El Chancellor/Capítulo LIV
LIV.
NO ME HABÍA ENGAÑADO.—SUPLICAS DE MISS HERBEY. UN DIA MAS.—ESPERANZAS.CADA CUAL VUELVE A SU SITIO.—L.LEGA LA NOCHE.
Continuación del 26 de Enero.
No me había engañado: el padre se ha sacrificado por su hijo, y no teniendo que darle más que la vida, se la dá: Entre tanto aquellos hombres hambrientos no quieren ya esperar. Los tormentos de sus entrañas se redoblan en presencia de la víctima que les está des tinada. Mr. Letourneur no es ya un hombre para ellos; todavía no han dicho nada, pero sus labios se adelantan en punta; sus dientes, que se descubren prontos á hundirse visi buque á la vista, carnes, desgarrarian lale sacrificioneur como dientes de su sitio haciendo voracidad brutal de las tr comprimir sus re que se arrojen sobre su e ocultan bajo devoren viva?
viera de ¿Quién creerá que en este momen. ma apela al resto de humanidad que pueden terer en sus corazones, y quién creerá que este llamamiento ha sido oido? Si; una palabra les ha detenido en el instante en que iban á arrojarse sobre Mr. LeEl contramaestre. pronto á representar el papel de carnicero, y Daou las que ya estaba con el hacha en la mano, han quedado inmóvilestourneur.
Miss Herbey se adelanta, ó mejor dicho, se arrastra hácia ellos.
—Amigos míos, dice. ¿Queréis esperar un día mas? nada mas que un dia?
Si mañana no se descubre tierra, si no hemos encontrado ningún buque, nuestro pobre compañero os será entregado.
A estas palabras mi corazón se estreque esta jóven ha haprofético, y que es una cielo la que anima su nonto. Mi corazón se llena sa esperanza; miss Herbey revisto la tierra ó el buquena de esas visiones sobrenaturales que Dios presenta á ciertas miradas. Si, debemos esperar un día más ¿qué es un día después de todo lo que hemos padecido?
Roberto Kurtis piensa como yo. Unimos nuestras súplicas á las de miss Herbey; Falsten habla en el mismo sentido.
Suplicamos á nuestros compañeros, al contramaestre, á Daoulas, á los demás.
Los marineros se detienen y no lanzan un solo murmullo.
El contramaestre arroja su hacha, y después con voz sorda dice: —Lo dejaremos para mañana al ama necer.
Estas palabras lo dicen todo. Si mañana no hay tierra ni buque á la vista, se consumará el horrible sacrificio.
Cada cual vuelve á su sitio haciendo los últimos esfuerzos por comprimir sus dolores. Los marineros se ocultan bajo las velas, y ya no tratan ni siquiera de observar el mar. Poco les importa: ma ñana comerán.
Entre tanto Andrés Letourneur ha vuelto en sí, y su primera mirada ha si do para su padre. Después veo que cuenta los pasajeros de la balsa......no falta ninguno. ¿A quién ha designado la suerte? Cuando Andrés se ha desmayado no había más que dos nombres en el sombrero, el del carpintero y el de su padre, y sin embargo Mr. Letourneur y Daoulas están allí.
Miss Herbey se acerca entonces, y le dice sencillamente que no se ha terminado la operación de echar suertes.
Andrés Letourneur no pregunta más; toma la mano de su padre; el semblante de Mr. Letourneur está tranquilo y casi risueño; no ve ni comprende más que una cosa, y es que su hijo se ha salvado. Estos dos seres tan estrechamente unidos uno á otro, van á sentarse á popa y hablan entre sí en voz baja.
Yo no he vuelto todavía de la primera impresión que me ha causado la intervención de la jóven. Creo en un socorro providencial, y es indecible hasta qué punto se arraiga esta idea en mi cerebro. Me atrevería á afirmar que tocamos al término de nuestras desgracias, y si estuviesen el buque ó la tierra á pocas millas á sotavento, no estaría más seguro de nuestra salvación. No hay que admirarse de esta tendencia. Mi cerebro está tan vacío que las quimeras se truecan en él en realidades.
Hablo de mis presentimientos á los Letourneur. Andrés confia como yo; ¡pobre muchacho! Si supiera que mañana......
El padre me escucha gravemente y me anima á tener paciencia. Cree, ó á lo menos lo dice, que el cieló perdonará á los sobrevivientes del Chancellor, y prodiga á su hijo caricias que en su concepto son las últimas.
Después, cuando estoy sólo á su lado Mr. Letourneur se inclina á mi oído y dice:
—Le recomiendo á .usted mi desgraciado hijo. Que no sepa jamás que......
No acaba su frase y gruesas lágrimas caen de sus ojos.
Yo estoy animado de una grande esperanza.
Así, sin cesar un instante miro el horizonte y le recorro en todo su perimetro. Está desierto, pero esto no me alarma. Antes de mañana se verá una tierra ó una vela.
Como yo, Roberto Kurtis observa el mar. Miss Herbey, Falsten y el contramaestre mismo, concentran toda su vida en sus miradas.
Entre tanto llega la noche, pero tengo la convicción de que algún buque se aproxima en esta oscuridad profunda, y que verá nuestra señal al nacer el día.