El Discreto:Realce 11

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El Discreto - Realce XI




No ser malilla[1][editar]

Sátira

Achaque es de todo lo muy bueno que su mucho uso viene a ser abuso. Codiciando todos por lo excelente, con que se viene a hacer común, y, perdiendo aquella primera estimación de raro, consigue el desprecio de vulgar, y es lástima que su misma excelencia le cause su ruina. Truécase aquel aplauso de todos en un enfado de todos.

Esta es la ordinaria carcoma de las cosas muy plausibles en todo género de eminencia, que, naciendo de su mismo crédito y cebándose en su misma ostentación, viene a derribar y aun a abatir la más empinada grandeza; basta a hacer una demasía de lucir, de los mismos prodigios, vulgaridades.

Gran defecto es ser un hombre para nada, pero también lo es ser para todo, o quererlo ser. Hay sujetos que sus muchas prendas los hacen ser buscados de todos. No hay negocio, aunque sea repugnante a su instituto y genio, que no se remita o a su dirección o a su manejo; todos se pronostican la felicidad de cuanto ponen éstos mano, y, aunque no sean entrometidos de sí, su misma excelencia los descubre, y la conveniencia ajena los busca y los placea, de suerte que en ellos su mucha opinión obra lo que en otros su mucho entremetimiento. Pero esto es ya azar, si no defecto, y una como sobra de valor, pues vienen a rozarse y aun perder por mucho ganar. ¡Oh, gran cordura la de un buen medio! Pero ¿quién supo o pudo contenerse y caminar con esta seguridad?

Pensión es de las pinturas muy excelentes, de las tapicerías más preciosas, que en todas las fiestas hayan de salir, y como todo lo andan reciben muchos encuentros, con que presto vienen a ser inútiles, o comunes, que es peor.

Hay algunos, ni pocos ni cuerdos, sobresalidos, amigos de que todos los llamen y busquen; dejarán el dormir y aun el comer, por no parar; no hay presente para ellos como un negocio, ni mejor día que el más ocupado; y las más veces no aguardan a que los llamen, que ellos se injieren en todo, y, añadiendo al entretenimiento la audacia, que es forrar la necedad, se exponen a grandes empeños; pero, bien o mal, consiguen que todos hablen de sus cabellos, que es lo mismo que quitarlos a la lengua[2] para la murmuración y desprecio.

Aunque no hubiese otro desaire que aquel continuo topar con ellos, oír siempre hablar de ellos causa un tal enfadoso hartazgo que vienen a ser después tan aborrecidos como fueron antes deseados.

No todo sale de sus manos con igual felicidad, y tal vez la que comenzó a ser una hazañosa vasija, deslizándose la rueda (ya sea la de la suerte), viene a rematar en un vilísimo vaso de su ignominia y descrédito.[3] Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil.

No escapan los que mucho lucen de envidiados o de odiados, que, a más lucimiento, más emulación. Tropiezan todos en el ladrillo que sobresale a los demás, de modo que no es aquélla eminencia, sino tropiezo; así en muchos el querer campear no viene a ser realce, sino tope. Es delicado el decoro, y aun de vidrio, por lo quebradizo, y si muy placeado se expone a más encuentros, mejor se conserva en su retiro, aunque sea en el heno de su humildad.

Quieren algunos ser siempre los gallos de la publicidad, y cantan tanto que enfadan; bastaría una voz o un par, para consejo o desvelo; que lo demás es cantar mal y porfiar.

El manjar más delicioso, a la segunda vez pierde mucho de aquel primer agrado; a tres veces ya enfada. Mejor fuera conservarse en las primicias del gusto, solicitando el deseo. Y si esto pasa en lo material, ¡cuánto más en el verdadero pasto del alma, delicias del entendimiento o del gusto! Y es éste delicado y mal contentadizo cuanto mayor. Más vale una excelente raridad,[4] que siempre fue lo dificultoso estimado.

Al paso que un varón excelente, ya en valor, ya en saber, o sea en entereza, o sea en prudencia, se retira, se hace codiciable, porque él a detenerse, y todos a desearle con mayor crédito y aun felicidad. Toda templanza es saludable, y más de apariencia, que conserva la vida a la reputación.

Rózanse de estas malillas en todo género de eminencias. Haylas también de la belleza, cuyo ostentarse, además del riesgo, tiene luego el castigo de la desestimación, y más adelante el desprecio.

¡Qué bien conoció este vulgar riesgo, y qué bien supo prevenirlo la celebrada Popea de Nerón! La que mejor supo lograr la mayor belleza, siempre la brujuleaba, que nunca hartó, ni los ojos de ella, avara con todos, envidiándola a sí misma. Franqueaba un día los ojos y la frente, y en otro la boca y las mejillas, sin echar jamás todo el resto de su hermosura, y ganó con esto la mayor estimación.[5]

Gran lección es ésta del saberse hacer estimar, de saber vender una eminencia, afectando el encubrirla, para conservarla y aun aumentarla con el deseo, que en los Avisos al Varón Atento se discurrirá con enseñanza. Célebre confirmación la de las esmeraldas del indiano,[6] y que declara esta sutileza con buen gusto. Traía gran cantidad de ellas en calidad igual. Expuso la primera al aprecio de un perito lapidario, que la pagó en admiración. Sacó la segunda, aventajada en todo, guardando el orden de agradar, pero bajole este por mitad la estimación, y con esta proporción fue prosiguiendo con la tercera y con la cuarta; al paso que ellas iban excediéndose en quilates, iba cediendo el aprecio. Admirado el dueño de semejante desproporción, oyó la causa, con enseñanza nuestra: que la misma abundancia de preciosidad se hacía daño a sí misma, y, al paso que se perdía la raridad, se disminuía la estimación.

¡Oh, pues, el varón discreto! Si quiere ganar la inmortal reputación, juegue antes del basto que de la malilla. Sea un extremo en la perfección; pero guarde un medio en el lucimiento.

Notas del editor:

  1. No ser hombre para todo. «Malilla» era el término que se empleaba para designar al comodín de la baraja en el juego del hombre. Era la carta de más valor después de la espadilla, y era representada por el nueve de oros según el Vocabulario de Franciosini.
  2. Alude al conocido dicho de «no tener pelos en la lengua».
  3. Parece referirse con «la hazañosa vasija» a la caja de Pandora, vasija de los males, que con el cambio de la suerte acabó en ignominioso vaso.
  4. raridad: rareza. Es voz que emplea también Cervantes en el Quijote, I, II, y en el Persiles, III, IV.
  5. Sabina Popea Augusta, emperatriz romana de gran belleza, se casó con Nerón valiéndose de astutas tretas, descubriendo a partes su rostro para no ofrecer su hermosura de una vez.
  6. Nos es desconocida la fuente del cuento que relata aquí Gracián de «las esmeraldas del indiano».