El Marqués de Mantua (Versión para imprimir)

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Elenco
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El Marqués de Mantua Félix Lope de Vega y Carpio


El Marqués de Mantua

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



REYNALDOS
ROLDÁN
OLIVEROS
DURANDARTE
CARLOTO
RODULFO
BALDOVINOS
EMPERADOR CARLOS


EL MARQUÉS DE MANTUA
SEVILLA, infanta
SEIS MOROS
DON ALDA
BELERMA
GALALÓN
MARCELO
LIBEO


TIMBRIO
MONTUOSO, cazador
RIFELO, cazador
CARDENIO, pastor
UN ERMITAÑO
CELIO, paje
CONDE DIRLOS


DUQUE DE ALANSÓN
MONTESINOS
LEONARDO, guarda
PLÁCIDO, guarda
EL CONDESTABLE
UN NUNCIO
MORO 4º




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Acto I
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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen REYNALDOS y ROLDÁN, OLIVEROS y DURANDARTE, CARLOTO y RODULFO, BALDOVINOS y el EMPERADOR.
EMPERADOR:

  ¿Tan cerca viene de aquí?

BALDOVINOS:

Ya, señor, dicen que llega.

REYNALDOS:

¿Que es tan bella?

RODULFO:

Siempre oí
que no fue Elena la griega
más bella.

REYNALDOS:

Créolo ansí,
que es discreto el desposado,
y pudiera haber hallado
dama su igual y cristiana.

OLIVEROS:

Es en linaje africana.

DURANDARTE:

Buen casamiento.

OLIVEROS:

Acertado.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CARLOTO:

  ¡Que un hijo del rey de Dacia
se case con una mora!

RODULFO:

¿Eso te espanta y desgracia?
Si Baldovinos la adora
por su hermoso talle y gracia.

CARLOTO:

Deseo ver su hermosura.

RODULFO:

Dicen que es sin par criatura
en cuya rara belleza
mostró la naturaleza
que imitar a Dios procura.

CARLOTO:

  ¿Siendo mora, decís vos
que a Dios imita?

RODULFO:

Es mostrar
que fue concierto en los dos,
que a Dios viniese a imitar
quien ha de seguir a Dios.

CARLOTO:

¿Viene impuesta en nuestra fe?

RODULFO:

Razón será que lo esté
en todo su catecismo,
pues hoy le dan el bautismo
porque hoy la mano le dé.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REYNALDOS:

  Tracemos alguna fiesta.

ROLDÁN:

Eso imaginando estaba,
pues hay mocedad dispuesta.

CARLOTO:

Pues primos, ¿qué se trataba?

ROLDÁN:

Fiestas.

CARLOTO:

Hiciera una apuesta.
¿Es torneo?

ROLDÁN:

No, más breve
y que menos gasto lleve.

CARLOTO:

Llamad a Oliveros.

ROLDÁN:

¡Hola!

OLIVEROS:

¿Qué hay de fiestas?

ROLDÁN:

Una sola,
por lo que al deudo se debe.

RODULFO:

  ¿No tendremos todos parte?

REYNALDOS:

¿Y permitís que se duerma
en las fiestas Durandarte?


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ROLDÁN:

Pensando estará en Belerma.

DURANDARTE:

Solo me dejáis y aparte.
¿Soy, por dicha, el desposado
o habeisme acaso dejado
a solas por sospechoso
deste murmurar sabroso?

ROLDÁN:

No, sino por elevado.
  ¿Qué fiesta, Delfín, te agrada?

CARLOTO:

No siendo justa o torneo,
haced una encamisada.

ROLDÁN:

Ya esta noche la deseo.

OLIVEROS:

Tras el sarao estremada.

ROLDÁN:

Seamos los cuadrilleros
los cuatro, amigo Oliveros.

OLIVEROS:

¿Y bastan para esta vez
cuatro cuadrillas de a diez
y cuarenta caballeros?

CARLOTO:

  No, todos seis lo seamos,
y ansí sesenta seremos.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DURANDARTE:

Bien dice.

ROLDÁN:

Pues escojamos.

REYNALDOS:

Primero lugar os demos.

ROLDÁN:

Yo escojo.

REYNALDOS:

Decid, veamos.

ROLDÁN:

Ricardo, Dudón, Urgel,
Merián y Pinabel,
Montesinos y Borbón,
Duque Astolfo y Galalón.

CARLOTO:

Buen fin.

ROLDÁN:

Todos como él.

OLIVEROS:

  Carloto escoja.

CARLOTO:

A Guarinos,
al de Mantua, a Baldovinos,
a Brandimarte, a Grimaldo,
y con Florisel y Arnaldo,
al Duque de Aste y Celinos.

DURANDARTE:

  Buenos son.


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RODULFO:

Yo escojo Alberto,
Bebiano, Dagoberto,
a Reynero y a Dardín,
a don Beltrán y Armelín,
y con Ardenio a Roberto.

REYNALDOS:

  ¿A quién escoge Oliveros?

OLIVEROS:

A Enrico, a León, a Gaiferos,
al de Orliens, al de Lení,
Narbón, Auger, Malgesí.

REYNALDOS:

Estremados caballeros.

DURANDARTE:

  ¿Y Reynaldos?

REYNALDOS:

A Bruneto,
Floridante, Sansoneto,
al Conde Dirlos, a Almonte,
al señor de Bracamonte,
Tibalte, Naimo, y Turqueto.

DURANDARTE:

  Bravos hombres.

REYNALDOS:

Arrogantes.

DURANDARTE:

Yo al conde de Foix, a Orbantes
al padrino de las bodas,
a Orfel, al maestre de Rodas,
y cuatro hermanos gigantes.


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ROLDÁN:

  ¿Qué colores?

REYNALDOS:

De mi voto
lleve encarnado Carloto.

CARLOTO:

Con blanco será de fama,
que es casta y cruel mi dama.

ROLDÁN:

Pues yo blanco, y negro acoto,
  que es la color de don Alda.

DURANDARTE:

Yo por Belerma lo verde.

ROLDÁN:

Buena librea, sacalda
y por si lo verde pierde
en tela de oro aforralda.

OLIVEROS:

Yo azul y nácar aceto.

ROLDÁN:

¿Hay celos?

OLIVEROS:

Hasta el efeto
casi estoy desesperado.

RODULFO:

Yo quiero sacar morado
con blanco.

DURANDARTE:

Amador perfeto.


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REYNALDOS:

  Yo con leonado y pajizo
iré, pues todos lo dejan.

ROLDÁN:

Elección discreta hizo.

REYNALDOS:

Congojas y ansias me aquejan
de un ángel, divino hechizo.

DURANDARTE:

Sacar la seda se ordene.

BALDOVINOS:

Ya, señor, mi esposa viene.

EMPERADOR:

Bien es que un emperador
vaya a dar debido honor
a quien tal esposo tiene.
(Salen seis MOROS con seis lanzas, adargas, borceguíes y acicates, y detrás SEVILLA mora, que traiga de la mano el MARQUÉS DE MANTUA.)
  Dadme, Sevilla, los brazos.

SEVILLA:

De vuestros pies no soy digna,
cuanto más de esos brazos.
(Salen DON ALDA y BELERMA.)

BALDOVINOS:

Aquí viene la madrina.

REYNALDOS:

Roldán.

ROLDÁN:

¿Qué?


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REYNALDOS:

Bravos morazos.

ROLDÁN:

  Comiéndome estoy las manos.

DON ALDA:

¡Oh, Infanta!

BALDOVINOS:

Tío, enseñalda.

MARQUÉS DE MANTUA:

Dalde esos brazos humanos
a la señora don Alda
que entre moros y cristianos
es famosa por Roldán.
{{Pt|SEVILLA:|
Con razón tal nombre os dan.

MARQUÉS DE MANTUA:

Belerma viene con ella.

SEVILLA:

Abrazadme, prima bella.

MORO 1.º:

Suspenso estoy, Otomán.

MORO 2.º:

  ¿Es de ver a Roldán?

MORO 1.º:

Sí.

ROLDÁN:

¡Que se vengan estos galgos
con estas lanzas aquí!

MORO 2.º:

¿Qué dice?


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MORO 1.º:

Llámaos hidalgos

SEVILLA:

¿Quién son estos?

MARQUÉS DE MANTUA:

Oye.

SEVILLA:

Di.

MARQUÉS DE MANTUA:

Roldán es aquel.

SEVILLA:

Es Marte.

MARQUÉS DE MANTUA:

Carloto, el de aquella parte,
hijo del Emperador.

SEVILLA:

Bien lo muestra su valor.
¿Y aquel galán?

MARQUÉS DE MANTUA:

Durandarte.
  Rodulfo es aquel.

SEVILLA:

¿Quién es?

MARQUÉS DE MANTUA:

De Carloto hermano, Infante;
y este Reynaldos, Marqués
de Montalbán, arrogante
de ver moros a sus pies.
Aquel mozo es Oliveros.


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EMPERADOR:

No hay que aguardar, caballeros,
partamos a San Dionís.

MARQUÉS DE MANTUA:

Vamos.

REYNALDOS:

Roldán, ¿no venís?

ROLDÁN:

¡Que estos perros me hagan fieros!

CARLOTO:

  Quédate, Rodulfo, aquí.

SEVILLA:

¿Téngome de desnudar?

BALDOVINOS:

En echándoos agua allí
mi traje habéis de tomar.

SEVILLA:

¿Y hay vestido?

BALDOVINOS:

Infanta, sí,
que vuestro esposo ha tenido
cuidado.

EMPERADOR:

A vuestro marido
le dad, Sevilla, la mano.

SEVILLA:

¿Cómo estáis?

BALDOVINOS:

Agora sano
y antes desta mano herido.


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(Váyanse, y queden CARLOTO y RODULFO.)
RODULFO:

  ¿Qué me quieres?

CARLOTO:

Que me escuches.

RODULFO:

Habla.

CARLOTO:

Con amor peleo
y un deseo que no creo.

RODULFO:

¿Y he de aguardar a que luches
con tu amor y tu deseo?

CARLOTO:

Venceranme presto agora,
que uno pena y otro adora.

RODULFO:

¿Qué quieres?

CARLOTO:

¡Oh, amor tirano!

RODULFO:

Habla presto.

CARLOTO:

Dime, hermano,
¿Sevilla es ángel o es mora?

RODULFO:

  Ángel de Mahoma es.


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CARLOTO:

Mas antes ángel de Dios
que bautizada, bien ves,
que sin pecado los dos
es como un ángel después.
  ¿No dicen que es poco menos
el hombre que un ángel?

RODULFO:

Sí,
cuando son los hombres buenos,
mas no te está bien a ti
querer ángeles ajenos.

CARLOTO:

¿Quién soy?

RODULFO:

Príncipe de Francia.

CARLOTO:

¿Hasta el rey hay gran distancia?

RODULFO:

Poca, que todo es ser rey.

CARLOTO:

¿No puede un rey hacer ley?

RODULFO:

Puede del reino a su instancia.

CARLOTO:

  Hago ley que esta sea mía.

RODULFO:

Esa no es ley, aunque es gusto,
sino injusta tiranía.


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CARLOTO:

¿Qué es ser rey?

RODULFO:

Es rey ser justo.

CARLOTO:

Justo, Rodulfo, sería;
que al rey es mucha justicia
darle aquello que codicia.

RODULFO:

Cuando codicia lo injusto
no es justicia hacerlo justo,
sino pecado y malicia.

CARLOTO:

  ¿Pecado?

RODULFO:

Pecado digo.

CARLOTO:

¡Qué teólogo revuelvo!
¿Confiésome yo contigo?

RODULFO:

pues por eso no te absuelvo.

CARLOTO:

No haces oficio de amigo.
¿Para quién es lo mejor
de un reino?

RODULFO:

Para el señor.

CARLOTO:

Luego ¿no es gran maravilla
que sea del rey, Sevilla?


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RODULFO:

No es del reino.

CARLOTO:

Es en rigor.

RODULFO:

  No es, que nació en Sansueña
y es hija de un moro.

CARLOTO:

¡Oh, moro,
que el cielo sin fe me enseña,
engendrando este tesoro,
como quien tesoros sueña!
  ¡Oh, moro, que en este día,
por lo que yo pierdo y gana
tu venturosa porfía,
has hecho un alma cristiana
y has hecho mora la mía!
Cuando yo me transformé
en Sevilla, mora fue;
luego moro, en ella moro,
que con fe una mora adoro
que aún con Dios no tiene fe.

RODULFO:

  Siempre te tuve por loco,
pero no por loco necio.
Di, loco, ¿en tiempo tan poco
amas tanto?

CARLOTO:

En tanto precio
el bien que en el alma toco.
  ¿No da el mal del corazón
en un punto?


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RODULFO:

Sí.

CARLOTO:

Pregunto,
¿no es suya aquesta pasión?

RODULFO:

Sí.

CARLOTO:

Pues también da en un punto
que priva de la razón.
  ¿No hace el basilisco efeto
con una vista?

RODULFO:

¿Quién duda?

CARLOTO:

Él me ha muerto; él, que es discreto
solo con remedio acuda,
que ya consejos no aceto.
  ¡Oh, hermano, celos me dan!

RODULFO:

Son las ciciones de amor,
y ¿de quién?

CARLOTO:

De don Roldán,
que hablaba de su valor.

RODULFO:

En balde en tu pecho están.
Que, de quien fueran más dinos
es de...


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CARLOTO:

Dilo.

RODULFO:

Baldovinos,
que esta noche...

CARLOTO:

No prosigas,
pero bien es que lo digas.

RODULFO:

Goza sus ojos divinos.

CARLOTO:

  ¿Que los goza? Matareme.

RODULFO:

Pues ¿eso dudas agora?

CARLOTO:

Duda el alma lo que teme.
(Salen ROLDÁN y REYNALDOS.)

ROLDÁN:

Que Carloto falte agora.

REYNALDOS:

¿De eso estás triste?

ROLDÁN:

Enojeme
porque se ha echado de ver.

CARLOTO:

¿Qué hay, primo?

ROLDÁN:

Has querido hacer
a Baldovinos ultraje.
Pues sangre es de tu linaje,
aunque no lo es su mujer.


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CARLOTO:

  Esa lo es más, ¡vive Dios!,
mas quedámonos los dos
a trazar cierto disfraz.
¿Los novios?

ROLDÁN:

Ya en haz y en paz,
que así lo estuvierais vós,
  de la Iglesia están contentos.

CARLOTO:

Contadme sus casamientos.

ROLDÁN:

Dilo, Reynaldos.

REYNALDOS:

Yo no,
Roldán lo diga.

ROLDÁN:

Pues yo
digo ansí.

CARLOTO:

Di.


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ROLDÁN:

Estadme atentos.
  Llegaron a San Dionís,
con música, fiesta y galas,
Carlos y los doce pares,
la Infanta, madrina y damas,
en cuya puerta el Obispo
de pontifical estaba
con su guion y grimial,
alba, mitra, estola y capa.
Un capellán de una parte
con una alcorza dorada,
en que estaban esculpidas
de Baldovinos las armas.
Otros con la sal y olores,
velo de oro y velas blancas,
y otros con aguamaniles
y con fuentes de oro y plata.
Entraron, y dio licencia
a los moros de su guarda,
que por miedo del perrero
lejos de la puerta estaban,
para que entrasen también;
y ellos, bajando las lanzas
imitaron a Longinos
si hubiera cruz, sangre y agua.
Hechas ya las oraciones
llegan a la pila santa,
donde por una alcandora
labrada de plata y nácar
descubre un hombro Sevilla
con una vergüenza casta
por quien yo diera, a ser mía,
a Sevilla la de España.


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ROLDÁN:

Recibió el agua y el olio,
respondiendo con más gracia,
y con el capillo y vela,
pareció un ángel su cara.
Quedando, pues, ángel bello,
Sevilla en cuerpo y en alma,
en mi capilla y sepulcro
se entró a vestir con don Alda,
de donde salió tan bella
como el sol por la mañana.
Y ansí, en medio de la iglesia,
alegre y acompañada,
requerida por tres veces
dijo aquella gran palabra
que con dos letras encierra
la sujeción de dos almas.
Sonó música a este tiempo,
y de la iglesia a la sala
del palacio entre un palenque
fueron, y quedan y aguardan.
No digo a ti, que a la noche
pienso que con ruegos cansan,
según los tiene el deseo
de darse la paz de Francia.


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CARLOTO:

  ¡Ay de mí!

REYNALDOS:

¿De qué suspiras?
Vamos y traza la fiesta.

CARLOTO:

Aquí enredos y mentiras,
que el alma se manifiesta
y crecen del mal las iras.
  Roldán, oye aparte.

ROLDÁN:

Di.

CARLOTO:

Lleva esta gente de aquí,
que quiero hacer un disfraz.

ROLDÁN:

No hagas cosas de rapaz
y a todo llévame a mí.

CARLOTO:

  Tengo una rica invención,
que solo me importa hacella.
(Salen OLIVEROS, DURANDARTE, BALDOVINOS y el MARQUÉS.)

ROLDÁN:

¿Cómo?

CARLOTO:

Escucha.

OLIVEROS:

Es ocasión
de gran fiesta, porque en ella
cobramos grande opinión.

DURANDARTE:

  ¿Díceslo por estos moros?


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OLIVEROS:

Sí, que es justo que en Sansueña,
adonde para sus toros
crin y brazo el moro alheña,
se cuenten nuestros tesoros.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Yo y Baldovinos saldremos
con un disfraz estremado.

ROLDÁN:

Aquí viene el desposado.

CARLOTO:

Llévalos de aquí y iremos,
Roldán, a lo concertado.

ROLDÁN:

  ¡Oh, Baldovinos! ¿Tan presto
el estrado descompuesto,
dejáis de vuestra mujer?

BALDOVINOS:

Siéntolo, mas ¿qué he de hacer,
si en la fiesta me habéis puesto?

MARQUÉS DE MANTUA:

  ¡Que no es tan afeminado
mi sobrino: salga y juegue!

BALDOVINOS:

¿Qué hace el Infante apartado?

ROLDÁN:

Paso, nadie a hablarle llegue.

OLIVEROS:

¿No está bueno?


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DURANDARTE:

¿Está enojado?

ROLDÁN:

  No, sino quiere salir
con una brava invención;
todos nos podemos ir.

BALDOVINOS:

Débole mucha afición.
¡Señores, alto; a vestir!

DURANDARTE:

  Vamos.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Qué caballos tienes?

BALDOVINOS:

Aquel que ayer mal hacía
con la silla de borrenes.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿De España?

BALDOVINOS:

Y de Andalucía,
blanco de anca, pies y sienes,
  un alazán y dos bayos,
de cabos negros dos rayos.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Quieres aquel, mi morcillo?

BALDOVINOS:

No, que aún me queda el tordillo.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Vistes pajes?

BALDOVINOS:

Y lacayos.


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(Váyanse todos y quede CARLOTO.)
CARLOTO:

  ¡Oh vivo imaginar de un hombre muerto!
¡Oh muerto desear un hombre vivo!
¡Oh, amor, que ansí te pintan niño y ciego
y excedes a los linces en la vista!
Solía yo ser cuerdo, ya soy loco,
mas ¿qué mayor locura que ser cuerdo?
Antes que yo te viese estaba cuerdo,
y agora que te vi, si no estoy muerto,
que fuera menos lástima, estoy loco.
Con vanas esperanzas muero y vivo,
mas ¿quién me culpará si de una vista
Sevilla me dejó rendido y ciego?
Yo intento gran maldad, mas estoy ciego,
con la razón y entendimiento cuerdo
quitando al alma la divina vista.
Rey soy, pues es mejor que el rey sea muerto;
si tanto importa al reino su rey vivo,
luego en buscar mi vida no estoy loco.
(Salen DON ALDA y BELERMA.)

DON ALDA:

Quien deja tanto bien, o estaba loco,
o para verte, bella Infanta, ciego.

CARLOTO:

¡Oh, mi don Alda!

DON ALDA:

¡Oh, Príncipe!


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CARLOTO:

Si vivo
y alcanzo a ver...; mas esto no es de cuerdo.
¿Entiendes?

DON ALDA:

¡Qué color tienes tan muerto!,
¡qué turbado el hablar, triste la vista!

CARLOTO:

¡Oh, mi hermana don Alda!, si en la vista
se puede conocer un hombre loco
o en que ya no la tiene, que está muerto,
mírame muerto, vivo, loco y ciego,
atrevido, cobarde, necio y cuerdo,
tales son los estremos en que vivo.

DON ALDA:

Guárdete el cielo, cuerdo, alegre y vivo.
¿Qué tienes, gran señor?

CARLOTO:

Sola una vista,
don Alda, me mató; ya no soy cuerdo,
por Sevilla estoy loco.

DON ALDA:

¿Qué?

CARLOTO:

Estoy loco;
por Sevilla estoy muerto.

DON ALDA:

¿Qué?


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CARLOTO:

Estoy muerto;
por Sevilla estoy ciego.

DON ALDA:

¿Qué?

CARLOTO:

Estoy ciego,
ciego estoy, mi don Alda, estoy sin vista;
muerto estoy, mi don Alda, muerto y vivo;
ya no soy cuerdo, amor me vuelve loco.

DON ALDA:

  Confusa, señor, me tienes
y si no me acreditara
tu lengua, tu triste cara,
de la burla con que vienes,
regocijada quedara.
  ¿Desde cuándo estás ansí?

CARLOTO:

Desde que a Sevilla vi
y me mató su hermosura.

DON ALDA:

¿Sabes que es eso locura?

CARLOTO:

Sí, amiga, mil veces sí.

DON ALDA:

  Pues ¿qué quieres?

CARLOTO:

Solo vella,
solo hablalla, solo estar
donde la pueda adorar,
pues no pude merecella.


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DON ALDA:

Paso, que agora hay lugar.
  Pero palabra has de darme,
pena, señor, de enojarme
y que no la verás más,
de que compuesto estarás.

CARLOTO:

Palabra doy de matarme.
  Prima, mis ojos, mi bien,
por vida de tu Roldán,
que te duela el triste afán,
en que estos ojos se ven,
en que estos brazos están.
  Prima mía, dulce prima,
don Alda, amores, si el verme,
prima, morir te lastima.

DON ALDA:

No me hagas tanto prima,
si quieres tercera hacerme.

CARLOTO:

  Pues mi prima o mi tercera,
no me permitas que muera;
vea yo aquel ángel santo,
que estándolo agora tanto,
piedad en él mi alma espera.
  Ea, mi prima de oro;
don Alda.


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DON ALDA:

Belerma.

BELERMA:

Di.

DON ALDA:

Di, amiga, que espero aquí
a Sevilla.

BELERMA:

Voy.

CARLOTO:

¡Que un moro
me haya vuelto moro a mí!

DON ALDA:

  Mira que es tu condición
muy atrevida.

CARLOTO:

Es razón
que eso presumas de mí;
no hablaré más de no o sí,
y sí y no, ¿qué agravios son?

DON ALDA:

  Presumo que si la ves
otra vez, menos perdido
que agora lo estás estés,
que suele el primer sentido
desengañarse después.

CARLOTO:

  Podrá ser, don Alda mía,
pero aquí me has de dejar.


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DON ALDA:

¿Solo?

CARLOTO:

Solo.

DON ALDA:

No querría
que el lugar te dé lugar
a alguna descortesía.

CARLOTO:

  ¡Plega a Dios que si la hiciere
de remedio desespere
y que me trague la tierra,
y que no muera en la guerra
si con espada muriere,
  sino que un villano...!

DON ALDA:

¡Oh, falso,
que finges el juramento!

CARLOTO:

¿Piensas que juro de falso?
¡Yo muera en un cadahalso,
por justicia! ¡Si te miento,
  mi propio padre me mate!

DON ALDA:

¡Basta!, yo quiero creerte.
Ya viene; sufre el combate.

CARLOTO:

En ella viene mi muerte
y de mi vida el rescate.


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(Salen BELERMA y SEVILLA.)
SEVILLA:

  ¿Qué es, señora, lo que quieres?

DON ALDA:

Que hables al Príncipe quiero.

SEVILLA:

¿Quién es?

DON ALDA:

Este caballero.

SEVILLA:

Mi rey y mi señor eres.

CARLOTO:

Tu esclavo soy, por ti muero.
  Vete don Alda.

DON ALDA:

Has de hacer
lo dicho.

CARLOTO:

Como pudiere.

DON ALDA:

¿Qué dices?

CARLOTO:

Que ansí ha de ser,
no fíes de quien bien quiere
a solas una mujer.

DON ALDA:

  Salgamos al corredor.

BELERMA:

¿Por qué la dejas ansí?
(Vanse las dos.)


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ALDA:

Acá lo sabrás mejor.

SEVILLA:

¿En qué te sirves de mí?

CARLOTO:

Ya me parece mejor,
  ya fue tu esperanza vana,
don Alda y mi muerte es llana.
¡Oh, cielos, yo muero agora!,
que si mora me enamora,
cristiana me descristiana.
  ¿No soy rey? ¿Qué estoy pensando?
¡Oh, quimeras del amor!
Sin duda me está aguardando
crecimiento de calor,
pues de frío estoy temblando.

SEVILLA:

  Si no hablas porque entiendes
que no sé tu lengua bien,
mucho a lo que quiero ofendes.

CARLOTO:

¿Y tú no entiendes también
que me yelas y me enciendes?

SEVILLA:

  Tengo en el alma un cristiano
que mueve lengua y sentidos.

CARLOTO:

Mejor dirás un tirano
de los que tengo perdidos.

DON ALDA:

Acá lo sabrás mejor.

SEVILLA:

¿En qué te sirves de mí?

CARLOTO:

Ya me parece mejor,
  ya fue tu esperanza vana,
don Alda y mi muerte es llana.
¡Oh, cielos, yo muero agora!,
que si mora me enamora,
cristiana me descristiana.
  ¿No soy rey? ¿Qué estoy pensando?
¡Oh, quimeras del amor!
Sin duda me está aguardando
crecimiento de calor,
pues de frío estoy temblando.

SEVILLA:

  Si no hablas porque entiendes
que no sé tu lengua bien,
mucho a lo que quiero ofendes.

CARLOTO:

¿Y tú no entiendes también
que me yelas y me enciendes?

SEVILLA:

  Tengo en el alma un cristiano
que mueve lengua y sentidos.

CARLOTO:

Mejor dirás un tirano
de los que tengo perdidos.


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SEVILLA:

Habla y no llegues la mano.

CARLOTO:

  Antes me quiero quejar,
que no has querido abrazarme
ni la paz que se usa dar.

SEVILLA:

La paz puedes perdonarme,
que aún no he llegado al altar;
  cuando me la den a mí,
prometo dártela a ti.

CARLOTO:

¿Y es della alguno capaz?

SEVILLA:

Sí, la imagen de la paz.

CARLOTO:

¿Es tu esposo?

SEVILLA:

Señor, sí.

CARLOTO:

  Con reverencia lo dices,
y ya de imágines sabes,
pero mira que desdices
nuestras imágenes graves.

SEVILLA:

Paso, no te escandalices.

CARLOTO:

  ¿Qué imagen es si es demonio?
Y en la paz, la cruz ha sido
siempre de paz testimonio.


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SEVILLA:

Pues cruz es quien es marido,
si es cruz la del matrimonio.

CARLOTO:

  Mal haya quien te enseñó.
¿Ha mucho?

SEVILLA:

Cristiana vivo
desde que estaba cautivo
Baldovinos, que me dio
la fe y amor que recibo.
  De aquella cautividad
juntos llevamos la palma,
aunque él en más cantidad.
Yo di al cuerpo libertad
y él a mí luz en el alma.
  Y aunque trocamos en él,
hubo agravio, aunque los dos
quedamos contentos dél,
que yo le di a Francia a él,
y él me dio a mí cielo y Dios.
  Deste nuestro amor primero
fue el tercero el mismo Dios,
y aunque a Baldovinos quiero,
viendo que el tercero es Dios,
alceme con el tercero.
  Mi esposo, para que pueda
pagar a Dios, me hace dos
por dalle buena moneda;
que le da mi alma a Dios,
y con el cuerpo se queda.


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CARLOTO:

  Luego ¿tú sin alma estás?

SEVILLA:

Sin duda.

CARLOTO:

¿Quieres la mía?

SEVILLA:

Darela, si me la das,
a Dios, que dar aquel día
una fue no tener más.
  Y así no es bien que me pese
de que nadie me la diese,
porque propuse aquel día
que mil almas le daría
como mil almas tuviese.

CARLOTO:

  Pues no, que si esta te doy
en cierto trueco ha de ser.

SEVILLA:

¿Tengo yo qué?

CARLOTO:

Tienes hoy
una joya en tu poder
por quien yo perdido estoy.

SEVILLA:

  ¿Y quién es?

CARLOTO:

La voluntad.

SEVILLA:

¿No es del alma esa potencia?


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CARLOTO:

Que es del alma es gran verdad,
y en poco se diferencia
de su misma libertad.

SEVILLA:

  Pues si no la diferencias
son grandes impertinencias
pedírmela.

CARLOTO:

¿Cómo ansí?

SEVILLA:

Que cuando el alma a Dios di
la di con sus tres potencias.

CARLOTO:

  Ahora bien, dame en paz un beso.

SEVILLA:

¿Un beso?

CARLOTO:

Esta es la paz de Francia.

SEVILLA:

Está trocada.

CARLOTO:

Tomarela forzada.

SEVILLA:

¿Paz forzada?

CARLOTO:

Sí, que puedo y soy rey.

SEVILLA:

¿Estás sin seso?


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CARLOTO:

¿Qué harás en darme paz?

SEVILLA:

Un grande exceso.

CARLOTO:

¿No te merezco yo?

SEVILLA:

¡Ya estoy casada!

CARLOTO:

¡Harete yo matar!

SEVILLA:

Morir me agrada.

CARLOTO:

¿Eres Lucrecia tú?

SEVILLA:

Serelo en eso.

CARLOTO:

¿Quién te puede librar?

SEVILLA:

Dios poderoso.

CARLOTO:

¿No te duele mi amor?

SEVILLA:

¡Son desatinos!

CARLOTO:

¿Qué obliga a tu rigor?

SEVILLA:

Mi honor me esfuerza.

CARLOTO:

¿Quién estorba mi bien?


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SEVILLA:

Dios y mi esposo.

CARLOTO:

¡Forzarete!

SEVILLA:

¡Don Alda! ¡Baldovinos!

CARLOTO:

¡Bárbara, calla!

SEVILLA:

¡El Príncipe me fuerza!

BALDOVINOS:

 (Dentro.)
  Mucho perderán las fiestas
sin galán tan poderoso.

SEVILLA:

¿No le escuchas?

CARLOTO:

¿Quién?

SEVILLA:

Mi esposo.

CARLOTO:

¡Basta, mis dichas son estas!

SEVILLA:

  ¡Vete!

CARLOTO:

Voyme, ¡ah, cielo santo!,
que es el matrimonio ley
contra quien no puede un rey.


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(Dentro BALDOVINOS.)
BALDOVINOS:

Tío ¿cómo tardas tanto?
(Sale el MARQUÉS.)

MARQUÉS DE MANTUA:

  Por el Príncipe pregunto.

BALDOVINOS:

¡Hachas, hola!

SEVILLA:

¡Vete, pues!

CARLOTO:

¿Qué es esto, cobardes pies?
¡Parece que estoy difunto,
  mataré aqueste villano!

SEVILLA:

¡Vete, por Dios!

CARLOTO:

Voyme, ¡oh, cielos!,
que voy muriendo de celos
de que te dejo en su mano.
  Mas no seré yo, Carloto,
si no te gozo algún día.
(Vase CARLOTO y salga BALDOVINOS con hábito de encamisada.)

BALDOVINOS:

¿Qué es esto, señora mía?

SEVILLA:

¡Ay!

BALDOVINOS:

¿De qué es el alboroto?


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SEVILLA:

  De veros con ese traje.

BALDOVINOS:

¿Desconocísteme?

SEVILLA:

Sí,
mas luego os conocí en mí.
(ROLDÁN dentro.)

ROLDÁN:

Cálzame esa espuela, paje.

BALDOVINOS:

  Tenéis, señora, razón,
que como vós sois mi espejo,
en vós me veis cuando os dejo,
y yo en vós mi corazón.
  ¡Qué hermosa que estáis, cristiana!,
aunque algo estáis descompuesta.

SEVILLA:

Por salir a ver la fiesta
al balcón desta ventana,
  y como es traje nuevo
desasosiégame un poco.

BALDOVINOS:

¡Oh!, celos me han vuelto loco
o malas sospechas llevo.
  ¿Quién daba voces aquí?

SEVILLA:

Un caballero sería,
que su librea pedía.

BALDOVINOS:

¿Y conocístele?


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SEVILLA:

Sí,
  de don Alda era pariente.

BALDOVINOS:

¡Ah, cielos! ¿Si era Carloto?
Que no en balde este alboroto
el alma confusa siente.
  Que este mancebo arrogante
a todo mal pensamiento
da rienda a su atrevimiento
sin rey ni Dios que le espante.
  Mal os han puesto el cabello,
mejor denantes estaba.

SEVILLA:

Era porque os enlazaba
y estábades vós cabe ello.

BALDOVINOS:

  Un caballero pedía
librea. Pero ¿qué dudo,
si era para amor desnudo
que menester la tendría?
  Y como hacemos agora
de moros la encamisada
quizá os pediría prestada
por ropa africana y mora.

SEVILLA:

  ¿A mí?


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BALDOVINOS:

No, a vuestro vestido,
que en el que tenéis cristiano
habéis dado a Dios la mano,
de ser de vuestro marido.

SEVILLA:

  Mora sin fe, vuestra fue
el alma que su fe os muestra,
mirad qué haré siendo vuestra
agora que tengo fe.
  No dudéis, porque fui mora
desta fe tan clara y llana,
que tengo un alma cristiana,
que es de Dios y vuestra agora,
  mas que se admira si os ve
perderme tanto el decoro,
que como ya venís moro
ponéis duda en cualquier fe.
  Quitaos, señor, el vestido;
miradme como cristiano
y veréis que esta fe y mano
son de Dios y mi marido.
  Por vós a Dios conocí,
y así, ofenderos a vós,
es cerrar la puerta a Dios,
por cuya puerta a Dios vi.
  Dulce norte de mi cielo,
mirad que soy vuestra imán,
¿cuáles sospechas os dan
de mis lealtades recelo?
  ¿Esas eran las caricias
que en mis bodas esperaba?


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BALDOVINOS:

Del alma que muerta estaba
me puedes pedir albricias.
  Quita, aunque te he dado enojos,
esa mano celestial,
que puesto que es de cristal
eclipsa el sol de tus ojos.
  No llores, mi propia vida,
por esas claras estrellas,
que entre sus lágrimas bellas
se saldrá el alma afligida.
  Celos son hijos de amor,
ser bastardos te confieso,
pero perdona este exceso
a su forzoso rigor.
  Recelé, creí, temí,
dudé, pregunté, pensé,
turbeme, atrevime, hablé
y luego me arrepentí.
  Tú eres mi bien, vuelve a verme.

SEVILLA:

Tú, mi esposo, eres mi bien.

BALDOVINOS:

Mirando estoy si nos ven
para poder atreverme.
  Pero ¿qué dudo abrazarte
si mi propia mujer eres?
Que con las propias mujeres
todo es bueno en toda parte.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(ROLDÁN dentro.)
ROLDÁN:

  ¿No bajan ese pretal?
(DURANDARTE dentro.)

DURANDARTE:

Ponle ese caparazón
verde a este bayo.

BALDOVINOS:

Estos son
los correos de mi mal.

ROLDÁN:

  ¿No toma el Marqués espuelas?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya subo.

ROLDÁN:

Vamos de aquí.
(REYNALDOS dentro.)

REYNALDOS:

Debajo del borceguí
me pon unas esquinelas.

BALDOVINOS:

  Ya todo el tropel arranca,
mi bien, voyme, ponte a vello.
(OLIVEROS dentro.)

OLIVEROS:

Átale esa toca al cuello
y ponle esa pluma blanca.

SEVILLA:

  A verte ponerme quiero
sobre esa reja dorada.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(RODULFO dentro.)
RODULFO:

Esa mochila encarnada.
Pasa, lacayo, al hovero.
(ROLDÁN dentro.)

ROLDÁN:

  ¿Habemos de entrar por ti?

BALDOVINOS:

Ea, adiós.

SEVILLA:

Mi bien, adiós.

ROLDÁN:

Que tiempo tendréis los dos.

BALDOVINOS:

Señora.

ROLDÁN:

Vamos de aquí.
(Toquen atabales, música, y salgan CARLOTO y GALALÓN vestidos de encamisada.)

CARLOTO:

  Como a mi padre y mi tío
te lo cuento, Galalón.

GALALÓN:

Sobrino, en esta ocasión
tu desasosiego es mío.
  ¡Vive Dios!, que has de gozalla
si lo estorba el mundo todo
por uno o por otro modo,
con servilla o con forzalla;
  aunque pienso que servilla
es escándalo notable.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CARLOTO:

Es dura y inexorable,
por todo estremo, Sevilla;
  pues forzalla es imposible,
porque no ha de haber lugar.

GALALÓN:

Eso es saber negociar;
lo imposible hacer posible.
  Fíame que tú la goces,
posible sea o no sea.

CARLOTO:

¿Quién ha de haber que tal crea?

GALALÓN:

Mal a Galalón conoces.
  Mañana tuya ha de ser.

CARLOTO:

¡Tío mío, padre amado!

GALALÓN:

¿Qué haces arrodillado?
Levanta y toma placer,
  que a Sevilla gozarás.

CARLOTO:

Señor tío, amado tío,
tuyo será el reino mío,
si esta mujer...

GALALÓN:

No hables más.
  ¿No eres rey?

CARLOTO:

Sí que soy rey.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


GALALÓN:

¿Y quién te estorba este gusto?

CARLOTO:

Un hombre.

GALALÓN:

¿Y a un rey es justo?

CARLOTO:

Paréceme injusta ley.

GALALÓN:

  Mátale.

CARLOTO:

Será mal hecho.

GALALÓN:

¿Un rey no lo puede hacer
si no tiene a quién temer?

CARLOTO:

Que se enoje el rey sospecho.

GALALÓN:

  Eres su hijo, no hará;
sois una sangre los dos.

CARLOTO:

Si a los reyes juzga Dios,
también Dios se enojará.

GALALÓN:

  Aplacarle como han hecho
otros reyes que han errado,
y tu padre está obligado
solo a tu bien y provecho.
  Por lo que un médico dijo,
que a un enfermo vino a ver,
dio Seleuco su mujer
a su enamorado hijo.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CARLOTO:

  También con su propia mano
Virginio su hija mató,
y porque un bando quebró,
mató a su hijo un romano.
  Otro, por quebrar su ley,
un ojo se sacó a sí
y otro a su hijo.

GALALÓN:

Es así,
digo que eres justo rey.
  Vamos a esta encamisada.

CARLOTO:

Padre, ¿enojado te has?
Eso te dije no más,
de porque esto importa nada,
  llegado a que yo me muero,
y porque tú me respondas.

GALALÓN:

Pues respondo que le esconda
dentro del alma ese acero,
  que si no es estando muerto
Baldovinos, no hay lugar
de que la puedas gozar
por fuerza ni por concierto.

CARLOTO:

  Pues ¿cómo le mataré?

GALALÓN:

Auséntale de París.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CARLOTO:

¡Cielos, que esto veis y oís,
matarele o moriré!
  ¿Cómo viviré si él vive?
Por vivir quiero matalle.

GALALÓN:

Di que tienes en el valle
que el agua del Po recibe
  una forzosa aventura
en que él te puede ayudar
y allí le podrás matar,
que hay soledad y espesura.

CARLOTO:

  ¿Cómo?

GALALÓN:

Cuando en él estés,
vendremos, placiendo a Dios,
con lanzas yo y otros dos,
que bastaremos los tres.

CARLOTO:

  ¡Bien has dicho; quiero darte
mis brazos!

GALALÓN:

La gente suena.

CARLOTO:

Ponte, tío, esta cadena
y después yo vendré a hablarte;
  León es tuyo si heredo.

GALALÓN:

Eres tú como un león,
¡oh, discreto Galalón,
igualarme a Ulises puedo!


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(Torne a sonar música y salgan DON ALDA, BELERMA y SEVILLA.)
DON ALDA:

  Por todo estremo han corrido.

SEVILLA:

¿Quién os pareció mejor?

BELERMA:

No juzga, que es ciego, amor;
de colores ni vestido,
  que también está desnudo.

DON ALDA:

A mí Roldán me agradó.

SEVILLA:

De mi esposo diré yo
que solo agradarme pudo.

BELERMA:

  Muy galán es Durandarte.

SEVILLA:

Siempre ese nombre le dan,
pero no es poco galán
Baldovinos.

DON ALDA:

Eres parte,
  mas no te engaña afición.

SEVILLA:

Pues, ¡por mi vida, que aún es
galán mi tío el Marqués!

BELERMA:

Bien gallardas canas son.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON ALDA:

  Bien está un viejo a caballo
cuando tiene buen despejo.

SEVILLA:

¿Y qué lugar no honra un viejo
cuando es viejo para honrallo?

DON ALDA:

  Oye aparte, prima mía,
¿en qué paró el alboroto
de Carloto?

SEVILLA:

¿Este es Carloto?

DON ALDA:

¿No te habló con cortesía?
  Porque a las damas los reyes
tratan con mucha humildad.
Ser mujer es calidad
que favorecen las leyes.
  Quien con la mujer no es
cortés y afable, es tirano.

SEVILLA:

Quísome tomar la mano,
mira tú si es rey cortés.
  Y tienes culpa en rigor,
señora, si lo sabías,
porque tales cortesías
se atreven mucho al honor.

BELERMA:

  ¿Cómo en tan breve distancia?


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SEVILLA:

Y aun pasar quiso adelante.

DON ALDA:

¡Calla, que estás ignorante
de lo que es la paz de Francia!

SEVILLA:

  Eso debió de querer;
quiero consolarme ansí.

DON ALDA:

¿Y eso le negaste?

SEVILLA:

Sí,
que es hombre y yo soy mujer.

DON ALDA:

  Ya suena grande alboroto.

BELERMA:

¿Apéanse?

DON ALDA:

Ya han subido.
(Salen todos con libreas, OLIVEROS, ROLDÁN, REYNALDOS, DURANDARTE, MARQUÉS DE MANTUA, CARLOTO, RODULFO, BALDOVINOS y el EMPERADOR.)

ROLDÁN:

Por mi vida que ha corrido
por todo estremo Carloto.

EMPERADOR:

  Holgádome he, buen Marqués,
de veros vestido ansí.


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MARQUÉS DE MANTUA:

Ya, señor, no es para mí
lo que destos mozos es.
  Esto desdice a mis años.

BALDOVINOS:

¡Oh, mi esposa!

SEVILLA:

¡Oh, mi señor!

DON ALDA:

Con gran razón tu valor
suena entre propios y estraños,
  Roldán mío.

ROLDÁN:

¡Oh, mi don Alda!

DURANDARTE:

Bien, mi Belerma, ha lucido
vuestra empresa.

BELERMA:

En fin ha sido
prenda de amor, estimalda.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Para dos cosas, soberano Príncipe,
quiero pedirte, humilde por el suelo,
licencia.

EMPERADOR:

Alzaos, Marqués, que no habrá cosa
que yo niegue al mejor de mis vasallos.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MARQUÉS DE MANTUA:

Es la primera, que pues esta noche
queda casado mi sobrino amado
y Sevilla cristiana, y en tu Corte
me des licencia que me parta a Mantua,
de donde mis vasallos me importunan
y donde ha días que les hago falta.

EMPERADOR:

Pues ¿no será razón, danés famoso,
que celebremos todos estas fiestas,
y que aguardéis si quiera que se acaben,
honrando en esto los sobrinos vuestros?

MARQUÉS DE MANTUA:

Harto, señor, con vós están honrados.
Yo no puedo escusar partirme luego,
pero la vuelta breve os aseguro.

EMPERADOR:

No quiero replicaros, primo amado,
que en mí le queda padre a Baldovinos
y a Sevilla le queda esposo y padre.
¿Qué es lo segundo en que pedís licencia?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya sabéis, gran señor, que mis dos hijos,
Carlos y Urgel, murieron en la guerra
dando su sangre a vós, y a Dios sus almas;
ha sido Baldovinos el consuelo
desta desdicha, y de mi vida el báculo,
y pues tan cerca estoy del fin, querría
que me heredase, con licencia vuestra,
y así renuncio en él desde este punto
los estados de Mantua que poseo.


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


EMPERADOR:

Béseos las manos luego, Baldovinos,
que yo por mí le añado otras seis villas
que están en vuestra tierra con mi nombre.

MARQUÉS DE MANTUA:

Mejor es que él y yo los pies besemos
de príncipe tan noble, invicto y justo.

BALDOVINOS:

Bésoos, señor, los pies, y a mi buen tío
pido la mano y bendición.

MARQUÉS DE MANTUA:

El cielo
te dé la suya con piadosa mano.

EMPERADOR:

Con esto entrar podemos en la sala
porque, abreviando las confusas fiestas,
gocéis, sobrino, vuestra amada esposa.

BALDOVINOS:

En mí tenéis señor.

EMPERADOR:

Basta, sobrino,
que os quiero bien.

ROLDÁN:

Entremos, caballeros.

CARLOTO:

¡Ah, Baldovinos!

BALDOVINOS:

¿Qué me mandas?


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El Marqués de Mantua Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Oye:
después de cena quiero hablarte a solas,
que hemos de hacer los dos una jornada.

BALDOVINOS:

Ya sabes que yo soy tu humilde hechura.

CARLOTO:

 [(Aparte.)]
Pues yo te desharé, tirano injusto,
de la hermosura que en el alma adoro.

BALDOVINOS:

¿Qué dices?

CARLOTO:

Que te quiero con el alma.

BALDOVINOS:

Eres mi Rey.

CARLOTO:

[(Aparte.)]
Tu muerte ser querría.

BALDOVINOS:

Vamos, señor.

CARLOTO:

[(Aparte.)]
Perdido voy de celos;
matarle tengo; perdonadme, cielos.


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Acto II
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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen BALDOVINOS y SEVILLA.
SEVILLA:

  ¿Que no puedo deteneros?

BALDOVINOS:

Partirme es fuerza, señora,
pero el alma que os adora
me volverá presto a veros,
  que el Príncipe me ha pedido
que a esta caza le acompañe.

SEVILLA:

Plega al cielo que no os dañe
haber su ruego admitido.

BALDOVINOS:

  ¿Qué me puede a mí dañar
servir al Rey, si es forzoso?

SEVILLA:

El sol, mi bien y mi esposo,
y ser desierto el lugar.
  Alguna maldad recelo,
no me atrevo a descubrilla.

BALDOVINOS:

Es el dejaros, Sevilla,
el mayor rigor del cielo.
  Vuestra ausencia es lo que temo,
que habrá gran comodidad
si está el sol en la mitad
del uno y del otro estremo;
  esto para la salud,
que en el alma no hay consuelo,
ausente de vós, mi cielo.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SEVILLA:

¡Oh, temerosa inquietud!,
  no en balde el alma se altera
de aquesta triste jornada.

BALDOVINOS:

¿Qué decís, esposa amada?

SEVILLA:

Que ir con vós, mi bien, quisiera.
  ¡Notable desdicha mía
para aumento de mis daños,
que un deseo de seis años
apenas os goce un día!
  Cuando pensé verme asida
entre mil estrechos lazos,
gozo vuestros dulces brazos
y lloro vuestra partida.
  Mejor fuera no admitirse
dos que pretenden amarse,
que entiendo que es el gozarse
víspera de arrepentirse.
  Si lo que llaman amor
sin pensamiento rüin
tiene el gozarse por fin,
el no gozarse es mejor.
  ¡Ay, Baldovinos, mi bien,
deseo tan grande y justo
murió con tan poco gusto!


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BALDOVINOS:

Matadme y llorad también.
  Eso sí, enseñad los ojos
a cualquiera niñería,
no haya más, señora mía,
que me dais sin culpa enojos.
  Que no porque mi deseo
mi casamiento amplió,
sin fuerza al amor dejo,
como bien que ya poseo.
  Gozar mi gusto, no es justo
que deshaga mi afición,
porque en mí la posesión
hace que desdoble el gusto;
  que aunque entretiene también
este gusto la esperanza,
en el que este bien alcanza,
siempre va creciendo el bien.
  Si el miedo conserva amor,
es bien tan perfeto y puro
tener este bien seguro,
que suele hacerle mayor.
  Y ansí, no se queda atrás
amor cumplido el deseo,
que mientras más os poseo
siempre os voy queriendo más.
  No agravies, señora mía,
mi entendimiento y razón,
con decir que mi afición
pudo acabarse en un día,
  que falta de entendimiento
es gozar vuestra hermosura
sin el alma, de quien dura
eterno el merecimiento;
  que si el cuerpo suele dar
solo un bien que no entretiene,
lo que es alma siempre tiene
novedades que gozar.


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SEVILLA:

  ¿Para qué me encarecéis
lo que de ese amor sentís?
Pues desta alma y de París,
hoy ausentaros podéis,
  que en lo que es mi voluntad,
mi bien, si ausentaros viera
desta casa, lo sintiera,
cuanto más de la ciudad,
  que estos ojos enseñados
al bien de vuestra presencia
estarán, en vuestra ausencia,
en tinieblas sepultados.
  Mis suspiros siempre irán
a vuestra alma de mi boca,
y mis brazos como loca
vuestra sombra abrazarán.
  Y para aplacar después
del pensamiento la guerra,
besaré siempre esta tierra
en que pusistes los pies.

BALDOVINOS:

  Menos será menester,
querida señora mía,
que podrá ser en un día
ir a esta caza y volver.
  Del amor que me tenéis
no me hagáis ostentación
que crecéis mi obligación
pero mi amor no crecéis.
  Yo soy en esta partida
de un amigo y rey forzado,
a cada cual obligado
a ofrecelle sangre y vida.
  Y ansí me perdonaréis.


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SEVILLA:

Mal os podéis escusar,
porque vós no podéis dar
aquello que no tenéis,
  que vuestra vida algún día
me llamó vuestro cuidado
y ansí quedáis escusado
de dar vós prenda que es mía.
  Mas pues palabra le distes,
razón es que la cumpláis
y presto a alegrar volváis
los ojos que veis tan tristes.
  ¿Daisme palabra, señor,
de que presto volveréis?

BALDOVINOS:

Fianzas de mí tenéis,
señora, en vuestro valor.
  Yo juro a esos ojos bellos,
que es jurar a las estrellas
del cielo, pues toman ellas
la luz que yo adoro en ellos,
  que en acabando la caza
un punto no me detenga,
si con rayos cuando venga
el sol del cielo amenaza.
  ¡Que vive Dios que me muero
en apartarme de vós!


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SEVILLA:

¿Volveréis?

BALDOVINOS:

Sí.

SEVILLA:

¡Plega a Dios!,
que con él bien que os espero.

BALDOVINOS:

  Pues bien puedes abrazarme,
esposa mía.

SEVILLA:

¿Tan presto
me dejas?

BALDOVINOS:

Llegando a esto,
el detenerme es matarme.

SEVILLA:

  Espera, mis ojos, ponte,
si por ventura te agrada
ser de mis manos labrada,
sola una aljuba de monte,
  que irás con ella mejor
y llevarás prenda mía.

BALDOVINOS:

Iré con más bizarría
que el tebano cazador,
  que mejor de ti labrada
parecerá por el suelo
que el mozo Arcadio en el cielo
con la piel de osa estrellada.


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(Sale MARCELO, criado.)
SEVILLA:

  ¡Hola!

MARCELO:

Señora.

SEVILLA:

Traed
la aljuba que ayer labraba,
de la manera que estaba,
y aquella banda de red.

BALDOVINOS:

  ¿Que vaya bizarro quieres,
galán y favorecido?

SEVILLA:

Porque te acuerde el vestido
del dueño de quien lo eres.

BALDOVINOS:

  El alma es cosa más llana,
y que yo iré más gallardo
que Céfalo con el dardo
que le dio en premio Diana.
(la aljuba en una fuente.)

MARCELO:

  Ya tienes la aljuba aquí.

BALDOVINOS:

¡Hola! Aquesta ropa ten.

SEVILLA:

Yo te la pondré, mi bien.

BALDOVINOS:

¿Eso más?


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SEVILLA:

Póntela ansí.

BALDOVINOS:

  Marcelo, dame la espada.

SEVILLA:

Ponte la banda primero.

BALDOVINOS:

Por la fe de caballero
que es el aljuba estremada.

MARCELO:

  Cíñete la espada.

BALDOVINOS:

¿Estoy
bueno ansí?

SEVILLA:

¿La espada besas?

BALDOVINOS:

Sí, que en todas mis empresas
por mil causas se le doy.
  La primera, porque ver cruz,
y muestro que soy cristiano,
que tomándola en la mano,
desto y quien soy me da luz.
  Bésola porque es defensa
de mi fe, rey y mi honor,
y que con ella en rigor
nadie puede hacerme ofensa.


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SEVILLA:

  ¡Bravo estás por vida mía!,
no me canso de mirarte,
Dios te me guarde y te aparte
de traidora compañía.
  Quiérote dar mil abrazos.

BALDOVINOS:

Éntrate, amor, en buen hora.

SEVILLA:

¿Que me he de ir?

BALDOVINOS:

Adiós, señora.

SEVILLA:

¡Pues dame otra vez tus brazos!

BALDOVINOS:

  Ea, mi bien.

SEVILLA:

Ya me voy,
adiós, y guárdete el cielo.

BALDOVINOS:

¿Fuese?

MARCELO:

Ya se fue.

BALDOVINOS:

Marcelo.

MARCELO:

Señor.

SEVILLA:

Por pedirte estoy...


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BALDOVINOS:

  ¿Aún no eres ida?

SEVILLA:

Que vayas
por París de tal manera...

BALDOVINOS:

Iré, amores, de cualquiera
manera, que por bien hayas.

SEVILLA:

  Yo sé que a verte saldrán
a la ventana mil damas,
no las mires si me amas,
que vas bizarro y galán.

BALDOVINOS:

  Pierde cuidado, señora,
vete en paz.

SEVILLA:

¡Ay! No te engañen;
los ángeles te acompañen.

BALDOVINOS:

Y tú, de mí guarda agora.
  [(Aparte.)]
Marcelo, armarme conviene
sin que lo entienda mi esposa.

MARCELO:

Si es jornada peligrosa
que remedio en armas tiene,
  lleva buena compañía.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

Conmigo no más irás,
pero ¿cómo sacarás
mis armas, que es mediodía?

MARCELO:

  Cubiertas las sacaré,
que estará a verte salir
mi señora.

BALDOVINOS:

¿Podrás ir
siguiendo el caballo a pie?

MARCELO:

  Correré a una cerda asido.

BALDOVINOS:

Las espuelas me apareja;
Sevilla estará en la reja.

MARCELO:

Y su hierro enternecido.

BALDOVINOS:

  Vamos.

MARCELO:

¿Qué es eso?

BALDOVINOS:

Caí
y en el umbral tropecé.

MARCELO:

¿Hicístete mal?

BALDOVINOS:

No sé,
toda la banda rompí.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELO:

  Ten.

BALDOVINOS:

¡Cayóseme la espada!
¡Jesús! ¿Qué es aquesto agora?

MARCELO:

¡Por vida de mi señora,
que dejes esta jornada!,
  que ensillándote el caballo
casi un lacayo mató,
y un espejo se quebró
solamente de mirallo;
  ahorcado hallé un azor
del alcándara hoy al alba,
y un cuervo nos hizo salva
sobre el mismo corredor;
  un perro dio anoche aullidos
en esa puerta feroz,
que por no escuchar su voz
me tapaba los oídos;
  riñeron tus escuderos
y a la espada echaron mano.

BALDOVINOS:

No tengo por buen cristiano
hombre que mira en agüeros.
  Saca el bayo porque suba
donde Sevilla me vea,
que no habrá mal que lo sea
con reliquias desta aljuba.


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(Sale CARDENIO, pastor.)
CARDENIO:

  Sierras de Ardenia frías,
por donde el Po discurre, y cuyo viento,
con esperanzas mías,
entretiene su fácil movimiento,
no me mostréis las frentes
con la nieve que el sol convierte en fuentes,
  que de los celestiales
ojos de Alcida, en quien tener desean
fin dulce tantos males,
haré que estos ausentes su luz vean
primero que el noviembre
coja estas flores y su escarcha siembre.
  Envíanme despechos
aquestas sierras, donde helarme veo
la nieve de tus pechos;
es el invierno que sufrir deseo,
allá quiero llevarme
por ver si puedo entre su nieve hallarme.
  Vívase el rico Albano
estas montañas de aspereza llenas,
llevando por la mano
al dueño de sus glorias y sus penas,
que con mi prenda cara
la Libia más estéril habitara.


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(Salen dos cazadores, RIFELO y MONTUOSO.)
MONTUOSO:

  Es el perro estremado
de linda casta y talle.

RIFELO:

Estos braquetes,
si con algún cuidado
los enseñamos, dan lo que prometes.

MONTUOSO:

No como sin dar hueso
al buen Melampo.

RIFELO:

Es un gentil sabueso.

CARDENIO:

  Corte a la parra hojosa
el pendiente racimo del sarmiento,
Albano, y dé a su esposa,
o esparza el vuelo del halcón al viento,
y a la perdiz pintada
detenga el curso, de temor helada.
  Tire la echada liebre,
que el cazador le enseñe, y si la acierta,
su gente le celebre;
cuelgue despojos a su antigua puerta,
la frente, el cuerno, el ramo
de la cabra montés, del toro y gamo,
  que yo, mi Alcida cara,
por cuyo amor tan justamente muero,
por esa hermosa cara
dejar las sierras y el ganado quiero,
porque sois más hermosa
que el jazmín blanco y la encarnada rosa.


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MONTUOSO:

  ¡Ah, labrador amigo!,
¿hay aquí algunas bandas de perdices?

CARDENIO:

¡Ay el diablo! ¡Que os digo
no piséis los sembrados!

MONTUOSO:

¿Qué nos dices?

CARDENIO:

Que echéis por acá fuera,
¿no os sobra harto lugar por la lindera?
  ¡Dios que si la desato!

RIFELO:

¿Entre estas zarzas andan francolines?
¡Responde, mentecato!,
y pues eres pastor no te amohínes.

CARDENIO:

¿Queréis andar a pullas?

MONTUOSO:

¿Hay caza aquí?

CARDENIO:

Muy poca.

RIFELO:

Y ¿qué son?

CARDENIO:

Grullas
  y algunas vivotardas,
con cuervos que te saquen los dos ojos
entre estas peñas pardas.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RIFELO:

Eso sí, ¡pesiatal!, y deja enojos;
andaremos a ellas.

CARDENIO:

¿Queréis dos garzas?

MONTUOSO:

Sí.

CARDENIO:

Pues no sé dellas,
  aunque unos asisones
pasaron por aquí habrá tres semanas.

RIFELO:

¡Qué avisos!

MONTUOSO:

¡Qué razones!

CARDENIO:

Si preguntaran bestias más cercanas
y con menos molestias
se las mostrara.

RIFELO:

¿Adónde?

CARDENIO:

Esas dos bestias.

RIFELO:

  Pues a fe, que no ignora
que del Marqués los cazadores somos.

CARDENIO:

Querría más agora
de un buen conejo los tostados lomos,
y ¿dónde agora queda?


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MONTUOSO:

A la sombra quedó desta arboleda,
  que al pie de aquella fuente
merienda con algunos caballeros.

CARDENIO:

Y ¿viene mucha gente?

RIFELO:

Mucha de cazadores y monteros,
búhos, sacres, neblíes.
azores, gerifaltes, baharíes,
  trecientos perros vienen.

CARDENIO:

Y ¿dónde va con tanta perrería?

RIFELO:

Todos su oficio tienen,
que es vuelo, caza, guerra y montería,
hay lebreles polacos,
galgos, ventores y sabuesos bracos,
  pero él viene.
(Cuantos cazadores puedan salgan con perros y aves, dos Caballeros, TIMBRIO, y LIBEO, y el MARQUÉS DE MANTUA.)

TIMBRIO:

Esta tarde
podrás correr el monte, que ya Febo
menos furioso arde.

MARQUÉS DE MANTUA:

Bien lo hizo el gavilán para ser nuevo,
mas pues el monte entramos
matemos si os parece un par de gamos.
  ¿Sabe alguien esta tierra?


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MONTUOSO:

Aquí está un pastorcillo.

MARQUÉS DE MANTUA:

Hola, buen hombre,
¿vives en esta sierra?

CARDENIO:

Sí, señor.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Cúya es y cuál su nombre?

CARDENIO:

Vuestra, señor, y vuestro
cuanto por todo su horizonte os muestro.
  El Po baja este valle
a dar al mar su censo eternamente,
abriendo una gran calle
por la alda de ese monte su corriente.

MARQUÉS DE MANTUA:

Si aquí esta noche quedo,
¿dónde yo solo aposentarme puedo?

CARDENIO:

  Mi mayoral Albano
tiene una casa.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Es cerca y habitada?

CARDENIO:

Habrá por este llano
seis leguas poco más.

LIBEO:

Gentil posada.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CARDENIO:

No hay más cerca poblado,
mas por San Juan el campo es regalado;
  sobre esa verde juncia
olorosos junquillos y retamas,
hasta que el alba anuncia
el claro día, ofrece julio camas
a todo caminante.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Hay caza aquí?

CARDENIO:

De caza es abundante.
  Hay jabalí cerdoso,
el espín erizado, el suelto pardo,
peludo lobo y oso,
liebre medrosa y vil ciervo gallardo,
la zorra mortecina,
toro salvaje y cabra montesina.

LIBEO:

  Por esa cuesta arriba
camina un ciervo.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Adónde?

LIBEO:

Allí.

MARQUÉS DE MANTUA:

Partamos.

TIMBRIO:

Ya pasa aquella oliva,
a cuyo pie denantes merendamos.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RIFELO:

¡To, to!

TIMBRIO:

¡Camina, corre!

LIBEO:

Mucho el espeso monte le socorre.

CARDENIO:

  ¡Ah, locura del mundo!
¡Que tantas bestias van tras una bestia!
¿Tiene este error segundo?
Mas que su vanidad me da molestia,
el caballero cace
y el que es pastor su ganadillo abrace.
(Vase, y salen CARLOTO, BALDOVINOS, MARCELO y CELIO, paje.)

BALDOVINOS:

  Mucho habemos caminado,
señor, en tan pocos días,
pero voy maravillado
que aún más caminar porfías
y siempre por despoblado;
  ya es larga aquesta aventura.

CARLOTO:

 ([(Aparte.)]
Hoy será tu desventura.
Digo, amigo Baldovinos,
que el fin de tantos caminos
mi buena dicha asegura.
  Ya estamos en el lugar
donde sabrás mi intención;
atrás os podéis quedar,
pajes, que en esta ocasión
solos habemos de estar.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

  Vete y aguarda, Marcelo.

CARLOTO:

Tú, Celio, también.

MARCELO:

¡Oh, cielo,
cuánto me pesa el dejarte
solo, señor, y en tal parte!
(Vanse los criados.)

BALDOVINOS:

¿Qué es tu cuidado?


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Direlo:
  sabrás, Baldovinos caro,
paladín famoso y fuerte
como entre griegos Aquiles,
caudillo de los franceses,
que un amigo que yo tuve,
haciendo guerra a infieles,
fue cautivo de un rey moro
dos años y cuatro meses.
Estando en esta prisión
sirviendo en unos vergeles,
por ser noble de hortelano,
que este oficio lo fue siempre,
una hija del rey moro,
viéndole entre unos laureles
lamentar su desventura,
creciendo el agua a una fuente
se enamoró dél, y al padre
le supo engañar, de suerte
que negoció su rescate,
dejando el alma en rehenes
a la partida de Francia.
El cristiano le promete
ser su esposo y su marido,
si ella cristiana se vuelve;
tratado aquesto por cartas,
el moro se lo consiente
y a París su hija envía
con cuatrocientos jinetes.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Yo la vi; que a Dios pluguiera
no la viera por no verme
tal, que al más deudo y amigo
la debida fe le quiebre.
Bautizose y desposose,
y creciendo mi acidente
quise forzalla una noche,
pero entró su esposo y fuese.
Pedí consejo a un amigo
más discreto que valiente
y díjome que matase
al marido si pudiese.
Tomé el consejo, aunque malo,
como hombre que se resuelve
a tomar la purga amarga
porque la salud se aumente.
Salimos, pues, los dos juntos
y vengo a dalle la muerte,
aunque primero pretendo
que lo mejor me aconsejes.

BALDOVINOS:

  Si no fuera, señor, quien eres, creo
que ser esta mi historia imaginara,
pero no cabe en ti tan mal deseo
contra las leyes de amistad tan rara.
Eres rey, y en un rey caso tan feo
mayor infamia de maldad dejara
que de un Cómodo, un Nero, un Ecelino,
y de no le ayudar me determino.
  Mal haya ese villano caballero,
que con su mal consejo te ha engañado.
¡Cielos, vendido estoy, sin duda hoy muero!


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Quien me aconseja es hombre que ha estudiado;
no me dijo de Cómodo y de Nero,
sino de un rey David santo y sagrado,
que por gozar a Bersabé dos días
mató en la guerra a su marido Urías.

BALDOVINOS:

  ¿Y no te dijo que su mismo lecho
bañó mil veces de su llanto, haciendo
penitencia cruel?

CARLOTO:

Pues esto hecho,
hacer la misma penitencia entiendo.

BALDOVINOS:

Urías no era amigo tan estrecho
del rey, ni era su deudo.

CARLOTO:

Yo pretendo
saber si era su deudo, o igualalle.

BALDOVINOS:

Al santo en lo que es bueno has de imitalle,
  luego imitar a Pablo será bueno
cuando era matador de los cristianos
o cuando de elección fue vaso lleno
y dio su sangre a Dios atrás las manos.
Mas a ese basilisco, a ese veneno
que dio a tu mal consejos inhumanos,
¿qué le movió?


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Que un deudo del marido
un bofetón le dio.

BALDOVINOS:

¿Y fue desmentido?

CARLOTO:

  Fue desmentido.

BALDOVINOS:

Galalón es ese,
y yo, Príncipe, soy el engañado.
¡Que tal consejo el magancés te diese!
¡Príncipe, vuelve en ti!

CARLOTO:

Ya es escusado.
(Salen GALALÓN y dos Caballeros todos tres embozados y con lanzas.)

GALALÓN:

¡Déjame que aquel pecho le atraviese!

CARLOTO:

¡Matalde!

BALDOVINOS:

¡Oh, mozo mal aconsejado!
¿A tu deudo, a tu sangre, a Baldovinos?

CARLOTO:

Amor nunca repara en desatinos.

BALDOVINOS:

  ¡Oh, qué poco valéis, famosa espada!

GALALÓN:

¡Cayó, rindiose!

CARLOTO:

¡Basta, muerto es cierto!


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BALDOVINOS:

Vuelve y darás al muerto gran lanzada.

GALALÓN:

De veinte y dos heridas queda muerto,
ansí mi afrenta quedará vengada.
(Vanse.)

CARLOTO:

Tomemos los caballos.

BALDOVINOS:

¡Qué concierto
de un rey para matar su sangre y primo!
Yo me muero, sin duda que me animo.
  ¡Oh, mal Carloto! Cómodo segundo,
de Aurelio no, mas hijo de Faustina;
de hoy más te llamarán monstruo del mundo
por esta crüeldad que al cielo indina.
Virgen, en quien mis esperanzas fundo,
Virgen sin par nacida, Virgen dina
de ser madre de Dios, mirad que muero
y la vida del alma en vós espero.
(Sale MARCELO.)

MARCELO:

  A la bajada deste escuro valle,
con un pedazo de asta a partes roto
y con tres caballeros de buen talle,
corriendo he visto al príncipe Carloto;
no me atreví de miedo a preguntalle
por verle tanta sangre y alboroto.
¡Válame Dios! ¿Dó queda Baldovinos?


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BALDOVINOS:

¡Vuelve tus ojos claros y divinos!
  ¡Ay, que muero, señora!

MARCELO:

¿Quién se queja?

BALDOVINOS:

Reina del cielo.

MARCELO:

¡Oh, cielo, en quien confío!
Que esta sospecha ¿no es de quien me deja
el cuerpo todo de calor vacío?,
mas del alma este temor se aleja.
¡Baldovinos, señor! ¡Ah, señor mío!
¡Ah, mi señor!

BALDOVINOS:

¿Qué es esto, santo cielo?

MARCELO:

Yo soy, señor.

BALDOVINOS:

¿Marcelo?

MARCELO:

Sí, Marcelo.

BALDOVINOS:

  Llámame un confesor.

MARCELO:

¿Estás herido
de muerte?

BALDOVINOS:

Luego un confesor me llama.

MARCELO:

¡Oh, Carloto cruel!


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BALDOVINOS:

¿Aún no eres ido?
Quien ama el cuerpo, el alma aquí desama.

MARCELO:

Voy en mi propio llanto convertido,
que el alma por los ojos se derrama.
¡Triste de mí, que han muerto al señor mío!

BALDOVINOS:

¡Jesús, nombre piadoso, en vós confío!,
  quiero sentarme aquí por animarme,
aunque desmaya la mortal flaqueza,
y al cielo que me escucha confesarme.
(Sale el MARQUÉS.)

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, escuro monte de áspera maleza,
que el caballo viniese aquí a faltarme
y se cerrase con tan gran tristeza,
con tan fieros relámpagos y truenos
la noche aborrecida de los buenos!
  ¡Oh, presuroso ciervo! ¡Oh, gente loca,
que tras el viento a más correr camina!
¿Adónde voy de en una en otra roca,
de un risco en otro y de una en otra encina?
Ya no sirve ponérmela en la boca,
para llamar mi gente, la bocina,
y la del cielo apriesa centellea.


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BALDOVINOS:

¡Ay!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Triste voz, mas lo que fuere sea!

BALDOVINOS:

  Que ya de mi voz mortal
no se ablanda cual solía
tu pecho hermoso y leal.
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
  Cuando fueron nuestras vidas
una sola, y un lugar
el alma pudo ocupar,
de mis pequeñas heridas
gran pasión solías tomar.
  Y de solas las señales
te vi mil veces llorar
lágrimas a sangre iguales;
agora de las mortales
no tienes ningún pesar.
  Pero si de tanta herida
no le vienes a mostrar
por no poderme escuchar,
no te doy culpa, mi vida,
que descanso con hablar.


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MARQUÉS DE MANTUA:

  ¡Oh, afligido corazón!
De una voz estáis temblando,
que tristes agüeros son.
Un hombre se está quejando,
que no bramando un león.
  Salid, espada enseñada,
a ser destas canas nobles
valerosamente honrada.
Aquí, al pie de aquestos robles,
suena esta voz lastimada.
  Aquí cerca he visto un bulto,
con la noche dificulto
ver lo que es.

BALDOVINOS:

¡Ay, triste muero!

MARQUÉS DE MANTUA:

Aquí yace un caballero
por algún traidor insulto.

BALDOVINOS:

  Ya de nuestra eterna ausencia
no te debo a ti culpar,
que me hiciste resistencia;
yo te pedí la licencia
para mi muerte buscar.
  Pues yo, señora, la hallé,
¿a quién la culpa daré?
No a ti, que me lo estorbaste
y entre mis brazos lloraste
cuando de ti me aparté.
  Ya, señora, no me esperes,
aunque te lo prometí.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

¿Qué escucho, triste de mí?
¡Que no conozco quién eres
y el alma dice que sí!

BALDOVINOS:

  Si viviendo me quisiste,
muriendo lo has de mostrar,
no en estremos ni en llorar
el cuerpo difunto y triste,
mas por el alma rogar.
  ¡Oh, mi primo Montesinos,
deshecha es la compañía
de los dos en este día!

MARQUÉS DE MANTUA:

Mueve los robles y pinos,
cuanto más el alma mía.
{{Pt|BALDOVINOS:|
  ¡Oh, buen paladín Roldán!
¡Oh, Durandarte el galán!
¡Oh, Reynaldos! ¡Oh, Oliveros!
¿Cómo ignoráis, caballeros,
que a traición muerto me han?
  ¡Oh, Emperador noble y fuerte!,
¿cómo vengarás mi muerte?
¡Oh, Carloto, que me has muerto
por traición y en un desierto!

MARQUÉS DE MANTUA:

Alma fatigada advierte,
  que sin duda este pesar
que te mueve como a padre,
bien te debe de tocar.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

¡Oh, triste Reina, mi madre,
Dios te quiera consolar!
  El espejo de tus ojos
se quebró, ya mis deseos
no te causarán enojos,
ni en las fiestas y torneos
lamentarás mis despojos.
  Solíasme aconsejar,
y en viéndome desa suerte,
recelar algún pesar;
agora, triste en la muerte
aun no me puedes hablar.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Ojos ya por edad larga,
como antigua fuente enjutos;
mar de pena tan amarga
merece grandes tributos;
llorad, que el dolor se alarga,
  que este afecto natural
pronostica un grande mal
y una desdichada suerte.

BALDOVINOS:

No me pesa de mi muerte,
pues es cosa natural.
  Mas por morir inocente
y en lugar donde jamás
sabrá mi muerte la gente.
¡Oh, buen Marqués! ¿Dónde estás?
¡Quién te tuviera presente!
  ¡Qué nueva tan dolorosa
de mi muerte y mi desdicha
te dieran, a ser famosa!
Pero no saberla es dicha
tuya y de mi triste esposa.
  Hicísteme tu heredero,
mas ya que primero muero
por fuerza habrás de heredarme.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

Hablarle quiero y llegarme.
¿Qué mal tenéis, caballero?
  ¿Son heridas o otro mal?
Poned aquí la cabeza.

BALDOVINOS:

¡Oh, mi criado leal!,
aliviado has la tristeza
de mi congoja mortal.
  ¿Tráesme acaso confesor?

MARQUÉS DE MANTUA:

Yo no soy vuestro criado
pero soy un cazador
que por este despoblado
vine buscando un azor.
  Decidme el mal que tenéis.

BALDOVINOS:

Ya el mal con la vida lucha.

MARQUÉS DE MANTUA:

Habladme, no os desmayéis.

BALDOVINOS:

¡Oh, buen caballero, escucha!

MARQUÉS DE MANTUA:

En mis brazos hablaréis.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

  Muchas mercedes, amigo,
por el amor que me muestras.
Mi mal es mortal, la causa
es de otro Abel la inocencia.
Veinte y dos heridas tengo,
cada cual mortal y fiera,
y el mayor dolor que paso
es morir en esta selva,
donde parece imposible
que mi desdicha se sepa,
porque me han muerto a traición
unas manos y una lengua.
La lengua con el consejo,
las manos con la soberbia;
a lo demás que decís
os quiero dar por respuesta
que a mí llaman Baldovinos
el Franco en la paz y guerra,
hijo soy del rey de Dacia,
de Carlos deudo muy cerca,
y uno de los doce pares
que comen pan a su mesa.
La reina doña Ermelina
fue mi madre, de quien era
hermano el Marqués de Mantua
que yo heredé y él me hereda.
Sevilla fue mi mujer,
hija del rey de Sansueña.
Carloto, Delfín de Francia
me dio la muerte por ella.
Si a París vais, caballero,
llevad a Carlos nüeva,
y si no a Mantua, que en Mantua
habrá quien os lo agradezca.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

  ¿Es aquesto verdad? ¿Son desatinos
de la imaginación? Con este paño
limpiarle quiero el rostro a Baldovinos.
¡De mi muerte y la tuya desengaño!
¡Ay, ojos de otro Abel, de llorar dignos
de un viejo Adán, cual yo, que de un estraño
Caín tenéis las luces eclipsadas!
¡Ay, dulces prendas, por mí mal halladas!
  ¡Canas desventuradas que vivistes
para llegar a tanta desventura,
salid, salid, que de mis ojos tristes,
el agua os riega para dar blandura!
¡Quien mucho vive, como ya supistes,
a mucho mal se obliga y aventura!
¡Limpiad su sangre, canas desdichadas!
¡Ay, dulces prendas, por mi mal halladas!

BALDOVINOS:

  ¿Quién sois, señor, que ansí lloráis mi muerte?

MARQUÉS DE MANTUA:

Soy el Marqués de Mantua.

BALDOVINOS:

¡Oh, mi buen tío,
déjame alzar el rostro para verte!

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya no me podrás ver, verás un río.

BALDOVINOS:

Dame esas manos, tenme desta suerte,
tenme, tócame, abrázame.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


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MARQUÉS DE MANTUA:

¡Hijo mío!,
ya de mis canas tanta parte baja
sobre ti, que te sirven de mortaja.

BALDOVINOS:

  Ponme las manos sobre aquesta boca,
que su olor me podrá dar nuevo aliento,
y el alma, que ya sale si las toca,
se volverá a vivir a su aposento.
Esa mortaja, tío, sea más poca,
que ya en aquel llorado apartamiento
me dio mi esposa en esta aljuba triste
mortaja que mi muerto cuerpo viste.
  No llores por tu vida, háblame agora,
que como hijo de leona muerto
vivo al bramido de tu voz sonora.

MARQUÉS DE MANTUA:

Ahogarte pienso en lágrimas cubierto;
la romana costumbre se mejora,
que de leña cubriendo el cuerpo yerto,
por honra estrema le quemaban luego,
y aquí son canas y agua, leña y fuego.

BALDOVINOS:

  Encomiéndoos, señor, mi amada esposa,
que no poder hablarla es lo que siento,
que aunque me quiso bien, es moza hermosa,
y cenizas de muerto danse al viento.
¡No la goce Carloto!


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, indigna cosa
de un amoroso y noble pensamiento!
Carloto morirá, que si en el suelo
falta justicia, rayos tiene el cielo.
  Si oyera un muerto de mi estruendo bélico,
presto oyeras el son, mas de mi ánimo
oirás la fama sobre el coro angélico,
que no soy, aunque viejo, pusilánimo.
Dame desde tu asiento favor célico
para que supla el corazón magnánimo
las fuerzas del espíritu decrépito,
entre las armas y el confuso estrépito.
(Salen el ERMITAÑO y MARCELO.)

ERMITAÑO:

  ¿Aquí decís que quedó?

MARCELO:

Aquí palpitando estaba.

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya el buen confesor llegó.

BALDOVINOS:

Bien muere el que en Dios acaba;
ya muero contento yo.
  Padre, ¡ah, padre!

ERMITAÑO:

Hijo mío.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

Dadme lugar, señor tío,
y oídme vós.

ERMITAÑO:

Sí haré.

BALDOVINOS:

Poco ha que me confesé.

ERMITAÑO:

¡Brava fe, cristiano brío!

MARCELO:

Era un ángel.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Ay, Marcelo!

ERMITAÑO:

(Dele un crucifijo.)
  Tomad, señor, en las manos
este Dios hombre que al cielo
subió los hombres humanos
por su pasión desde el suelo.
  Aquesta cruz fue la escala
de Jacob, y este, más puro
que el ángel pues no le iguala,
hizo el camino seguro.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Cómo en la cruz se regala!

MARCELO:

  Tiene estraña devoción.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ERMITAÑO:

Esta escala es confianza
de su sangre y su pasión,
que por darnos esperanza
subió por ella un ladrón.
  Decid con ternura aquí
vuestras culpas.

BALDOVINOS:

Padre, oí.

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Qué sabes desto, Marcelo?

MARCELO:

Oye, señor, y direlo
mientras se confiesa.

MARQUÉS DE MANTUA:

Di.


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MARCELO:

  Estando dentro en París,
de Carlos famosa Corte,
don Carloto a Baldovinos
envió a llamar una noche.
Hablaron en gran secreto
y al tiempo que el sol se pone
en el ocaso cubierto
de nubes y de arreboles
se armaron de todas armas,
espaldar y peto doble,
manoplas y guarda brazos,
escarcelas y quijotes.
Con espadas de a caballo
y caballos españoles,
con riendas y sillas de ante,
y acerados los arzones,
salieron por San Francisco
entre las diez y las once
llenos de malos agüeros
y no buenas intenciones.
Cantaban funestos búhos
de San Dionís en las torres,
y los caballos, sin causa,
daban relinchos y coces.
Cayósele una loriga
a Baldovinos entonces,
sin verlo, porque llevaba
puesta una aljuba de monte.
Al salir de la ciudad,
junto a la puerta de Londres,
desatinado el caballo
dio con la frente en un poste.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELO:

Salimos, al fin, mostrando
de sucesos tan inormes
alegres los rostros tristes
y falsos los corazones.
Caminamos quince días,
no perezosos ni torpes,
hasta que ayer allegamos
a la entrada deste bosque.
Carloto llevaba un paje,
pienso que era Celio el nombre,
Baldovinos a mí sol,
solo, desarmado y pobre.
Hicieron que me quedase,
dejelos ir y pesome,
que ya el alma se temía
del autor destas traiciones.
Estando rendido al sueño
sentí pasar unos hombres,
el uno sobre una yegua,
y los dos en dos frisones.
El cuarto, que era Carloto,
lleno de sangre y disforme,
conocile por las armas,
harto más que el dueño, nobles.
Busqué luego a Baldovinos
y al eco de tristes voces
le vi tendido en la yerba,
entre estos pinos y robles.
Fui a llamar un confesor
por el peligro que corre
el alma en esta jornada.
Dios a una ermita inclinome;
hallé en ella un hombre santo
y, como ves, sacerdote;
trájele y hallete aquí,
para que su muerte llores.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ERMITAÑO:

  ¡Ánimo, señor!

MARCELO:

¡Ya espira!

ERMITAÑO:

¡Jesús mil veces, señor!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Hijo!

BALDOVINOS:

¡Tío!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Aquí el valor
de quien eres muestra y mira!

BALDOVINOS:

  A mi madre os encomiendo,
y a mi esposa consolalda,
y a don Roldán y a don Alda
diréis...

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Basta, ya lo entiendo!

BALDOVINOS:

  Adiós, adiós mi buen tío,
dadme vuestra bendición,
que el alma desta prisión...

MARQUÉS DE MANTUA:

Dios te bendiga, hijo mío.
  ¡Ay, padre, que me desmayo!

ERMITAÑO:

¡Ánimo, señor! ¿Qué es esto?

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Sobre quien así te ha puesto
decienda del cielo un rayo!


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BALDOVINOS:

  Poned, mi bien, esa cruz.
Tío, adiós; Marcelo, adiós;
padre, adiós.

ERMITAÑO:

Vaya con vós.

BALDOVINOS:

Buen Jesús.

ERMITAÑO:

Él sea tu luz.

BALDOVINOS:

  Virgen, el alma os entrego;
María, valedme agora;
Jesús, divina señora.

ERMITAÑO:

¿Espiró?

MARCELO:

Muerto es.

MARQUÉS DE MANTUA:

Yo ciego,
  reviente mi corazón,
salga el alma dando aullidos,
haciendo en esta ocasión
todos los cinco sentidos,
consonancia a mi pasión.
  Menos de morir se salva
el lirio que nace al alba
que el roble caduco y viejo,
quebrose, mozo, tu espejo
y quedó mi barba y calva.
  ¡Pagarme, canas, tenéis
el haber vivido tanto!


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ERMITAÑO:

Paso, señor. ¿Eso hacéis
vós, señor, que sabéis tanto?
¿Tanto al Señor ofendéis?

MARQUÉS DE MANTUA:

  Si muriera en una lid,
bien fuera, padre, razón,
¡pero a traición, a traición!

ERMITAÑO:

¿No trajeron a David
muerto a su hijo Absalón?

MARQUÉS DE MANTUA:

  ¿Y él no lloró?

ERMITAÑO:

Sí, mas fue
con un valiente sufrir,
no como el que en vós se vee.

MARQUÉS DE MANTUA:

Pues dejadme maldecir
los montes de Gelboé.

ERMITAÑO:

  ¿A Jacob no le trajeron
de Josef sangre y camisa,
hermanos que le vendieron?

MARQUÉS DE MANTUA:

Pues ese ejemplo me avisa
a hacer lo que ellos hicieron.

ERMITAÑO:

  Di lo que Jacob decía.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

Digo que una vil serpiente
me ha devorado este día
aquel Josef inocente
que es sangre del alma mía.
  ¡Oh, Abel, que mis ojos dignos
son de tu muerte crüel,
pues llorar son desatinos!
Josef, Absalón y Abel,
hijo, sangre y Baldovinos,
  ¿qué tierra es esta?

ERMITAÑO:

Es, señor,
la floresta sin ventura,
nombre conforme al rigor;
hasta Mantua esta espesura
apenas tiene un pastor.
  Pero este cuerpo podremos
llevar a mi ermita.

MARQUÉS DE MANTUA:

Vamos.

ERMITAÑO:

Desde allí le llevaremos
a Milán.

MARQUÉS DE MANTUA:

Tenelde entrambos.

ERMITAÑO:

No hagáis, viejo noble, estremos.

MARQUÉS DE MANTUA:

  No le llevo, porque junto
mi cuerpo al suyo difunto
haré que caiga con él.


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El Marqués de Mantua Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ERMITAÑO:

Pues, señor, desviaos dél
si es que os desmayáis al punto.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Que yo te llevara creas,
honor de francesas lises,
mas fueran hazañas feas,
que eres mozo para Anquises
y soy viejo para Eneas.
  Mas yo hago juramento
a los Evangelios cuatro,
que de Dios hombre escribieron
Juan y Lucas, Mateo y Marcos,
de no comer a la mesa
pan sobre manteles blancos,
dormir en cama desnudo
ni entrar jamás en poblado,
desnudar armas y luto,
cortarme el cabello largo,
desceñirme aquesta espada
ni salir jamás del campo,
ora cubra el frío enero
o los principios de marzo
de nieve los altos montes,
de escarcha los verdes llanos;
ora el abrasado julio
despida del cielo rayos
volviendo en seca ceniza
las aristas de los prados,
hasta vengar, Baldovinos,
la muerte que lloro tanto,
o por justicia o por armas.
Si falta justicia en Carlos
doy esta palabra al cielo,
a tu sangre, a tus abrazos,
a tu madre y a tu esposa,
amigos, deudos, vasallos,
y de no dar sepultura
a tu cuerpo desdichado,
hasta vengar en Caín
la sangre de Abel tan santo.


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Acto III
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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen el EMPERADOR, DON ROLDÁN, CARLOTO, RODULFO, DURANDARTE, OLIVEROS y GALALÓN.
EMPERADOR:

  Sea venido en buen hora,
y el Duque también.

ROLDÁN:

Sospecho
que no es de mucho provecho
su buena venida agora.

EMPERADOR:

  Días ha que no venía
el de Irlos a nuestra Corte.

ROLDÁN:

Yo aseguro que no importe
lo que otras veces solía.

EMPERADOR:

  Sospechas, Conde, me dais
de que hay algún mal suceso.

ROLDÁN:

No sabré decir en eso
si la verdad sospecháis.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


EMPERADOR:

  ¿Qué es esto que a mis espaldas
todos murmuran?

ROLDÁN:

No sé.

EMPERADOR:

¿Por qué lo encubrís? Porque
si son malas nuevas, daldas,
  que no es nuevo para mí
resistir a la fortuna.

ROLDÁN:

No sé yo nueva ninguna,
tus hijos están aquí;
  Carloto y Rodulfo tienen
salud.

EMPERADOR:

¿Qué es esto, he perdido
alguna tierra, han surgido
naves que de África vienen
  en alguna playa mía,
en algún puerto francés,
en la Rochela o Calés?
¿Qué hay de España? ¿Qué hay de Hungría?
  De color estáis mudados,
¿no me diréis la razón?
¿Hay alguna rebelión
en mis provincias y estados?
  ¿Qué suspensión es aquesta?
Sin duda el suceso es grave.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Ninguno, señor, lo sabe,
pues nadie te da respuesta;
  sin duda no es de importancia.

EMPERADOR:

Pues ¿hicieran sentimiento
con más encarecimiento
si hubiera perdido a Francia?
  Roldán, amigo, Oliveros,
decidme lo que hay.

OLIVEROS:

Señor,
verdad es que anda rumor
entre algunos caballeros;
  mas nadie dice lo que es.
(Sale un PAJE.)

PAJE:

El de Irlos y el de Alansón
piden licencia.

ROLDÁN:

Es razón
que esta licencia les des,
  que ellos sabrán el suceso
o le vienen a contar.

EMPERADOR:

La puerta les puedes dar.

CARLOTO:

[(Aparte.)]
Que me arrepiento, confieso,
  de haber muerto a Baldovinos.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ROLDÁN:

¿Qué estás temiendo, Carloto?

CARLOTO:

La causa deste alboroto,
que ha de causar desatinos,
  tú verás en lo que para.

ROLDÁN:

¿Qué ha de parar? Aquí estoy.

CARLOTO:

¡Oh, primo!, tu sangre soy,
mis desatinos repara.

ROLDÁN:

  ¡Qué triste está Galalón!

CARLOTO:

Pues ¿no quieres que lo esté?,
fiel como lo es siempre, fue
el autor desta traición.

GALALÓN:

  El de Irlos viene a la Corte,
no me agrada su venida.

ROLDÁN:

Segura tienes la vida,
¿qué has de perder que te importe?
  Destierro o prisión no es nada.

PAJE:

Duque y Conde están aquí.


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El Marqués de Mantua:107

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CONDE DE IRLOS:

Todo es, señor, paz segura,
  y aun en la segura paz
se temen falsos amigos
más que en África enemigos.

ROLDÁN:

Por ti lo dice, rapaz.

CONDE DE IRLOS:

  En Italia hemos estado,
y en Mantua con el Marqués,
y dél la embajada es,
que para ti nos la ha dado.
  Manda que se salgan fuera,
solo aquí quede Roldán.

EMPERADOR:

Cuantos en la sala están
se salgan.

ROLDÁN:

Carloto, espera,
  que en mí tienes un francés.

CARLOTO:

En el corredor aguardo
a Galalón. ¡Vil bastardo;
en efeto, magancés!

GALALÓN:

  Embajada, y sin jueces;
en mal andáis, Galalón,
mas yo os pondré corazón
en los pies como otras veces.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


EMPERADOR:

  Cerrad esa puerta.

ROLDÁN:

Harelo.

EMPERADOR:

Quedemos los cuatro solos.

CONDE DE IRLOS:

Como en sus ejes y polos
se afirma, y sustenta el cielo,
  ansí, en justicia y verdad
el reino y valor de un rey...

DUQUE DE ALANSÓN:

Común ha de ser la ley.

CONDE DE IRLOS:

Señor, licencia me dad.
  Vasallo, señor, soy vuestro,
de Francia soy natural.
No os enojéis si hablo mal,
que sois rey y amparo nuestro.

EMPERADOR:

  Decid, Conde, qué queréis,
que al amigo y enemigo
a escuchar igual me obligo;
hablad y no os receléis,
  que por amistad guardar
al amigo siempre escucho,
y al enemigo, por mucho
que dél me puedo avisar.


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CONDE DE IRLOS:

  Seguro en esa palabra,
sabed, gran señor, que vengo
solo a demandar justicia
de Carloto, el hijo vuestro,
que al infante Baldovinos,
con engañoso concierto,
mató en las sierras de Ardenia
con otros dos caballeros
por casarse con su esposa,
que no por agravios hechos,
que si por agravios fuera,
justamente fuera muerto.
Deste delito se quejan
con lágrimas y con ruegos
muchos hombres de linaje
que son sus padres y deudos.
El Marqués danés Urgel,
señor, se queja el primero,
que es de la reina Ermelina
hermano, y tío del muerto.
Hallole en un bosque herido,
en cuyos brazos muriendo
le contó la triste historia
y lamentable suceso.
También el Maestre de Rodas,
del Marqués primo, a los cielos,
y a vós se queja, buen Carlos,
de ese valor satisfecho.
También de Babiera el duque,
de Baldovinos abuelo,
porque es padre de su madre,
justicia os está pidiendo.


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CONDE DE IRLOS:

El rey de Sansueña, caro
noble, aunque alarbe soberbio,
por ser padre de Sevilla,
y Baldovinos su yerno.
Sin estos, invicto Carlos,
otros muchos caballeros,
los unos por amistad,
los otros por parentesco.
Sobre todos Ermelina,
su madre, y todos diciendo
que se partirán de Francia
y pasarán a otros reinos
si no les guardas justicia
conforme a ley y derecho,
amparándolos en ella
como cabeza y gobierno.
Él es caso abominable,
pero mira al Padre inmenso,
que no perdonó a su hijo
siendo inocente cordero;
y el tuyo es hombre culpado
por el más notable yerro
que han escrito y visto agora
los antiguos y modernos.
Acuérdate de Trajano
y del castigo estupendo
que él hizo en el hijo propio
para dejarnos ejemplo.
Guarda, no te culpe el mundo,
de quien eres claro espejo,
que por eso al rey le dan
una espada con el cetro.
Respóndenos, gran señor,
y partiremos con esto
adonde el Marqués aguarda
triste, afligido y suspenso.


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ROLDÁN:

  [(Aparte.)]
¡Qué suspenso que ha escuchado!,
la mano en la barba asida;
temo, Príncipe, tu vida,
pero moriré a tu lado.

EMPERADOR:

  Si lo que habéis dicho, Conde,
es verdad, yo más quisiera
que mi hijo el muerto fuera,
y a mayor piedad responde.
  El morir es una cosa
natural al que es mortal,
mas la memoria del mal
hace la muerte afrentosa.
  Del que muere con afrenta,
la muerte, muerte se llama,
que el muerto con buena fama
la vida pasada aumenta.
  Decilde, Conde, al Marqués
y a cuantos con él están
que en mi justicia verán
si es Carlos padre, y rey es,
  que yo dejaré un ejemplo
de quien soy que al mundo espante,
y que a Trajano adelante,
y a cuantos con él contemplo.
  Venga a hacer esto verdad,
forme querella a su instancia
como es costumbre de Francia
usada de antigüedad,
  que haré justicia sin daño,
así al pobre como al rico,
así al grande como al chico,
al propio como al estraño.
  Yo dejaré tal memoria,
puesto que mi hijo sea,
que escrita en sangre se lea
en largos siglos mi historia.


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DUQUE DE ALANSÓN:

  Dadnos, señor, esas manos,
o los pies, que es más razón.

EMPERADOR:

Esto, Duque de Alansón,
hacen los reyes cristianos.

DUQUE DE ALANSÓN:

  Siempre, señor, se ha tenido
de tu valor confianza,
que por mantener justicia
tu sangre no perdonaras.
El caso es grave y no es justo
que juzgues tu propia causa,
aunque tan cristiano rey
mayor justicia guardara.
Y ansí, el Marqués te suplica
que porque él juró en un ara,
que no ha de entrar en poblado
mientras justicia no alcanza,
y porque él mismo ha de ser
quien en el campo, y no en salas
proponga la acusación
desta querella y demanda,
no quieras estar presente
a la sentencia, que basta
nombrar caballeros nobles,
según costumbre de Francia,
y que los que tú nombrares
firme juramento hagan
que administrarán justicia
guardando verdad sin falta,
y que en el campo señales
donde los partes entrambas
por ejecución final
respondan y satisfagan,
y porque el Marqués trae gente
para su defensa y guarda,
y entre ellos viene Reynaldos,
que ofende el Conde de Brava,
pide que le dé seguro,
que ya han partido de Mantua
y de París vienen cerca,
fiados en tu palabra.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


EMPERADOR:

  Esa doy, y el Marqués venga
de guerra o paz a su gusto,
que mi amparo en esto es justo
que desde agora le tenga.
  Este anillo os doy en fe,
nombrad vosotros jüeces.

ROLDÁN:

¡A mucho, señor, te ofreces!

EMPERADOR:

¡Todo esto y más cumpliré!

ROLDÁN:

  ¡Señor!

EMPERADOR:

¡No me digáis nada!

ROLDÁN:

¡Oye!

EMPERADOR:

¡No me repliquéis!


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(SEVILLA dentro.)
SEVILLA:

¿A mi justicia tenéis,
señor, la puerta cerrada?

EMPERADOR:

  ¿Qué es eso?

CONDE DE IRLOS:

Sevilla es.

EMPERADOR:

Abrid.

CONDE DE IRLOS:

Entrad sin temor.
(Sale SEVILLA de viuda.)

SEVILLA:

Dadme vuestros pies, señor.

EMPERADOR:

Dejad, Infanta, mis pies.


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SEVILLA:

  Invicto Emperador, que mil naciones
llaman con justa causa Carlos Magno,
no porque de tus lises los pendones
ha visto el fiero bárbaro africano,
no porque en la ciudad santa los pones
donde el sepulcro está de Dios humano,
sino por la grandeza de tu pecho,
a quien el ancho mundo viene estrecho.
  Si porque yo soy bárbara y nacida
de padre moro ¿es justo que me quiten
a Baldovinos a traición la vida,
porque mi fama y honra soliciten?
Esa ley tan crüel y aborrecida,
¿qué bárbaros, qué moros la permiten?
Y si se sufre cosa tan tirana,
¿qué dirá quien me vio volver cristiana?
  Si aquí puede quedar su autor bien quisto,
¿en qué difieren el que nombre toma
de la ley, Evangelio y fe de Cristo,
al que sigue los pasos de Mahoma?
¿En qué Egipto, en qué Scitia el mundo ha visto,
adonde el indio carne humana coma,
que un hombre, sea el que fuere, hombre atrevido,
por gozar la mujer mate al marido?
  Aquí te aguarda el mundo en confianza,
del justo peso, nunca falso o roto;
Baldovinos ocupa una balanza
y otra tu hijo el príncipe Carloto.
Su sangre pide a Dios y a ti venganza,
y desde Francia al indio más remoto
te piden que castigues su malicia.
¡Justicia, gran señor! ¡Señor, justicia!


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EMPERADOR:

  ¡Que esto tengo de ver y escuchar esto!
¡Oh, mal hijo crüel! ¡Conde, llevalda,
que yo le nombraré jüeces presto!

CONDE DE IRLOS:

Vamos, señora.

EMPERADOR:

Duque, consolalda.

SEVILLA:

¡Señor!

EMPERADOR:

¡Basta, no más, ya estoy dispuesto
a hacer justicia!

ROLDÁN:

Conde, con don Alda
podéis llevarla.

EMPERADOR:

Vamos.

SEVILLA:

¡Si en el suelo
justicia falta, Dios está en el cielo!
(Vanse SEVILLA, el CONDE y el DUQUE.)

EMPERADOR:

  ¿Qué os parece, Roldán?

ROLDÁN:

Cuando esto sea,
prender basta a Carloto.

EMPERADOR:

Bueno es eso;
nadie, si es cierto, en mi clemencia crea
que me he de contentar con verle preso.


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(CARLOTO dentro.)
CARLOTO:

¿A eso vino el Conde?

EMPERADOR:

Haré que vea
lo más noble de Francia su proceso.

CARLOTO:

Dejadme entrar, que hablarle me conviene.

ROLDÁN:

Carloto es este.

EMPERADOR:

¿Y cómo a hablarme viene?

CARLOTO:

  Si de tu cara es digno el que engendraste,
y de tus ojos a quien sangre diste,
y de tu voz el hijo que formaste,
y de tus pies el que a tu forma hiciste,
si de tus manos... ¿cómo, señor? ¡Baste!
(Vuelva las espaldas.)
¿Cómo, señor, la espalda me volviste,
pues para mí, señor, como el Dios Jano,
todo eres padre, y todo Carlos Magno?
  ¿No me oyeras, señor?

ROLDÁN:

Carloto, amigo,
el Rey no es tu juez, y es padre airado,
a nombrallos se parte, y yo querría
ser uno dellos, que te importa.

CARLOTO:

Parte
y haz de suerte, que en esa grave junta
por lo menos presidas.


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ROLDÁN:

Si eso puedo
a todo pierde el miedo; todo es nada,
y a todos tienes de Roldán la espada.
(Vase.)

CARLOTO:

  Amor fiero, inventor de desventuras,
buen fin has dado a tantos desatinos,
quien entre dioses altos y divinos
puso tu nombre, hazañas y locuras.
¡Oh, frágiles y humanas hermosuras,
por unos ojos bárbaros y indignos
maté como traidor a Baldovinos,
bañando en sangre mis entrañas duras!
¡Oh, amor cubierto con fingida capa,
qué amargo acíbar, qué lloroso infierno,
tu primero deleite cubre y tapa!
¡Oh, gustos de la tierra sin gobierno
que dais al alma cuando el cuerpo escapa
la gloria breve y el tormento eterno!
(Salen OLIVEROS, DURANDARTE, MONTESINOS, y gente de criados.)

OLIVEROS:

  Vengan a lo que vinieren
el de Irlos y el de Alansón.

CARLOTO:

Estos no muestran pasión.

MONTESINOS:

Juzgar cierto pleito quieren.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OLIVEROS:

  Carloto.

CARLOTO:

Amigo Oliveros,
¿de qué el mundo se alborota?

OLIVEROS:

De jugar a la pelota
yo y aquestos caballeros.

CARLOTO:

  ¿A la pelota?

OLIVEROS:

Pues ¿no?,
a hacer venimos partido.

CARLOTO:

Pues todo aquese ruido
¿en qué paró?

OLIVEROS:

¿Qué sé yo?
  Si es negocio contra ti,
todos nos reímos dél.

CARLOTO:

¡Oh, amigo sabio y fiel,
consolado me has ansí!
  De miedo estaba perdido
sin tener de sangre gota.

OLIVEROS:

¿Quieres jugar la pelota?
Haremos nuevo partido.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

  ¡Por Dios que estoy por jugar,
que esto es negocio de risa!

MONTESINOS:

Ponte, Príncipe, en camisa,
que nadie te ha de agraviar.

CARLOTO:

  ¿Qué partido jugaremos?

DURANDARTE:

Yo y Carloto, a Montesinos
y a Oliveros.

MONTESINOS:

¿Qué padrinos
para ayudar tomaremos?

DURANDARTE:

  Basta agora dos a dos.

OLIVEROS:

Traigan pelotas y palas,
y retumben esas salas
con los golpes.

CARLOTO:

¡Bien por Dios!
  ¡Los brazos te quiero dar!

OLIVEROS:

Desnúdate.

CARLOTO:

Ya comienzo;
Dios sabe lo que me venzo
por poder disimular.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OLIVEROS:

  Muestra la capa y la espada,
y la ropilla te quita.

DURANDARTE:

Ya por ganaros me incita
la mano a la pala usada.

MONTESINOS:

  ¿Quién saca?

OLIVEROS:

Yo y Durandarte.

DURANDARTE:

Yo mejor vuelvo que saco,
siempre de puñada saco
en calle y en cualquier parte.
  Probaré en el corredor,
¿qué es el tanto?

MONTESINOS:

Diez escudos.

CARLOTO:

¡Ea, ya estamos desnudos!
¡Pelotas!

OLIVEROS:

Paso, señor.

CARLOTO:

  ¿Cómo paso?

OLIVEROS:

Date preso,
que así a tu padre le agrada.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

¿Y quitásteme la espada,
Oliveros, para eso?

OLIVEROS:

  Temí tu cólera fiera
y agora pido perdón.

CARLOTO:

Oliveros, no es razón
prenderme desta manera.

OLIVEROS:

  Denle al Príncipe una capa
y vamos luego de aquí.

CARLOTO:

¡Prenderme, prenderme a mí!

OLIVEROS:

Nadie de prisión se escapa
  como tenga superior,
y el que no tiene enemigo...

CARLOTO:

¡Basta, Oliveros amigo,
que eres a tu rey traidor!

OLIVEROS:

  ¡Fiel soy al rey que tengo,
y amigo tuyo, por Dios!

CARLOTO:

Vámonos juntos los dos.

OLIVEROS:

Ve, señor.

CARLOTO:

Ven pues.


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OLIVEROS:

Ya vengo.
  ¡Ah de la guarda!

DURANDARTE:

Aquí están
prevenidos cien soldados.

CARLOTO:

Amigos tengo estremados.
Paje, dile esto a Roldán.
(Vanse y salen REYNALDOS y dos criados con una tienda negra.)

REYNALDOS:

  En las riberas deste fresco río,
pues en poblado no es posible que entre,
respeto del solene juramento,
pienso que podrá bien aposentarse.
Fijad aquesa tienda negra y triste,
en que de Baldovinos esté el cuerpo,
que ya suenan los roncos atambores
y del noble Marqués la gente viene.
(Toquen cajas y salgan con luto y un hombre con una bandera negra arrastrando, y en el medio ataúd, BALDOVINOS armado y el MARQUÉS detrás.)

MARQUÉS DE MANTUA:

Meted ese ataúd en esa tienda,
que, vós, amado hijo don Reynaldos,
sabed que hemos tenido buenas nuevas
de la justicia que promete Carlos.

REYNALDOS:

¿Qué menos se esperó de tan gran príncipe?

MARQUÉS DE MANTUA:

Las cajas suenan y el de Irlos viene.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REYNALDOS:

Con él viene, señor, de tu sobrino
la triste esposa.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, lastimoso caso!

REYNALDOS:

Ya llegan, bien podrás salir al paso.
(Salen el CONDE y SEVILLA.)

SEVILLA:

  ¡A los pies que deseo
han llegado mis brazos,
padre del alma mía!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Tristes ojos,
esto solo os faltaba,
hija y sobrina mía!
¡Alzaos del suelo o pisaréis mis lágrimas!
Y aunque mis canas diga,
puede ser que no mienta.
¡Echaos en estos brazos!

CONDE DE IRLOS:

¡Y desmayose en ellos!

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, retrato del muerto Baldovinos!
¡Aquel muerto, este vivo,
no sé de cuál mayor dolor recibo!
Entonces tuve el cuerpo,
agora tengo el alma
que sé yo que lo fue del cuerpo suyo;
aquel de hierro herido,
esta de pena fiera;
que más duele una pena, que una herida.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVILLA:

¿Adónde está mi esposo?

CONDE DE IRLOS:

En sí volvió.

SEVILLA:

¡Que estuvo
en estos brazos muerto,
y que yo en ellos viva!
Decir puede que soy bárbara en todo,
que a quien tal desventura
no mata, no es mujer, es piedra dura.
Señor, yo sé que el cuerpo
de aquel alma dichosa,
cuya inocencia las estrellas pisa,
viene con vós agora
conforme al juramento.
Dejadme si es posible que le vea;
caigan sobre su sangre
estas piadosas lágrimas,
vuelva yo a ver su rostro,
llegue a su boca el mío,
no se me niegue su postrero abrazo,
que es bien que me despida
en muerte de quien fui la media vida.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Aunque es hecho inhumano
negároslo, ¡no es justo!


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVILLA:

¡Oh, verdadero padre y señor mío!
¡Oh, cama regalada,
donde murió mi vida!
¡Oh, brazos desde donde salió el alma
que me llevó la mía!
Decidme, noble padre,
¿qué dijo de su esposa?
¿Acordábase della?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ese fue su dolor, que no su muerte;
esa su pena fiera,
su testamento y voluntad postrera,
  arrancándose el alma
de la prisión del cuerpo,
mil veces repitiendo el nombre tuyo
me encomendó tu vida
y que no te gozase
el matador de la inocente suya,
y allí los ojos puestos
en el difunto Cristo,
en una cruz clavado
rindió el postrero aliento;
mas estas no son cosas que permiten
vida ni sufrimiento.

SEVILLA:

Antes detiene el alma un gran tormento.

MARQUÉS DE MANTUA:

  Reynaldos valeroso,
llevadla a nuestra tienda
y haced, de suerte, que no vea el cuerpo.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REYNALDOS:

Vamos, hermosa Infanta,
descansaréis un poco.

SEVILLA:

Vamos, que si es morir descansaremos.
(Váyanse SEVILLA y REYNALDOS.)

MARQUÉS DE MANTUA:

Decid, Conde, ¿qué dice
de mi desdicha Carlos?

CONDE DE IRLOS:

Ha hecho como príncipe
magnánimo y cristiano,
y con notable ejemplo te promete
de su hijo venganza.

MARQUÉS DE MANTUA:

Cumplió como quien era mi esperanza.

CONDE DE IRLOS:

  Nombráronse jüeces
y estase viendo el pleito
en medio un campo, como tú pediste.

MARQUÉS DE MANTUA:

Y ¿quién son los nombrados
para acusar al reo?

CONDE DE IRLOS:

Quedaba el Duque solo con lo escrito
de las probanzas hechas.
Era el juez primero
Dardín Dardeña, noble,
con el Conde de Flandes,
el Duque de Borgoña y don Grimalte,
don Beltrán, el más viejo,
y Galalón, el que le dio el consejo.
  Borbón, el Duque de Aste,
al de Foix, y Reynero
de Agramonte, y Saboya, y de Ferrara,
condestable, y Guarinos,
sin otros caballeros.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MARQUÉS DE MANTUA:

Razón es que me acerque, pues me importa,
hacia sus tiendas, Conde.

CONDE DE IRLOS:

El cetro les ha dado
Carlos, de todo punto,
para que se administre
justicia contra el reo aunque es su hijo.

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya desde aquí la fama
Carlos el Magno para siempre llama.
(Salen OLIVEROS con dos guardas, LEONARDO y PLÁCIDO.)

OLIVEROS:

  ¿Con tan buen semblante está?

LEONARDO:

Poco dicen que lo siente,
que se ve el proceso ya.

OLIVEROS:

Y no la sangre inocente
que al cielo suspiros da.

PLÁCIDO:

  Es heredero, ¿qué importa?

OLIVEROS:

La justicia en todo corta,
que por eso así se llama.

LEONARDO:

Que le destierran es fama,
y que el Marqués se reporta.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OLIVEROS:

  Plega a Dios que sea ansí,
mas Carlos es justiciero.

PLÁCIDO:

Nunca su muerte temí.

OLIVEROS:

Yo sí, que su limpio acero
desnudo en sus ojos vi.

LEONARDO:

  Dicen que llegó el Marqués.

OLIVEROS:

Desde ayer público es,
y que viene con gran luto.

PLÁCIDO:

Aún no trae el rostro enjuto,
o es piedad o es interés.

OLIVEROS:

  Sea lo que fuere, estad
alerta y guardad la torre.

LEONARDO:

Si con milagro o piedad
el cielo no le socorre,
ya ni hay fuerza ni amistad.
(Sale CARLOTO.)

CARLOTO:

Pues, Oliveros, amigo,
¿qué hay de nuevo?

OLIVEROS:

Yo me obligo
que lo sabes como yo.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Ya sé que el Marqués llegó,
y Reynaldos mi enemigo.

OLIVEROS:

  Ninguno, señor, lo es,
que es por deudo y cumplimiento
todo lo que agora ves.

CARLOTO:

Vendrá muy lleno de viento,
digo, de luto, el Marqués.
  ¡Oh, lo que dirá de mí!

OLIVEROS:

Dejemos de hablar en eso.

CARLOTO:

¿Date pesadumbre a ti?

OLIVEROS:

Que no me huelgo, confieso.

CARLOTO:

¿Es tu deudo?

OLIVEROS:

Señor, sí,
y juguemos por tu vida
algún juego que esto impida.

CARLOTO:

No, Oliveros, no haré,
que una vez con vós jugué
y fue traición conocida.
  Y si vuelvo desta suerte,
por acetar vuestro ruego,
a que el juego se concierte,
en siendo segundo juego
será traición de mi muerte.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OLIVEROS:

¿Ansí mis juegos temiste?

CARLOTO:

Tal lance conmigo hiciste
que perdí mi libertad.
(Sale el CONDESTABLE.)

CONDESTABLE:

Todos afuera os quedad.

OLIVEROS:

¿Quién viene?

CARLOTO:

¿Qué es esto? ¡Ay, triste!

CONDESTABLE:

  Príncipe, como el valor
sea para grandes pechos
como es el tuyo, señor,
y en los pequeños y estrechos
halle aposento el temor.
  Con ejemplos no es razón
que te canse, pues que tienes
tal valor y discreción.

CARLOTO:

Di, Condestable, a qué vienes.
¿Qué es eso?

CONDESTABLE:

Lágrimas son.


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CARLOTO:

Lágrimas en ti, ¿a qué efeto?
¿Qué ha salido del decreto
de los del Consejo?

CONDESTABLE:

Advierte.

OLIVEROS:

¡Cielos, ya temo su muerte!

CONDESTABLE:

Que no puedo, te prometo,
  porque un nudo a la garganta
la voz detiene y espanta.

CARLOTO:

¡Léelo o dámelo a mí!

CONDESTABLE:

Escúchame atento.

CARLOTO:

Di,
que no es mi flaqueza tanta.


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CONDESTABLE:

(Lea.)
  En el nombre de Dios vivo,
hacedor de cielo y tierra,
y de la Virgen, su madre,
más limpia que las estrellas,
nosotros, en voz de Carlos,
nuestro rey Dardín Dardeña,
Reyner y el Conde de Flandes,
que siempre verdad profesa,
el de Borgoña y Saboya,
y los demás que a la mesa,
que llaman Redonda en Francia,
por sangre y armas se asientan;
todos juntos en Consejo,
visto el proceso que prueba
el noble Marqués de Mantua,
que es parte desta querella,
y del príncipe Carloto
las escusas y respuestas,
examinado muy bien,
sin que el derecho se pierda,
por desigualdad en unos,
y en los otros por grandeza,
a Dios teniendo presente
y visto que es manifiesta
ley del cielo que el que mata
con hierro, con hierro muera,
y que a traición don Carloto,
en el valle de una selva,
al infante Baldovinos
dio sin culpa muerte fiera,
según que parece claro
por lo que él mismo confiesa;
que le saquen, ordenamos,
de la torre hasta la puerta
del palacio, en cuya plaza
está labrada una piedra
para tales caballeros
y tales delitos hecha,
donde le sea quitada
de los hombros la cabeza,
para que a él sea castigo
y al mundo escarmiento sea.


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CARLOTO:

  ¿Es posible, Condestable?

CONDESTABLE:

Esto me mandan, señor,
y perdonad, que el dolor
no me permite que os hable.
  Un confesor os aguarda.

CARLOTO:

¿Qué es esto, padre cruel?
Mas dadme tinta y papel.

OLIVEROS:

¡Hola, pedildo a la guarda!

CARLOTO:

  ¿Hay tal cosa? ¡Yo morir!
¡Que esto mi padre consienta!
Pues ¿cómo muerte y afrenta?

OLIVEROS:

Vesle aquí si has de escribir.

CARLOTO:

  Escribiré en breve suma.

OLIVEROS:

Vuelve la pluma primero,
que mojas en el tintero
con el cabo de la pluma.

CARLOTO:

  Tienes razón, no lo vía.


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CONDESTABLE:

Oliveros, ¿qué haremos?

OLIVEROS:

Para mil siglos tenemos
ejemplo en tan triste día
  que piensan ejecutar
en Carloto esta sentencia.

CONDESTABLE:

No hagas dél diferencia
a un hombre particular.

CARLOTO:

  Ya escribí, primo Oliveros.
Dad vós este a don Roldán.

CONDESTABLE:

Ven, que esperando te están
cuatro ancianos caballeros
  y el confesor que te digo.

CARLOTO:

¡Jesús!, que luego ¿es verdad?

CONDESTABLE:

No sé si ha de haber piedad
en tu padre.

CARLOTO:

¡Es mi enemigo!
  ¡No es mi padre, es tigre airado!,
pero no es sino piadoso,
pues mata un hijo alevoso
y venga un vasallo honrado.
  ¿Que, en efeto, moriré?


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CONDESTABLE:

No lo dudes.

CARLOTO:

¡No es posible,
mi padre es monte invencible!
¿No le podré hablar?

CONDESTABLE:

No sé.

CARLOTO:

  Bien hace, deme la muerte,
es un gran príncipe, es rey,
y ejecutar esta ley
en su sangre es hecho fuerte.
  ¡Pero que me ha de matar,
que en fin tengo de morir,
que ya me mandan salir,
y que me he de confesar!
  ¡Oh, padre injusto! ¡Oh, tirano!

CONDESTABLE:

Vamos, señor.

CARLOTO:

Mas no injusto,
sino padre noble y justo,
solo en esto Carlos Magno.
  ¿Qué grandeza fue mayor,
que matarme? Mas no creo
que me engendró.

OLIVEROS:

Ya te veo
que vas perdiendo el valor.


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CARLOTO:

  ¡Si sospechó de mi madre,
que de otro padre nací,
y se venga en esto en mí!
Pues, ¡padre, tú eres mi padre!

OLIVEROS:

  Templaranse sus enojos.

CARLOTO:

¡Tenedme todos mancilla!

OLIVEROS:

¡Vamos, señor!

CARLOTO:

¡Oh, Sevilla,
nunca te vieran mis ojos!


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(Sale DON ROLDÁN.)
ROLDÁN:

  ¿Esto se sufre entre cristianos reyes?
¿Esto es valor de justiciero pecho?
¿Qué villano camina tras los bueyes?
¿Con quién mayor crueldad se hubiera hecho?
¡Con quien hace la ley se entienden leyes
y de guardallas queda satisfecho
con el hijo mayor! ¡Que desta suerte
consienta que le den infame muerte!
  ¿En qué tierra Abarima, en qué Etiopía,
en qué Peloponeso o Trapobana,
donde comen y beben sangre propia,
se guarda ley tan bárbara y tirana?
Quéjese el reino y en confusa copia
pidan la muerte injusta y inhumana
de su heredero rey, de su heredero,
que yo seré su capitán primero.
  Todos deudos y amigos los jueces,
cobardes todos, que las santas cruces
de las banderas blancas por mil veces
dejaron entre moros andaluces,
enseñados a galas y jaeces,
encamisadas y correr con luces,
quieren quitar a Francia un rey valiente,
que sus estados y corona aumente.
  Villanos son, por el que hizo el cielo
más hembras, que dos mil Sardanapalos,
que si rompo una lanza en este suelo
los echaré de su palacio a palos.


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(Sale OLIVEROS.)
OLIVEROS:

Es con tanta razón tu desconsuelo,
enseñado a privanzas y a regalos
del príncipe afligido, que esto es poco.

ROLDÁN:

¡Estoy de pena y de coraje loco!
  ¿Qué hace esa canalla vil y infame,
que sin temblar jamás ha visto moro,
que quiere que la sangre se derrame
de un rey, de un mozo ilustre como un oro?
¿Quiere este nuevo Falaris que brame,
para no le escuchar dentro del toro,
y a Francia se nos vuelve otro Agrijento?

OLIVEROS:

Este papel me dio.

ROLDÁN:

¿Que tal consiento?

OLIVEROS:

  Léele agora.

ROLDÁN:

(Lea.)
«Primo mío, que estimo
hermano, padre, amigo, amigo caro.»

ROLDÁN:

Dos veces dice amigo y una primo.
 (Lea.
«Agora es tiempo que me des tu amparo,
no porque de mi muerte me lastimo,
mas por la afrenta vil en que reparo.»)
¿Qué leo más? Si al mundo pesa, en peso
le sacaré de donde queda preso.


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OLIVEROS:

  Pienso que es tarde ya.

ROLDÁN:

Quien fuere amigo,
¡oh, mi vasallo en Brava y en Anglante!,
ármese como yo, siga a quien sigo,
que a cualquiera peligro voy delante,
y cuando nadie quiera entrar conmigo,
yo seré desta cárcel otro Atlante,
otro Sansón, que con su techo en brazos
haré su fuerte máquina pedazos.
  ¡Sal de la vaina, fuerte Durindana,
que agora, pues lo quiere ansí mi estrella,
más loco estoy que por la bella indiana,
que la amistad me pareció más bella!
¡Francesa gente que a la más cristiana
empresa fuistes, y a morir en ella,
después de aquel sepulcro de Dios hombre,
esta os dará perpetua fama y nombre!
  ¿Así sufrís que a vuestro rey den muerte?
(Salen el EMPERADOR, y RODULFO y gente.)

EMPERADOR:

¿Qué es esto, don Roldán?

ROLDÁN:

Una injusticia.

EMPERADOR:

¿La justicia se llama desa suerte?

ROLDÁN:

¿Matar tu hijo puede ser justicia?


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El Marqués de Mantua Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


EMPERADOR:

Ese es el valor magnánimo.

ROLDÁN:

Más fuerte
fue de tus enemigos la malicia;
Dios te lo ha de pedir.

EMPERADOR:

Dél premio espero.

ROLDÁN:

¿Y el reino a quien le quitas su heredero?

EMPERADOR:

  Yo hago en esto lo que al cetro debo.

ROLDÁN:

Esa es hazaña de un gentil romano.

EMPERADOR:

Pues más me toca si ese ejemplo llevo,
hacer justicia, siendo rey cristiano.

ROLDÁN:

¿Tan grande fue el delito en un mancebo,
ciego de amor, por quien de algún anciano
escrito hallamos mayor mal nosotros?

EMPERADOR:

Este me toca a mí, Dios juzgue a esotros.

ROLDÁN:

  Amigos tiene el Príncipe.

EMPERADOR:

¿Qué es esto?
Salíos luego de París al punto,
y en seis años no entréis en él.


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ROLDÁN:

Y es presto;
si no me traen a París difunto,
a no verte en mi vida voy dispuesto,
y al escuadrón de medios hombres junto,
y déjame a Reynaldos el villano.

EMPERADOR:

Camina luego.

ROLDÁN:

A Rey.

EMPERADOR:

¿Qué rey?

ROLDÁN:

¡Tirano!
(Vase ROLDÁN.)

EMPERADOR:

  Por mi corona...

RODULFO:

Ya no le conoces,
déjale ir.

EMPERADOR:

A mi capilla me entro,
que el corazón me pide algunas voces,
y los ojos el agua que está dentro.
(Vase CARLOS.)

RODULFO:

¿Quién ha visto sucesos tan atroces?
Notable de fortuna, vario encuentro,
¿este no es el Marqués? Él y su gente.


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(Salen el MARQUÉS, REYNALDOS, el de IRLOS, SEVILLA y gente.)
MARQUÉS DE MANTUA:

Hoy ha vengado el cielo su inocente.

REYNALDOS:

  ¿Don Rodulfo está aquí?

RODULFO:

¡Oh, Marqués famoso!

MARQUÉS DE MANTUA:

¿Podré hablar, gran señor, al padre vuestro?

RODULFO:

En su capilla está triste y piadoso.
(Sale un NUNCIO.)

NUNCIO:

¡Oh, gran dolor! ¡Oh, triste ejemplo nuestro!

REYNALDOS:

¿Qué es eso, amigo?

NUNCIO:

Un caso lastimoso,
cual en mis ojos hechos fuentes muestro.

RODULFO:

¿Murió Carloto?

NUNCIO:

¡Oíd su muerte triste!

RODULFO:

¿Qué corazón de mármol la resiste?


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NUNCIO:

  Convencido de su culpa
Carloto, porque no supo
decir más de que el consejo
fue de Galalón injusto,
a quien buscaron las guardas
y quien, huyendo de algunos
de un corredor despeñado,
queda en un patio difunto.
Salió de esa fuerte torre
cubierto de negro luto,
un crucifijo en las manos
que hasta agora en ellas tuvo.
A su lado el Condestable
y un venerable cartujo,
docto y piadoso cristiano
de la orden de San Bruno.
Y aquel ermitaño mismo
en cuyos brazos estuvo
Baldovinos espirando,
que gran ánimo le puso,
porque desde Ardenia a Francia,
sin otro intento ninguno
milagrosamente vino,
que de otra suerte no pudo,
iban diciendo los psalmos,
y aquel que David compuso
cuando a Urías dio la muerte,
que este caso todo es uno.


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NUNCIO:

Llegan al fin a la puerta,
donde un rato se detuvo
hasta subir en la piedra
de la muerte, carro y triunfo,
donde hincando las rodillas
con alegre rostro y gusto
se despidió de los grandes
y a la muerte se dispuso.
Cuando el cuello le bajaban,
que en repetillo me turbo,
ayudando al camarero
dijo: «¡Oh, vanidad del mundo,
rey nací, yo vi mis pies
pisando a otros cuellos muchos
y agora sujeto el mío
a un villano acero agudo!
¡Oh, padre animoso y sabio,
de mi muerte te disculpo;
da al cuerpo perdón, que al alma
en otra parte le busco!
Con mi deuda y tu justicia,
en darte mi sangre cumplo.


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NUNCIO:

¡Adiós, padre! ¡Adiós, amigos!
¡Adiós, hermano Rodulfo!»,
dijo, y atada la venda
sobre los ojos enjutos
halló el cuchillo la mano
del siempre odioso verdugo;
y como la espiga cae
madura en el mes de julio,
que la hoz del segador
lleva en sus dientes menudos,
diciendo Jesús tres veces
como otro Pablo segundo,
de quien él era devoto,
pagó a la muerte el tributo.
Luego, entonces, hasta el cielo
el alborotado vulgo
levantó con un ¡ay!, triste
un alarido confuso.
Y viose en el mismo instante
que todos quedaron mudos,
que la misma admiración
los dejó como difuntos.
Echáronle un paño negro,
no sé cómo el llanto sufro,
con armas atravesadas
de un lambeo azul escuro,
señal de príncipe muerto
sin heredar, y en un punto,
en los hombros de los grandes,
sobre un túmulo se puso.

RODULFO:

  ¡Oh, ilustre hermano!

REYNALDOS:

¿Agora es tiempo deso?

MARQUÉS DE MANTUA:

Ya se cumplió, Sevilla, tu esperanza,
el Emperador viene.

RODULFO:

Estoy sin seso.

MARQUÉS DE MANTUA:

¡Oh, venturoso el que esos pies alcanza!

EMPERADOR:

Ya conforme a las leyes y el proceso
hice justicia, y vós tenéis venganza.
Rodulfo me heredó, y este, en concierto,
daré a Sevilla por su esposo muerto,
  esto será cumplido el año, agora
volved los ojos a Carloto muerto,
(Enséñenle el cuerpo.)
que quiero presentárosle, señora,
de aquella sangre que le di cubierto.

SEVILLA:

No en balde el mundo vuestro nombre adora.

MARQUÉS DE MANTUA:

Aquí el suceso verdadero y cierto
de Baldovinos y Carloto acaba,
de cuyo ejemplo Francia hasta hoy se alaba.

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