Don Gonzalo González de la Gonzalera: 29

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Don Román, Álvaro y don Lope, a caballo los tres, volvieron juntos de la ciudad; pasaron a todo correr de sus fatigadas bestias por delante de Coteruco, y siguieron, sin detenerse, a Solapeña.

Renuncio a pintar la entrevista de don Román con Magdalena y la buena Narda. El lector puede imaginársela.

Don Lope dijo a la primera, tan pronto como los brazos de su padre se resignaron a desprenderse de ella:

-Ofrecí a usted, señora, devolverle la prenda que la habían robado: he cumplido mi palabra; y después de hacérselo ver, a lo cual únicamente he venido aquí, tengo el honor de besar sus pies y de pedirle su venía para retirarme.

Las manos quisieron besar Magdalena y Narda, henchidas de gratitud, a aquel hombre que, bajo la corteza tan ruda, ocultaba un corazón de oro; pero el Hidalgo se resistió a ello, como si le acosaran víboras.

-Ni lo intentéis siquiera -les dijo don Román sonriendo. -A mí no ha querido admitirme en la ciudad ni las gracias, cuando la vida me parecía poco para pagarle el servicio que me ha hecho. Y como le conozco y él me conoce, no insisto en ofrecerle testimonios de mi eterna gratitud...

Antes que don Román llegara a decir estas últimas palabras, don Lope hizo una grave y gallarda reverencia, y salió de la estancia sin pronunciar palabra alguna. Montó a caballo en la corralada, llegó a Coteruco, entregó en casa de don Román el jadeante bruto; y después de decir a Blas que su amo quedaba sano, bueno y contento en Solapeña, recogió la cachava que había dejado detrás de la puerta del estragal el día antes, y se encaminó a la Casona, en cuyo trayecto estuvo Patricio a pique de tropezar con él, como vimos en oportuno lugar.

Hecha una compendiada relación de cuanto le había ocurrido desde que se habían separado Magdalena y su padre, prohibió éste que se le volviera a mencionar semejante asunto. Quería considerarle como un sueño desagradable, e ir dándole al olvido poco a poco.

-Sin embargo -añadió-, esto no se opone a que le aproveche como lección; y en prueba de ello, y contando con que no siempre se hallan en lances parecidos hidalgos como don Lope, deseo que cuanto antes tenga Magdalena quien, por deber, la ampare y defienda, aunque yo le falte. ¿No opina usted como yo, señor don Álvaro?

Álvaro y Magdalena se sonrieron, y ni por asomos pensaron en desmentir a don Román.

Quiso éste que el casamiento se efectuara el jueves, como estaba convenido antes de leerse las proclamas; pero Narda se atrevió a replicar a su amo que, aunque la boda no había de ser tan vistosa como hubiera sido en mejores circunstancias, no eran los novios tan pelones que se les pudiera arreglar el agasajo en dos días solamente. Gracias si para el sábado lograba ella, con ayuda de vecinos, preparar lo menos que pedía una fiesta como aquélla, en casa de tantos caudales.

Narda tenía razón, y no se la negó su amo ciertamente. Autorizóla gozoso para que dispusiera lo necesario, de acuerdo con la interesada, pero sin hacer mucho ruido, y quedó convenido que el sábado se celebraría la boda.

Álvaro salió aquella misma noche para Sotorriva, y don Román, al día siguiente muy temprano, para su casa, con Magdalena y Narda. En el camino se encontraron con don Frutos que, después de decir misa, iba a Solapeña a abrazar al libertado prisionero. Durante la ausencia de éste, todas las horas que le dejó libres su ministerio las había dedicado a consolar a Magdalena. Sabíalo ya su padre, y por ello le estrechó entre sus brazos con la doble efusión de su cariño y de su gratitud.

Al aproximarse los cuatro a Coteruco, salía de él hacia Carrascosa, Lucas, a caballo en la tordilla del alcalde, seguido de un muchachuelo que había de volver con el jamelgo desde la estación de la villa. Nadie más le acompañaba. Ni siquiera su amigo Gildo despedía a aquel tribuno a cuya voz se habían transformado las patriarcales costumbres del pueblo que abandonaba, y cuyos delirios quedaban en él proclamados como leyes. La ingratitud humana da siempre ese pago a los reformadores que se encumbran, lo mismo en Coteruco que en cualquier parte. Todos los que suben entre música y laureles, suelen bajar entre silbidos, cuando no por el balcón. Y atribuyo el hecho a la humana ingratitud, porque no puedo creer que el pueblo tenga razón siempre que se llama estafado por sus redentores políticos.

En cuanto a Lucas, con su credencial en la maleta y las esperanzas en mejores destinos, me consta que se pagaba muy poco del desdén con que le veían irse para no volver, los descamisados ganapanes de Coteruco.

El viernes por la tarde llegaron los señores de Sotorriva. Don Lázaro, muy mejorado de sus achaques, quiso hacer un esfuerzo en honor de tanta fiesta. Era hombre que rayaba en los setenta años; alto, pálido, bien proporcionado de cuerpo, y de cabeza noble y aristocrática; iba pulcra y severamente vestido; y a pesar de sus años y de sus padecimientos, regía con gracia y soltura el brioso caballo en que hizo el viaje. Su hija, de menos edad que Álvaro, era lo que se llama vulgarmente una muchacha muy bonita; es decir, una joven de intachables pormenores plásticos, pero cuyos ojos, sonrisas y ademanes no dicen todo lo que un aprensivo lee con delectación en la mujer ajena, y le asusta en la propia. Llegó entre su hermano y su padre, sentada en claveteado sillón de terciopelo rojo, sobre una jaca doble, airosa y bien arrendada.

Ya para entonces se había provisto Narda en la villa de cuanto faltaba en Coteruco para la comida del día siguiente; y como los preparativos de la cocina estaban encomendados a buenas manos, sólo tuvo que ocuparse aquella noche en disponer las habitaciones para los huéspedes, tarea en que la acompañó Magdalena, sacando de los respectivos roperos y cajones las colchas de damasco, las sábanas de holanda con blondas de encaje, los candeleros de plata y las sobremesas de tapicería; riquezas tradicionales y de abolengo, que no salían a luz más que en las grandes solemnidades. ¡Pues si supiera el lector cómo había aderezado Narda la estancia nupcial con antiguas riquezas tales y otros modernos primores, que al efecto se habían ido adquiriendo en la ciudad, desde que se concertó el casamiento!... Pero no cometeré yo la indiscreción de profanar ese púdico misterio con las miradas del público; ni de faltar a los buenos usos y costumbres de aquella ilustre casa, levantando siquiera la punta del velo que encubre lo que no debe ser visto.

A la mañana siguiente, muy temprano, Magdalena, con las preciosas galas que Álvaro la había regalado y los collares y anillos riquísimos de sus mayores; don Román, vestido de rigorosa etiqueta, con gruesos diamantes en la pechera y valiosos dijes en la áurea cinta de su reloj; el novio, no peor ataviado ni con menos ricas alhajas; don Lázaro y su hija, que habían de ser los padrinos, bien provistos de ellas también, y en adecuado arreo, salieron juntos de casa, siguiéndolos la ávida curiosidad de los criados y la fiel Narda, en cuerpo y alma, que también había avisado a don Frutos para que la confesara. Decía la buena mujer que, a los ojos de Dios, tanto valdría su ruego por la felicidad de los que iban a casarse, como el del más guapo; y que si en santa gracia se querían poner sus amos y los padrinos para que la súplica llegase bien arriba, en santa gracia deseaba ponerse ella, como la más pecadora.

Al salir de la portalada el cortejo, se halló con la plazuela invadida por una muchedumbre de curiosos, en la cual abundaban las mujeres. De entre ellas salieron doce, jóvenes y garridas, con sendas panderetas adornadas de lazos y cascabeles; y formándose de cuatro en cuatro, pusiéronse delante de los novios, y comenzaron a cantarlos al uso tradicional del país, sin olvidar en las coplas a don Román ni a los padrinos. Narda se echó a llorar como una boba, al ver aquello. ¿Cómo era posible que llegara a casarse «su Magdalena» sin que se desplomara Coteruco para decirle, al verla pasar: «bendita seas por todos los días de tu vida, y bendita en la otra, y bendito cuanto te quiere y te rodea»?. Si tenía que suceder eso: siempre lo había creído ella así, porque los verdaderamente malos no pasaban en el pueblo de media docena; los demás eran engañados. ¡Dichosa la hora en que aquellas mozas idearon tal festejo! Así pensaba Narda. En cuanto a su amo, ¿a qué ocultarlo? jamás hubo héroe a quien halagaran los honores del triunfo, como a su corazón generoso aquella espontánea y sencilla manifestación de cariño. Aquellos cantares entre la respetuosa actitud de la muchedumbre, le conmovieron. Cuando pasó la comitiva, las mujeres saludaron y los hombres se descubrieron la cabeza... y allá atrás, en la última fila, con los sombreros en la mano y los ojazos muy abiertos, estaban Carpio y Gorión... ¡Oh, sí, bien claros los vio don Román! ¿Por qué no se acercaban más? ¿Por qué se escondían, si estaba él deseando verlos a su lado? Y para que ninguna duda quedara a aquellas gentes de su manera de sentir, pasó delante de ellas con la cabeza descubierta y la sonrisa en los labios. Magdalena saludó con el pañuelo; Álvaro y su padre imitaron el ejemplo de don Román. Entonces la muchedumbre prorrumpió en un solo grito de «¡vivan los novios!» y los ecos de la montaña no habían cesado de repetirle, y todavía andaban por el aire los sombreros de Carpio y de Gorión.

Aquel grito acabó de conmover al generoso Pérez de la Llosía: sonábale como la voz del hijo pródigo que, arrepentido y cariñoso, llamaba a las puertas de su padre, y él estaba dispuesto a abrírselas de par en par y a recibirle entre sus brazos.

Bajo tan hermosas impresiones entró la comitiva en la iglesia; y confesaron todos, y unió don Frutos, con la bendición de Dios, a aquellos dos seres felices, unidos ya entre sí por el amor de sus corazones.

Momentos antes de empezarse la misa, llegaron los parientes de Solapeña. El templo estaba lleno de gente; y al terminarse la ceremonia, las cantadoras acompañaron hasta la plazoleta a los recién casados. Hízolas entrar en casa Magdalena; y ella misma, después de abrazar y de besar a una, en representación de las demás, regaló a todas variadas y abundantes golosinas, presentadas por la gozosa Narda en ancha y cincelada bandeja de plata.

No hubo modo de reducir a don Lope a que asistiera, ya que no a la ceremonia de la iglesia, cuando menos a la comida del mediodía.

-¿A qué santo? ¿por qué razón? ¿qué tengo yo que ver en todo eso? -pensaba el Hidalgo después de despedir a don Román, que fue a invitarle, con grandes instancias.

-Pues sírvale a usted de gobierno -le había dicho éste al salir, que en la mesa habrá un cubierto destinado a usted. Allí se estará intacto y representándole, si usted no nos honra con su asistencia. No merece menos consideración la persona a quien hoy debo la alegría de mi casa.

Y como lo dijo se hizo: durante la comida, y a la derecha de don Frutos, hubo un cubierto de respeto y una silla desocupada.

Tampoco he de decir nada al lector de aquel acontecimiento extraordinario; ni una palabra de aquella mesa cubierta, materialmente, con la maciza plata acumulada durante diez generaciones de Pérez de la Llosía, sobre finísimos manteles; ni el más leve comentario acerca de la comida, en que se mezclaban, de muy mala gana, los tradicionales estofados, potajes y pepitorias, obras de las manos de Narda, con los modernos condumios hechos por mercenaria cocinera; las macizas reposterías de antaño, con las vaporosas e impalpables merengadas del nuevo estilo; el chacolí de la tierra, con el Burdeos delicado; el patriarcal, añejo Málaga, negro como la tinta, dulce como las mieles, con el liviano, bullanguero y parlamentario Champagne. De nada de esto, repito, ni de otras cosas parecidas, quiero dar cuenta detallada al lector. Y al proceder así, me acomodo a los deseos de don Román, que, en virtud de los tiempos que corrían, se propuso celebrar el acontecimiento con una comida de familia íntima, más bien que con una boda ruidosa.

¡Ah! pues si los tiempos hubieran sido distintos; si Coteruco no hubiera prevaricado; si el casamiento de Magdalena hubiera sido un año antes, ¿cómo dejara él de hacer, en alguna forma, partícipe de la boda al vecindario?... ¿Para qué quería su provista bodega, los ajamonados perniles y el colmado gallinero? Pero en esto no había que pensar ya. ¡Harto era, y hasta milagroso le parecía, por lo inesperado, el síntoma de reacción benéfica que había notado por la mañana en sus convecinos!

Meditando en esto se hallaba poco antes de alzarse los manteles, cuando don Frutos dijo, sacando del bolsillo interior de su levita un ancho papel impreso:

-Aunque a don Román no le deleite mucho, por esta vez, y en gracia de lo que tiene de cómico este documento, voy a leerle en alta voz para fin de fiesta.

-¿Qué es ello? -preguntaron.

-Ustedes lo verán. Me consta que se ha impreso tal como su autor se le dictó al pendolista; que ha llegado calentito de la ciudad anoche, y que a estas horas deben estar en el pueblo y parte del valle inundados de hermanos gemelos de este ejemplar que he recogido al venir acá.

El documento leído por el cura don Frutos, después de bien considerado, no era, en el fondo, otra cosa que todos los manifiestos de todos los aspirantes a diputados a Cortes; con la ventaja, a mi entender, sobre ellos, de estar perjeñado en el estilo y forma usuales y corrientes entre los electores a quienes iba enderezado, lo mismo en lo substancial que en su no escasa parte de exornación patriotera. No se había visto ni se verá, en su género, obra más en carácter ni con mayor fuerza de colorido local.

-Veo -le dijo el cura-, que a usted, señor don Román, no le ha hecho reír el manifiesto. Celebróse mucho, en efecto, su extraña comextura. Particularmente don Frutos, se desternillaba de risa a medida que ib a leyendo. La cara de don Román era la única que en aquel regocijado concurso estaba seria y hasta contristada.

-Para los más necesitados... ¡sean quienes fueren!

-Me dura aún lo último que usted me entregó con igual fin, -respondió el párroco tomando el dinero.

-No importa -añadió don Román: aquello era... aquello; y esto es el pan de la boda de mi hija. ¡Que, como pan bendito, los nutra y los consuele!

-Ni mucho menos, -respondió el interpelado.

-Permítame usted que le diga -añadió don Frutos, -que eso es ya llevar las cosas al extremo.

-¿Se le figura a usted?

-Y me figuro la verdad neta.

-¡Ojalá sea así! Pero, entre tanto, oigan ustedes en qué me fundo para pensar como pienso. Esta mañana vi, con grandísima complacencia, la actitud de este pueblo delante de nosotros: parecía que el cansancio, el peso de sus propias locuras, le arrojaba al buen camino.

-Y eso es lo cierto.

-Sin duda alguna. Pues bien: esa payasada que tanto les ha hecho reír a ustedes, o la ambición insensata que la ha producido, ha de ser causa de que los rencores, los odios, las borracheras y los escándalos consiguientes, vuelvan otra vez a arrollar a estos infelices y a arrastrarlos de nuevo al olvido de sus deberes y conveniencias.

-No lo espero, señor don Román.

-Al tiempo invoco por testigo, señor don Frutos.

Cuando, dos horas más tarde, se retiraba éste a su casa, le alcanzó don Román junto a la escalera, y poniéndole en la mano un pesado cartucho de monedas de oro, le dijo:

-Para los más necesitados... ¡sean quienes fueren!

-Me dura aún lo último que usted me entregó con igual fin, -respondió el párroco tomando el dinero.

-No importa -añadió don Román: aquello era... aquello; y esto es el pan de la boda de mi hija. ¡Que, como pan bendito, los nutra y los consuele!



Don Gonzalo González de la Gonzalera de José María de Pereda
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