Don Gonzalo González de la Gonzalera: 13

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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XIII: La bola de nieve
 de José María de Pereda


Al día siguiente fue don Frutos a casa de don Román, y le halló en la huerta, paseándose desazonado y triste.

-¿Sabe usted lo ocurrido anoche? -le preguntó.

-Nada ignoro, señor don Frutos, -le respondió el caballero.

-Y ¿qué le parece a usted?

-Que me siento avergonzado, como si fuera yo el delincuente y no una de las víctimas del infame complot.

-¿Luego usted sigue creyendo que le hay?

-A no estar ciego...

-Pero, señor don Román, yo no puedo acabar de comprender qué fines guían a esos infelices.

-Esos infelices son ciegos instrumentos de cuatro bribones que los han seducido.

-Y ¿cómo es posible eso en tan poco tiempo? ¿Cómo se ha obrado tan rápidamente esa transformación?

-En virtud de un aparente absurdo que es, sin embargo, un hecho notorio en todas partes; en virtud de esa fuerza misteriosa que es impotente contra la debilidad de un hombre solo, y conquista y avasalla a un pueblo entero en un instante.

-Pero los beneficios recibidos... la gratitud...

-¡La gratitud!...

-¿Duda usted que la conozcan?

-No dudo: lo niego.

-¡Cáspita, don Román, me parece demasiado eso!... Y no lo digo por lo que está pasando en este pueblo... Pero tanto como negarles en absoluto ese sentimiento...

-Señor don Frutos, una cuerda no vibra lo mismo tendida sobre un tosco madero que sobre pulida caja.

-Cierto es; pero no caigo...

-Esto quiere decir que lo que usted y yo entendemos por agradecimiento, no se parece en nada a esa misma virtud sentida por ellos.

-Es verdad: les falta la educación, que viene a ser, siguiendo el símil de usted, la caja armónica de esa y otras cuerdas semejantes.

-Cabal.

-Pero así y todo, el respeto que todavía le conservan a usted, prueba que los beneficios recibidos...

-Señor don Frutos, vive usted en una lamentable equivocación si cree que el respeto que me ha guardado esta gente hasta hoy, es obra de mis beneficios.

-De ellos y de la posición social de usted...

-Error también, amigo mío. Estos hombres no piensan, ni ven, ni sienten como nosotros; viven adheridos a la costra de los sucesos, y, a lo sumo, escarban en ella, pero no ahondan; juzgan con los sentidos, y no ven más allá del reducidísimo círculo de sus ideas, por necesidad mezquinas y personales, como sus hábitos y tendencias. Por eso, señor don Frutos, a estos hombres no se les domina por el prestigio del saber ni de la alcurnia, ni aun por el interés de la dádiva; hay que penetrar en su terreno, bajarse hasta ellos, asimilarse, digámoslo así, su propia naturaleza, y después aventajarlos en todo... hasta en fuerza bruta. Así llegué yo a dominarlos... Y así se les ha dominado siempre en todas partes. ¿Quién ha arrastrado a las masas populares lejos de sus deberes, o hasta la más sublime epopeya? Hombres de su misma estofa; jamás el atildado razonamiento del tribuno desconocido, ni el ostentoso relumbrón del personaje.

-Concedido; pero entonces ¿cómo se explica que esta vez se hayan dejado convencer tan pronto, aun contra la realidad de los hechos?

-Porque los elegidos para predicadores son hombres de su misma condición; diestros en la elección de armas y terreno para dar la batalla con buen éxito... Y cómo estos infelices que, además de ser suspicaces por ignorantes, son montañeses, o lo que es lo mismo, dos veces suspicaces, han de dudar hoy que usted es un hipócrita y yo un tirano, si hay quien se lo asegura y se lo demuestra con testimonios, aunque falsos, en la taberna, en la calle, en la mies... en todas partes y a todas horas.

-¡Qué indignidad!

-No es, por tanto, don Frutos, la caída lo que a mí me sorprende, pues siempre la juzgué posible por lo mismo que conozco muy bien la condición de los caídos: lo que me admira es que haya hombres tan infames que se complazcan en arrastrar a la perdición a estos ignorantes que vivían felices en su estado.

-Si combatiendo el mal con un poco de habilidad...

-Sería perder el tiempo. Piedra que rueda al abismo, podrá detenerse, pero no retrocederá; y si se detiene, caerá a la menor presión que se ejerza sobre ella. ¡Ruegue usted a Dios que la total caída no ocurra mucho antes de lo que temo, y no presencie Coteruco el espectáculo de su completa ruina!

-No es creíble, don Román, que eso suceda tan rápidamente y sin que nos dé tiempo para... ¡caramba! siquiera para luchar con gloria.

-Vea usted lo que hemos caminado en poco más de una semana. La taberna, antes abandonada, no se cierra; las borracheras se siguen y se alcanzan; el escándalo es el estado ordinario del pueblo; la blasfemia se ha echado a la calle, y el desenfreno del vicio y de la rebeldía ha llegado a su colmo anoche, apedreándole a usted las ventanas... De manera que, a poco que extraños elementos ayuden, como por desgracia ayudarán en breve...

-Cierto; pero...

-Note usted que se ha elegido la Cuaresma para consumar esos actos de barbarie.

-No lo niego,

-Es decir, que anda en el negocio una mano experta en el mal; y no cabe duda de que en el propósito de recoger el fruto a todo trance, se ha herido al árbol en el corazón.

-Pues yo, don Román, a pesar de todo, venía con el ánimo de que llegáramos a un acuerdo sobre el caso.

-Y ¿qué acuerdo cabe, señor don Frutos?

-Tal vez trabajando usted sobre los que vienen por aquí por la noche...

-¡Si ya no viene nadie... o como si nadie viniera! Vienen unos pocos, por cumplir y de mala gana, y como luchando entre la verdad y la calumnia, a juzgar por la cara que me ponen. A la menor palabra mía que no les halagara, tomándola por disculpa irían a reunirse con los de la taberna. ¡Si le aseguro a usted que no sé cómo mirarlos, en mi afán de contener el desastre, y hasta llego a parecer yo el delincuente y no la víctima! ¡Con qué pena los veo, don Frutos, caminar al abismo con la venda sobre los ojos! ¡Sangre mía que fueran, no me causara su perdición tan honda pesadumbre!

-¿Y como no, señor don Román, si su felicidad era obra de usted?... Pues juzgue usted ahora lo que a mí me pasa. Toco la campana todas las noches al rosario y a la doctrina... Como si callara. De ocho días acá, no acuden a la iglesia más que viejos, mujeres y chiquillos; pero no a rezar, sino a gemir y a pedirme que traiga a sus hijos y a sus maridos a la buena senda. Y ¿cómo traerlos? Hablo a uno, reprendo a otro, amonesto a cuantos encuentro en la calle, predico desde el presbiterio en cuanto oigo toser hombres en la iglesia; dícenme todos que hablo como el Evangelio; danme grandes esperanzas, y hácenme promesas muy formales de enmienda... Hasta he tratado de ir a la taberna misma, para cogerlos con el delito entre las manos. ¡En hora feliz deseché el propósito juzgándole contraproducente! ¡Buena hubiera quedado mi autoridad en medio de la horda que anoche apedreó mi casa! Por fortuna, no estaba yo en ella, que había ido a acompañar a la pobre tía Piquera, a quien ayer sacramenté, y se veía sola y abandonada, porque el bárbaro de su hijo estaba en la taberna hecho una cuba, y la nuera en el molino desde por la mañana. De hallarme en casa, hubiera salido al balcón a cumplir con mi deber, protestando siquiera contra las horribles blasfemias que, según noticias, proferían aquellos cafres; y tal vez me hubiera tocado algún morrillo de los que me dejaron sin cristales, y hasta sin una ventana, que saltó hecha astillas. De manera, señor don Román, que no sé qué hacer en tan gravísimo trance.

-Y la autoridad ¿por qué no toma cartas en el asunto?

-Ya las toma. Según me han dicho, el alcalde era uno de los que dirigían la serenata.

-¿Se convence usted de que sería inútil toda tentativa por nuestra parte?

-Ya; pero también cruzarse uno de brazos...

-¿Y quién se cruza? ¿No cumple usted con su deber predicando la verdad donde quiera que su palabra es respetada?

-Sí; pero...

-¿Ha de profanar usted su ministerio, luchando a brazo partido con borrachos y bribones?

-Pero usted, señor don Román...

-Yo, señor don Frutos, desautorizado por la calumnia para meter en la buena senda a los que de ella se han separado, no puedo hacer otra cosa que encerrarme en mi conciencia y librar a mi decoro de la afrenta de justificarme delante de esa canalla.

-Verdad es; pero muy triste.

-Más triste fuera, señor don Frutos, que de esta podredumbre sin ejemplo, no salváramos usted y yo... siquiera la dignidad.

-En fin, señor don Román, no insisto; pero yo no puedo callar.

-Ni debe usted tampoco, señor cura; pero cuide mucho de ver en qué terreno asienta el púlpito; pues no en todas partes tiene igual fuerza la palabra divina, aunque sea un santo el que la predique. ¡Y Dios quiera que antes de mucho no le nieguen a usted el respeto hasta en el altar mayor!

Don Frutos se separó de don Román, convencido de que no era empresa fácil hallar el acuerdo que fue buscando a su casa.

El domingo siguiente, es decir, dos días después de este suceso, se esperaba un sermón fulminante a misa mayor, y la gente no cabía en la iglesia. Don Frutos andaba muy lejos de pensar en defraudar las esperanzas de sus feligreses. Estuvo terrible. Acometió de frente el asunto, cosa que hacía raras veces; y no vaciló en afirmar que conocía los móviles de los que agitaban la discordia en pueblo tan feliz y venturoso. Hubo para los malévolos, para los ingratos, para los escandalosos, para los blasfemos; y pintó el cuadro de lo porvenir de Coteruco con los colores más patéticos y sombríos.

Observóse que los hombres que oían el sermón desde el cuerpo de la iglesia, como si tuvieran horror a la luz que de lleno los hería, con el pretexto de hallar banco en que sentarse, iban metiéndose, uno a uno, debajo del coro y en lo más obscuro. Cuando allí no cabía ya una pulga y el silencio era completo, Barriluco, que se hallaba acurrucado sobre unos ciriales tendidos debajo de la escalera, dijo a media voz, recogiendo un apóstrofe del cura a los maldicientes:

-¡Como yo te convidara a comer las asaduras de la becerra, ya hablarías de otro modo!

El dicho cayó en gracia, como toda desvergüenza, y el contagio de la risa fue avanzando, de onda en onda, hasta el altar mayor. Inspiróse don Frutos en la atrevida irreverencia para caer con nuevos bríos sobre los contumaces, cuando apareció a la puerta de la iglesia el perrazo de Patricio dando aullidos espantosos, porque de propio intento acababa Gildo de sacudirle dos estacazos tremebundos. Aterróse al pronto el auditorio, que no estaba en el secreto; y entre lo de «¡echar afuera esa bestia!» «¡de poco te asustas!» «¡el demonio parece que anda suelto en Coteruco!» «¡a ver si vos calláis!» «¡mejor fuera arrasar la taberna!» «¡pícaros!» «¡silencio!...» y otras voces y otros clamores incómodos y perturbadores, don Frutos se vio obligado a suspender el discurso en lo más caliente, poniendo a Dios por testigo de lo que hacía «por no ver profanada la Cátedra de la Verdad por el demonio de la impostura y del sacrilegio».

Los temores de don Román se habían realizado. Los estragos de la conspiración llegaban ya a la iglesia. La bola iba engrosando a medida que rodaba.

Contra aquella podredumbre no había otra defensa que separar lo sano de lo corrompido, para no perderlo todo. Pero ¿quedaba algo sano en el pueblo? ¿Quedaba algún espíritu sin contagiarse de aquella peste asoladora que iba invadiendo al vecindario de hogar en hogar, de corrillo en corrillo, hiriendo de muerte a los más rudos, despertando sospechas en los más avisados y excitando la curiosidad de todos?



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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