Don Gonzalo González de la Gonzalera: 24

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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XXIV: En el que sigue hablando don Lope
 de José María de Pereda


Aunque el lector se lo habrá figurado ya, créome en el deber de decirle que la prisión de don Román y el conato de secuestro de su hija, fueron acuerdos tomados por don Gonzalo y Lucas en su entrevista en el «salón de conferencias» del club, unas noches antes.

El soberbio cacique quería, a todo trance, impedir el casamiento de Magdalena; y el maligno cojo, que todo lo convertía en substancia, propuso lo que ya sabemos por los hechos referidos, con el doble fin de servir a su amigo y quitar del pueblo un constante peligro para el desarrollo de los intereses revolucionarios. Sabía que Osmunda odiaba a Magdalena, aunque jamás se cansó en averiguar la causa, y no halló mejor carcelero que su hermana para guardar a la hija de don Román. El proyecto pareció de perlas al flamante reyezuelo, sobre todo en lo de tener a Magdalena bajo su inmediata vigilancia, como la tendría en la Casona. Aquella misma noche firmó y selló una comunicación para la primera autoridad de la provincia, remitiéndole a don Román, «como persona reaccionaria e influyente, que sin cesar conspiraba contra la nueva legalidad». Aceptó Patricio de muy buena gana el encargo que se le confió; proveyósele de la orden que conocemos; eligió, de propio intento, a Carpio para formar parte del piquete, y se decidió que se diera el golpe al salir de misa el reo, para mayor solemnidad. En cuanto a Magdalena, se contaba con separarla de su padre en aquel instante mismo; pero súpose que había ido a oír misa con Narda a Pontonucos, y se encargaron Lucas y Gildo de apoderarse de ella en el camino. Siguiéronla desde la iglesia, al salir de misa; y cuando iba a entrar en el término de Coteruco y se dirigía a su casa, se la acercaron advirtiéndola que tenían que comunicarle importantes noticias referentes a su padre, a quien asuntos graves habían alejado del pueblo. Sobrecogida y asustada la inocente joven, que sospechó algo funesto, diéronla por garantía de seguridad a don Lope a quien hallaría esperándola para informarla de todo; y así evitaron los miserables que la hija de don Román y Narda los siguieran sin acudir ellos a medios violentos, que, de otro modo, hubieran usado.

Cerca ya de la iglesia, se detuvo Gildo a hablar con un transeúnte. Momentos después alcanzó a Lucas, y le dijo al oído:

-Todo se ha hecho como estaba mandado.

A la puerta de la Casona se despidió, y Lucas y las dos mujeres subieron.

Don Gonzalo, desde por la mañana, no hallaba instante de sosiego. Su frecuente trato con Patricio; la índole de los manejos en que andaba metido a cada hora; la facilidad que su omnipotencia repentina le daba para satisfacer sus mezquinas vanidades y llevar a buen término y remate muchos y nada limpios, pero lucrativos, negocios, habían acabado de encanallarle, robándole, como por ensalmo, aquellos pujos de gran señor que, aunque pegadizos, le inclinaban siempre hacia la buena senda. Era, pues, el indianete, a la hora en que le mencionamos en este capítulo, un completo canalla, capaz de todas las villanías que se le aconsejaran en pro de su mayor encumbramiento, o de más cuantiosas ganancias. Pero no tenía pizca de iniciativa ni de corazón; y en cuanto se veía sin Lucas o sin Patricio, asustábase de sus propias fechorías y temblaba de miedo.

Parecíale muy grave lo que había hecho con don Román, y sus agentes le habían informado de que el suceso había producido grande y no buena impresión en el pueblo. No se atrevía a salir de casa, y Lucas, aunque pasaban las horas, no aparecía por ella. Gildo, de mal talante, fue a verle al mediodía. Le confirmó lo que ya le habían contado sobre el mal efecto causado en el pueblo por la prisión de don Román, y añadió que acababa de ver a don Lope salir de Coteruco acompañando a Magdalena y a Narda. Esto era gravísimo. Jamás el Hidalgo había saludado a aquellas mujeres, ni mostrádose parte en cuestión alguna fuera de su casa. ¿Qué ocurría en la de Lucas?

Con el deseo de averiguarlo, salieron ambos a la calle y se acercaron a la Casona. El portón estaba cerrado: otro fenómeno alarmante. Llamaron a Lucas: nadie se asomó a las ventanas. Llamó don Gonzalo a Osmunda: silencio sepulcral.

Volviéronse mustios y pesarosos por donde habían ido; y para mayor desconsuelo, se le figuró a don Gonzalo que los transeúntes le miraban de mal ojo. Gildo se comprometió a averiguar lo que pudiera, y el otro se encerró en su casa.

Entre tanto, llegaron a Solapeña don Lope y sus dos protegidas; y esclavo el Hidalgo de su sistema de no meterse nunca donde no le llamaran, dejó a Narda y a Magdalena a la puerta de la casa de los parientes de ésta; y sin aceptar las gracias que, llorando, le daban las dos mujeres, entre súplicas y encargos para el prisionero, tomó la vuelta de Coteruco, a donde llegó, con la cachava al hombro, a la una de la tarde.

Abrió el portón y luego la puerta del calabozo de Lucas, y halló a éste acurrucado en el suelo, por no haber allí mueble mejor en que sentarse, con la cabeza entre las manos. Levantóse el cojo al ver a su tío, y díjole éste sin más preámbulo:

-Sígueme a mí cuarto.

Lucas obedeció como un autómata.

El cuarto de don Lope era como él: grande, sombrío, pobre desaliñado: una cama torneada, de alto testero, con colcha y rodapié de indiana; una percha de roble; un ropero de cabretón; un crucifijo y una benditera en la pared, sobre la cama; un palanganero en un rincón; una mesa de encina junto a la ventana; un viejo sillón junto a la mesa, y sobre ésta un tintero de estaño con dos plumas de ave, el Quijote en dos tomos, en pasta entera, varios libros de devoción y algunos pliegos de papel de barbas. No había más allí.

-Siéntate ahí, -dijo el Hidalgo con voz ronca a su sobrino, señalándole el sillón. Sentóse Lucas.

-Habéis enviado a ese caballero continuó don Lope-, fuera de aquí, so pretexto de que conspira contra vosotros, y de que, por el bien del Estado, conviene tenerle seguro. ¿No es esto lo que has querido darme a entender en tus retóricas estúpidas?

-Justamente, -contestó Lucas, sin atreverse a protestar contra estos calificativos de su tío.

-¡Cuenta, miserable, con no mentir, porque en ello te va la vida!

-Digo la verdad.

-Pues vas ahora mismo a poner una comunicación a la propia persona, o junta, o autoridad, o lo que sea, en que digas todo lo contrario.

-¡Tío!

-Yo no soy tu tío, ¡gran canalla! soy tu juez; y si un poco me apuras, un rayo que te haga polvo ahora mismo.

Lucas tembló bajo la mirada feroz de don Lope.

-Vais a decir -continuó éste-, que una lamentable equivocación os ha hecho prender, por conspirador, al hombre más honrado y benéfico de toda la comarca; que de su libertad depende el sosiego del pueblo y hasta la tranquilidad del valle entero, y que me delegáis a mí, persona de toda vuestra confianza... confianza no, que esto sería mentir... de vuestro mayor respeto, para tratar de este asunto con... con quien sea.

Lucas empezó a escribir en este sentido, sin proferir una sola palabra por vía de reparo, y don Lope a pasearse con agitación, siguiendo la diagonal del cuarto.

Terminado el escrito, se le entregó el cojo a su tío. Leyóle éste detenidamente, y se le devolvió a Lucas diciéndole:

-Bien está. Firma y pon el sello.

-No iba el otro firmado por mí; y en cuanto al sello, le tiene el alcalde.

-¿También es él quien firmó antes?

-Y quien puso el sello.

-Lo mismo da... óyeme bien: si en cualquiera de estos pormenores me ocultas la verdad, juro por el lustre de mi nombre, al que jamás lograrán manchar las vilezas de tu sangre bastarda, desollarte vivo, así te ocultes en el centro de la tierra.

Dichas estas palabras, sacó una llave de su bolsillo y se la arrojó a Lucas diciéndole:

-Bajo esa llave está tu hermana, horas hace, en ese primer cuarto de la derecha; puedes darle libertad, o dejarla que se pudra allí; como quieras: a mí me es igual.

Después volvió a empuñar la cachava, bajó la escalera, salió de casa y se encaminé a la de don Gonzalo, a todo andar.

El reyezuelo se estremeció cuando le tuvo delante.

-¡Mi buen amigo don Lope! -exclamó haciendo de tripas corazón, descoyuntándose a cortesías. -¿A qué debo la altísima honra?...

-Inmerecida es, en efecto, la que le hago entrando en esta... pocilga, -dijo don Lope escupiendo a un lado, con el gesto más despreciativo.

-¡Pocilga! -replicó el indianete desconcertado. -No veo la razón...

-Ni quiero cansarme en darla... Pocilga dije, y dicho se queda.

¡Qué humoradas gasta este buen don Lope!-dijo entonces don Gonzalo, fingiendo de mala manera tomar el caso a risa.

-¡Humoradas!... -recalcó el Hidalgo con tremebundo retintín. No se relamerá usted con las mías... ¡espantajo! Con que basta de sainete, y haga usted alguna vez justicia, ya que tanta bribonada viene cometiendo por el afán de dar lustre a una levita que se le cae de los hombros.

-¡Señor don Lope!...

-¡Señor... Bragas!... ¿También delante de mí se le remontan los humos?... Pues tenga muy entendido que vengo resuelto a metérselos a testarazos en la chimenea, si no me sirve al punto en lo que aquí me trae.

-¡Vaya un modo de pedir favores!

-No vengo a pedir favores, sino a exigir la reparación de una infamia cometida por usted.

-No caigo...

-¡Firme usted esta comunicación!

-Si usted hubiera empezado por ahí...

-Si usted no hubiera tratado de ocultar su falta de vergüenza con bajas zalamerías, ya habríamos acabado. ¡Firme usted aquí!

Don Gonzalo, desconcertado y lívido, como que luchaba entre la ira y el miedo, cogió el papel que don Lope le presentaba, entró en su gabinete y firmó.

-Ahora el sello, -dijo el Hidalgo, que le seguía los pasos.

Don Gonzalo estampó al margen el sello de la alcaldía, que estaba sobre la mesa.

-¿Se ha enterado usted del contenido? -le preguntó don Lope, mientras guardaba en el pecho el documento.

Don Gonzalo, que le había leído rápidamente, contestó con afectada dignidad:

-Como creo que, no me ha de imponer usted cosa que no sea justa, no he reparado...

-La conciencia le habrá dicho lo que los ojos no hayan penetrado... Y ahora reproduzco aquí la advertencia que en mi casa acabo de hacer a su digno camarada de picardías: el menor acto que se encamine a desvirtuar éste que estoy ejecutando, le pagarán ustedes con el pellejo, así se escondan en los abismos del infierno.

Y sin otra despedida, salió el solariego de casa de don Gonzalo.

Mientras éste se desmayaba en el sillón de su despacho, don Lope se dirigió muy de prisa a casa de don Román. Le llevaba éste una delantera de cinco horas, y aunque caminaba a pie, llegaría mucho antes que él a la primera estación del ferrocarril. No había que pensar en alcanzarle, ni tampoco convenía atajarle en el camino; era preferible, para la futura seguridad del preso, que le dieran la libertad en la capital, en vista del documento que él llevaba, y de lo que añadiría de palabra. Este había sido siempre el propósito de don Lope, y por eso no se apuraba tanto como Magdalena, cuando se trataba de ganar tiempo. Lo que ahora le importaba era llegar a la ciudad lo más pronto posible, y eso trató de hacer.

Tenía don Román dos caballos de silla, grandes, fuertes y andadores. El Hidalgo mandó a Blas que le preparara el mejor. Blas y los restantes criados, que sabían cuanto había ocurrido a sus señores, andaban alejados por la casa. Supusieron que en la orden de don Lope se contenía algo bueno para su amo, y en un instante le sirvieron, sin pedir ni recibir explicaciones.

Cabalgó don Lope ágil y vigoroso; salió a la plazuela, enderezó el rumbo a Carrascosa; y arrimando las espuelas al bruto, gallardo, firme, ceñido a él con las hercúleas piernas, se le vio muy pronto, como veloz Centauro, perderse entre los matos del sendero, aparecer en los tramos despejados, destacar su perfil sobre la cumbre de la sierra, y desaparecer como una sombra en la vertiente del otro lado.