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El Chancellor/Capítulo XL

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

XL.

LOS PIES EN CARNE VIVA.—ALIMENTO REPUGNANTES.—MUERE EL TENIENTE WARTER

7 de Enero.

Desde hace algunos días el agua de mar. que cubre casi incesantemente la plataforma de balsa cuando se levanta el oleaje, ha destrozado la piel de los piés y de las piernas de algunos marineros que los tienen en carne viva. Owen, á quien el contramaestre ha tenido atado á proa desde la escena del motín, se encuentra en un estado deplorable. A petición nuestra se le quitan las ligaduras. Sandon y Burke tienen también los pies y las piernas en el mismo estado por la acción del agua salad, y si los demás nos hemos preservado hasta aquí, es porque la popa de la balsa está menos combatida por las olas.

Hoy el contramaestre, presa de un furor famélico, se ha arrojado sobre pedazos de vela y virutas de madera. Oigo el ruido de sus dientes que se incrustan en esas sustancias. El infeliz, impulsado por una hambre horrible, trata de llenar su estómago para dar tensión á la mucosa; en fin, á fuerza de buscar encuentra ne uno de los palos que sostienen la plataforma un poco de cuero. Este cuero es una materia animal; lo arranca y lo devora con grande avidez, pareciendo que su absorción le proporciona algún alivio. Todos tratamos de imitarlo. Un sombrero de cuero cocido, la visera de las gorras, todo lo que es sustancia animal pasa á nuestros estómagos es un las tinto bestial que nos arrastra y que nadie podria reprimir. En este instante parece que no tenemos nada de humano. Jamás olvidaré esta escena.

Si el hambre no ha quedado satisfecha, sus tormentos á lo calmedo por un instantemenos se han Pero algunos de nosotros no han podido soportar este alimento repugnante y han experimentado náuseas.

Perdónenseme estos pormenores. No debo olvidar nada de lo que han padecido los náufragos del Chancellor. Por esta relación se sabrá todo lo que pueden sufrir séres humanos en punto á miserias morales y físicas. Esta será la enseñanza de mi diario, y por eso lo diré todo, Por desgracia preveo que no hemos llegado todavía al máximum de nuestros padecimientos.

Una observación que he hecho durante esta escena confirma mis sospechas acerca del mayordomo. Este, sin dejar de gemir y suspirar, y aun exagerando sus sollozos, no ha tomado parte en ella. A creerle se muere de inanición, y sin embargo, al verle se dirá que está excento de los tormentos comunes. ¿Tiene este hipócrita alguna reserva secreta, de la cual saca todavía alimento? Le he vigilado pero no descubierto nada.

El calor continúa siendo fuerte y hasta insoportable cuando no le templa la brisa. La ración de agua es ciertamente insuficiente, pero el hambre mata en nosotros la sed. Y cuando pienso que según dicen la falta de agua nos haría padecer todavía más que la de víveres, no puedo creerlo, ó á lo menos imaginarlo en este momento. Sin embargo, con frecuencia se ha hecho esta observación: quiera Dios que no nos veamos reducidos á es te nuevo extremo.

Por fortuna quedan algunas azumbres de agua en la barrica rota por la tempestad, y la segunda barrica está todavía intacta. Aunque nuestro numero se ha disminuido, el capitán, no obstante ciertas reclamaciones, ha reducido la ración cuotidiana á un cuartillo por persons.

Yo apruebo esta disposición.

En cuanto al aguardiente, no queda más que una azumbre que ha sido puesta en lugar seguro á popa de la balsa.

Hoy 7, á las siete y media de la tarde, uno de nosotros ha dejado de existir: no somos ya más que catorce. El teniente Walter ha espirado en mis brazos, y ni los cuidados de miss Herbey ni los míos han podido hacer nada en su favor......

Sus padecimientos han cesado.

Algunos momentos antes de morir Walter nos ha dado gracias á miss Herbey y á mí con una voz que apenas podíamos oir.

—Señor Kazallon, ha dicho dejando caer de su mano temblorosa una carta arrugada, esta carta...de mi madre...no tengo fuerzas...es la última que he reci bido... Me dice: "Te espero, hijo mío, y quiero volverte á ver." No, madre, no me verás más. Señor Kazallon, esta car ta... póngala usted en mis labios...así, así...para que muera besándola...¡mi madre!...¡Dios mío!...

He puesto la carta del teniente Walter en su mano propia y la he acercado á sus lábios. Su mirada se ha animado un instante y hemos oído como el leve ruido de un beso.

En seguida el teniente Walter ha muerto. Dios haya recogido su alma.