El Criticón. Tercera parte: Crisi 4

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​CRISI CUARTA​ de El Criticón: Tercera parte


CRISI CUARTA

El Mundo descifrado

Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.

Esto les decía a nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, que le habían ganado cuando perdido él a su Adevino.

—Tenéis buen gusto —les decía—, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo; porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto; pieles extendidas, esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios a esos cielos, iluminados de luces en vez de rasgos, y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo, porque como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados e inescrutables, Asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de hallar perdidos, sin acertar a leer palabra ni conocer letra, ni un rasgo ni un tilde.

—¿Cómo es eso —replicó Andrenio—, que el mundo todo está cifrado?

—Pues ¿agora recuerdas con eso? ¿Agora te desayunas de una tan importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto habrás hecho de las cosas!

—¿De modo que todas están en cifra?

—Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad de quien todos huían, y vosotros de los primeros?

—¿Quién había de ser —respondió Andrenio— sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aun me dura el espanto de haberle visto?

—Pues hágote saber que era el Odio, el primogénito de la Verdad: ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.

—Aguarda —dijo Critilo—, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle ni tratarle, ¿quién era?

—Ése es el postrero, el que llega tarde. A ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.

—¡Pero, qué no tuviésemos suerte de ver la Verdad —se lamentaba Andrenio— ni aun esta vez, estando tan cerca especialmente en su elemento, que dicen es muy hermosa, no me puedo consolar!

—¿Cómo que no la viste? —replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba—. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros; y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos, ni saben ni entienden. En llegando a sus cosas, desatinan; de modo que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos: saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. Pero ¿no viste alguna de tantas bellísimas hembras que por allí discurrían?

—Sí, muchas, y bien lindas.

—Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas más hermosas, que el tiempo, que todo lo desluce, a la Verdad la embellece.

—Sin duda —añadió Critilo— que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, era la Verdad.

—La misma.

—Yo la besé —dijo Andrenio— la una de sus blancas manos, y la sentí tan amarga que aún me dura el sinsabor.

—Pues yo —dijo Critilo— la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas qué linda estaba y muy de día; todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno: ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres, y así de los demás. Pero, entre todas estas perfecciones, excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.

—Pues a mí —replicó Andrenio— me pareció toda al contrario, y aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por extremo.

—Paréceme —dijo el Descifrador— que vivís ambos muy opuestos en genio; lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.

—A mí —dijo Critilo— pocas cosas me satisfacen del todo.

—Pues a mí —dijo Andrenio— pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno, y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.

—Y aun necios —replicó Critilo.

Interpúsose el Descifrador:

—Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra, y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos, que las mujeres y los maridos es cosa cierta, cuanto más los suegros y cuñados: el dote fiado y la suegra de contado. Las más de las cosas no son las que se leen: ya no hay entender pan por pan, sino por tierra, ni vino por vino, sino por agua, que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¡qué serán los hombres! Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son, y son lo que parecen.

—¿Cómo puede ser eso —replicó Andrenio—, si todas ellas de pies a cabeza, no son otro que una mentirosa lisonja?

—Yo te lo diré: porque las más parecen malas, y realmente que lo son. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra para ver si el que os hace mucha cortesía quiere engañaros, si el que besa la mano, querría morderla, si el que gasta mejor prosa os hace la copla, si el que promete mucho cumplirá nada, si el que ofrece ayudar tira a descuidar, para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos letores, que entienden C por B, y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan a ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman de discurrir los entendidos.

—Pues, dime —preguntó Andrenio—, éstos que vamos encontrando ¿no son hombres en todo el mundo, y aquellas otras no son bestias?

—¡Qué bien lo entiendes! —le respondió en pocas palabras y mucha risa—. ¡Eh!, que no lees cosa a derechas. Advierte que los más, que parecen hombres, no lo son, sino diptongos.

—¿Qué cosa es diptongo?

—Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer, y una mujer que habla como hombre; diptongo es un marido con melindres, y la mujer con calzones; diptongo es un niño de sesenta años, y uno sin camisa crujiendo seda; diptongo es un francés inserto en español, que es la peor mezcla de cuantas hay; diptongo hay de amo y mozo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bien mal, un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo hay de sol y de luna en la variedad y belleza; diptongo toparéis de sí y de no, y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son diptongos en el mundo, unos compuestos de fieras y hombres, otros de hombres y bestias; cuál de político y raposo, y cuál de lobo y avaro; de hombre y gallina muchos bravos, de hipógrifos muchas tías, y de lobas las sobrinas, de micos y de hombres los pequeños, y los agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, que conversar con un necio no es otro que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos afectados son buñuelos sin miel, y los podridos, bizcochos de galera. Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua, y destos toparéis muchos; aquel otro que os parece un Hércules con clava no es sino con rueca, que son muchos los diptongos afeminados. Los peores son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo (pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud), así como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en particulares, y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino de oro, advertid que son borregos, y que los Cornelios son ya Tácitos, y los Lucios, Apuleyos. Pero ¿qué mucho?, si aun en las mismas frutas hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas, y compraréis manzanas y os dirán que son peras. ¿Qué os diré de las paréntesis aquellas que ni hacen ni deshacen en la oración, hombres que ni atan ni desatan? No sirven sino de embarazar el mundo. Hacen algunos número de cuarto conde y quinto duque en sus ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad, que hay paréntesis del valor y digresiones de la fama. ¡Oh cuántos destos no vinieron a propósito ni a tiempo!

—De verdad —dijo Critilo— que me va contentando este arte de descifrar, y aun digo que no se puede dar un paso sin él

—¿Cuantas cifras habrá en el mundo? —preguntó Andrenio.

—Infinitas, y muy dificultosas de conocer, mas yo prometo declararos algunas, digo las corrientes, que todas sería imposible. La mas universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el &c.

—Ya la he oído usar algunas veces —dijo Andrenio—, pero nunca había reparado como ahora ni me daba por entendido

—¡Oh que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando dos y pasar otro: «¿Quien es aquél?» «¿Quién? Fulano.» «No lo entiendo.» «¡Oh válgame Dios!, dice el otro: aquel que… etcétera» «¡Oh!, sí, sí ya lo entiendo.» Pues eso es el etcétera. «¿Aquella otra quien es?» «¿Qué, no la conocéis?» «Aquélla es la que… etcétera.» «Sí, sí ya doy en la cuenta.» «Aquél es cuya hermana… etcétera.» «No digáis mas, que ya esto al cabo.» Pues eso es el etcétera Enfadase uno con otro y dícele: «¡Quite allá, que es un… etcétera! ¡Vayase para una… etcétera.» Entiéndense mil cosas con ella, y todas notables. Reparad en aquel monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensareis que es su marido?

—¿Pues qué había de ser?

—¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—No se puede decir: es ¡un etcétera!

—¡Válgate por la cifra, y quién había de dar con ella!

—Aquella otra, que se nombra tía, no lo es.

—¿Pues qué?

—Etcétera. La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido; ¡eh, que no lo son, por ningún caso! No son sino etcétera. El sobrino del tío, que no lo es, sino etcétera, digo sobrino de su hermano. Hay cien cosas a esta traza que no se pueden explicar de otra manera, y así echamos un etcétera cuando queremos que nos entiendan sin acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho mas de lo que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y que llena carta de ellas; pero si no van preñadas, son sencillas y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron el Licenciado de etcétera, así como a otro el licenciado del chiste. Reparad bien, que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.

—Gran cifra es ésta —decía Andrenio—, abreviatura de todo lo malo y lo_peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Que preñada y que llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca, y todas raras! Yo la repasare muy bien.

—Pues pasemos adelante —dijo el Descifrador—. Otra os quiero enseñar que es más dificultosa, y por no ser tan universal, no es tan común, pero muy importante.

—¿Y cómo la llaman?

—Qutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye muchas y muy enfadosas impertinencias, y se descifra por ella la necia afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras con pocas razones?

—Sí, y aun parece hombre discreto.

—Pues no lo es, sino un afectado, un presumido, y, en una palabra, él es un qutildeque. Notad aquel otro que se compone y hace los graves y los tiesos, aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos, aquél que va vendiendo secretos.

—Parecen grandes hombres.

—Pues no lo son, sino que lo querrían parecer; no son sino figuras en cifra de qutildeque. Reparad en aquel atusadillo que se va paseando la mano por el pecho, y diciendo: «¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!» Pues aquel otro que no le pesa haber nacido, también es qutildeque. El atildado, estáse dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el acartonado, y otros muchos de la categoría del enfado, todos estos se descifran por la qutildeque.

—¡Qué docto se quiere ostentar aquél! —dijo Andrenio—. ¡Qué bien vende lo que sabe!

—Señal que es ciencia comprada, y no inventada. Y advierte que no es letrado; más tiene de qutildeque, que de otras letras. Todos estos atildados afectan parecer algo, y al cabo son nada. Y si acertáis a descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de qutildeque.

—¡Aguarda!, ¿y aquellos otros —dijo Andrenio—, tan alzados y dispuestos, que parece los puso en zancos la misma naturaleza o que su estrella los aventajó a los demás, y así los miran por encima del hombro y dicen?: «¡Ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos?», éstos sí que serán muy hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

—¡Oh qué mal que lees! —le dijo el Descifrador—. Advierte que lo que menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean realzados, y aunque crecieron tanto, no llegaron a ser personas. Lo cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel refrán: «Hombre largo, pocas veces sabio.»

—Pues ¿de qué sirven en el mundo?

—¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón, y es decir que no se ha de medir uno por las zancas, no por cierto, sino por la testa; que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas no el espíritu; quédaseles del cuello abajo, no pasa tan arriba; y así veréis que por maravilla les llega a la boca, y se les conoce en la poca sustancia con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón que por allí pasa, las calles y plazas anexia, y con todo eso, anda mucho y discurre poco.

—¡Oh lo que abarca aquel otro de suelo! —ponderaba Andrenio.

—Sí, pero cuán poquito de cielo, y aunque tal alto, muy lejos está de tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis muchos en el mundo; tendréislos en lo que son llevando la contracifra. Por otra parte, veréis que se paga mucho el vulgo de ellos, y más cuanto más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, miden la calidad por la cantidad, y como los ven hombres de fachada, conciben dellos altamente; llena mucho una gentil presencia; por poco que favorezca el espíritu, parece uno doblado, y más si es hombre de puesto. Pero ya digo, por lo común ellos, bien descifrados, no son otro que zancones.

—Según eso —dijo Andrenio—, aquellos otros sus antípodas, aquellos pequeños, y por otro nombre ruincillos (que por maravilla escapan de ahí), aquellos que hacen del hombre porque no lo son, siquiera por parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, gente de polvorín, picantes granos; aquel que se estira porque no le cabe el alma en la vaina; el otro gravecillo que afecta el ser persona y nunca sale de personilla, con poco se llena; chimenea baja y angosta toda es humos; todos estos sí que serán letras.

—De ningún modo, digo que no lo son.

—¿Pues qué?

—Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de enes. Por eso es menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de puntillas; ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta, ni de sus otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos, y así dice el catalán: Poca cosa para forsa. Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre muy pequeño, ni les escuchaba. Llevan el alma en pena: si andan, no tocan en tierra, porque van de puntillas, y si se sientan, ni tocan ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia, y así tienen malas entrañuelas; son de casta de sabandijas pequeñas, que todas pican que matan. Al fin, ellos son abreviaturas de hombres y cifra de personillas. Otra cifra me olvidaba que os importará mucho el conocerla, la más platicada y la menos sabida; entiéndense mil cosas en ella, y todas muy al contrario de lo que pintan, y por eso se han de leer al revés. ¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la intención?

—Claro es eso —respondió Andrenio.

—¿Creeréis que es un beato?

—Y con razón.

—Pues sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—Un alterutrum.

—¿Qué cosa es alterutrum?

—Una gran cifra que abrevia el mundo entero, y todo muy al contrario de lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un león?

—Yo por tal le tengo.

—En lo rapante ya podría, pero aténgome más a las plumas de gallina que tremola que a las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y autorizada, ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mentón?

—Téngole por un Bártulo moderno.

—Pues no es sino un alterutrum, un semicapro lego, de quien decía un mecánico: «Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la vecindad mi herrería.» ¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro! Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata, que no es sino un alterutrum que, de achaque de gorrón de Salamanca, come hoy lo que entonces ayunó, los veinte mil de renta, cuando se están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de estos alterutrunes, muy otros de lo que se muestran, que todo pasa en representación: para unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto, todos pasan en cifra de alterutrum. Observadle bien, que si no, a cada paso tropezaréis en ella: estudiad la contracifra de suerte que no a todo vestido de sayal tengáis por monje, ni el otro porque roce seda dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias que volvieron de Roma borregos felpados de oro; al oficial veréis en cifra de caballero, al caballero de título, al título, de grande, al grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el que ayer con el mandil; lleva el nieto la insignia verde, y llevó el abuelo el babador amarillo; jura éste a fe de caballero, y pudiera de gentil. Cuando oigáis a uno prometerlo todo, entended alterutrum, que dará nada; y cuando responda el otro a vuestra súplica un sí, sí duplicado, creed alterutrum, que dos afirmaciones niegan, así como dos negaciones afirman; esperad más de un no, no, que de un doblado sí, sí. Cuando al pagar dice el médico no, no, habla en cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: «Señor, veámonos» es decir que no os le pongáis delante. El «Yo iré a vuestra casa» es lo mismo que no pondrá los pies en ella. «Aquí está mi casa» es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: «¿Habéis menester algo?», bien descifrado es lo mismo que decir: «Pues idlo a buscar.» Y cuando dice: «Mirad si se os ofrece alguna cosa», entonces echa otro ñudo a la bolsa. A esta traza habéis de descifrar los más apretados cumplimientos: «Todo soy vuestro», entended que es muy suyo. «¡Oh lo que me alegro de veros!», y más de aquí a veinte años. «Mandadme algo», entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio, y en llegando la contracifra de la ocasión se halla engañado. Otras muchas hay que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, quedarán para otra ocasión.

—Ésas —replicó Critilo, que a todo había callado— me holgara yo saber en primer lugar; porque estas otras que nos has dicho, los niños las aprenden en la cartilla.

—Ahí verás —dijo el Descifrador— que aun comenzando tan temprano a estudiarlas, tarde llegan a entenderlas; a los niños los destetan con ellas, y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad las contracifras, que esas otras yo os ofrezco explicároslas en el arte de discurrir para que haga pareja con la de concebir. Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta era para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. Hoy vieron a la una y otra acera a varias oficinas, aunque tenidas por mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal sutileza que pasaban plaza de aciertos: doraban albardas, estatuas, terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían muy bien de luego, pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el lodo.

—Basta —dijo Critilo— que no es todo oro lo que reluce.

—Aquí sí —respondió el Descifrador— que hay que discurrir y bien que descifrar.

Creedme que por más que se quieran dorar los desaciertos, ellos son yerros y lo parecerán después. Querernos persuadir que el matar un príncipe, y por su mano, ¡horrible hazaña!, a sus nobilísimos cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que fue celo de justicia: díganle al que tal escribe que es querer dorar un yerro. Defender que el otro rey no fue cruel ni se ha de llamar así, sino el justiciero: díganle al que tal estampa que tiene pequeña mano para tapar la boca a todo el mundo. Decir que el perseguir los propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida, que fue obligación y no pasión: respóndaseles que por más que los quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. Publicar que el dejamiento y remisión que ocasionó más muertes de grandes y de señores que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia: díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el hierro y triunfará la verdad.

Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron, pero la lograron, diciendo era debido a su vejez; cebóse en ellos Andrenio, celebrándolos mucho, mas el Descifrador, tomando uno en la mano:

—¿Veis —dijo— qué bocado tan regalado éste? ¡Pues si supiésedes lo que es!

—¿Qué ha de ser —dijo Andrenio— sino un terrón de azúcar de Candia?

—Pues sabed que fue un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante moral y sin el agrio satírico. Este otro que cruje entre los dientes era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte, y tan celebrados por grandes hombres: confitan su agria condición y su aspereza a los principios, azucaran otros el no y el mal despacho, enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado. Esta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza como agria en lo interior; atended qué dulce se vende con el buen modo: ¡quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables, y hanlas conficionado de suerte que son regalo. Ésta era flor de azahar, que ya hasta los azares se confitan y son golosina, y hay hombres tan hallados con ellos como Mitrídates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un pepino, escándalo de la salud, y aquel otro un almendruco, que hay gustos que se ceban en un poco de madera. De modo que andan unos a cifrar, y otros a descifrar y dar a entender.

Junto a éstos estaban los tintoreros, dando raros colores a los hechos. Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los sucesos, y así daban muy bien color a lo más mal hecho y echaban a la buena parte lo mal dicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por bueno: historiadores de pincel, no de pluma, dando buena o mala cara a todo lo que querían. Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la boca con el almizcle y el ámbar. Solos a los sogueros celebró mucho el Descifrador, por andar al revés de todos.

En llegando aquí se sintieron tirar del oído, y aun arrebatarles la atención. Miraron a un lado y a otro, y vieron sobre un vulgar teatro un valiente decitore rodeado de una gran muela de gente, y ellos eran los molidos; teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. Éste pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba vendiendo maravillas.

—¡Agora quiero mostraros —les decía— un alado prodigio, un portento del entender! Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que lo son; pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto de cosas tan altas y sutiles. ¡Alerta, pues, mis entendidos!, que sale un águila de Júpiter que habla y discurre como tal, que se ríe a lo Zoilo y pica a lo Aristarco; no dirá palabra que no encierre un misterio, que no contenga un concepto con cien alusiones a cien cosas: todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.

—Éste —dijo Critilo—, sin duda, será algún rico, algún poderoso, que si él fuera pobre nada valiera cuanto dijera: que se canta bien con voz de plata y se habla mejor con pico de oro.

—¡Ea! —decía el Charlatán—, tómense la honra los que no fueren águilas en el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va, nadie se mueve? El caso fue que ninguno se dio por entendido, de desentendido; antes, todos, por muy entendedores; todos mostraron estimarse mucho y concebir altamente de sí. Comenzó ya a tirar de una grosera brida y asomó el más estólido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.

—¡He aquí —exclamó el Embustero— un águila a todas luces en el pensar, en el discurrir! Y ninguno se atreva a decir lo contrario, que sería no darse por discreto.

—Sí, ¡juro a tal! —dijo uno—, que yo le veo las alas, y ¡qué altaneras!; yo le cuento las plumas, y ¡qué sutiles que son! ¿No las veis vos? —le decía al del lado.

—¡Pues no —respondía él—, y muy bien!

Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:

—Juro como hombre de bien que yo no veo que sea águila ni que tenga plumas, sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.

—¡Ta, ta!, no digáis eso —le replicó un amigo—, que os echáis a perder, que os tendrán por un gran etcétera. ¿No advertís lo que los otros dicen y hacen? Pues seguid el corriente.

—¡Juro a tal —proseguía otro varón también de entereza—, que no sólo no es águila, sino antípoda de ella! Digo que es un grande etcétera.

—Calla, calla —le dio del codo otro amigo—, ¿queréis que todos se rían de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo contrario, que así hacemos nosotros.

—¿No notáis —gritaba el Charlatán— las sutilezas que dice? No tendrá ingenio quien no las note y observe.

Y al punto saltó un bachiller diciendo:

—¡Qué bien, qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué sentencia! Déjenmela escribir: lástima es que se les pierda un ápice. Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, bastante a confundir un concejo, con tal torrente de necedades que quedaron todos aturdidos, mirándose unos a otros.

—¡Aquí, aquí, mis entendidos! —acudió al punto el ridículo Embustero—, ¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el decir? ¿Hay más discreción en el mundo? Mirábanse los circunstantes, y ninguno osaba chistar ni manifestar lo que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; antes, todos comenzaron a una voz a celebrarle y aplaudirle.

—A mí —decía una muy ridicula bachillera— aquel su pico me arrebata, no le perderé día.

—Voto a tal —decía un cuerdo, así, bajito— que es un asno en todo el mundo, pero yo me guardaré muy bien de decirlo.

—¡Pardiez —decía otro—, que aquello no es razonar, sino rebuznar! Pero mal año para quien tal dijese. Esto corre por agora, el topo pasa por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho ¿Qué me va a mí en lo contrario? Sienta yo conmigo y hable yo con todos, y vivamos, que es lo que importa. Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio de otros.

—¿Hay tal dar en una necedad? —ponderaba.

Y el socarrón del Embustero, a sombra de su nariz de buen tamaño, se estaba riendo de todos y solemnizaba a parte, como paso de comedia:

—¡Cómo que te los engaño a todos éstos! ¿Qué más hiciera la encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.

Y volvía a gritar:

—¡Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio!

Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso. Y hacía lo que todos Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba, y volviéndose a su mudo Descifrador le dijo:

—¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia, y hasta cuándo tú has de callar?

¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?

—¡Eh!, ten espera —le respondió— hasta que el tiempo lo diga; él volverá por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa, y entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos que le admiran. Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero [con] aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros a hablar claro:

—¡Juro —decía uno— que no era ingenio, sino un bruto!

—¡Qué brava necedad la nuestra! —dijo otro.

Conque se fueron animando todos y decían.

—¿Hay tal embuste?

—De verdad que no le oímos decir cosa que valiese, y le aplaudíamos: al fin, él era un jumento, y nosotros merecemos la albarda.

Mas ya en esto volvía a salir el Charlatán prometiendo otro mayor portento: —¡Agora sí —decía— que os propongo no menos que un famoso gigante, un prodigio de la fama! ¡Fueron sombra con él Encelado y Tifeo! Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buena ventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo. Mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél; no sólo no alcanzará merced alguna, pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo, que sale, que se ostenta! ¡Oh cómo se descuella!

Corrió una cortina y apareció un hombrecillo que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo a la mano, una nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.

—¿Qué hacéis que no gritáis?, ¿cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: ¡el famoso, el eminente, el gran hombre! Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos: «Señores, ¿qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?»

Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó a voz en grito a decir:

—¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran principe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!

Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo; comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre que se atreviese a decir lo contrario; antes, todos, al que más podía, gritaban:

—¡El gigante, el máximo, el mayor! —esperando cada uno un oficio y un beneficio, y decían en secreto, allá en sus interioridades—: ¡Qué bravamente que miento, que no es crecido, sino un enano! Pero, ¿qué he de hacer? ¡Mas no sino andaos a decir lo que sentís, y medraréis! Deste modo visto yo, y como y bebo y campo, y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese a todo el mundo, él ha de ser gigante.

Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó a gritar:

—¡El gigante, el gigante, el gigantazo!

Y al punto granizaron sobre él dones y doblones, y decía: —¡Esto sí que es saber vivir!

Estaba deshaciéndose Critilo y decía:

—Yo reventaré si no hablo.

—No hagas tal —le dijo el Descifrador—, que te pierdes. Aguarda a que vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa. Así fue, que al mismo punto que acabó de hacer su papel de gigante y se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos a decir:

—¡Qué bobería la nuestra! ¡Eh, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni fue cosa ni valió nada!

Y dábanse el cómo unos a otros.

—¡Qué cosa es —dijo Critilo— hablar de uno en vida, o después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas o bajo los pies!

No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes, echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí, y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dio en decir que era un escarabajo, y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fue cuando le vio sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:

—¡Veis aquí el cristal de las maravillas! ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, mal nacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella (que las más lindas suelen salir con tales fealdades), aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios, no tienen que llegarse a mirar, porque no verán cosa. ¡Alto, que le descubro, que le careo! ¿Quien mira? ¿Quién ve? Comenzaron unos y otros a mirar, y todos a remirar, y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh fuerza del embuste!, ¡oh tiranía del artificio!, por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano, mal nacido, hijo de etcétera, o tonto o mentecato, comenzaron a decir mil necedades de marca:

—¡Yo veo, yo veo! —decía uno.

—¿Qué ves?

—La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.

—Yo veo —decía otro— resplandecer el carbunclo en una noche de diciembre.

—Yo oigo —decía otro— cantar el cisne.

—Yo —dijo un filósofo— la armonía de los cielos al moverse.

Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo que dijo que veía el mismo ente de razón, tan claro que le podía tocar con las manos.

—Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.

—Yo las partes proporcionales.

—Y yo las indivisibles —dijo un secuaz de Zenón.

—Pues yo la cuadratura del círculo.

—¡Más veo yo! —gritaba otro.

—¿Qué cosa?

—¿Qué cosa? El alma en la palma, por señas, que es sencillísima.

—Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público que por el privado.

A esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían, y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse por no ser el primero a romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.

—¿Para cuándo aguardas tú —le dijo Critilo a su Descifrador— esa tu habilidad, si aquí no la sacas? ¡Ea!, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso: dinos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?

—Éste es… —le respondió.

Mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vio mover los labios el famoso Tropelista (que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste), comenzó a echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión; y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve a riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y oscurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó a esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos: tanto, que hubo un autor francés entre éstos que se atrevió a negar la prisión del rey Francisco en Pavía, y diciéndole cómo escribía una tan desvergonzada mentira, respondió:

—¡Eh!, que de aquí a docientos años tan creído seré yo como ellos. Por lo menos, causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa, que desta suerte se confunden las materias.

No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino. Y sin saber a quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar a quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar, y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la crisi siguiente.