El Romanticismo y los románticos: 05

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El Romanticismo y los románticos Ramón de Mesonero Romanos


Mi sobrino, despojado de su lacónico vestido y atormentado por sus remordimientos, había salido en mi busca por todas las piezas de la casa, y no hallándome, se entregaba a todo el lleno de su desesperación. No sé lo que hubiera hecho considerándose solo, cuando al pasar por el cuarto de la criada, hubo sin duda ésta de darle a conocer por algún suspiro que un ser humano respiraba a su lado. (Se hace preciso advertir que esta tal moza era una moza gallega, con más bellaquería que cuartos y más cuartos que peseta columnaria y que hacía ya días que trataba de entablar relaciones clásicas con el señorito.) La ocasión la pinta calva, y la gallega tenía buenas garras para no dejarla escapar; así es que entreabrió la puerta y modificando todo lo posible la aguardentosa voz, acertó a formar un sonido gutural, término medio entre el graznido del pato y los golpes de la codorniz.

-Señuritu... señuritu... ¿qué diablus tiene?... Entre y dígalo; si quier una cataplasma para las muelas o un emplasto para el hígadu...

(Y cogió y le entró en su cuarto y sentóle sobre su cama, esperando sin duda que él pusiera algo de su parte.)

Pero el preocupado galán no respondía, sino de cuando en cuando exhalaba hondos suspiros, que ella contestaba a vuelta de correo con otros descomunales, aderezados con aceite y vinagre, ajos crudos y cominos, parte del mecanismo de la ensalada que acababa de cenar. De vez en cuando tirábale de las narices o le pinchaba las orejas con un alfiler (todo en muestras de cariño y de tierna solicitud); pero el hombre estatua permanecía siempre en la misma inamovilidad.

Ya estaba ella en términos de darse a todos los diablos por tanta severidad de principios, cuando mi sobrino con un movimiento convulsivo la agarró con una mano la camisa (que no sé si he dicho que era de lienzo choricero del Bierzo), e hincando una rodilla en tierra, levantó en ademán patético el otro brazo y exclamó:

Sombra fatal de la mujer que adoro,

ya el helado puñal siento en el pecho;

ya miro el funeral lúgubre lecho,

que a los dos nos reciba al perecer.

Y veo en tu semblante la agonía

y la muerte en tus miembros palpitantes,

que reclama dos míseros amantes

que la tierra no pudo comprender.

-Ave María purísima... (dijo la gallega santiguándose). Maldemoñu me lleve si le comprendu... ¡Habrá cermeñu!... pues si quier lechu ¿tien más que tenderse en ese que está ahí delante, y dejar a los muertos que se acuesten con los difuntus?

Pero el amartelado galán seguía sin escucharla su improvisación, y luego variando de estilo y aun de metro exclamaba:


¡Maldita seas, mujer!

¿No ves que tu aliento mata?

Si has de ser mañana ingrata,

¿por qué me quisiste ayer?

¡Maldita seas, mujer!


-El malditu sea él y la bruja que lo parió...¡ingratu! después que todas las mañanas le entru el chucolate a la cama, y que por él he despreciadu al aguador Toribiu y a Benitu el escaroleru del portal...

Ven, ven y muramos juntos,

huye del mundo conmigo,

ángel de luz,

al campo de los difuntos;

allí te espera un amigo

y un ataúd.


-Vaya, vaya, señoritu, esto ya pasa de chanza; o usted está locu, o yo soy una bestia... Váyase con mil demonius al cementeriu u a su cuartu, antes que empiece a ladrar para que venga el amu y le ate.

Aquí me pareció conveniente poner un término a tan grotesca escena, entrando a recoger a mi moribundo sobrino y encerrarle bajo de llave en su cuarto; y al reconocer cuidadosamente todos los objetos con que pudiera ofenderse, hallé sobre la mesa una carta sin fecha, dirigida a mí, y copiada de la Galería fúnebre, la cual estaba concebida en términos tan alarmantes, que me hizo empezar a temer de veras sus proyectos y el estado infeliz de su cabeza. Conocí, pues, que no había más que un medio que adoptar, y era el arrancarle con mano fuerte a sus lecturas, a sus amores, a sus reflexiones, haciéndole emprender una carrera, activa, peligrosa y varia; ninguna me pareció mejor que la militar, a la que él también mostraba alguna inclinación; hícele poner una charretera al hombro izquierdo, y le vi partir con alegría a reunirse a sus banderas.

Un año ha trascurrido desde entonces, y hasta hace pocos días no le había vuelto a ver; y pueden considerar mis lectores el placer que me causaría al contemplarle robusto y alegre, la charretera a la derecha, y una cruz en el lado izquierdo, cantando perpetuamente zorcicos y rondeñas, y por toda biblioteca en la maleta, la ordenanza militar y la Guía del oficial en campaña.

Luego que ya le vi en estado que no peligraba, le entregué la llave de su escritorio; y era cosa de ver el oírle repetir a carcajadas sus fúnebres composiciones; deseoso sin duda de probarme su nuevo humor, quiso entregarlas al fuego; pero yo, celoso de su fama póstuma, me opuse fuertemente a esta resolución, y únicamente consentí en hacer un escrupuloso escrutinio, dividiéndolas, no en clásicas y románticas, sino en tontas y discretas, sacrificando aquéllas y poniendo éstas sobre las niñas de mis ojos. En cuanto al drama no fue posible encontrarlo, por haberlo prestado mi sobrino a otro poeta novel, el cual lo comunicó a varios aprendices del oficio y éstos lo adoptaron por tipo, y repartieron entre sí las bellezas de que abundaba, usurpando de este modo ora los aplausos, ora los silbidos que a mi sobrino correspondían, y dando al público en mutilados trozos el esqueleto de tan gigantesca composición.

La lectura en fin, de sus versos, trajo a la memoria del joven militar un recuerdo de su vaporosa deidad; preguntóme por ella con interés, y aun llegué a sospechar que estaba persuadido de que se habría evaporado de puro amor; pero yo procuré tranquilizarle con la verdad del caso, y era que la abandonada Ariadna se había conformado con su suerte; ítem más, se había pasado al género clásico, entregando su mano, y no sé si su corazón, a un honrado mercader de la calle de Postas: ¡ingratitud notable de mujeres! Bien es la verdad que él por su parte no la había hecho, según me confesó, sino unas catorce o quince infidelidades en el año trascurrido. De este modo concluyeron unos amores que si hubieran seguido su curso natural, habrían podido dar a los venideros Shakespeares materia sublime para otro nuevo Romeo.

(Setiembre de 1837.)