El Criticón. Segunda parte: Crisi 6

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CRISI SEXTA de El Criticón: Segunda parte



CRISI SEXTA

Cargos y descargos de la Fortuna

Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer a pedir nuevas mercedes: que a Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban su perfección de manos de quien habían recibido el ser. Habló allí el hombre en primer lugar y pidió como quien era, porque viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición, y decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo a que, si no es cabeza, tampoco es pies, sino la cara, suplicó con mucho agrado al Hacedor divino que la dotase en belleza.

—Fata la gracia —dijo el gran Padre celestial—; serás hermosa, Pero con la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el entendimiento, y la mujer la hermosura: él la testa y ella el rostro. Llegó esto a oídos de la Fortuna, y dicen quimereó agravios, dando quejas de que no hubiesen hecho caso de la ventura.

—¿Es posible —decía con profundo sentimiento— que nunca haya él oído decir: «Ventura te dé Dios, hijo…», ni ella: «Ventura de fea…»? Dejadles y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el saber y la belleza. Yo les he de malograr sus prendas; ni él será dichoso, ni ella venturosa. Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron desgraciados, todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces se dijo: «Ventura de fea…» Poco vale el saber, el tener, los amigos y cuanto hay, si no tiene un hombre dicha; y poco le importa ser un sol a la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que le había puesto el varón alado; el cual, sin poderle satisfacer, se le había desaparecido.

—Créeme —decía el enano— que todo pasa en imagen, y aun en imaginación, en esta vida: hasta esa casa del saber toda ella es apariencia. ¿Qué, pensabas tú ver y tocar con las manos la misma sabiduría? Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo sino unos borrones de ella en estos escritos que aquí se eternizan. Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus sabios, mas ya aun ésos acabaron; no hay otro saber sino el que se halla en los inmortales caracteres de los libros: ahí la has de buscar y aprender.

—¿Quién, pues, fue —preguntó Critilo— el hombre de tan bizarro gusto, que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito museo?

—Si estuviéramos en Aragón —dijo el Pigmeo—, yo creyera ser del duque de Villahermosa, don Fernando; si en París, del erudito duque de Orliens; si en Madrid, del gran Filipo; y si en Constantinopla, del discreto Osmán, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener, y todas las prendas se malogran.

—Quisiera hallar primero —replicó Critilo— aquel mi camarada que te he dicho que echó por la vereda de la Necedad.

—Si por ahí fue —ponderó el enano—, sin duda restará ya en casa de la Dicha, que antes llegan ésos que los sabios; ten por cierto que le hallaremos en aventajado puesto.

—¿Y sabes tú el camino de la Dicha? —preguntó Critilo.

—Ahí consiste la mayor dificultad; que una vez puestos en él, nos llevará al colmo de toda felicidad. Con todo, paréceme que es éste en lo desigual; demás que me dieron por señal esas yedras que arrimadas se empinan y entremetidas medran. Llegó en eso un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa, y preguntó si iba bien para la Ventura.

—¿Cuál buscáis —dijo el enano—, la falsa o la verdadera?

—¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

—¡Y cómo si la hay, Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre; tiénese por dichoso uno en ser rico, y es de ordinario un desventurado; cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las manos de la justicia, y es ése su mayor castigo; «un ángel fue para mí aquel hombre», dice éste, y no fue sino un demonio que le perdió; tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de la Fortuna, y no es sino un bofetón de que no le ha tenido por hombre el cielo para fiarle un acto de valor; tal dice: «Dios me vino a ver», y no fue sino el mismo Satanás en sus logros, cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida indispuesto, y hubiera sido su único remedio para sanar en el ánimo; alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres, y ésa es su mayor desventura; estima la otra desvanecida por su mayor dicha su buena gracia, y ésa fue su mayor desgracia. Así que los más de los mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha; que en errando los principios, todas salen falsas las consecuencias. Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trasto éste del enfado!), y al punto comenzó a quejarse y murmurar, y un estudiante a contradecirle: que todos cuantos piensan saber algo, dan en espíritus de contradición. Pasaron de una en otra a burlarse del enano.

—Y tú —dijo el estudiante— ¿qué vas a buscar?

—Voy —dijo— a ser gigante.

—¡Bravo aliento! Pero ¿cómo podrá ser eso?

—Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna; que si ella favorece, los pigmeos son gigantes, y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más ruines que yo están hoy bien encaramados; que no hay prendas que tengan, ni hay sabiduría ni ignorancia, ni valor ni cobardía, ni hermosura ni fealdad, sino ventura o desdicha, tener lunar o estrella: todo es risa lo demás. Al fin, ella se dará maña cómo yo sea grande o lo parezca, que todo es uno.

—¡Voto a tal —dijo el soldado—, que quiera o no, ella habrá de hacer la razón!

—No tan alto, señor soldado —dijo el estudiante—, más bajo.

—¡Éste es mi bajo, y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala de don Fernando Ruiz de Contreras! Peor es acobardarse con la Fortuna: sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos; y así veréis que unos socarronazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con cuanto quieren y se burlan de todo el mundo; ellos son los medrados, que de los hombres de bien no hay quien se acuerde. ¡Juro, voto que hemos de andar a mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente!

—No sé yo cómo será eso —replicó el licenciado—, que la Fortuna no hay entenderla: tiene bravos reveses. A otros más estirados he oído ponderar que no hay tomarla el tino.

—Yo, por lo menos —dijo el cortesano— de mis zalemas pienso valerme y mil veces hacerla el buz.

—¡Buz de arca —dijo el soldado— ha de ser el mío! ¿Yo besarla la mano? Si me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

—Ya me parece que me la veo —decía el enano— y que ella no me ve a mí, por ser pequeño, que sólo son visibles los bien vistos.

—Menos me verá a mí —dijo el estudiante—, por ser pobre; que a los deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

—¿Cómo os ha de ver —dijo el cortesano—, si es ciega?

—¿Y eso más? —ponderó Critilo—. ¿De cuándo acá ha cegado?

—No corre otro en la Corte.

—Pues ¿cómo podrá repartir los bienes?

—¿Cómo? A ciegas.

—Así es —dijo el estudiante—, y así la vio un sabio entronizada en un árbol muy copado, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas, tiaras, cidaris, mitras, capelos, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y corazas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un bueno y otro malo, un sabio y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía ella a ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere, y Dios te la depare buena; caía sobre la cabeza de uno una corona, y sobre el cuello del otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte; y las más veces se encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor un remo; a un docto le caía una mitra allá en Cerdeña o acá en Jaca, y a un idiota bien cerca; todo a ciegas.

—Y aun a locas —añadió el estudiante.

—¿Cómo es eso? —replicó Critilo.

—Todos lo dicen que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con concierto.

—¿Y de qué enloqueció?

—Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la Malicia la ha dado bebedizos, y a título de descansarla, se la [ha] alzado con el mando y así da a sus favoridos cuanto quiere; a los ladrones las riquezas, a los soberbios las honras, a los ambiciosos las dignidades, a los menguados las dichas, a las necias la hermosura, a los cobardes las vitorias, a los ignorantes los aplausos y a los embusteros todo; el más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos los premios ni por culpas los castigos; unos yerran y otros lo murmuran: al fin, todo va a locas, como digo.

—¿Y por qué no a malas también? —añadió el soldado—, pues la hacen fama de ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndoles, y contraria de los varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante con todos.

—¿Es posible —ponderó Critilo— que de tantos azares se compone, y con todo eso, la vamos a buscar desde que nacimos, y más ciegos y más locos nos vamos tras ella? Ya en esto se descubría un extravagante palacio que por una parte parecía edificio y por la otra ruina, torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio, no había sino la escalera; que en esta gran casa de la Fortuna no hay otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas cuanto más dobles, y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas para tenerse, riesgos sí para rodar. El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña, pero una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal correspondencia que, así como comenzaba uno a subir por esta parte, al punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal, porque al punto que comenzó a tumbar, soltó de las manos la gran presa que había hecho de oficios y represa de beneficios: cargos, dignidades, riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo; daba aquí un bote una encomienda, y saltaba acullá a manos de un enemigo suyo; agarraba otro de vuelo del oficio, y todos andaban a la rebatiña, haciendo grande fiesta al trabajo ajeno: mas así se usa. Solemnizólo mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

—¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

—¡Pues si hubiérades visto rodar a Alejandro el Magno, aquel verle soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias como nueces cuesta abajo, y coja quien pudiere! Asegúroos que fue una Babilonia.

Acercóse Critilo a la primer grada con sus camaradas donde estaba toda la dificultad del subir, porque aquí asistía el Favor, primer ministro de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano a quien se le antojaba para ayudarle a subir, y esto sin más atendencia que su gusto, que debía ser muy malo, pues por maravilla daba la mano a ningún bueno, a ninguno que lo mereciese. Siempre escogía lo peor: en viendo un ignorante, le llamaba, y dejaba mil sabios. Y aunque todo el mundo le murmuraba, nada se le daba, que de sus temeridades tenía hechos callos en el qué dirán. De una legua columbraba un embustero, y a los hombres de substancia y de entereza no los podía ver, porque le parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras. Pues un adulador, un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le echaba; y para los hombres de veras y de su palabra era un topo, que jamás topó con un hombre de verdad. Siempre echaba mano de tales como él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera entregándolos cuanto hay, y así todo lo confundían. Había millares de hombres por aquel suelo aguardando los favoreciese: pero él, en viendo un entendido, un varón de prendas, decía:

—¡Oxte puto, quién [a] tal le ayudase! Es muy hombre, no conviene. Sujeto, al fin, de bravo capricho. Era de modo que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno, en armas, en letras, en grandeza y en nobleza: que había muchos y muy a propósito. Pero ¿qué mucho?, si descubrieron que estaba ciego de todas pasiones y andaba a ciegas topando con las paredes del mundo, acabando con todo él. Ésta, como digo, era una escala para subir a lo alto. No tenía remedio Critilo por desconocido, ni el cortesano por conocido ni el estudiante ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le hizo pariente, y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver que las gallinas volaban, y el estudiante de que los bestias corrían. Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio, que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado en el valor. Conoció a Critilo, que no fue poco desde tan alto y de donde muchos desconocieron a sus padres y hijos; mas fue llamada de la sangre. Diole luego la mano y levantóle, y entre los dos pudieron ayudar a subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de un premio en muchos. Notaron una cosa bien advertida estando a media escalera, y fue que todos cuantos miraban de la parte de arriba y que subían adelante les parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

—¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquél que fue! ¡Qué sabio el que murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos enanos.

—¡Qué cosa es —dijo Critilo— ir un hombre delante, aquello de ser primero, o venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes hombres, y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada; que hay gran diferencia en el mirar a uno como superior o inferior, desde arriba u desde abajo.

Llegaron ya a la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh cosa rara!, ¡oh prodigio nunca creído, y de que quedaron atónitos y aun pasmados!, digo cuando vieron a una reina totalmente diversa de lo que habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba, porque no sólo no era ciega como se decía, pero tenía en una cara de cielo al medio día, unos ojos más perspicaces que una águila, más penetrantes que un lince; su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de madrastra, y toda ella muy compuesta. No estaba sentada, porque siempre de leva y en continuo movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines; su vestir era la mitad de luto y la otra mitad de gala. Mirándola y mirándose unos a otros, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad, y aun dudaron si era ella.

—Pues ¿quién había de ser? —respondió la Equidad, que la asitía con unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su espanto, y con voz harto agradable les dijo:

—Llegáos acá, decí qué os habéis turbado. No reparéis en decir la verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos como encogidos. Sólo el soldado, con valentía en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo que pudo oírle todo el mundo, dijo:

—Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de decir hoy las verdades. Todo el mundo, de cabo a cabo, desde la corona a la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre ajenos de lo que se dice.

—Ya sé que todos se quejan de mí —dijo ella misma—, pero ¿de qué y por qué? ¿Qué es lo que dicen?

—Mas ¡qué no dicen! —respondió el soldado—. Al fin, yo comienzo con tu licencia, si no con tu agrado. Dicen, lo primero, que eres ciega; lo segundo, que eres loca; lo tercero, necia; lo cuarto…

—Aguarda, aguarda. Basta, vete poco a poco —dijo—, que hoy quiero dar satisfación al universo. Protesto, lo primero, que soy hija de buenos, pues de Dios y de su divina providencia, y tan obediente a sus órdenes, que no se mueve una hoja de un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos, es verdad que no los tengo, porque no se heredan ni las dichas ni las desdichas. El mayor cargo que me hacen los mortales, y el que yo más siento, es decir que favorezco a los ruines; que aquello de ser ciega, seréis vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines procederes, que dan las cosas a otros tales como ellos. El ricazo da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los cientos y los ducientos a la ramera, y trairá desnuda el ángel de una hija y el serafín de una virtuosa consorte: es esto emplean sus grandes rentas. Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los merecen y positivamente los desmerecen, favorecen al ignorante, premian al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del más merecedor, ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona por el peor hijo, y la madre por la hija más loca, el príncipe por el ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor por la oveja roñosa, el prelado por el subdito relajado, el capitán por el soldado más cobarde, Y si no, mirad, cuando gobiernan hombres de entereza y de virtud, como ahora, si son estimados los buenos, si son premiados los sabios. Escoge el otro por amigo al enemigo de su honra, y por confidente al más ruin; con ése se acompaña, ése que le gasta la hacienda. Creedme que en los mismos hombres está el mal, ellos son los malos y los peores, ellos ensalzan el vicio y desprecian la virtud, que no hay cosa hoy más aborrecida. Favorezcan ellos los hombres de bien, que yo deseo otro. Veis aquí mis manos: miradlas, reconocedlas, que no son mías; ésta es de un príncipe eclesiástico, y esta otra de un seglar; con éstas reparto los bienes, con éstas hago mercedes, con éstas dispenso las felicidades. Ved a quien dan estas manos, a quién medran, a quién levantan; que yo siempre doy las cosas por manos de los mismos hombres, ni tengo otras. Y para que veáis cuánta verdad es ésta: ¡Hola!, ¡hola!, llamadme aquí luego el Dinero, venga la Honra, los Cargos, Premios y Felicidades, venga acá cuanto vale y se estima en el mundo, comparezcan aquí todos cuantos se nombran bienes míos.

Concurrieron luego todos, y comenzó a alborotarlos cuerda— mente.

—Venid acá —decía—; ruin canalla, gente baja y soez, que vosotros infames, me tenéis sin honra. Di, tú, bellacón, di, tú, Dinero, por qué estás reñido con los hombres de bien, por qué no vas a casa de los buenos y virtuosos. ¿Es posible que me digan que siempre andas con gente ruin, haciendo camarada con los peores del mundo, y me aseguran que nunca sales de sus casas? ¿Esto se puede tolerar?

—Señora —respondió el Dinero— primeramente, todos los ruines, como son rufianes, farsantes, espadachines y rameras, jamás tienen un real, ni para en su poder. Y si los buenos tampoco le tienen, no tengo yo la culpa.

—Pues ¿quién la tiene?

—Ellos mismos.

—¿Ellos, de qué suerte?

—Porque no me saben buscar: ellos no roban, no trampean, no mienten, no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no engañan, ¿Cómo han de enriquecer si no me buscan?

—¿Qué, es menester buscarle? Vayase él, pues corre tanto, a sus casas mismas y ruégueles y sírvales.

—Señora, ya voy tal vez, o por premio o por herencia, y no me saben guardar: luego me echan la puerta afuera, haciendo limosnas, remediando necesidades, más que el arcipreste de Daroca; pagan luego todo lo que deben, prestan, son caritativos, no saben hacer una ruindad, y así luego me echan la puerta afuera.

—No es eso echarte a rodar, sino bien alto, pues en el cielo. Y tú, Honra, ¿qué respondes?

—Lo mismo, que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban, no se entremeten; antes, se humillan, se retiran del bullicio, no multiplican cartas, no presentan, y así, ni me saben buscar, ni a ellos los buscan.

—¿Y tú?, Hermosura.

—Que tengo muchos enemigos, todos me persiguen cuando más me siguen; quiérenme para el mundo, nadie para el cielo. Siempre ando entre locas y necias; las vanas me placean, me sacan a vistas; las cuerdas me encierran, me esconden, no se dejan ver. Y así, siempre me topan con gente ruin, a tontas y a locas.

—Habla tú, Ventura.

—Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los desesperados no tienen qué perder: ¿qué quieres tú que diga?

—¿No veis —exclamó la Fortuna— lo que pasa?

Conocieron todos la verdad, y valióle. Sólo el soldado volvió a replicar, y dijo:

—Muchas cosas hay que no dependen de los hombres, sino que tú absolutamente las dispensas, las repartes como quieres, y se quejan que con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es que todos viven descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres, los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados, los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que a nadie tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro, todos son aguados. Hasta la misma Naturaleza se queja o se excusa con que en todo te le opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el mundo: si la una echa por un cabo, la otra por el otro. Por el mismo caso que la Naturaleza favorece a uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú las desluces y las malogras, que vemos infinitos perdidos por esto, grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrique Cuarto muerto a puñaladas, un marqués del Valle pleiteando, un rey don Sebastián vencido, un Belisario ciego, un duque de Alba encarcelado, un don Lope de Hoces abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el mundo. —Basta —dijo la Fortuna—, que lo que más me habían de estimar los hombres, eso me calumnian. ¡Hola, Equidad!, vengan las balanzas. ¿Véislas, véislas? Pues sabed que no doy cosa que no la pese y contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá, necios, inconsiderados: si todo lo diera a los sabios, ¿qué hiciérades vosotros? ¿Habíais de quedar destituidos de todo? ¿Qué había de hacer una mujer si fuera necia y fea y desdichada?: desesperarse. ¿Y quién se pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si no, hagamos una cosa. Traigan acá todas mis dádivas; vengan las lindas: si tan desgraciadas son, truequen con las feas; vengan los discretos: si tan descontentos viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener. Fue luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras, riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fue tal el contrapeso de cuidados a las honras, de dolores a los gustos, de descréditos a los vicios, de achaques a los deleites, de pensiones a las dignidades, de ocupaciones a los cargos, de desvelos a las riquezas, de trabajos a la salud, de crudezas al regalo, de riesgos a la valentía, de desdoros a la hermosura, de pobreza a las letras, que cada uno decía:

—Démonos por buenos.

—Estas dos balanzas —proseguía la Fortuna—somos la Naturaleza y yo, que igualamos la sangre: si ella se decanta a la una parte, yo a la otra; si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella a la hermosa, yo a la fea; siempre al contrario, contrapesando los bienes.

—Todo eso está bien —replicó el soldado—, pero ¿porqué no has de ser constante en una cosa, y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena tanta mudanza?

—¿Qué más quisieran los dichosos? —respondió la Fortuna—. ¡Bueno, por cierto, que siempre gozasen unos mismos los bienes, y que nunca les llegase su vez a los desdichados! De eso me guardaré yo muy bien. ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta, y nunca pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes, vayan a veces: sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues si aun con saber esto y llamarme la Mudable, no se dan por entendidos los poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando los inferiores, atrepellando los desvalidos. ¿Qué hicieran si ellos supieran que no había de haber mudanza? ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los ricos, los mandones, ¿qué fuera si se aseguraran echando un clavo y su felicidad? Éste sí que fuera yerro. ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda, y desengáñese todo el mundo que nada permanece sino la virtud.

No tuvo más que replicar el soldado; antes, volviéndose al estudiante, le dijo:

—Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna, ¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo del hablar. Confesó él que no era, sólo venía a pretender un beneficio bobo. Mas la Fortuna;

—Ya sé —dijo— que los sabios son los que hablan más mal de mí, y en eso muestran serlo.

Escandalizáronse todos mucho de oír esto. Y ella:

—Yo me desempeñaré. No es porque ellos así lo sientan, sino porque lo sienta el vulgo, para tener, a raya los soberbios: yo soy el coco de los poderosos, conmigo les hacen miedo. Teman los ricos, tiemblen los afortunados, escarmienten los validos, enfrénense todos. Una cosa os quiero confesar, y es que los verdaderos sabios, que son los prudentes y virtuosos, son muy superiores a las estrellas. Bien es verdad que tengo cuidado no engorden, porque no duerman; que el enjaulado jilguero, en teniendo qué comer, no canta. Y porque veáis que ellos saben ser dichosos. ¡Hola!, arrastrad aquella mesa.

Era redonda y capaz de todos lo siglos. En medio de ella se ostentaban muchas venturas en bienes, digo, cetros, tiaras, coronas, mitras, bastones, varas, laureles, púrpuras, capelos, tusones, hábitos, borlas, oro, plata, joyas, y todas sobre un riquísimo tapete. Mandó luego llamar todos los pretendientes de ventura, que fueron todos los vivientes: que ¿quién hay que no desee? Coronaron la gran mesa, y teniéndolos así juntos, les dijo:

—Mortales, todos estos bienes son para vosotros. ¡Alto!, disponeos para conseguirlos, que yo nada quiero repartir, por no tener quejosos; cada uno escoja lo que quisiere y coja lo que pudiere.

Hizo señal de agarrar, y al punto comenzaron todos a porfía a alargar los brazos y estirarse para alcanzar cada uno lo que deseaba, pero ninguno podía conseguirlo. Estaba ya uno muy cerca de alcanzar una mitra, aunque no la merecía tanto como un vicario general, y sea el doctor Sala; anduvo porfiando toda la vida tras ella, mas nunca la pudo asir, y murió con aquel buen deseo. Daba saltos un otro por una llave dorada, y aunque se fatigó y fatigó a los otros, como tenía dientes se le defendía. Empinábanse algunos al rojo y al cabo se quedaban en blanco. Anhelaba otro y aun sudaba tras un bastón, mas vino una bala y derribóle a la que le iba a empuñar. Cogían unos la carrera y muy de atrás, y a veces por rodeos y indirectas, daban valientes saltos por alcanzar alguna cosa, y quedábanse burlados. Andaba cierto personaje, aunque a lo disimulado, por alcanzar una corona, cansábase de ser príncipe de retén, mas quedóse con estas esperanzas. Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de carne; no se dignó de mirar a los demás, burlándose de todos.

—Éste sí —dijeron— que se ha de alzar con todo, y más que tiene cien garras. Alzó el brazo, que fue izar una entena, hizo temblar todos los bienes de la Fortuna, mas aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y casi casi llegó a rozarse con una corona, no la pudo asir; de que quedó hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna. Probábanse, ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al cabo de todos se rendían.

—¿No hay algún sabio? —gritó la Fortuna—. Venga un entendido y pruébese. Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo, que los largos raras veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole, y decían:

—¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido? Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fue tirando hacia sí y trayendo con él todos los bienes juntos. Aquí alzaron, todos el aplauso, y la Fortuna dijo:

—Ahora veréis el triunfo del saber.

Hallóse en un punto con todos los bienes en su mano, señor de todos ellos, fuelos tanteando, y habiéndolos sopesado, ni tomó la corona, ni la tiara, ni el capelo, ni la mitra sino una medianía, teniéndola por única felicidad. Viendo esto el soldado, llegóse a él y rogóle le alcanzase un bastón de aquéllos, y el cortesano un oficio. Preguntóle si quería ser ayuda de cámara, y él dijo:

—De cámara, no; de mesa, sí.

Mas no se halló tal plaza, que era muerta. Dábale una tenencia de la guarda; tampoco la acetó, por ser oficio de coscorrones, de más ruido que provecho.

—Toma, pues, esta llave capona.

—¿Y cómo comeré yo sin dientes? No te canses en buscarme oficio en palacio, que todo es ser mozo. Búscame un gobierno allá en Indias, y mejor cuanto más lejos.

Al estudiante le alcanzó su beneficio. Para Critilo y Andrenio un espejo de desengaños. Mas ya en esto, tocaron a despejar, el Tiempo con su muleta, la Muerte con su guadaña, el Olvido con su pala, la Mudanza dando temerarios empellones, el Disfavor puntapiés, la Venganza mojicones. Comenzaron a rodar unos y otros, por una y otra parte, que para el caer no había sino una grada, y ésa deslizadero; todo lo demás era un despeño. Cómo salieron deste común riesgo nuestros dos peregrinos de la vida, que lo mejor del correr es un parar bien, y lo más dificultoso de la ventura es el buen dejo, ése será el principio de la crisi siguiente.





El Criticón: Segunda parte de Baltasar Gracián
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