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Edipo, rey (Velasco y García tr.)

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

II

EDIPO, REY

Edipo.
El sacrificador.
Creón.
Coro de ancianos
tebanos.

Tiresias.
Yocasta.
Un mensajero.
Un servidor de Layo.
Un enviado.

¡Oh hijos, nueva raza del antiguo Cadmo! ¿por qué permanecéis de ese modo ante mí con esos ramos suplícantes? Toda la ciudad está llena del incienso que arde y de los Peans y lamentaciones que resuenan. He creído que no debía informarme de esto por otros, ¡oh hijos! Y he venido yo mismo, yo, Edipo, célebre entre todos los hombres. Vamos, habla, anciano, porque conviene que hables por ellos. ¿Qué es esto? ¿Cuál es vuestro pensamiento? ¿Receláis algún peligro? ¿Anheláis ser socorridos en una calamidad actual? Ciertamente, yo vendré en vuestra ayuda. No tendría yo piedad, si no me sintiese impresionado por vuestra triste actitud.Ta P

Edipo, ¡oh tú que imperas en la tierra de mi patria! ya nos ves á todos prosternados ante tus altares: estos que no pueden todavía hacer grandes marchas, esos sacrificadores cargados de años, y yo mismo servidor de Zeus, y esta flor de nuestros jóvenes. El resto de la multitud, llevando los ramos suplicantes, está sentada en el Agora, ante los dos templos de Palas y el hogar fatídico del Ismenio. En efecto, como ves, la ciudad, azotada por la tormenta, no puede levantar la cabeza sumergida por la sangrienta espuma. Los frutos de la tierra perecen, encerrados todavía en las yemas; los rebaños de bueyes se consumen, y los gérmenes concebidos por las mujeres no nacen. Blandiendo su antorcha, la más odiosa de las divinidades, la Peste, se ha precipitado sobre la ciudad y ha devastado la morada de Cadmo. El negro Hades se enriquece con nuestros gemidos y nuestros lamentos. Por eso estos jóvenes y yo hemos venido á tus umbrales, no porque nos parezcas igual á los Dioses, sino porque, en los males que acarrea la vida ó en los que infligen los Genios irritados, eres para nosotros el primero de los hombres, tú que, á tu llegada á la ciudad de Cadmo, nos libraste del tributo pagado á la cruel Adivinadora, no estando advertido de nada, ni informado por nosotros. En efecto, fué con la ayuda de un dios como tú salvaste nuestra vida. Todos lo piensan y lo creen. Pues ahora, Edipo, el más poderoso de los hombres, hemos venido á ti, suplicantes, á fin de que encuentres algún remedio para nosotros, sea que un oráculo divino te instruya, sea que un hombre te aconseje, porque yo sé que los sabios consejos traen los acontecimientos felices. Vamos, ¡oh el mejor de los hombres! vuelve esta ciudad á su antigua gloria, y cuida de la tuya. Esta tierra, acordándose de tu primer servicio, te llama todavía su salvador. ¡Plegue á los Dioses que, pensando en los días de tu pujanza, no digamos que, levantados por ti, hemos caído de nuevo! Restaura, pues, y tranquiliza á esta ciudad. Ya por un dichoso destino nos restableciste. Sé hoy igual á ti mismo. Porque, si sigues imperando sobre esta tierra, más vale que esté llena de hombres que desierta. Una torre ó una nave, en efecto, por grande que sea, no es nada, vacía de hombres.

¡Oh lamentables jóvenes! Sé, no ignoro lo que venís á implorar. Sé de qué mal sufrís todos. Pero cualesquiera que sean los dolores que os afligen, no igualan á los míos; porque cada uno de vosotros sufre por sí, sin sentir el mal de otro; y yo gimo á la vez por la ciudad, por vosotros y por mí. Ciertamente, no me habéis despertado cuando dormía, sino, antes bien, sabed que he llorado mucho y se han agitado en mi espíritu no pocas inquietudes y pensamientos; de tal suerte, que el único remedio encontrado con la reflexión lo he intentado. Por eso es por lo que he enviado á Pito, á las moradas de Febo, al hijo de Meneceo, Creón, mi cuñado, para que averigüe por qué acción ó por qué palabra puedo salvar á esta ciudad. Ya, contando los días transcurridos desde su partida, estoy inquieto por lo que haga, pues hace mucho tiempo que está ausente, y excede de lo que es verosímil. ¡Cuando esté de vuelta, que sea yo tenido por un hombre malvado si no hago lo que haya prescrito el dios!

Hablas con oportunidad, ciertamente; porque éstos me anuncian que Creón ha llegado.

¡Oh rey Apolo! ¡Ojalá venga con un oráculo tan propicio como alegre está su semblante!

A lo que se puede presumir, está contento; si no, no vendría con la cabeza ceñida por una rama de laurel cargada de fruto.

Pronto lo sabremos, porque está bastante cerca para dejarse oir. ¡Oh Rey, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿qué respuesta nos traes del dios?

Una excelente; pues por difíciles de hacer que sean las cosas, digo que son buenas, si conducen á un término feliz.

¿Cuál es el oráculo? Tus palabras, en efecto, no me dan ni confianza ni temor.

Si quieres que éstos oigan, estoy pronto á hablar; si no, entremos en la morada.

Habla delante de todos. Estoy más afligido por sus males que cuidado tengo por mi propia vida.

Diré lo que traigo del dios. El rey Apolo nos ordena borrar la mancha que ha caído en este país, extirparla, lejos de mantenerla, por temor de que sea inexpiable.

¿Qué naturaleza es la de ese mal? ¿Por qué expiación?

Expulsando a un hombre fuera de las fronteras ó vengando la muerte con la muerte, porque esa muerte es la que arruina la ciudad.

¿Quién es el hombre á cuya muerte se refiere el oráculo?

¡Oh Rey! Layo imperó en otro tiempo sobre nuestra tierra, antes de que tú fueses el jefe de esta ciudad.

Lo he oído decir, porque jamás lo he visto.

El oráculo ordena claramente castigar á los que mataron á aquel hombre que murió.

¿En qué tierra están? ¿Cómo encontrar alguna huella de un crimen antiguo?

El oráculo dice que esa huella está en la ciudad. Lo que se busca se encuentra, y lo que se descuida se nos esconde.

Pero, dime: ¿fué en los campos, aquí, ó en una tierra extranjera donde Layo fué muerto?

Se dice que, habiendo marchado á consultar el oráculo, no volvió jamás á su morada.

¿Algún mensajero, algún compañero de camino, no vió y no puede referir cómo pasaron las cosas?

Todos han perecido, á excepción de uno solo que huyó de terror y no dijo mas que una sola cosa de todo lo que vió.

¿Qué cosa? Un solo hecho permitiría descubrir un número mayor de ellos, si tuviésemos un débil principio de esperanza.

Dijo que unos ladrones asaltaron á Layo, y que fué muerto no por uno solo, sino por un gran número á la vez.

Pero un ladrón, si no hubiese sido pagado aquí para eso, ¿habría tenido tal audacia?

Eso se sospechó; pero ninguno, en medio de nuestros males, se levantó para vengar al difunto Layo.

¿Qué mal impidió investigar cómo había muerto el rey?

La Esfinge, llena de palabras astutas, nos obligó á dejar las cosas inciertas por las cosas presentes. TOMO I

Yo haré luz sobre el origen de esto. Es digno de Febo y digno de ti también haberse cuidado del rey muerto. Por eso es por lo que me veréis ayudaros justamente y vengar al dios y á la ciudad. En efecto, no es en favor de un amigo lejano, es por mi propia causa por lo que castigaré ese crimen. Cualquiera que haya matado á Layo podría herirmecon la misma audacia. Al servirle, me sirvo á mí mismo. Así, pues, jóvenes, levantaos del umbral y llevaos esos ramossuplicantes. ¡Que llame otro al Agora al pueblo de Cadmo, porque voy á intentarlo todo! O seremos dichosos con la ayuda del Dios, ó estamos perdidos.

Levantémonos, jóvenes, puesto que nos promete las cosas por las cuales hemos venido. ¡Que Febo, que nos ha enviado ese oráculo, sea nuestro salvador y nos libre de nues—tros males!


Estrofa 1

¡Oh armoniosa palabra de Zeus, venida de la rica Pito á la ilustre Tebas! Mi corazón tiembla y palpita de temor, ¡oh Peán delio! Tengo miedo de saber lo que debes realizar por mí, desde hoy, ó con la vuelta de las estaciones. Dímelo, johhija de la Esperanza de oro, Voz de ambrosía!

Antistrofa I

Yo te invoco la primera, hija de Zeus, ambrosíaca Atena, con tu hermana Artemis que protege esta tierra, que se sienta sobre un trono glorioso en medio del Agora, y con Febo que lanza á lo lejos los rayos. ¡Oh, venid á mí lostres, curadores de los males! ¡Si ya, cuando la desgracia se precipitó sobre la ciudad, sofocasteis el fuego terrible,.venid también ahora!

Estrofa II

¡Oh Dioses! Yo sufro males innumerables; mi pueblo entero languidece, y la acción del pensamiento no puede curarle. ¡Los frutos de esta tierra ilustre no maduran; las muferes no paren y sufren dolores lamentables; y se ve, uno. tras otro, á todos los hombres, semejantes á rápidas aves, precipitarse con más ardor que el fuego no dominado hacia la ribera del dios occidental!

Antistrofa II

La ciudad está agotada por los funerales innúmeros; la multitud no llorada y que da la muerte yace sobre la tierra; y las jóvenes casadas y las madres de blancos cabellos, prosternadas aquí y allá sobre las gradas de cada altar, piden con alaridos y lamentos el fin de sus males deplorables. El Peán y el rumor doloroso de las lamentaciones estallan y se redoblan. ¡Oh hija de oro de Zeus, envíanos un socorro poderoso!

Estrofa III

Obliga á huir á este Ares apestado que, sin sus armas de bronce, nos abrasa ahora arrojándose sobre nosotros con grandes clamores. Arrójale fuera de la patria, ya sea en el ancho lecho de Anfitrita, ya sea hacia la costa inhospitalaria del mar Tracio; porque lo que la noche no ha terminado, el día lo acaba. ¡Oh Padre Zeus, dueño de los espléndidos relámpagos, consúmele con tu rayo!

Antistrofa III

¡Rey licio! ¡Puedas, para venir en nuestra ayuda, lanzar de tu arco de oro tus flechas invencibles! ¡Puedan brillar las antorchas flamígeras con que Artemis recorre los montes licios! ¡Y yo invoco al dios epónimo de esta tierra, el de la mitra de oro, Baco Evio, el Purpúreo, el compañero de las Ménadas, para que venga agitando una ardiente antorcha contra ese Dios menospreciado entre todos los Dioses!

Tú oras, y te será concedido lo que deseas, un remedio y un apaciguamiento para tus males, si quieres escucharme y proceder contra esta calamidad. Hablaré como extraño al oráculo y al hecho consumado; porque no avanzaré mucho en mi investigación, si no tengo algún indicio. Ahora, yo, el último venido aquí después del suceso, os digo esto á todos vosotros, ciudadanos cadmeos. Cualquiera de vosotros que sepa por qué hombre fué matado Layo Labdácida, ordeno que él me lo revele todo. ¡Si teme ó si rehusa acusarse, que salga sano y salvo de este país! No sufrirá ningún otro castigo de mi parte. ¡Si alguno sabe que un extranjero cometió esta muerte, que no calle su nombre, porque yo le recompensaré y le estaré reconocido por añadidura! Pero si os calláis, si alguno de vosotros, temiendo por sí ó por un amigo, desdeña mis palabras, sabed lo que haré. Mando que este hombre no sea acogido por ningún habitante de esta tierra en que yo poseo el poderío y el trono; que nadie sea su huésped ni le admita á las suplicaciones y á los sacrificios divinos y no lo bañe con agua lustral; que todos le rechacen de sus moradas, y que sea para nosotro como una mancha, tal como el oráculo del dios pítico me lo ha declarado. De esta manera ayudo al dios y al hombre muerto. Maldigo al matador desconocido, ya haya cometido solo el crimen ó ya le hayan ayudado varios. ¡Que la desgracia consuma su vida! ¡Que sufra yo mismo los males que mis imprecaciones llaman sobre él, si le recibo voluntariamente en mis moradas! Os mando, pues, obrar así, por mí, por el Dios, por este país herido de esterilidad y de abandono. Aun cuando el oráculo no lo hubiera ordenado, no convenía dejar inexpiada la muerte de aquel hombre tan valiente, de aquel difunto rey; sino que hubiese sido preciso preocuparse de ello. Ahora, puesto que yo poseo el poderío que él tenía antes de mí; puesto que yo he tomado por esposa á su propia mujer para procrear de ella, y que si él hubiera tenido hijos, ellos hubiesen llegado á ser los míos; puesto que el mal destino se dejó caer sobre su cabeza, yo obraré para él como si fuese mi padre, é intentaré todo para prender al matador del Labdácida, del descendiente de Polidoro, de Cadmo y del antiguo Agenor. Para los que no obedezcan mis órdenes, suplico á los Dioses que no tengan ni cosechas de la tierra, ni hijos de sus mujeres, y que mueran del mal que nos agobia ó de uno más terrible todavía. ¡Pero, para vosotros, cadmeos, que me aprobáis, pido que la Justicia y todos los Dioses propicios os ayuden!

Puesto que me obligas á ello por tu imprecación, ¡oh Rey! hablaré. No he matado ni puedo decir quién mató. A Febo, que ha pronunciado ese oráculo, es á quien toca decir quién cometió el crimen.

Dices una cosa justa, pero ningún hombre puede obligar á los Dioses á que hagan lo que no quieren hacer.

Añadiré un segundo pensamiento al que he dicho.

Hasta un tercero, si lo tienes. No vaciles.

Sé ¡oh rey! que el rey Tiresias, tanto como el rey Febo, descubre con certeza lo que se busca á quien le interroga.

No he dejado de ocuparme de ello. Advertido por Creón, le he enviado dos mensajeros. Hasta me admira que no haya llegado.

A la verdad, todos los otros rumores son antiguos y falsos.

¿Cuáles son? Todo lo que se ha dicho debe saberse.

Se refiere que Layo fué muerto por unos viajeros.

También lo he oído decir, pero nadie ha visto lo que pasó.

Si el asesino abriga algún temor, en cuanto se entere de tus terribles imprecaciones no las soportará.

Quien no teme cometer un crimen no se espanta de palabras.

Ve aquí el que lo descubrirá. Conducen aquí al divino profeta, único de todos los hombres que posee la verdad.

¡Oh Tiresias, que comprendes todas las cosas permitidas ó prohibidas, celestes ó terrestres! Aunque no veas, sabes, sin embargo, por qué mal está abrumada esta ciudad, y no hemos encontrado mas que á ti, ¡oh Rey! para protector y para salvador. Febo, en efecto, si ya no lo has sabido por éstos, nos ha respondido por nuestros enviados que la única manera de librarnos de este contagio era dar muerte á los matadores descubiertos de Layo ó arrojarlos al destierro. No nos rehuses, pues, ni los augurios por las aves, ni las de ás adivinaciones; bra á la ciudad y á mismo y á mí; borra esta mancha debida al asesinato del hombre á quien se mató. Nuestra salvación depende de ti. No hay tarea más ilustre para un hombre que poner su ciencia y su poder al servicio de los demás hombres.

¡Ay! ¡ay! ¡qué duro es saber, cuando saber es inútil! Esto me era bien conocido, y lo he olvidado, porque yo no hubiera venido aquí.

¿Qué es eso? Pareces lleno de tristeza.

Vuelve á enviarme á mi morada. Si me obedeces, será, ciertamente, lo mejor para ti y para mí.

Lo que dices no es ni justo en sí, ni bueno para esta ciudad que te ha criado, si te niegas á revelar lo que sabes. Sé que hablas contra para mí.

mismo, y temo el mismo peligro

¡Te conjuro por los Dioses! No ocultes lo que sabes. Todos, tantos cuantos somos, nos prosternamos suplicándotelo.

¡Deliráis todos! Pero no ocasionaré mi desgracia, al mismo tiempo que la tuya.

¿Qué dices? Sabiéndolo todo, ¿no hablarás? ¿Pero es que tienes el propósito de traicionarnos y perder á la ciudad?

No abrumaré de dolor ni á mí ni á ti. ¿Por qué me interrogas en vano? Nada sabrás por mí.

¡Nada! ¡oh el peor de los malvados, no dirás nada! Ciertamente, pondrías furor en un corazón de piedra. Así, ¿permanecerás inflexible é intratable?

Me reprochas la cólera que excito, y desconoces la que debes excitar en los demás. ¡Y sin embargo, me reprendes!

¿Quién no se irritaría, en efecto, oyendo tales palabras con las cuales menosprecias á esta ciudad?

Las cosas se cumplirán ellas mismas, aunque yo las calle.

Puesto que esas cosas futuras se han de cumplir, puedes decírmelas.

No diré nada más. Déjate arrastrar, como te plazca, á la más violenta de las cóleras.

Ciertamente, inflamado de furor como estoy, no callaré nada de lo que sospecho. Sabe, pues, que me parece que tomaste parte en el asesinato, incluso que lo cometiste, aunque no matases por tu mano. Si no estuvieras ciego, te acusaría á ti solo de aquel crimen.

¿De veras? Pues yo te ordeno obedecer el decreto que has dictado, y desde este día, no volver á hablar á ninguno de esos hombres ni á mí, porque tú eres el impío que mancha esta tierra.

¿Te atreves á hablar con esa impudencia, y esperas, por ventura, salir impune de ello?

He salido porque tengo en mí la fuerza de la verdad.

¿Quién te lo ha enseñado? No será tu ciencia.

Eres tú, que me has obligado á hablar.

¿Qué es eso? Dilo otra vez, para que comprenda mejor.

¿No has comprendido ya? ¿Me tientas, para que diga más?

No comprendo bastante lo que has dicho. Repítelo.

¡Digo que ese asesino que buscas eres tú!

¡No me habrás impunemente ultrajado dos veces!

¿Hablaré aún, para irritarte más todavía?

Todo cuanto quieras, porque será en vano.

Digo que te has unido de la manera más vergonzosa, sin saberlo, á los que te son más caros y que no ves en medio de qué males estás.

¿Piensas hablar siempre impunemente?

Sí, por cierto. Si hay alguna fuerza en la verdad.

La hay, sin duda, pero no por ti. ¡No la hay ninguna por ti, ciego de las orejas, del espíritu y de los ojos!

¡Qué desgraciado eres! ¡Me ultrajas con las mismas palabras con que cada uno de éstos te ultrajará bien pronto!

Perdido en una noche eterna, no puedes herir ni á mí ni á ninguno de los que ven la luz.

Tu destino no es sucumbir por mí. Apolo bastará para ello. A él es á quien incumbe ese cuidado.

¿Esto ha sido inventado por ti ó por Creón?

Creón no es causa de tu mal. Tú solo eres tu propio enemigo.

¡Oh riqueza, oh poderío, oh gloria de una vida ilustre por la ciencia y por tantos trabajos, cuánta envidia excitáis, puesto que, por ese mismo poderío que la ciudad ha puesto en mis manos sin que yo lo haya demandado, Creón, ese amigo fiel desde el principio, urde secretamente ardides contra mí y se esfuerza para derribarme, habiendo seducido á este embustero, á este artesano de fraudes, á este impostor que no ve mas que el lucro, y no es ciego sino en su ciencia! Vamos, dime, ¿dónde te has mostrado un seguro adivinador? ¿Por qué, cuando estaba allí la Perra de palabras oscuras, no encontraste algún medio de salvar á los ciudadanos? ¿Tocaba al primer hombre venido explicar el enigma, más bien que á los adivinadores? Nada hiciste ni por los augurios de las aves ni por una revelación de los Dioses. Y yo, Edipo, que llegaba sin saber nada, hice callar á la Esfinge por la fuerza de mi espíritu y sin la ayuda de las aves augurales. ¡Y es éste el hombre que tú intentas derribar, esperando sentarte al lado de Creón sobre el mismo trono! Pero pienso que tendréis desgracia tú y el que ha urdido el designio de arrojarme de la ciudad como una mancha. Si no creyese que la vejez te ha vuelto insensato, bien pronto sabrías lo que cuestan tales designios.

Por lo que juzgamos de ellas, sus palabras y las tuyas, Edipo, nos parecen llenas de una ardiente cólera. Es preciso no ocuparse de ello, sino averiguar cómo cumpliremos mejor el oráculo del dios.

Si tú posees el poderío regio, me pertenece, sin embargo, responderte como igual. Tengo este derecho, en efecto. No te estoy en modo alguno sometido, sino á Lojias; y no seré jamás inscrito como cliente de Creón. Puesto que me has reprochado estar ciego, te digo que no ves con tus ojos en medio de qué males estás sumido, ni con quién vives, ni en qué moradas. ¿Conoces á aquellos de quienes naciste? No sabes que eres el enemigo de los tuyos, de los que están bajo la tierra y de los que están sobre la tierra. Las horribles execraciones maternas y paternas, cayendo á la vez sobre ti, te arrojarán un día de esta ciudad. Ahora ves, pero entonces estarás ciego. ¿Dónde no gemirás? ¿Qué paraje del Citerón no resonará con tus lamentaciones, cuando conozcas tus nupcias consumadas y á qué puerto fatal has sido lanzado después de una navegación feliz? No ves las miserias sin cuento que te harán el igual de ti mismo y de tus hijos. Ahora, cólmanos de ultrajes á Creón y á mí, porque ninguno de los mortales sucumbirá mas que tú bajo más crueles miserias.

¿Quién podría aguantar tales palabras? ¡Vete, abominable! ¡date prisa! ¡sal de estas moradas, y no vuelvas!

Ciertamente, no hubiera venido si no me hubieses llamado.

No sabía que ibas á hablar como un insensato; porque, de saberlo, no te hubiese instado á venir á mi morada.

Te parezco insensato, pero los que te engendraron me tenían por sabio.

¿Quiénes son ellos? ¡Alto ahí! ¿Cuál de los mortales me engendró?

El mismo día te hará nacer y te hará morir.

Todas tus palabras son oscuras é incomprensibles.

¿No sobresales en comprender tales oscuridades?

Me reprochas lo que me hará grande.

Eso mismo es lo que te ha perdido.

He libertado á esta ciudad y no me pesa de ello.

Me voy, pues. Tú, joven, guíame.

¡Ciertamente, que te guíe, porque estando presente me turbas y me molestas! Lejos de aquí, no me darás pesadumbre.

Me iré, pero diré primero por qué he venido aquí sin miedo á tu semblante, porque serás siempre impotente para perderme. Ese hombre que buscas, el amenazado por tus decretos á causa de la muerte de Layo, está aquí. Se le llama extranjero, pero bien pronto será reconocido como un tebano indígena, y no se regocijará por ello. De vidente se volverá ciego, de rico, pobre, y partirá para una tierra extranjera. Será á la faz de todos el hermano de su propio hijo, el hijo y el esposo de aquella de quien nació, el que compartirá el lecho paterno y habrá matado á su padre. Entra en tu morada, piensa en estas cosas, si me coges en mentira, di entonces que soy un mal adivinador.


Estrofa 1

¿Quién es el que la roca fatídica de Pito declara haber cometido con sus manos ensangrentadas el más abominable de los crímenes? Es tiempo de que emprenda la huída, más veloz que los caballos rápidos como el viento, porque el hijo de Zeus, armado del fuego y los relámpagos, va á precipitarse sobre él, seguido por los rayos terribles é inevitables.

Antistrofa I

En efecto, he aquí que una ilustre Voz, partiendo del nevado Parneso, ordena buscar á ese hombre que se oculta. Va errante por los bosques salvajes, bajo los antros, entre las rocas, como un toro, y vagabundea, desgraciado y con pie miserable, solitario, á fin de escapar al oráculo salido del Ombligo de la tierra. Pero el Oráculo siempre indestructible vuela á su alrededor.

Estrofa II

Me turba horriblemente el adivino augural, y no puedo ni afirmar ni negar lo que dice. Vacilo, no sabiendo cómo hablar, y me quedo en suspenso, y no veo nada de cierto ni en el presente ni en el pasado. Jamás he oído decir que haya habido disensión alguna entre los Labdácidas y el hijo de Polibo, y nunca he dudado del excelente renombre de Edipo entre todos los hombres, y que pueda haber un vengador del asesinato misterioso del Labdácida.

Antistrofa II

Si Zeus y Apolo son sabios y conocen las acciones de los hombres, no estoy cierto de que este adivino, entre todos, sepa más que yo. Ciertamente, un hombre puede saber más que otro hombre; pero, antes de que sus palabras sean confirmadas por los hechos, no seré yo de los que condenan á Edipo. En otro tiempo, cuando apareció la Virgen alada, manifestó su sabiduría y su benevolencia para la ciudad, y por eso es por lo que, nunca, de mi propio juicio, le tendré por culpable.

Hombres de esta ciudad, sabiendo que el rey Edipo me dirige las más odiosas acusaciones, vengo, penetrado de un dolor intolerable. Si, en la calamidad presente, piensa que, por mis palabras ó mis acciones, le he causado algún mal, acusado de un crimen semejante, no tengo deseo de una vida más larga. No sería poco, en efecto, semejante injuria; pero sería para mí una grandísima desgracia ser rechazado por la ciudad, por vosotros y por mis amigos.

Pienso que su cólera ha expresado ese ultraje, más bien que la reflexión de su espíritu.

¿Cómo se ha probado que el adivino ha mentido por mis consejos?

Lo ha dicho, en efecto, pero no sé sobre qué prueba.

¿Sus ojos estaban tranquilos, su espíritu estaba sosegado cuando me ha acusado de ese crimen?

No sé, no mirando lo que hacen los príncipes. Pero ve ahí á él mismo que sale de las moradas.

¡Hola! ¡tú! ¿qué haces aquí? ¡Tu audacia y tu impudencia son tan grandes, que te atreves á acercarte á mis moradas, tú que me matas abiertamente, tú, el ladrón probado de mi poderío! ¡Vamos, habla! ¡Te conjuro por los Dioses! ¿Has visto en mí cobardía ó demencia, para haber emprendido esto? ¿Has esperado que no descubriría tu designio urdido con astucia, ó que, habiéndolo descubierto, no me vengaría? ¿No son insensatos tus esfuerzos de querer apoderarte, sin la ayuda del pueblo y sin amigos, del poderío real, que no puede obtenerse sino por las riquezas y por el favor del pueblo?

¿Cómo hacer? ¿Lo sabes? Es preciso que responda á tus palabras. Cuando sepas, juzgarás.

Eres un hábil hablador, pero yo soy un mal escuchador, porque sé que eres ingenioso y malévolo para mí.

Sobre esto, escucha primero lo que tengo que decirte.

¡Anda! No me digas que no eres un malvado.

Si piensas que una obstinación insensata es buena, te engañas.

Y tú, si piensas que has de ultrajar á un pariente sin ser castigado, te engañas también.

Lo que dices es justo, lo reconozco; pero dime qué ultraje te he hecho.

¿Me has inducido, ó no, á enviar un mensajero á ese venerable adivino?

Tal es todavía mi pensamiento.

¿Cuánto tiempo hace que Layo...

¿Qué ha hecho? No comprendo.

fué arrebatado por un golpe mortal?

Hace de eso una larga serie de años.

¿Ejercía entonces su ciencia ese adivino?

Era entonces igualmente sabio y respetado.

¿Me nombró en aquel tiempo?

Jamás, al menos estando yo presente.

¿Y vosotros no hicisteis pesquisas respecto al muerto?

Las hicimos, sin duda. No averiguamos nada.

¿Y por qué ese sabio adivino no decía entonces las mis—mas cosas?

No sé. Tengo la costumbre de callarme acerca de lo que ignoro.

Hay al menos una cosa que sabes y que dirás, si eres prudente.

¿Cuál? Si la sé, no he de negarla.

Si el adivino no se hubiera concertado contigo, no me acusaría de haber matado á Layo.

Si ha dicho eso, tú lo sabes. Pero quiero interrogarte lo mismo que tú me interrogas.

Interroga. Jamás probarás que soy yo el matador de Layo.

Di: ¿no tienes á mi hermana por mujer?

No puedo negar lo que preguntas.

¿Y tú imperas con ella, teniendo una parte igual de poder?

Le concedo todo lo que quiere.

¿No soy yo, el tercero, igual á vosotros dos?

Por eso es por lo que te muestras mal amigo.

No dirás eso, si quieres, como yo, pensar cuerdamente. Medita en esto lo primero: ¿crees que se puede querer mejor reinar en medio de terrores que dormir tranquilo poseyendo el mismo poder? En cuanto á mí, ciertamente, quiero mejor hacer lo que hacen los reyes que ser rey, y todo hombre prudente piensa así. En efecto, ahora obtengo todo de ti sin temor, y, si fuese yo mismo rey, haría un gran número de cosas contra mi voluntad. ¿Cómo, pues, sería para mí más dulce reinar que ser poderoso y estar tranquilo? No soy insensato hasta el punto de desear otra cosa que los bienes que me aprovechan. Ahora todos me honran, cada cual me abraza. Los que desean algo de ti me adulan, porque la realización de sus votos está en mi mano. ¿Por qué, te pregunto, iba yo á perder estas ventajas por reinar? Un espíritu perverso abrigaría designios insensatos. Yo no tengo en modo alguno los deseos que me atribuyes y jamás trataría de satisfacerlos con ayuda de otro. He aquí la prueba de ello. Ve á preguntar á Pito si he referido fielmente el oráculo. Entonces, si me convences de haberme concertado con el adivino, mátame, no por un solo sufragio, sino por dos, el mío y el tuyo, Pero no me acuses sin prueba, porque no es justo decidir temerariamente que los buenos son malos y que los malos son buenos. Quien rechaza á un amigo fiel obra peor, te digo, que el que rechaza su propia vida, que es el bien que más se ama. Con el tiempo te convencerás de todo esto, porque sólo el tiempo muestra cuál es el hombre irreprochable, mientras que en un solo día reconocerás á un perverso.

Confesarás que ha hablado bien, ¡oh Rey! si tienes miedo de engañarte, porque los que juzgan con precipitación no están seguros de nada.

Aquí donde alguien está pronto á tenderme lazos, importa que yo esté pronto á decidirme. Si permanezco tranquilo, llevará á cabo sus designios, y los míos serán vanos.

¿Qué quieres, pues? ¿Arrojarme de la ciudad?

No. Quiero que mueras, no que seas desterrado.

Sea, pero después que hayas probado en qué te tengo envidia.

¿Resistirás, desobedeciéndome?

Veo que eres un insensato.

Soy prudente en lo que me concierne. TOMO I

Debes ser prudente también en lo que á mí toca. Eres un malvado.


¡Cómo! ¿y si pensases mal?

No debes menos obedecer.

Pero no á un mal dueño. ¡Oh ciudad! ¡oh ciudad!


Y yo también soy de esta ciudad. No es ella para ti solo...

Cesad, ¡oh Reyes! Veo, en efecto, á Yocasta que sale oportunamente de las moradas. Conviene que ella apacigüe esta querella.

¡Oh desgraciados! ¿Por qué trabáis esta pelea insensata de palabras? ¿No os sonrojáis, estando tan castigada esta tierra, de promover disensiones privadas? Tú, entra en lamorada; y tú, Creón, vete á la tuya. Temed hacer una gran querella de lo que no es nada.

Hermana, Edipo, tu marido, se dispone á tratarme con gran crueldad, dándome á elegir entre dos males, ó que me arroje de la ciudad ó que me mate.

Lo confieso, mujer, porque le he sorprendido urdiendo contra mí un plan lleno de pérfidos ardides.

¡Que no tenga yo alegría alguna, que muera consagrado á las execraciones, si he hecho eso de que me acusas!

¡Por los Dioses! Edipo, cree lo que jura y atestigua en nombre de los Dioses, por respeto para mí y para los que aquí están.


Estrofa 1

Consiente, y concede esto en tu prudencia, ¡oh Rey! yo te lo suplico.

¿En qué quieres que ceda?

Respeta al que antes no dejaba de tener razón, y que ahora está protegido por la santidad del juramento.

¿Pero sabes lo que pides? Lo sé.


Dime, pues, todo tu pensamiento.

No castigues, por un indicio dudoso, como culpable de un crimen no bien aclarado, á un amigo que se ha ligado con un juramento.

Pero has de saber que lo que pides no es nada menos para mí que la muerte ó el destierro.


Estrofa II

¡No, ciertamente! ¡Pongo por testigo al dios Helios, el primero de todos los Dioses! ¡Detestado de los Dioses y los hombres, que muera yo por los peores suplicios, si he pensado eso! Pero la desgracia de mi patria desgarra tanto más mi corazón cuanto que nuevos males se añaden por vosotros á los que ya nos abruman.

¡Que se vaya, pues, incluso si es preciso que yo perezca ó que, menospreciado de todos, me vea arrojado violentamente de esta ciudad! Tus palabras, no las suyas, me han movido á piedad. Pero en cuanto á él, me será odioso, dondequiera que esté.

Eres inexorable, hasta cediendo. Esto será duro para ti cuando tu cólera se haya extinguido. Semejantes naturalezas se ven castigadas por sí mismas.

¡Déjame, pues, y vete!

Me voy, no conocido por ti; pero soy siempre para éstos lo que era antes.


Antistrofa I

Mujer, ¿por qué tardas en llevarte á Edipo á la morada?

He de saber antes qué querella era esta. TEMAN

Nació de palabras oscuras. Una falsa acusación irrita el espíritu. ¿Se acusaban los dos? Sin duda..

¿Y cuáles eran sus palabras?

Bastante, bastante es esto para mí. En medio de las calamidades de esta ciudad, me detengo donde se ha detenido la querella.

¡Mira adónde llegas! Aunque seas un hombre prudente, desfalleces y quebrantas mi corazón.


Antistrofa II

¡Oh Rey! Lo he dicho y vuelvo á decirlo: sabe que estaría yo falto de razón y sería inhábil para pensar bien, si me separase de ti, que has dirigido por el buen camino á mi querida patria, impotente para luchar contra las olas del destino adverso. De nuevo ahora, si puedes, dirígela felizmente.

¡Por los dioses! Dime, ¡oh Rey! la causa de tu violenta cólera.

Hablaré, más bien por que por ellos. Es que Creón ha urdido planes malvados contra mí.

Habla, si puedes probar, explicando la querella, que has acusado á Creón justamente. FDIPO Dice que soy yo el matador de Layo.

¿Lo sabe por sí mismo, ó lo ha oído decir á otro?

Ha suscitado un miserable adivino, porque, en lo que á él se refiere, no ha soltado la lengua.

Deja todo eso y lo que se ha dicho. Escucha mis palabras y sabe que la ciencia de la adivinación no puede prever nada de las cosas humanas. Yo te lo probaré brevemente. En otro tiempo, fué revelado á Layo un oráculo, no por Febo mismo, sino por sus servidores, el cual decía que su destino era ser muerto por un hijo que habría nacido de él y de mí. Sin embargo, unos ladrones extranjeros le mataron en la encrucijada de tres caminos. Habiendo nacido el niño, apenas hubo vivido tres días, encargó manos extrañas exponerle con los pies atados, en una montaña desierta. De esta manera Apolo no hizo que el hijo fuese el matador del padre, ni que Layo sufriese de su hijo lo que de él temía. He aquí cómo se realizaron las predicciones fatídicas. No tengas ningún cuidado. En efecto, lo que un dios quiere averiguar, él mismo lo descubrirá fácilmente.

¡Oh mujer, cuánto, escuchando esto, siento el alma agitada y el corazón herido!

¿Qué nueva inquietud te turba?

Me parece que te he oído decir que Layo había sido muerto en la encrucijada de tres caminos.

Ciertamente, se dijo, y ese rumor no ha sido desmentido.

¿Y en qué lugar ocurrió esto?

En la comarca que se llama Fócida, allí donde los caminos que vienen de Pito y de Daulis forman uno solo.

¿Hace mucho tiempo de eso?

Esto se supo en la ciudad un poco antes de que tú llegases á ser rey de esta tierra.

¡Oh Zeus! ¿qué quisiste que hiciera?

Edipo, ¿de dónde proviene ese terror?

No me preguntes nada todavía. Pero, dime, ¿qué aspecto era el de Layo? ¿Cuál era entonces su edad?

Era de elevada estatura, y su cabeza empezaba á blanquear, y su rostro se parecía al tuyo.

¡Desgraciado de mí! ¡Parece que, sin saberlo, me he lanzado á mí mismo horribles imprecaciones!

¿Qué dices? ¡yo te conjuro! Ciertamente, tiemblo al mirarte, ¡oh Rey!

Temo demasiado la clarividencia de ese adivino. Me darás más luz si me dices todavía una sola cosa.

Estoy espantada. Sin embargo, te diré, si la sé, la cosa que me preguntas.

¿Caminaba con corto número de acompañantes, ó llevaba numerosos satélites, con arreglo á la costumbre de una persona real?

Eran cinco, y, entre ellos, un heraldo. Un solo carro llevaba á Layo.

¡Ay, ay! Esto ya está claro. Pero ¿quién refirió estas cosas, oh mujer?

Uno de los servidores, el único que volvió sano y salvo.

¿Está ahora en la morada?

No, porque en cuanto estuvo de vuelta y te vió en posesión del poder real, y á Layo muerto, me suplicó ardientemente, cogiéndome la mano, que le enviase al campo á apacentar los rebaños, á fin de permanecer muy alejado de esta ciudad. Y yo le dejé marchar, porque era digno de recompensa, aunque esclavo.

¿Es posible hacerle volver con toda prontitud á nuestro lado?

Es muy fácil. Pero ¿por qué lo deseas?

Temo, ¡oh mujer! que se me hayan dicho ya demasiadas cosas. Por eso querría ver á ese hombre.

Vendrá, ciertamente. Pero, en el intervalo, creo ser digna de saber, ¡oh Rey! lo que entristece tu corazón.

No te rehusaré esto, cuando no me queda mas que esta esperanza. ¿A quién, en efecto, mejor que á ti, confiarmeen tal incertidumbre? Mi padre era Polibo el corintio y mi madre Merope de Dórida; y yo era tenido por el primero entre los hombres de Corinto, cuando me sucedió una avenRDIPO, REYtura, digna de admirar indudablemente, pero no tal, no obstante, que yo hubiese debido inquietarme tanto. Durante la comida, un hombre más que tomado del vino me llamó hijo supuesto. Devorando la injuria con dolor, me contuve á duras penas durante aquel día; pero, á la mañana siguiente, acudí á mi padre y á mi madre y les pregunté lo que había de aquéllo, y ellos se indignaron mucho contra el que había hablado de aquella suerte, y yo estaba muy contento de sus palabras. Sin embargo, aquel ultraje me seguía quemando, porque había penetrado en mi espíritu. Partí, pues, para Pito, á escondidas de mi padre y de mi madre. Febo me despidió sin ninguna respuesta á las cuestiones por cuya causa había ido; pero me predijo claramente otras cosasterribles y lamentables: que me uniría á mi madre, que sacaría á la luz una raza odiosa á los hombres y que mataría al padre que me había engendrado. Habiendo oído esto, dejé la tierra de Corinto, guiándome por los astros, á fin de huir y ocultarme donde no viese' jamás realizarse aquellos oráculos lamentables y vergonzosos. Haciendo mi camino, llegué al lugar donde dices que el rey pereció. Pues te diré la verdad, mujer. Cuando andaba no lejos de la triple vía, un heraldo y un hombre tal como tú has dicho, conducido sobre un carro con caballos enganchados, vinieron á mi encuentro. El conductor del carro y el mismo anciano quisieron apartarme violentamente del camino. Entonces, lleno de cólera, herí al conductor que me repelía. Pero el anciano, viéndome pasar al lado del carro, aprovechó el momento y me dió en medio de la cabeza con su doble látigo. El no sufrió un mal idéntico, porque, alcanzado al punto por el bastón que tenía yo en la mano, cayó de espaldas desde lo alto de su carro; y yo maté también á todos los demás. Si aquel hombre desconocido tenía alguna cosa de común con Layo, ¿quién, más que yo, puede parecer horrendo á los Dioses? ¡Nadie, extranjero ó ciudadano, me recibirá, ni me hablará; y todos me arrojarán de su morada; y nadie más que yo mismo me abrumará con mis propias imprecaciones! ¡Y mis manos, á las cuales él pereció, mancillan el lecho del muerto! ¿No soy un malvado impuro, puesto que es preciso que me destierre y huya, sin volver á ver á los míos y sin poner de nuevo el pie en la tierra de la patria? Si no, he de casarme con mi madre y matar á mi padre. ¿No pensaría sabiamente el que dijera que este destino me ha sido dispuesto por un Genio inexorable? ¡Oh santidad del Dios! ¡Que yo no vea ese día! ¡Que desaparezca de en medio de los mortales antes de ser manchado con semejante horror!

Estas cosas, ¡oh Rey! nos aterrorizan; pero hasta que lo sepas todo por el que estaba presente, no desesperes.

Ciertamente, el estar aguardando á ese boyero es la única esperanza que me queda.

¿Por qué te tranquilizarás cuando esté aquí?

Yo te lo diré. Si dice lo mismo que tú, entonces me consideraré garantido contra todo mal.

¿Qué palabras tan importantes has oído de mí?

Decías saber por él que Layo había sido muerto por unos ladrones. Si, ahora de nuevo, habla de su número, yo no le maté; porque uno solo no puede ser tomado por varios. Pero si dice que no había mas que un hombre, entonces quedará manifiesto que yo cometí el crimen.

Sabe que él contó así la cosa, y no le es posible decir lo contrario. Toda la ciudad le oyó, y no yo sola. Aunque se apartase de su primer lenguaje, no certificaría, sin embargo, juzgando con arreglo al oráculo, que tú cometiste aquella muerte, puesto que Lojias declaró que Layo debía ser muerto á manos de mi hijo. Ahora bien; el desdichado niño no le mató, puesto que él había muerto antes. Por eso es por lo que ninguna adivinación me hará retroceder.

Tu pensamiento es prudente. Sin embargo, envía alguien que traiga á ese esclavo. No dejes de hacerlo.

Muy pronto enviaré. Pero entremos en la morada, porque nada haré que no te plazca. RDIPO, REY


Estrofa 1

¡Pueda serme dispuesto el destino de guardar la santa honestidad de las palabras y de los actos, con arreglo á las leyes sublimes nacidas en el Eter uranio, de las cuales el Olimpo es el solo padre, que la raza mortal de los hombres no ha engendrado y que jamás el olvido adormecerá! Un gran Dios reside en ellas y la vejez no las marchitará.

Antistrofa I

La insolencia engendra al tirano; la insolencia, habiéndose saciado en su locura de numerosas acciones insensatas y malvadas, llegada á la cima más alta, es precipitada al fondo de su destino, de donde en vano intenta salir. Puesto que la salvación futura de la ciudad está en este combate, pido al dios que no permita que quede inacabado. Jamás dejaré de tomar al Dios por protector.

Estrofa II

¡Si algún hombre se manifiesta insolentemente por sus palabras ó sus acciones, si no venera la justicia, ni las moradas de los Genios, que un adverso destino se apodere de él por causa de sus inicuas delicias, si no se preocupa de las ganancias honradas, si no se abstiene de los actos impíos, si, en su demencia, pone las manos en lo que no debe tocarse! ¿Qué hombre, entonces, se podrá glorificar de repeler de su corazón los tiros de la cólera? Porque, si esas acciones impías se ven honradas, ¿de qué me sirve mezclarme á los coros sagrados?

Antistrofa 11

No iré á venerar el Ombligo sagrado de la tierra, ni el templo abaisiano ni el de Olimpia, si esos oráculos no aparecen manifiestos á todos los hombres. Pero ¡oh tú que imperas, Zeus, si eres el verdadero dueño de todas las cosas, que nada se oculte á tu inmortal poder! ¡Ya los oráculos que conciernen á Layo son desdeñados; Apolo no resplandecerá de honores y las Cosas divinas desaparecen!

Reyes de esta tierra, me ha venido al pensamiento ir á los templos de los Dioses, llevando en las manos estas bandeletas y este incienso, porque Edipo tiene el alma turbada por numerosas inquietudes, y no juzga, como un hombre prudente, los recientes oráculos según los oráculos pasados, sino que cree al que le anuncia terrores. Puesto que yo no le tranquilizo en nada, vengo á ti suplicante, con estas ofrendas, ¡oh Apolo Licio, que eres el más próximo á nuestras moradas! á fin de que pongas á esto un término feliz, porque estamos todos llenos de confusión viendo así aterrorizado al que tiene la caña del timón de la nave.

Sepa de vosotros, ¡oh extranjeros! dónde está la morada del rey Edipo. Decidme dónde está él mismo, si lo sabéis.

Estas moradas son las suyas, y en ellas se encuentra, ¡oh extranjero! Esta mujer es la madre de sus hijos.

¡Que la venerable esposa de Edipo se vea feliz y rodeada de felices!

Seas feliz igualmente, ¡oh extranjero! Lo mereces á causa de tus buenas palabras. Pero di á qué has venido y qué noticias traes.

Cosas favorables para tu morada y para tu esposo, mujer.

¿Cuáles son? ¿Quién te ha enviado á nosotros?

Vengo de Corinto. Espero que lo que te voy á decir te será agradable. ¿Por qué no? Sin embargo, quizá te entristezca.

¿Qué noticia es esa? ¿Cómo tendrá ese doble resultado?

Se dice que los habitantes del Istmo van á hacer rey á Edipo.

¿Es cierto? ¿Ya no reina el anciano Polibo?

No, en verdad, pues la muerte le ha encerrado en la tumba.

¿Qué dices, anciano? ¿Ha muerto Polibo?

¡Muera yo si no digo verdad!

Mujer, apresúrate á entrar y anunciar esto con gran prontitud á tu amo. ¡Oh oráculos de los Dioses! ¿dónde estáis? ¡Edipo, temiendo matar á este hombre, había huído en otro tiempo de su patria; y he aquí que él ha sufrido su destino, pero no por Edipo!

¡Oh muy querida cabeza de Yocasta! ¿por qué me has llamado de la morada?

Oye á este hombre, y, cuando le hayas oído, mira en qué han venido á parar los verdaderos oráculos del Dios.

¿Quién es y qué me anuncia?

Llega de Corinto para anunciarte que tu padre Polibo ya no vive, sino que ha muerto.

IRELA ¿Qué dices, extranjero? Explica tú mismo lo que hay.

Si es preciso ante todo que hable claramente, ten por cierto que Polibo ha dejado la vida.

¿Por un asesinato ó por enfermedad?

Un solo momento basta para sumir en la muerte á los cuerpos envejecidos.

¿Ha muerto, pues, de enfermedad el desgraciado?

Ciertamente, y después de haber vivido largo tiempo.

¡Ah! ¡ah! Mujer, ¿por qué inquietarse todavía con los altares fatídicos de Pito, ó con las aves que chillan en el aire, y según los cuales yo había de matar á mi padre? ¡Ved, pues, que está muerto y encerrado bajo tierra, y yo, que estoy aquí, no le he herido con la espada! Como no sea que haya muerto de echarme de menos, porque, en ese caso, aún se podría decir que yo le he matado. ¡Polibo, pues, se ha sumido en el Hades, llevándose consigo todos esos vanos oráculos!

¿No te he dicho eso hace mucho tiempo?

Lo has dicho, sin duda, pero yo estaba turbado por el temor.

No dejes entrar en tu espíritu nada de todo eso.

¿Debo también no temer más al lecho nupcial de mi madre?

¿Qué puede temer el hombre, cuando el destino conduce todas las cosas humanas y toda previsión es incierta? Lo mejor es vivir al azar, si se puede. No temas que te unas á tu madre, porque, en sus sueños, muchos hombres han soñado que se unían á su madre; pero el que sabe que esos sueños no significan nada, lleva una vida tranquila.

Tus palabras serían prudentes si mi madre ya no viviese; pero, puesto que sobrevive, aunque hables con prudencia, nada puede hacer que yo no tema.

La manera como ha muerto tu padre es un gran consuelo.

Grande, ya lo sé; pero mi madre vive, y por eso es por lo que temo.

¿Cuál es esa mujer que os inquieta?

Merope, ¡oh anciano! que estaba casada con Polibo.

¿Qué hay en ella que os espante?

Un oráculo divino y terrible, ¡oh extranjero!

¿Puede decirse? ¿Está prohibido que otro lo conozca?

Helo aquí. Lojias dijo, en tiempos, que yo yacería con mi madre y que vertería con mis manos la sangre paterna. Por eso es por lo que he vivido largo tiempo lejos de Corinto, y, en verdad, felizmente, por más que sea muy dulce, sin embargo, ver á sus padres.

¿Es por consecuencia de ese temor por lo que te has desterrado?

No quería llegar á ser el matador de mi padre, anciano.

¿Por qué, pues, ¡oh Rey! no te he de librar de ese temor, puesto que he venido á ti con un espíritu benévolo?

Ciertamente, yo te daré una recompensa merecida.

Yo he venido, sobre todo, á fin de que, de regreso en tu morada, obtuviese de ti esa recompensa.

¡Jamás habitaré con mis padres!

¡Oh hijo! Está claro que no sabes lo que haces...

¿Cómo, oh anciano? ¡Por los Dioses! Instrúyeme.

si huyes de tu morada por causa de tus padres.

Temo que Febo haya sido verídico en lo que me concierne.

¿Recelas alguna mancilla por causa de tus padres?

Eso mismo, anciano, es lo que me asusta siempre.

¿No sabes que no tienes razón alguna para temer?

¿Por qué, pues, si he nacido de ellos?

Porque Polibo no estaba unido á ti por la sangre.

¿Qué dices? ¿No me ha engendrado Polibo?

Tanto como yo mismo, y no más.

¿Cómo el que me engendró sería como el que nada me toca?

Ni él ni yo te hemos engendrado.

¿Por qué, pues, me llamaba su hijo?

A fin de que lo sepas, era que te había recibido en otro tiempo de mis manos.

¿Y amó tan vivamente al que había recibido de una mano extraña?

Te amó porque desde hacía mucho tiempo carecía de hijos.

¿Y me diste á él, habiéndome comprado, ó encontrado por algún azar?

Encontrado en las gargantas selváticas del Citerón.

¿Por qué estabas tú en aquel lugar?

Guardaba allí los rebaños de la montaña. TOMO I SÓFOCLES

¿Eras, pues, un pastor mercenario, y llevabas una vida vagabunda?

En aquel tiempo, ¡oh hijo! yo fuí tu salvador.

¿Qué mal era el mío, en aquella calamidad, cuando tú me socorriste?

Las articulaciones de tus pies pueden decirlo.

¡Oh Dioses! ¿por qué recordar esta antigua desdicha?

Yo desaté tus pies, que estaban ligados.

Ciertamente, tengo esas señales desde la infancia, y nadahay en ellas de que me glorifique.

Por eso es por lo que se te dió el nombre que tienes.

¡Oh! ¡Por los Dioses! Dime si esto fué por orden de mi padre ó de mi madre.

No sé. El que te entregó á mí lo sabría mejor.

¿Me recibiste, pues, de otro? ¿No me encontraste tú mismo?

No. Otro pastor te entregó á mí.

¿Quién es él? ¿Puedes tú nombrármelo?

Se decía servidor de Layo.

¿Del que, en otro tiempo, era rey de esta tierra?

Precisamente. Era pastor de aquel rey.

¿Vive todavía? ¿Puedo verle?

Vosotros que habitáis esta tierra lo sabréis mejor que yo.

¿Hay alguno entre vosotros, los que estáis aquí, que conozca á ese pastor de que habla, sea que le haya visto en los campos, ó en la ciudad? Responded, porque ha llegado el tiempo de esclarecer esto.

Me parece que no es otro que ese campesino que tú deseas ver; pero Yocasta te lo dirá mejor que nadie.

Mon Mujer, ¿crees que el hombre á quien hemos mandado venir sea el mismo que aquel de que éste habla?

¿De quién ha hablado? No te inquietes; no te acuerdes más de sus palabras vanas.

No puede ser que con ayuda de tales indicios no haga yo manifiesto mi origen.

¡Por los Dioses! Si tienes algún cuidado por tu vida, no investigues eso. Bastante afligida estoy.

Ten valor. Aunque yo fuese esclavo desde hace tres generaciones, no quedarías rebajada en nada.

Sin embargo, escúchame, ¡te lo suplico! no hagas eso.

No consentiré en cesar en mis averiguaciones.

Es con un espíritu benévolo como yo te aconsejo para el mayor bien.

Esos consejos excelentes me desagradan desde hace mucho tiempo.

¡Oh desgraciado! ¡Plegue á los Dioses que no sepas jamás quién eres!

¿Es que ninguno me va á traer prontamente á ese pastor? Dejadla envanecerse con su excelso origen.

¡Ay! ¡ay! ¡Desgraciado! ¡Ese es el único nombre que puedo darte, y no oirás nada de mí en lo sucesivo!

Edipo, ¿por qué se va presa de un áspero dolor? Temo que de ese silencio salgan grandes males.

¡Que salga lo que quiera! En cuanto á mí, quiero conocer mi origen, por oscuro que sea. Orgullosa de espíritu, como mujer, tiene vergüenza quizá de mi nacimiento común. Yo, hijo afortunado del destino, no seré por ello deshonrado. El buen destino es mi madre, y el desarrollo de los meses me ha hecho grande de pequeño que era. Teniendo un tal comienzo, ¿qué me importa lo demás? ¿Y por qué no he de averiguar cuál es mi origen?


Estrofa

¡Si soy adivino, y si preveo bien con arreglo á mi deseo, ¡oh Citerón! pongo al Olimpo por testigo, antes del fin de otra luna llena te veneraremos como el criador y el padre de Edipo y como su conciudadano, y te celebraremos con coros, porque habrás traído la prosperidad á nuestros reyes! ¡Febo! ¡que apartes los males! ¡que estos deseos sean realizados!

Antistrofa

¡Oh joven! ¿qué hija de los Bienaventurados te ha concebido, habiéndose unido á Pan que vaga por las montañas, ó Lojias? Porque éste gusta de las cimas cubiertas de bosques. ¿Es el rey cileniense, ó el dios Baco, que habita en las altas montañas, quien te ha recibido de alguna de las ninfas heliconas con las cuales tiene costumbre de retozar?

Si me está permitido, anciano, presentir á un hombre con quien jamás he vivido, me parece ver á ese pastor que esperamos hace tanto tiempo. Su vejez recuerda la edad de este otro hombre, y reconozco por mis servidores á los que le traen; pero tú juzgarás con más seguridad que yo, tú que ya has visto á ese pastor.

Efectivamente, lo reconozco, estoy cierto; porque estaba con Layo, y le era más fiel que otro alguno como pastor.

Es el mismo que ves. ¡A ti en primer lugar, extranjero corintio! ¿Es ese el hombre que tú has dicho?

¡Hola! Tú, anciano, mírame á la cara y responde á lo que te pregunte. ¿Eras tú en otro tiempo servidor de Layo?

Era esclavo, no comprado, sino criado en la morada.

¿Cuál era tu trabajo y qué hacías de tu tiempo?

SCH He pasado la mayor parte de mi vida apacentando los rebaños.

¿Qué lugares frecuentabas más?

El Citerón y el país vecino.

¿Recuerdas haber conocido á este hombre?

¿Qué hacía? ¿De qué hombre me hablas?

De éste. ¿No le has encontrado alguna vez?

No lo bastante para que pueda decir que le recuerdo.

Eso no es sorprendente, señor; pero yo traeré á su memoria lo que se ha borrado de ella; porque sé que debe recordar que ambos anduvimos por el Citerón, yo no teniendo mas que un rebaño, y él teniendo dos, durante tres semestres, desde la primavera hasta el Arturo. Yo conducía, en el invierno, un rebaño hacia mis establos, y él los suyos á los de Layo. ¿Es verdad lo que digo ó no?

Es verdad lo que dices, pero hace mucho tiempo de eso.

¡Vamos, habla! ¿Recuerdas que me entregaste un niño para criarle como si fuese mío?

¿Qué es eso? ¿Por qué me interrogas así?

He aquí, ¡oh amigo! el que era niño entonces.

¡Vas á causar una desgracia! ¿Callarás?

¡Ah! ¡No reprendas á este hombre, anciano! Sólo tus palabras son de reprender, no las suyas.

¿En qué he faltado, ¡oh muy excelente señor!?

No diciendo nada del niño de que habla.

No sabe lo que dice y se inquieta en vano.

Lo que no dices de buen grado, lo dirás por fuerza.

Yo te conjuro por los Dioses, no hieras á un anciano.

¡Que uno de vosotros le ate prontamente las manos por la espalda!

¡Qué desgraciado soy! ¿Por qué? ¿Qué quieres saber?

¿Le entregaste aquel niño de que habla?

Sí se lo entregué. ¡Pluguiera á los Dioses que me hubiese muerto aquel día!

Eso te ha de ocurrir, si no dices la verdad.

Mucho más pronto moriré si hablo.

Este hombre, á lo que parece, está ganando tiempo.

No, por cierto. Digo que se lo entregué hace muchos años.

¿Cómo estaba en tu poder? ¿Era tuyo ó de otro?

No era mío; lo había recibido de otra persona.

¿De qué ciudadano de esta ciudad? ¿de qué morada?

¡Por los Dioses, señor, no preguntes más!

Si me haces preguntarte esto por segunda vez, eres muerto.

¡Está bien! Era un niño de la morada de Layo.

¿Era esclavo, ó de la raza misma de Layo?

¡Oh Dioses! Esto es para mí la cosa más horrible de decir.

Y para mí de oir. Pero debo oirlo. Sí, ¡oh Rey! ¿Con qué intención?

Se decía que era hijo de Layo. Pero tu mujer, que está en tu morada, te dirá mucho mejor cómo pasaron las cosas.

¿Fué ella misma quien te entregó el niño?


Para que yo le matase.

¡Ella! ¡quien le había parido! ¡Desgraciada! ¿A cuáles?

Por miedo á lamentables oráculos.


Le había predicho que mataría á sus padres.

¿Por qué, pues, le entregaste á este anciano?

¡Por piedad, oh señor! Creí que él llevaría el niño á un país extranjero; pero lo salvó, para mayores desdichas. Si eres tú el que él dice, sabe que eres un desgraciado.

¡Ay! ¡ay! Todo aparece claramente. ¡Oh luz, yo te veo por la última vez, yo que nací de aquellos de quienes no hacía falta nacer, que me he unido á quien no debía unirme, que he matado á quien no debía matar!


Estrofa 1

¡Oh generaciones de los mortales, yo os estimo en nada, por mucho tiempo que viváis! ¿Qué hombre no tiene por la mayor felicidad el parecer dichoso y no viene á menos después? Enfrente de tu Genio y de tu destino, ¡oh desgraciado Edipo! digo que no hay nada de venturoso para los mortales.

Antistrofa 1

Tú has empujado tu deseo más allá de todo y has poseído la más afortunada riqueza. ¡Oh Zeus! Habiendo domeñado á la Virgen de uñas encorvadas, la Profetisa, has sido el muro de la patria y has defendido á los ciudadanos contra la muerte, y has sido nombrado rey é investido de altísimos honores, y reinas en la grande Tebas.

Estrofa II

Y ahora, si hemos comprendido, ¿quién es más miserable que tú? ¿Quién ha sido precipitado, por los cambios de la vida, en un desastre más terrible? ¡Oh cabeza ilustre de Edipo, á quien un solo seno ha bastado como hijo y como marido, ¿cómo la que tu padre fecundó ha podido soportarte en silencio y por tanto tiempo?

Antistrofa II

El tiempo, que todo lo descubre, te ha revelado contra tu voluntad y condena esas nupcias abominables por las cuales eres á la vez padre é hijo. ¡Oh hijo de Layo, pluguiera á los Dioses que no te hubiera jamás visto, porque gimo violentamente y en alta voz por ti! Sin embargo, diré la verdad: por ti es por quien he respirado y por quien mis ojos se han adormecido.

¡Oh vosotros, los mayormente honrados de esta tierra, qué acciones vais á oir y ver, y qué gemidos lanzaréis, si,

, REYcomo conviene á los de la misma raza, tenéis todavía interés por la morada de los Labdácidas! Pienso, en efecto, que ni el Istro ni el Fasis podrían lavar las manchas inexpiables que oculta esta morada y las que van á salir ellas mismas á la luz. Pero los daños más lamentables son los que uno se hace á sí mismo.

Muy amargos son los que ya conocemos. ¿Qué nos anuncias además?

Para decirlo todo en muy pocas palabras y que lo sepáis: ¡la divina cabeza de Yocasta ha muerto!

¡Oh desventurada! ¿Cuál ha sido la causa de su muerte?

Ella misma. Lo que hay más lamentable en esto se os esconde, porque no habéis visto el caso. Sin embargo, en cuanto yo me acuerdo, conoceréis su destino miserable. Una vez que, consumida de furor, se hubo abalanzado al vestíbulo, fué derechamente á la cámara nupcial mesándose los cabellos con las dos manos. Luego que entró, cerró violentamente las puertas por dentro é invocó á Layo, muerto hacé tanto tiempo, y el recuerdo de su antigua unión, de la que había salido ese hijo que había de matar á su padre, y por el que, en nupcias abominables, su propia madre había de parir. Y lloró sobre aquel lecho donde, dos veces desgraciada, tuvo un marido de un marido, y de un hijo concibió hijos. De qué manera pereció después, no sé. En efecto, Edipo se precipitó con grandes gritos, y, por esto, no me fué posible ver el fin de Yocasta, mientras yo miraba á aquél, que corría de aquí para allá. E iba y venía pidiendo una espada, y buscando á su mujer, que no era su mujer, y que era su propia madre y la de sus hijos. Alguno de los Genios informó á su demencia, porque no fué ninguno de nosotros que estábamos allí. Entonces, con horribles gritos, como sí el camino le fuese mostrado, se lanzó contra las dobles puertas, arrancando las hojas de los profundos goznes, y se precipitó en la cámara, donde vimos á la mujer pendiente de la cuerda que la estrangulaba. Y, al verla así, el mísero se estremeció de horror y desató la cuerda. Y habiendo caído al suelo la desgraciada, tuvo lugar una cosa horrible. Después de arrancar los broches de oro de los vestidos de Yocasta, se sacó con ellos los abiertos ojos, diciendo que éstos no verían los males que había sufrido y las desdichas que había causado; que, sumidos en adelante en las tinieblas, no verían á los que él no debía ver, y no reconocerían á los que él deseaba contemplar. Y, haciendo estas imprecaciones, seguía hiriendo una y otra vez sus ojos, levantados los párpados; y sus pupilas ensangrentadas corrían por sus mejillas, y no sólo se escapaban de aquéllas algunas gotas de sangre, sino que brotaba como una lluvia negra, como un granizo de sangre. La antigua Felicidad era así llamada con su verdadero nombre; pero, á partir de este día, nada falta de todos los males que tienen un nombre, los gemidos, el desastre, la muerte, el oprobio.

Y ahora, ¿qué hace el desgraciado en la tregua de su mal?

Grita que se abran las puertas y que se muestre á todos los cadmeos al matador de su padre, y cuya madre... Palabras impías que no puedo repetir. Quiere ser arrojado de esta tierra; se niega á permanecer más tiempo en esta morada, manchada con las imprecaciones de que él se ha cubierto. Pero carece de un apoyo y de un conductor, porque la violencia de su dolor es muy grande, y no puede soportarla. Esto se te hará manifiesto bien pronto, porque se abren las hojas de las puertas y vas á asistir á un espectáculo tal, que excitaría la piedad hasta de un enemigo.

¡Oh miseria para los hombres espantosa! ¡Oh la más horrible de todas las que he visto jamás! ¿Qué demencia se ha apoderado de ti, oh desgraciado? ¿Qué Genio, con semejantes males, ha hecho peor el destino funesto que la Moira te había preparado? No puedo mirarte, por más que deseo interrogarte sobre muchas cosas, ni oirte, ni verte; ¡tanto me llenas de horror!

¡Ay! ¡ay! ¡ah! ¡qué desgraciado soy! ¿Adónde iré en la tierra, desdichado? ¿Adónde se esparcirá mi voz? ¡Oh Genio! ¿en dónde me has arrojado?

En una horrible angustia que no se puede ver ni oir.


Estrofa 1

¡Oh nube execrable de mi noche, que me has invadido, lamentable, invencible, irremediable! ¡Ay de mí! ¡Ay! de nuevo. Las punzadas amargas de mi mal y el recuerdo de mis crímenes me desgarran á la vez.

No es extraño, ciertamente, que, presa de tantas miserias, sientas una doble pena y una doble carga.


Antistrofa 1

¡Oh amigo! ¡Tú eres todavía para mí un servidor fiel, puesto que te tomas interés por mí que estoy ciego! ¡Ay! jay! No te me escondes, y aunque estoy rodeado de tinieblas, reconozco claramente tu voz.

¡Oh! ¡qué violencia has cometido! ¿Cómo te has atrevido á sacarte así los ojos? ¿Qué Genio te ha impulsado?


Estrofa II

¡Apolo! Apolo es, amigos, quien me ha hecho estos males, todos estos males; pero nadie me ha herido, sino yo mismo. ¿Qué me importaba ver, puesto que nada me era dulce de ver?

Ciertamente, ello es así como lo dices.


Estrofa III

¿Qué me queda, amigos, que pueda ver ó amar? ¿Con quién me agradaría hablar? ¡Llevadme con gran presteza fuera de aquí! ¡Llevad, amigos, á este criminal, á este hombre entregado á las execraciones, el más horrendo de todos los mortales para los Dioses!

¡Oh desgraciado por el pensamiento de tu miseria tanto como por tu miseria misma! ¡ojalá no te hubiera nunca conocido!


Antistrofa II

¡Perezca aquel que rompió las ligaduras crueles de mis pies y me salvó de la muerte! No se lo agradezco, porque, si hubiese muerto entonces, no sería, ni para mis amigos ni para mí, la causa de un dolor semejante.

Y yo también lo quisiera.


Antistrofa 111

¡No hubiera llegado á ser el matador de mi padre; no se diría de mí que he sido el marido de aquella de quien nací! ¡Y heme aquí impío, hijo de impíos! ¡y, miserable, he dormido con los que me hicieron nacer! En fin, si hay alguna desdicha más horrorosa que ésta, Edipo la ha sufrido.

No puedo alabar tu resolución. Mucho más valdría para ti no existir que vivir ciego.

No trates de probarme que no he obrado de la mejor manera, ni me aconsejes más. No sé, en efecto, bajado al Hades, con qué ojos hubiera mirado á mi padre y á mi desgraciada madre, contra los que he cometido execrables crímenes, de esos que la horca no podría expiar. ¿Y me hubiera sido muy apetecible la vista de mis hijos, ellos que han nacido de esa suerte? ¡No, por cierto, jamás! Y no más que la vista de la ciudad, de las murallas y de las imágenes sagradas de los Genios, de que yo mismo me he privado, mísero, cuando, lleno de gloria en Tebas, mandé á todos arrojar á este impío de la raza de Layo y horrendo á los Dioses. Cuando yo manifesté en mí semejante mancha, ¿podré mirarles con ojos firmes? ¡No. por cierto! Y si pudiese cerrar las fuentes del oído, no tardaría, puesto que cerraría así todo mi desdichado cuerpo y sería á la vez ciego y sordo; porque es dulce no sentir nada de los propios males. ¡Oh Citerón! ¿por qué me recibiste? ¿Por qué no me mataste al punto, á fin de que no pudiese jamás revelar á los hombres de quién había nacido? ¡Oh Polibo y Corinto! ¡Oh vieja morada, que se dice la de mis padres, vosotros me habéis criado, roído de males bajo la apariencia de la belleza! Porque ahora soy tenido por culpable y nacido de culpables. ¡Oh triple ruta, valle umbroso, bosque de encinas y estrecha garganta en donde desembocaban las tres vías, que habéis bebido la sangre paterna vertida por mis propias manos, os acordáis aún de mí, del crimen que yo he cometido todavía, habiendo venido aquí! ¡Oh nupcias! ¡nupcias! ¡vosotras me habéis engendrado, después me habéis unido á quien me había concebido, y habéis mostrado á la luz un padre á la vez hermano é hijo, una novia á la vez esposa y madre, todas las manchas más ignominiosas que haya entre los hombres! Pero, puesto que no se deben decir las cosas vergonzosas de hacer, os conjuro por los Dioses á que me ocultéis prontamente en alguna parte fuera de la ciudad; ó matadme, ó arrojadme al mar, allí donde no me volváis á ver. ¡Venid, no desdeñéis tocar á un miserable! Consentid, no temáis nada. Nadie entre los mortales, si no soy yo, puede soportar mis desdichas.

He aquí á Creón que viene para consentir en lo que pides y aconsejarte. No queda nadie mas que él que pueda ser en tu lugar el guardián de este país.

¡Ay! ¿qué palabras le dirigiré? ¿Qué confianza puedo tener en aquel á quien recientemente he dirigido tantas injurias?

No vengo á hacer escarnio de ti, Edipo, ni á reprocharte nada de tus primeros crímenes. Pero si no respetamos la raza de los hombres, respetemos al menos la llama de Helios, nutriz de todas las cosas, no revelando abiertamente una Ilaga tal que no pueden soportarla ni la tierra, ni la lluvia sagrada, ni la luz misma. Conducidle prontamente á la morada. Sólo para los parientes es bueno y equitativo oir y ver los males de sus parientes.

¡Por los Dioses! Puesto que has defraudado mi esperanza y has venido, hombre irreprochable, hacia el peor de los hombres, escúchame. Hablo, en efecto, en tu interés y no en el mío.

¿Qué esperas de mí?

Arrójame con gran prontitud fuera de esta tierra, á un paraje donde no pueda hablar con ninguno de los mortales.

Ciertamente, lo hubiera hecho, sábelo, si no quisiera ante todo preguntar al Dios lo que debe hacerse.

Su palabra es manifiesta para todos: es preciso matarme, á mí, parricida é impío.

Tales son sin duda sus palabras; sin embargo, en el estado actual de las cosas, es mejor preguntar lo que debe hacerse.

¿Le interrogaréis, pues, acerca del hombre desdichado que soy yo?

Ciertamente; y, ahora, no podrás ya no creer al Dios.

Pídote, pues, y te conjuro á que sepultes como quieras á la que yace allí en la morada. Serás alabado por haber cumplido ese deber para con los tuyos. Pero, en cuanto á mí, es necesario que la ciudad de mis padres no pueda guardarme vivo. Permite que more en las montañas, en el Citerón, mi único país, donde, apenas nacido, mi padre y mi madre habían señalado mi tumba, á fin de que pereciese por los que querían hacerme morir. Lo que sé seguramente, es que no moriré ni de enfermedad, ni de otra manera alguna. No habría sido preservado ahora de la muerte, si no debiese perecer de alguna terrible desgracia. Pero ¡que mi destino sea el que debe ser! No te dé cuidado por mis hijos, Creón. Ya son hombres. Dondequiera que se encuentren, no carecerán de sustento; pero cuida de mis desgraciadas, de mis lamentables hijas, que nunca han estado alejadas de mi mesa y siempre han recibido en ella su parte. Pido que te preocupes de ellas, y te suplico, sobre todo, permitas que yo las toque con mis manos y que deploremos nuestras miserias. Vamos, ¡oh Rey! ¡tú, salido de una noble raza, consiente! ¡Si las toco con mis manos, creeré que las veo todavía y que las conservo! Pero ¿qué significa esto? ¡Por los Dioses! ¿no oigo á mis queridísimas hijas deshacerse en llanto? ¿Me ha enviado Creón, apiadándose de mí, á las más queridas de mi raza? ¿Estoy en lo cierto?

Sí, lo estás. Las traje yo mismo, en cuanto supe que anhelabas esta gran alegría.

¡Que todas las felicidades te acompañen! ¡Que vele por ti un Genio mejor que sobre mí! ¡Oh hijas mías! ¿dónde estáis? ¡Venid aquí, venid á tocar mis manos, estas manos fraternales que han hecho, de los ojos antes brillantes de vuestro padre, lo que son ahora; de vuestro padre, ¡oh hijas mías! que, sin verlo ni saberlo, fecundó el seno que le había concebido! Os lloro, porque no puedo veros, pensando cuán cruel será en adelante vuestra vida entre los hombres. ¿A qué asambleas de ciudadanos iréis? ¿á qué teorías, de donde volveréis á casa, llorando y no gozosas de lo que hayáis visto? Y cuando lleguéis á la edad de las nupcias, ¿quién se atreverá ¡oh hijas mías! á sufrir tantos oprobios como agobiarán de miserias á mis parientes y los vuestros? ¿Qué desdicha, en efecto, no he sufrido? ¡Vuestro padre ha matado á su padre, se ha unido á la madre que le había concebido, y os ha hecho nacer del seno de que nació! Vosotras sufriréis estos reproches. ¿Quién, pues, os tomará por esposas? Nadie, ¡oh hijas mías! y tendréis que morir vírgenes y estériTOMO I les. ¡Oh hijo de Meneceo! Puesto que quedas solo para ser su padre, porque nosotros que las hemos engendrado somoslos dos muertos, no toleres que mendiguen, sin esposo, sin familia, ni que vagabundeen de aquí para allá sin hijos. No iguales sus desgracias á las mías; sino ten piedad de ellas, pues que las ves tan jóvenes, privadas de todo apoyo, fuera del tuyo. Promételo, ¡oh bien nacido! y dame tu mano en prenda de tu fe. En cuanto á vosotras, ¡oh hijas! si pudieseiscomprenderme os daría numerosos consejos; pero, al menos, haré el voto de que, allí donde viváis, gocéis de un destinomejor que el del padre que os ha engendrado.

Ya es bastante llorar. Entra en la morada.

Hay que obedecer, por más duro que sea.

Todas las cosas hechas á tiempo son buenas.

¿Sabes con qué condición iré?

Dila, para que la sepa.

Que me arrojarás lejos de esta tierra.

Lo que pides depende del Dios.

Pero yo soy muy detestado por los Dioses.

Por eso es por lo que te será prontamente otorgado..

¿Dices la verdad?

No tengo por costumbre decir lo que no pienso.

Llévame, pues, de aquí.

Ven, pues, y deja á tus hijas.

Te conjuro que no me las quites.

No quieras tenerlo todo. Lo que has poseído ya no ha hecho tu vida feliz.

¡Oh habitantes de Tebas, mi patria, ved! ¡Este Edipo que adivinó el enigma célebre, este hombre poderosísimo que no sintió jamás envidia de las riquezas de los ciudadanos, por qué tempestad de miserias terribles ha sido derribado! Esto es para que, esperando el día supremo de cada uno, no digáis jamás que un hombre nacido mortal ha sido dichoso, antes que haya llegado al término de su vida sin haber sufrido.