El Criticón. Segunda parte: Crisi 3

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CRISI TERCERA de El Criticón: Segunda parte



CRISI TERCERA. La cárcel de oro y calabozos de plata

Cuentan, y yo lo creo, que una vez, entre otras, tumultuaron los franceses y con la ligereza que suelen se presentaron delante de la Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.

—¿Qué murmuráis de mí —dijo ella misma—, que me he vuelto española? Sed vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda; por eso lo es; ni a vosotros os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda, algún antojo (y por lo envidioso, de larga vista) de la felicidad de España.

—¡Oh madrastra nuestra —respondieron ellos— y madre de los españoles, cómo te sangras en salud! ¿Es posible que siendo la Francia la flor de los reinos por haber florecido siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas, escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud, méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios: es posible que, dejándonos a nosotros con las flores, les des a los españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento contigo, si tú con ellos haces excesos de favor? Dísteles las unas y las otras Indias, cuando a nosotros una Florida en el nombre, que en la realidad muy seca. Y como cuando tú comienzas a perseguir a unos y favorecer a otros, no paras hasta que apuras, has llegado a verificar con ellos los que antes se tenían por entes de quimera, haciendo plásticos los mismos imposibles, como son ríos de plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de ámbares; y sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera cucaña donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los terrones de bizcochos: y con tantos y tan sabrosos dulces, dicen que es el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros. ¿Cómo se puede tolerar?

—¡No digo yo —exclamó la Fortuna— que vosotros sois unos ingratos, sobre necios! ¿Cómo que no os he dado las Indias, eso podéis negar con verdad? Indias os he dado y bien baratas, y aun de mogollón, como dicen, pues sin costaros nada. Y si no, decidme, ¿qué Indias para Francia como la misma España? Venid acá: lo que los españoles ejecutan con los indios, ¿no lo desquitáis vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos, cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento, vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de París, ¿no les volvéis a chupar a los españoles toda la plata y todo el oro? Y esto, sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares. Anda y acaba de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor. Creedme que los españoles son vuestros indios y aun más desatentos, pues que con sus flotas os traen a vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón cuando más trasquilados.

No pudieron negar esta verdad tan clara. Con todo eso, no parecían quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.

—¿Qué es eso? —dijo la Fortuna—. Hablad claro, acabá, decí.

—Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que así como nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no trajésemos a casa la plata, sirviendo a los españoles con la vileza que sabemos y la esclavitud que callamos.

—¡Oh qué lindo —alzó la voz de la Fortuna—, bueno por mi vida! Mosiures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá, cuando se repartieron los bienes, a los españoles les cupo la honra, a los franceses el provecho, a los ingleses el gusto y a los italianos el mando?

Cuán incurable sea esta hidropesía del oro, intenta ponderar esta crisi después de haberse desempeñado de aquel plausible portento que el criado de Salastano, con gran gusto de todos, refirió desta suerte:

—Partí, señor, en virtud de un precepto, en busca de aquel raro Prodigio: el amigo verdadero. Fui preguntando por él a unos y a otros, y todos me respondían con más risa que palabras; a unos se les hacía nuevo, a otros inaudito, y a todos imposible:

—Amigo fiel y verdadero, ¿y cómo ha de ser, y en estos tiempos y en este país? Mas lo extrañaban que el fénix.

—Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la prosperidad —me respondió Timón el de Luciano— de ésos bien hallaréis hartos, y más cuando más hartos, que a la hora del comer son sabañones y a la de ayunar son callos.

—Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo —dijo un caído—. No tenían número por muchos, ni agora por ninguno.

Pasé adelante, y díjome un discreto:

—¿Cómo es eso? ¿De modo que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el cielo se halla.

—Yo he visto cerca de cien vendimias —me respondió uno, y diría verdad, porque parecía del buen tiempo—, y conque toda la vida he buscado un amigo verdadero, no he podido hallar sino medio, y ése a prueba.

—Allá en tiempo que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí contar —dijo una vieja— de un cierto Pilades y Orestes una cosa como ésa. Pero a fe, fijo, yo siempre lo he tenido más por conseja que por consejo.

—No os canséis en eso —me juró y votó un soldado español—, porque yo he rodeado y aun rodado todo el mundo, y siempre por tierras de mi rey, y con que he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el estómago, los de un solo pie a lo grullo sirviéndoles de tejado, los sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas que caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio que ahora oigo. Sola dejé de ver la isla Atlántida, por incógnita: podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no se hallan.

—Que no está tan lejos como eso —le dije—, antes me aseguran le he de hallar dentro de España.

—Eso no creeré yo —replicó un crítico—, porque primeramente él no estará donde hincan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen aun del más acertado amigo. Menos donde, de cuatro partes, las cinco son palabras: y amistad es obras, y obras son amores. Pues donde no se dejan falar, sino por serviles farautes, tampoco, que aun de sí mesmos no se dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca cosa, yo lo dudo: y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto de esto mismo. Pues donde todo se va en flor, sin fruto, es cosa de risa y allí todos los hidalgos, aunque muchos, corren a lo de Guadalajara.

—¿Y en Cataluña?, señor mío —repliqué yo.

—Ahí aún podría ser, que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.

—También son malos para enemigos.

—Bien se ve, piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad, pero una vez confirmada, hasta las aras.

—¿Cómo puede ser eso —instó un forastero—, si allí se hereda la enemistad y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la bandolina?

—Y aun por eso —respondió—, que quien no tiene enemigos tampoco suele tener amigos.

Con estas noticias me fui empeñando la Cataluña adentro; corríla toda, que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los imanes de una agradable estancia, antigua casa, pero no caduca. Fuime entrando por ella, como Pedro por ésta, y notando a toda observación cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres; hombres, sí, y mucho, aunque no muchos, que a prueba me introdujeron allá; criados, pocos, que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes espejos, y ninguno de cristal, por excusar toda quiebra; de acero, sí, y de plata, tan tersos y tan claros como fieles. Todas las ventanas, con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos. Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres, digo tres que hacían uno, porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me brujuleó, me dijo:

—¿Búscasme a mí o a ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse a sí mismos cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte antes, se experimenta después que no los trae otro que su provecho o su honra o su deleite.

—¿Quién eres tú —le dije—, para saber si te busco?; aunque por lo raro ya podría.

—Yo soy —me respondió— el de tres uno, aquel otro yo, idea de la amistad, norma de cómo han de ser los amigos; yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón tenemos, que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra: Sabe por muchos, obra por todos, conoce y discurre con los entendimientos de todos, ve por tantos ojos, oye por tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies; tantos pasos da en su conveniencia como dan todos los otros; mas entre todos, sólo un querer tenemos, que la amistad es un alma en muchos cuerpos.

El que no tiene amigos no tiene pies ni manos, manco vive, a ciegas camina. Y ¡ay del solo!, que si cayere no tendrá quien le ayude a levantar.

Luego que le oí, exclamé:

—¡Oh gran prodigio de la amistad verdadera, aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil, ventaja única del ya hombre!: a ti te busco, criado soy de quien tan bien te estima cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido, ni se logran las felicidades, que hasta el saber es nada si los demás no saben que tú sabes.

—Ahora digo —me respondió el Gerión— que es bueno para mi amigo Salastano. Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con necia infelicidad. ¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que tan bien lo sabía ser, el duque de Nochera!: «No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy, sino con quién», que del convivir se llamó convite.

Desta suerte fue celebrando las excelencias de la amistad, y a lo último:

—Quiero —dijo— que resgistres mis tesoros, que para los amigos siempre están patentes y aun ellos son los mayores.

Mostróme lo primero la granada de Dario, ponderando que los tesoros del sabio no son los rubíes ni los zafiros, sino los Zopiros.

—Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo: ni tan apretado que lastime, ni tan holgado que no ajuste, con riesgo de perderse. Atiende mucho a este diamante, no falso, sí al tope cuando conviene y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza, tan firme que ni en el ayunque quiebra expuesto a los golpes de la fortuna, ni con las llamas de la cólera falta, ni con el unto de la lisonja ni del soborno se ablanda: sólo el veneno de la sospecha le puede hacer mella.

Fue haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad. A lo último, sacó una bugetilla de olor que despedía confortativa fragancia; y cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar realzado del almizcle, me dijo:

—No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo más jubilante que jubilado; bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie y le alegre y juntamente sane las morales llagas.

Entregóme al despedirme esta lámina preciosa con este su retrato dedicado a la amigable fineza.

Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada la amistad entre todos muy a la enseñanza del Gerión: feliz empleo de la varonil edad.

Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia. Nuestros dos peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje de vivir, salieron a proseguirle por la Francia.

Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre a tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes murallas con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos primeras provincias de la Europa, a España de la Francia, fortificando la una contra la otra con murallas de rigores, dejándolas tan distantes en lo político cuando tan confinantes en lo material. Y ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo había delineado en un mapa estas dos provincias en los dos extremos del orbe; caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de otros por aplaudido. Al mismo punto que metieron el pie en Francia conocieron sensiblemente la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra, pero mucho más la total oposición de sus moradores en genios, ingenios, costumbres, inclinaciones, naturales, lengua y trajes.

—¿Qué te ha parecido de España? —dijo Andrenio—. Murmuremos un rato della aquí donde no nos oyen.

—Y aunque nos oyeran —ponderó Critilo—, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.

—Pues, dime, ¿qué concepto has hecho de España?

—No malo.

—¿Luego bueno?

—Tampoco.

—Según eso, ¿ni bueno ni malo?

—No digo eso.

—¿Pues qué?

—Agridulce.

—¿No te parece muy seca, y que de ahí les viene a los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?

—Sí, pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy substanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella, y más los extranjeros.

—¿De tres solas? ¿Y qué son?

—De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.

—¿No te parece que es muy montuosa, y aun por eso poco fértil?

—Así es, pero muy sana y templada; que si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.

—Está muy despoblada.

—También vale uno de ella por ciento de otras naciones.

—Es poco amena.

—No la faltan vegas muy deliciosas.

—Está aislada entre ambos mares.

—También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.

—Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.

—Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares Génova, sus caballos Francia, y sus patacones todo el mundo.

—Dime, y de sus naturales ¿qué juicio has hecho?

—Ahí hay más que decir, que tienen tales virtudes como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios como si no tuviesen tan relevantes virtudes.

—No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.

—Sí, pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos, no tan ingeniosos. Son valientes, pero tardos; son leones, mas con cuartana. Muy generosos, y aun perdidos, parcos en el comer y sobrios en el beber, pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los extranjeros, pero no estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo, pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria, y trasplantados son mejores; son muy allegados a la sazón, pero arrimados a su dictamen. No son muy devotos, pero tenaces de su religión. Y absolutamente es la primer nación de Europa: odiada, porque envidiada.

Más dijeran si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir. Veníase encaminando hacia ellos. Y Critilo:

—Éste —dijo— es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.

—¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?

—Sí, que hay genio común en las naciones, y más en ésta. Y la primera treta del trato es no vivir en Roma a lo húngaro, como algunos, que en todas partes viven al revés.

La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos, viendo que iban de España, fue si había llegado la flota. Respondiéronle que sí, y muy rica. Y cuando creyeron se había de desazonar mucho con la nueva, fue tan al contrario que comenzó a dar saltos de placer, haciéndose son a sí mismo. Admirado Andrenio, le preguntó:

—Pues, ¿de eso te alegras tú, siendo francés?

Y él:

—¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?

—¿Pues de qué provecho le es a Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?

—¡Oh, qué bueno está eso! —dijo el mosiur—. ¿No sabéis vosotros que un año que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieran hacer guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente, cuando se ha alterado algo la plata del Pirú, ¿no se han turbado todos los príncipes de Europa, y todos sus reinos con ellos? Creedme que los españoles brindan flotas de oro y plata a la sed de todo el mundo. Y pues venís de España, muchos doblones trairéis.

—No, por cierto —respondió Critilo—, de lo que menos nos habemos curado.

—¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís! —exclamó el francés—. Basta que aun no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos que aun a la vejez no han comenzado a vivir. ¿No sabéis que el hombre da principio a la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y acaba viejo por la honra?

—Venimos —le dijeron— en busca de una reina que si por gran dicha nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían entrado a la par con ella.

—¿Cómo decís que se nombra?

—Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.

—Ya sé quién decís. Ésa, en otro tiempo, bien estimada era en todo el mundo por su mucha discreción y prendas; mas ya, por pobre, no hay quien haga caso ni casa della: en viéndola sin dote en oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entended una cosa, que no hay otro saber como el tener, y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto y poderoso: es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ora venid conmigo, echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.

—¿Dónde nos piensas llevar?

—Donde halléis, hombres, lo que mozos desperdiciastes. ¡Cómo se echa de ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os lo diré.

Y preguntó:

—¿En cuál pensáis vivir?, ¿en el del oro o en el del lodo?

—Yo diría —respondió Critilo— que en el de hierro: con tantos, todo anda errado en el mundo y todo al revés; si ya no es el de bronce, que es peor, con tanto cañón y bombarda, todo ardiendo en guerras; no se oye otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas entrañas parece se han vuelto de bronce.

—No faltará quien diga —respondió Andrenio— que es el siglo de cobre, y no de pague. Mas yo digo que el de lodo cuando todo lo veo puesto dél: tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra, la virtud dio en el suelo con su letrero ¡Aquí yace!, la basura a caballo, los muladares dorados, y al cabo al cabo, todo hombre es barro.

—No decís cosa —replicó el francés—. Asegúroos que no es sino el siglo de oro.

—¡Mira, quién tal creyera!

—Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se hace caso de otro, todo va a parar en él y por él; y así dice bien, cuando más mal, aquel público maldiciente: Tuti tiramo a questo diavolo di argento.

Relucía ya, de muy lejos, uno como palacio grande, pero no magnífico, y tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:

—¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.

—¿Qué mucho, si lo es? —respondió el mosiur, bailando de contento, que como al dar llaman ellos bailar siempre andan bailando.

—¿Todo el palacio es de oro? —preguntó Critilo.

—Todo, desde el plinto hasta la cima, por dentro y fuera, y cuanto hay en él todo es oro y todo plata.

—Muy sospechoso se me hace —dijo Critilo—, que la riqueza es gran comadre del vicio, y aun se dice vive mal con él. Pero, ¿de dónde han podido juntar tanto oro y tanta plata?, que parece imposible.

—¿Cómo de dónde? Pues si España no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, la sanguisuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? A más de que el poderoso dueño que en este palacio mora tiene tal virtud, no sé yo si dada del cielo o tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si con la mano izquierda, lo convierte en plata, y si con la derecha en oro.

—¡Eh, mosiur! —dijo Critilo—, que ésa fue una novela, tan antigua como necia, de cierto rey llamado Midas, tan sin medida ni casa en su codicia que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre, si enfermó de ahito.

—¿Cómo que es fábula? —dijo el francés—. No es sino verdad tan cierta como platicada hoy en el mundo. ¿Pues que, es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con un palmada que da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolómico del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los docientos al punto, y no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y aunque estudia en Baldo, no es de balde su ciencia. Un médico, pulsando, ¿no se hace él de oro, y a los otros de tierra? ¿Hay vara de virtudes como la del alguacil, y la pluma del escribano, y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más guardado, lo sacan bajo tierra? Las vanas Venus de la belleza, cuando más tocadas y prendidas, ¿no convierten en oro la inmundicia de su torpeza? Hombre hay que con sola una pulgarada que da convierte en el oro más pesado el hierro mal pesado. Al tocar de las cejas, ¿no anda la milicia más a la rebatiña que al rebato? Las pulgaradas del mercader, ¿no convierten en oro la seda y la holanda? Creedme que hay muchos Midas en el mundo; así los llama él cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, a quien todos sirven y le obedecen. Y así, no os admiréis que yo diga que el príncipe que allí vive convierte en oro cuanto toca; y una de las causas por que yo voy allá es para que me toque también y me haga de oro.

—Mosiur —instó Andrenio—, ¿cómo puede vivir de ese modo?

—Muy bien.

—Pues, dime, ¿no se le convierte en oro el manjar así como le toca?

—Buen remedio calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen de ellos y con ellos.

—Sí, pero en llegando a la boca el manjar, en comenzándole a mascar, ¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?

—¡Oh qué mal discurres! —dijo el francés—. Ese melindre fue allá en otro tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. Ya se ha hallado traza como hacer el oro potable y comestible, ya dél se conficionan bebidas que confortan el corazón y alegran grandemente; ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones, y dicen es tan substancial que basta a resucitar un muerto: que eso de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de miserables de no querer comer: todo lo que no comen ni beben ni visten, dicen que lo convierten en oro; ahorran porque no se aforran, mátense de hambre a sí y a sus familias, y de matarse viven.

Con esto, se fueron acercando y descubrieron a las puertas muchas guardas que, a más de estar armadas todas con espaldares castellanos contra los petos gallegos, eran inexorables que no dejaban llegar a ninguno ni de cien leguas; y si alguno porfiaba en querer entrar, arrojábanle un ¡no! salido de una cara de hierro, que no hay bala que así atraviese y deje sin habla al más osado.

—¿Cómo haremos para entrar? —dijo Andrenio—; que cada guarda de éstas parece un Nerón sincopado, y aun más cruel.

—No os embarace eso —dijo el francés—, que esta guarda sólo guarda de la juventud; no dejan entrar los mozos.

Y asi era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda: a todos se les vinculaban hasta ser hombres, pero de treinta años arriba las franqueaban a todo hombre, si ya no fuese algún jugador, descuidado, gastador o castellano, gente toda de la cofadría del hijo pródigo. Mas a los viejos, a los franceses y catalanes, puerta franca y aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y tan a la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. Pero luego hubo otro tope, y mayor: que a más de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico, de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo, estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y condados vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros a llamar, nadie respondía, ni a propósito mucho menos correspondía.

—Mira —decía uno— que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

—Más quiero mis dientes que mis parientes. Cuando yo era pobre no tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre no tiene consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

—¿No me conoces que soy tu amigo? —gritaba otro.

Y respondíanle:

—En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre, y respondía un villano:

—Ahora que tengo, todos me dicen: «Norabuena estéis, Pedro.» —¿Pues a tu padre? — decía un buen viejo.

Y el hijo respondía:

—En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba a su padre un hijo le dejase entrar, y él respondía:

—Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni padres con hijos; pues ¡qué sería suegras con nueras! Oyendo esto, desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

—¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro?

Pues no nos faltará traza a nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróle una valiente maza que estaba pendiente de una dorada cencerra:

—Miradla bien —dijo—, que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis que es?

—Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas —dijo Critilo—, aun creyera yo era la clava de Hércules.

—¿Cómo de Hércules? —dijo el francés—. Fue juguete aquélla, fue un melindre respecto désta, y todo cuanto el entenado de Juno obró con ella fue niñería.

—¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

—Dígote que no valió un clavo respeto désta, ni supo Hércules lo que se hizo, ni supo vivir, ni entendió el modo de hacer la guerra.

—¿Cómo no, si con aquélla triunfó de todos los monstruos del mundo, con ser tantos?

—Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho más ejecutiva, y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de dificultades que se han allanado con ésta.

—Será encantada —dijo Andrenio—, no es posible otra cosa, obra grande de algún poderoso nigromántico.

—Que no está encantada —dijo el francés—, aunque sí hechiza a todos. Más os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de un niño, obra prodigios.

—¡Eh, mosiur —dijo Andrenio—, no tanto encarecimiento! ¿Cómo puede ser eso?

—¿Cómo? Yo os lo diré: porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso metal que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué, pensáis vosotros que los reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de los mosquetes y con el plomo de las balas? Que no, por cierto, sino con dinari, y dinarie più dinari. Mal año para la tizona del Cid y para la encantada de Roldán, respeto de una maza preñada de doblones. Y porque lo veáis, aguarda.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo, pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando atónitos ambos peregrinos y blasonando del mosiur:

—¡Aunque fueran las de la torre de Dánae! Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo; antes, dudaba mucho en entrar, porque dudaba el poder salir. Hallaba como prudente grandes dificultades, mas al retintín de un dinero que oyó contar, que por eso se llamó moneda a monendo, porque todo lo persuade y recaba y a todos convence, se dejó vencer: atrájole el reclamo del oro y de la plata, que no hay armonía de Orfeo que así arrebate. En estando dentro, se volvieron a cerrar las puertas con otror tantos cerrojos de diamante. Mas ¡oh espectáculo tan raro como increíble!, donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una cárcel, llena de prisiones, pues a cuantos entraban los aherrojaban, y es lo bueno que a título de hacerles muchos favores. Estaban persuadiendo a una hermosa mujer que la enriquecían y engalanaban, y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por vida y aun por muerte, la argolla de rico collar, las esposas de unos preciosos brazaletes, que paran en ajorcas, el apretador de sus obligaciones, el esmaltado lazo de un ñudo ciego, la gargantilla de un ahogo: ello fue casa y miento, y cárcel verdadera. Echáronle a un cortesano unos pesados grillos de oro que no le dejaban mover, y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron salones, eran calabozos poblados de cautivos voluntarios, y todos ellos cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro, pero todos tan contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado de gatos, poniendo toda su fruición en oírlos maullar.

—¿Hay tan mal gusto en el mundo como el tuyo? —dijo Andrenio—. ¿No fueran mejores algunos pajarillos enjaulados que con sus dulces cantos te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos, y vivos, y que gustes de oír sus enfadosos maullidos, que a todos los demás atormentan?

—Quita, que no lo entiendes —respondió él—. Para mí es la más regalada música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del mundo: ¿qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo, los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los maullidos de un gato? Cada vez que los oigo, se regocija mi corazón y se albozora mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los instrumentos músicos con el maullido de mis gatos?

—Si fueran muertos —replicó Andrenio—, aun me tentara, ¡pero vivos!

—Sí, vivos, y después muertos; y vuelvo a decir que no hay más regalada voz en cuantas hay.

—Pues, dinos, ¿qué hallas de suavidad en ella?

—¿Qué? Aquel decir mío, mío y todo es mío y siempre mío y nada para vos; ésa es la voz más dulce para mí de cuantas hay.

Hallaron cosas a este tono bien notables. Mostráronles algunos, y aun los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con los otros, pero ni aun para consigo mismos; y con todo eso vivían.

—¿Cómo se sabe? —preguntó Andrenio— que estén descorazonados?

—Muy bien —le respondieron—, en no dar fruto alguno; a más de que buscándoseles a algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.

—¡Desdichada suerte —exclamó Critilo— la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte! Todos bailan en ella al son de las campanas: la viuda rica con un ojo llora y con el otro repica; la hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice: «Río de las lágrimas que lloro»; el hijo, porque hereda, el pariente, porque se va acercando a la herencia, el criado, por la manda y por lo que se desmanda, el médico, por su paga y no por su pago, el sacristán, porque dobla, el mercader, porque vende sus bayetas, el oficial, porque las cose, el pobre, porque las arrastra. Miserable suerte la del miserable: mal si vive y peor si muere.

En un gran salón vieron un grande personaje; quedaron espantados de cosa tan nueva y tan extraña en semejantes puestos.

—¿Qué hace aquí este señor? —preguntó Critilo a uno de sus enemigos, no excusados. Y él:

—¿Qué? Adorar.

—¿Pues qué, es gentil?

—Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

—¿Pues qué adora?

—Dora y adora una arca.

—¿Qué, sería judío?

—En la condición ya podría, pero en la sangre no, que es muy noble, de los ricos hombres de España.

—Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

—Antes, porque no lo es, es hombre rico.

—¿Qué arca es ésta que adora?

—La de su testamento.

—¿Y es de oro?

—Dentro sí, mas por fuera de hierro, pues no sabe qué, ni por qué, ni para qué, ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad que cuentan de las víboras (cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho, y después los hijuelos vengan la muerte de su padre agujereándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear), cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido; luego el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata a pesares; a él, por heredarle su otro hermano segundo le despacha. De suerte que unos a otros como víboras crueles se emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará senior antes de llegar a ser señor; el padre teme al hijo, y cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta su corazón, temiéndole como a su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dice: «¡Seáis bien venido, oh, enemigo de mi enemigo!»

Fueles materia de risa, entre las muchachas de pena, lo que le aconteció a uno destos guardadores: que un ladrón de otro ladrón, que hay ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió se robase a si mismo; de modo que le ayudó a quitarse cuanto tenía; él mismo llevó a cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa, transportándola y escondiéndola donde jamás la vio ni la gozó. Lamentábase después doblando el sentimiento de ver que él había sido el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

—¡Oh lo que puede el interés! —ponderaba Critilo—; que le persuada a un desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para ingratos, jugadores y perdidos, y que él ni coma ni beba, ni vista, ni duerma, ni descanse, ni goce de su hacienda ni de su vida: ladrón de sí mismo, merece muy bien los ciento, contados al revés, y que le destierre el discreto Horacio a par de un Tántalo necio.

Habían dado una vuelta entera a todo aquel palacio de calabozos sin haber podido descubrir el coronado necio, su dueño, cuando a lo último, imaginándole en algún salón dorado ocupando rico trono a toda majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le hallaron muy al contrario metido en el más estrecho calabozo, que aun luz no gastaba por no gastar ni aun de día, por no ser visto para dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas, la barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se envidiaba; mostraba unas grandes ojeras de rico trasnochado. Siendo tan horrible en su aspecto, nada se ayudaba con el vestido, que de viejo la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta. Estaba solo quien de nadie se fiaba, y todos le dejaban estar, rodeado de gatos con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.

Así como entraron, con que a nadie puede ver, fue a abrazarlos, que los quisiera de oro, mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, palacio de Plutón, que toda casa de avaro es infierno en lo penoso y limbo en lo necio. Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de la tiranía codiciosa, buscaban a toda priesa por dónde escapar. Mas como en casa de desdichado se tropieza con los azares yendo en fuga cayeron en una disimulada trampa cubierta con las limaduras de oro de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por librarse más le añudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera, suspiraba Andrenio su mal vendida libertad. Cómo la consiguieron, contará la otra crisi.





El Criticón: Segunda parte de Baltasar Gracián
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