El Criticón. Primera parte: Crisi 7

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CRISI SÉPTIMA



CRISI SÉPTIMA.

La fuente de los Engaños

Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos pensaron, ni de los pabellones militares, como otros creyeron, sino de casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas: Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia, no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer. Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza a triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose de las más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todo los males. La Soberbia blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo, y ser el vicio más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba

fuertemente. Desta suerte peleaban entre sí, y todo paraba en confusión. Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga: encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos, y tocando el punto de la dificultad, les dijo:

—Esa bizarría del embestir, sabida cosa es que toca a mi hija primogénita la Mentira: ¿quién dudó jamás en eso? Ella es la autora de toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo lo inficiona, fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo de muchas formas, centimano que a todas manos pelea, Caco que a todos desmiente, progenitora al fin del Engaño, aquel poderoso rey que abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia y otros de malicia. La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del hombre cuando mozo y cuando niño valiéndose de sus invenciones, ardides, entratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes, enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes, falacias y todo género de italiano proceder; que de este modo, entrando los demás vicios por su orden, sin duda que tarde o temprano, a la mocedad o a la vejez, se conseguirá la deseada vitoria.

Cuánta verdad sea ésta, confírmelo lo que les sucedió a Critilo y Andrenio a poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón; el cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el mundo y introducídolos en el camino más derecho, volvióse a encaminar otros, y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.

Iba muy aconortado Andrenio con el único remedio que le diera para poder vivir, y fue que mirase siempre el mundo, no como ni por donde le suelen mirar todos, sino por donde el buen entendedor conde de Oñate: eso es, al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece; y con eso, como él anda al revés, el que le mira por aquí le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al contrarío de lo que muestran. Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio; ten al rico por pobre de los verdaderos bienes; el que a todos manda es esclavo común, el grande de cuerpo no es muy hombre, el grueso tiene poca sustancia, el que hace el sordo oye más de lo que querría, el que mira lindamente es ciego o cegará, el que huele mucho huele mal a todos, el hablador no dice cosa, el que ríe regaña, el que murmura se condena, el que come más come menos, el que se burla tal vez se confiesa, el que dice mal de la mercadería la quiere, el que hace el simple sabe mas; al quenada le falta él se falta a sí mismo, al avaro tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene; el que gasta más razones tiene menos, el más sabio suele ser menos entendido; darse buena vida es acabar; el que la ama la aborrece, el que te unta los cascos ése te los quiebra, el que te hace fiestas te ayuna; la necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres; el muy derecho es tuerto, el mucho bien hace mal, el que excusa pasos da más; por no perder un bocado se pierden ciento; el que gasta poco gasta doblado, el que te hace llorar te quiere bien; y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos.

Desta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien rara en camino tan dificultoso, aunque tan atropellaba toda dificultad. Las pías que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes, y el cochero una vulpeja. Preguntó Critilo si era carroza de Venecia, pero disimuló el cochero, haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo: digo, muchos en uno, porque ya era blanco, ya negro; ya mozo, ya viejo; ya pequeño, ya grande; ya hombre, ya mujer; ya persona y ya fiera: tanto, que dijo Critilo si sería éste el celebrado Proteo. Luego que llegó a ellos, se apeó con más cortesías que un francés novicio, primera especie de engaño, y con más cumplimientos que una despedida aragonesa les dio la bienvenida, ofreciéndoles de parte de su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de tan enfadoso camino. Agradecidos ambos a tan anticipado favor, le preguntaron quién era el tal señor que, sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba.

—Es —dijo— un gran príncipe que, si bien su señorío se extiende por toda la redondez de la tierra, pero aquí al principio del mundo, en esta primera entrada de la vida, tiene su metrópoli. Es un gran rey y con toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes: que son bien pocos los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, a más de que se premian las armas y se estiman las letras, quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el artificio, curse esta corte; aquí le enseñarán el tajo para medrar y valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos: sobre todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.

Picado el gusto, picábanle los pies a Andrenio por ir allá: no veía la hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo, estaba ya dentro la carroza, dando la mano a Critilo y estirándole a que entrase; mas éste, como iba con pies de oro, volvió a informarse cómo se nombraba aquel príncipe, que siendo tan grande como decía, no podía dejar de tener gran nombre.

—Muchos tiene —respondió el ministro, mudando a cada palabra su semblante—, nombres y renombres tiene, y aunque en cada provincia el suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le saben: que muy pocos llegan a verle y menos a conocerle. Es príncipe de mucha autoridad, que no es de esos de a docena en provincia; guarda gran recato, no se permite así vulgarmente que consiste su mayor estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años llegan algunos a verle, y eso por gran ventura; que otros, ni en toda la vida.

Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó a malearse, pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, siguiesen, que él les ofrecía sacarlos a lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros echaban por allí.

—No es eso lo mejor —dijo Critilo—, antes lo trivial le hace sospechoso.

Y previno a Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.

Llegaron ya a la gran fuente de la gran sed, tan nombrada como deseada de todos los fatigados viandantes, famosa por su artificio, injuria de Juanelo, y célebre por la perenidad de sus líquidos cristales. Estaba en medio de un gran campo, y aún no bastante para la mucha gente que concurría solicitando alivio a tanta sed y fatiga. Veíase en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros que parecía haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban. Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia, aunque no eran de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo, y más cuando vio que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes. No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos cuantos la gustaban era la más dulce que en su vida habían bebido; y con este cebillo, sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de su dulzura. Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada cortesía les ministraba, y la más veces bailándoles el agua delante. Aquí Andrenio, tan apretado de la sed cuan obligado del agasajo, sin más reparo se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:

—¡Aguarda, espera, mira primero si es agua!

—Pues ¿qué ha de ser? —replicó él.

—Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.

—Agua veo yo que es, y muy clara y bien risueña.

—Eso —replicó Critilo— es lo peor; aun del agua clara ya no hay que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas, representándolas mayores de lo que son, y a veces más altas, y otras las esconde en el profundo: ya ríe y ya murmura, que no hiciera más un áulico.

—Déjame siquiera enjaguar —replicó Andrenio—, que estoy que perezco.

—No hagas tal, que el enjaguar siempre fue reclamo de beber.

—¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me ciega y del sudor que me ensucia?

—Ni aun eso. Créeme y remítete siempre a la experiencia, con enseñanza tuya y riesgo ajeno: nota el efecto que hará en estos que ahora llegan, míralos bien primero antes que beban, y vuelve a reconocerlos después de haber bebido.

Llegaba en esto una tran tropa de pasajeros, que más sedientos que atentos se lanzaron al agua. Comenzaron a bañarse lo primero y estregarse los ojos blandamente; pero, cosa rara y increíble, al mismo punto que les tocó el agua en ellos se les trocaron de modo que, siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de todas colores: a uno, tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo y que estaba en gloria; éste era un gran necio que vivía muy satisfecho de sus cosas. A otro se le volvieron candidos como la misma leche, todo cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia, de nadie sospechaba mal, y así todos le engañaban todo lo abonaba, y más si eran cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco. Al contrario, a otro se le pusieron más amarillos que una hiel, ojos de suegra y cuñada; en todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba a la peor parte, y cuantos veía juzgaba que eran malos y enfermos: éste era uno más malicioso que juicioso. A otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban conseguir, ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y de ajenas legañas. A muchos se les paraban sangrientos, que parecían calábreses. Cosa rara que, aunque algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal: debían ser envidiosos.

No sólo se les alteraban los ojos en orden a la calidad, sino a la cantidad y figura de los objetos. Y de suerte que a unos todas las cosas les parecían grandes, y más las propias, a lo castellano; a otros todo les parecía poco, gente de mal contentar. Había uno que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien leguas, y más los peligros, la misma muerte: este era un incauto. Al contrario, a otro le parecía que todo lo tenía muy cerca, y los mismos imposibles muy a mano: todo lo facilitaba, pretendiente había de ser. Notable vista era la que les comunicaba a muchos, que todos les parecía reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajo: condición de niños. Estaba uno muy contento porque en todo hallaba hermosura, pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era o portugués o nieto de Macías. Hombre había que en todo se veía a sí mismo, necio antiferonte. A otro se le equivocó la vista de modo que veía lo que no miraba: bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos españoles, verdinegros, y azules los franceses.

Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que se lavaron con él; que en otros que llegaron a tomarle en la boca y enjaguarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas que antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien extraordinarias materias: unas de fuego, que abrasaban el mundo, y otras de aguachirle muy a la clara; muchas de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de soplos y de lisonjas. Algunas que habían sido de seda, las volvía de bayeta, y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas de burlas, nada sustanciales, y las más de borra, que se embarazaban mucho en decir lo que convenía. A muchas mujeres les quitó del todo las lenguas, pero no el habla, que antes hablaban más cuanto más deslenguadas.

Comenzó uno a hablar muy alto.

—Este —dijo Andrenio— español es.

—No es sino un presuntuoso —dijo Critilo—, que los que habían de hablar más quedo, hablan de ordinario más alto.

—Así es —dijo uno con una voz muy afeminada que parecía francés, y no era sino un melindroso. Salióle al encuentro otro que parecía hablar entre boca de noche, y todos creyeron era tudesco, mas él mismo dijo:

—No soy sino uno destos que, por hablar culto, hablo a escuras. Ceceaba uno tanto que hacía rechinar los dientes, y todos convinieron en que era andaluz o gitano. Otros se escuchaban, y eran los que peor decían. Muy alborotado comenzó uno a inquietarlo todo y revolver el mundo, sin saber él mismo porqué: sólo dijo que era su natural; creyeron todos era mallorquín, mas no era sino un bárbaro furioso. Hablaba uno y nadie le entendía; pasó plaza de vizcaíno, mas no lo era, sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando darse a entender por señas, y todos se reían dél.

—Éste, sin duda —dijo Critilo—, quiere decir la verdad, y no acierta o no se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

—Éstos —dijo— habían de ser del parlamento, pero no son sino del consejo de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso, si bien no faltaba quien les entendía la ganga; tartamudeando, los que negaban, los que ni bien decían de sí, ni bien de no. Muchos no hablaban seguido, y muy pocos se mordían la lengua. Pronunciaban algunos como botijas a lo enfadado, y más a lo enfadoso; éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando querían engañar. Fue de modo que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera. No había hombre que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin artificio: todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban, chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían. Desde aquí aseguran que a los franceses, que bebieron más que todos, y les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni el obrar lo que dicen; de modo que es menester atenderles mucho a lo que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fue en aquellos que bebieron dél, porque al mismo punto que le tragaron (¡cosa lastimosa, pero cierta!) todo el interior se les revolvió y mudó de suerte que no les quedó aquella substancia verdadera que antes tenían, sino que quedaron llenos de aire, rebutidos de borra: hombres de burla, todo mentira y embeleco. Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni valor de personas, las entrañas se les endurecieron más que de pedernales, los sesos de algodón, sin fondo de juicio, la sangre agua, sin color ni calor, el pecho de cera, no ya de acero, los nervios de estopa, sin bríos, los pies de plomo para lo bueno y de pluma para lo malo, las manos de pez, que todo se les apega, las lenguas de borra, los ojos de papel: Y todos ellos, engaño de engaños y todo vanidad.

Al desdichado Andrenio, una sola gota que tragó (que la demás se la hizo verter Critilo) le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre en la virtud.

—¿Qué te parece? —le dijo Critilo.

—¡Qué perenidad ésta de engaños, qué manantial de mentiras en el mundo!

—Mira qué bueno hubieras quedado si hubieras bebido a hartar, como hacen los más.

¿Piensas tú que valen poco unos ojos claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna, una persona que lo sea, un príncipe de Conde? Créeme, y estima el serlo, que es un prodigio de fénix.

—¿Ay tal suceso —decía Andrenio—, quién tal creyera de una agua tan mansa?

—Ésa es la peor.

—¿Cómo se llama esta fuente? —preguntó a unos y otros.

Y ninguno supo responderle.

—No tiene nombre —dijo el Proteo—, que en no ser conocida consiste su eficacia.

—Pues llámese —dijo Critilo— la Fuente de los Engaños, donde el que una vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca. Quisiera volver atrás Critilo, mas no pudo, ni vino en ello Andrenio, ya maleado, instando en pasar adelante el Proteo, y diciendo:

—¡Ea!, que más vale ser necio con todos que cuerdo a solas.

Fuelos desviando, que no guiando, por unos prados amenos donde se estaba dando verdes la juventud. Caminaban a la fresca de árboles frondosos, todos ellos descorazonados, gran señal de infructíferos. Divisábase ya la gran ciudad por los humos, vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia, y mejor cuanto más de lejos. Era increíble el concurso que de todas las provincias y a todos tiempos acudían a aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo que quitaban la vista. Cuando llegaron a ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros. Fue a meter el pie el arrojado Andrenio, y diole un grito Critilo:

—¡Abre los ojos primero, los interiores digo, y porque adviertas donde entras, mira! Bajóse a tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos de mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

—Nota —le dijo— dónde y cómo entras, considera a cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado, si no quieres perderte. Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fee desta lición, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir. Eran todas las casas de oficiales: no se veía un labrador, gente que no sabe mentir. Vieron cruzar de una parte a otra muchos cuervos muy domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio, y aun lo tuvo por mal agüero, mas díjole el Proteo:

—No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad Pitágoras prosiguiendo aquél su opinado disparate de que Dios castigaba los malos, en muerte, trasladando sus almas a los cuerpos de aquellos brutos a quienes habían simbolizado en vida: Las de los crueles metía a tigres, las de los soberbios a leones, las de los deshonestos a jabalíes, y así de todos. Dijo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dejan en cueros, cuando nos visten, las daba a cuervos; y como siempre habían mentido diciendo: «Mañana, señor, estará acabado: para mañana sin falta», ahora, prosiguiendo en su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras!, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad, vieron muchos y grandes palacios muy ostentosos y magníficos.

—Aquel primero —les dijeron antes de preguntarlo— es de Salomón: allí está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre el cielo y el infierno. En aquélla que parece fortaleza, y no es sino una casa bien flaca, mora Hércules, hilando con Onfale la camisa o mortaja de su fama. Acullá, Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza. Más hacia acá, Marco Antonio el desdichado, por más que le diga la ventura una gitana. En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba el godo Rodrigo, desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es la casa áurea de Nerón el extremado, comenzando por una prodigiosa clemencia y acabando en una portensosa crueldad. Acullá hace ruido el más cruel de los Pedros: que no sólo los dientes, pero todos los huesos está crujiendo de rabia. Aquellos otros palacios se están fabricando ahora a toda priesa. No se sabe aún para quién son aunque muchos se lo sospechan: lo cierto es que se edificaron para quien no edifica, y estas obras son para los que no las hacen.

—Este lado del mundo embarazan los engañados —les dijo un vestido de verde—; aquel otro lo ocupan los engañadores: aquéllos se ríen de éstos, y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo, no estando siempre entre los engañados. Pero no topaban otro que tiendas de mercaderes, y muy a escuras. Unas vendían borra y más borra para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas; otras, cartones para hacer figuras. Había una llena de pieles de raposa, y aseguraban eran más estimadas que las martas cebellinas. Creyéronlo cuando vieron entrar, y salir, en ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse muchos de ellas, a falta de pieles de león, que no se hallaban, pero los sagaces servíanse dellas por aforro de los mismos armiños. Vieron en una tienda gran cantidad de antojos para no ver o para que no viesen. Compraban muchos los señores para los que los llevan a cuestas, con que los tienen quietos y enfrenados; las casadas los compraban para que no se viesen sus antojos y hacer creer a los maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para multiplicar. De modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de mujeres, y éstos eran los más caros. Toparon una tienda llena de corchos para hacer personas, y realmente, aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho a Andrenio fue una guantería.

—¡Qué gran invención —dijo— ésta de los guantes, para todo tiempo!, contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire: aunque no sea sino para dar que hacer a algunos que en todo el día no hacen otro que calzárselos y descalzárselos.

—Sobre todo —dijo Critilo—, para que a poca costa echen buen olor las personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

—¡Qué bien lo entendéis! —replicó el guantero—. Si dijeradeis que sirven ya para envainar las uñas, que no les puedan mirar a las manos, eso sí; no falta quien se los calza para cazar.

—¿Cómo puede ser eso —dijo Critilo—, si el mismo refrán lo contradice?

—No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten, o los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da para guantes que en otro tiempo para un vestido.

—Dadme acá uno solo —dijo Critilo—, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación y Artificio, llegaron ya a la Plaza Mayor, que era la de Palacio, porque estuviese en su centro. Era espacioso y nada proporcionado, ni estaba a escuadría: todo ángulos y traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y ninguna patente; muchas torres, más que en Babilonia, y muy airosas; las ventanas verdes, color alegre, por lo que promete y el que más engaña. Aquí vivía, o aquí yacía, aquel tan grande como escondido monarca, que muy entretenido asistía estos días a unas fiestas dedicadas a engañar el pueblo no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores. Estaba el Príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable, y más este día que hubo unos juegos de manos, obra de gran sutileza, muy de su gusto y genio, toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbir y en el asentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas. A tan mecánico aplauso, subió en puesto superior (más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas) un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó a hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella inumerable vulgaridad abobada. Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas, y ellos se lo tragaban; pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire dellos y risa de todos los circunstantes. El mismo charlatán daba a entender que comía algodón muy blanco y fino, mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel, y luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo era embeleco, como se usa.

Gustó mucho a Andrenio y comenzó a solemnizarlo.

—Basta —dijo Critilo—, que tú también te pagas de las burlas, no distinguiendo lo falso de lo verdadero. ¿Quién piensas tú que es este valiente embustero? Este es un falso político llamado el Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y, bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados: razones, no de Estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa las costumbres y quema las repúblicas. Aquellas que parecen cintas de seda son las políticas leyes con que ata las manos a la virtud y las suelta al vicio; éste es el papel del libro que publica y el que masca, todo falsedad y apariencia, con que tiene embelesados a tantos y tontos. Créeme que aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto dél.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron por de mucho deporte.

No bien amaneció (que allí aun el día nunca es claro) cuando se vio ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con muchas tramoyas y apariencias, célebre espectáculo en medio de aquel gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio, de los primeros, para su gusto, ni Critilo, para su provecho. En vez de la música, ensaladilla del gusto, se oyeron pucheros, y en lugar de los acordes instrumentos y voces regaladas, se oyeron lloros, y al cabo dellos (si se acaban) salió un hombrecillo: digo, que comenzaba a ser hombre. Conocióse luego ser extranjero en lo desharrapado. Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó a recibirle un grande cortesano haciéndose muy amigo, dándole la bien venida. Ofrecióle largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena, y él no cumplir en la propia, con tal sobra de palabras que el extranjero se prometió las obras. Convidóle lo primero a su casa, que se veía allí a un lado tan llena de tramoyas cuan vacía de realidades. Comenzó a franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba, por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le daba, con la otra se lo quitaba con increíble presteza. Calábase un sombrero coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía; lo mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante una riquísima joya, mas luego con gran destreza se la barajaba, suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala muy costosa, y en un cerrar y abrir de ojos se convertía en una triste mortaja, dejándole en blanco. Y todo esto, con gran risa y entretenimiento de los presentes, que todos gustan de ver el ajeno engaño. Faltándoles el conocimiento para el propio, ni advertían que mientras estaban embelesados mirando lo que al otro le pasaba, les saqueaban a ellos las faldriqueras y tal vez las mismas capas. De suerte que, al cabo, el mirado y los que miraban todos quedaban iguales, pues desnudos en la calle y aun en tierra. Salió en esto otro agasajador, y aunque más humano, hechura del primero. Parecía de buen gusto, y así le dijo tratase de emplearlo. Mandó parar la mesa a quien nunca para. Sacaron muchos platos, aunque los más comen simplato, arrastraron sillas, y al punto que el convidado fue a sentarse en una (que no debiera tomarlo tan de asiento), falseóle a lo mejor; y al caer él, se levantó la risa en todo el teatro. Acudió compasiva una mujer, y por lo joven muy robusta, y ayudándole a levantar, le dijo que se afirmase en su rollizo brazo; con esto pudo proseguir, si no hallara falsificada la vianda, porque al descoronar la empanada hallaba sólo el eco, y del pernil el nihil. Las aves sólo tenían el nombre de perdiganas. Todo crudo y sin sustancia. Al caer, se quebró el salero, con que faltó la sazón, y el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aun no tenía salvados. Las frutas, de Sodoma, sin fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más fue papar viento que beber vino que fue. En vez de música, era la vaya que le daban. A lo mejor del banquete, cansóse o quiso cansarse el falso arrimo (al fin, por lo femenil, flaco y falso), dejóle caer, y contó al revés todas las gradas hasta llegar a tierra y ponerse del lodo. Ninguno de cuantos asistían se comidió ayudarle. Miró él a todas partes si alguno se compadecería y vio cerca un viejo cano; rogóle que pues no era hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano. Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros; ejecutólo oficioso, mas él se era coxo cuando no volaba, y no menos falso que los demás. A pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta; aquí lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa que le había quedado: allí se hundió donde nunca más fue visto ni oído pereciendo su memoria con sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta Andrenio, dando palmadas, solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro. Volvióse hacia Critilo y hallóle que no sólo no reía como los demás, pero estaba sollozando.

—¿Qué tienes? —le dijo Andrenio—. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? Cuando los otros ríen, tú lloras, y cuando todos se huelgan, tú suspiras.

—Así es —dijo él—. Para mí, ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases a entenderlo lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

—Pues ¿qué es esto —replicó Andrenio— sino un necio que, siendo extranjero, se fía de todos, y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad? De eso, yo más quiero reír con Demócrito que llorar con Heráclito.

—Y dime —le replicó Critilo—, y si fueses tú ése de quien te ríes, ¿qué dirías?

—¿Yo, de qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano, y no tan necio?

—Ése es el mayor engaño —ponderó Critilo—. Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos, y todos somos él. Entra en este teatro de tragedias llorando, comiénzanle a cantar y encantar con falsedades; desnudo llega y desnudo sale, que nada saca después de haber servido a tan ruines amos. Recíbele aquel primer embustero, que es el Mundo, ofrécele mucho y nada cumple, dale lo que a otros quita para volvérselo a tomar con tal presteza que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo ausenta, y todo para nada. Aquel otro que le convida a holgarse es el Gusto, tan falso en sus deleites cuan cierto en sus pesares; su comida es sin sustancia, y su bebida venenos. A lo mejor, falta el fundamento de la Verdad, y da con todo en tierra. Llega la Salud, que cuanto más le asegura más le miente. Aquellos que le dan priesa son los Males; las Penas le dan vaya, y grita los Dolores: vil canalla toda de la Fortuna. Finalmente, aquel viejo peor que todos, de malicia envejecida, es el Tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja muerto, solo, desnudo y olvidado. De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay se burla del miserable hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila: y el que ayer fue nombre, hoy es polvo, y mañana nada. Pero ¿hasta cuándo perdidos habemos de estar, perdiendo el precioso tiempo? Volvamos ya a nuestro camino derecho, que aquí, según veo, no hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en Palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza de un rey sin nada de realidad: estaba más embelesado cuando más embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó a prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas distancias por verle y besarle los pies, que aún no tenía: ofreciéronle que sí una tarde, que sin llegar siempre lo fue. Volvió Critilo a proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo, y ya rogando; túvole finalmente, si no convencido, enfadado de tanto «¡Sin falta!» con tantas. Llegaron ya a la puerta de la ciudad con resolución de dejarla; mas, ¡oh desdicha continuada!; hallaron guardas en ella que a nadie dejaban salir, y a todos entrar. Con esto, hubieron de volver atrás: Critilo, apesarado de su poca suerte; y Andrenio, arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo a su necedad en pretensiones; iba y venía a palacio, y aunque para cada día había su excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de pensar en su remedio, pero el extraordinario modo como lo consiguió diremos adelante, entretanto que se da noticia de las maravillas de la celebrada Artemia.