguida de Narda, que debía acompañarla mientras don Román estuviese ocupado en la feria, echaron los tres camino de ella, libre, por ser la hora que era, de ganado y de feriantes.

En tanto que don Román se internaba en la arboleda, buscando con ansiedad a su criado y a Gorión, Magdalena y Narda torcieron hacia el lado en que la romería se iba formando; punto en el cual se veían ya algunos y algunas elegantes del valle, discurriendo alrededor del corro en que bailaba la gente labradora al son de las panderetas.

No tardó don Román en dar con lo que buscaba. Gorión, al verle, le saludó con un gestecillo de satisfacción, que al buen Pérez de la Llosía le supo a rejalgar; buscó en la cara de su criado la razón de aquel gesto, y la halló como de hiel y vinagre. He aquí lo que había pasado.

De más de dos docenas de proposiciones que se habían hecho por las dos novillas de la cuestión, no había una en que la de don Román no quedase vencida por una diferencia que variaba entre doce y cinco duros. Tal rezaban los apuntes hechos por los dos interesados, en los respectivos librillos de fumar. Por la Cordera, o sea la novilla buena de don Román, se hubiera dado lo que por ella se hubiera pedido; pero sobre ésta no había apuesta, ni razón para que la hubiese, ni motivo, por consiguiente, para que su dueño se creyera con ella vengado de Gorión que le vencía con la otra.

Cuando llegó don Román, acababa de retirarse el último comprador, y aún estaba contemplando desde lejos la novilla de Gorión y hablando con dos asesores que le habían acompañado en el tanteo. Había ofrecido doce duros más por ésta que por la del primero; don Román se enteró de ello, y después de leer y confrontar rápidamente las listas de las proposiciones apuntadas en los dos librillos de fumar, llamó al comprador citado con una seña, por demás expresiva. Acercóse el hombre, sombrero en mano.

-¿Cuánto has ofrecido por esta novilla? -le preguntó don Román señalando a la suya.

-Cuarenta duros.

-¿Y por la de Gorio?

-Cincuenta y dos, para servir a usted, señor don Román.

-¿Y tú entiendes de ganado?

-Pues, mejorando lo presente, señor don Román, no dejo de entenderlo.

-Arrea esa novilla, Blas, -dijo el caballero a su criado.

La novilla se gallardeó alrededor del árbol bajo el cual pasaba la escena.

-¿Qué tienes que pedir a ese animal, que encuentres en el de Gorio? -preguntó don Román, fijando la vista en la del comprador.

Este, un tanto pesaroso de no agradar a tan distinguido caballero, pero muy firme en su parecer, no obstante lo que en él pudiera pesar el muy justamente acreditado de don Román, díjole:

-Sin que esto sea menospreciar la hacienda de nadie, señor don Román, la novilla de usted no tiene el herraje que la de Gorio; es de ojo más triste, y más caída de cuadril; zambea un poco de la derecha...

-¡De la derecha!... Tú sí que zambeas; pero es del entendimiento.

-Me paece a mí que lo que está a la vista...

-Lo que está a la vista es que no entiendes una jota.

-Pues mire usted que me he hecho viejo en el oficio... y, por último, de usted es la novilla y mío el dinero; la feria es tanto para pedir como para ofrecer, sin ofensa de nadie ni menosprecio de la cosa. Otro dará más.

-¡Ni aunque me la pesaran en oro!

-Y hará usted bien, si en tanto la estima.

Y el hombre, después de saludar muy fino, se retiró.

Lances semejantes se reprodujeron con motivo de nuestras ofertas; pero don Román no oyó una que no fuera una derrota para él.

Como al lector han de interesarle muy poco los detalles de esos lances, sobre todo si es de los muy dados al guante blanco (aunque dudo que los de tal librea se dignen comunicar con el anti-elegante y zarandeado realismo de mis libros), dejo aquí la feria y voy con el relato a un extremo del robledal, donde bulle la gente joven y desocupada, y se oyen cantares, y hasta brilla la seda de las damas, entre los pintorescos atavíos de las zagalas.

Algunas varas detrás del grupo de bailadores y curiosos, había un tronco seco tendido sobre la menuda yerba de la braña, fuera del robledal. Sentada en el tronco, haciendo garabaros en el suelo con el regatón de la sombrilla, y fija en ellos la mirada, hallábase Magdalena; a su lado, hablándola muy cerca del oído y contemplándola al mismo tiempo con ojos de enamorado. Álvaro, golpeándose maquinalmente las charoladas botas de montar, con un latiguillo que tenía en la mano; Narda, haciéndose la distraída, como en casos tales se hacen todas las dueñas de confianza y todas las madres excesivamente cuidadosas por casar a sus hijas, se sentaba en un extremo del tronco, y ya no sabía a que cadera encomendar el peso del suyo, ni a que lado enviar sus miradas, porque había agotado el catálogo de sus posibles actitudes, en su doble papel de Argos vigilante y Mercurio complaciente, y en todo había fijado la vista sin el consuelo de que a su oído, tan experto como sutil, llegara una sola frase que satisfaciera su ávida curiosidad.

Álvaro, cabalgando gallardamente en un brioso corcel, había aparecido en la feria cuando Magdalena, desalentada por no ver a nadie, acababa de sentarse en el madero. No bien la hubo conocido, apeóse rápido, entregó el caballo a un chicuelo de los varios que solicitaron esa tradicional manera de ganarse unos cuartos en las romerías montañesas, y corrió a saludarla. La sencilla joven, al verse junto a él tan de improviso, púsose encendida como la grana; después, pálida como la cera, y luego, se halló sin voz para responder a su saludo. Saltábale el corazón en el pecho, sus sienes latían y los oídos le zumbaban. Cerró los ojos, oyó las primeras palabras de Álvaro entre aquel tumulto de su organismo, y apenas las comprendió; pero debieron de ser dulces y placenteras, porque el alboroto se fue calmando con ellas, como se calma la tempestad cuando el sol aparece y brilla en un cielo sin nubes. Atrevióse después a mirar a la cara del hermoso mancebo; pero al hallar su ardiente mirada en el camino, volvió los ojos de su regazo, y tembló sin saber por qué. Álvaro, en tanto, la refería sus tristezas, sus alegrías, sus temores, sus esperanzas, sus dudas, su fe; y ella, que de buena gana hubiera referido otro tanto, y aún mucho más, no hallaba, en su aturdimiento, fuerzas para responder una sola frase; pero su misma actitud era un libro abierto, y en él leyó Álvaro cuanto anhelaba su corazón. Díjola por qué hasta entonces no había continuado la conversación interrumpida tantos meses antes. En su entender, sólo en ocasiones como la que acababa de ofrecerles la fortuna, libres de toda presión extraña, podían dos almas confiarse sus más íntimos secretos. Las miradas, aunque dicen y penetran mucho, no lo dicen ni lo adivinan todo: refieren el conjunto, no explican el detalle; no descubren el obstáculo, los planes de familia, los escollos del carácter... Esto, y mucho más, puede salir al encuentro al hombre, que sin otro guía que su corazón henchido de ternura, y su mente colmada de ilusiones, llamase a las puertas de la mujer soñada, para ofrecerle su amor y su mano, como se los ofrecía Álvaro a Magdalena en aquel instante. Díjola tras esto quién era él, y todo cuanto Narda la había dicho ya; y al pedirle una respuesta que le librara del ansia en que vivía, la púdica joven tampoco halló en aquel lance de prueba palabras entre sus labios que del apuro la sacaran, y tuvo que pintar a Álvaro la dificultad con los ojos. No acertaba la infeliz a explicarse qué eran aquel placer que la oprimía el pecho; aquella íntima alegría que, como las penas, llevaba lágrimas a sus ojos; aquel purísimo sentimiento que la sonrojaba como si fuera un delito. Pero Álvaro la comprendía perfectamente, y aceptó la turbación de Magdalena por la mejor de las respuestas. Después, descendiendo de la región del sentimiento a la de los hechos y propósitos, habló de unos y de otros, y pudo Magdalena ir orientándose poco a poco en aquel terreno, recobrar su serenidad perdida, y llevar a la conversación todas las discreciones y armonías de su palabra.

En esto apareció don Román; y al verle su hija y Narda, se levantaron súbitamente, como si el estar sentadas allí fuera un delito. Álvaro se levantó también, quedándose algunos pasos detrás de ellas. Llevaba el buen caballero pintada en su cara la mortificación en que le traía el suceso de la feria.

Al acercarse a Magdalena, rompía en pedacitos el papel en que había hecho la liquidación de las ofertas, por la cual acababa de pagar nueve duros a Gorión, que se vio más ufano que perro con pulgas, con la ganancia: no por lo que intrínsecamente valía, sino por el triunfo que representaba.

-¡Cuando digo que en el valle no hay un ganadero que sepa lo que trae entre manos! -exclamó mientras arrojaba al suelo los pedazos de papel.

-Por las señas -dijo Magdalena sonriendo al verle tan sulfurado, -¿perdimos la apuesta?

-La perdimos -contestó don Román muy serio, -y declaro que lo siento como si hubieramos perdido un mayorazgo.

Entonces reparó en Álvaro que se acercó a saludarle. Magdalena se apresuró a presentársele, diciendo, no poco turbada:

-El señor don Álvaro de la Gerra.

-¿De Sotorriva? -preguntó a éste don Román.

Álvaro contestó afirmativamente.

-¿Hijo, acaso, del señor don Lázaro?

-En efecto.

-Tengo un grandísimo placer en estrecharle la mano de usted. -Y mientras lo hacía, añadió:

-El señor don Lázaro es un amigo a quien respeto tanto como admiro, por sus virtudes y su talento. Es la prez del valle.

Cómo sonó este elogio en el corazón de los dos enamorados, excuso yo decirlo. Miráronse ambos, y añadió don Román:

-Hace mucho tiempo que no le veo.

-No sale de casa -contestó Álvaro, -y, desgraciadamente, se lo impide la salud más que los años, aunque tiene ya muchos. Sin esta circunstancia -continuó mirando a Magdalena, -quizá no tardara usted muchos días en saludarle.

-Siempre lo tendré a gran honra, y bien sabe Dios cuánto deseo su alivio. Entre tanto, ofrézcale usted mis respetos, y cuénteme por su mejor amigo, si digno de ello me juzga.

-¡No sabe usted hasta qué punto, señor don Román! -exclamó Álvaro, estrechando nuevamente la mano del noble caballero y mirando a Magdalena, que apreció, sin duda, en todo su valor, la exclamación de Álvaro.

Despidiéronse luego todos, porque la tarde refrescaba, y salieron de la feria los de Coteruco, mientras Álvaro, gratificando rumbosamente al muchacho que había cuidado de su caballo, montó en él y tomó el camino de Sotorriva, por el que, merced al estado de su ánimo, todo le parecía flores y tomillo, trovas y melodías.

Don Román, en tanto, erre que erre con sus novillas y las de Gorión, y dale con la apuesta perdida y con la ignorancia de los feriantes. Magdalena no le oía. Todas las potencias de su alma eran esclavas de un mismo tirano; pero tirano de cadenas de oro y mazmorras de luz y de fragancia. Narda sola contestaba a su amo, hasta que, alcanzándolos Toñazos, cerró con él don Román a brazo partido, sobre el mismo tema; y andando, andando, adelantáronse a las mujeres un buen trecho. Quiso entonces Narda sondear la conciencia de Magdalena y saber algo de lo tratado, bien cerca de ella, en la braña contigua al robledal de la feria, cuando se vieron sorprendidas por una voz melosa que dijo, dirigiéndose a Magdalena:

-Cuide la madamita de no salir del sendero, que hay rocido entre la yerba.

Quien tal hablara era don Gonzalo, con sombrero de copa alta, guantes azules, bastón de manatí y levita ceñida.

Volvióse Magdalena al sentirle, sobrecogida como quien despierta de un sueño delicioso con el graznido del mochuelo.

-¡Ah!... ¡don Gonzalo! -dijo con el desaliento con que se recibe una pesadumbre.

-A los piececitos de usted, niña, celebrando su encantadora salud. Al papaíto ya le veo allí tan bueno.

Y esto lo ensartó el indianete descubriéndose la cabeza, encorvando el espinazo y rasgando la toca hasta los oídos. Pero la joven, sin contestar una palabra, parecía ir contando uno a uno los guijarros de la senda.

De aquella actitud y de la expresión gozosa que daban al semblante de Magdalena los pensamientos que la preocupaban, dedujo don Gonzalo que su fino sentir no había de ser desairado. Esto le animó a continuar el asedio, y dijo, como preámbulo:

-A lo que parece, ustedes han venido a recrearse por estas cercanidas... Muy bien hecho: la tarde lo pide, por su hermosura y templanza.

-Pshe... -respondió la joven por responder algo.

-Hay que aprovechar las ocasiones, Magdalena, de desplayarse un poco por el mundo: no hace buen genial vivir siempre en subterránedos como Coteruco.

Advierto que estos subterránedos, aquellos desplayamientos y cercanidas, y otros análogos pulimentos de palabra, eran como el flauteado del órgano de la elocuencia de don Gonzalo, registro que sólo tocaba éste cuando se ponía tierno, o era la situación patética y sentimental... Y ruego al lector escrupuloso que no me tache los vocablos por inverosímiles, pues a extremos tales conduce en muchos Gonzaleras indoctos, o, si se quiere, ignorantes, el afán americano de marcar mucho los dos y das finales, como signo de finura de lenguaje.

Magdalena lo sabía por tradición montañesa, y contestó, sin reírse, con otro monosílabo mal articulado.

-Sucede también -continuó, tras unos instantes de silencio, el meloso don Gonzalo, con los ojos casi en blanco y la boca hecha una media luna patas arriba, -que al hombre le asaltan tiernas melancolidas cuando menos se lo espera... ¿me comprende usted, madamita? Y entonces necesita el agasajo de las intemperies para consuelo de su tierno corazón.

-Es verdad, -dijo sin entenderle Magdalena, siempre con el alma engolfada en dulcísimos recuerdos.

-¡Ah! -exclamó el indianete, tomando aquellas palabras y aquel arrobamiento por donde más le convenía a él, -¡y si el hombre tuviera la dicha de saber, al respezto de esa atrocidad de dolor, si sus llagas serían curadas, aunque fuera paulativamente, por la correspondiencia de su adorada!

Aquí le apuntó la risa a Magdalena, aunque ni remotamente sospechaba a dónde iba a parar aquella extravagante lamentación; y para conjurar el peligro de que el meloso galán la viera reírse de él, bajó la cabeza sobre el pecho, y aún volvió la cara hacia el lado de Narda.

-¡Oh! -tornó a exclamar don Gonzalo, en presencia de aquel, en su dictamen, pudoroso abatimiento; -pero el hombre iznora... ¡lo iznora por desgracia! si sus finas ternezas son correspondidas; y esto le roba su dormir, y hasta sus caudales le parecen supérfludos, por no decir de sobra.

Con esto creció el peligro en que Magdalena se encontraba; y no sabiendo qué hacer ni qué decir, por hacer algo, y algo que la deleitase, suspiró pensando en Álvaro.

Para el azucarado galán fue aquel suspiro fuego que redujo su ya blando corazón a tierna gelatina. Tembláronle las mandíbulas y las piernas; cerráronse sus ojuelos; quiso decir de una vez todo lo que deseaba, y faltóle la voz. Narda, que iba dada a Barrabás con la intrusión del indiano, díjola al oído algunas palabras, y las dos aceleraron el paso; de modo que cuando don Gonzalo salió de sus amorosas agonías y quiso continuar la interrumpida declaración, se vio a tres dedos de las espaldas de don Román. Renunció de mala gana a sus intentos por entonces, y saludóle muy fino; pero don Román pagó con poco brío la fineza; y so pretexto de que la tarde se acababa y el embarcadero de la Pasera se hallaba libre de ganado en aquel instante, aceleró la marcha. Siguiéronle todos a su paso, y no hubo más conversación. Pero don Gonzalo observó, pasando el río y en el camino hasta Coteruco, al enviar tiernas e investigadoras miradas a Magdalena, que la gentil doncella iba dominada por hondas cavilaciones, y no dudó que, era él quien se las causaba.

Con estas ilusiones en la cabeza, llegó a la portalada de don Román, despidióse de todos hecho una jalea; y derretido de amor y de esperanzas, entró luego en su casa, en la cual no halló sueño aquella noche, porque se la pasó en vilo sazonando un propósito que pensaba realizar sin tardanza, como verá el lector en el capítulo siguiente.