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El Naturalista Argentino/Una excursión por el Río Luján

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Una excursion por el Rio Lujan

(Marzo de 1878)
por
Eduardo Ladislao Holmberg

El dia 3 de Marzo pasado, aprovechando el Carnaval, mi amigo Enrique Lynch y yo desembarcábamos en la Estación del Tigre, punto de partida de un paseo de coleccionistas que habiamos proyectado hacia tiempo, pero que numerosas dificultades habian retardado hasta aquel momento. Esta excursion tenía tanto mas atractivo pura nosotros, cuanto que el Rio Lujan debía presentarnos en sus riberas numerosas especies de aves y de insectos que difícilmente se obtienen en la proximidad inmediata de Buenos Aires, á lo que se agregaba la circunstancia de hacerlo embarcados. Esto, no sólo facilita el transporte, sino tambien el estudio simultáneo de los objetos, lo que es imposible verificar en cualquier otro vehículo.

Debía acompañarnos un vecino de Las Conchas, el Sr. D. Manuel Oliveira César, quien, por el hecho de tener propiedades en las orillas del Lujan desde ha muchos años, conoce palmo á palmo el terreno, ademas de reunir excelentísimas condiciones para expedicionario, pues su genio artístico, aparentemente incompatible con una extraordinaria fuerza de observación y paciencia de coleccionista, hacen de él un compañero de viaje que pocas veces se encuentra.

Inmediatamente, pues, nos dirijimos a su casa, pero siéndole imposible salir el mismo dia, pues necesitaba reunir algunos objetos necesarios para el viaje, convinimos en esperarle al dia siguiente en las orillas del «Caraguatá Chico», arroyo situado á legua y média del Tigre.

Nosotros, en tanto, no pudiendo resistir á la tentacion de comenzar ya nuestra tarea, una vez embarcado el equipaje y reunidas las provisiones, resolvimos partir en el acto, y estimulado el remero, pronto quedó en el Tigre la estela de nuestro bote.

Son las cuatro de la tarde;—pocos momentos despues desembocamos en el Lujan, cuyas aguas, apénas agitadas, nos brindan su blando lecho, que corta la quilla y azota el remo con violencia.

En ellas aparecen numerosas Pontederias de hermosas flores azules,—pequeñas embarcaciones que flotan sin peligro, sostenidas por la engrosada base de los peciolos, en cuya extremidad se desarrolla la lámina intensamente verde y lustrosa.

Otros camalotes desplegan tambien sus vistosos aparatos, y alejándose suavemente para morir quizá en playas tan distantes como aquellas de que suelen venir, nos dejen admirando las extraordinarias transformaciones del ser orgánico que lucha, en su propia constitucion, para adaptarse al medio en que habita.

Las riberas cubiertas dejuncos, en una extension de varias leguas, y el terreno firme adornado con su cinturon de Sauces, no presentaban nada notable en lo que respecta á la vegetacion, pues algunas yerbas que crecen á la sombra ó estaban sin flor á la sazon, ó ya figuraban en el herbario conservado. Durante un momento, la monótona majestad del saucedal atrae nuestra atencion, pero pronto el espíritu se habitúa al paisaje, paisaje bello, por cierto, en el que constituye un elemento importante el reflejo acentuado de los árboles llorosos, cuyas débiles ramas mojan sus extremidades en la linfa que las retrata y en la que parece continuarse la existencia tangible con la existencia intangible, la forma y su imágen.

De cuando en cuando el sauzal se interrumpe, para ser remplazado por algunos árboles frutales que muestran sus ramas ya privadas del excelente producto.

La vegetacion, pues, pierde su atractivo por el momento, y aunque llevamos á la mano gran cantidad de papel, ninguna planta es encerrada entre sus hojas.

Respecto de los animales, era de excepcional interés lo que vimos en aquel corto trayecto. Las aves escasesban tanto que sólo percibimos en la cima de algunos sauces uno que otro Suirirí (Tyrannus melancholicus) y un Ventevéo que cruzó por el rio para perderse en los sauzales inmediatos. Entre los juncos, donde en un paseo anterior había cazado preciosos pajarillos, sólo chillaban dos especies de insectívoros, un Batará (Thamnophilus Argentinus) que pronto cayó en nuestras manos, y la Serpophaga nigricans, que aparecía de cuando en cuando, persiguiendo los mosquitos. Fueron estas las únicas aves que observamos, auaque dejaron oir su voz á la distancia alguno que otro Chingolo, un Hornero y un Carpintero, cuyo plieu, plieu, repetido con afan, no podía ménos de impacientarnos por la imposibilidad de obtener su interesantísimo indivíduo. ¿Puede un cazador tener ménos suerte, cuando su objeto casi único es adquirir aves? Entretanto un tábano se empeña en molestarnos, y Lynch que no deséa otra cosa que utilizar su Wiedemann, pronto remplaza con él la incomparable obra de Azara que, un momento antes, nos servía para clasificar el Batará. Volando sobre el juncal, una mariposa funeraria (Papilio Thoantiades) desplega el contraste de sus alas negras con manchas amarillas, mientras que una segunda, del mismo género (P. Perrhebus) ostenta entre las mallas de nuestra red las gotas de carmin con que adorna su negro ropage.

Este es el resultado de nuestra entrada en el Lujan. ¿Continuará asi? No es tal el deséo que nos aia.

No hay apuro. La corriente es débilmente contraria, y el remero no fatigará sus brazos. A las 5½ aparece la boca del Caraguatá Chico que corre oblícuamente hácia el Lujan, en el cual desagua. Es estrecho, apenas tiene cuatro varas de ancho en algunos puntos, mientras que en otros amenaza obstruirse. El junco lo invade, el camalote arraiga protejido, y los Eringios que extienden sus agudas hojas en abundante penacho, lastiman al pasar. En los bordes sombríos, delicadas Begonias de color débilmente rosado desplegan sus largos corazones irregulares, sobresaliendo entre los Helechos palmas (Pteris sp.) y el Calantrillo (Adianthum Capillus-veneris), y formando guirnaldas elegantes, entre los Ceibos, Sauces, Álamos, Durazneros y Juncos, se extienden los larguísimos vástagos delas Convolvuláceas entre las cuales se distingue la Dama de noche cuyo boton no despertará hasta despues de puesto el sol, cual si quisiera remplazarle con su cándida y vaporosa vestidura nupcial.

Otras enredaderas de diversas familias confunden allí sus tallos, lujosamente desarrollados por la abundancia de agua en un rico y fértil suelo, mientras que algunos vegetales de diferente carácter animan por la variedad el excenario de las orillas.

Tres cuadras adentro de la bosa del arroyo nos detenemos. La isla, perteneciente á personas de inmediato parentezco, se halla habitada por el mayordomo y su familia, de modo que podemos depositar en la casa nuestra carga, para internarnos con más facilidad en el Arroyo, gradualmente enangostado y algo obstruido por numerosos despojos flotantes.

Á medida que avanzamos, el Arroyo toma en sus riberas un aspecto mas bello, y en algunos puntos, lo diré sin exajerar, espléndido. Glorietas naturales formadas por los Ceibos, Sauces, y otros árboles indígenas, se consolidan con las lianas estrechamente abrazadas á las ramas, mientras que en los troncos serpentéan los largos vástagos de los Helechos epífitos con hojas oval-oblongas y Cactáceas igualmente epífitas. Mi sorpresa no estalla porque los he observado en un paséo anterior, paro confieso que aquel epifitismo se revela en las mismas condiciones, aunque no en tan grande escala, que un año antes había observado en los bosques del Norte de Tucuman.

A pocas varas de la orilla se extiende la «Paja brava», y en verdad que nuestras manos quedan laceradas por su agudo filo al ir á recojer la pieza qua el arma ha derribado ó la mariposa que aparentemente busca refugio en aquel mar de acerados cuchillos. Sólo un vehemente deseo de hacer una adquisicion apreciable, ó un entusiasmo exsjerado, ó la ignorancia, pueden incitarnos á penetrar en aquél abismo, en que no sólo se sufre el dolor de las heridas, sino tambien una violenta opresion al respirar, pues parece talmente como si el oleaje nos asfixiara con su enorme peso, y como el rumbo se pierde á cada paso y la angustia se aumenta con las trabas que ofrece aquel amontonamiento de duras y largas hojas, se comprenderá cuan deliciosa debe parecer la superficie libre y cuán blando el sendero despejado.

Entre las aves nada de nuevo, qué digo! nada se presenta;— han huido ya y aperas percibimos una Calandria ó Zorzal (Turdus erotopezus), una Paloma de Monte (Zenaida maculata) y un Tiránido jaspeado, el Scaphorhynchus audax, que por primera vez observamos en esta latitud, y cuya adquisicion fácilmente resolvemos con unas pocas municiones. Fuera de esto, ninguna otra ave aparece á nuestra vista.

Los Insectos escasean tambien:—entre los Coleópteros, la Omoplata flaca, impropiamente llamada á veces Chinche amarilla, es hallada en la cara inferior de una hoja, así como algunas otras pocas especies Las mariposas apenas se revelan por la preciosa Callicore condrena, con un 80 en la cara inferior de las alas posteriores y la abundante Danais Plexippus. Los Aguaciles ó Libelúlidos, revolotean entre los mosquitos, —y un Mangangá (Xylocopa sp.) negro, con fajas rojizas en el dorso abdominal nos revela la no absoluta ausencia de Himenópteros. Los Dípteros (Moscas &) aparecen en proporcion inversa á los deseos que por ellos manifiesta mi compañero y como sólo se vé alguna mosquita azul que ya no interesa, y como por otra parte los otros elementos de coleccion parecen escondidos, resolvemos retroceder. A la vuelta tres especies de Arañas aumentan la coleccion: una Acrosoma, una Tetragnatha y una Epeira.

A medida que nos hemos internado, hemos visto aparecer en mayor abundancia los Eringios y esta circumstancia nos sujiere la explicacion del nombre del arroyo en que se desliza nuestra canoa. Crece en los campos del Chaco una Bromeliácea textil a la cual aplican los Guaranies el nombre de Caraguatá, y á la que los Quichuas, sí no me engaño llaman Cháguar.

Las Bromeliáceas no escasean seguramente en las inmediaciones de Buenos Aires, pero ellas están representadas por especies muy pequeñas del género Tillandsia. Jamás hemos oido ni hemos leido que creciera antes ó ahora aquella planta en estas islas ni aun cerca, por lo cual es casi seguro que el nombre de Caraguatá no ha sido aplicado al arroyo en atencion á la Bromeliácea citada, sino por el Eringio, cuyas has se asemejan mucho á las de ciertas Bromelias, á lo que debe agregarse su abundancia.

Pero.... yá se salpican los matorrales oscuros con las blancas y grandes flores de la Dama de noche. El Sol se ha puesto; que la pala y el botador impelan nuestra embarcacion.

La noche es oscura, el tiempo amenaza, pues, pero antes de pensar en el descanso, es necesario cuerear las aves y cazar las numerosas mariposillas de la luz que vienen á revoletear en torno de la que nos alumbra. Lynch obtiene un Anopheles y su contento por ello sólo puede tener una disminucion al adquirir otros especies de insectos igualmente importantes.

Todo está listo, —son las doce de la noche, y una Lechuza (Speotyto cunicularia), que se cierne á cierta altura sobre nuestras cabezas, parece anunciarnos que ha llegado la hora de dormir.

Tendemos la carpa entre dos árboles, y nos prometemos descansar como dos cuerpos inertes. El proyecto es bueno, pero su ejecucion deja algo que desear. Lynch ha tomado tres especies de mosquitos, y aunque algunos nos han picado antes de entregarnos al reposo presunto, no nos ha parecido que la cantidad sea tan alarmante como para tomar precauciones sérias. Verdad es que Conrado, el dueño de casa, nos ha envuelto en una nube de humo—pero las malezas estan casi consumidas ya por el fuego y el enemigo se acerca.

Primero es el zumbido lo que nos molesta, despues algunos se atreven á picarnos con su siete lancetas (porque tal es el arsenal quirúrgico de la trompa de un mosquito) y, multiplicándose el concierto y las sangrías, aceptamos ambos que no es posible dormir en tal situacion. Nos envolvemos la cabeza y las manos con tules, nos cubrimos con las mantas, nos vestimos, nos calzamos —nada— la trompa atraviesa todo. De cuarenta y ocho horas, sólo hemos dormido tres hace veinticuatro, y el sueño nos sofoca. El reloj señala las dos de la mañana y nuestros brazos ya están fatigados de aplastar mosquitos.

—"Me parece reconocer el zumbido de una cuarta especie," me dice Lynch medio dormido. Aquella observacion produce en mi ánimo atribulado la angustia que un cataclismo, porque yo tambien reconozco en el coro que nos rodea las voz de una quinta y de una sexta! Y sin embargo, las especies no se han agotado aún. Queda mucho por hacer en ese sentido.

Dan las tres.... Y el sueño que antes parecía refrescarnos con sus alas, ahora se aleja, arrebatándonos hasta la simple necesidad de la lectura.

¿Nos resignamos? Imposible!

El reloj señala las cuatro..., los mosquitos aumentan. Estoy desesperado. Mi compañero está medio dormido. ¡Siquiera un cuarto de sueño para mí!

Un vientecillo suave de la madrugada levanta una lengua de fuego en las malezas quemadas, y su luz, como una revelacion, me incita á hacer una fogata en la misma boca de la carpa. El humo es denso, densísimo.

Los mosquitos ya non os pican.

—"¡Esto es el gozo supremo del Paraiso!" dice mi compañero medio ahogado por el humo y por el sueño.

—«Niego la bese, pero el hecho es que esto es delicioso.»

Y como el mismo pensamiento nos dominaba, y el mismo medio de humo nos envolvía, exclamamos:

—"Nos morimos, nos asfixiámos; pero no importa, —se asfixian y se mueren la mosquitos tambien.»

Un minuto despues, soñábamos que el género Mosquito había desaparecido para siempre de la cadena de los seres actuales.

Marzo 4—Eran las siete de la mañana cuando los rayos del sol, entrando de lleno en la carpa, nos despertaron del letargo de muerte en que estábamos sumerjídos. Inmediatamente nos levantamos, y un momento despues nos internábamos en la isla, en busca de piezas de coleccion [1]

A las ocho y media, ponía el pié en tierra nuestro amigo Oliveira, á quien acompañaba un fidelísimo servidor portugués, Manuel Fernandez, que debía ayudarnos hábilmente. Entretanto, volvimos á internarnos en el arroyo, más con el objeto de herborizar que con el de cazar, y tan abundante fué la recoleccion (verdad es que de muchas especies habia hasta seis ejemplares) que los paquetes colocados el uno encima del otro tenían un metro de altura. Como en aquel momento el agua bajára mucho, quedaron las riberas perpendiculares en seco, y en ellas numerosas Paludinas y Planorbis, y entre las yerbas Bulimus y Helix. Una concha, la Anodonta membranacea se mostró en corto número de indivíduos pequeños.

Al retroceder, la tormenta q' cubría el cielo desprendió algunas gotas de agua y como por esta causa tuviésemos que apurarnos, perdimos una Fulica que voló al dar vuelta vosotros un recodo. Las aves, escasas tambien en este día; además de la citada, un Boyero (Cassicus solitarius.), un Tordo negro (Molobrus sericeus) una Tænioptera, un Ventevéo (Saurophagus sulphuratus) y una Ratona (Troglodytes platensis) fueron las únicas que vimos de cerca, y, en la cima de un árbol lejano, un Carancho (Polyborus vulgaris). Al volver á la casa, examinamos la trampa dispuesta durante la noche. Estaba vacía. Conrado nos declaró que la última inundacion había concluido con todos los Ratones. Lo sentimos, porque en esa region abundan las especies de Hesperomys.

Un fuerte aguacero nos detuvo algunas horas, pero bo dejó de ser esto una ventaja, porque cuando cesó, numerosos insectos aparecieron en las plantas, presentándose entre ellos especies verdaderamente interesantes, por su organizacion las unas, por su novedad las otras.

Á las cuatro de la tarde, la canos se halla con la carga lista y despues de despedirnos, bajamos por el arroyo hasta el Lujan, cuyo curso remontamos luego.

Y puesto que la corriente es favorable, y el viento sopla de popa, Oliveira improvisa una vela que pronto se hincha y nos arrebata rápidamente.

Nada hay en las riberas que pueda interesarnos, y lo que más nos sosprende es la carencia de aves, á tal punto que sólo percibimos de cuando en cuando alguna Serpophaga oculta entre el juncal ó uno que otro Suirirí, cuya triste figura se destaca en la cima de algun sauce.

Pronto cambian de aspecto las riberas. Altos álamos remplazan el sauzal en diversas partes; los Ceibos extienden sus ramas en el paisaje y se reunen á los Eringios y Juncos los hermosos penachos blanquecinos de una gigantesca Graminea.

Al pasar por los ranchos de los isleños llega a nuestros oídos la música carnavalesca, y el viento, cuya actividad se hace entónces mas viva, nos arrebata con mayor rapidez, aunque en verdad no son aquellas las islas de las sirenas.

Nada notable aparece por el momento. El rio lleva la direccion del Sol que ya se oculta y es necesario llegar al punto de parada. La única ave observada en aquella tarde, además de las dos últimas, es el Martin-Pescador (Chloroceryle Amazona) que pasa volando rápidamente cerca de nosotros.

El Sol se ha ocultado ya. Un murmullo vago, lento, suave, pero que poco á poco va haciéndose más perceptible, hiere nuestros oídos.

Uno! dos!

—«¿Especie séptima?» dice alguno que va sumerjido en una lectura que, á fuerza de ininteligible, se hace interesante.

Un extremecimiento de horror se apodera de nosotros.

De la superficie tranquila del rio que el viento ya no roza, se levanta una nube zumbadora, inmensa, sanguinaria; pero se levanta suavemente, nos rodea, nos envuelve, nos abruma.

Botador, remos, de todo echamos mano y evocando aquellos tiempos en que los héroes llevaban los vientos encerrados, empujamos á falta de ellos la embarcacion con una actividad febril, digna de mejor causa que la de libertarse de los mosquitos.

Media hora despues, Oliveira nos indica que hemos llegado 4 la segunda estacion. Don Juan Francisco Rojas nos recibe amistosamente en su casa y nos compromete á quedarle agradecidos por sus muchas atenciones.



  1. Inútil me parece detallar. Como dentro de poco Lynch publicará la mayor parte de los resultados de este viaje no es necesario aquí detenerse mucho.