El Romanticismo y los románticos: 06

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

nota
Pág. 06 de 6
El Romanticismo y los románticos Ramón de Mesonero Romanos


El Romanticismo y los Románticos. -El mérito de este artículo (si es que alguno tiene) fue sin duda el de la oportunidad, y el osado atrevimiento del autor en darle a luz en los momentos en que la nueva secta Hugólatra dominaba toda la línea del uno a otro extremo de la república literaria. -Ya hemos recordado el ferviente entusiasmo, la asombrosa vitalidad que por entonces ofrecían en nuestra capital las imaginaciones juveniles y la energía que prestaban a su desarrollo la revolución política, la revolución literaria, y la creación de la tribuna de los periódicos y de los Liceos. -Era un momento de vértigo y de exageración, aunque fecundo en magníficos resultados. -A las modestas y filosóficas comedias de Moratín, Gorostiza y Bretón, habían sustituido en nuestra escena los apasionados dramas de El Trovador, Los Amantes de Teruel, y La fuerza del Sino. Espronceda y Zorilla con su robusta entonación, elevadas imágenes y florido estilo, habían arrinconado la lira antigua de Garcilaso y de Meléndez, las anacreónticas y églogas, los madrigales e idilios, los pastores y zagalas. -Con ellos habían enterrado los preceptos de Aristóteles y de Horacio, de Boileau y de Luzán; Shakespeare, el Dante y Calderón, eran las nuevas divinidades poéticas; y Victor Hugo su gran sacerdote y profeta. -¿Quién podría negar justamente el tributo de entusiasmo y admiración al autor de Nuestra Señora de París y de Lucrecia Borgia, de las Orientales, y del Angelo? ¿Quién resistir al impulso de la época que agitando y conmoviendo todas las imaginaciones, todos los talentos, en política, en ciencias, en literatura y artes, les presentaba nuevos y dilatados horizontes de porvenir y de gloria?

Aquella exaltación, sin embargo, rayó breves momentos en un punto ridículo, y estos momentos oportunos fueron los que con no poca osadía escogió para castigarle el autor de las Escenas Matritenses, llegando su valor hasta el extremo de leer su composición en el mismo Liceo de Madrid centro de las nuevas opiniones, y magnífico palenque de sus más ardientes adalides.

Por fortuna hizo asomar la risa a los labios de los mismos censurados, y en gracia de ella, y en prenda también de su buena amistad, lo perdonaron sin duda aquella festiva y bien intencionada fraterna. -Hubo, sin embargo, algunos pérfidos instigadores de mala ley, que achacando al autor intenciones gratuitas de retratar en sus líneas a algunos de nuestros más peregrinos ingenios, procuraron indisponerle con ellos y hacerles tomar, por aplicaciones a su persona, los rasgos generales con que aparecía presentado al público el tipo del poeta romántico; pero el grande y verdadero talento de aquéllos les hizo conocer no sólo la inexactitud de tal supuesto, sino la buena intención del autor y la rectitud de su juicio literario. Algo cree haber contribuido a fijar la opinión hacia un término justo entre ambas exageraciones clásicas y románticas: por lo menos coincidió su sátira con el apogeo de la última de éstas, y desde entonces fue retrocediendo sensiblemente hasta un punto racional y admirable para todos los hombres de conciencia y de estudio. Además dio la señal de otros ataques semejantes en el teatro y en la prensa, que minando sucesivamente aquel ridículo de bandería, acabó por hacerle desaparecer y que fructificasen en el verdadero terreno de la razón y del estudio, talentos privilegiados que han llegado a adquirir en nuestro parnaso una inmortal corona.