El Grande Oriente : 19

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Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su innoble recinto la Plaza de Armas, y halló entre sus compañeros de caballería muchas caras conocidas. Había unos pocos que eran diputados en el Congreso, y estaba también el célebre Mejía, que algunos meses después fundó El Zurriago. Aunque el elemento principal de la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan inocentes como D. Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía a la superficie un espumarajo de gárrula patriotería, que era la fermentación de aquel elemento. No habrían trascurrido veinte minutos después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció estas palabras:

-Yo propongo a nuestra Asamblea que cesen las contemplaciones con la Corte y que se dé el grito de ¡viva la República!

Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo, y si bien el Presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema, no fue posible conseguirlo. Entonces el Sr. Regato, manifestando ruidosamente que deseaba decir algunas cosas estupendas que agradarían a la reunión, usó de la palabra, en estos términos:

«Señores, lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos cansados de sufrir, estamos cansados de esperar. ¿Os aterra la palabra república? Pues yo digo que a mí no me ha aterrado nunca esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes. Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles nos copia, Portugal se llama nuestros discípulo. Señores, seamos dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el Trono y los masones».

Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor, el orador prosiguió así:

«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla y Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los tiempos modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha por Muñoz Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea republicana. Leed las obras de Marina y de Sempere, y veréis que en ellas palpita la república. (Gran estupor.) Ahora, señores, volved los ojos a todos los ámbitos de la hispana península (El orador, excitado por la admiración general, se cree en el caso de tener estilo), volved los ojos por doquiera, ¿qué veis? (Gran silencio; indicio cierto de que nadie veía nada). Pues veréis allá en las Andalucías, allá en la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo, a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las mágicas palabras República Española y firmada por Un tribunal del pueblo. Como acontece a los grandes genios innovadores, como aconteció a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc.... Mendialdúa fue preso Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la libertad. (Atronadores aplausos.)

»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón y veréis allí a nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la mirada del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República. (Asombro general e innumerables bocas abiertas.) En Zaragoza están a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no pronunciaré Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación francesa, están de acuerdo con nuestro jefe, no lo dudéis, están de acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!... ¡guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡guay, guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando, ¡viva la República!, todo el ejército francés se le unirá en seguida, y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la isla de Elba. (Los comuneros acogen esta bola con grande algazara, señal cierta de que se la han tragado.)

»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessières y veréis que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de esta Asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...».

Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre quién había de usarla, D. Patricio Sarmiento se levantó y habló de este modo:

-Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios comuneros, D. José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud? Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la historia romana. (Rumores de disgusto.) No trato de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más; y como yo creo que para tratar ciertos asuntos es necesario haberse quemado las cejas... (Interrupciones donosas), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; (El orador se amostaza) y así digo como el gran Temístocles: «pega, pero escucha». ¿De qué se trata? De adoptar la idea republicana. Bien; yo pregunto a la docta Asamblea: ¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta Asamblea me contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la forma republicana: 480 años. Está muy bien. (Más fuertes rumores.) Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los romanos a cambiar de forma de Gobierno?

Los rumores se trocaban en tumulto, y una voz gritó:

-¡Que se calle ese pedante!

-¡Que se vaya a la escuela!

-Al indocto grosero que de este modo me interrumpe -gritó D. Patricio agitando los brazos y poniéndose muy encendido-, le contestaré que él es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.

-¡Aquí no se quieren estafermos! -aulló una voz, de la cual no se tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.

-Señores -dijo el Presidente con aquel formulismo parlamentario que algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete de un discurso-, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de una discordia entre individuos de esta nobilísima Asamblea. No se diga que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello de riñen los pastores y se cubren los hurtos. (Prolongadas risas.)

-¡Que se calle D. Patricio!

-¡Que se calle Pelumbres!

-Pues a mí no me da la gana de callarme... a ver -exclamó una voz que salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que parecía personificación de una fragua-. Y si a mí no me da la gana de callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡a ver!

Diciendo esto, se levantaba el Sr. Pelumbres entre la multitud apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en toda Asamblea que no fuera la de los Comuneros.

-Ciudadano Pelumbres -dijo el Presidente-, ¿qué dirá la Europa si no guardamos la compostura propia de hombres de Gobierno?... ¿qué dirá?

-Eso es, ¿qué dirá? -repitieron D. Patricio y los que deseaban que hablase.

-Es preciso tener moderación -continuó el Presidente-. Puesto que el ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.

Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar importantísimo debate a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.

-Señor Presidente -gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin equilibrio-, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal... y a mí no me soba nadie.

Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.

-Señor Presidente -dijo con trémula voz Sarmiento-. La Asamblea conoce bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los cargos que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la Asamblea sabe muy bien que yo...

-Sí, sí -gruñó la Asamblea.

Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la cintura, recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como quien se va a sentar y no se sienta.

-Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre Areópago -dijo el orador-, y me parece que no debo molestar más al ilustre Areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.

-Bien, muy bien.

-Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido Presidente la alta honra de continuar este importantísimo debate, para que nos diga su opinión, que es lo que más nos importa.

Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano. Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de atender a su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.

Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito. ¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de Marat, quería parecerse a ellos! Pero sólo los tontos confundían su clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba siempre en serio. Algunos le llamaban el Guzmán (el gracioso) de las Cortes. Tuvo además el pobre D. Juan Romero Alpuente la desgracia de que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo folletinista, que usando el nombre de D. Pedro Tomillo Al-vado, le puso de hoja de perejil.

«Caballeros comuneros -dijo Alpuente con voz que no tenía nada de temerosa-, o hay confianza en los hombres del partido, o no hay confianza en los hombres del partido. Si hay confianza en los hombres del partido, no se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse se hará. No conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas vendrán por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no crea que el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el partido y se convencerá. (Rumores. Asentimiento general.)

»Por consiguiente -prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio-, esperemos llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin. (Muestras de regocijo.) Y se le llamará, ciudadanos caballeros, ¿pues quién lo duda? El segundo Gobierno constitucional sigue la misma desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer. El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado, los mandarines siguen, los peligros crecen. El Gobierno cree que va a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín de Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo de la valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que les cayó que hacer, ¿eh? (Risas.) Yo pregunto, ¿cuál es el medio de que se acaben los trastornos? Establecer la libertad en toda su integridad. Esto es axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible dispuesta a caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán bajo una silla. Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y republicanas. Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los constitucionales masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos tienen el lema de dar palos y gritar 'que nos pegan', lo cual ya no hace efecto porque se va descubriendo la picardía. (Carcajadas y bravos.)

»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros sacrosantos principios... Hoy más libertad que ayer y mañana más que hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los dientes. Pues qué, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la nave del Estado (esta figura de la nave era la única que se había asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero), vamos a estarnos mano sobre mano, sin hacer nada, como el Gobierno de la coletilla? Y ahora viene el repetir lo que ya se dijo en 1511:

    ¡Mirad qué gobernación!
¡Ser gobernados los buenos
por los que tales no son!

»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que de estos mandarines chinos. No seguirá el tole tole de oprimir al patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos de la Nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para que los pillos bajen y los patriotas suban. (Muy bien.) No se dará el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen los diez y ocho y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames populacho se reúna donde le dé la gana y grite y diga todos los defectos del Ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no llevarán albarda más que los que quieran llevarla (Grandes aplausos).

»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere ser vasallo; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis, señores, que el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del impío Antíoco Epifáneo. Entre tanto, desechemos la idea de República. La Constitución establece la Monarquía y nosotros respetamos al Rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos, ¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones, en los que fueron pajes de escoba del Rey Pepillo, en los serviles españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios, en los de mitra, bonete e hisopo; en los seráficos, angélicos, en los tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en los que dicen el Rey mi amo... entonces nos retiramos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en mi tierra, cuanto más se desvía el borrego mayor topetazo pega».

Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado de tener herederos en la política española.

Una voz que parecía cien voces, gritó:

-¡Viva Riego!

Contestó un alarido, y desde entonces el importantísimo debate se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y en su lugar el Sr. Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que no hay más remedio que llamar sesión.

Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con satisfactorio y general asentimiento por la Asamblea, y procediose al nombramiento de una comisión que se encargase de ajustar las cuentas a los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso cuando un joven de buen porte tan correcto de traje como de estilo y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel malvado aborto del Infierno, compendio de todos los crímenes.

Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel, y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan absolutista para matar la libertad. Acusó al infante D. Carlos de complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado a Vinuesa sería porrazo dado a la Corte. Aumentando en fogosidad a cada instante, llegó a sostener que el Gobierno se estaba portando traidoramente en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad, porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡vivan los discípulos de España!».

Al discurso del joven contestó otro joven de muy distinta figura, educación y modales, (pues en aquella asamblea había locos de todas clases) diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que dando a la Nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría con pena de pecado mortal pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador) estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡Viva Riego! en atención a que Riego había enjugado el llanto del pueblo español. Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era, podía hacer su real gana, porque el Gobierno recibía dinero de la Santa Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía consentir.

Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes; que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión y ponerle al frente de un Gobierno despótico, y que el orador y Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la cerviz (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su largo discurso) ante el pueblo re-soberano.

Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria, y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro, sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores, pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus asquerosas bocas, siendo así que para pronunciar palabra tan angélica debían enjuagarse un mes antes con miel rosada. Afirmó que Calatrava era un bajo adulador, Feliu un traidor, Martínez de la Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la Asamblea que se diese un voto de gracias a D. José Manuel Regato por lo bien que había conducido todos los asuntos de la Comunería desde su origen. Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:

    Es en vano calumnie la envidia
al caudillo que adora el ibero;
hasta el borde del hondo sepulcro
nuestro grito será: ¡viva Riego!

El lector no será español si no recuerda al punto la música.



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