El Chancellor/Capítulo LIII
LIII.
LA SUERTE.—MR. LETOURNEUR Y SU HIJO ANDRES—LA ULTIMA PAPELETA.—ABNEGACIÓN PATERNA.
26 de Enero.
Se ha hecho la proposición; todos la han oído y todos la han entendido. Desde hace algunos días era una idea fija que nadie se atrevia á formular.
Vamos á echar suertes.
Cada cual tendrá su parte de aquel á quien la suerte designe.
Me parece que se propone hacer una excepción en favor de miss Herbey, y que esta proposición parte de Andrés Letourneur; pero un murmullo de cólera corre entre los marineros. Somos once á bordo; cada uno de nosotros tiene, pues, diez probabilidades en su favor y una en contra, y la excepción propuesta cam biaría esta proporción. Miss Herbey sufrirá la suerte común.
á Son las diez y media. El contramaestre, á quien la proposición de Dauolas ha reanimado, insiste para que se echen suertes inmediatamente. Tiene razón; por otra parte ninguno de nosotros se empeña en vivir; el que fuere designado no se adelantará á morir sino pocos días, tal vez pocas horas, sobre sus compañeros. Todos lo saben nadie se espanta.
Lo que se quiere y lo que se piensa conseguir es co padecer siquiera un día ó dos el hambre y la sed que padecemosy No puedo decir cómo se ha encontrado cada uno de nuestros nombres escrito en un papel en el fondo de un sombrero. Es sin duda Falsten quien les ha escrito en una hoja arrancada de su libro de memorias.
Los once nombres están ahí. Queda acordado sin discusión que el último nombre que salga será la víctima.
¿Quién sacará los nombres? Hay una especie de vacilación.
—Yo, responde uno de nosotros.
Me vuelvo y conozco á M. Letourneur.
Allí está en pie, livido, con la mano extendida, los cabellos canos cayendo sobre sus mejillas enflaquecidas, espantoso por su tranquilidad.
¡Ah desdichado padre! te comprendo.
Sé por qué quieres sacar tú los nombres.
Tu afecto paterno irá hasta ese extremo.
—Cuando usted quiera, dice el contramaestre.
Mr. Letourneur mete la mano en el sombrero. Tomo una papelet, la desdobla, pronuncia en alta voz el nombre que lleva escrito y la entrega al designado en ella.
El primer nombre que sale es el de Burke, que lanza un grito de alegria.
El segundo el de Flaypol.
El tercero el del contramaestre.
El cuarto el de Falsten.
El quinto el de Roberto Kurtis.
El sexto el de Sandon.La mitad de los nombres, menos uno, han salido ya.
El mio no ha salido todavía. Trato de calcular las probabilidades que me res tan: cuatro buenas y una mala.
Después del grito de Burke no pronunciado una palabrase ha Mr. Letourneur continúa su siniestra tarea.
El sétimo nombre es el de miss Herbey, pero la joven no se ha estremecido.
El octavo nombre es el mío. ¡Si, el mio!
El noveno nombre.
—Letourneur!
—¿Cuál? pregunta el contramaestre.
—Andrés, responde Mr. Letourneur.
Se oye un grito y Andrés cae sin conocimiento.
—¡Continúe usted! exclama con un ru gido el carpintero Dauolas, cuyo nombre queda solo en el sombrero con el de Mr. Letourneur.
Dauolas mira á su rival como una víctima que quiere devorar, por su parte Mr. Letourneur está casi risueño. Mete la mano en el sombrero, saca la papeleta, la desdobla lentamente, y sin que su voz se debilite con una firmeza, que jamás había esperado yo en aquel hombre, pro nuncia este nombre:
—¡Dauolas!
El carpintero se ha salvado y un ahullido se escapa de su pecho.
Después Mr. Letourneur toma la últi ma papeleta, y sin desdoblarla la rompe.
Pero un pedazo de papel rasgado ha volado hacia un rincon de la balsa. Nadie hace caso de él; yo me arrastro hácia aquel lado, recojo el papel y en un estremo leo: And...
Mr. Letourneur se precipita hácia mí, me arranca violentamente de las manos el pedazo de papel, le retuerce entre los dedos, y despues mirándome con aire grave, le arroja al mar.