Don Gonzalo González de la Gonzalera: 14

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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XIV: Cómo estaban los mejores
 de José María de Pereda


Y aconteció que Cargio y Gorión se encontraron en una calleja: Carpio con un rozón al hombro, y Gorión con peal de hierro al brazo, por llevar las manos ocupadas en liar un cigarro. Y dijo Gorión parándose delante de un convecino:

-Ya que te alcuentro, Carpio, echa un misto si le tienes.

Carpio se descargó del rozón; y como no tenía mistos, echó una yesca. Encendió Gorión en ella, y, en buena correspondencia, ofreció su petaca de sucia a Carpio, que medio la desocupó sobre la palma callosa de su mano izquierda: tomó después de devolver la petaca, un papel de su propiedad, que saco del bolsillo de su chaleco; y mientras bregaba con sus dedazos para meter en tan angosta envoltura tal cantidad de tabaco, dijo a Gorión:

-¿Aónde vas por ahí, si se puede saber?

-A la fragua voy, a dar una calda a este peal. ¿Tú, por las trazas, vas al monte?

-Sí: a rozar voy una suerte pa la corralá.

Chuparon ambos sus respectivos cigarros durante unos instantes, sin cambiar una palabra. Carpio se echó al hombro el rozón. Era señal de que se disponía a continuar su camino. Gorrión le dijo entonces:

-Hombre... ya que aquí los ajuntamos tan a mano, voy a decirte un sentir, si no te ofende.

-Pues tú dirás, Gorio, -repuso Carpio volviendo a bajar el rozón y cargándose sobre el asta.

Gorión, procediendo a la inversa, echóse al hombro el peal alumbró tres chupadas al cigarro, que sonaron como tres bofetones, y dijo a Carpio:

-¿A ti qué te paece de eso que se corre?

-Pero... ¿me lo preguntas, o me lo vas a decir?

-Lo mesmo me da, Carpio.

-No soy de ese pensar, Gorio.

-Hombre... es que no quisiera engañarme.

-Pues aticuenta que yo tampoco.

-Y si, pinto el caso, el ditamen de un hombre de bien, como tú, le atajaba a uno su mal ver...

-Di tu sentir, Gorio, que yo no te encultaré el mío...

-Pus, ya que te empeñas, dígote, Carpio, que, de tres días acá, no sé de qué mano viene el viento, al auto de conocer a los hombres.

-¿Díceslo, Gorio, por esas voces que han salido de la taberna?

-Andando, Carpio. Allá me fui una noche, por aquello de «¿aónde vas, Clemente?...» y yéndome allá, con ánimo de ver cómo se las manejaban esos botarates de la becerra, ¡en jamás de los jamases otra igual aquí vimos!... arriméme, arriméme; y, amigo de Dios, oí las miles desvergüenzas de unos y otros, y a pique estuve, Carpio, de entrar a guantás con Barriluco cuando le oí que tomaba en boca a don Román para afrentarle.

-Pus aticuenta, Gorio, que eso mesmo me aconteció a mí.

-Debió caer en ello Patricio, porque al otro día buscóme hacia la portilla de la mies... ¡y tales cosas me dijo!... ¡tales historias me contó!...

-A mí me vino con los mismos ites y manejes.

-Dispués acá... no lo niego, Carpio, he vuelto a la taberna, y... vamos, te confieso que cada vez me da menos amargor lo que se cuente de uno y otro... A la verdá, que por allí andas tú también.

-No lo niego, Gorio; pero lo que yo digo es que por más que se cuente y Patricio nos relate... ¡hay cosas, Gorio, hay cosas!... ¡te digo que hay cosas, que yo no las trago ni a jorcón!»

-Bien está eso, Carpio, y lo mesmo me digo yo a mí mesmo para mí solo... pero luego viene el dicho del uno y el del otro, y... vamos, se entontece el hombre.

-Pero, Gorio, pongámonos en lo justo; y lo justo es al respetive de lo que te voy a estipular: contra lo que uno tiene delante de los ojos y en la palma de la mano, ¿qué vale el decir de las gentes?

-Y ¿qué es lo que tú ves, Carpio, delante de los ojos y en la palma de la mano?

-Pues veo, Gorio, al auto de don Román, un favor en cada palabra.

-No está eso mal, Carpio; pero salta Patricio y dice, a lo mesmo, que al auto de cazar, unos cazan corto y otros cazan largo.

-No lo entiendo, Gorio.

-Quiere decirse que unos siembran para coger mañana, y otros el año que viene.

-Ponlo más claro, Gorio, si te paece.

-Póngolo, Carpio, ya que te empeñas: dicen que don Román hace los favores con su cuenta y razón que si no los cobra mañana, los cobra el otro día, y a buena cuenta se lleva el respeto del vecindario, y, como quien dice, el campar en Coteruco, que, al fin y postre, ha de ser de él de punta a cabo, por artes de la gente de soflama que manda en el gobierno de arriba... Dispués, Carpio, no es oro todo lo que reluce, según se ha venido a averiguar. Ya oistes jurar a Barriluco que era mentira lo de la caldera, y que para golverse a ella tuvo que vender su hacienda...

-Yo no creo a Barriluco por su palabra ni por sus juramentos, Gorio... Gentes hubo que vieron el ochentín en manos de la su mujer.

-Pero también se dijo, Carpio, allí mesmo, aunque muy al escucho, que bien podían tener todos razón, porque, por entonces, la mujer de Barriluco era una perla de guapa.

-¡Gorio!... eso es mal pensao, y tú no lo puedes creer.

-No lo creo, Carpio; pero rifiero lo que se estipula al auto.

-La verdá es, Gorio, si hemos de hablar, como el otro que dijo, al consonante de la reflixión, que en dando el hombre en cavilar, cavila los imposibles.

-¡Ahí está la jaba!

-Que las cosas se van viniendo ellas solas a magín; viniendo, viniendo... Y jilando, jilando...

-¡Cuando yo te digo que sí!...

-¿Te alcuerdas tú de cuando se le quemó la casa a Chisquín?

-Como si fuera ahora mesmo.

-Bueno; pues entonces recordarás que aquello se iba en pavesas, sin que naide atinara por ónde echarlo mano. Chisquín se jalaba del pelo, la mujer se esvanecía, los mozucos moquiteaban, y nusotros mira que mira la hoguera... Y ná. Llega, en éstas y otras, don Román con sus sirvientes y un demónchicos de bomba que había traído de Inglaterra pa regar la huerta de banda a banda; forma la gente que andaba por allí; y unos por el pajar, otros por la cocina, unos por detrás, otros por delante aquellas mujeres a la puerta, y estos muchachos a la bomba, y él al frente de todos con las llamas en las patillas, antes de dos horas se acabó la quema. Al otro día hizo de por sí mesmo el tanto más cuanto del ultraje de la casa, y le dijo a Chisquín:

-Ahí lo tienes en dinero para echarla arriba otra vez... «¿te enteras tú bien de esto que te rifiero, Gorio?

-Como si lo tuviera delante de los ojos, Carpio.

-Pues escúchate y perdona: hablaba yo de lo mesmo a la hora con Barriluco, ponderando la caridá de don Román, y va y me dice:-Calla, tocho, que todo eso es comedia... Y cebo». -«Pero, hombre», díjele yo, «¡el dinero, dinero es, y lo que don Román hizo en la quema, público fue, y a la vista está! ¿qué le importaba a él que la casa se quemara, si la casa es de Chisquín?» Auto a ello, me respondió de esta manera: -«¿No ves, tonto, que Chisquín le debe mucho dinero y muchos servicios, y al señorón le trae cuenta que, el probe siempre tenga fincas, pa cobrarse él en su día, como se cobrará de ti y de mí?» Parecióme, Gorio, muy mal el dicho por entonces; pero ¿quién te dice a ti que da en venírseme al magín unos días hace desde que va uno oyendo esas otras cosas que se corren; y jilando, jilando!...

-¿No te lo decía yo, Carpio?

-Qué quieres, Gorio; yo...

-¡Como te ponías tan aquello, porque yo creía!...

-Pues ahí verás, que no andaba muy lejos de pensar como tú... sólo que me costaba mucho confesarlo, porque, a la verdá, me cuesta mucho creerlo... Pero va uno a la taberna... golpe en la taberna; va uno al corro... golpe en el corro; va uno a misa... golpe en el portal de la iglesia. Tanto y tanto se ventea el dicho, amigo de Dios, que o matarlos o creerlos. Yo no diré que sea bien hecho lo de la noche del señor cura... porque fue algo demás la bulla; pero si Gildo canta la verdá y el Estudiante no la enculta...

-¡Pus ese es el mate mío, Carpio!

-Y que no hay que darle vueltas, Gorio: si lo del beneficio es u no es, puede ponerse en pleito; pero lo que es lo otro... lo otro, en lo tocante a lo otro, la cosa no tiene escape.

-Y ¿cuál es lo otro, Carpio?

-Lo que se nos encultaba de la pulítica.

-¡Como que eso fue lo que a mí me abrió los ojos!

-Por ello empecé yo a cavilar en lo demás.

-Lo que al respetive nos ha estipulado Gildo por boca del Estudiante, es mucho cuento.

-Lo que yo digo es que habiendo en la pulítica tanto que nos importaba, no debió ese hombre cerrarnos los ojos al auto de ello.

-Pero es que cerrándolos nos dejaba a oscuras y a su mandato, y podía servir con nusotros a los señorones pudientes de arriba, que, en su día, han de servirle a él dándole la mitá del valle.

-¡Ajá!... Y no podía uno salirle al encuentro con lo de que delante de la cara de los ensalzados, todos semos iguales, y tan voto es el mío como el voto suyo, y tal anochece labrador, que puede madrugar intendente.

-Y que de mandar Juan a mandar Pedro, va el llevarle a uno los hijos al servicio, o el dejárselos en casa; el pagar lo que pagamos en dinero, o no pagar pizca de ello, como ahora se va a ver si trunfan los ensalzaos.

-Y ello ¿qué nos darán si triunfan?

-Por lo visto, mucho güeno.

-Falta nos hace algo de eso, que de majar terrones, harto está uno.

-Esa es la fija.

-Vaya, Gorio, que no te fue mal en la feria: vendistes, al último, las novillas en lo que quisistes, y a más apandastes un puñao de duros por la apuesta.

-Qué quieres, Carpio: empeñóse el hombre en que había de valer la suya, hasta en la crianza del ganao, y pagó la fantesía.

-Pues átala al dedo, y vete jilando, Gorio... ¿Has vuelto a su casa?

-A decirte verdá, cuatro días hace que no le veo.

-Y yo cinco.

-Dende que corren esas cosas, no sé qué cara ponerle, ni la que me pondrá él a mí sabiendo que estoy al tanto.

-Por igual me alcuentro yo, Gorio-, y témome que dos cuartos de lo mismo les pasa a los demás... ¿En qué te paece a ti que parará todo esto?

-Malo lo veo, Carpio, si no trunfan los del Estudiante y ponemos aquí la ley-, que aunque me duela mirar mal a ese hombre, tal se han puesto las cosas...

-El ite está en que yo le debo unos cuartos.

-Al que más y al que menos le sucede otro tanto.

-¿Y si pide?

-Con pagar se queda en paz.

-Ya; pero si falta, pinto el caso...

-De probes no hemos de salir.

-Verdá es eso.

-Y tanto da debérselo a él como a quien lo apurra para pagarle.

-Cierto es también.

-Las cosas, Gorio, hay que ponerlas en su punto. Si nos da reses, buenas ganancias le dejamos; si nos da tierras, con su por qué las da... Verdá es que uno tenía siempre aquella puerta abierta; pero también nos íbamos con él aonde nos quería llevar, como rebaño de bestias, salva sea la comparanza y mejorando lo presente... Quiere decirse, Gorio, que, aunque no le cobre uno la mala voluntá que se les ha descubierto, finiquitos estamos de cuentas a toas horas.

-Es de razón... ¿Vas esta noche a la taberna?

-Si ha de pedir uno parte en la becerra, no se puede faltar. -Ya sabrás que se ha añadido un carnero. -También le paga Patricio, según se corre. -Hay quien dice que anda en ello la mano de don Gonzalo. -Posibles tiene a manta de Dios, según se rifiere.

-Y a lo que se ve, es hombre de buena entraña.

-Pus tampoco era santo de la devoción de allá, ni había que mentar su nombre en la cocina. -¡Pa que vayas jilando, Gorio! -Dejémoslo estar, Carpio.

-Mejor será... Saca la petaca, si te paece.

Sacóla Gorión, hizo cada cual un cigarro, encendió yesca Carpio, y comenzaron los dos a dar sendas chupadas resonantes. Carpio volvió a echarse el rozón al hombro, y dijo:

-Si no mandas otra cosa, Gorio, voime al monte.

-De razón es ya, Carpio; yo también me voy a la fragua. -Entonces, a más ver, Gorio.

-Que haiga salú, Carpio.



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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