Ir al contenido

El Chancellor/Capítulo XLIX

De Wikisource, la biblioteca libre.
Nota: Se respeta la ortografía original de la época

XLIX

LA SED DE NUEVO.—CUARENTA Y DOS DIAS.—EL DELIRIO.—JYNXTROP.

Del 20 al 22 de Enero.

Durante los dias siguientes los que han tomado parte en et horrible banquete del 10 de Enero han padecido poco habiendo comido y bebido, Pero miss Herbey, Andrés Letourneur, su padre y yo padecemos tormentos indecibles. Quizá sentimos hayan desaparecido los restos de Hobbart. Si uno de nosotros muere, resistiremos?...

El contramaestre, Daoulas y los demás vuelven en breve á tener hambre y nos miran con ojos extraviados. ¿Somos quizá una presa asegurada para ellos?

A la verdad lo que nos hace padecer más no es el hambre, sino la sed. Si, entre algunas gotas de agua y algunas migajas de galleta ninguno de nosotros vacilaria. Esto se ha dicho siempre de los náufragos que se han encontrado en las circunstancias en que estamos nosotros, y es verdad. La sed causa más tormenel hambre y mata también mas tos que pronto.

Y, ¡suplicio espantoso! tenemos alrededor nuestro esa agua del mar que nuestros ojos ven y que es tan semejante al agua dulce. Muchas veces he tratado de beber algunas gotas, pero ha provocado en mi náuseas insuperables y una sed más ardiente que antes de haberla bebido.

¡Ah, esto es demasiado! Hace cuaren ta y dos días que abandonamos el buque.

¿Quién de nosotros puede hacerse ya ilusiones? ¿No estamos destinados á morir uno después de otro y de la peor de las muertes?

Siento que una especie de niebla se va espesando alrededor de mi cerebro. Es como un delirio que va á apoderarse de mi. Lucho por recobrar mi inteligencia que se escapa: el delirio me espanta. ¿A dónde va á conducirme? ¿Sería bastante fuerte para recobrar mi razón.

He vuelto en mí, no sé después de cuantas horas. Mi frente está cubierta de compresas empapadas en agua del mar por miss Herbey, peró conozco que me queda poco tiempo de vida.

Hoy, 22, hemos presenciado una esce na espantosa. El negro Jynxtrop súbitamente acometido de un acceso de locura furiosa, recorre la balsa dando ahullidos; Roberte Kurtis quiere contenerle pero en vano: se arroja sobre nosotros para devorarnos y es preciso defenderse contra los ataques de esa bestia feroz. Ha tomado un espeque y es dificil parar sus golpes.

Pero de repente, por una reacción sólo explicable por el ataque de cólera, se vuelve su rabia contra sí mismo: se desgarra las carnes con dientes y con uñas y nos arroja la sangre al rostro gritando:

—¡Bebed bebed!

Durante algunos minutos se agita de este modo dirigiéndose hacia proa de la balsa y repitiendo siempre:

—Bebed, bebed!

Después se lanza y oigo caer su cuerpo en el mar.

El contramaestre, Falsten, Daoulas se precipitan á proa de la balsa para recobrar el cuerpo pero no ven más que un ancho círculo rojo en medio del cual se mueven monstruosos tiburones.