El Romanticismo y los románticos: 04

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El Romanticismo y los románticos Ramón de Mesonero Romanos


Los títulos de las jornadas (porque cada una llevaba el suyo a manera de código) eran, si mal no me acuerdo, los siguientes: 1.ª Un crimen. -2.ª El veneno. -3.ª Ya es tarde. -4.ª El panteón. -5.ª ¡Ella! -6.ª ¡Él!, y las decoraciones eran las seis obligadas en todos los dramas románticos, a saber: Salón de baile; Bosque; La Capilla; Un subterráneo; La alcoba, y El cementerio.

Con tan buenos elementos confeccionó mi sobrino su admirable composición, en términos que si yo recordara una sola escena para estamparla aquí, peligraba el sistema nervioso de mis lectores; conque así no hay sino dejarlo en tal punto y aguardar a que llegue día en que la fama nos la transmita en toda su integridad, día que él retardaba, aguardando a que las masas (las masas somos nosotros) se hallen (o nos hallemos) en el caso de digerir esta comida que él modestamente llamaba un poco fuerte.

De esta manera mi sobrino caminaba a la inmortalidad por la senda de la muerte, quiero decir, que con tales fatigas cumplía lo que él llamaba su misión sobre la tierra. Empero la continuación de las vigilias y el obstinado combate de sentimientos tan hiperbólicos, habíanle reducido a una situación tan lastimosa de cerebro, que cada día me temía encontrarle consumido a impulsos de su fuego celestial.

Y aconteció, que para acabar de rematar lo poco que en él quedaba de seso, hubo de ver una tarde por entre los más labrados hierros de su balcón a cierta Melisendra de diez y ocho abriles, más pálida que una noche de luna, y más mortecina que lámpara sepulcral; con sus luengos cabellos trenzados a la Veneciana, y sus mangas a lo María Tudor, y su blanquísimo vestido aéreo a lo Estraniera, y su cinturón a la Esmeralda, y su cruz de oro al cuello a lo huérfana de Underlach.

Hallábase a la sazón meditabunda, los ojos elevados al cielo, la mano derecha en la apagada mejilla, y en la izquierda sosteniendo débilmente un libro abierto..., libro que según el forro amarillo, su tamaño y demás proporciones, no podía ser otro a mi entender, que el Han de Islandia o el Bug-Jargal.

No fue menester más para que la chispa eléctrico-romántica atravesase instantáneamente la calle y pasase desde el balcón de la doncella sentimental al otro frontero donde se hallaba mi sobrino, viniendo a inflamar súbitamente su corazón. Miráronse pues; creyeron adivinarse; luego se hablaron; y concluyeron por no entenderse; esto es, por entregarse a aquel sentimiento vago, ideal, fantástico, frenético, que no sé bien cómo designar aquí, si no es ya que me valga de la consabida calificación de... romanticismo puro.

Pero al cabo el sujeto en cuestión era mi sobrino, y el bello objeto de sus arrobamientos, una señorita, hija de un honrado vecino mío, procurador del número, y clásico por todas sus coyunturas. A mí no me desagradó la idea de que el muchacho se inclinase a la muchacha (siempre llevando por delante la más sana intención), y con el deseo también de distraerle de sus melancólicas tareas, no sólo le introduje en la casa, sino que favorecí (Dios me lo perdone) todo lo posible el desarrollo de su inclinación.

Lisonjeábanse, pues, con la idea de un desenlace natural y espontáneo, sabiendo que toda la familia de la niña participaba de mis sentimientos, cuando una noche me hallé sorprendido con la vuelta repentina de mi sobrino, que en el estado más descompuesto y atroz corrió a encerrarse en su cuarto gritando

desaforadamente: -¡Asesino!... ¡Asesino!... ¡Fatalidad!... ¡Maldición!...

-¿Qué demonios es esto? -Corro al cuarto del muchacho; pero había cerrado por dentro y no me responde; vuelo a casa del vecino por si alcanzo a averiguar la causa del desorden, y me encuentro en otro no menos terrible a toda la familia: la chica accidentada y convulsa, la madre llorando, el padre fuera de sí...

-¿Qué es esto, señores? ¿qué es lo que hay?

-¿Qué ha de ser? (me contestó el buen hombre) ¿qué ha de ser? sino que el demonio en persona se ha introducido en mi casa con su sobrino de usted... Lea usted, lea usted qué proyectos son los suyos, qué ideas de amor y de religión... Y me entregó unos papeles que por lo visto había sorprendido a los amantes.

Recorrílos rápidamente, y me encontré diversas composiciones de estas de tumba y hachero que yo estaba tan acostumbrado a escuchar al muchacho. En todas ellas venía a decir a su amante con la mayor ternura, que era preciso que se muriesen para ser felices; que se matara ella, y luego él iría a derramar flores sobre su sepulcro, y luego se moriría también, y los enterrarían bajo una misma losa... Otras veces la proponía que para huir de la tiranía del hombre («este hombre soy yo», decía el pobre procurador) se escurriese con él a los bosques o a los mares, y que se irían a una caverna a vivir con las fieras, o se harían piratas o bandoleros; en unas ocasiones la suponía ya difunta, y la cantaba el responso en bellísimas quintillas y coplas de pie quebrado; en otras llenábala de maldiciones por haberle hecho probar la ponzoña del amor.

-Y a todo esto (añadía el padre), nada de boda, nada de solicitar un empleo para mantenerla...; vea usted, vea usted; por ahí ha de estar...; oiga usted cómo se explica en este punto..., ahí en esas coplas, seguidillas, o lo que sean, en la que dice lo que tiene que esperar de él...


Y en tan fiera esclavitud sólo puede darte mi alma un suspiro... y una palma... una tumba... y una cruz...

Pues cierto que son buenos adminículos para llenar una carta de dote... no, si no échelos usted en el puchero y verá qué caldo sale... Y no es esto lo peor, continuaba el buen hombre, sino que la muchacha se ha vuelto tan loca como él, y ya habla de féretros y letanías, y dice que está deshojada, y que es un tronco carcomido, con otras mil barbaridades que no sé cómo no la mato... y a lo mejor nos asusta por las noches despertando despavorida y corriendo por toda la casa, diciendo que la persigue la sombra de yo no sé qué Astolfo o Ingolfo el exterminador; y nos llama tiranos a su madre y a mí; y dice que tiene guardado un veneno, no sé bien si para ella o para nosotros; y entre tanto las camisas no se cosen y la casa no se barre y los libros malditos me consumen todo el caudal.

-Sosiéguese usted, señor don Cleto, sosiéguese usted.

Y llamándole aparte, le hice una explicación del carácter de mi sobrino, componiéndolo de suerte que si no lo convencí que podía casar a su hija con un tigre, por lo menos le determiné a casarla con un loco.

Satisfecho con tan buenas nuevas, regresé a mi casa para tranquilizar el espíritu del joven amante; pero aquí me esperaba otra escena de contraste, que por lo singular tampoco dudo en apellidar romántica.