El Gran Duque de Moscovia (Versión para imprimir)

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Elenco
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El Gran Duque de Moscovia Félix Lope de Vega y Carpio


El Gran Duque de Moscovia

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



EL PRÍNCIPE TEODORO
BASILIO, duque
ISABELA
DEMETRIO, niño de 12 años
CONRADO, caballero
AUGUSTO, caballero
CRISTINA, princesa


LAMBERTO, caballero
RODULFO, caballero
BORIS, caballero
EL DUQUE ARNIES
UN CAPITÁN
UN ASTRÓLOGO
UN VEEDOR


JUAN, [maestresala] cocinero
CÉSAR, niño de 12 años
TIBALDA, dama
OROFRISA, dama
RUFINO, criado
UN PRIOR, fraile


UN MAESTRE DE NOVICIOS, fraile
BELARDO, villano
FEBO, villano
LUCINDA, villana
PALATINO, conde
MARGARITA, su hija




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Elenco II
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El Gran Duque de Moscovia Félix Lope de Vega y Carpio


El Gran Duque de Moscovia

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 


UN SASTRE
DOS PAJES
EL REY DE POLONIA
UN CAMARERO
LISENA, dama
ELIANO
FINEA
[JUAN, hijo del duque Basilio]
[TIANO]
[SEBERIO]
[Soldados]
[Músicos]
[Guardas.]
[Capitanes.]
[Villanos.]
[Criados.]
[Alabarderos.]
[Segadores.]
[Segadores.]
[Acompañamiento.]


Acto I
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El Gran Duque de Moscovia Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen el PRÍNCIPE TEODORO, mentecato, y BASILIO, duque de Moscovia, y DEMETRIO, niño de doce años, y CONRADO, caballero.
BASILIO:

  ¡Monstruo de naturaleza,
hijo en mal punto engendrado,
indigno de la grandeza
de mi generoso estado,
vil, fabulosa cabeza
  a la que miraba igual
aquel astuto animal
que, de verla, se espantaba
viendo que sin seso estaba
la belleza natural!
  ¡Hombre falto y ignorante,
rudo y villano, grosero,
a una estatua semejante,
más que los bárbaros fiero
que están en el mar Adlante!

TEODORO:

Señor...

BASILIO:

  ¡Esa boca tapa,
infame, medio mujer!
¡Tan vil razón se te escapa!
¿Ansí se ha de responder
a un embajador del Papa?

TEODORO:

Pues, ¿sé yo quién es?


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El Gran Duque de Moscovia Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BASILIO:

  ¿No sabes
que es el que tiene las llaves
de Pedro, y Pedro de Cristo?

TEODORO:

Cuando yo le hubiera visto...

BASILIO:

Pero, ¿quién en cosas graves
  mete a un hombre sin razón
y discurso natural?

TEODORO:

Señor, tú tienes pasión.
Todo te parece mal.
Celos de mi hermano son.
  Pues cierto que soy discreto
y que dicen por ahí
que sé más que tú.

BASILIO:

En efeto,
yo te engendré.

TEODORO:

¿Y yo salí
de ti con tan mal concepto?

BASILIO:

  ¿Qué sierpe de libio monte,
¡cielo!, qué asirio elefante,
cuál indio rinoceronte
o qué monstruo semejante
a los que abrasó Faetonte
  vi pintado en mi aposento
la noche que te engendré?


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El Gran Duque de Moscovia Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


TEODORO:

Calla, que hablas a tïento,
que ningún monstruo se ve
mayor que el mismo contento.
  Tú has sembrado en tu ducado,
por lo que quieres, a Juan,
que soy yo tonto.

BASILIO:

Admirado
los sentidos que le dan
me dejan, ¡por Dios!, Conrado.
  Mira lo que digo; advierte
si sentencia puede haber
tan alta.

CONRADO:

Es razón muy fuerte,
que es gozar una mujer
monstruo que el alma divierte.
  No le apremies, pues que sabes
que estos intervalos tiene.

TEODORO:

Si no hablo palabras graves
como a un príncipe conviene...
Tú tienes urcas y naves;
  envíame a Roma luego:
pediré al Papa perdón.

DEMETRIO:

Señor, humilde te ruego
que no le des ocasión
a mayor desasosiego.
  Acepta, si he merecido
tu gracia por ser tu nieto.


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BASILIO:

Si por ti no hubiera sido,
Demetrio, que tan discreto
has de una bestia nacido,
  sospecho que le encerrara
donde ninguno le viera.

DEMETRIO:

Abuelo y señor, repara
en que la celeste esfera
nunca el movimiento para.
  Ella en las causas segundas
infunde este bien o mal.

BASILIO:

Muy bien su disculpa fundas.

DEMETRIO:

¿Y qué más clara señal
para que tu error confundas
  que ver que de ti, en efeto,
padre tan sabio y discreto,
naciese un hijo ignorante,
y de un hijo semejante
venga a nacer este nieto?

BASILIO:

  Deso entiendo que los Cielos
dan, Demetrio, a los abuelos
parte en la generación
de los nietos.

DEMETRIO:

Ramas son
de sus troncos.


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TEODORO:

Todo es celos.
  Todo es querer dar a Juan,
tu hijo, aqueste ducado.
Pues tus ojos no verán
ese tu Juan coronado
en quien tan puestos están,
  que yo pediré favor
al Papa, al Emperador
y a los príncipes cristianos.

BASILIO:

Si no pongo en ti las manos
es por ver...

DEMETRIO:

¡Señor...!

CONRADO:

¡Señor...!

TEODORO:

  ¿Tú qué me puedes hacer?
Dame, padre, a mi mujer:
seremos frailes los dos,
que quiero servir a Dios,
que es rey de mayor poder.

BASILIO:

  ¿Tu mujer fraile contigo,
animal?

TEODORO:

Pues, ¿por qué no?


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BASILIO:

Yo me voy, Conrado amigo,
que hijo el Cielo me dio
para mi afrenta y castigo.
  Según la cólera mía,
temo que aqueste bastón
le ha de dar la muerte un día.
(Este bastón traen los DUQUES DE MOSCOVIA por cetro.)

CONRADO:

Nunca, señor, la razón
con la ignorancia porfía.
  Juan se queda, aunque menor,
para que herede tu estado
y a quien tienes tanto amor.

BASILIO:

Ese consuelo me ha dado
remedio en tanto dolor.
(Vase el DUQUE.)

CONRADO:

  No tienes razón, Teodoro,
de hablar a tu padre ansí.

TEODORO:

¿En qué le pierdo el decoro?
¿Tiranizó para mí
sus reinos y su tesoro?
  Si para tal monarquía
no tengo capacidad,
no ha sido la culpa mía.

DEMETRIO:

La virtud en esta edad
es corta sabiduría.


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TEODORO:

  ¡Vive Dios que si me hace
que me vaya por el mundo...!

DEMETRIO:

Dios da el ser. Si Dios nos hace,
o el instrumento segundo,
no tiene culpa el que nace.
  Padre mío y mi señor,
dejad agora el furor.

TEODORO:

Hijo, ¿qué quieres que quiera?
¡Ah, nunca yo te pariera
para ver tanto dolor!

DEMETRIO:

  Engendrado fui de ti,
que no has de decir parido.

TEODORO:

¿Engendrado?

DEMETRIO:

Señor, sí.

TEODORO:

Ved el mundo a que ha venido
y ved quién me enseña a mí.
  ¿Entre parir y engendrar
hay alguna diferencia?
(Sale AUGUSTO, caballerizo.)

AUGUSTO:

¿Qué caballo han de sacar?

TEODORO:

¡Qué graciosa impertinencia!
¡Qué enfadoso preguntar!
  Cualquiera me lleva bien;
saca cualquiera.


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DEMETRIO:

Señor,
di que el castaño te den,
que hay gustos en la color
y bueno y malo también.

TEODORO:

  Si la elección muestra el gusto,
el gusto el entendimiento,
saca el castaño, que gusto
del castaño.

AUGUSTO:

Mucho siento
que esté enfermo.

TEODORO:

¿Cómo, Augusto?

AUGUSTO:

  Que ese caballo, señor,
está enfermo.

TEODORO:

Pues, ¿qué esperas,
que no llamas un doctor?

AUGUSTO:

¿Doctor?

TEODORO:

Pues, ¿de qué te alteras?
Dios, que es soberano autor
  de la noche, el Sol y el día,
¿no cría al hombre?

AUGUSTO:

Sí cría.


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TEODORO:

Pues también cría al caballo,
y ansí es menester curallo.

CONRADO:

¡Notable filosofía!

DEMETRIO:

  ¿Tú no ves que la excelencia
del hombre es por diferencia
del ánima racional?

TEODORO:

Darle ración será igual
en racional preeminencia.
(Hacen dentro ruido de perros.)
¿Qué es eso?

CONRADO:

  Los perros son
que ladran.

TEODORO:

¿Por qué razón?

CONRADO:

A quien los cura maldicen.

TEODORO:

Id vós a ver lo que dicen.

CONRADO:

¿Yo?

TEODORO:

Vós.

CONRADO:

Pedirán ración.

(Vase.)


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TEODORO:

  Sois en lisonja primeros,
¿y no coméis? Eso es más
que no el correr tan ligeros,
porque en palacio jamás
han faltado lisonjeros.

AUGUSTO:

  Cosas dice que me admira.
(Salen CONRADO y el SASTRE.)

CONRADO:

Aquí está el sastre.

TEODORO:

¡Oh, maestro!
Siéntate aquí.

CONRADO:

Señor, mira...

TEODORO:

¡Callad! Todo el trato nuestro
es arrogancia y mentira.
  ¿Quién viste a un toro del cuero,
de escama al pez, pluma al ave,
para su curso ligero?

SASTRE:

Naturaleza, que sabe,
y ella fue el sastre primero.

TEODORO:

  Pues si tiene tanto nombre
quien viste con tal primor
un animal, no os asombre
que le merezca mejor
el sastre que viste al hombre.
Siéntate.


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SASTRE:

  Señor, yo estoy
como debo estar.

TEODORO:

Querría,
pues harta seda te doy,
vestir por la traza mía
esto que en el mundo soy.

SASTRE:

  ¿Qué traza tienes pensada?

TEODORO:

Una vestidura holgada
que ni me ciña ni apriete
ni a nueva ley me sujete,
pues fue la antigua estremada.
  Cuantos habemos nacido
del cuerpo esclavos, nos llaman
con la comida o vestido.
Unos más que otros le aman,
pero todos le han seguido.
  Y pues yo le he de seguir
y desnudar y vestir,
no me hagas calza o jubón
que me apriete el corazón
y no me deje vivir.
  Hazme, si me has entendido,
una ropa de una pieza
que, sin paje ni ruido,
se me entre por la cabeza
y quede todo vestido.
  Basta el dormir y el comer,
sin que el vestir venga a ser
el que también se nos lleve
la mitad del tiempo breve
que pasa y no ha de volver.


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CONRADO:

  Mucho que decir dará[s];
nunca tal error dijiste.

TEODORO:

Conrado, engañado estás,
que, como el señor se viste,
se vestirán los demás.
  Ven, sastre amigo, que quiero
darte la traza a mi gusto.
(Vanse TEODORO y el SASTRE.)

DEMETRIO:

Mientras que más considero
a mi padre, amigo Augusto,
menos su remedio espero.
  Peor está cada día.

AUGUSTO:

Esto es cosa sin remedio.

CONRADO:

Tu madre viene.
(Sale CRISTINA, princesa, y LAMBERTO.)

LAMBERTO:

Sería
un justo y honesto medio,
pues tanto el Duque porfía;
  mas no sé yo si seré
tal que le enseñe y dotrine.

CRISTINA:

Justa mi esperanza fue,
porque a la virtud se incline
que en tus costumbres se ve.


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LAMBERTO:

Aquí está Demetrio.

CRISTINA:

  Quiero
hablarle a solas.

LAMBERTO:

Y es justo,
porque si tu fuego fiero
lo sabe, en mayor disgusto
te ha de poner que el primero.

CRISTINA:

¡Conrado! ¡Augusto!

CONRADO:

  ¿Señora...?

CRISTINA:

Despejad la sala.

AUGUSTO:

¡El Cielo
te guarde!
(Vanse LAMBERTO y AUGUSTO [y CONRADO].)

CRISTINA:

Demetrio, agora
conocerás de mi celo
lo que una madre te adora.
  A lo que te digo advierte,
que en guardarte y advertirte
están tu vida o tu muerte.

DEMETRIO:

Tu esclavo seré en servirte,
tu hijo en obedecerte.


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CRISTINA:

  Juan Basilio, duque ilustre
de Moscovia, mi Demetrio,
tuvo dos hijos, Teodoro
y Juan, gallardos y bellos.
Mas como Teodoro fuese
el mayor y de su ingenio
se esperase gran bondad,
virtud, justicia y gobierno,
invidiosos y privados
de Juan, segundo heredero,
dieron yerbas a Teodoro
para que perdiese el seso.
Quedó incapaz de reinar,
con tanto aborrecimiento
del padre y de sus vasallos
como has visto en él y en ellos,
no porque furioso intente
su daño ni su provecho,
mas porque muchos discursos
le falta el entendimiento.
Los lúcidos intervalos,
los movimientos diversos,
deslucen la majestad
de un príncipe noble y cuerdo.
Cuerdo o loco, al fin me cupo
en suerte, y no me arrepiento,
de haberme con él casado,
pues que fue gusto del Cielo.


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CRISTINA:

Y porque, en fin, de los dos
naces al mundo cual vemos
salir el sol coronado
de luz por nublados negros,
ha puesto el duque Basilio
tanto amor en su heredero
(en Juan, digo, pues que, al fin,
le quiere dejar sus reinos),
que nos aborrece a todos
con el más notable estremo:
a mí, por mujer; a él,
por hijo, y a ti, por nieto.
Mas el Cielo y su divino
autor, que los pensamientos
por tantas ventanas mira
como estrellas tiene el cielo,
no ha dado a Juan, que le adora,
hijos, de donde sospecho
que quite al hijo la vida
quien quitó al padre el imperio.
Muchos enemigos tienes,
Demetrio; mira que temo
que me han de dejar sin ti
tantos envidiosos pechos.
Por esta causa envié
por Lamberto, caballero
tudesco, hombre de valor
y de notable sujeto.


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CRISTINA:

Este quiero que te lleve
a un castillo que no lejos
de la corte está en un sitio
fuerte y de defensas lleno.
Allí quiero que te enseñe
actos de príncipe, y quiero
que sepas armas y letras,
porque ha de llegar el tiempo
en que las letras te ayuden,
las armas te den esfuerzo,
porque en un príncipe juntas
hacen un imperio eterno.
Su mujer tendrás por madre,
una dama de quien creo
que a las porcias y artemisas
pudiera dar casto ejemplo.
Su hijo, que es de tu edad,
tendrás por hermano, y pienso
que habéis de crecer los dos
como Cupido y Anteros.
Parte sin ver a tu padre,
que me conviene el secreto,
que ese es loco, a quien le falta
para sus cosas silencio.


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DEMETRIO:

Todo lo entiendo, señora,
y con el alma agradezco
ese cuidado, por quien
dos vidas, madre, te debo.
Dame licencia y tus brazos,
y, mientras los pies te beso,
con tu bendición me ampara.
(De rodillas, y bendícele.)

CRISTINA:

Dios te bendiga, Demetrio;
te libre de Juan, tu tío,
y de Basilio, tu abuelo;
te confirme en su fe santa
porque merezca tu celo,
que, como ensalces su fe,
ayudará tus intentos.
Plega a Dios y aquella Aurora
en cuyo virginio pecho
tomó nuestra carne y sangre
por el humano remedio
(de quien has de ser devoto
si en tus dichos o en tus hechos
quisieres tener ventura);
que alumbre tu entendimiento,
que, como te veo tan niño,
me dejen verte mancebo,
que si a ser mancebo llegas,
tú sabrás cobrar tu reino.
Levántate y da tus brazos
a Lamberto, tu maestro.


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DEMETRIO:

Dame, Lamberto, tus brazos,
que ya como a padre quiero
obedecerte desde hoy.

LAMBERTO:

Yo, pues de padre merezco
piadoso nombre, señor,
seros tan leal prometo
que venda mi propia sangre
por vós.

DEMETRIO:

Adiós, fiero abuelo;
adiós, padre mío Teodoro,
que, por defender mi seso
de las yerbas que os han dado,
entre enemigos os dejo;
pero hago al Cielo voto
y solemne juramento
de preciarme eternamente,
señor, de ser hijo vuestro,
de guardar la ley de Dios
y sus santos mandamientos
sobre todo, que bien sé
y por infalible tengo
que Dios pone de su mano
los reyes, reparte imperios,
da victorias, alza humildes
y humilla y baja soberbios.

(Vanse LAMBERTO y DEMETRIO


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y sale ISABELA, mujer de JUAN.)
ISABELA:

¿Qué haces [tan] sola?

CRISTINA:

  No estaba
sola; con Demetrio aquí
hablaba.

ISABELA:

¿Hablabas de mí?

CRISTINA:

No, amiga; del Duque hablaba.

ISABELA:

  Hanme dicho que murmuras
de Juan, mi esposo y hermano
del tuyo.


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CRISTINA:

Princesa, en vano
descomponerme procuras.
  Ni tengo qué murmurar
de un príncipe virtüoso,
ni pecho tan cauteloso,
ni tú tienes qué envidiar.
  Si es belleza, no sé yo,
que desigual me ha crïado
el Cielo; pues, si es estado,
¿qué más estado te dio?
  Si es virtud, no sobra en ti;
si es entendimiento, menos.
Tus ojos de envidia llenos
deben de mirarme a mí,
  que, como sin hijo estás
y el que Dios me ha dado miras,
lo mismo porque suspiras
a eso me atribuyes más.
  Pues, aunque a mi dulce esposo
quite el Duque injustamente
el reino, Dios no consiente,
juez justo y poderoso,
  que vengas a verte en él,
porque, aunque le herede Juan,
¿cómo tus hijos podrán,
pues que no los tienes dél?

(Vase.)


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ISABELA:

  ¡Oye, Cristina: detente!
Fuese, por no me escuchar,
que supiera castigar
su fiero pecho insolente.
  ¡Ah, Cielo, cruel conmigo!
¿Cómo un hijo no me dieras?
¿Posible es que perseveras
en darme tanto castigo?
  Ya que no hereda Teodoro
por loco y el reino dan
a Juan, ¿qué sirve que Juan
goce la corona de oro?
  ¡Válame Dios! ¿Cuál será
de los dos por quien no tengo
hijos?, que yo a pensar vengo
que en él el defeto está.
  Mas ya tengo imaginado
cómo lo diga mejor
la esperiencia, que este error
merece ser perdonado.
  Ni seré yo la primera
que dé a su esposo un estraño
hijo, pues con este engaño
mi sangre este imperio espera.
(Sale RODULFO.)
  Este es Rodulfo, de quien
no soy celebrada poco.


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RODULFO:

[Aparte.]
Si amor vuelve a un hombre loco,
¿qué hará el amor y desdén?
  Ciego en arrojarme fui;
mis penas son inmortales,
pues, con dos contrarios tales,
en el campo me metí.
  Pero ya la causa veo,
Amor, por quien peno más.

ISABELA:

¿Adónde, Rodulfo, vas?

RODULFO:

A lidiar con mi deseo.
  Mi deseo y yo, aunque dos,
somos uno, pues está
dentro del alma, que ya
toda se ha rendido a vós.
  Por él gozáis el trofeo:
yo me rindo a vós y a él,
pues, en pelear con él,
conmigo mismo peleo.
  A él por vós me rendí,
pero, si os juntáis los dos,
no me defiendo de vós;
¡defiéndame Dios de mí!

ISABELA:

  Este colérico amor,
Rodulfo, muestra que es poco.


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RODULFO:

Isabel, si amor es loco,
no puede ser sin furor.
  Hay entre enojo y locura
diferencia conocida:
el loco es toda la vida,
y la pasión, mientras dura;
  locura es pasión de amor:
mientras dura ha de ser furia.

ISABELA:

Quien da esperanza no injuria,
y la esperanza es favor.
  Ten paciencia y confïanza,
pues hay poca diferencia,
y advierte que la paciencia
es hija de la esperanza.

RODULFO:

  De que esperanza me des
estoy muy agradecido.
Tus manos, Isabel, pido;
mal dije: dame tus pies.

ISABELA:

  Alza, levanta del suelo.
(Sale el GRAN DUQUE BASILIO.)

BASILIO:

[Aparte.]
(Parece que la abrazó;
mancha en mi honor sufro yo,
claro como el mismo Cielo.)
¿Isabel?


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ISABELA:

¡Señor...!

BASILIO:

  Rodulfo,
salte allá.

RODULFO:

[Aparte.]
¡Oh, amor incierto!
Celajes muestras del puerto
cuando me anego en el golfo.
(Vase.)

BASILIO:

  ¿Cuántas veces te he pedido
que con Rodulfo no hables?

ISABELA:

A tus canas venerables
justo respeto he tenido,
  que, aunque es cosa tan injusta
que siendo suegro me celes
con el cuidado que sueles,
mi amor de servirte gusta
  y hasta agora no le hablé,
que con un recado entró
de cierta dama, a quien yo
hoy una carta envié,
  que vino en un pliego mío
de Alemania y, por tu vida,
que dé voces mi ofendida
honra.


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BASILIO:

¡Paso! ¡Menos brío!

ISABELA:

  ¿Cómo ¡paso!? A no saber
cuántos tus estados viven
y malas obras reciben
de tu absoluto poder
  (que eres en la condición
un nuevo Nerón romano),
que porque fuiste liviano
piensas que todos lo son,
  quejárame a mi marido
y por dicha le dijera
que el celarme tú no era
sin causa.

BASILIO:

Causa he tenido,
  que sospecho que el honor
de mi hijo tratas mal.

ISABELA:

Yo soy quien soy, tan leal
cuanto debo a mi valor;
  y esos celos han nacido
quizá de que me pretendes.

BASILIO:

¡Mientes en eso, que entiendes
que lo has dicho y has mentido!
  El testimonio comienza,
que en la mujer no me admira
que camine la mentira
a espaldas de la vergüenza,
  aun bien que soy poderoso
para deshacer tu ofensa.


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ISABELA:

Allá de Cristina piensa
ese deshonor celoso,
  que es mujer que pare y cría
y tiene un marido loco.

BASILIO:

Puesto que le tengo en poco,
le estimo por sangre mía.
  Adoro en Juan tu marido;
mas ¡ojalá que tú fueras
como Cristina y que dieras
su ejemplo!

ISABELA:

Luego, ¿no he sido?

BASILIO:

  Ni mereces desatar
la cinta de su chapín.

ISABELA:

Caducas, Basilio, en fin.

BASILIO:

Siempre llamáis caducar
  las verdades de los viejos
dichas con justo rigor,
mirar por el santo honor
y daros buenos consejos.
  Mas porque tan vil razón
a la venganza provoca,
te quiero tapar la boca
con aqueste bofetón.

(Dale un bofetón.)


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ISABELA:

  ¡Justicia de[l] Dios del Cielo,
pues que no tengo marido!
(Sale[n] JUAN, su marido; TEODORO, CONRADO y AUGUSTO.)

TEODORO:

¿Qué es esto?

JUAN:

Isabel, ¿qué ha sido?
Mi desventura recelo.

ISABELA:

  ¿Tu padre a mí me ha de dar
un bofetón?

JUAN:

Pues, señor,
tú, que me has de dar honor,
¿me le vienes a quitar?
  ¿Tú pones mano en la cara
que yo como al Cielo adoro?
¿Qué más hiciera Teodoro
si a verla furioso entrara?
  ¿Ese es todo aquel amor
que me tienes y has tenido?
Sabes que el espejo ha sido
en que se mira mi honor.
  ¡Bofetón! ¡Qué barbarismo!
Pues mira que me le diste,
que en el cristal que rompiste
estaba mi rostro mismo.
  Mi rostro rompen tus brazos,
pues que, mirándome en él,
lo mismo que has hecho dél
han de mostrar los pedazos.
[A ISABELA.]
  ¿Cómo le diste ocasión?


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ISABELA:

¡Triste! ¿Qué ocasión le di?
Anda celoso de mí.

BASILIO:

[A JUAN.]
Celos de tu honra son.

JUAN:

¿De mi honra, Isabela?

ISABELA:

  Sí,
pues te la quiere quitar.

TEODORO:

Guarda fuera.

BASILIO:

No hay que dar
satisfaciones de mí.
  Yo soy tu padre. Está loca.
Se vale para indignarte
deste enredo.

JUAN:

Por mi parte,
volver por mi honor me toca,
  que, aunque eres padre, eres hombre,
en cuya naturaleza
cupo gozar la belleza
con infamia de mi nombre.
  ¡Ah, padre! ¿Qué he de creer
mirando la cara hermosa
de una mujer virtüosa?
¿La fuerza de tu poder?
  De los gigantes del suelo
se ve historia semejante,
que menos fuerte gigante
no se atreviera a su cielo.
  Y si [a] una deuda tan clara
como es padre no tuviera
respeto, Júpiter fuera
y tu crueldad fulminara.


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BASILIO:

  Si a ella di el bofetón
por lasciva e insolente,
a ti por inobediente
con este cetro o bastón.
(Dale con el bastón y mátale.)

JUAN:

¡Ay, que me ha muerto!

ISABELA:

  ¿Qué has hecho?

BASILIO:

¿Herilo?

TEODORO:

¿Eso preguntó?
Pues, ¿qué más dijera yo?

BASILIO:

¡Hijo...!

TEODORO:

Ya no es de provecho.

BASILIO:

¡Juan mío!

ISABELA:

  ¡Esposo querido!

CONRADO:

Espiró.

TEODORO:

¡Lindo garrote!
¡Le ha pegado en el cogote!

ISABELA:

¡Ah, mi bien!


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BASILIO:

Pierdo el sentido.
  ¿Que yo fui tu muerte? ¿Yo?
¿Yo maté un hijo, el más bueno
que tuvo padre y más lleno
de virtud?

TEODORO:

Bien le pegó.

BASILIO:

  Había tu entendimiento
en el mundo. Mis estados
dejas a un loco.

TEODORO:

Cuidados
de bien poco fundamento.
  Dadme con ese bastón
otro coscorrón a mí
y quedaréis libre ansí;
mas oíd una razón
  que de la vuestra se arguya:
¿veis toda su gentileza?
Pues más quiero mi cabeza
que como tiene la suya.

BASILIO:

 [A ISABELA.]
  Quítateme de delante,
mujer, causa de mi afrenta,
que si tu maldad intenta
venganza, esta fue bastante.
  Si mi hijo muerto hubiera
como el romano Torcato,
no fuera a mi patria ingrato
ni infame en el mundo fuera.
  Colérico le ofendí;
arrepentido sabré
llorarle o me mataré.
Llevad el cuerpo de aquí.
(Llévanle.)
  No quedes en mi palacio,
fiera, y al Cielo agradece...


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ISABELA:

Yo me iré como merece
quien...

BASILIO:

No vayas tan despacio,
que ¡vive Dios...!

AUGUSTO:

  Tente un poco.

ISABELA:

El Cielo te dé el castigo.
(Vase.)

BASILIO:

¿Qué mayor?

TEODORO:

Padre, a vós digo:
sed vós desde hoy más el loco.

BASILIO:

  Bien dices: nadie me vea,
nadie a mi aposento llegue.
(Vase el DUQUE y sale[n] CRISTINA y BORIS, su hermano.)

CRISTINA:

¡Que tanto un hombre se ciegue!

BORIS:

¡Qué hazaña tan vil y fea!

CRISTINA:

  ¡Ay, Boris, hermano mío!
¿Quién no tiembla?


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BORIS:

Con razón
si advierten la condición
de aqueste tirano impío.

CRISTINA:

  Si al hijo querido mata,
¿qué espera el aborrecido?

TEODORO:

¿Habéis lo que pasa oído?

BORIS:

Quien ansí, Teodoro, trata
  al hijo que tanto amó,
que de un palo le ha quitado
la vida, ¿qué hará, cuñado,
al que tanto aborreció?

TEODORO:

  Par Dios, cuñado, a dos palos
que dé el Duque deste modo
queda a buenas noches todo;
ni hay hijos buenos ni malos.
  Veis aquí por lo que yo
digo que esto de reinar
de burlas se ha de tomar.

BORIS:

Luego, ¿no es de veras?

TEODORO:

No,
  pues el más dichoso estado
le sujeta vez alguna
a ver vaivén de fortuna
y a un palo de un enojado.
  Mirad si es reinar regalo
o si viene a ser molestia,
pues a un rey, como a una bestia,
le matan a puro palo.


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BORIS:

  Esta es permisión de Dios,
porque el reino te quitaba
tu padre y a Juan le daba.

TEODORO:

¡Oh, qué bien decís los dos!
  En Moscovia es el bastón
ceptro y insignia real,
y este le dan por señal
en nuestra coronación.
  Y ansí el Duque le ha mostrado,
pues con el bastón le dio
en señal que le dejó
heredero de su estado.
(Sale CONRADO.)

CONRADO:

  No vienen de los Cielos sin misterio
estas cosas jamás.

CRISTINA:

Conrado amigo,
¿qué es esto?, ¿qué hay de nuevo?

CONRADO:

Entrad, señores,
a la cámara luego del gran Duque,
que, de pena y dolor que ha recebido
de ver muerto a su hijo, está acabando,
y pienso que ya llega al postrer punto.

CRISTINA:

Estrañas desventuras amenazan
estos estados.


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TEODORO:

Habla como sientes,
no finjas nada. ¡Vive Dios, Cristina,
que te huelgas de ver que el Duque ha muerto
a Juan mi hermano y que él se muera agora
para que reine yo, que soy un asno,
y gozar a tu gusto los mayores
estados que en Europa tiene príncipe
mientras Demetrio a edad bastante llega!

BORIS:

No digas tal, que no es razón que pienses
tan mal de tu mujer y hermana mía.

TEODORO:

Cuñado, ¿qué descuento dar pudiera
el Cielo a un loco de un dolor tan grave,
fuera de la licencia que tenemos
de decir y de hacer cuanto queremos?

CRISTINA:

Déjale, Boris; y en el daño advierte
que viene a estos estados, pues ya quedan
en poder de Teodoro.

BORIS:

Tú, señora,
eres bastante a gobernar el mundo.

CRISTINA:

¡Pluguiera a Dios que fuera yo bastante!
Pero si muere el Duque, hacerte quiero
gobernador de todos sus estados
en nombre de Teodoro, mi marido.
Daré también tutores a Demetrio,
y contigo serán los adjutores
hasta que tenga edad.


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BORIS:

Beso sus manos
por tan alta merced.

CRISTINA:

Vamos, Teodoro,
a ver al Duque.

TEODORO:

Vamos, pues tú quieres,
que ya sé que deseas verle muerto.
Advierte que soy tanto como nada,
y que no he de estorbar lo que tú hicieres.

CRISTINA:

¿Por qué me adviertes?

TEODORO:

Porque mujer eres.

BORIS:

Si yo me veo en el lugar que dices,
yo daré cuenta del sobrino mío,
que de Teodoro no hago cuenta agora.

CRISTINA:

Vamos a ver qué tiene.

TEODORO:

Dios me guarde
de algún palo de aquestos, que yo entiendo,
puesto que alcanzo pocas sutilezas,
que es el reinar enfermo de cabezas.


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(Vanse todos y salen DEMETRIO, LAMBERTO, CÉSAR, su hijo, y TIBALDA, su madre, y RUFINO.)
LAMBERTO:

  Quien padre habéis de llamar,
gran premio a su casa ofrece.

DEMETRIO:

Todo esto y más merece
quien a mí me ha de enseñar.

CÉSAR:

  Quien os tiene por hermano,
Demetrio, estímese en mucho.

DEMETRIO:

Las dulces voces que escucho
me dan, señores, la mano
  para levantarme al Cielo.

LAMBERTO:

A Rufino conoced,
que os ha de servir.

DEMETRIO:

Creed
que estimaré su buen celo.

RUFINO:

  Para cuando llegue el Sol
el aurora que gozáis
os suplico que os sirváis
de un gentil hombre español.
  Mis señores os dirán
de mi lealtad lo que saben.


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DEMETRIO:

No es menester que os alaben,
Rufino; diciendo están
  vuestros ojos y el valor
que ese noble pecho encierra.

RUFINO:

Todo el mundo os hace guerra;
pero no temáis, señor,
  que Dios vuestra causa ampara
y él os sabrá defender.

DEMETRIO:

Después que su gran poder,
que cuanto cubre repara,
  confío en mi nuevo padre,
Lamberto, mi amparo y bien,
y en vós, mi Tibalda, a quien
tengo en lugar de mi madre.
  Suplícoos, señores míos,
que no me desamparéis,
pues perseguido me veis
de mil tiranos impíos.
  Ya veis que el nuevo Caín
quiso dar la muerte a Abel,
y aunque vive, es más crüel,
pues le volvió loco, en fin.
  La Princesa, mi señora,
su esposa y mi madre amada,
con Isabel, su cuñada,
anda en gran peligro agora.
  El Duque, mi abuelo, intenta
hacer a Juan sucesor,
su hijo, aunque es el menor.
Todo es mi daño y afrenta.
  Guardadme, que el Cielo muestra
que quiere honrar mi verdad.
Pagará mi voluntad
lo que debiere a la vuestra.


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LAMBERTO:

  Si el hijo de mis entrañas
que veis, Demetrio, presente,
por vuestra vida inocente
ya por naciones estrañas
  importará desterrar
y dar a un cuchillo fiero
su cuello, advertiros quiero,
y a fe de noble jurar,
  que podéis estar seguro
que el ser padre no lo impida.

TIBALDA:

Fïad, Demetrio, la vida
no tanto de aqueste muro
  como de nuestra lealtad.

DEMETRIO:

Ansí estoy yo satisfecho.

LAMBERTO:

¿Está el aposento hecho?

RUFINO:

A punto está todo; entrad.

DEMETRIO:

  Venid, César, y los dos
estudiemos.

CÉSAR:

Dios os guarde,
que vós seréis Duque tarde
y yo moriré por vós.

(Vanse todos,


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y salen BORIS y RODULFO.)
BORIS:

  Ansí tuvieron grandes monarquías
los medos, los asirios y romanos.
El Duque es muerto y, en tan breves días,
ya tengo sus estados en mis manos.
No has de llamar las pretensiones mías
los pensamientos locos y tiranos
de los que pretendieron las coronas
indignas de sus hechos y personas.
  Justa razón, Rodulfo, me ha movido;
dignamente merezco estos estados.
Teodoro es loco; en su lugar he sido
puesto de su mujer y sus primados.
Esos dos coadjutores que he tenido
y conmigo al gobierno son llamados,
por no temer de su opinión contraria,
los envió a la guerra de Partaria.
  Resta solo Demetrio, que Teodoro,
fuera de ser lo que es, acá me queda.
El modo solo de matarle ignoro
sin que Moscovia murmurarme pueda.

RODULFO:

Como a la prenda que en el alma adoro,
el Cielo larga vida te conceda
para que, los estorbos derribados,
goces la posesión destos estados,
  que no será Demetrio el que te impida
que goces el laurel.


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(Sale RUFINO, quedito, a escucharlos.)
RUFINO:

Con gran secreto
el príncipe Demetrio, cuya vida
guarden los Cielos para un grande efecto,
me envía del castillo a que resida
en la Corte por ver el mal concepto
que Lamberto ha tomado de su tío
fiando esta lealtad del pecho mío.
  Soy español. Mil vidas que tuviera
he de ofrecer, pues mi nación me inclina
a la suya inocente.

BORIS:

¿Qué te altera?

RODULFO:

No más del sentimiento de Cristina.

RUFINO:

Boris es este.

BORIS:

A que se ponga espera
el Sol, no más; y luego camina
al fuerte con gran número de gente.

RUFINO:

Peligro corre el Príncipe inocente.

BORIS:

  ¿Qué defensa te puede hacer Lamberto?

RODULFO:

De Lamberto no temo.

RUFINO:

¡Ah, Cielo airado!
Al niño tratan de matar.


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BORIS:

Y muerto,
di que [Lamberto] le mató pagado.

RUFINO:

Pues he entendido el bárbaro concierto,
¿qué aguardo más?
(Vase.)

RODULFO:

Un hombre entró y, turbado,
os volvió las espaldas.

BORIS:

¿Si habrá oído
nuestro concierto?

RODULFO:

Muy posible ha sido.
(Salen dos guardas.)

BORIS:

¡Guardas!

GUARDA:

¿Señor...?

BORIS:

  Prended a un hombre al punto
que entró y salió de aquí.

RODULFO:

No tengas pena.
Cuándo quieres que vaya, te pregunto.

BORIS:

Luego era tarde; tu partida ordena.


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(Salen dos guardas con RUFINO.)
GUARDA:

Este, a la puerta de tu cuadra junto,
iba saliendo, pero, el alma llena
de temor, no responde preguntado.

BORIS:

Debe de estar con el temor turbado.
¿Entraste agora aquí?

RUFINO:

Ba ba.

BORIS:

  ¿Qué es esto?

RODULFO:

¿De dónde eres?

RUFINO:

Ba ba.

BORIS:

¿Qué tiene este hombre?

RODULFO:

¿A quién sirves?

RUFINO:

Ba ba.

RODULFO:

Señas y gesto
de mudo son.

BORIS:

Si hablas, di tu nombre.

RUFINO:

Ba ba.


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RODULFO:

No ha que tener recelo desto;
él es mudo, sin falta. No te asombre
agüero alguno; y pues entrarse pudo,
el Cielo permitió que fuese mudo.

BORIS:

Dejad salir ese hombre.

RODULFO:

Ba ba.

GUARDA:

  Hermano,
idos con Dios.

RODULFO:

Bababa.

GUARDA:

Besar quiere tu mano.

BORIS:

Sacalde allá, que de su voz me ofendo.
¡Ah, cuánto debo al Cielo soberano!
Con justa causa la corona emprendo,
pues quiere que secretos que la intenten
le hallen mudos, porque no lo cuenten.
  Parte, Rodulfo, y quitarás la vida
a mi sobrino, y vuelve con secreto,
que Isbella será tuya.

RODULFO:

Agradecida
mi voluntad, matalle te prometo.

BORIS:

No soy yo de mi sangre el homicida
primero por reinar.


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RODULFO:

Pondré en efeto
lo que mandas.

BORIS:

Tendrás honor y fama.

RODULFO:

Yo te daré este reino.

BORIS:

Y yo a tu dama.
(Vanse todos, y salen CÉSAR y DEMETRIO, con dos espadas negras, a jugar.)

DEMETRIO:

  Afírmate bien conmigo;
el pie derecho delante.

CÉSAR:

Soy desta ciencia estudiante
nuevo.

DEMETRIO:

Escucha lo que digo:
  yo tengo agora la espada
uñas arriba.

CÉSAR:

Está bien.

DEMETRIO:

Y tú la tuya también.
Tienta.

CÉSAR:

¿Cómo?

DEMETRIO:

No haces nada,
  porque ha de ser por defuera.
Saca por debajo y tira
una estocada y retira
el cuerpo.


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CÉSAR:

Desta manera.
(Esgrimen.)

DEMETRIO:

  Bien; tírame a derribar
la espada. Un golpe tras esto.
(Sale LAMBERTO.)

CÉSAR:

Estoy más nuevo.

LAMBERTO:

¿Qué es esto?

CÉSAR:

Padre y señor: batallar.

LAMBERTO:

  No me desagrada, a fe,
el ejercicio. Otro vaya.

DEMETRIO:

Mide en una línea o raíz
la espada.

CÉSAR:

Ansí la pondré.

DEMETRIO:

  Tienta; y a un tiempo metiendo
el pie izquierdo, al rostro tira
de puño.

LAMBERTO:

Detente y mira:
si algo de la espada entiendo.
  Si metió el pie, ¿cómo pudo
tentar? Y, en fin, si tentó,
¿cómo a un tiempo el pie metió,
que ese movimiento dudo?
  Y la espada del contrario,
¿cómo queda, pues no hiere?


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DEMETRIO:

Para lo que esto requiere,
más tiempo fue necesario.
  El maestro que tenía
era de Italia, y no diestro.

LAMBERTO:

El Cielo ha de ser maestro
de tu heroica valentía.
  Y hacedme placer, por Dios,
que de día ejercitéis
las armas, pues ya tenéis
maestro y tiempo los dos,
  que de noche es peligroso
este ejercicio, y peor
después de cenar.

CÉSAR:

Señor,
dar gusto me fue forzoso
a Demetrio.

LAMBERTO:

  Y fue razón;
mas vete agora a acostar.
Vós podéis, Demetrio, estar
algún rato en oración.
  Mete, César, las espadas;
denle a Demetrio unas horas.

DEMETRIO:

Verás lo que en mí atesoras.

LAMBERTO:

Con tu obediencia me agradas.


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(Vanse los dos, y sale RUFINO.)
RUFINO:

  Sin aliento, y aun sin vida,
pues muerto un caballo dejo,
vengo, señor, a avisarte.

LAMBERTO:

¿Qué hay, Rufino? ¿Qué hay de nuevo?

RUFINO:

Del dolor del muerto hijo
el duque Basilio es muerto.
Boris, de Cristina hermano,
tío del Príncipe nuestro,
tiraniza los estados,
que a sus tutores han hecho
ir a Astracán y a Casano
a título del gobierno.
De los que al suyo ayudaban,
Conrado, Augusto y Damperto
a los tártaros ý envía
de Turquestán con ejército.
Presto matará a Teodoro,
y aun a Cristina, sospecho,
porque tras mí viene quien
ha de dar muerte a Demetrio.
Mira, señor, lo que haces,
que me venían siguiendo
de suerte que mis espaldas
iban sintiendo sus pechos.


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LAMBERTO:

No digas más, español.
Entra a su cuadra corriendo;
mira si duerme mi hijo
mientras a Demetrio llevo
donde le libre.

RUFINO:

Yo voy.
(Vase.)

LAMBERTO:

¡Cielos! ¡A un ángel defiendo,
a un príncipe, a un inorante!
(Salen RODULFO y cuatro soldados con alabardas.)

RODULFO:

Este, amigos, es Lamberto.

LAMBERTO:

Estos son. Tiempo es agora,
generosos pensamientos,
de dar mi sangre a un tirano
por dar un rey a estos reinos.

RODULFO:

¿Quién va?

LAMBERTO:

¡Tened las pistolas,
si no es que buscáis mi pecho!

RODULFO:

¿Eres Lamberto?

LAMBERTO:

Yo soy.


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RODULFO:

¿Dónde tienes a Demetrio?

LAMBERTO:

En esta cama acostado.

RODULFO:

Corred las cortinas luego,
y, pues duerme, será bien
que duerma el postrero sueño.

SOLDADO:

¡Oh! ¿Cómo morirá?

RODULFO:

Ahogado.

LAMBERTO:

Señores, mirad que es hecho
indigno de hombres tan nobles.
(Tiran la cortina y aparece en una cama CÉSAR acostado, durmiendo.)

RODULFO:

¡Apriétale presto el cuello!
(Ahóganle.)

CÉSAR:

¡Ay, que me matan!

RODULFO:

¡Aprieta!

CÉSAR:

¡Jesús!

RODULFO:

¿Espiró?

SOLDADO 2.º:

Ya es muerto.

RODULFO:

Pues salgamos del castillo
y caminad con secreto.


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(Vanse las guardas y RODULFO.)
LAMBERTO:

¿Cuál hombre se alabará
de más lealtad que Lamberto,
pues di un hijo por la vida
que en confïanza me dieron?
¡Ángel que el divino coro
aumentas, por Dios te ruego
que perdones a este padre,
pues gozas de mejor reino!
Y pues fuerzas he tenido
para dejar que tu cuello
rindiese el alma a mis ojos,
sin duda es gusto del Cielo.
(Salen RUFINO y DEMETRIO.)

RUFINO:

No temas; ven por aquí.

DEMETRIO:

Español ánimo tengo.

LAMBERTO:

¿Es Demetrio?

DEMETRIO:

Sí, señor.

LAMBERTO:

En gran peligro te han puesto.
¿Partiéronse los traidores?

RUFINO:

Ya del castillo salieron.


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LAMBERTO:

Mira si leal te he sido;
mira, Príncipe, si puedo
decir ya que la palabra
cumplí como caballero.
En tu lugar César yace
muerto.

DEMETRIO:

¿Qué me dices?

LAMBERTO:

Quedo,
no lo entiendan los criados
ni su madre.

DEMETRIO:

¡Estraño ejemplo
de lealtad y de verdad!

LAMBERTO:

Vente conmigo, Demetrio,
que quiero ponerte en salvo.

DEMETRIO:

La vida, el alma te debo.

LAMBERTO:

¡Ay, mi César!

DEMETRIO:

¡Ay, mi hermano!

RUFINO:

Camina, Príncipe excelso,
y pues que Dios te ha guardado,
Él te volverá tu reino.


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Acto II
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Salen DEMETRIO, ya hombre, y LAMBERTO y RUFINO.
DEMETRIO:

  Poco a poco no podrás.

RUFINO:

Anda, señor, poco a poco.

LAMBERTO:

Hijo, pues tus hombros toco
y no me levantan más,
  siendo como son colunas
del templo de mi esperanza,
es que la muerte me alcanza
con sus alas importunas.
  Porque es un ave crüel
que cuanto vive deshace,
pues desde que un hombre nace
viene balando tras él.
  Yo muero sin ver cumplido
lo que tanto he deseado,
que fue verte en el estado
para que fuiste nacido.
  Abre los ojos y advierte
estas últimas palabras.

DEMETRIO:

En mí tu sepulcro labras,
que he de ser piedra en tu muerte.


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LAMBERTO:

  Desde que Boris, tirano
del ducado de Moscovia,
te quiso matar, Demetrio,
sucedieron tantas cosas
que no solo aquí mi lengua,
pero apenas las historias,
archivos de los sucesos
del mundo, las dirán todas.
Yo puse a César, mi hijo,
cuando su gente traidora
entró a buscarte en el fuerte
llena de armas y pistolas,
en tu lugar, donde fue
muerto por ti, hazaña honrosa
más que fue la de Copiro,
que si los labios se corta,
darte la vida de un hijo
fue prenda más amorosa,
porque si hay boca en las almas,
del alma te di la boca.
En aqueste sacrificio
fue al revés la historia toda:
yo fui Abraham; mi hijo, Isac;
tú fuiste el cordero y hostia.
Pero no bajando el ángel
a la espada rigurosa,
quedose el cordero vivo
y el hijo muerto en memoria.


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LAMBERTO:

Boris, pensando, Demetrio,
que eres tú el muerto, negocia
con los homicidas fieros
que en la corte de Moscovia
digan que de peste fue,
porque es gente tan medrosa
de peste como se vio
en el remedio que toman.
Pusieron fuego al castillo,
donde las casas, la ropa,
mi hijo y alguna gente
hicieron consuelo a Troya.
Della te saqué, Demetrio,
por remate de mi gloria
dejando a Tibalda muerta.
¡Tibalda, mi amada esposa!
También fue historia al revés,
pues quiere el Cielo que ponga
en salvo Anquises a Eneas,
pues era tu edad tan poca.
Boris envió a Tartaria
las personas sospechosas
de su imperio, donde muchos
les dio muerte con ponzoña.
Murió, Teodoro, tu padre;
Cristina dicen que es monja,
mas pienso que la mataron
tantas penas y congojas.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LAMBERTO:

Con esta seguridad
el tirano se corona
emperador de Rusia
y gran duque de Moscovia,
César de Astracán se llama,
rey de Tartaria se nombra,
porque son todos estados
de los mayores de Europa.
Yo con aqueste soldado,
de cuya fïel persona
fue tu nombre y fue tu vida
como se ha visto en las obras,
varias provincias anduve
hasta que la edad brïosa
de los juveniles años
despertase tu memoria.
Ya es tiempo, Príncipe ilustre,
que, volviendo por tu honra,
por tu vida, por tu fama,
a quien eres correspondas
cobrando el paterno imperio,
que Dios te dará victoria
del tirano que ha diez años
que de tu laurel se adorna;
mas mira cómo lo intentas
y fías tan grandes cosas,
que no hay amistad segura
donde interés se interponga.


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LAMBERTO:

Mira que te han de vender
la codicia y la lisonja
que en las cortes de los reyes
andan en diversas formas.
Si intentares declararte,
ha de ser cuando conozcas
el pecho de quien te fías
con esperiencias notorias.
Gran señor naciste al mundo;
si tantos estados cobras,
ten memoria deste viejo.
Y adiós, que mi vida es poca,
y gastada en tus cuidados
no es maravilla que rompa
el hilo la dura Parca
que me niega el ver tus glorias.
(Vascas de muerte.)

DEMETRIO:

¿Espira mi padre?

RUFINO:

  Espira.

DEMETRIO:

¡Ah, padre! ¿Por qué me dejas?

RUFINO:

Deja, Demetrio, las quejas
y al remedio incierto mira.

DEMETRIO:

  ¡Ay, Rufino! ¿Qué consuelo
puede haber en tanto mal?


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RUFINO:

Ya tiene el rostro mortal
y el cuerpo se vuelve un yelo.
  Llevarle quiero a su cama;
aguarda, Demetrio, aquí.

DEMETRIO:

En dura estrella nací.

RUFINO:

¡Ah, viejo digno de fama!
(Lleva RUFINO adentro a LAMBERTO.)

DEMETRIO:

  Nací rey; pobre soy, secreto vivo.
Si digo que soy rey, cierta es mi muerte;
si no lo digo, viviré de suerte
que envidie el remo del más vil cautivo,
pues, si paso la vida fugitivo,
¡qué dura pena!, ¡qué dolor más fuerte!,
¿adónde me pondré que no me acierte
el rayo?, ¿seré palma o seré olivo?
¡Pluguiera a Dios que un labrador naciera!
No hay en este ajedrez tretas sutiles,
porque se acaba el juego de manera
que los reyes, las damas, los arfiles
junta la muerte, sin quedarse fuera
las piezas altas ni las piezas viles.


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(Sale RUFINO.)
RUFINO:

  Ya de todo punto es muerto.

DEMETRIO:

En él murió mi esperanza,
padre, amparo, confïanza,
luz, maestro, norte, puerto.
  No quiero vida, Rufino;
no quiero estado ni imperio.
Sea el reino un monesterio.

RUFINO:

¿Qué dices?

DEMETRIO:

Que determino
  tomar un hábito aquí
y, con disfrazado nombre,
vivir, Rufino, como hombre,
que para morir nací.

RUFINO:

¿Fraile?

DEMETRIO:

  Pues, ¿qué puedo hacer
para asegurar mi vida
de un tirano perseguida
que tiene tanto poder?

RUFINO:

  Fía, Demetrio, de mí,
que no habrá cosa que seas
en que también no me veas.
¿Quieres ser fraile?


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DEMETRIO:

Yo sí.

RUFINO:

  Pues yo soy tu compañero.
Da a Lamberto sepultura
y un monesterio procura.

DEMETRIO:

Darte mil abrazos quiero.

RUFINO:

¿Serás de misa?

DEMETRIO:

  Es razón
que me ordene, siendo rey.

RUFINO:

Bien dices. Yo a toda ley
pienso ser...

DEMETRIO:

¿Qué?

RUFINO:

Motilón.
(Vanse, y salen BORIS y OROFRISA, su mujer, y RODULFO.)

BORIS:

  ¿Quién puede haber que eso diga
ni que lo funde en razón?

OROFRISA:

Una vulgar opinión
a mucha sospecha obliga.
  Dicen que Demetrio es vivo,
y que le guardó Lamberto.


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BORIS:

Demetrio, señora, es muerto;
cese tu deseo altivo.
  Ni aun reliquias puede haber
de sus cuerpos abrasados;
creed que destos estados
mira la envidia el poder.
  Alguno, por levantar
a Moscovia contra mí,
dice que vive.

OROFRISA:

¿Es ansí?

BORIS:

Ejemplos os puedo dar.
  No solo que antiguamente
muchos reyes se fingieron
ser aquellos que murieron,
pero en esta edad presente,
  porque en Portugal de España
mil intentaron reinar,
que los hizo castigar
Felipe.

OROFRISA:

La misma hazaña,
  Boris, podrá ser que intente
quien hace a Demetrio vivo.


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BORIS:

Orofrisa, en este altivo
lugar y imperio eminente
  estoy por industria yo,
y alguno querrá entender
que le podrá suceder
lo que a mí me sucedió.
¡Rodulfo!

RODULFO:

¿Señor...?

BORIS:

  Aquí
te llega más con los dos.
¿Murió Demetrio?

RODULFO:

Por Dios,
que entre estas manos le vi
  rendir el alma del pecho.

BORIS:

¿Pusiste fuego al castillo?

RODULFO:

Que digas me maravillo
de lo que estás satisfecho.
  Ni una piedra se descubre,
que donde el castillo fue,
la yerba, no solo a pie,
un hombre a caballo cubre.

BORIS:

  Orofrisa está dudosa:
la vulgar opinión sigue.


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RODULFO:

Intenta que se mitigue
esta plática enfadosa.
  Pon pena, pues es justicia,
a quien dijere que es rey.

BORIS:

¿No ves tú que de la ley
nace también la malicia?
  Los reyes nunca han de hacer
premáticas de callar,
porque es obligar a hablar,
a preguntar y saber.

OROFRISA:

  Forzallos a obedecella.

BORIS:

Lo que una cosa dilata
es decir, cuando se trata,
que ninguno trate della.
  El medio que yo tendré
para saber la intención
de aquesta nueva opinión,
aunque pienso que la fe,
  es visitar mis estados,
y luego pienso partir.

OROFRISA:

Con vós, señor, quiero ir
a sentir vuestros cuidados,
  aunque detenerme intenta
de mis hijos el amor.


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BORIS:

El ver la cara al señor
mucho al súbdito sustenta.
  Rodulfo, esté a punto luego
lo necesario.

OROFRISA:

Querría
ver el fuerte.

BORIS:

Prenda mía,
en las cenizas del fuego
  hallaréis un bosque agora.
Demetrio murió.

OROFRISA:

Eso creo;
vivid vós.

BORIS:

Vivir deseo
para serviros, señora.

(Vanse,


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y sale DEMETRIO, hábito de fraile.)
DEMETRIO:

  Temerosa vida mía
que tantas figuras haces:
no fíes en tus disfraces;
solo en el Cielo confía.
  Pues ya con otros intentos
estoy, con el bien que fundo,
destotra parte del mundo,
¿qué me queréis, pensamientos?
  Ya no soy rey. ¿Qué queréis?
Un pobre fraile soy ya;
a donde el mundo no está,
pues que sois de allá, no estéis.
  Conquistad otro lugar
adonde la ambición sobre;
mirad que quiero ser pobre:
dejadme de atormentar.
  Haced cuenta que estoy muerto:
ya no quiero otra corona,
porque esta, aunque pobre, abona
reino más durable y cierto.
  ¿Qué sirve representar
al alma la sangre mía?
Salid de mi fantasía,
que no me pienso mudar.
  Ya sé que tiene mi tío
mi imperio y reino usurpado;
ya sé que me le ha quitado
y que de derecho es mío,
  pero conquistáis los vientos
en decirme lo que fui,
porque no saldré de aquí
aunque me deis más tormentos.


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(Sale RUFINO, de fraile lego, con dos escobas, a lo gracioso.)
RUFINO:

  ¡Ah, padre fray Bernardino...!

DEMETRIO:

¿Qué quiere, padre fray Gil?

RUFINO:

Mire a qué oficio tan vil
le ha traído su destino:
  tome esa escoba y comience
a barrer por esta parte.

DEMETRIO:

De servir a Dios es arte,
y todo imposible vence.
  Musa musæ es el barrer,
que Dominus es Señor
y templum templi es mejor
que todo el mortal poder.
  Sermo sermonis también
es la palabra de Dios
que aquí guardamos los dos.

RUFINO:

Los principios saben bien;
  mas, en los nominativos,
¿veru no es el asador?
Pues, ¿cómo estamos, señor,
muertos de hambre más que vivos?

DEMETRIO:

Barre y calla.


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RUFINO:

  Barreré
consolado en que las leyes
del mundo a los altos reyes
ponen en el cuello el pie;
  pues barre un rey, ¿qué atropellas
tiempo en un pobre español?

DEMETRIO:

También barre el Sol.

RUFINO:

¿El Sol?

DEMETRIO:

Sí, que el alba barre estrellas.

RUFINO:

  Pues, ¿en qué espuerta las coge?

DEMETRIO:

En la noche.

RUFINO:

¡Estraño caso!
(Barren los dos.)

DEMETRIO:

Barre aprisa y habla paso.
(Sale el PRIOR y el MAESTRO DE NOVICIOS.)

MAESTRO DE NOVICIOS:

Todos los frailes recoge
  y saldrasle a recebir,
que pasa por nuestra puerta.

PRIOR:

¿Es nueva cierta?


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MAESTRO DE NOVICIOS:

Es tan cierta
que ya le siento venir.

DEMETRIO:

  ¿Qué es esto, padre fray Blas?

MAESTRO DE NOVICIOS:

Que el gran Duque, que visita
sus reinos (que en esto imita
a sus ascendientes más),
  hoy pasa por nuestra puerta.

DEMETRIO:

¿El gran Duque?

MAESTRO DE NOVICIOS:

Y aun los dos.

DEMETRIO:

¿Los dos?

MAESTRO DE NOVICIOS:

Sí.

DEMETRIO:

¡Válgame Dios!

PRIOR:

¡Si entrarán a ver la huerta!

DEMETRIO:

Rufino...

RUFINO:

¿Qué?

DEMETRIO:

  ¡Grande mal!

RUFINO:

No temas.


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PRIOR:

Ya el Duque viene;
salgan los padres.

MAESTRO DE NOVICIOS:

Él tiene
rostro y presencia real.
(Sale[n] BORIS y OROFRISA con gente de acompañamiento y alabarderos delante, y RODULFO.)

PRIOR:

  Deme su Alteza los pies.

BORIS:

¡Oh, padre! Seáis bien hallado.

PRIOR:

Mucho habéis, gran Duque, honrado
esta tierra.

BORIS:

Ella lo es.

PRIOR:

  Dadme vuestros pies, señora.

OROFRISA:

Alzaos, padre.

PRIOR:

Justamente
sois deste polo el Oriente,
soberana emperadora.
(Repara BORIS en DEMETRIO y mírale).

BORIS:

¿Quién es este fraile?

PRIOR:

  Aquel,
gran señor, es un novicio.


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BORIS:

De hombre noble muestra indicio.

PRIOR:

No hay mucha nobleza en él.
  Antes es un hombre bajo
que aquí por Dios se le dio
el hábito y prometió
darse al servicio y trabajo.

BORIS:

  En mi vida vi retrato
de mi sobrino como él.

PRIOR:

Hablad, gran señor, con él.

DEMETRIO:

Hoy muero.

BORIS:

Deja el recato.
  Mancebo, dime tu nombre.

DEMETRIO:

Bernardino, gran señor.

BORIS:

¿Eres hombre de valor?

DEMETRIO:

Apenas, señor, soy hombre.
  Hijo fui de quien no fue
sin servicio y sin valor,
pero fue esclavo y señor,
de quien lo mismo heredé.
  Nunca mi padre fue nada;
mi madre no era profeta,
ni aun pienso que fue discreta,
porque fue muy confïada.
  Dio su hacienda y me dejó
pobre; y cuando ansí me vi,
a sagrado me acogí.
Vós sois duque y fraile yo.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BORIS:

  Padre, encomiéndeme a Dios.

DEMETRIO:

Con mil ruegos le importuno,
y no pasa día ninguno
que no me acuerdo de vós.

BORIS:

  Parece un santo, y parece
a Demetrio.

OROFRISA:

¡Caso estraño!
Y temo desto algún daño.

BORIS:

Mil pensamientos me ofrece.
¿De dónde sois, padre?

DEMETRIO:

  Soy
natural desta ciudad.
(Hablan con el PRIOR aparte.)

BORIS:

Padre prior, escuchad:
viendo mis estados voy,
  por quietud de la opinión
que tienen de que está vivo
Demetrio.

PRIOR:

¡Engaño excesivo!


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BORIS:

Engaños del mundo son.
  Este fraile le parece
de suerte que, a no ser cierto
que el mismo Demetrio es muerto,
viva su imagen me ofrece.
  Desto puede resultar
que algunos que allá le vieron
muchacho y le conocieron
por rey le quieran alzar;
  y esto no piense que es cosa
nueva en el mundo.

PRIOR:

Ansí es.

BORIS:

¿Quiere matarle, y después
le daré una iglesia honrosa?

PRIOR:

¿Cómo podré?

BORIS:

  Calle ya,
que en la comida bien puede.
¿O quiere que aquí se quede
quien le mate?

PRIOR:

Esto será
  cosa más fácil a un rey,
que a un perlado es indecente.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BORIS:

Pues calle.

PRIOR:

Sí haré.

BORIS:

Esa gente
camine.

PRIOR:

¡Qué injusta ley!

BORIS:

  Rodulfo, mira al oído.
(Háblale aparte.)

PRIOR:

¿Cómo le podré avisar?
(Vanse todos, y queda[n] DEMETRIO y RUFINO.)

DEMETRIO:

Padre, escucha...

PRIOR:

No hay lugar.
(Vase.)

RUFINO:

Fuéronse.

DEMETRIO:

Yo soy perdido.

RUFINO:

  En gran peligro has estado.

DEMETRIO:

No es menor en el que quedo.

RUFINO:

Justo miedo.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DEMETRIO:

Ya no es miedo;
es peligro declarado.
  El preso con pesadumbre
hasta la sentencia está,
que cuando la sabe ya,
no es temor, es certidumbre.
  Desnuda presto y colguemos
destos árboles, Rufino,
los hábitos, y el camino
de aquella sierra tomemos.

RUFINO:

  Bien dices. Adiós, capilla;
adiós, santo escapulario.

DEMETRIO:

Darte priesa es necesario.

RUFINO:

Tu estrella me maravilla,
  toda sujeta a traidores.
(Desnúdanse los hábitos.)

DEMETRIO:

¿No acabas?

RUFINO:

Poco me falta.

DEMETRIO:

Cubre esa rama más alta.

RUFINO:

Vesme aquí en paños menores.
¡Huye!

DEMETRIO:

  Parece más ley
por reinar pasar tormento;
mas ya paso los que siento,
pues que huyo de ser rey.

(Dejan los hábitos y vanse,


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


y sale RODULFO con dos guardas.)
RODULFO:

  Parécele al Duque justo;
no tenéis que replicar.

GUARDA [1.º]:

¿Y adónde le manda echar?

RODULFO:

Nadie replique a su gusto.
  Con una piedra me ordena
que le arroje en ese río.
¡Sabe Dios el celo mío!

GUARDA 2.º:

Escucha y no tengas pena,
  que él tomó mejor consejo
y de morir se libró.

RODULFO:

¿Cómo?

GUARDA 2.º:

Que aquí se dejó
como culebra el pellejo.

RODULFO:

¿Con los hábitos?

GUARDA 2.º:

  Sin duda.

RODULFO:

Él lo debió de entender.

GUARDA 1.º:

¿Qué es lo que habemos de hacer?

RODULFO:

Seguirle.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


GUARDA 2.º:

El intento muda
  y di al Duque que le dejas
muerto.

RODULFO:

Vámosle a buscar,
que, no le pudiendo hallar,
sosegaremos sus quejas
con decir que es muerto.

GUARDA 1.º:

  En vano
teme; asegurarle puedo.

RODULFO:

Mal sabes tú lo que es miedo
en un príncipe tirano.
(Vanse, y salen BELARDO, FEBO y LUCINDA [y] villanos.)

BELARDO:

  Échalas por acá bajo;
mal les haga Dios, amén.

LUCINDA:

Sábeles, Belardo, bien
el tomillo.

BELARDO:

¡Hay tal trabajo!

FEBO:

  Mucho en cólera te ciegas,
pues es bien que consideres
que cabras, sarna y mujeres
son golosas y andariegas.
  Todo el monte anda la cabra
y la sarna un cuerpo todo;
la mujer, del propio modo,
come y anda, cunde y labra.


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LUCINDA:

  ¡Las malicias del rapaz!
(Salen DEMETRIO y RUFINO de segadores.)

DEMETRIO:

Aquí hay gente.

RUFINO:

¿Hay qué comer?

FEBO:

Pollos debéis de traer
o les faltará el agraz.

DEMETRIO:

Ansí llegas.

RUFINO:

  Pues, ¿qué quieres,
si rabio de hambre, señor?

DEMETRIO:

¿Sois vós el dueño, pastor?

BELARDO:

Yo soy.

RUFINO:

Buen hombre o quien eres,
  ¿hay algún cabrito asado?,
¿hay algún pan por acá
sobrado?

BELARDO:

Sobrado está,
que está en la parva del prado.
¿Quién sois?

RUFINO:

  Bueno, ¿no lo veis?
Dos segadores.


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BELARDO:

¡Par Dios
que tenéis talle los dos
de comeros otros seis!

DEMETRIO:

  Padre, ¿hay qué hacer por acá?

BELARDO:

No faltará si sois gente
de pro.

DEMETRIO:

Con él nos asiente,
que la pro ya la verá.

BELARDO:

  ¿Recibirelos, Lucinda?

LUCINDA:

Par diez, padre, que a mi ver
bien los había menester.

FEBO:

Son tordos; guarda la guinda.

BELARDO:

  Las tierras del romeral
están ya que es bendición.
Ya los llevo: nuestros son.
¿Cómo os llamáis?

DEMETRIO:

Yo, Marzal.

BELARDO:

¿Y vós?

RUFINO:

  Yo me llamo Bruto.


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BELARDO:

¿Segáis bien?

RUFINO:

Ya lo verán.
De un golpe derribo un pan
de seis libras.

FEBO:

¡Oste puto!

RUFINO:

  Tengo la hoz en la boca.

FEBO:

¡Mala pedrada que os den!

LUCINDA:

Marzal es hombre de bien,
y regalarle me toca.

FEBO:

  ¿Cómo os llegáis al zagal
antes que el zagal os ruegue?
Guardaos que Marzal no os pegue
el fuego de san Marzal.
(Vanse todos, y sale[n] el CONDE PALATINO y MARGARITA, su hija, de caza, con venablos, y el DUQUE DE ARNIES.)

CONDE PALATINO:

  Por aquí decendió corriendo al río;
no habrá llegado al agua.

MARGARITA:

Entre estos árboles
se debió de quedar.


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CONDE PALATINO:

Ansí contemplo
nuestra vida veloz, que va corriendo
al mar de nuestra muerte.

DUQUE DE ARNIES:

Si estuviera
entre estos blancos álamos, no hay duda
que volviera a seguir a nuestras voces
el fugitivo curso que llevaba.

CONDE PALATINO:

Yo quiero entrar a ver si, por ventura,
le saco desta fértil espesura.
(Vase el CONDE.)

DUQUE DE ARNIES:

  ¿Hasta cuándo, Margarita,
tendrá mi loca esperanza
fuerzas contra tu mudanza?

MARGARITA:

¡Cuánto la ocasión incita!
  ¿Tú no ves, Duque, el rigor
del Conde, mi padre?

DUQUE DE ARNIES:

Advierte
que el imperio de la muerte
es feudatario al amor.
  Vuelve esos ojos al alma,
que no tiene luz sin ellos,
que en rendillos, no en querellos,
consiste de amor la palma,
  pues, conocido el intento
con que los míos te ven,
bien merecen que les den
los tuyos alojamiento.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

  Quejarte de mí pudieras
si me vieras inclinada
a otra cosa.

DUQUE DE ARNIES:

¿En ser amada
y en no amar me perseveras?
  ¡Nuevo modo de matar!
No sé cómo puede ser,
que el aprender a querer
consiste en dejarse amar.
(Sale el CONDE PALATINO.)

CONDE PALATINO:

  Por más que entre las ramas destos árboles
hice rüido y sacudí las hojas,
con el venablo no parece el gamo.

MARGARITA:

Sentémonos al pie de aquesta fuente,
que parece que llama con su risa.

DUQUE DE ARNIES:

Allí se ven algunos segadores
que nos dirán si por aquí le vieron.

MARGARITA:

Paréceme que ya del rubio trigo
las hoces sutilísimas suspenden
y con alegre música decienden.


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(Salen los músicos de segadores, y con ellos LUCINDA, DEMETRIO, RUFINO, BELARDO y FEBO.)
[MÚSICOS]:

(Cantan.)
  Blanca me era yo
cuando entré en la siega.
Diome el sol y ya soy morena.
Blanca solía yo ser
antes que a segar viniese,
mas no quiso el Sol que fuese
blanco el fuego en mi poder.
Mi edad al amanecer
era lustrosa azucena;
diome el Sol y ya soy morena.

BELARDO:

  En aquesta verde orilla
os podéis todos sentar.

RUFINO:

Ya rabio por merendar.

LUCINDA:

Gente hay aquí de la villa.

DEMETRIO:

  Triste de mí, que aún apenas
veo de la corte gente
cuando mi sangre inocente
se vuelve yelo en mis venas.
  Rufino, ¿quién serán estos?

RUFINO:

¿Quién te puede conocer
en tierra estraña?


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FEBO:

A placer
tomad por la yerba puestos
  y tenderé los manteles.

CONDE PALATINO:

¿Hay para todos, amigos?

RUFINO:

No se hiciera sin testigos.

BELARDO:

Háblalos tú como sueles.

FEBO:

  Por Dios, que si lo traéis,
que a muy buen tiempo llegáis.

DEMETRIO:

Si por el monte cazáis,
gana de comer tendréis.

RUFINO:

  Lo que come un cazador...

FEBO:

Comen y mienten que es gloria:
más mienten en una historia
que un hombre que tiene amor.

LUCINDA:

  ¡Ay, qué señora tan linda!
Nunca me habéis hecho a mí,
padre, un vestidillo ansí.

BELARDO:

Yo soy labrador, Lucinda.
  Conforme a mi calidad
te visto.


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LUCINDA:

También lo creo.

BELARDO:

¡Ricas telas del deseo
bordadas de voluntad!

LUCINDA:

  ¡A fe que estáis de gobierno!
De la voluntad es llano,
que es muy caliente el verano
y el mismo yelo en invierno.

FEBO:

  Según eso, a la veleta
te debe de parecer.

DEMETRIO:

¡Qué bellísima mujer!
¡A cuanto mira sujeta!
  Dichoso el que amaneciere
con tan bello sol al lado.

RUFINO:

¡Que a este tiempo hayan llegado!
¿Qué es lo que esta gente quiere?

DEMETRIO:

  ¡Qué rostro! ¡Qué hermoso brío!
Un yelo puede encender.

RUFINO:

Si es que habemos de comer,
soltad la merienda, tío.

BELARDO:

  Si alguna cosa mandáis,
aquí, señor, nos tenéis;
si no, perdón nos daréis.


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CONDE PALATINO:

Contento en veros me dais.
  Merendad, que ver me agrada
el modo.

RUFINO:

¿Quién sois, vecino?

CONDE PALATINO:

Soy el conde Palatino,
vuestro señor.

RUFINO:

¡Mas nonada!

BELARDO:

  ¡El Conde! Echaos en el suelo.

FEBO:

¿Ha de pasar por encima?

BELARDO:

Si un rey la humildad estima
a ejemplo del mismo Cielo,
  de rodillas os suplico
de mi casilla os sirváis
mientras vuestra gente halláis.

CONDE PALATINO:

¿Qué palacio habrá más rico?
  Digo, amigos, que la acepto.

BELARDO:

Guïad a la casería.
Por aquí, señora mía.

DEMETRIO:

¡Alto y celestial sujeto!
  Escucha y déjalos ir,
Rufino.


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(Vanse todos; quedan RUFINO y DEMETRIO.)
RUFINO:

¿Qué te parece,
Conde?

DEMETRIO:

El bïen que me ofrece
el Cielo quiero seguir.

RUFINO:

¿Cómo?

DEMETRIO:

  El conde Palatino,
que agora vive en Livonia,
es del gran rey de Bolonia
amigo, deudo y vecino.
  Ir quiero tras él y entrar
a servir algún crïado
de su casa disfrazado
hasta que le pueda hablar.
  Y si el Conde hablase al Rey
y el Rey me diese favor
para hacer guerra al traidor
sin Dios, sin alma y sin ley
  que usurpa el imperio mío,
no dudes que le cobrase
y que al Conde le pagase
con la vida que le fío
  y aun con tomar por mujer
su bella hija.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RUFINO:

Señor,
ya es tiempo que tu valor
comience a darse a entender.
  No me ha parecido mal
que sigas al Conde.

DEMETRIO:

Quiero
servir, Rufino, primero
en traje tan desigual
  que nadie entienda quién soy.

RUFINO:

Bajo será menester.

DEMETRIO:

Que me venga a conocer
la envidia temiendo estoy.

RUFINO:

  Busca un oficio que tenga
tu rostro desconocido.

DEMETRIO:

En el oficio he caído
para que, aunque el mundo venga,
  no me pueda conocer.

RUFINO:

¿Y es?

DEMETRIO:

Servir en la ocasión
donde el carbón y la harina
me sabrán desconocer.


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RUFINO:

  Bien dices, y allí sabrás
(porque es palacio, en efeto)
del tirano con secreto
y algún principio darás
  a la justa ejecución
del reparo de tu estado,
que en un monte desterrado
nunca hallarás ocasión.

DEMETRIO:

  ¿Reparaste en la divina
hija del Conde?

RUFINO:

Pues, ¿no?

DEMETRIO:

Mátame.

RUFINO:

Así te envío
como caza a la cocina.

DEMETRIO:

  Ojalá que el corazón
le guisara yo de modo
que le supiera bien todo.

RUFINO:

Pícale y harasle halcón.
  Mas di: ¿tengo yo también
de ser pícaro contigo?

DEMETRIO:

Quien es en el daño amigo,
también lo será en el bien.
  Vamos, que si en la cocina
conmigo sirves, es ley
justa que, siendo yo rey,
seas rey.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RUFINO:

Señor, camina,
  que con ánimo español
seré, pues siempre le tuve,
nube cuando fueres nube
y sol cuando fueres sol,
  que si un alma es adevina,
tú serás emperador
tras ser fraile y segador
y pícaro de cocina.
(Vanse, y salen BORIS y RODULFO.)

RODULFO:

  Crecen los desatinos de la gente,
y pienso que ha nacido...

BORIS:

No prosigas;
dirás que soy mal quisto.

RODULFO:

Culpa tuya,
que tienes algo de cruel.

BORIS:

Rodulfo,
¿qué agravios, qué crueldades hechas tengo
de que puedan quejarse estos estados?
Dieciséis años ha que reino en ellos.
¿Quién, de toda Moscovia y Casïano,
hasta el más vil y remoto tártaro,
puede decir que le tomé su hacienda,
que ya en posesión, fuerza o tributo
que fuese injusto, exorbitante y feo?


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RODULFO:

Señor, bien puede ser que, injustamente,
tu estado te aborrezca alborotado
con esta nueva de que vive y viene
Demetrio contra ti.

BORIS:

Pues si es ansina,
¿por qué llamas crueldad que yo castigue
los que tratan de hacer con ese engaño
tanto daño a la paz de aqueste imperio,
a mi sosiego y de mis hijos?
(Sale un CAPITÁN con gente de guarda, que traen preso a un ASTRÓLOGO.)

CAPITÁN:

Entra,
fiero alborotador de la república.

BORIS:

¿Qué es esto?

RODULFO:

Traen preso a un hombre.

CAPITÁN:

Agora
conocerás el gusto y diligencia
con que te sirvo: aqueste es el astrólogo
que ha dicho que Demetrio vive.

BORIS:

El Cielo
castigue, loco, tu arrogancia vana.
¿Cómo alborotas mis estados?


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ASTRÓLOGO:

Nunca
fue, mi señor, mi intento alborotarlos.
Como vi que trataban vulgarmente,
y aun entre las personas muy ilustres,
de la vida del príncipe Demetrio,
quise saber la causa, y ya me pesa.
Las doce casas que escribí en un palo,
y poniendo los signos y planetas
en el lugar del Sol y de la Luna,
hallé, juzgando la figura...

BORIS:

¡Calla!

ASTRÓLOGO:

No hallé nada, señor, que bien entiendo
que no se han de dar crédito a estas cosas,
que por eso esta ciencia se reprueba
respecto de que el vulgo y inorantes
ponen en ella fe.

BORIS:

¿No sabes, necio,
que llama engañadores e infïeles
Jacinto a los astrólogos y afirma
que en Roma se vedaron para siempre?

ASTRÓLOGO:

Alguna vez también escribe Séneca
que dicen cosas ciertas los astrólogos.


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BORIS:

Pues mira lo que dice Favorino
referido por Celio; mira a Erasmo.
O verdadero o falso o incierto, dices.
Si incierto, ¿de qué sirve? Pues si falso,
¿qué más mal que engañar con la mentira?
Si verdadera, o es alegre o triste:
si triste, antes de tiempo te entristeces;
si alegre, te fatigas esperándolo.
Pues mira luego lo que Julio siente.
Mas, ¿qué mucho cansándose los santos
y los profetas?

ASTRÓLOGO:

Gran señor, si fuera
lícito disputar el bajo súbdito
con el señor y príncipe, sospecho
que te dijera en lo que es cierta o falsa.

BORIS:

¿Quieres ver cómo es falsa?

ASTRÓLOGO:

¿De qué suerte?

BORIS:

¿Cómo has pensado tú morir?

ASTRÓLOGO:

Yo pienso
que tengo un gran peligro; mas si puedo
salir agora dél, mi vida es larga.


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BORIS:

Alban, cuélgale luego de las rejas
deste palacio a vista de los locos
que creyeron sus fábulas y círculos,
pues que quieren con mil y treinta estrellas
saber lo que hace Dios con mil millones.

ASTRÓLOGO:

¡Señor, piedad!

BORIS:

Si fueras buen astrólogo,
supiéraste guardar deste peligro.
¡Tirad con él!
(Llévanle.)

CAPITÁN:

¡Camina!

BORIS:

Y tú, Rodulfo,
desvélate en buscar mis enemigos
y no me des consejos escusados.

RODULFO:

Con la honda en la mano eternamente
ha de andar el que sirve, porque un príncipe
tiene en la voz la espada de la suerte
que el basilisco en la lengua fïera,
porque es matar decir que un hombre muera.


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(Vanse todos, y sale[n] un VEEDOR del CONDE PALATINO y el MAESTRESALA y JUAN, cocinero.)
VEEDOR:

  ¿No está a punto la comida?

MAESTRESALA:

Toda está a punto, señor;
mas permitid, por favor,
que solo un instante os pido.
¡Ea, pícaros! ¡Daos prisa!
¿Tengo de enojarme?
(Salen RUFINO y DEMETRIO, tiznados a lo pícaro.)

RUFINO:

Ya
a punto lo asado está.
¡Cielos! Si yo muevo a risa,
¿cuánto más el ver asar
a un nieto de emperadores?

DEMETRIO:

Todos estos asadores
puedes aparte arrimar.

MAESTRESALA:

¿Están las perdices bien?

DEMETRIO:

En un punto se pasaron.

MAESTRESALA:

¿Y los capones?

DEMETRIO:

Quedaron
a que una vuelta les den.


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MAESTRESALA:

¿Los dos pavos?

DEMETRIO:

Esos, creo,
tienen algo que esperar.

MAESTRESALA:

¿La sopa?

DEMETRIO:

Solo afeitar
la sopa falta.

BELARDO:

Deseo
saber lo que afeite llamas.

DEMETRIO:

La canela es el color
y el azúcar es, señor,
el afeite de las damas.

MAESTRESALA:

¿Tú partiste los limones?

RUFINO:

Hará media hora que están,
amo mío maese Juan,
con más ruedas que pavones.
(Vase.)

VEEDOR:

  Ya da prisa el mayordomo.

RUFINO:

Triste vida es cocinero,
pues como lo que no quiero
y lo que quiero no como.
  Como el humo que desamo
a la lumbre noche y día,
y la carne que querría,
esa se come mi amo.
  ¿Sabes, maese Juan, qué siento?


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DEMETRIO:

¿Qué sientes, maese Pasquín?

RUFINO:

Que es este oficio ruin
un camaleón del viento.

DEMETRIO:

  Que otros me guisen espero
lo que tengo de comer.

RUFINO:

Una cosa viene a ser
alcahuete y cocinero.

DEMETRIO:

  ¿Cómo puede ser que haga
igualdad?

RUFINO:

En esta forma:
que guisa, junta y conforma
para que coma el que paga.

DEMETRIO:

  Ya la comida han subido;
bien puedes luego sacar
el recado de fregar.

RUFINO:

¿A fregar hemos venido?

DEMETRIO:

¡Camina presto!

RUFINO:

  Señor,
tanta humildad me enternece.

(Vase.)


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DEMETRIO:

Esta humildad os ofrece,
Cielos, mi antiguo valor.
  Recebid de un perseguido,
aceptad de un desdichado
en traiciones engañado,
con deslealtades nacido,
  estos inmensos trabajos.
(Sale RUFINO con una caldera o bacía de agua y recado para fregar.)

RUFINO:

Aquí está ya el fregatorio.

DEMETRIO:

Aqueste es el refitorio.

RUFINO:

Y estos son los estropajos.

DEMETRIO:

  Advierte, hidalgo español,
pues sabes mi majestad,
que el oro de mi humildad
se afina en este crisol.

RUFINO:

  ¡Harto mejor se afinara
en la olla que llevaron,
la mía!


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(Sale un PAJE con dos o tres trincheos y échaselos allí.)
PAJE:

Platos faltaron.
¡Hola, pícaros!

RUFINO:

Repara
  en que hay un pícaro aquí
que duque pudiera ser.

PAJE:

¿Y quitarale el poder
la gran fortuna?

DEMETRIO:

Es ansí.

PAJE:

  Siempre aquestos desdichados
se nos fingen bien nacidos.
(Friega DEMETRIO y RUFINO limpia los platos.)

DEMETRIO:

Si estamos tan mal vestidos,
no fue por no ser honrados.
  Yo salí a correr un toro
y, por escapar la vida,
traigo la capa rompida
que traje bañada en oro.
  Cuando niño, me prendió
su alguacil de la fortuna,
pero dejele en la cuna
en que acostado me halló
  y vine de una corrida
hasta donde Dios lo sabe,
porque es bien perder la nave
porque se salve la vida.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RUFINO:

  Ya están limpios. Toma y trae
algo que coma.

PAJE:

Sí haré.

RUFINO:

El pajecillo se fue.
(Sale otro PAJE con una pella en un plato.)

PAJE 2.º:

Este necio en todo cae.
  Pues esta vez no lo vio,
comereme el manjar blanco.

RUFINO:

¿Manjar blanco? ¿Soy yo manco?

PAJE 2.º:

¡Ay! ¿Quién me la tomó?

RUFINO:

Yo.

PAJE 2.º:

¡Pícaro!

RUFINO:

  No hay que tratar.
Muquirelo a la española.

PAJE 2.º:

¡Hola, pajes! ¡Pajes, hola!

RUFINO:

¿Qué sirve tanto holear?
  Aunque estuviera holeado,
me lo había de comer.


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DEMETRIO:

¡Mase Pasquín!

RUFINO:

No he de ser
en palacio corto.

PAJE 2.º:

¿Has dado
  fin a la pella, Marqués?
Pues aguarda y lo veremos.

RUFINO:

Marqués dicen que seremos
en siendo rey mase Andrés.

PAJE 1.º:

  ¡Vive Dios que te he de echar
un libramiento, traidor!
(Vanse los pajes.)

RUFINO:

A maese Andrés es mejor,
que se procura librar.

DEMETRIO:

  ¿Que no quieres tener seso?


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RUFINO:

¿A que no quieres saber
lo que es pícaro y comer
como gavilán en peso?
  ¡Ay, dichosa picardía!
¿Comer provechoso en pie
cuando un pícaro se ve
que muera de perplejía?
  A dormir gustoso y llano,
sin cuidado y sin gobierno,
en la cocina el invierno
y en las parvas el verano.
  Vida de rey fuera risa
con esta vida ligera
si un pícaro se pusiera
cada día una camisa.
  Por esto le tratan mal
y causa al discreto enojos,
que aquesto de tener piojos
es temerario fiscal.
  La honra, la pretensión,
¿de qué sirven en el mundo?

DEMETRIO:

De dar almas al profundo
y cuerpos a lo que son.


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(Salen TIANO y SEBERIO, gentiles hombres.)
TIANO:

  Suceso será notable
si Demetrio es vivo.

DEMETRIO:

¡Ay, Cielos!
¡Mi nombre!

SEBERIO:

Lo que es recelo,
y es que es el vulgo variable
  amigo de novedad.
Como a Boris aborrece,
da vida a Demetrio y crece
por una y otra ciudad.
  Este correo que vino
que era vivo dijo.

DEMETRIO:

Espera.

RUFINO:

¿Qué quieres?

DEMETRIO:

Esa caldera
lleva allá dentro, Rufino,
  que estas son nuevas de mí.
(Aparte los dos.)

RUFINO:

Mira lo que haces.

DEMETRIO:

No temas.

(Vase RUFINO.)


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


TIANO:

Hablan con lenguas blasfemas
deste Boris.

SEBERIO:

Y es ansí,
  y no les falta razón.

DEMETRIO:

Señores, aunque sea mengua
que un hombre mueva la lengua
de tan baja condición
  en presencia de crïados
del Conde, porque yo soy
de Moscovia y lleno estoy
de pensamientos honrados
  me decid qué nuevas son
las que de allá le han traído.
(Reyéndose.)

TIANO:

Marqués, el Conde ha sabido
que hay grande revolución.
  En la mesa se ha tratado
que Demetrio es vivo.

DEMETRIO:

¿Vivo?

TIANO:

Y que aquel tirano altivo
mata a quien lo dice airado,
  que se previene de gente,
que a un astrólogo ahorcó
y que a dos dellos cortó
los cuellos públicamente.
  Las mesas alzan, Seberio;
vamos a dar agua a manos.


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SEBERIO:

Vamos.
(Vanse los dos.)

DEMETRIO:

¡Cielos soberanos,
dadme a mi paterno imperio!
  ¿Qué fama es esta, o por quién?
Si yo soy que vivo estoy,
¿cómo diré que yo soy
para que el reino me den?
  ¿Osareme descubrir
al Conde? Sí, que es señor
de gran valor, y el valor,
¿cómo le puede encubrir
  la maldad y la traición?
Su hija es esta, ¿qué haré?
(Sale MARGARITA, hija del CONDE.)

[MARGARITA] :

¡Ay, Cielo! ¿Cómo me entré?
Mas vuestros secretos son.
  Ya me ha visto: ya no puedo
volver atrás.

MARGARITA:

¿Qué es aquesto?
Di, villano: ¿quién te ha puesto
en este lugar?

DEMETRIO:

[Aparte.]
¿Qué miedo?
  ¿Ireme? ¿Responderé?
¿Diré quién soy?


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

¿No responde?

DEMETRIO:

Gran señora, busco al Conde.

MARGARITA:

Pues, tú al Conde, ¿para qué?

DEMETRIO:

  Sirvo al Conde, mi señor,
en la cocina.

MARGARITA:

¿Qué intento
te ha dado ese atrevimiento?

DEMETRIO:

Señora, mi gran valor.

MARGARITA:

¿Eres truhán?

DEMETRIO:

  Sí, señora;
que el gran valor que decía
fue burlas.

MARGARITA:

Eso sería.

DEMETRIO:

Pretendo ser duque agora
y emperador.

MARGARITA:

  Bien harás.
¡Locura maravillosa!

DEMETRIO:

Pienso que ninguna cosa,
si yo lo soy, perderás.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

¿Harasme merced?

DEMETRIO:

  Sospecho
que te haré mayor, señora,
porque el alma que te adora
más te ha dado en darte el pecho.

MARGARITA:

¿Amores también?

DEMETRIO:

  También.
¿Qué loco has visto, señora,
sin punto de amor?

MARGARITA:

Agora
te voy conociendo bien.

DEMETRIO:

  Si Dios me lleva al estado
que pretendo, tú has de ser
mi mujer.

MARGARITA:

¿Yo tu mujer?

DEMETRIO:

Esta noche lo he soñado.

MARGARITA:

  Buenos pensamientos tienes.

DEMETRIO:

Si Dios los deja lograr,
tú me verás coronar
de oro y laurel las dos sienes.


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El Gran Duque de Moscovia Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

  ¿Qué le llevas que decir
a mi padre?

DEMETRIO:

Grandes cosas
que parecen fabulosas,
que sabe el tiempo fingir,
  y el presente en que me veo
aqueste disfraz me obliga.

MARGARITA:

Pues vuestra Alteza prosiga.
Saber su nombre deseo.

DEMETRIO:

  Yo me llamo el Perseguido
del nuevo Herodes crüel,
pero en viéndome con él,
se verá a mis pies tendido,
  que espero en Dios que ha de darme
de mi enemigo vitoria
para aumento de tu gloria.

MARGARITA:

Ni acierto a irme ni a estarme.

DEMETRIO:

  Pues estate de mi voto
y vete.

MARGARITA:

En verte me río,
para ser truhán tan frío
y para señor tan roto.
  Ven, porque te vea agora
mi padre.

DEMETRIO:

Harasme favor.

MARGARITA:

Entrad, roto emperador.

DEMETRIO:

Entro, sana emperadora.

(Vase.)


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Acto III
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El Gran Duque de Moscovia Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen el REY DE POLONIA y el CONDE PALATINO.
REY:

  Seáis, Conde, bien venido.

CONDE PALATINO:

Vuestra Majestad, señor,
me dé sus pies; sus pies pido.

REY:

Conde, a vuestro gran valor
tenéis mi pecho ofrecido.
Una silla al Conde.

CONDE PALATINO:

  En todo
honra vuestra Majestad
su hechura.

REY:

Ese estilo y modo
dese pecho ilustre y godo
merece esta autoridad.
  Tome vuestra señoría
la silla.
(Siéntense.)

CONDE PALATINO:

¡Tantos favores...!

REY:

Esta es corta cortesía;
los méritos son mayores.


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CONDE PALATINO:

Señor, la venida mía,
  después de besar los pies
de su Majestad, no es
a cosa breve y ligera.

REY:

Salíos todos afuera.
Hablar puedes.

CONDE PALATINO:

Oye, pues.
  La opinión que se tenía,
famoso rey de Polonia,
de que Demetrio vivía
pasó de Moscovia a Livonia
y de Tartaria a Rusia.
  Creció de suerte, señor,
a todos común deseo
de que fuese Emperador
el que ser sin duda creo
legítimo sucesor
  que, animado el encubierto
príncipe de la piedad,
general se ha descubierto.

REY:

¿Cómo?

CONDE PALATINO:

Vuestra Majestad
escuche.

REY:

Luego, ¿no es muerto?

CONDE PALATINO:

No, señor.


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REY:

  Prosigue; acaba.

CONDE PALATINO:

Sirviendo Demetrio estaba
en mi cocina.

REY:

¿Qué? ¿Dónde?

CONDE PALATINO:

Sin duda.

REY:

¿Qué dices, Conde?

CONDE PALATINO:

Tanto temor le obligaba.

REY:

  Advierte que la opinión
del vulgo loco, atrevido,
habrá hecho esta invención.

CONDE PALATINO:

De que es Demetrio he tenido
bastante satisfación.
  Seis caballeros, crïados
con su abuelo, con secreto
a conocerle llamados,
juran que es él.

REY:

¿En efeto
vive?


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CONDE PALATINO:

Y pide sus estados.
  Las señas, la majestad
del rostro, la autoridad,
aunque en un rostro vestido,
muestran bien que no es fingido;
ten por cierto que es verdad,
  que del modo que luciera
un diamante, si estuviera
en pardo plomo engastado,
aquel valor heredado
dale del vestido afuera.

REY:

  Pues, ¿no ha mudado vestido?

CONDE PALATINO:

Hasta verte no ha querido.

REY:

¿Dónde está?

CONDE PALATINO:

Quedó a la puerta.

REY:

La del alma tengo abierta
piadoso y enternecido.
¿Quiere verme roto?

CONDE PALATINO:

  Quiere,
que cuanto más te moviere
a compasión, más lo estima.

REY:

A que me vea le anima.
Pero aguarda, Conde; esper[e]
  y una ropa le traerán.


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CONDE PALATINO:

No habrá remedio que quiera.

REY:

Pues dile que entre.

CONDE PALATINO:

Aquí están
él y un español. Ya espera
el rey, y licencia os dan.
(Salen DEMETRIO y RUFINO de cocineros.)

DEMETRIO:

  Aunque el hábito, señor,
sea de veros indigno,
mi antigua sangre y valor
dan atrevimiento indigno
a mi vergüenza y temor.
  Dadme, señor, esos pies,
que yo pongo en vuestras manos
mi vida.

REY:

¿Que es él?

CONDE PALATINO:

Él es.

REY:

¿Cierto?

CONDE PALATINO:

Temor de tiranos
le han puesto como le ves.


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REY:

  Aunque viera a Valeriano
puesto a los pies del Persiano,
o al Turco, del mundo asombro,
dando a Taborlan el hombro;
o al grande Emilio Romano.
  Aunque viera dando enojos
a Pompeo la Fortuna
y de un egipcio despojos,
a Mario en una laguna
y a Belisario sin ojos.
  Aunque a las cerdas sutiles
del gran caballo de Aquiles
viera a Héctor arrastrado,
a Julio César pasado
de cuatro puñales viles.
  Aunque a Federico viera
cuando iba a Jerusalén
darle un río muerte fiera
o preso al inglés, por quien
vio el Jordán nuestra bandera.
  O agora viera la muerte
de mi padre, que en tan fuerte
prisión acaba un traidor
o tuviera más dolor
Demetrio que tengo en verte.
  Bien has hecho de venir
desa manera a mover
mis ojos.


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DEMETRIO:

¿Qué hará el oír,
señor, si te mueve el ver?

REY:

Poco habrá que persuadir.
Siéntate.

DEMETRIO:

  El hábito impide
que me siente.

REY:

Tu valor
en las estrellas lo pide.
Siéntate enmedio.

DEMETRIO:

Señor,
de tu Majestad divide
  esta ropa, que del toro
muestra la señal.

REY:

No ignoro
que [es] tu vergüenza profunda,
pero estás como en la funda
viene de la mina el oro.
  Mas tráigante de vestir.

DEMETRIO:

Primero, Rey, me has de oír.

REY:

Pues comienza y di qué quieres.

DEMETRIO:

Que cuando lágrimas vieres...

REY:

Sin miedo puedes decir.


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(Siéntense todos tres, DEMETRIO enmedio, y cúbrese [con] su sombrero de pícaro.)
DEMETRIO:

  Ínclito rey de Polonia,
gran Sigismundo tercero:
de Cristina y de Teodoro
soy hijo; yo soy Demetrio;
el gran duque Juan Basilio
fue, como sabes, mi abuelo.
A mi padre dieron yerbas
envidiosos caballeros:
la intención era matarle,
pero quitáronle el seso;
aunque hay muertes en la vida,
el que es loco es vivo y muerto.
Mató el Duque a Juan, su hijo,
que llamaba su heredero,
riñendo con su mujer.
¡Mira lo que pueden celos!
Murió de pena Basilio;
mi madre, con poco acuerdo,
dio a Boris, mi tío y su hermano,
por su marido el gobierno.
Lo que ha hecho ya lo sabes,
mas solo advertirte quiero,
que mi ayo, en mi lugar,
cuando matarme quisieron,
puso un hijo que tenía,
y por lugares diversos
me trujo, y guardó mi vida
en traje y nombre encubierto,
que solamente sabía
este español el secreto,
de mis trabajos testigo,
de mis desdichas consuelo.


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DEMETRIO:

Murió, y quedamos los dos
sin padre, amparo y maestro;
pero, muriendo, exhortome
a que cobrase mi imperio.
Lloré su muerte, y pensando
en el fin de sus consejos,
vi que mi vida temía
el que me tuvo por muerto.
Con este miedo, señor,
tomé un hábito de lego
en un monasterio santo.
Visitó Boris su reino;
viome, hablome y diole el alma
tanto cuidado y recelo
que mandó matarme, y yo
salí por la huerta huyendo
donde otras dos veces fui
fraile en otros monasterios,
hasta que viví en un campo,
labrador de pensamientos,
donde, siguiendo al Conde,
serví en su casa algún tiempo
disfrazado en la cocina
para vivir encubierto,
donde, oyendo que Moscovia
con tanto aborrecimiento
hablaba de su tirano,
osé hablar al conde Aurelio;
él hizo las diligencias
que sobre caso tan nuevo
parecieron necesarias,
y viendo que era tan cierto,
a tu presencia me trujo,
de mis lágrimas y ruegos
movido de ver los daños
que, desterrado, padezco.


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DEMETRIO:

Duélate un emperador
a quien en tantos destierros
se atrevió la hambre fïera,
no digo el calor y el yelo,
que como me des tu ayuda,
al Cielo, de quien soy, prometo
de confesar para siempre
que cuanto fuere te debo.

REY:

  Para significar como quisiera
a vuestra Majestad, príncipe ilustre,
mi sentimiento fueran necesarias
muchas razones justas, muchas lágrimas,
de que los perseguidos tienen copia,
y vienen bien cuando consuelo piden,
pero no cuando piden su remedio.
Y así, escusando de lo que él no sea
algunas circunstancias, solo digo
que, fuera de la suma del dinero
que fuere necesario para el gasto
de la casa y familla (que es tan justo
que vuestra Majestad tenga en Polonia),
le haré cincuenta mil hombres de guerra.
En estos podré hacer de los confines
cinco o seis mil cosarios, gente diestra,
que militaron con el rey Estéfano
y que tienen la guerra por ganancia.
Esto es de paso lo que ofrezco agora
a vuestra Majestad, porque quisiera
verle mudar del hábito que tiene.


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DEMETRIO:

Nunca yo tuve menos confïanza
de vuestra Majestad, que guarde el Cielo
y a quien pido con lágrimas que premie
tanta merced y beneficios tales.
Digo que agora mudaré vestido.

REY:

¡Hola!

CAMARERO:

¿Señor...?

REY:

¡Vestidos al Rey, presto!
Entre su Majestad.

DEMETRIO:

De ningún modo.

REY:

¡Por vida mía!

DEMETRIO:

Estimo el juramento.
(Vase. Queden RUFINO y el CAMARERO.)

RUFINO:

  Ya parece que levanta
el Cielo aquella inocencia.

CAMARERO:

Lo que manda el Rey me espanta.

RUFINO:

Descubriose la excelencia
de un rey en miseria tanta.


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CAMARERO:

  Vestidos, oí decir,
de rey. Aquí me dirán
a quién tengo de acudir,
quién es aqueste truhán
a quién manda el Rey vestir.

RUFINO:

  Majadero Camarero
ya que podemos hablar,
quién somos deciros quiero,
pues me venís a informar
vós de que sois majadero.
  Y vós, cuanto a vós, estáis
a saber vós para vós
con quien vós agora habláis,
que vós sois vós, y por Dios
que a vós mismo os agraviáis.
  Este a quien el Rey quería
vestir y hizo cortesía
es de Moscovia el gran duque,
es de Astracán archiduque
y emperador de Rusia,
  rey de Tartaria y señor
de cien provincias.

CAMARERO:

¡Ay, Cielo!
¿Es Demetrio?

RUFINO:

¿En su valor
no lo has visto?

(De rodillas.)


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CAMARERO:

Sin recelo
pido perdón de mi error.
(A lo grave.)
  ¡Hola! ¿Qué digo? ¡Crïados!
Telas, brocados, bordados...
¿Quién es vuestra señoría,
porque vestirle querría?

RUFINO:

Soy quien rige sus estados.
  Marqués dicen que seré,
duque dicen, conde dicen,
si Demetrio rey se ve.

CAMARERO:

Pues bien es que se autoricen
desde la cabeza al pie.
  ¿Qué color, vueseñoría,
quiere que le den?

RUFINO:

Querría
azul, porque estoy celoso.

CAMARERO:

¿De quién?

RUFINO:

(Muy a lo grave.)
Ya estáis enfadoso.
Dejadme, por vida mía.
  Dicen que tengo de ser
galán de cierta mujer,
y de celos me prevengo,
que hasta agora no la tengo,
pero puédola tener.


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CAMARERO:

¿Qué caballo?

RUFINO:

  Azul también.

CAMARERO:

¿Azul?

RUFINO:

Pues, ¿qué se os da a vós?

CAMARERO:

Los pobres, cuando se ven
ricos...

RUFINO:

Bien dice, por Dios.
Haced que a comer me den.
  El vestir mando y replico;
esto de comer suplico.

CAMARERO:

Voy.

RUFINO:

Por mí mismo he sacado
que no hay necio más cansado
que pobre que llega a rico.
(Vase. Salen OROFRISA y BORIS, trae una carta, [y] RODULFO.)

OROFRISA:

  ¿Tanto dolor os ha dado?

BORIS:

Vengo de pesar furioso.

OROFRISA:

Leédmela.


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BORIS:

¡Estoy turbado!
¡De ti, infame, estoy quejoso!

RODULFO:

¿Señor...?

BORIS:

Tú me has engañado.
  ¿Es este el Demetrio muerto?

RODULFO:

Luego, ¿vive?

BORIS:

Y está cierto,
que está en Polonia.

RODULFO:

¿En Polonia?

BORIS:

Y que fue desde Livonia,
dice esta carta, encubierto.
  Y el Rey con gente le anima
y iguala a su Majestad.
Ya todo el vulgo le estima;
pues, ¿quién habrá, si es verdad,
que su violencia reprima?

RODULFO:

  Señor, tú propio has contado
que mil hombres han tomado
las personas de los muertos
y, fingiéndose encubiertos,
a mil reinos aspirado.
  Mira que aquesto es fingido.


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OROFRISA:

Que lo sea o no lo sea,
estando tú prevenido,
jamás en lo que desea
se verá restituido.
  Escribe al Emperador,
al Papa, a Bohemia, Hungría...,
y pide a todos favor.

BORIS:

Al Emperador querría
hacer un embajador
  que ofrezca de parte mía
paz y amistad verdadera
y gente, como le envía
Italia, contra la fiera
guerra del turco en Hungría.
  Quiero ofrecerle un tesoro
en mis amorosas cartas
y, conforme a su decoro,
tantas cebellinas martas
que valgan un millón de oro.
  Al Papa quiero escribir
que soy príncipe clemente
y católico, y pedir
que el rey Sigismundo intente
este disinio impedir.
  No habrá príncipe de quien
Demetrio espere favor
en este intento, con quien
no trate paz por amor,
o por interés también.
  Aunque el mejor medio fuera
matarle, si yo pudiera.


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OROFRISA:

Pues, ¿por qué no has de poder,
sin aguardar a temer
lo que si él vive se espera?
  ¿Para qué es la industria, el oro
el poder y el amistad?

BORIS:

Daré, Orofrisia, un tesoro
a quien le mate.

RODULFO:

Escuchad,
que yo la prenda que adoro
  quiero dejar por resguardo
de que iré a dalle la muerte.

BORIS:

¡Oh, buen Rodulfo gallardo!
¡Cómo cumples desa suerte
lo que de tu pecho aguardo!
  Mas, porque vayas mejor,
si en la libertad repara,
irás por embajador
al mismo Rey que le ampara.
Quejoso de su rigor,
  di el agravio que recibo
en que a un fingido villano
dé crédito.

RODULFO:

Yo procuro
mi partida.


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BORIS:

¡Y cuán en vano
piensa que Demetrio es vivo!
Camina presto.

RODULFO:

  Yo voy
a servirte.
(Vase RODULFO.)

BORIS:

Triste estoy.
Con razón tengo cuidado.
(Sale ELIANO.)

ELIANO:

Otras nuevas han llegado.

BORIS:

El blanco del vulgo soy.

ELIANO:

  Dicen, señor, que ha salido
Demetrio ya revestido
de tres títulos y nombres
con cincuenta y dos mil hombres.

BORIS:

¡Brava desvergüenza ha sido!
  ¡Que esto el de Polonia intente!
¿Hay tal maldad?

OROFRISA:

Gran señor,
toma las armas.


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BORIS:

En gente,
en oro, en fuerza, en valor
le venceré fácilmente.
  Salgan luego mis banderas,
cubran las verdes riberas
del Boris, ten ese lado,
marchen en campo formado
las bien armadas hileras.
  Cien mil hombres llevaré:
los veinte mil a caballo,
los ochenta mil a pie.

OROFRISA:

Algún infame vasallo
autor deste enredo fue.
  Pues yo tengo de ir contigo.

BORIS:

Y vuestros hijos irán,
aunque pequeños, conmigo.

OROFRISA:

Bien haces; y aprenderán
a dar a infames castigo.

BORIS:

  Haz una horca, Alïano,
mientras que voy a prender
a este fingido villano.

ELIANO:

La de Amán te pienso hacer.

BORIS:

¿Qué dices?


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ELIANO:

Que aún es temprano.

BORIS:

Vamos.

ELIANO:

(Aparte.)
Todos con deseo
de ver su príncipe están.
Ya me parece que veo
triunfar del soberbio Amán
al humilde Mardoqueo.
(Vanse. Sale[n] MARGARITA y LISENA a una ventana.)

LISENA:

  Desde este balcón, señora,
verás el lucido alarde
del Príncipe.

MARGARITA:

Dios le guarde.

LISENA:

¿Eso respondes agora?

MARGARITA:

  Y le dé vitoria, amén,
pues es la causa tan justa
que favorecerle gusta
mi padre, y el Rey también.

LISENA:

  Ayer, roto, le tenías
por truhán; ¿y hoy le deseas
tanto bien?


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El Gran Duque de Moscovia Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MARGARITA:

Para que veas
sus venturas y las mías.
  Palabra me dio, desnudo,
de que seré su mujer.

LISENA:

Vestido podrá romper
la que roto darte pudo.
  Agora es gran duque y rey,
entonces era una sombra.

MARGARITA:

El alma siempre se nombra
de un valor y de una ley.
  Y pues la misma tenía,
no dudes que era verdad
la fe de la voluntad,
pues ya le he dado la mía.
(Salen capitanes y soldados, sacan una bandera con un Sol que una mano saca de unas nubes y algunas aves huyendo; sale el PALATINO y RUFINO y DEMETRIO, con bastón y gola muy galán, y el REY DE POLONIA, con capa muy galán, adornado de camafeos.)

REY:

  ¡Dios te haga venturoso!

DEMETRIO:

Mi fe en su piedad espera.

REY:

La empresa de la bandera
me da a entender.


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DEMETRIO:

Rey famoso,
  deste Sol que ves aquí
mi nuevo Oriente se arguya,
porque aquella mano es tuya,
que me saca al mundo ansí.
  Los nublados son mis graves
penas y rotos vestidos.
Destos rayos esparcidos
van huyendo aquellas aves:
  búhos y mochuelos son
y otras que de noche vuelan,
que apenas el Sol recelan,
cuando huyen.

CONDE PALATINO:

La invención
  es como de ingenio tal.
La letra dice...

DEMETRIO:

En naciendo.

REY:

Todo el pensamiento entiendo
digno de un pecho real.
  Muestra que Boris, tirano,
y los que le dan favor
ha de ver del resplandor
del Sol que saca esta mano.
  De manera que, en naciendo
su luz, el vuelo les quita.
¿Quién está allí?


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CONDE PALATINO:

Margarita,
mi hija.
(Hácense cumplimientos.)

DEMETRIO:

A verme partiendo.
  ¡Notable favor, señora!

MARGARITA:

Nuevo Alejandro segundo,
¿vais a conquistar el mundo?
Sol lleváis.

DEMETRIO:

Es de esa aurora.
  Y esos ojos, Margarita,
de luz divina adornados,
han subido a tantos grados
la que al Sol la suya quita
  que le han convertido en fuego,
de cuyo fuego nació
este Sol que llevo yo
con que tantas aves ciego.

MARGARITA:

  Luego, ¿podré estar segura
de la palabra?

DEMETRIO:

Y tan ciert[a],
si este Sol a verse acierta
en el centro que procura,
  que antes dejaré de ser
que dejarla de cumplir.


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MARGARITA:

Si a un Rey se puede pedir,
y obliga el dar la mujer,
  no miréis para rompella
que tan roto me la distes.

DEMETRIO:

Si vestida el alma vistes,
desa salió, y vós por ella.
  Y palabras desa suerte
todas a personas tales
son espíritus vitales
que se rompen con la muerte.

RUFINO:

  El Cielo en mi bien se muda.

MARGARITA:

Vamos, Lisenia, de aquí,
que no es bien estar ansí.
Dios en tu defensa acuda.
(Vanse del balcón.)

DEMETRIO:

  Vuestra Majestad me dé
su bendición.

REY:

Con los lazos
destos amigables brazos
y testigos desta fe.
(Abrázanse.)
  Dios, Demetrio valeroso,
te restituya en tu imperio.


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DEMETRIO:

No me guardo sin misterio
de un hombre tan cauteloso.
  Dios me dé vitoria dél
y tiempo de agradecerte
tanta merced.

REY:

Conde, advierte
que llevas un hijo en él,
  tuyo por obligación
y mío por voluntad.

CONDE PALATINO:

Crea vuestra Majestad
que intentos del Cielo son.
(Vanse todos al son de cajas, que del REY sale el DUQUE DE ARNIES.)

DUQUE DE ARNIES:

  En este punto ha llegado
de Boris embajador.

REY:

¡Embajador de un traidor!

DUQUE DE ARNIES:

¿Por qué traidor le has llamado?

REY:

  Duque, vós sois de su parte.
Entre y no me repliquéis.

DUQUE DE ARNIES:

Entrar, Rodulfo, podéis.
(Sale RODULFO.)

RODULFO:

¡Guárdete Dios!

REY:

(Aparte.)
De ayudarte.


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El Gran Duque de Moscovia Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

  El gran Rey, ínclito señor, me envía
con justa queja de una queja injusta,
que apenas creo de la vista mía.
  Dice que tu persona heroica, agusta,
ha sido indina de dar crédito a un loco
que de engañarte con quimeras gusta.
  Sin las dificultades que no toco,
se vee que en lo que agora intenta ha dado
a un hecho grande fundamento poco.
  Este nuevo Demetrio, levantado
de la espuma vulgar del lodo infame,
¿por qué quieres que príncipe se llame
  siendo hijo de un clérigo que hoy vive,
y que esta voz y fábula derrame?
El proceso tendrás, que ya se escribe,
  de la vida de aqueste sedicioso
de quien Moscovia tanto mal recibe.
Fue estudiante primero, y religioso,
  y en desprecio del hábito, soldado;
fue encantador y astrólogo famoso;
por salteador ha sido castigado.
  ¡Qué bien vendrá la púrpura en espaldas
de un hombre infame en público afrentado!
¡Qué bien vendrán las hojas de esmeraldas
  del divino laurel entre las sienes
y el cetro a quien merece rueca y faldas!


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El Gran Duque de Moscovia Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


RODULFO:

Ya el Papa deste vil noticia tiene:
  descomulgarte en cónclave se trata,
y aun el Emperador armas previene.
A la remota España se dilata
  la nueva; de tu error todos se admiran,
de tu inocencia todo el mundo trata,
a su ejemplo también otros aspiran
  y hay mil Demetrios ya; pues, ¿cómo quieres
hacer secreto lo que tantos miran?
¿Qué puede haber que de un traidor espere,
  que tiene ya la horca apercebida?
Siendo cristiano, príncipe y quien eres,
no dejes la amistad, tan bien nacida,
  de Boris, el gran duque, rico y noble,
ni desprecies que agora, Rey, te pida
que adornes en su cuerpo infame un roble
  para que sirva a los demás de ejemplo,
pues no es razón que tu valor se doble,
que ha tenido la fama heroico templo.

REY:

  Estoy desa relación,
Embajador, admirado
hasta que me han engañado.
¡Qué estraño enredo y traición!
  Mas no pasará adelante:
yo escribiré al Conde luego
que le abrase en vivo fuego.
Duque, ¿hay traición semejante?

DUQUE DE ARNIES:

  Todo el mundo, gran señor,
de tu engaño murmuraba.


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REY:

Como el Conde le fïaba,
di crédito a tanto error.
  Voy a escribir que en el punto
que llegues corte su cuello.

RODULFO:

Yo iré con la carta.

REY:

En ello
me servirás.
(Vase.)

DUQUE DE ARNIES:

No pregunto,
  Rodulfo, si es o no es
este Demetrio; mas digo
que soy de Boris amigo
y que me corre interés.
  Quiere el Conde Palatino
casarle con Margarita,
que de mis brazos la quita.

RODULFO:

Tu pensamiento adivino.
  Mas no temas, que sin duda
Demetrio, fingido o cierto,
no puede escapar de muerto.

DUQUE DE ARNIES:

¿Y si el Rey de intento muda?

RODULFO:

  Ya con cien mil hombres marcha
Boris, ceñidas las sienes
de laurel, al Boristenes
sin temer su helada escarcha,
  adonde le hará pedazos
con vitorioso trofeo.


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DUQUE DE ARNIES:

¡Ay, Margarita! No creo
que te han de gozar mis brazos.
(Vanse, y sale[n] el CONDE PALATINO y RUFINO y DEMETRIO, príncipe.)

CONDE PALATINO:

  Impórtanos, por ser de aqueste río,
cuidado y vigilancia, ilustre Príncipe.

DEMETRIO:

Mayor importa en tan oscuras selvas,
donde tengo noticia que, escondidos,
algunos enemigos nos esperan.
Mucha gente nos falta.

CONDE PALATINO:

Dicen muchos
que con dineros Boris los corrompe,
que es invencible el oro.

DEMETRIO:

¡Ah, Cielo santo!
Yo, pobre, sin tesoro y sin ejército,
pues que me falta gente cada día,
¿cómo podré salir con tal impresa,
y contra el más cruel y poderoso
tirano que hasta agora el mundo ha visto,
aunque entren los dionisios de Sicilia,
Bolicates en Éfeso y Busiras
en Egipto, pues todos no le igualan?


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(Salen ELIANO y FINEA.)
ELIANO:

  Dando el debido respeto
que se debe a las sagradas
letras, no habrá, te prometo,
en las historias pasadas
hazaña de tanto efeto.
  Dejo a Judit y a Raquel,
pero darante el laurel
Dalida y Amalasiunta
si, con esa aguda punta,
pasas su pecho crüel.
  De su parte estaba yo,
mas Boris me prometió
darme un título, que ha sido
Finea el que me ha traído,
que razón y gusto no.

FINEA:

  A mí me trujo el quererte
y el decir que has de casarte
conmigo si le doy muerte.

ELIANO:

Si él apetece el gozarte,
en que es muy seguro advierte.
  Será secreto lugar;
y que le podrás matar
en su deleite ocupado
es sin duda.

RUFINO:

Aquí ha llegado
gente que te quiere hablar.


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DEMETRIO:

¿Qué quieren?

FINEA:

  Yo te buscaba.

DEMETRIO:

Pues, ¿quién eres?

FINEA:

¿No lo ves?
Cuando tu ejército entraba
por el bosque del Simbés,
con ese soldado estaba.
  Vite, Demetrio, y nací
con flaqueza de mujer,
que vive ansí.

DEMETRIO:

Pues de mí,
¿qué es lo que puedes querer?
(Hablan DEMETRIO y FINEA aparte en secreto.)

FINEA:

Oye con secreto.

DEMETRIO:

Di.

ELIANO:

  ¿Así se conciertan? ¡Cielos!
Y llego a tan gran lugar
que antes tenía recelos
del Sol y ya vengo a dar
por un título mis celos;
  demás que tengo creído
que se antecipe su muerte
al intento prometido.


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DEMETRIO:

No digas más.

FINEA:

Oye, advierte...

DEMETRIO:

Todo lo tengo entendido.
¡Soldado!

ELIANO:

¿Señor...?

DEMETRIO:

  ¿Quién es
esta mujer?

ELIANO:

¿No lo ves?

DEMETRIO:

Si fueras hombre discreto,
¿no fïaras tú secreto
de mujer?

ELIANO:

Pues...

DEMETRIO:

Ya es después.
¡Conde...!

CONDE PALATINO:

¿Señor...?

DEMETRIO:

  El soldado
es un traidor que ha envïado
Boris a darme la muerte.


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CONDE PALATINO:

¿Qué dices?

DEMETRIO:

La industria advierte
que la mujer me ha contado:
  para que me enamorase
la trujo, y que me matase
cuando en secreto estuviese.

CONDE PALATINO:

¿Que tal maldad presumiese?

RUFINO:

Deja que el pecho le pase.

DEMETRIO:

  Tente, Rufino, eso no,
porque ha de haber diferencia
del traïdor que le envió,
porque diga esta clemencia
el mundo, que yo soy yo.
  Vete, villano Elïano.

ELIANO:

Señor...

DEMETRIO:

Huye.

RUFINO:

¿Que esto quieres?

CONDE PALATINO:

A no lo tener por llano,
supiera agora quién eres
viendo tu piadosa mano.
  A la mujer premio debes.


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DEMETRIO:

Esta cadena y anillo,
puesto que son premios leves.

FINEA:

No quiero yo recebillo,
aunque a darme el mundo pruebes.
  Guarda el oro, que, si es justo,
me honrarás cuando rey fueres,
que la moneda del gusto
también corren las mujeres
queriendo a veces lo justo.

DEMETRIO:

  Guárdame aquesta mujer,
Rufino.

RUFINO:

De buena gana
mi camarada has de ser

CONDE PALATINO:

Ya la gente el paso allana.

DEMETRIO:

Pues Dios me ha de socorrer.
(Sale RODULFO.)

RODULFO:

¿Quién es el Conde aquí?

CONDE PALATINO:

  ¿Quién lo pregunta?

RODULFO:

Un crïado del Rey con esta carta.

CONDE PALATINO:

Yo os apuesto, Demetrio, que os avisa.
Muestra: leerela.


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RODULFO:

Toma. ¡Cielo santo,
que este es Demetrio, a quien le di la muerte!
No puede ser. ¿Yo no apreté su cuello,
pequeño niño, y le dejé en la cama
sin aliento vital y, después desto,
no puse fuego al fuerte?

CONDE PALATINO:

¡Estraño caso!

DEMETRIO:

¿Qué escribe, Conde, el Rey?

CONDE PALATINO:

Oye.

DEMETRIO:

Prosigue.

RODULFO:

[Lee alto.]
«El que esta lleva vino, Conde, a verme. Contome mil enredos y mentiras llamando encantador al inocente Demetrio, y hombre castigado en público. Mas, como a mí de la verdad me consta, quise enviarosle allá disimulando, porque la ley de embajador le valga conmigo, y con Demetrio no, pues viene a procurar su muerte, pues me pide sea de roble o haya, que hay bien altos. Dalde el castigo que merece, en tanto que se le da al traidor mayor del mundo».

DEMETRIO:

¿Firma?

CONDE PALATINO:

  El rey de Polonia, Segismundo.

DEMETRIO:

  ¿Faltan más persecuciones?


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CONDE PALATINO:

¿Quedan ya más asechanzas?

RODULFO:

¿Del Rey son esas razones?
Burló el Rey mis esperanzas.

CONDE PALATINO:

En contingencia me pones
  de ser tu verdugo fiero
mientras a Boris espero.

RUFINO:

Pues, ¿no estoy yo aquí?

CONDE PALATINO:

Rufino,
al capitán Albaíno
entrega este caballero.
  Haz que con su cuerpo infame
afrente el tronco de un roble.

RUFINO:

No es menester que le llame.

DEMETRIO:

Tente, que no es bien que un hombre
con la crueldad se disfame.
¿Quién eres?

RODULFO:

  Rudulfo soy;
con la mujer de tu tío
estoy casado.


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DEMETRIO:

Y yo estoy
tan justo con el ser mío
que vida y perdón te doy.
  Parte a Boris, y dirás
que lo mismo hiciera dél.
Y no es piedad, por ser más,
como ha sido tan crüel,
no parecerle jamás.
  Él quiere ser mi homicida;
yo no le quiero ofender.
Quiero que perdón me pida,
que no le he de parecer
mientras Dios me diere vida.
  En diferentes estados
hoy somos tan diferentes,
de todo el mundo notados,
que no perdona inocentes
y yo perdono culpados.
  Él dice que he sido yo
castigado por justicia,
aunque en esto se engañó,
porque lo fui de malicia,
pero de justicia no.
  Encantador me ha llamado,
pero, si mira mejor
los trabajos que he pasado,
él es el encantador
y yo he sido el encantado.


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DEMETRIO:

  ¿Qué formas no ha habido en mí?
Fraile fui para rogar
a Dios volviese por mí;
segador, para enseñar
la hoz que ya corta aquí.
  Espigas hay que derrame
al suelo en tanto que llame
mi piedad la maldad suya.
Pero dejando la tuya,
porque ha sido intento infame,
  no fue el estar sin provecho
en la cocina. Sospecho
que allí me enseñé a guisar
el veneno que he de dar
a la traición de su pecho.
  Agora ya soy soldado,
porque Dios me da favor
para que cobre mi estado.

RODULFO:

Quien tiene tal defensor,
no puede ser derribado.
  Déjame besar el suelo
de esos pies.

DEMETRIO:

Ten, que recelo
que, pues los pies solicitas,
si tu veneno vomitas,
dar con mi vida en el suelo.
  La cabeza fue la pieza
que buscaba tu interés
en aquella fortaleza,
y agora intentas los pies,
como escapé la cabeza.
  Vete, Rodulfo, que es cierto
que, si de César la historia
(por ser hijo de Lamberto)
me atormenta la memoria,
no escaparás de ser muerto.


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RODULFO:

  Voyme, pero a voces quiero
decir que Demetrio vive.
(Vase, y sale el CAPITÁN ALBAÍNO.)

RUFINO:

¡Que así se vaya este fiero!

ALBAÍNO:

¡Oh, gran Demetrio! Apercib[e]
contra el tirano tu acero,
  que desa parte del río
ya con su campo te aguarda
y provoca a desafío.

DEMETRIO:

¡Cielos, el castigo tarda!
¡Ea, Conde, señor mío!
  ¡Ea, ilustres caballeros
de Polonia!

CONDE PALATINO:

Los primeros
habemos de acometer.

DEMETRIO:

Señor, ¿quién puede vencer
sin vós contrarios tan fieros?
  ¡Virgen santa, mi abogada!
Aquí os traigo retratada,
y en el corazón mejor.
Diez templos en vuestro honor
prometo. ¡Ayudad mi espada!


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(Toquen dentro guerra, guerra. Salen el REY y MARGARITA.)
MARGARITA:

  ¿En ese trance se ha visto?
Su vida me da cuidado.

REY:

Piérdele de eso.

MARGARITA:

Su estado
con mis lágrimas conquisto
  como con las armas él.

REY:

Si esta vitoria gana,
todo lo demás allana.

MARGARITA:

Este tirano cruel
  es señor muy poderoso;
cien mil hombres ha juntado,
y un ejército pagado
es por estremo animoso.

REY:

  Juzgaste como mujer.
Los que sirven por amor
tienen doblado valor
para morir o vencer.
  El soldado que es amigo,
si al capitán pobre siente,
pelea como valiente
por cobrar del enemigo.


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MARGARITA:

  Oigo decir que se va
toda su gente al tirano;
con el dinero en la mano
a todos llamando está.
  Los cosacos, gente diestra,
le han dejado, y le importara,
pues que tu favor le ampara
y ya es honra tuya y nuestra,
  señor, que te hallaras donde
que se reportara hicieras,
que se va por las riberas
y por las selvas se absconde,
  que iré también contigo
y otra Tomiris seré.

REY:

Pues su amparo comencé
y soy su deudo y amigo,
  vamos, que yo no me canso
de dar a Boris enojos.

MARGARITA:

¡Ay, Demetrio de mis ojos!
¿Cuándo te veré en descanso?
(Vanse; tocan dentro y salen algunos buyendo, y DEMETRIO detrás con rodela y espada.)

DEMETRIO:

  ¿Adónde, soldados, vais,
vuelta la espalda al traidor,
que él la volverá mejor
como el rostro le volváis?
  Demetrio soy, caballero[s];
que no soy encantador,
aunque a mi voz y a mi honor
parecéis áspides fieros.
  ¡Triste de mí! No aprovecha.


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(Sale RUFINO, desnuda la espada.)
RUFINO:

¡Ah, Príncipe desdichado!

DEMETRIO:

¿Qué hay, Rufino?

RUFINO:

Que ha parado
tu rueda de viento hecha.

DEMETRIO:

  ¿Esto da esta gente vil?

RUFINO:

No lo digas, que el exceso
os puso en tan mal suceso.

DEMETRIO:

¿Cómo?

RUFINO:

Porque son cien mil,
  y acá veinte mil no son.

DEMETRIO:

Pues hoy cesan mis trabajos.
¡No más en hábitos bajos,
que es de infame corazón!
  ¡Virgen, ayudad mi espada!

RUFINO:

¿Adónde vas?

DEMETRIO:

A morir.

RUFINO:

Pues yo te voy a seguir.


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DEMETRIO:

Hoy seré César o nada.
(Vanse, y tocan las cajas, y salen algunas, y sale el CONDE tras ellos.)

CONDE PALATINO:

  ¡Oh, gallardo! ¡Oh, famoso caballero!
Con tal valor ha vuelto a la batalla
que la gente que ya vencida huía
le van siguiendo y a su ejemplo hacen
hazañas inauditas.
(Salen BORIS y DEMETRIO tras él.)

DEMETRIO:

Oye, espera.

BORIS:

¿Qué me quieres?

DEMETRIO:

Que me escuches.
Yo soy Demetrio.

BORIS:

Si pues quiere el Cielo
mostrar milagros en defensa tuya,
vesme aquí de rodillas a tus plantas.
Por secretos del Cielo y por castigo,
yo [te] rendiré el alma envuelta en sangre.
(Vase BORIS, y dase de puñaladas.)

DEMETRIO:

¡Espera!

CONDE PALATINO:

Murió vertiendo sangre por la boca.

DEMETRIO:

¡Ah, bárbaro, que, en fin, lo fuiste tanto
que quisiste morir con esta furia
por quitarme la gloria que tuviera
de perdonarte, pues perdón te diera!


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(Sale un SOLDADO.)
SOLDADO:

  Advierte, heroico señor,
para fin de tu vitoria,
el más estraño suceso
que has oído en tantas cosas
como en años diez y seis
pasaron por tu memoria.
Luego que entendió Orofrisia
[que] Boris perdió la gloria
desta batalla y que en sangre
echó el alma por la boca,
hizo a su gente y privados
una plática amorosa
pidiendo que a Juan, su hijo,
diesen su real corona.
Mas viendo que a voces dicen
¡viva Demetrio!, furiosa
descurrió toda la tienda
y halla un vaso de ponzoña.
En un estrado se sienta
y a sus dos hijas exhorta:
Juana estaba de una parte;
de la otra, Isabel la hermosa.
Dioles a beber primero
y luego, temblando toda,
cuando los niños espiran,
el vaso en la mano toma,
pero diose tanta priesa
y murió tan por la posta,
que alcanzó las almas dellas:
la esperaron en las bocas.
Allí cayó, y a este punto
Segismundo de Polonia
con Margarita llegó,
que dicen que es ya tu esposa.
La gente de Boris junta
la llama reina y señora
y, con laureles y palmas,
gran Duque y señor te nombran.


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(Sale[n] el REY DE POLONIA y MARGARITA, RUFINO y toda la gente, y RODULFO y LISENA.)
UNO:

¡Viva el príncipe Demetrio!

TODOS:

¡Viva el duque de Moscovia!

UNO:

¡Muera Boris, el tirano!
¡Muera el tirano sin honra!

REY:

Dame, Demetrio, esos brazos.

DEMETRIO:

Después de Dios esta gloria
se os debe, señor, a vós.

MARGARITA:

Demetrio...

DEMETRIO:

¿Duquesa hermosa...?

MARGARITA:

Cumplido habéis la palabra.

DEMETRIO:

Mi mano os prende.

MARGARITA:

Esta sola
estimo más que el Imperio,
porque siendo vuestra, sobra.


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CONDE PALATINO:

Hijo, de mi mano quiero
ceñir destas verdes hojas
tu cabeza.

DEMETRIO:

Sois mi padre.
(Pónele una guirnalda de laurel.)

RUFINO:

¿Podré hablar contigo agora?

DEMETRIO:

Rufino, español amigo,
hermano, a tu arbitrio toma
deste Imperio cuanto quieras.

RUFINO:

Solo a Rudolfo perdona,
porque él, gran señor, ha sido
quien tus grandezas pregona,
quien dijo que eras Demetrio,
quien con voces animosas
hizo volver a tu gente.

DEMETRIO:

Agravio ha sido que pongas
mi piedad en contingencia,
pero su culpa te abona.
Lo que una vez perdoné,
perdono mil veces.

RODULFO:

Cobras
un nuevo vasallo en mí.

DEMETRIO:

Premiar quiero tu persona,
pues tú no quieres, Rufino.

RUFINO: :

Señor, el verte me sobra
donde mi amor deseaba.

DEMETRIO:

Serás duque de Cracovia
y marqués de Cacuriso,
pero que le des me importa
la mano a Lisena.

RUFINO:

Digo
que ya es Lisena mi esposa.

LISENA:

¿Qué mejor bien pudo darme
que aquesta mano española
esa generosa mano?

DEMETRIO:

A vós, gran rey de Polonia,
mi vida, mi Imperio ofrezco,
y por mi persona propia
iré luego contra Carlos.

REY:

Tu esposa y tu Imperio goza
dando fin a los sucesos
del Gran Duque de Moscovia.

Fin01.jpg


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