El Príncipe: Capítulo XX

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El Príncipe de Nicolás Maquiavelo
Capítulo XX


CAPITULO XX

Si las fortalezas y otros medios que parecen útiles a los príncipes, lo son en realidad.

 Príncipes hay que, para mantenerse en sus estados, desarman a sus vasallos; otros fomentan la discordia en las provincias sujetas a su dominio; los ha habido que de intento se procuraron enemigos; algunos trabajan para ganar la voluntad de aquellos que en el principio de su reinado les parecieron sospechosos; éste manda construir fortalezas, y aquel demolerlas. No es facil determinar lo que hay de bueno y de malo en todo esto, sin entrar antes en el exámen de los diferentes estados y circunstancias a que hayan de aplicarse las reglas que se dieren; y así me ceñiré a hablar de un modo jeneral, y segun lo requiere la materia.

 Nunca es conveniente que el príncipe nuevo desarme a sus súbditos: por el contrario, debe luego armarlos, si los encontró desarmados. Todas las armas que entonces distribuya se emplearán en favor suyo; las personas que antes le serian sospechosas, se agregarán a su partido, y las fieles y leales lo serán mas.

 Imposible es, sin duda, armar a todos los hombres; pero el príncipe que sabe ganar a aquellos a quienes da armas, nada tiene que temer de los que por necesidad quedan inermes; porque le cobran afecto los primeros por está preferencia, y le escusan fácilmente los demas, suponiendo mas mérito en aquellos que se esponen a mayor peligro. Bien al contrario, un príncipe que desarma a sus súbditos, los ofende inclinándoles a creer que desconfía de ellos; y no hay cosa mas eficaz para escitar el aborrecimiento del pueblo. Además esta determinacion pondría al príncipe en la necesidad de recurrir a la milicia mercenaria, cuyos peligros he manifestado ya con bastante estension; y aun cuando no tuviera tantos inconvenientes este recurso, seria siempre insuficiente contra un enemigo grande y con vasallos sospechosos.

 Así vemos todos los dias a los nombres que por sí mismos se elevan a la soberanía, armar a sus nuevos súbditos; mas, si se tratara de reunir un estado nuevo a otro antiguo o hereditario, entonces convendría al príncipe desarmar a sus vasallos nuevos, esceptuando siempre a aquellos que antes de la conquista se hubiesen declarado en favor suyo; aunque procure siempre irlos debilitando para que en el estado antiguo se concentre toda la fuerza militar.

 Nuestros antepasados, especialmente aquellos que merecieron la reputacion de sabios, decian que era necesario contener a Pistoya por medio de las discordias domésticas, ya Pisa por las fortalezas. Así pues, rara vez se descuidaban en fomentar divisiones en las ciudades, cuyos habitantes eran sospechosos: escelente política atendiendo al estado de fluctuacion en que se hallaan las cosas de Italia, en aquella época, pero inadaptable a la del día, porque una ciudad dividida no pudiera defenderse de un enemigo poderoso y diestro; el cual no dejaria de ganar a una de las dos facciones, y por este medio se haría dueño de la plaza.

 Por un efecto de esta misma política los Venecianos favorecían alternativamente a los Guelfos y a los Jibelinos en las ciudades sujetas a su dominio, y no dejándoles que llegasen a las manos, no cesaban de soplar el fuego de la discordia entre ellos, a fin de distraerlos de la idea de sublevarse. Verdad es que esta república no sacó el fruto que esperaba de semejante conducta, porque, derrotados sus ejércitos en Vaila, una de estas facciones se propuso dominarla, y lo consiguió.

 Síguese pues, que tal política es el recurso de la debilidad, y por lo mismo un príncipe poderoso no sufrirá jamás semejantes divisiones, que, cuando no sean enteramente perjudiciales en tiempo de paz, porque ofrecen un medio eficaz de distraer a los súbditos de toda idea de rebelion, son en tiempo de guerra las que ponen mas en descubierto la impotencia del estado que se vale de ellas. Venciendo obstáculos, se engrandecen los príncipes; y por eso suele la fortuna ensalzar a algunos en el principio de su carrera, suscitándoles enemigos y ofreciéndoles dificultades que enciendan su jenio, ejerciten su valor y les sirvan como de otros tantos escalones para llegar a un alto grado de poder. Por esta razon piensan muchos que alguna vez le conviene a un príncipe buscar enemigos, para que le obliguen a salir de una peligrosa inercia, y le proporcionen ocasiones de hacerse admirar y querer de sus súbditos, tanto leales como rebeldes.

 Los príncipes, y especialmente los nuevos, han sido servidos a las vezes con mas zelo y fidelidad de aquellos súbditos en quienes no tenian al principio una entera confianza, que de otros que en su opinion eran absolutamente fieles. Pandolfo Petrucci, príncipe de Sena, con mejor voluntad se valía de los primeros que de los últimos; pero es dificil fijar reglas jenerales en un punto que varía segun las circunstancias: solamente advertiré que, si los hombres, a quienes el príncipe miraba como enemigos en los primeros años de su reinado, tienen necesidad de su apoyo y proteccion, podrá ganárselos fácilmente; y aunque nuevos partidarios suyos, le serán tanto mas fieles, cuanto mayor esmero necesiten poner en borrar por medio de sus servicios la opinion poco favorable que su anterior conducta habia producido. Al contrario, aquellos que nunca han estado opuestos a los intereses del príncipe, cuando llega el caso de necesitarlos, suelen servirle con la flojedad y descuido que enjendra la misma seguridad [1].

 Esta materia me presenta oportuna ocasion de hacer a los príncipes nuevos una advertencia importante, y es que, si han ascendido a la dignidad suprema por favor del pueblo, indaguen atentamente la causa y los motivos de tanta benevolencia; porque, si proviene menos del verdadero interes que les inspire su persona, que de odio al gobierno antiguo, podrá luego costarles trabajo mantenerse en la gracia de sus súbditos por la misma dificultad de contentarlos.

 Habrá hombres que, aunque aborrecieran el gobierno antiguo, vivirian con él sin violencia; otros de carácter inquieto y duro que no podrian aguantar los abusos de la administracion pasada; y de estos últimos, aun cuando hayan contribuido a la elevacion del príncipe nuevo, es mas difícil ganarse la amistad que de los primeros. Basta tener una leve tintura de la historia antigua y moderna para convencerse de esta verdad.

 Los príncipes construyen las fortalezas para mantenerse con mas facilidad en sus estados frecuentemente amenazados por los enemigos estertores, y para contener el primer ímpetu de una revolucion. Este método es muy antiguo y me parece bueno [2]: no obstante, hemos visto en nuestros tiempos que Nicolás Vitelli mandó demoler dos fortalezas en la ciudad de Castello para seguridad de su estado. Guido de Ubaldo, duque de Urbino, habiendo recobrado su estado ducal, de que le habia deposeido César Borja, mandó arrasar todas las fortalezas, pensando que sin ellas podria mantenerse en su posesion con mas facilidad [3]. Los Bentivoglios hicieron otro tanto en Bolonia, luego que recobraron el dominio de este estado [4].

 Infiérese pues, que las fortalezas son útiles o inútiles segun las circunstancias; y si por un lado aprovechan, son perjudiciales por otro. El príncipe que teme mas a sus súbditos que a los estranjeros, debe fortificar sus ciudades, y abstenerse de hacerlo en el caso contrario. El castillo que Francisco Sforza mandó construir en Milan, ha causado y causará mas daños a esta casa que todos cuantos desórdenes han aflijido a aquel ducado [5].

 No hay fortaleza mejor que el afecto del pueblo; porque un príncipe aborrecido de sus súbditos debe contar con que el enemigo estranjero volará a ayudarles luego que los vea en armas. No se sabe que las fortalezas hayan aprovechado a los príncipes de nuestro tiempo, si esceptuamos a la condesa de Forli, viuda del conde Jerónimo; la cual por este medio tuvo disposicion de recibir los socorros que la enviaba el estado de Milan y de recuperar el suyo; bien que la favorecieron mucho las circunstancias, no pudiendo sus vasallos ser socorridos de los estranjeros. Pero cuando mas adelante fue acometida esta condesa por César Borja, y el pueblo a quien en ella habia tenido por enemigo, se juntó con el estranjero, de muy poco la sirvieron sus fortalezas; verificándose siempre que la hubiera valido mas que tenerlas el no ser aborrecida de sus súbditos.

 De todo lo que va dicho se infiere que igualmente pueden ser dignos de elojio el que construye y el que no construye fortalezas; pero siempre son reprensibles los que, fiándose en ellas, hicieren poco caso de que el pueblo los aborrezca.



  1. Celso fue fidelísimo a Oton, aunque había sido antes un amigo incorruptible de Galba.
  2. A la muerte de Felipe María Visconti, último duque de su dinastía en Milan, cuando los ciudadanos formaron una república, nombrando comandante jeneral de sus tropas a Francisco Sforza, este les persuadió a que demolieran la ciudadela que habían construido los Visconti. Pensaba que amenazaba a su libertad aquel baluarte, y los Milaneses lo echaron por tierra; mas no tardaron mucho en arrepentirse, porque no pudieron luego defenderse bien, y tuvieron que abrir las puertas de la ciudad al mismo Francisco Sforza, cuando les combatió con sus propias armas; y al momento que fue proclamado duque de Milan, volvió a reedificar la ciudadela. Llevaban a mal los Milaneses este designio; y para calmarlos, discurrió Sforza el ardid de someter el proyecto al exámen de los ciudadanos mismos, distribuidos en diferentes asambleas por cuarteles, poniendo en cada una de ellas oradores de su confianza; los cuales desempeñaron tan bien su papel que la reedificacion de la ciudadela parecia ser pedida al duque por el mismo pueblo. Entonces la volvió a levantar mas fuerte, mayor que la que habia tenido antes; y para tapar la boca a los murmuradores, mandó construir al mismo tiempo en la ciudad un hospital magnífico.
  3. Dice Maquiavelo en sus Discursos que el duque de Urbino demolió sus fortalezas, porque , siendo muy amado de sus súbditos, temía hacerse aborrecible mostrando desconfianza de su fidelidad,y que por otra parte no podia defender aquellas plazas contra los enemigos sin poner en campaña un buen ejército. (N. del T.)
  4. Los Bentivoglios, segun Maquiavelo, se hicieron advertidos a costa del papa Julio II, el cual, habiendo construido una ciudadela en Bolonia y puesto en ella un gobernador que asesinaba a los Boloñeses, perdió la ciudad y la fortaleza, luego que estos se amotinaron contra el gobernador. (Discursos sobre la primera década.)
  5. La ciudadela que Francisco Sforza construyó en Milan, sirvió únicamente para hacer mas osados, mas violentos y aborrecibles a los príncipes de su familia, dice Maquiavelo en sus Discursos, y añade que en la adversidad de nada sirvió este castillo a los Sforzas ni a los franceses que sucesivamente lo poseyeron: muy al contrario, les perjudicó mucho, porque, exaltado su orgullo con aquella posesion, ni unos ni otros trataron al pueblo con la benignidad y consideracion que se merece. «Si levantas fortalezas, continúa Maquiavelo, te podrán servir en tiempo de paz para que, exento de temor, maltrates a tus súbditos; mas en tiempo de guerra, de nada le valdrán si te vieres acometido por enemigos esteriores y por tus propios súbditos, pues no podrán entonces defenderte de unos ni de otros. Si te propones recobrar un estado perdido, no lo conseguirás por medio de tus fortalezas, si te falta un buen ejército con que puedas arrollar al que te despojó; y si lo tienes, podrás muy bien recobrar tu estado, aun cuando no tengas fortalezas.»

El Príncipe de Maquiavelo, precedido de la biografia del autor y seguido del anti-Maquiavelo o exámen del Príncipe, por Federico, el Grande, rey de Prusia, con un prefacio de Voltaire, y varias cartas de este hombre ilustre al primer editor de este libro, no publicado hasta ahora en España. Imprenta de D. Jose Trujillo, Hijo. 1854.

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