Don Gonzalo González de la Gonzalera: 27

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Don Gonzalo González de la Gonzalera
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XXVII: La luz de una conciencia
 de José María de Pereda


En casa de Patricio se trataba, a la misma hora, de los propios asuntos que en la de Carpio; sólo que en el método se procedía a la inversa; es decir, se empezaba por lo del club, porque, en opinión del hijo de Rigüelta, este capítulo revestía mayor interés que el del viaje a la ciudad.

Gildo, machacado, triste y rencoroso, contó a su padre cuanto había pasado la noche antes, fijando mucho su atención en que las agresiones y el cisma hubiesen partido de dos personas como Toñazos y Chisquín, ambas procedentes de la cocina de la otra casa; jefes, una vez sacados de ella por la conspiración, de todos los reclutados en el mismo campo, y los más fervorosos partidarios de la flamante situación, aun mucho después de proclamada la farándula en Coteruco. Este síntoma, con otros que el mozuelo venía notando desde algún tiempo, como el desprestigio de su padre y de don Gonzalo, le demostraban que la indisciplina más anárquica iba asomando la oreja allí, y que el hato de borregos, tan dócilmente conducidos hasta entonces, se transformaba en tropel de bestias bravías, muy dispuestas a devorar a sus pastores. Por último, la actitud de don Lope en los sucesos de la víspera, cuyos detalles tremendos enumeré Gildo, acabaron de dar al cuadro, por él descrito y juzgado, un tinte lúgubre y fatídico.

Patricio lo escuchó todo rascándose la cabeza y frunciendo los ojuelos, señales inequívocas de que le amargaba lo que oía.

-Y ¿qué piensas tú del golpe de ayer? -preguntó Patricio a Gildo, tras unos instantes de silencio.

-Pienso, padre, que se obró de ligero al darle; pienso que los antojos de un hombre de tan poco valer como el alcalde, no son quién para que por ellos se comprometa... lo que usté ha comprometido... Y bien dicho lo dije el sábado por la noche.

-Adelante, Gildo, con la cuenta.

-Pienso, padre, que sin tantas bullas y jolgorios, desde que somos los amos aquí, se hubiera ido más lejos de lo que hemos ido, con pie más firme y sin protesta de nadie... Esto pienso, y lo que ya le he dicho endenantes.

-Pues no piensas, hijo, como debes en lo más de lo que has pensado. Y ahora sábete que el mal no está en la prisión de ese hombre al tunturuntún, sino en que en la ciudad haya más juicio y más nobleza de lo que yo creía.

-No veo, padre, que tenga que ver lo uno con lo otro.

-Ahora lo verás, Gildo. No te negaré que el golpe de ayer fuera clavo a que se agarrara esta gente para sacar a flote la cabeza por la noche; pero si la prisión hecha aquí se hubiera sostenido allá; si yo hubiera vuelto a Coteruco pudiendo decir: «asegurado queda ese hombre por sécula sinfinito y porque nos ha dado la real gana», que sería tanto como amenazar al más guapo con ponerle a la sombra, si se deslizaba en tanto así contra nosotros, hubieras visto, Gildo, a los valientes de anoche venir a echarme memoriales para que tú los perdonaras, y a ponerme a mí más alto que la cruz del campanario. ¡Bastante me importarían entonces los escándalos de esos borrachos, ni los humos de don Lope! ¡El Hidalgo!... ¡No hubiera él vuelto a poner los pies en Coteruco, sin que yo le trincara codo con codo y le sacara de aquí por donde ayer salió el otro!... Pero con las gentes que imperan allá, con sus miramientos y blanduras de señorío... ¡Vaya usté a hacer revoluciones como Dios manda!

-¿A lo que oigo, padre, la cosa no salió en la ciudad tan bien como aquí?

-Te digo, hijo, que en un tris estuvo que el preso no me llevara a mí a la cárcel, con mis voluntarios y todo.

-Eso será, padre, un decir de usté.

-Escucha el cuento, y verás si me chanceo. Has de saber, hijo, que yo entré en aquel palacio como Pedro por su casa... ¡Como que llevaba conmigo pájaro de mucha cuenta, y esperaba que se me agradecería el osequio! Estaba la autoridá bien acompañada de personas de viso y mangoneo, según lo suelto que hablaban y lo que cernían la levita por allí. Dije a lo que iba y presenté lo que llevaba; sonó muy recio, porque todos callaron para mirarle, y hasta la mesma autoridá se quedó sustifacto.

-Y ¿qué dijo el preso?

-Ni palabra, hasta que muy fina se la dirigió la autoridá. Tocóle hablar entonces... Y ríome yo, Gildo, de parlanchines como Lucas: en los jamases oí más sustancia en menos conversación, ni mayores razones con más sosiego. La verdá hay que decirla: hombre es que nació para hacerse puesto y lugar delante del más majo, y ver la luz entre lo más oscuro. Punto por tilde estipuló el supuesto de la entraña de la prisión, como si nos hubiera escuchado cuando se trató del caso. Los presentes le oyeron, y hablaron entre sí algunos de ellos; y sonáronme a «ligerezas lamentables,» «venganzas ruines,» «miseriucas de aldea» y a otras tales, palabras que apañé entre las que salían en la conversación... ¡como si el hombre ese no fuera capaz de ser tan malo como el peor!... Y la cosa no me hizo reír.

-Y ¿qué decía la autoridá?

-La autoridá, hijo, fuérase por lo que se fuera, no daba al auto muchas lumbres... Miraba a éste y respondía al otro; y aunque cortés con el preso, atornábalosl a todos enseñando el documento que yo le di, como diciendo: «verdá será, pero papeles cantan».

-Su deber era ese, padre.

-Pero con más dureza, hijo; y sin tantos ites y manejes, visto el papel de nusotros, debió mandar al hombre a lugar seguro... porque esa es la ley en tiempo de rigüeltas; y si no, no hacerlas, que es lo que yo digo. Pues verás. Estando así las cosas, dieron en entrar señores... ¡yo no sé quién los avisó, o cómo lo golieron! y abrazo va, y saludo viene al preso, y el que menos de ellos ofreciéndose con hacienda y vida a responder del hombre y de su respeto a la ley imperante.

-Serían neos padre.

-Ensalzaos eran, Gildo, a lo que ver pude.

-¿Y la autoridá...?

-La autoridá, reblandeciéndose a cada paso; pero siempre, eso sí, resolviendo con el papel que tenía en la mano. A mi modo de pensar, Gildo, la cosa hubiera quedado en «veremos,» que siempre era sacar algo, aunque no mucho, sin lo que aconteció después; y lo acontecido fue que se abrió la puerta de repente y se nos plantificó en mitad de la sala... ¡el Hidalgo de la Casona!... El mismo, hijo, y con el barro hasta el cocote, por más señas.

-¡Tendría que ver, padre!

-Espanto daba, hijo: osos he visto yo en el monte, de mirar más blando. Tan aína como supo quién era el que mandaba allí, fuese a él y puso en sus manos un oficio... Sospeché en el caso la pura verdá, y dime por muerto.

-Y ¿qué hizo el preso cuando vio a don Lope?

-Rematar la obra, como si el diablo le aconsejara; olvidarse de todo, y preguntarle por su hija. Contó el Hidalgo ce por be lo que tú y Lucas hicisteis con ella, y cómo él la había recogido, y en qué lugar; y allí verías, Gildo, a aquel hombre, tan valeroso hasta entonces, llorar como una criatura, para perdición nuestra.

-¿Perdición nuestra, padre?

-Si, hijo; porque los que ya, al leer el oficio de don Lope, me miraron de muy mal ojo, cuando oyeron lo hecho con la Organista y vieron el dolor del padre, entendí que me zampaban... Y anda con que «el caso era infame,» y dale con que «había que poner coto a esas tropelías, para honra de la revolución...» ¡horror de cosas, Gildo! Acerquéme a la autoridá a decirla, con respeto, que bien podía haber sido el oficio traído por el Hidalgo arrancado a la cobardía del alcalde; y allí fue el temor de que se me mandara arcabucear, según se puso la señoría... Pamemas, Gildo; que como se oyó al preso y se le creyó por su palabra respetive al atropello, bien pudieron creerme a mí y dejar la cosa tan siquiera en el aire hasta saber lo cierto. Pero había ganas de amparar al hombre contra nusotros los liberales, y ahí está la jaba.

-Y ¿qué sucedió después?

-Sucedió, hijo, que al ver el sesgo de las cosas, quise tomar soleta, y que por entonces no lo consintió la autoridá. Puso un oficio para este alcalde, que echaba lumbres, por su mal gobierno y proceder, y me le entregó con estas palabras: «Que se me acuse recibo de esta comunicación, y lárguese usted de ahí inmediatamente». Salí echando chispas, y muy contento porque no me mandaban a la horca. Llegué aquí, entregué el oficio a ese... Bragas, y pensé que se acongojaba de angustias al leerle.

-¿Y don Román?

-Allá quedaron todos como la uña y la carne... ¡Pantomina, Gildo, pantomina! Ensalzaos de pega... Total igual de estas andróminas: que con tanto batallón y tanto mangoneo, estamos aquí en el aire, y que tenemos que agarrarnos más en firme.

-¡Bueno está el pueblo para eso, padre!

-No te quejes del pueblo, Gildo, que no se ha portado mal hasta la presente. Mírate lo que eres, mira lo que fuiste, y di si en menos tiempo ha podido darnos más.

-No hable de eso, padre, que nadie nos puede ver.

-Después de haberte comido la carne, ¿qué se te da a ti por los huesos que arrojastes al corral?

-Mala cuenta es esa; que mucho vale la estimación de las personas.

-Eso va en gustos, Gildo; y escucha lo que te quiero decir. En lo tocante a bienes, quédanos en el pueblo muy poco que apandar: a subio está en mi casa lo que no he podido evitar que se recoja en la del alcalde, fuera de lo mucho que pertenece a don Román. Quiere decirse que, en caudales, estamos al cabo de lo que te prometí en su día, y aun antes con antes de lo que era de esperar. Hoy por hoy, Gildo, ni el sable ni el Clus me valen ya de gran cosa de por sí mesmos, y necesito darme otras importancias más imponentes, sin desatender por eso el intento de ir redondeando la hacienda poco a poco.

-No le entiendo, padre.

-Voy allá, hijo. Ya sabes que muy pronto va a haber eliciones para las Cortes del Congreso.

-Lo sé.

-Pues sábete además que voy a tomar parte en ellas.

-¿Por quién?

-Por mí mesmo.

-¿Por usté, padre?

-Por mí, hijo.

-¿Está usté en sus cabales? ¿Quién le conoce a usté? ¿Quién ha de ayudarle? ¿Qué pito iba usté a tocar allá?

-Estoy en mis aplomos; me conocen en el pueblo; me ayudarán los que deben hacerlo, y no sé qué pito me correspondería en el Congreso, porque no he pensado entrar en él por hoy.

-Entonces, ¿por qué se cansa en buscar quien le vote,

-Por dos motivos. Sé que al alcalde se le ha recomendado ya por el Gobierno la persona que conviene sacar avante, y sé que don Gonzalo ha de echar los bofes al auto, porque cree que en la ganancia le va una cruz o da qué gracia... Pues enfrente de esa persona me pongo yo con las gentes que aquí me están obligadas, por deudas y otros compromisos serios; se armará la gresca consiguiente, y al fin de la batalla oservará el más ciego que, hoy por hoy, nadie manda más fuerza que tu padre en Coteruco. Éste es el primer motivo.

-¿Y si el alcalde puede más?

-¡Bah!... En buena o en mala ley, yo te juro que ha de valer la mía... Y vamos al segundo motivo. Bien sé, Gildo, que no he de tener más allá de un centenar de votos en este pueblo, y algo que pellizque en los cercanos; pero esto no me puede quitar a mí la satisfación y la gloria de haber andado en candidatura.

-¡Vaya una gloria!...

-Más de lo que se te figura, Gildo. Hoy por hoy, soy Patricio Rigüelta, el arbitrista que se mete a personaje y lleva un revolcón... Suponte, hijo, que se ríen de mí por el atrevimiento y el descalabro, que es cuanto puede suceder... Pues pasa un año, u pasan dos, y ya nadie se alcuerda de los cien votos que tuve; y al decir yo «anduve en candidatura,» los que me oyen, o lo saben, me suman con los que fracasaron conmigo con muchos votos, sin tener en cuenta los pocos míos; y ya no soy el rematante de Coteruco, que hizo la triste figura en la elección, sino un hombre pudiente que anduvo en candidatura y estuvo a pique de ser diputado... Y con ese antecedente, Gildo, la persona se encumbra mucho en el respeto de las gentes... Y al fin y al cabo, se sale con la suya y llega a las Cortes... o a punto que le convenga más...

-¿Y con toda resolución ha pensado usté en ello, padre?

-La tenía hecha, hijo; pero desde lo de ayer, las horas que pasan sin echar la soflama a la calle, parécenme siglos.

-¿Soflama va a dar también?

-Discurriéndola vine por el camino, y en el magín la tengo ya, de rechupete... Y no se hable más del caso; pero desde mañana empezaremos a trabajar sobre él, sin perder hora ni perdonar medio.

-Bien está; pero de lo de anoche ¿en qué quedamos?

-¿De los moquetes que te alumbraron?

-Paéceme a mí que la cosa bien merece...

-¿Quién se para en eso, hijo?... Además de que contra fuerza mayor, nada se puede... Guarda la ofensa, eso sí, pero con disimulo; y en primera ocasión, cóbrate en buena moneda.

-Pero la sangre jierve, y no da aguante.

-Más nos han aguantado ellos, hijo: considéralo.

En esto, resonaron dos golpes a la puerta; salió a abrir Gildo, y entró el alguacil con recado para Patricio de que fuera éste a verse inmediatamente con el alcalde.

Al salir de casa el pardillo, momentos depués, vio pasar por delante de la puerta un bulto colosal que iba hacia la Casona. Era don Lope que volvía, con la cachava al hombro. Patricio no salió a la calle hasta que el bulto se perdió en la obscuridad y sus pasos cesaron de oírse. Tal miedo le infundía don Lope.

-Esto me prueba -murmuró el intrigante-, que el pájaro ha vuelto al nido... Por mucho que Gildo diga, esta vuelta tiene más que roer que los moquetes de anoche.



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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