Dueño del mundo: Capítulo XI: La caleta de Black-Rock

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Existían probabilidades que el aparato tan rebuscado no estuviese ya en aquel lugar, suponiendo que fuese el que Arturo Wells había visto en la tarde del 27.

Si alguna avería producida en su triple sistema de locomoción habíale impedido ganar por tierra o por el agua su escondrijo y obligado a refugiarse en el fondo de la caleta de Black-Rock; ¿qué debíamos pensar si no se le volvía a ver de nuevo?

¿Habría reparado sus desperfectos y reanudado su marcha, abandonando aquellos parajes del lago Erie?

Todas aquellas eventualidades, no obstante ser tan probables, no habíamos querido admitirlas a medida que el día avanzaba.

¡Pero, no!, no podíamos dudar más de que se trataba de El Espanto, ni de que no estaba ya anclado al pie de las rocas, allí donde Wells había podido comprobar su presencia.

¡Y entonces qué desesperación! Toda nuestra campaña reducida a la nada. Si es que El Espanto navegaba sobre o bajo las aguas del lago, encontrarlo, alcanzarlo, capturarlo, estaba fuera de nuestro alcance, y ¿por qué hacerse ilusiones? fuera de todo poder humano.

Wells y yo permanecimos consternados, en tanto que John Hart y Nab Walker, no menos despistados, dirigíanse hacia diversos puntos de la caleta para registrarlos. Y, sin embargo, nuestras medidas estaban bien tomadas y tenían todas las probabilidades de éxito.

Si al momento de nuestra llegada los dos hombres señalados por Wells hubiesen estado en la playa, hubiéramos podido llegar hasta ellos, sorpréndelos, capturarlos antes de que tuviesen el tiempo de embarcar. Si hubieran estado a bordo, esperando detrás de las rocas a que saltasen a tierra, tal vez hubiera sido fácil cortarles la retirada.

Lo verosímil era, que tanto el primero como segundo día, Wells no hubiese visto más que dos hombres, que El Espanto no contase con más tripulación.

Así habíamos discurrido y de este modo hubiéramos operado: ¡Pero, por desgracia, El Espanto no estaba ya allí!

Yo no cambiaba más que palabras sueltas con Wells. Después del despecho, nos iba poco a poco invadiendo la cólera.

¡Haber errado el golpe, sentirse ahora impotentes para continuar como para volver a empezar la campaña! Pasó una hora.

Continuábamos en el mismo lugar sin decidirnos a dejar el puesto. Nuestras miradas no cesaban de registrar las espesas tinieblas.

A veces un reflejo cualquiera cabrilleaba en la superficie del lago; pero bien pronto se extinguía con la fugitiva esperanza que por un instante despertara…

Sucedía también a veces que nos parecía ver una silueta dibujarse a través de la sombra, la masa de un barco que se aproximaba.

De vez en cuando notábamos cierto movimiento en las aguas, como si la perturbación procediese del fondo.

Pero todos estos indicios desaparecían instantáneamente. No había en todo aquello más que una ilusión de nuestros sentidos, un error de nuestra alocada imaginación.

Nuestros compañeros uniéronse a nosotros, y mi primera pregunta fue: ¿Nada de nuevo? Nada contestó John Hart. ¿Han dado ustedes la vuelta a la caleta?

Sí, y no hemos visto el más leve vestigio del material que el señor Arturo Wells pudo observar. Esperemos dije yo; pues no podía decidirme a volver hacia el bosque.

En aquel instante nuestra atención fue atraída por cierta agitación de las aguas, que se propagaba hasta el pie de las rocas.

¿Qué será esto? dije, bajando instintivamente la voz. No hay ni un soplo de brisa. ¿Es una perturbación que se produce en la superficie del lago?

O debajo añadió Wells, que se encogió para oír mejor. Efectivamente, había motivo para preguntar si esta agitación no la había provocado algún barco que se dirigía hacia el fondo de la caleta.

Silenciosos, inmóviles, tratamos de penetrar en aquella profunda oscuridad, en tanto que la resaca se acentuaba contra las rocas del litoral.

Mis compañeros habíanse dirigido hacia la parte alta de las rocas, en tanto que yo, a ras del agua, observaba aquel movimiento, que no disminuía.

Al contrario, hacíanse cada vez más sensible, y empezaba a advertir una especie de batimiento regular, parecido al que produce una hélice cualquiera en plena función.

No cabe duda dijo Wells, inclinándose hacia mí, es un barco que se aproxima. Seguramente, a no ser que haya cetáceos o escualos en el Erie.

No; es un barco que se dirige hacia el fondo o trata de atracar más lejos. ¿Es aquí donde le ha visto usted las dos veces? Aquí mismo, señor Strock.

Entonces puede ser el mismo; no hay razón para que no vuelva una vez más hasta la misma playa. ¡Allí, allí! dijo Wells, tendiendo la mano hacia la entrada.

Nuestros compañeros acababan de unirse a nosotros. Echados las cuatro en el borde de la playa, miramos atentamente en la dirección indicada.

Se distinguía vagamente una masa negra, que se movía en medio de la sombra. Avanzaba muy lentamente, y debía estar todavía a la distancia de un cable hacia el nordeste. Apenas si se escuchaba ya el ruido del motor.

De suerte que, como en la víspera, el aparato iba a pasar la noche en el fondo de la caleta.

¿Por qué habría dejado el fondeadero de donde venía? ¿Acaso habría sufrido alguna avería que le imposibilitaba alejarse?…

¿Habríase visto en la necesidad de partir antes de concluir con sus reparaciones? ¿Qué razón le impulsaba hacia aquel lugar?…

¿Existiría un motivo imperioso para lanzarse, después de convertido en automóvil relámpago, por las carreteras de Ohio?…

Todas estas preguntas presentábanse en tropel ante mi espíritu, sin que se me fuera dado contestarlas.

Wells y yo teníamos la convicción de que aquel aparato era el del Dueño del mundo, aquel El Espanto en donde estaba fechada la carta rechazando las proposiciones del Estado.

Y, sin embargo, esta convicción no podía tener el valor de una total certidumbre, aunque la considerásemos como tal.

En fin, lo que quiera que fuese, lo cierto era que el barco iba acercándose, y seguramente su capitán conocía los pasos del Black-Rock, puesto que se aventuraba en plena oscuridad. Ni un farol a bordo, ni la más leve claridad del interior se filtraba a través de los tragaluces.

Por instantes iba percibiéndose más distintamente el pausado funcionamiento de la máquina. El cabrilleo del remolino acentuábase, y muy en breve estaría «en muelle».

Empleo esta expresión de los puertos no sin exactitud. Las rocas en este paraje formaban una meseta de cinco o de seis pies sobre el nivel del lago, disposición muy apropiada para atracar.

No permanezcamos aquí me dijo Wells, cogiéndome por un brazo. No contesté yo, nos expondríamos a ser descubiertos… Es preciso escondernos en cualquier parte y esperar. Iremos detrás de usted.

No había momento que perder… Poco a poco iba aproximándose la masa, y sobre el puente, que apenas sobresalía del agua, destacábanse las siluetas de dos hombres. ¿No habría a bordo más que aquellos dos?

Arturo Wells y yo, John Hart, y Nab Walker, nos agazapamos a lo largo de las rocas, que nos ofrecían sus cavidades para observatorios. Me metí en una de ellas con Wells, y los dos agentes se colaron en otra.

Si los hombres de El Espanto saltaban hasta tierra, no nos podrían ver; pero nosotros sí les veríamos, estando en disposición de obrar según las circunstancias.

El ruido que procedía de parte del lago y unas cuantas palabras cambiadas en lengua inglesa nos indicaban que el barco acababa de atracar.

Casi al mismo tiempo una amarra fue lanzada precisamente a la extremidad del paso que acabábamos de abandonar.

Deslizándose hasta el ángulo, Wells pudo comprobar que la amarra había sido lanzada por uno de los marinos, ya en tierra, y pudo oírse el roce del rezón contra el suelo. Algunos momentos después, la arena de la playa crujió bajo unos pies.

Dos hombres, después de remontar el paso, dirigiéronse hacia el linde del otro a la luz de un farol.

¿Qué iban a hacer allí?… ¿Sería aquél un punto de escala para El Espanto? ¿Tendría allí su capitán un depósito de provisiones o de material?

¿Un repuesto para cuando sus viajes fantásticos le condujeran hacia aquella parte de Estados Unidos? Tal vez hubiese escogido aquel lugar tan desierto, tan abrupto, sin temor a ser advertido.

Qué hacer? preguntó Wells. Dejar a esta gente volver, y entonces… La sorpresa me cortó la palabra.

Los dos hombres no estaban a más de unos treinta pasos, cuando a uno de ellos le dio de lleno en el rostro la luz del farol que les alumbraba.

Aquella cara era la de uno de los individuos que me habían espiado frente a mi casa de Long-Street.

Estaba seguro de ello. Le reconocí, como le hubiera reconocido mi vieja mucama. ¡Era él, uno de los dos espías que se desvanecieron sin que pudiese encontrar sus huellas!…

No cabía duda; procedía de ellos la carta que yo había recibido, de idéntica letra a la firmada por el Dueño del mundo. No obstante, ¿cómo había sido escrita a bordo del misterioso Espanto?

Las amenazas que encerraba referíanse al Great-Eyry, y una vez más me preguntaba qué relación podía existir entre El Espanto y aquella altura de las Montañas Azules.

En pocas palabras puse al corriente a Wells, que, por toda respuesta, me dijo: Todo esto es incomprensible.

Los dos hombres habían continuado su marcha hacia el bosquecillo, y no tardaron en franquear la linde.

¡A ver si ahora descubren nuestras cabalgaduras! murmuró Wells. No es de temer si no pasan de las primeras filas de estos árboles cercanos. Pero ¿y si las descubren?…

Vendrán a reembarcar, y tendremos tiempo de cortarles la retirada. Hacia el lago; de la parte donde estaba atracado el barco, no se oía ningún ruido.

Salí de la cavidad en que me yo ocultaba y me deslicé hasta donde el rezón mordía la arena. El aparato estaba tranquilo al extremo de su amarra.

No había luz a bordo ni persona alguna en el puente ni sobre la meseta… La ocasión era propicia: saltar a bordo y esperar el regreso de los dos hombres. ¡Señor Strock, señor Strock!… Era Wells que me llamaba.

Volví sobre mis pasos a toda prisa, y me escondí junto con él. Tal vez era demasiado tarde para tomar posesión del barco; pero acaso la tentativa hubiera fracasado de haber alguien más a bordo.

De todos modos, el hombre del farol y su compañero acababan de reaparecer en la linde y volvían hacia la playa. Seguramente no habían descubierto nada sospechoso.

Cargados uno y otro con un fardo, continuaron por la arena, deteniéndose al pie de la meseta.

Inmediatamente oyóse la voz de uno de ellos:¡Eh! ¡Capitán!… Aquí estoy. Wells se inclinó a mi oído, diciéndome: Son tres. Tal vez cuatro observé yo, quizá más.

La situación no dejaba de complicarse. ¿Qué podríamos hacer si la tripulación era más numerosa?…

La menor imprudencia podía costarnos muy cara. Ahora que los dos hombres estaban de regreso, ¿iban a reembarcarse con los fardos?

¿Después dejaría el barco la caleta o permanecería allí hasta el amanecer?… Si se alejaba podíamos darle por perdido.

¿Dónde volverle a encontrar de nuevo? Para dejar las aguas del lago Erie se disponía de las carreteras de los Estados limítrofes o del curso del Detroit-River, que le hubiera conducido al lago Huron.

¡Vamos a bordo! dije a Wells. Somos cuatro, y ellos no esperan el ataque. ¡Hay que contar con la sorpresa! Iba a llamar a los dos agentes, cuando Wells me cogió por el brazo diciéndome: Escuche usted.

En ese momento el hombre de a bordo hablaba con los de tierra. He aquí las palabras que se cambiaron entre el capitán y sus compañeros: ¿Está todo en orden allá abajo? Todo, capitán. Deben quedar todavía dos fardos. Dos.

¿Bastará un solo viaje para traerlos a El Espanto? ¡El Espanto!… Era, pues, el aparato del Dueño del mundo.

Un solo viaje, capitán contestó uno de los hombres. Bueno… Partiremos mañana al amanecer.

¿No había, pues, a bordo más que aquellos tres hombres? Los de tierra iban a buscar al bosque los últimos fardos. Una vez a bordo, se acostarían.

¿No habría llegado entonces el momento de sorprenderlos impunemente sin darles tiempo a defenderse?

Seguro, puesto que lo habíamos oído de boca del capitán, que no partirían hasta el alba, Wells y yo estuvimos de acuerdo en dejar que los hombres reembarcasen; y cuando estuviesen dormidos tomaríamos posesión de El Espanto. Eran las diez y media. En aquel momento oyéronse pasos sobre la arena.

El hombre del farol reapareció junto con su compañero y remontaron los dos hacia el bosque.

En cuanto ambos hubieron traspuesto la linde, Wells fue a prevenir a los agentes, en tanto que yo me deslizaba hasta el extremo de las rocas.

El Espanto permanecía allí sujeto a su amarra, y, por lo que desde allí podía percibirse, era un aparato alargado, en forma de huso, sin mástiles y sin chimenea, semejante al que había evolucionado en los parajes de Nueva Inglaterra.

Volvimos a colocarnos en las escabrosidades de las rocas, después de comprobar si nuestros revólveres estaban en disposición de servirnos de ellos.

Transcurrieron cinco minutos desde la desaparición de ambos hombres y esperábamos que volviesen con los fardos.

Cuando ya hubiesen embarcado, esperaríamos que pase una hora para saltar a bordo, a fin de que el capitán y sus compañeros estuviesen dormidos profundamente.

Lo importante era no darles el tiempo suficiente a lanzar el aparato sobre las aguas del lago Erie, ni de sumergirlo en sus profundidades, pues seríamos arrastrados con él.

Yo no he sentido jamás una impaciencia tan grande. Me parecía que los dos hombres estaban retenidos en el bosque y que una circunstancia cualquiera les impedía regresar.

Pero de pronto se oyó un ruido extraño: el pisoteo de caballos escapados, una furiosa galopada a lo largo de la linde.

Eran nuestras cabalgaduras que se habían espantado. Casi al mismo tiempo aparecieron los dos hombres a todo correr.

No había duda; la presencia de nuestros caballos les había dado la señal de alarma. Dijéronse que la policía estaba oculta en el bosque. Se les espiaba, se les acechaba, ¡iban a apoderarse de ellos!…

Precipitaríanse seguramente hacia la playa, arrancarían el rezón y saltarían a bordo. El Espanto desaparecería con la rapidez de un relámpago, y perderíamos definitivamente la partida. ¡Adelante! grité yo.

Y nos lanzamos a la playa; resueltos a cortar la retirada a los dos hombres. En cuanto éstos nos advirtieron, arrojaron los fardos y dispararon con sus revólveres, hiriendo a John Hart en una pierna.

Disparamos también nosotros; pero con menos fortuna, pues nuestros proyectiles no detuvieron a los dos hombres en su carrera.

Cuando llegaron a la orilla, arrojáronse al agua, y en unas cuantas brazadas estuvieron en el puente de El Espanto.

El capitán, de pie, revólver en mano, hacía fuego contra nosotros, y una bala le rozó a Wells.

Nab Walker y yo nos agarramos de la amarra. Pero bastaría cortarla desde el barco para que éste se pusiera en marcha.

De pronto el rezón desprendióse de tierra y uno de sus garfios me cogió por la cintura, y en tanto que Walker rodaba por el suelo, yo fui arrastrado sin lograr desasirme.

En aquel momento, El Espanto impulsado por su motor dio como un salto, largándose a toda velocidad a través de la caleta de Black-Rock.


Dueño del mundo de Jules Gabriel Verne (Julio Verne)

Capítulo I: Un país consternado - Capítulo II: En Morganton - Capítulo III: Great-Eyry - Capítulo IV: Un concurso del Automóvil-Club - Capítulo V: A la vista del litoral de Nueva Inglaterra - Capítulo VI: Primera carta - Capítulo VII: Más misterio - Capítulo VIII: A toda costa - Capítulo IX: Fuera de la ley - Capítulo X: En campaña - Capítulo XI: La caleta de Black-Rock - Capítulo XII: A bordo del Espanto - Capítulo XIII: El Niágara - Capítulo XIV: El nido del águila - Capítulo XV: Robur el Conquistador - Capítulo XVI: ¡En nombre de la ley! - Capítulo XVII: La última palabra de la anciana Grad