Don Gonzalo González de la Gonzalera: 21

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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XXI: El estampido
 de José María de Pereda


Medio Coteruco se agrupaba delante de la iglesia, a cuya puerta acababa de aparecer Lucas después de haber enarbolado la bandera en el campanario. Rodeábanle los Rigüeltas, Facio, Polinar y Barriluco, con sendos estandartes alzados, si tal nombre merecían unos trapos sucios, sujetos por un lado a una caña amarrada por el medio a la punta de la otra más larga. Al pie de la escalinata yacían desvencijados los tres confesonarios de la iglesia, sacados de ella momentos antes por orden de Lucas. Chisquín lanzaba cohetes al espacio, y el sacristán, mientras su hijo repicaba las campanas, le proveía de tizones. La muchedumbre, atónita, a partes se relamía y a partes relinchaba, según los genios. ¡Tenía que ver aquello!

Lucas, resobado, sucio y descosido por la brega que acababa de tener en el tejado, desde lo alto de la escalinata en que se hallaba reclamó el silencio por breves momentos.

-¡Coterucanos! -dijo cuando todo ruido cesó-, la vieja sociedad ha fenecido: ved hechos astillas a vuestros pies sus nefandos atributos, mientras en la cúspide del campanario brilla el símbolo de las nuevas ideas... Saludémosle, ciudadanos, con la expresión sublime en que se funden y amalgaman las aspiraciones de los grandes pueblos, y digamos todos a una voz: ¡Viva la libertad!

-¡Vivaaaa! -gritó la muchedumbre, en una especie de alarido salvaje.

-¡Coterucanos! -volvió a gritar Lucas, -vosotros no sabéis todavía el tesoro que habéis adquirido; lo que vale la libertad, ese santo derecho que la Providencia os otorga, apiadada de vuestro largo calvario, condolida de las ronchas que el látigo del tirano levantara uno y otro día en vuestras generosas espaldas... ¡Qué horror, dioses inmortales!... Mas ¿qué digo la Providencia?... Nada la debéis... Vosotros sois quienes, con vuestro propio y denodado esfuerzo, lográsteis romper las cadenas y arrancar la libertad de las mazmorras de la tiranía... ¡Ya sois libres! ¡Ya no hay tiranos en Coteruco!

-Mientes, ¡pícaro!... ¡impostor!... ¡Ahora es cuando empiezan aquí la tiranía y la barbarie; el tirano eres tú y cuantos te han ayudado a corromper a estos infelices que, en buena justicia, debieran arrastrarte por el mal que les has hecho!

Quien tal dijo fue el pacientísimo don Frutos, tan pronto como, jadeante y convulso, apareció entre sus antes dóciles y morigerados feligreses, y vio en el suelo los confesonarios destrozados. Quedaron sin réplica sus palabras; y el sacristán, que había dado la llave para abrir la iglesia, se deslizó entre la gente para que no le viera el cura.

-¡Sacrílegos! -continuó éste, cada vez más indignado: os habéis atrevido a profanar la casa de Dios con vuestra mascarada grotesca... No lo hubierais hecho delante de mí... ¡miserables! porque habría sabido cumplir con mi deber; porque... tenedlo entendido para siempre: ni me engañan vuestras farsas inicuas, ni me amedrentan vuestras baladronadas estúpidas.

Esto lo dijo don Frutos mirando respectivamente al grupo de la escalinata y al pelotón de abajo. Hubo entre unos y otros algún movimiento y ciertos rumores, que sólo consiguieron enardecer más al indignado párroco.

-¡Fuera de ahí! -gritó a los primeros. Y uniendo la acción a las palabras, lanzóse a la escalinata y separó bruscamente a los que ocupaban el vano de la puerta. Despejado así el camino, entró en la iglesia y enderezó sus pasos rápidos a la escalera del campanario.

-¡No moverse! -dijo Lucas entonces a la gente, que no pensaba en semejante cosa. -Como anciano, merece nuestra compasión-, como presbítero, nuestro desprecio. Está vencido, y quiere ocultar de ese modo el rubor que le causa el recuerdo de sus crímenes delante de nuestras virtudes.

-¡Pero nos ha llamado sacrílegos! -dijo una voz.

-¡Y a mucha honra! -contestó Lucas, -si lo dijo por lo que hemos hecho en esta casa... ¡Sacrílegos ellos, que han conspirado contra los augustos derechos del pueblo! ¡Sacrílegos e infames ellos, que han tenido aherrojada durante tantos años vuestra sacrosanta libertad!

Por tales trigos andaba la fantasía del energúmeno, cuando cayó en medio del grupo de oyentes la bandera del campanario, hecho jirones el trapo y en seis pedazos el asta.

-¡Profanación! -exclamó Lucas al verla.

-¡Echarle también a él! -gritó el feroz Polinar. -¡Arriba, muchachos!

Pero nadie se movió.

-¡Quieto todo el mundo! -dijo Lucas, atravesándose en la puerta, por la que nadie trataba de entrar. -Seamos en todo más grandes y más generosos que ellos; perdonémoslos, porque no saben lo que se hacen; recojamos esos profanados restos del símbolo de nuestra redención social, y cumplamos el fin para el cual os he convocado... ¡Ciudadanos! vais a hacer una imponente manifestación de vuestros derechos y de vuestra soberanía, que admire en Coteruco a los libres, y confunda de vergüenza a los tiranos... Marchad detrás de nosotros, en dos filas ordenadas, alegres sin jactancia, solemnes sin soberbia, como quien ejecuta el acto más augusto y transcendental de la vida. Al llegar al Consistorio, se os hablará para datos cuenta de gravísimos asuntos que os conciernen; y para que el espíritu patriótico nos asista en toda su excelsitud, invoquémosle, al emprender la marcha, con el mágico grito de ¡Viva la libertad!

-¡Vivaaa!

-¡Viva el pueblo soberano!

-¡Vivaaa!

-¡Viva Coteruco libre!

-¡Vivaaa!

Tras este desahogo, la procesión se puso en marcha. Abríala Lucas con la bandera desgarrada, puesta en un palo nuevo, y detrás iba Polinar con un estandarte en el cual se leían estas palabras, mal trazadas con tinta negra: ¡Pena de muerte al ladrón! Seguíales alguna gente, entre chicos y grandes, en dos filas, y continuaba Barriluco, cuyo estandarte decía: Amor al trabajo honrado, con su contingente de enfilados devotos. Así iban interpolados con la gente los demás estandartes. El de Patricio ostentaba este lema: Moralidad, Justicia; el de Facio, este otro: ¡Guerra al vicio!; el de Gildo decía: ¡Mueran los intrigantes!; y por último, en el del sacristán, que acababa de unirse a la procesión con el suyo correspondiente, campeaba esta leyenda: Libertad de cultos. Detrás de este pingajo iban Carpio, Gorión, Toñazos y Chisquín, llevando a hombros un confesonario desvencijado.

La procesión se encaminó en derechura a la plazoleta de don Román. Allí encaramaron a Lucas en un árbol, desde cuyas primeras ramas echó pestes contra los tiranos y los caciques. Diéronse a la conclusión del discurso los indispensables vivas y mueras; y como la casa no se abrió por ninguno de sus huecos, bajaron a Lucas del árbol, y tomó el rumbo de la de don Gonzalo la patriótica manifestación. Salió éste, al verla, a la solana; saludó con el gorro a los pendones; victoreóle la gente; le conjuró Lucas que se pusiera a su lado en la procesión; bajó el indianete, con hongo aplastado y corbata al desgaire, en señal de su entusiasmo por la causa popular; aparejóse con Lucas, y siguió marchando gravemente la procesión hasta la casa de Ayuntamiento.

Había sobre la puerta principal de este edificio un escudo de armas de España, mal pintado en un tablerillo azul. Lucas pidió un carbón y una escalera, Trajéronle la de un pajar inmediato, y tomóse el carbón de una fogata que ardía, sin saberse para qué, al cuidado del alguacil, muy cerca de la puerta del Consistorio. Encaramóse el cojo con alguna dificultad en la escalera, y, alargando el brazo, borró con el carbón la corona del escudo. En seguida trazó en el blanco muro, con el propio cisco y en letras muy gordas, esta leyenda: «Cayó para siempre la raza espúria de los tiranos. ¡Castigo justo a su maldad inicua!».

La muchedumbre, después de deletrearlo, rugió de gusto, sin saber por qué. Diéronse luego los gritos de rúbrica, y Lucas, seguido de don Gonzalo y de los que llevaban estandarte, entró en el Consistorio. Momentos después apareció en el balcón, rodeado de aquellos vistosos trapos, como un héroe bajo los trofeos de su victoria, y habló así:

-¡Coterucanos! Habéis respondido como un solo hombre al generoso esfuerzo hecho por la patria para reconquistar su libertad. La revolución se ha consumado en Coteruco sin que se derrame una sola gota de sangre. ¡Loor a vuestra sensatez, sólo digna de vuestro elevado patriotismo! Oídme ahora: los representantes de la autoridad de este heróico pueblo, al agonizar la ominosa situación derrocada por vuestro empuje sublime, desean dar un público testimonio de su adhesión al nuevo orden de cosas... ¿Lo permitiréis?

-¡Sí, sí! -gritaron abajo.

-¡Avanzad, ciudadanos!

A estas palabras, el alcalde y varios concejales del depuesto Ayuntamiento, aparecieron en el balcón.

-Hablad -les dijo Lucas-: el pueblo generoso os perdona y desea estrecharos contra su corazón.

El alcalde avanzó hasta los balaustres; braceó allí de firme, desahogó el pecho a uno y otro lado, y dijo a gritos, después de pensarlo mucho:

-¡Señores!... ¡nos prenunciamos también!

Y no dijo más la digna autoridad cesante; pero Lucas acudió en su auxilio; y después de abrazarle, en representación de todo el pueblo exclamó:

-La emoción, el entusiasmo, llena todo su corazón, y su lengua no alcanza a expresar tantas y tan sublimes ideas... Pero bastante ha dicho para que todos le entendamos.

Siguieron a estas palabras nuevos gritos de entusiasmo, y continuó Lucas, sacando un papel del bolsillo:

-No creáis, ciudadanos, que por retirarse de esta casa tan dignísimos sujetos, se queda Coteruco huérfano de autoridad. Sabed que, mientras otra cosa se acuerda, se ha formado una Junta revolucionaria, la cual se compone de los individuos siguientes:

Don Gonzalo González de la Gonzalera, presidente.

Don Lucas del Robledal de los Infantes de la Barca, Ceballucos y la Portillera, vicepresidente.

Vocales:

Ciudadanos Patricio Rigüelta, Selmo Barriluco, Facio Lindones y Polinar Trichorias.

Vocal secretario, Gildo Rigüelta.

Esta Junta está nombrada por aclamación, ¿no es verdad?

-¡Sí! -respondieron los del balcón, que eran los nombrados.

-¡Sí! -rugieron los melenos de abajo.

-Pues oídme ahora -continuó Lucas-. Esta Junta, nombrada por aclamación popular... ¿lo entendéis bien?... por el pueblo, que ya es soberano y se gobierna a su antojo; esta Junta, digo, que ha hecho cuanto habéis visto y algo cuyos frutos veréis inmediatamente, ha nombrado, también por aclamación popular, un Ayuntamiento que, en lo que sea de su competencia, trabaje en bien de sus administrados y de la patria y de la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!) Compónenle las siguientes personas:

Alcalde popular:

-Don Gonzalo González de la Gonzalera.

Teniente de alcalde:

-Don Lucas del Robledal de los Infantes de la Barca, Ceballucos y la Portillera.

Concejales:

-Ciudadanos Patricio Rigüelta, Selmo Barriluco, Facio Lindones y Polinar Trichorias.

Secretario letrado, Gildo Rigüelta.

-¡Viva el Ayuntamiento popular! -gritó el buen Patricio.

-¡Vivaaa! -respondieron abajo.

-¡Viva el alcalde don Gonzalo!

-¡Vivaaa!

-¡Viva la libertad!

-¡Vivaaa!

En medio de aquella fiebre de gritos y discursos, don Gonzalo se vio acometido de una irresistible comezón de hablar, de decir algo a aquel pueblo que le victoreaba, y del cual acababan de hacerle rey y señor, aunque soberano se le llamara en el nuevo orden de cosas y en la candente locuacidad de Lucas. No iba preparado, porque no entró en sus previsiones semejante detalle; pero sobrábanle entusiasmo y confianza en sus dotes, y se lanzó, sin otros preliminares, a la barandilla; echó allí toda la música de su oratoria al registro del flauteado, que, como ya se ha dicho, reservaba para las grandes ocasiones, y dijo así, entre largas pausas y muchos arrepentimientos:

-¡Pueblo mío! Terneza grande siente mi corazón por esas alabanzas con que me ensalzáis... ¡Ay, amados míos de mis entrañas! Cuando desde estas alturas eminentes en que me habéis puesto, contemplo la geografía, del mundo, no sé lo que me padecéis debajo de mí, ni lo que me pasa, porque las carnecitas se me reblandecen de considerar si podré con la carga que me habéis echado encima... Porque estos tiempos no son los otros, y un señor de un pueblo, que ya es rey de por suyo, no es un mendigo pordiosero, y la libertad... ¡viva la libertad! (¡Vivaaa!) la libertad pide requilorios que no están a la mano de los iznorantes... Yo he corrido mucho mundo; canso estoy de ver cosas; he aprendido mucho en lezturas y en personas, y sé lo que vale la estrución de las gentes para llegar al ojezto de la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!). Tal será, pueblo mío, el primer alcuerdo de éste vuestro fino servidor... ¡Estrución hasta que sepáis, los que tenéis sentido corporal, para qué sirve bien manejado!... Y lo mismo digo de vuestras hijas y de vuestras mujeres... ¡De vuestras mujeres, sí!... que también son hijas de Dios (Rumores en el balcón), quiero decir, ciudadanas de la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!) porque autas son para ilustrar con sus talentos a la tierra que les dio el ser. ¡Cuántas mujeres sabias podría yo nombrar aquí!... Catilina... Florida Blanca... Rosa Buré... Pues mujeres fueron conocidas y honradas por todo el mundo, una del tiempo de los moros, si no estoy equívoco, y las otras, dambas a dos, del de la francesada... Pero de esto y otras cosas maníficas trataremos en su día. Hoy por hoy, pueblo mío, no quiero más que daros la enhorabuena, y con ella un montón de gracias por la fineza que me habéis hecho en vuestro bien, y por la patria y la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!).

-¡Pido la palabra! -gritó en esto Patricio, arrimando su estandarte a la pared.

-¡Que hable! -vociferó la gente.

-Pues digo -habló el pardillo, ocupando el puesto de don Gonzalo-, que comisionado por la Junta para tomar cuentas a la Justicia saliente, lo hice esta mañana, y sobre la mesa están los papeles que se me entregaron. ¡Horror de cosas hay allí, ciudadanos, que claman al Dios verdadero! Y no lo digo por los hombres que acaban de ser de la Justicia, sino por los tiempos atrás, tiempos de los tiranos inominiosos que aborrecían de muerte la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!). Pero nosotros no somos vengativos, ni queremos la ruina de nadie, y hemos resuelto echar, como el otro que dice, raya por debajo, y hacer cuenta nueva desde hoy. Auto a lo mesmo, se acordó quemar los papeles del caso para que en jamás de los jamases se vea nadie tentao de la mala voluntá de revolver cuentos viejos en esta casa, que, desde ahora pa sinfinito, será ascua de oro por lo limpia y sol de los soles por lo clara. Tal digo con esta fecha, de lo que dará fe el letrado secretario hijo mío, en bien de la patria y de la libertad... ¡Viva la libertad! (¡Vivaaa!).

Dijo Patricio y se internó en la sala. Acto continuo volvió a aparecer en el balcón, cargado de libros y papeles.

-¡Leña a ese fuego! -gritó al alguacil que cuidaba de la hoguera.

-No la hay, -respondió Gildo, que se había colocado junto al alguacil.

-¡Echar ese confesonario! -dijo Lucas: -para eso le hemos traído.

El confesonario, hecho astillas, comenzó a arder, mientras exclamaba el cojo en tono plañidero:

-¡Así perezcan todos los enemigos de la libertad y tiranos de la conciencia!

Cuando las llamas se alzaron rugiendo, avanzó Patricio hasta la barandilla del balcón, y arrojó sobre ellas un brazado de papeles, diciendo al mismo tiempo a Gildo:

-¡Allá va eso, hijo mío!... Son los del depositario.

Gildo reunió cuidadosamente los dispersos papeles, y los echó en la lumbre poco a poco, en tanto Patricio, con el busto fuera de la barandilla, contemplaba con ansia los estragos que en ellos hacía el fuego. Cuando no quedaron más que cenizas, lanzó al aire otro montón de papeles, y dijo a la muchedumbre:

-¡Divertiros con todo eso!

Y los muy bestias de abajo, como si fueran ganando en ello una lotería, se apresuraron a recogerlos y a quemarlos, entre gritos feroces a la soberanía del pueblo, a la patria y a la libertad.

Terminado el acto, Lucas volvió a hablar desde el balcón.

-¡Ciudadanos! -dijo-, en nombre de la Junta revolucionaria, os dirijo la palabra. Coteruco queda constituido con arreglo al nuevo orden de cosas proclamado por la triunfante y gloriosa revolución, a la cual habéis contribuido poderosamente. En honor de tan fausto acontecimiento, se decretan tres días festivos a contar desde mañana. Entregaos, pues, al regocijo sin penas ni cuidados, que la Junta vela por vosotros; y cualquiera disposición que adopte, cuyo conocimiento os interese, se fijará al público en los sitios de costumbre. Mas antes de retiraros a donde lo tengáis por conveniente, en señal de íntima unión, y, a la par, de entusiasmo por la ilustre jerarquía que en el mundo civilizado acabáis de conquistar, gritemos desde el fondo de nuestros corazones: ¡Viva la libertad!

-¡Vivaaa!

-¡Viva el pueblo soberano!

-¡Vivaaa!

-¡Viva Coteruco libre!

-¡Vivaaa!

Tras éstos y otros parecidos desahogos, los hierofantes del balcón se retiraron a saborear un agasajo que ellos mismos se habían preparado en el salón de sesiones; y la compacta masa de abajo se fue disgregando poco a poco y medio atolondrada, como si acabara de recibir una paliza, y no el bautismo de su redención política.

Una hora más tarde, el silencio y la quietud reinaban en el pueblo; pero como reinan en sombrío tugurio, en el cual se ha andado a navajadas, después que ha salido la justicia de recoger los muertos y prender a los agresores.



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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