El Grande Oriente : 16

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Salvador se inquietaba bien poco de un acontecimiento que por aquellos días, los primeros de Marzo, agitaba hondamente el mar de la política, produciendo borrascas, zozobras y naufragios. ¿Necesitaremos recordarlo, a pesar de haber hablado de él, por cierto con mucha discreción, el marqués de Falfán de los Godos? Olvidando las prácticas constitucionales o haciéndose el tonto, que es la opinión más autorizada, añadió el Rey al discurso de la Corona un parrafillo de su invención, en el cual se quejaba de los insultos que diariamente recibía, y acusaba con este motivo a los ministros y a las autoridades de Madrid. Alborotose el Congreso, alborotáronse más los clubs, los ministros estaban con medio palmo de boca abierta, sin saber lo que les pasaba, y mientras el Rey les destituía arrebatadamente, dábales el Congreso un voto de confianza y una pensioncita de sesenta mil reales; admirable almohada para reclinar la gloriosa cabeza después de una caída.

Su Majestad, firme en el propósito de hacerse el tonto (y quien crea otra cosa no sabe hasta dónde llegaba la malicia del astuto Rey neto), pidió consejo a las Cortes para la formación del nuevo Ministerio, inaudita aberración constitucional, pues el Gabinete caído tenía mayoría. Los diputados contestaron al mensaje del Rey con un refunfuño de desconfianza, achacaron a la mano oculta los insultos consabidos, y negáronse a proponer los nuevos- ministros, dando a entender al Soberano que el Ministerio Argüelles era el mejor de los ministerios posibles. Fernando consultó entonces al Consejo de Estado, y de esta consulta salió el Ministerio del 4 de Marzo.

Era natural que el nuevo Gabinete no gustase a nadie. Los tibios le tenían por exaltado, y los exaltados por tibio. Procedente, como el anterior, de la mayoría, el Gabinete Valdemoro-Feliú, representaba las mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de manejos secretos; representaba también la debilidad frente a los alborotadores, las pedradas al coche del Rey, la tolerancia de las grandes conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De entonces data, si no estamos equivocados, la célebre frase de los mismos perros con distintos collares. Más adelante, cuando Feliú pasó de Ultramar a Gobernación, el Gabinete se enderezó como una planta cuya savia se regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los clubs una energía que hasta entonces no se había visto en el Gobierno después de la revolución.

Tal era la situación política a principios de Marzo. En el Gobierno, debilidad; en el Congreso, confusión; en Palacio, solapadas intrigas, cuyas resultas se verán más adelante. El pueblo, desbordado y sin reconocer ley ni freno alguno, expresaba su voluntad ruidosa y groseramente en los clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía, empezaba a creer que consistía ésta en el uso constante de la iniciativa revolucionaria y en el ejercicio atropellado de la sanción popular en asonadas, violencias y atrocidades sin cuento. Romero Alpuente, un vejete furibundo a quien después conoceremos, había dicho que la guerra civil era un don del Cielo. Istúriz, joven y exaltado, había dicho que la palabra Rey era anticonstitucional. Moreno Guerra, había dicho que el pueblo tiene derecho a hacerse justicia y vengarse a sí propio. Golfín, que la anarquía purgaba a la tierra de tiranos. Otro llamaba al Trono cadalso de la libertad.

Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque si bien el nuevo Ministerio saliera de ellas como el anterior, no había gran seguridad de que se dejase gobernar por los Valerosos Príncipes.

-Estamos -decía Campos-, en la situación más oscura que puede imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero no me fío, no me fío.

Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café de La Fontana, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que entre sorbo y sorbo de café leía El Espectador. Cómo se habían juntado después de su violenta separación, cómo habían ido allí, apareciendo amistosamente reconciliados merced a un par de tazas y otras tantas copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud una mañana, anunciándole que tenía que hablar de asuntos igualmente graves para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más ásperos modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que respondía con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a pesar de su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación pasajera. Campos convidó a Aristogitón a pasar un par de horas en La Fontana, y una vez allí sentáronse en el más apartado y oscuro rincón del local, tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi estaban solos, porque en tal hora el célebre club de los amigos del orden descansaba de sus fatigas.

-Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía -añadió Campos-, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe a las sociedades secretas, autoras no sólo de la revolución de España, sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que intentaste pegar a tu maestro... Pero, hombre de Dios, ¿no me haces caso de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.

-Oigo perfectamente -dijo Monsalud, dejando el periódico y tomando la taza-. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...

-Cuando me quisiste pegar -repitió Campos con burla-. Después me estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.

-No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente, le hubiera roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.

-Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma: no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi sobrina...

-Y usted me pone en la calle a un pobre preso que será ahorcado si las cosas siguen por el camino que llevan.

-Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas interpretaciones. Do ut des.

Campos como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza. Robespierre subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.

-No debieras extrañar -añadió-, que yo quisiera favorecerte con un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza. De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.

-Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no pasé de sospechas vagas.

-¡La traición! -dijo Campos con gravedad irónica-. Pero hombre... ¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella, y mas aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre... ¡ay! sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa cuando creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?

-Me doy por conquistado.

-¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con ella como si nunca la hubieras conocido?

-Lo haré.

-¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego, que no se pueden juntar?

-Como el agua y el fuego.

-Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerla creer que estás enamorado de otra?

-También.

-Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una salva. Echemos pólvora fulminante en el cañón y disparemos.

Los masones llamaban pólvora fulminante al ron. El cañón y la salva ya sabemos lo que eran.

-¡Fuego! -dijo Monsalud, llevando la copa a sus labios.

-¡Fuego! -repitió Campos.

Los del Arte Real, en sus tenidas de banquetes, pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.

-¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas -dijo Salvador-, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle a usted? ¿No ha dado su consentimiento?

-¡Ah!, ¡ah!... fíate de consentimientos. Dicen que la palabra veleidad es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡marquesa, ya ves qué pedrada!... y la muy tonta... Por algo se ha dicho que entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler.

-Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.

-Si es millonario. No va por ahí la corriente -dijo Campos con desaliento-. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de Campos, fecunda en gente sesuda.

-Andrea tiene conciencia; no es una muchacha corrompida -afirmó Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación le producía.

-¡Qué conciencia ni conciencia!... Resabios tontos de su enamoramiento infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca, rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.

-¿Salir?

-A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de su padre. ¡Ay! qué susto. Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el Werther? Es un Dido macho que se mata por amor.

Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.

-Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre... Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una mujer, pase; pero un hombre es un hombre, Salvador, y, sobre todo, un hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado, debe tener corazón de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su palabra.

-Yo la cumpliré -murmuró Salvador.

-Bueno, señor Caballero Kadossch. ¿Tú repites las ofertas que hace poco me has hecho?

-Las repito.

-¿Acabaste para mi sobrina? -preguntó Cicerón en un tono que indicaba la idea de las resoluciones categóricas.

-Acabé -respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice adiós a la vida.

-¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de visitas?

-No.

Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos a polvo.

En aquel momento arrojaba su corazón al perro.



Episodios Nacionales : El Grande Oriente de Benito Pérez Galdós

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX
XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII