El Complejo de ratón: Los automóviles

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Empiezo con los automóviles porque son un ejemplo que nos muestra este principio con mucha claridad. El automóvil se ha convertido en el símbolo de posición social por excelencia, y da lugar a varios fenómenos curiosos.

El más ilustrativo es el del pobre diablo que no tiene para dar de comer a sus hijos y se compra un auto que esta igualito al del Director de la compañía.

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Da verdadera tristeza ver la desproporción entre lo gastado en su coche y lo gastado en necesidades básicas de su familia.

Este tipo de persona trata a su coche como a su hijo, en el sentido de que quiere que sea lo que él nunca pudo ser: brillante, elegante, moderno, etc.

Por supuesto esta falla no va sola, es muy normal que el sujeto sea muy acicaladito, muy limpiecito, los mejores trajes (cuidado y le doblen mal los pantalones), corbata de marca, cinturón de primera, etc. No hace falta decir que el dinero que gana no alcanza para todo, a la esposa le promete tiempos mejores y a sus hijos los trata con el principio de: "no es bueno darles todo".

Normalmente no van a peluquerías sino a "estéticas" y dicen que su arreglo es una inversión, su argumento, ¿Cómo quieres que llegue lejos si parezco un naco?

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La verdad es que es muy difícil escaparse de éste complejo. Se nos aplica a unos más , a otros menos, pero a todos.

El automóvil es normalmente el escaparate en donde ponemos nuestra cara de dignos y es dónde tenemos más tiempo para pensar.

A propósito, no se bien porqué, pero manejando en ciudad es muy fácil pensar en cosas negativas, mientras que en carretera somos mucho más positivos.

No sé bien si los que tienen casa de campo la tienen porque les ha ido bien o si les ha ido bien porque tienen casa de campo. No por la casa de campo, sino por el tiempo que pasan en el coche pensando mejoras para su negocio sin preocuparse por el tráfico de la ciudad, en carretera se maneja con el subconsciente.

Es curioso ver como se asumen posiciones distintas, según el automóvil que estemos manejando; si es un buen coche, apenas miramos de soslayo a los que van pasando, poniendo una mano arriba del volante con aire de ejecutivo.

Si en cambio, conducimos un auto normal, ya se nos quita un poco la pose y entramos en la fase analítica, penetrando con nuestra mirada en el interior de otros automóviles y emitiendo juicios sobre los ocupantes, para calificarlos, primero por la cara que tienen y después viendo a ver si corresponde su coche a la calificación asignada.

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En el caso de que usted juzgue que la otra persona es lo suficientemente inteligente para su coche, no hay problema, pero ¿Qué pasa cuando el juzgado tiene cara de babotas y conduce un auto realmente apantallador? ¡Nuestro esquema se derrumba! Sólo podríamos consolarnos un poco pensando en que no es de su propiedad, o que lo debe todo; pero por lo pronto empezamos a sospechar que hay algo en nuestras teorías económicas que no funciona.

La asociación mental ente la persona inteligente y buen coche se ha vuelto tan profunda, que están institucionalmente establecidas las normas a este respecto

Las compañías rodean a su ejecutivos de todo aquello que los pueda relacionar con la imagen de personas inteligentes; desde un buen coche, hasta el hospedaje en determinado hotel, aunque al señor ejecutivo le guste llegar a otro y se le haga un fastidio usar chofer, lo tiene que hacer porque debe dar la imagen de persona brillante.

Con razón o sin ella, la compañía trata a su vez de dar la imagen de empresa dirigida por personas inteligentes.

Es notorio observar el extraño idilio de los que viven en grandes ciudades con sus coches, le compran, le limpian, le hacen, le quitan; y es muy explicable, pues en esas macrociudades, donde nadie conoce la casa de nadie, ellos depositan toda su imagen en su automóvil, mientras que en las ciudades pequeñas están más repartidos los objetos del complejo, pues todo el mundo sabe dónde vive todo el mundo, por lo que se dividen los excedentes entre la casa y el coche principalmente.

Si quisiéramos establecer una regla diríamos que la proporción coche/casa es mucho mayor en las ciudades grandes que en las pequeñas.

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Un hecho notorio es que a los habitantes de las grandes ciudades les encanta salir de vacaciones y salen no tanto por lo contaminado de la ciudad, sino por que, como nadie los conoce afuera y generalmente tienen un coche por arriba de sus posibilidades, tratan de apantallar a medio mundo con sus poses de potentado industrial, cuando la verdad es que están a punto de correrlo de su trabajo y su tarjeta de crédito está en los límites.

Los que resultan muy desconcertados son los hijos, pues no saben que su papá es un pobre diablo y no comprenden por qué no les da mas dinero para la discoteca, y ahí se arma el problema, pues los hijos piensan que su papá es un codo y éste no puede decirles que es puro "bloff".


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