Don Quixote, Primera Parte: Capitulo III

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El ingenioſo hidalgo Don Quixote de la Mancha:

Cap. III.

Donde ſe cuenta la gracioſa manera que tuuo don Quixote en armarſe cauallero. de Miguel de Cervantes Saavedra

Y

Aſsi fatigado deſte penſamiento, abreuiò ſu venteril, y limitada cena, la qual acabada llamô al ventero, y encerrandoſe con el en la caualleriza, ſe hincò de rodillas ante el, diziendole: No me leuantarê jamas de donde eſtoy, valeroſo cauallero, faſta que la vueſtra corteſia me otorgue vn dõ que pedirle quiero, el qual redundarà en alabança vueſtra, y en pro de genero humano. El ventero que vio a ſu hueſped a ſus pies, y oyô ſemejantes razones, eſtaua confuſo mirandole, ſin ſaber que hazerſe, ni dezirle, y porfiaua con el que ſe leuantaſſe, y jamas quiſo, haſta que le huuo de dezir, que el le otorgaua el don que le pedia. No eſperaua yo menos de la gran manificencia vueſtra, ſeñor mio, reſpondio don Quixote, y aſsi os digo, que el don que os he pedido, y de vueſtra liberalidad me ha ſido otorgado, es, que mañana en aquel dia me aueys de armar cauallero: y eſta noche en la capilla deſte vueſtro caſtillo velarê las armas, y mañana, como tengo dicho, ſe cumplirà lo que tanto deſſeo, para poder, como ſe deue, yr por todas las quatro partes del mundo, buſcando las auenturas en pro de los meneſteroſos, como eſtâ a cargo de la caualleria, y de los caualleros andantes, como yo ſoy, cuyo deſſeo a ſemejãtes fazañas es inclinado. El ventero (que como eſtà dicho) era vn poco ſocarron, y ya tenia algunos barruntos de la falta de juzio de ſu hueſped, acabò de creerlo quando acabò de oyr ſemejantes razones: y por tener q̃ reyr aquella noche, determinô de ſeguirle el humor, y aſſi le dixo, que andaua muy acertado en lo q̃ deſſeaua, y q̃ tal proſupueſto era propio, y natural de los caualleros tan principales, como el parecia, y como ſu gallarda preſencia moſtraua: y que el anſi miſmo en los años de ſu mocedad, ſe auia dado á aquel honroſo exercicio, andando por diuerſas partes del mundo, buſcando ſus auenturas, ſin q̃ huuieſſe dexado los percheles de Malaga, iſlas de Riaran, compas de Seuilla, açogejo de Segouia, la oliuera de Valencia, rondilla de Granada, playa de Sanluncar, potro de Cordoua, y las ventillas de Toledo, y otras diuerſas partes, donde auia exercitado la ligereza de ſus pies, ſutileza de ſus manos, haziendo muchos tuertos, requeſtãdo muchas viudas, deshaziedo algunas donzellas, y engañando â algunos pupilos, y finalmente dandoſe a conocer por quantas audiencias, y tribunales ay caſia en toda Eſpaña: y que a lo vltimo ſe auia venido a recoger â aquel ſu caſtillo, donde viuia con ſu hazienda, y con las agenas, recogiendo en el a todos los caualleros andantes, de qualquiera calidad, y condicion que fueſſen, ſolo por la mucha aficion que les tenia, y porque partieſſen cõ el de ſus aueres, en pago de ſu buen deſſeo. Dixole tambien, que en aquel ſu caſtillo no auia capilla alguna donde poder velar las armas, porque eſtaua derribada para hazerla de nueuo: pero que en caſo de neceſsidad, el ſabia que ſe podian velar donde quiera, y que aquella nocha las podria velar en vn patio del caſtillo, que a la mañana, ſiẽdo Dios ſeruido, ſe harian las deuidas ceremonias, de manera que el quedaſſe armado cauallero, y tan cauallero que no pudieſſe ſer mas en el mundo. Perguntole ſi traîa dineros, reſpondio don Quixote, que no traîa blanca, porque el nunca auia leydo en las hiſtorias de los caualleros andantes, que ninguno los huuieſſe traydo. A eſto dixo el ventero, que ſe engañaua, que pueſto caſo que en las hiſtorias no ſe eſcriuia, por auerles parecido a los autores della, q̃ no era meneſter eſcriuir vna coſa tan clara, y tã neceſſaria de traerſe, como eran dineros, y camiſas limpias, no por eſſo ſe auia de creer, q̃ no los truxeron: y aſsi tuuieſſe por cierto, y aueriguado, q̃ todos los caualleros andantes, de que tantos libros eſtan llenos, y ateſtados, lleuauan bien herradas las bolſas por lo q̃ pudieſſe ſucederles, y que aſsi miſmo lleuauan camiſas, y vna arqueta pequeña llena de vnguentos, para curar las heridas que recebian, porque no todas vezes en los campos, y deſiertos donde ſe cõbatian, y ſalian heridos, auia quien los curaſſe, ſi ya no era, que tenian algũ ſabio encantador por amigo, que luego los ſocorria, trayẽdo por el ayre en alguna nube alguna dõzella, ô Enano, con alguna redoma de agua de tal virtud, que en guſtãdo alguna gota della, luego al punto quedauã ſanos de ſus llagas, y heridas, como ſi mal alguno huuieſſen tenido: mas q̃ en tanto que eſto no huuieſſe, tuuierõ los paſſados caualleros por coſa acertada, que ſus eſcuderos fueſſen proueydos de dineros, y de otras coſas neceſſarias, como eran hilas, y vnguentos para curarſe: y quando ſucedia, que los tales caualleros no tenian eſcuderos (que eran pocas, y raras vezes) ellos miſmos lo lleuauan todo en vnas alforjas muy ſutiles, que caſi no ſe parecian, a las ancas del cauallo, como que era otra coſa de mas importancia: porque no ſiendo por ocaſion ſemejante, eſto de lleuar alforjas, no fue muy admitido entre los caualleros andantes: y por eſto le daua por conſejo, pues aun ſe lo podia mandar como a ſu ahijado, que tan preſto lo auia de ſer, que no caminaſſe de alli adelante ſin dineros, y ſin las preuenciones recebidas, y que veria quan bien ſe hallaua con ellas, quando menos ſe penſaſe. Prometiole dõ Quixote, de hazer lo que ſe le aconſejaua con toda puntualidad: y aſsi ſe dio luego orden comovelaſſe las armas, en vn corral grande que a vn lado de la venta eſtaua, y recogiendolas don Quixote todas, las puſo ſobre vna pila que juntô a vn pozo eſtaua: y embraçando ſu adarga, aſio de ſu lança, y con gentil continente ſe començó a paſſear delante de la pila, y quando començò el paſſeo, començaua a cerrar la noche. Contò el ventero a todos quantos eſtauan en la venta la locura de ſu hueſped, la vela de las armas, y la armazon de caualleria que eſperaua. Admirandoſe de tan eſtraño genero de locura, fueronſelo a mirar deſde lexos, y vieron que con ſoſſegado ademan, vnas vezes ſe paſſeaua, otras arrimado a ſu lança, ponia los ojos en las armas, ſin quitarlos por vn buen eſpacio de ellas. Acabò de cerrar la noche con tanta claridad de la luna, que podia competir con el q̃ ſe la preſtaua: de manera, que quanto el nouel cauallero hazia, era bien viſto de todos. Antojoſele en eſto a vno de los harrieros que eſtauan en la venta, yr a dar agua a ſu recua, y fue meneſter quitar las armas de don Quixote, que eſtauan ſobre la pila, el qual viendole llegar, en voz alta le dixo: O tu quien quiera que ſeas atreuido cauallero, que llegas a tocar las armas del mas valeroſo andante, que jamas ſe ciñô eſpada, mira lo que hazes, y no las toques, ſino quieres dexar la vida en pago de tu atreuimiento. No ſe curô el harriero deſtas razónes, (y fuera mejor que ſe curara, porque fuera curarſe en ſalud) antes trauando de las correas, las arrojò gran trecho de ſi. Lo qual viſto por don Quixote, alçò los ojos al cielo, y pueſto el penſamiento (a lo que parecio) en ſu ſeñora Dulcinea, dixo: Acorredme ſeñora mia en eſta primera afrenta, que a eſte vueſtro auaſſallado pecho ſe le ofrece, no me desfallezca en eſte primero trance vueſtro fauor, y amparo: y diziendo eſtas, y otras ſemejantes razones, ſoltando la adarga, alçò la lança a dos manos, y dio con ella tan gran golpe al harriero en la cabeça, que le derribó en el ſuelo tan mal trecho, que ſi ſegundara con otro, no tuuiera neceſsidad de maeſtro que le curara. Hecho eſto, recogio ſus armas, y tornò a paſſearſe con el miſmo repoſo que primero. Deſde alli a poco, ſin ſaberſe lo que auia paſſado, (porque aun eſtaua aturdido el harriero) llegò otro con la meſma intencion, de dar agua à ſus mulos, y llegando a quitar las armas para deſembaraçar la pila, ſin hablar don Quixote palabra, y ſin pedir fauor a nadie, ſoltô otra vez la adarga, y alçò otra vez la lança, y ſin hazerla pedaços, hizo mas de tres la cabeça del ſegundo harriero, porque ſe la abrio por quatro: al ruydo acudio toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo eſto dõ Quixote, embraçò ſu adarga, y pueſta mano a ſu eſpada, dixo: O ſeñora de la fermoſura, esfuerço, y vigor del debilitado coraçon mio, ahora es tiempo que bueluas los ojos de tu grandez, à eſte tu cautiuo cauallero, que tamaña auentura eſtá atendiendo. Con eſto cobrô a ſu parecer tanto animo, que ſi le acometieran todos los harrieros del mundo, no boluiera el pie atras. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, començaron deſde lexos á llouer piedras ſobre don Quixote, el qual lo mejor que podia, ſe reparaua con ſu adarga, y no ſe oſaua apartar de la pila, por no deſamparar las armas. El ventero daua vozes que le dexaſſen, porque ya les auia dicho como era loco, y que por loco ſe libraria, aunque los mataſſe á todos. Tambien don Quixote las daua mayores, llamandolos de aleuoſos, y traydores, y que el ſeñor del caſtillo era vn follon, y mal nacido cauallero, pues de tal manera cõſentia, que ſe trataſſen los andantes caualleros, y que ſi el huuiera recebido la orden de caualleria, que el le diera à entender ſu aleuoſia, pero de voſotros, ſoez y baxa canalla, no hago caſo alguno. Tirad, llegad, venid, y ofendeme en quanto pudieres, que voſotros vereys el pago que lleuays de vueſtra ſandez, y demaſia. Dezia eſto con tãto brio, y denuedo, que infundio vn terrible temor en los que le acometian: y aſsi por eſto, como por las perſuaſiones del ventero, le dexaron de tirar: y el dexò retirar à los heridos y tornò á la vela de ſus armas, con la miſma quietud y ſoſsiego que primero. No le parecieron bien al ventero las burlas de ſu hueſped, y determinò abreuiar, y darle la negra orden de caualleria luego, antes q̃ otra deſgracia ſucedieſſe, y aſsi llegandoſe â el, ſe deſculpò de la inſolencia que aquella gente baxa con el auia vſado, ſin que el ſupieſſe coſa alguna: pero que bien caſtigados que dauã de ſu atreuimiento. Dixole como ya le auia dicho, q̃ en aquel caſtillo no auia capilla, y para lo que reſtaua de hazer, tampoco era neceſſaria, q̃ todo el toque de quedar armado cauallero, conſiſtia en la peſcoçada, y en el eſpaldarazo, ſegun el tenia noticia del ceremonial de la orden, y q̃ aquello en mitad de vn campo ſe podia hazer: y q̃ ya auia cumplido con lo q̃ tocaua al velar de las armas, q̃ con ſolas dos horas de vela ſe cumplia, quanto mas, q̃ el auia eſtado mas de quatro. Todo ſe lo creyò don Quixote, y dixo, q̃ el eſtaua alli pronto para obedecerle, y que concluyeſſe con la mayor breuedad q̃ pudieſſe: porq̃ ſi fueſſe otra vez acometido, y ſe vieſſe armado cauallero, no pẽſaua dexar perſona viua en el caſtillo, eceto aquellas q̃ el le mandaſſe, à quien por ſu reſpeto dexaria. Aduertido, y medroſo deſto el Caſtellano, truxo luego vn libro donde aſſentaua la paja, y ceuada que daua à los harrieros, y con vn cabo de vela que traia vn muchacho, y con las dos ya dichas donzellas, ſe vino adonde don Quixote eſtaua, al qual mandò hincar de rodillas, y leyendo en ſu manual (como que dezia alguna deuota oracion) en mitad de la leyenda, alçò la mano, y diole ſobre el cuello vn gran golpe, y tras el con ſu meſina eſpada vn gentil eſpaldarazo (ſiempre murmurando entre dientes, como que rezaua.) Hecho eſto, mandô à vna de aquellas damas que le ciñeſe la eſpada, la qual lo hizo con mucha deſſemboltura, y diſcrecion, porque no fue meneſter poca para no rebentar de riſa â cada punto de las ceremonias: pero las proezas que ya auian viſto del nouel cauallero, les tenia la riſa â raya. Al ceñirle la eſpada, dixo la buena ſeñora: Dios haga â vueſtra merced muy venturoſo cauallero, y le dê ventura en lides. Don Quixote le pregũtò como ſe llamaua, porq̃ el ſupieſſe de alli adelante à quiẽ quedaua obligado, por la merced recebida, porq̃ penſaua darle alguna parte de la hõra q̃ alcãçaſſe por el valor de ſu braço. Ella reſpõdio cõ mucha humildad, q̃ ſe llamaua la Toloſa, y q̃ era hija de vn remẽdõ natural de Toledo, q̃ viuia â las tẽdillas de Sãchobienaya, y q̃ dõde quiera q̃ ella eſtuuieſſe le ſeruiria, y le tendria por ſeñor. Don Quixote le replicò, q̃ por ſu amor le hizieſſe merced, que de alli adelante ſe puſieſſe don, y ſe llamaſſe doña Toloſa. Ella ſe lo prometio: y la otra le calçò la eſpuela, con la qual le paſſô caſi el miſmo coloquio, que con la de la eſpada. Preguntole ſu nombre, y dixo que ſe llamaua la Molinera, y que era hija de vn honrado molinero de Antequera: â la qual tambien rogò don Quixote, que ſe puſieſſe don, y ſe llamaſſe doña Molinera, ofreciendole nueuos ſeruicios, y mercedes. Hechas pues de galope, y aprieſſa las haſta alli nunca viſtas ceremonias, novio la hora don Quixote de verſe à cauallo, y ſalir buſcando las auenturas: y enſillando luego à Rozinante, ſubio en el, abraçando a ſu hueſped, le dixo coſas tan eſtrañas, agradeciendole la merced de auerle armado cauallero, que no es poſsible acertar à referirlas. El ventero por verle ya fuera de la venta, con no menos retoricas, aunque cõ mas breues palabras, reſpondio à las ſuyas, y ſin pedirle la coſta de la poſada, le dexò yr â la buena hora.