El Saco de Roma (Versión para imprimir)

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Autor: Juan de la Cueva

Argumento de la obra
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El Saco de Roma Juan de la Cueva


Argumento de la obra

Borbón, de nación francés, capitán general de nuestro invicto emperador Carlos Quinto, movido de su libre determinación, movió el campo contra la ciudad de Roma para quererla saquear, y prosiguiendo en su horrible pensamiento, fue entrada la ciudad y puesta a saco, muriendo Borbón en el primer rencuentro, sin perdonar los luteranos (de que era el mayor número del ejército) cosa profana ni divina, en que no pusiesen sus violentas manos. Acabando de hartar su furia, dejando casi destruida a Roma, enderezaron su camino a Bolonia, a donde le fue, después de algunos días, dada a nuestro Cesar la corona Imperial.

Fue representada esta farsa la primera vez en Sevilla por Alonso Rodríguez, famoso representante, en la huerta de Doña Elvira, siendo asistente don Francisco Zapata de Cisneros, conde de Barajas, año 1579.


PERSONAJES


GENERAL BORBÓN.

DON FERNANDO GONZAGA.

CAPITÁN MORÓN.

AVENDAÑO, soldado.

ESCALONA, soldado.

GUARDA.

MENSAJERO DE ROMA.

CAMILA, matrona romana.

CORNELIA, matrona romana.

JULIA, matrona romana.

FILIBERTO, general, muerto Borbón.

FARIAS, soldado.

ITALIANO.

ALEMÁN.

ATAMBOR.

CAPITÁN

SARMIENTO.

SALVIATI, el que corona al emperador.

EMPERADOR CARLOS QUINTO.


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Jornada I
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El Saco de Roma Juan de la Cueva


BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA, CAPITÁN MORÓN, AVENDAÑO, ESCALONA, GUARDA, MENSAJERO de Roma.



BORBÓN junta su consejo de guerra, sobre el saquear a Roma que ya tenía cercada. El CAPITÁN MORÓN contradice el saquealla, AVENDAÑO y ESCALONA, dos soldados españoles, entran pidiendo el saco que BORBÓN les ha prometido: llega de Roma un MENSAJERO demandando a BORBÓN en nombre de los romanos que alce el cerco, prometido gran suma de dinero para el ejército. Despide BORBÓN el MENSAJERO romano negando su demanda, dando asiento de dar el día siguiente el asalto.



BORBÓN:

Contra el querer y potestad del mundo 	
la bélica, española y fiera gente 	
que sojuzgan la tierra, y al profundo 	
causa terror su brío, y saña ardiente, 	
sin valer la razón en que me fundo, 	
ni ser a su braveza en nada urgente, 	
por sólo su desiño han levantado 	
contra el pueblo de Marte el brazo airado. 	
Testigos sois, o ilustres capitanes, 	
cuan diferente en este hecho he sido, 	
y con cuántos remedios los afanes; 	
de la cercada Roma he defendido; 	
mas la gente española, y alemanes, 	
sin haberse a mi ruego persuadido 	
ponen la escala al romúleo muro, 	
y me piden que de el asalto duro. 	
No está en mi mano, ni su furia admite 	
en este caso parecer contrario, 	
todo a la ira y armas se remite, 	
un solo acuerdo sigue el vulgo vario. 	
La funeral Alectho no permite 	
descanso al crudo ejército adversario 	
de la opresada Roma, que ella incita 	
el daño que administra y solicita. 	
Levántales los ánimos al hecho 	
junto con su feroz naturaleza 	
las recientes victorias, el estrecho 	
en que ha puesto a Toscana su fiereza. 	
Esto no deja sosegar su pecho, 	
esto aumenta más ruego a su braveza. 	
Y así viendo yo esto, y donde estamos, 	
pido que deis el orden que sigamos. 

DON FERNANDO:
Gran general Borbón, a quien ha sido 	
de nuestro invicto César dado el cargo 	
meritísimamente, aquí se ha oído 	
tu razón, y tu cargo, y tu descargo. 	
Y porque el parecer nos has pedido 	
doy el mío, que al punto sin embargo 	
asaltemos a Roma; éste es mi acuerdo, 	
y lo remito al parecer más cuerdo. 	
MORÓN:
Usando del debido acatamiento 	
si fuere aquí mi parecer acepto 	
digo, gran don Fernando, que ese intento 	
se reponga, y no tenga en esto efecto, 	
que administrar de Marte el violento 	
furor, no lo aconsejo, ni decreto, 	
contra el pueblo que Dios tiene elegido 	
para el vicario suyo instituido. 	
  Si esto es de algún valor seréis comigo 	
en acetar mi parecer, piadoso, 	
o por amor, o miedo del castigo 	
reprimiréis el ánimo furioso. 	
Mirad que a Dios hacéis vuestro enemigo, 	
No os atreváis a él, que es poderoso 	
y vengará su injuria de tal suerte 	
que el menor mal que os dé, será la muerte.
DON FERNANDO:
Gran capitán Morón, ¿dime qué pudo 	
así mover tu corazón tan fiero? 	
Cuando la gruesa lanza y fuerte escudo 	
La causa pide, ¿te haces estrellero? 	
Desto me da razón, porque yo dudo 	
Como puede ser tal, que el duro acero 	
que siempre amaste, agora lo aborrezcas, 	
y la dureza antigua así enternezcas. 	
   ¿No ves los alemanes quebrantados 	
morir por entregarse desta tierra? 	
¿Los fieros españoles alterados, 	
dar voces por el fin de aquesta guerra? 	
Si agora desto fuesen desviados 	
y del deseo que su pecho encierra, 	
verías a los unos y a los otros 	
volver las fieras armas a nosotros. 	
Pues si han de hacer cruda matanza 	
en los que estamos de su mesma parte 	
cuánto mejor será darles venganza 	
de nuestros enemigos, y deste arte, 	
ensangrienten los bárbaros su lanza 	
en Roma, y los de España en crudo Marte, 	
pongan por tierra el muro de Quirino, 	
hagan el pueblo igual con el camino. 
MORÓN:
No vendré en tal acuerdo eternamente 	
ni tal sentencia firmará mi mano., 	
DON FERNANDO:
¿Por qué razón, o capitán valiente? 
MORÓN:
Porque es respecto aqueste de cristiano. 
DON FERNANDO:
¿Soy del bando cristiano diferente? 
MORÓN:
No digo tal, mas eres inhumano, 	
pues quieres que el lugar que le fue dado 	
por Cristo a Pedro sea de ti asolado, 
DON FERNANDO:
¿Qué podemos hacer? Pon tú en sosiego 	
el ejército todo al arma puesto. 	
MORÓN:
Amata tú hoy, Borbón, aqueste fuego. 
BORBÓN:
El modo me da tú, que siga en esto, 	
y será obedecido de mí luego. 
MORÓN:
Modo pides, estando ya dispuesto 	
el ejército fiero a la batalla, 	
que la espada se oye, y ve la malla.
DON FERNANDO:
¿Es la gente española tan modesta 	
que así se aplaque de seguir su intento? 	
Estando resoluta, y toda puesta 	
al arma, que es su vida y su contento. 
MORÓN:
¿A nuestro invicto César no molesta 	
tal desiño?
BORBÓN:
Qué importa si el violento
furor, se va esparciendo por las venas, 	
que están de ira y de coraje llenas. 
MORÓN:
Supliquemos a Dios que el dé el remedio 	
así como también dará el castigo. 
BORBÓN:
Oh capitán Morón, ése es el medio 	
que hallo, en esta confusión que sigo: 	
Él nos guíe, él esté contino en medio 	
siendo defensa nuestra, y dulce abrigo, 	
de suerte que el gran César nuestro sea 	
victorioso, y el fin que pide vea. 
AVENDAÑO:
Borbón, ¿que es tu pensamiento 	
que nos detienes aquí? 	
No hay mas que el descanso en ti, 	
los regalos y el contento. 	
Dejas morir los soldados 	
de hambre, sin más memoria 	
de conseguir la victoria 	
de los romanos cercados. 	
   ¿Y vas os entreteniendo 	
con promesas non cumplidas 	
porque acabemos las vidas 	
como mujeres durmiendo? 	
¿Para qué traemos armas 	
si no habemos de usar dellas, 	
y si en ti no hay más que vellas 	
por qué con ellas te armas? 	
Toca alarma, asalta el muro; 	
no nos difieras más punto, 	
tu determinación junto 	
venga, y el asalto duro. 	
Y si más nos entretienes 	
hágote, Borbón, saber 	
que no te podrás valer 	
con todo el poder que tienes. 
BORBÓN:
Soldados fieros de España, 	
que sujetáis la arrogancia 	
del turco, y domáis a Francia 	
la una y otra Alemaña, 
y desde el Danubio al Nilo 	
va, y a la desierta arena 	
de Libia y de allí resuena 	
vuestro nombre, y culto estilo, 	
   Que es la razón que tenéis 	
para culpar mi tardanza, 	
si está hincada mi lanza 	
en el muro, que queréis 	
y siguiendo vuestro gusto 	
hemos venido cercando 	
toda Italia demandando 	
lo que niega el cielo justo. 
ESCALONA:
General de Carlos Quinto, 	
mas sientes de lo que dices, 	
y si no es bien, no avises 	
si es que te falta el instinto. 	
Si a toda Italia cercamos, 	
Tú no nos dejaste usar 	
de la fuerza militar 	
que los soldados usamos. 	
   A Bolonia, y a Ferrara, 	
a Flaminia, y a Francia, 	
¿Quién nos hizo resistencia? 	
¿A qué no se saqueara? 	
El duque no, que ya estaba 	
temblando el asalto fiero, 	
mas tú como bandolero 	
haces lo que te agradaba. 	
   Tú nos has ido a la mano 	
apresanduro el viaje, 	
prometiendo gran pillaje 	
de aqueste saco romano. 	
Discurrimos tras tu mando, 	
llegamos do dirigimos, 	
y el fin para que venimos 	
vas con plazos alargando. 	
   Borbón, deja ya razones, 	
toca alarma, asalta luego, 	
que ofende tanto sosiego 	
los bélicos corazones. 	
Y entiende que se pretende 	
poner por tierra esta tierra 	
y si a ti te enfría la guerra 	
a nosotros nos enciende. 
GUARDA:
Ah romano, ¿qué buscáis? 	
¿Qué queréis? ¿O a qué venís?
MENSAJERO:
Soldado, pues lo pedís, 	
diré lo que preguntáis. 	
Al gran general Borbón 	
le vengo a dar un recado 	
de Roma a él enviado 	
vista nuestra perdición.
GUARDA:
Aguardad aquí un momento, 	
y daré razón de vos.
MENSAJERO:
La lengua te mueva Dios 	
y a Borbón el pensamiento. 
GUARDA:
Concilio alto excelente, 	
un mensajero está aquí 	
de Roma, y pido por mí 	
ante vos verse presente. 
BORBÓN:
Dalde la puerta, entre luego, 	
veamos que es lo que quiero. 
AVENDAÑO:
Borbón, si paz te pidiere, 	
cierra a el oído a su ruego. 
BORBÓN:
Las armas le quitaréis 	
para entrar como es usanza. 
AVENDAÑO:
Dalde espada, escudo y lanza 	
y entre armado, ¿qué teméis? 	
Cuando franceses tuvieras 	
y no españoles contigo, 	
temieras al enemigo, 	
mas si te guardan ¿qué esperas? 	
Segura está tu persona, 	
no puede venirte daño, 	
que está contigo Avendaño 	
y te acompaña Escalona.
GUARDA:
Licencia a entrar se os concede, 	
mas que las armas dejéis. 
MENSAJERO:
¿Los españoles teméis? 	
¿Miedo con vosotros puede? 	
¿Así los hombres desarmas? 	
¿No eres tú de aquel crisol 	
de España? Que el español 	
no quiere al hombre sin armas. 	
   Generoso concilio, a quien el suelo 	
dignamente celebra, y tiene en tanto 	
que la gloriosa fama esparce al cielo 	
el nombre vuestro en su divino canto, 	
ya veis patente nuestro acerbo duelo, 	
no podéis ignorar nuestro quebranto, 	
con vuestros propios ojos estáis viendo 	
el mal que hacéis, que Roma está sufriendo. 	
   Pídevos humilmente que apartando 	
de vos tan fiero y pertinaz intento, 	
el cerco levantéis, ya perdonando 	
a quien nos ofendió, ni en pensamiento. 	
Que bien nuestra razón considerando 	
el más fiero dará consentimiento 	
al justo ruego, y templará la ira, 	
temiendo a Dios, que viendo tal se aira. 	
Si alguna saña mueve el inhumano 	
deseo vuestro al cerco que está puesto; 	
si el pueblo que es de Dios, si el que es cristiano 	
ya contra Dios, y lo que manda en esto; 	
si a su vicario con violenta mano 	
asalta, el luterano viendo aquesto 	
¿Qué ha de hacer, sino seguir su furia, 	
y a nuestra iglesia hacer injusta injuria? 	
   Esto pueda con vos, aunque haya sido 	
Roma culpada, y dad lugar al ruego. 	
Que en ley humana, y divina, os pido 	
que permitáis dejalla en su sosiego; 	
y si para el ejército movido 	
falta dinero, yo lo daré luego, 	
no sea de cristianos saqueada 	
Roma, pues de cristianos es morada.
BORBÓN:
Varón romano, el cielo es buen testigo 	
si la voluntad mía tal consiente, 	
mas que forzado en esto, el querer sigo 	
de la soberbia y española gente. 	
Con la cual, ni por ruego, ni castigo 	
se ha podido templar su furia ardiente, 	
Y así digo que en esto no soy parte 	
y no tengo respuesta otra que darte. 
MENSAJERO:
Otra piedad traía confianza 	
que había de hallar en tu presencia, 	
mas pues me falta, sigue tu pujanza 	
y contra Roma usa tu violencia. 	
A Dios ofendes, y él dará venganza 	
al pueblo que amenaza tu potencia, 	
y con esto, o concilio valeroso, 	
voy a dar mi recaudo congojoso. 
BORBÓN:
¿Qué resta para el fin de nuestro intento? 
DON FERNANDO:
Poner en obra lo que se desea.
MORÓN:
No vengo en tal, ni doy consentimiento. 
AVENDAÑO:
Nosotros demandamos la pelea. 
BORBÓN:
Esto se acabe, y quede dado asiento, 	
Que luego que se muestre la febea 	
luz, en el lugar do agora estamos 	
para dar el asalto nos veamos. 	
El parecer que en esto habemos dado 	
se firme luego, y todos lo firmemos.
DON FERNANDO:
Yo firmo lo que está por mí acordado. 
MORÓN:
Yo no, que no vendré a tales extremos. 	
Que no me obliga a mí, aunque esté obligado 	
servir a César, lo que aquí hacemos, 	
que es ir contra la Iglesia, y su precepto.
BORBÓN:
Sin ti vendrá nuestro deseo en efecto. 	
También aquí ninguno va a ofendella 	
porque somos católicos cristianos. 
MORÓN:
Ese camino no es de defendella 	
del rigor de los fieros luteranos. 
BORBÓN:
No es aquesto dejar de obedecella, 	
pues vamos a ofender a los romanos 	
y a servir nuestro rey, y en este hecho 	
darle lo que demanda su derecho. 	
   Cargad piezas, tocad que se recoja 	
la desmandada y orgullosa gente. 	
Reparen con reposo la congoja 	
del día que huyendo va a occidente. 	
Y luego que su luz muestre la roja 	
Aurora, descubriéndose el oriente, 	
haremos lo acordado; poned velas, 	
encended fuegos, vayan centinelas.


Jornada II
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El Saco de Roma Juan de la Cueva



GENERAL BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA. GUARDA. ROMANO. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA.

JULIA. CAMILA. ALEMÁN.



Manda BORBÓN que asalten a Roma, prende un espía romana,

traénsela, manda que la ahorquen, AVENDAÑO le pide que la mande

soltar hácese así, comienza a batir a Roma, y el primer asalto muere

BORBÓN subiendo el muro; hállanlo AVENDAÑO y ESCALONA, llevanlo a su tienda,

encuentran tres romanas catívanlas, despojan y matan a un ALEMÁN; tocan a recoger,

cesa el saco por aquel día.



BORBÓN:

	
Lleno de ira, y sobresalto horrible 	
ardiendo en fiera y rigurosa saña, 	
todo el discurso desta noche fría, 	
revuelto en bascas, y congoja extraña, 	
pasé con inquietud dura y terrible 	
deseando la luz del claro día. 	
Ya el alma revolvía 	
a la triste ruina que promete 	
España a la alta Roma. 	
Que agora opresa y doma 	
y la cerviz al yugo le somete 	
después que fue señora 	
del mundo, y tantas gentes domadora. 	
   Contemplo el alto Capitolio en tierra, 	
su opulencia en poder de los soldados, 	
el incendio, las muertes, las injurias, 	
sus templos y edificios derribados 	
las libertades de la libre guerra, 	
Los sacrilegios, robos y lujurias, 	
Las implacables furias 	
de los soberbios bárbaros, dispuestos 	
a la cruel matanza, 	
usando en su venganza 	
mil robos, mil estupros deshonestos, 	
triunfando de la gloria 	
de quien triunfó de tantos con victoria,
 
DON FERNANDO:
		
Gran general de España, esta es la hora 	
que asignaste, y el punto en que conviene 	
dar el asalto, antes que el aurora 	
rompa la oscuridad que el mundo tiene. 	
BORBÓN:
	
Ea, gente indomable vencedora 	
de todo cuanto el mundo en sí contiene, 	
dispongamos el campo, ea, asaltemos, 	
ea, el orden sigamos que tenemos. 	
Vos, Don Fernando, por aquesta parte 	
con aquesta avanguardia de alemanes 	
romped el muro, y con soberbio Marte 	
dad a Roma los últimos afanes. 	
El orden mismo seguirán, y el arte 	
los demás españoles capitanes. 	40
Vayan por esta banda arcabuceros, 	
por aquella, caballos y piqueros. 	
   La Infantería italiana vaya 	
cercando en torno el Tiber, un ala hecha, 	
guarde el bagaje y munición, no haya 	
desorden, que en la guerra esto aprovecha. 	
Esté el contrario en su lugar a raya, 	
y si huyere, viendo que lo estrecha 	
nuestra gente, dará en la infantería, 	
si se escapare, dé en la piquería. 	
Soldados valerosos, ya es venida 	
la ocasión que tenéis tan deseada, 	
la diligencia sea apercibida 	
de vos, y la pereza desechada, 	
la victoria tenéis tan conocida 	
que esta noche me ha sido revelada 	
del piadoso y favorable hado, 	
que plácido en mi ayuda se ha mostrado. 
	
DON FERNANDO:
		
¿De qué sirven más arengas 	
dinos, general Borbón? 	
Que tengo a gran sinrazón 	
que así suspensos nos tengas. 	
Habían de estar ya en tierra 	
los muros, y los soldados 	
de los despojos cargados, 	
cuando das leyes de guerra. 	
El orden que nos has dado 	
todo el campo seguiremos, 	
mas solamente queremos 	
que hagamos lo acordado, 	
BORBÓN:
	
En ese mesmo deseo 	
estoy, mas para un momento, 	
que un gran alboroto siento 	
y el campo alterado veo.
 
GUARDA:
	
Gran Borbón, haciendo vela 	
en este cuarto presente, 	
en medio de nuestra gente 	
prendí aquesta centinela. 	
   Dice a voces que es romano, 	
y pues es nuestro enemigo 	
el mismo pide el castigo, 	
no se lo niegue tu mano. 
BORBÓN:
	
Romano, di, ¿a qué veniste 	
de tu Roma, a mi real? 	
¿Que es tu desiño final 	
y la causa a que saliste? 	
Si no me lo dices luego 	
de modo que satisfagas, 	
yo te haré que lo hagas, 	
poniéndote en vivo fuego. 	
   No tienes razón que dar 	
si no decir quien te envía, 	
si vienes en compañía, 	
o si sólo, a este lugar. 	
Y asildo, porque si ordena 	
hacer lo que Mucio obró, 	
cuando la muerte le dio 	
al contador de Porsena. 
ROMANO:
		
Señor, ¿qué quieres que diga? 	
Yo soy espía, y salí 	
de Roma, yo vine aquí 	
a espiar quien nos fatiga, 	
y habiendo considerado 	
todo tu campo dispuesto, 	
volvía avisarlo presto, 	
y atájome el crudo hado. 	
BORBÓN:
		
¡Eso no me satisface! 	
Con alguna maldad vienes. 
ROMANO:
		
¿Aquesto por maldad tienes? 	
¿Esto en guerra no se hace? 	
¿Cuando faltarán espías 	
del un bando al otro puestas? 
BORBÓN:
	
No te pido estas repuestas, 	
sino solo ¿á qué venías? 
ROMANO:
		
Ya te he respondido, y digo 	
que te venía a espiar, 	
y a si te pudiera dar 	
con esta mano el castigo. 	
Quieres saber más de mí, 	
no tengo más que decirte, 	
y así puedes persuadirte 	
que a poder lo hiciera así. 
BORBÓN:
		
Con tan extraña osadía 	
te has atrevido a hablarme. 
ROMANO:
			
Mas pensaba adelantarme 	
si fuera la suerte mía. 
BORBÓN:
	
Sus, colgado do aquel muro 	
pague sus intentos vanos.
 	
ROMANO:
			
No espantan a los romanos 	
muertes, ni castigo duro. 	
AVENDAÑO:
	
Esa braveza de Roma, 	
ese despreciar la muerte, 	
ese hablar de esa suerte 	
tú verás cómo se doma. 	
No permitas, gran Borbón, 	
tratarlo de aqueste modo. 	
Que no es bien que un campo todo 	
dé muerte a un hombre en prisión. 	
Deja ir libre ese romano, 	
diga su muerte vecina 	
que una sola golondrina 	
no suele hacer verano, 	
otra gloria, otro renombre 	
tu gran valor nos promete, 	
digan que un nuestro acomete 	
un capón, y no un capón a un hombre. 	
BORBÓN:
	
Dalde libertad, y vaya 	
de nuevas de nuestra ida.
 
ROMANO:
			
Roma aguarda apercibida, 	
que temor no la desmaya. 	
BORBÓN:
	
Dad principio al crudo estrago, 	
toca al arma presto presto. 	
Guarde cada cual su puesto. 	
Santiago, Santiago. 	
   Este muro levantado 	
por esta escala entraré, 	
y luego que en él esté 	
el fuerte tengo ganado. 	
Poca defensa hay aquí, 	
arriba, arriba, Borbón, 	
No te falte el corazón. 	
¡Muerto soy, triste de mí! 	
AVENDAÑO:
	
Anda, Escalona, llevemos 	
a la tienda ese pillaje. 	
No aguardes cargar bagaje, 	
porque luego nos tornemos. 
ESCALONA:
	
Echa por este camino, 	
atajaremos gran parte. 
AVENDAÑO:
	
Éste al gran furor de Marte 	
dio el espíritu mezquino. 
ESCALONA:
	
Paréceme que es Borbón 	
aquel que allí vemos muerto.
 
AVENDAÑO:
	
Él es; no es otro por cierto, 	
que acabó con su intención. 	
Por ser nuestro capitán 	
llevémoslo a nuestra tienda, 	
y que es muerto no se entienda. 
ESCALONA:
	
Cárgate ese ganapán. 	
Echémoslo de aquí abajo, 	
dalo al diablo que pesa, 	
por cierto que es buena presa 	
para tan grande trabajo. 
AVENDAÑO:
	
No es razón que lo dejemos, 	
que en muerte no es bien vengarnos. 
ESCALONA:
	
Ni aún de un muerto es bien cargarnos 	
pues hay río en que lo echemos. 
CORNELIA:
		
¡Ay mísera caída, 	
ay dio postrimero 	
del valor alto de la sacra Roma, 	
ay gente enfurecida, 	
ay hombre de dinero, 	
que así os consume el alma su carcoma! 	
Hoy se sujeta y doma 	
la ciudad que ha rendido 	
cuanto mira el sol puro, 	
hoy sufre asalto duro, 	
y hoy será cuando puede destruido. 	
¡Ay dulce patria amada 	
de Dios, para su Iglesia diputada! 	
Hijas de mis entrañas, 	
regalo y gloria mía, 	
¿En tan estrecho paso qué haremos? 	
Vamos a las montañas, 	
quizá hallaremos vio 	
como del fiero incendio nos libremos. 	
En las manos nos vemos 	
de la enemiga gente, 	
las haciendas quitadas, 	
las casas abrasadas, 	
sujetas al furor de su ira ardiente 	
a riesgo que perdamos 	
con la hacienda el nombre que estimamos.
 
JULIA:
		
Señora, la crueza 	
del bárbaro enemigo 	
que con airada y rigurosa mano 	
usando su fiereza 	
nos quita el patrio abrigo, 	
asolando el valor y ser romano, 	
cuando con su inhumano 	
furor, haya igualado 	
el Capitolio al suelo, 	
su fuerza, ni mi duelo, 	
harán mover mi virginal cuidado, 	
ni con infamia oscura 	
podrán amancillar su hermosura.
 
CAMILA:
	
Cuándo puesta en sus brazos 	
quisieron con violencia 	
sobrepujar mi femenil sujeto, 	
seré hecha pedazos 	
con firme resistencia, 	
primero que venir en tal decreto. 	
Mas si en tan duro aprieto 	
fuere más poderosa 	
su fuerza que la mía, 	
el cuerpo se rendía, 	
no el alma, que en aquesta trabajosa 	
lucha, estará constante, 	
teniendo siempre el casto honor delante,
 
CORNELIA:
			
Ése sólo recelo 	
hijas, me congojaba. 	
Mas ahora que veo vuestra firmeza 	
no temo el triste duelo, 	
ni el fin que me llamaba, 	
con ver que no se pierde la nobleza. 
JULIA:
			
¡Ay tristes! ¿Qué fiereza 	
de hombres, es aquesta? 	
CORNELIA:
	
Cielo justo, tu ayuda 	
en este paso acuda. 
CORNELIA:
			
Hijas, ánimo aquí, la hora es esta, 	
ya enemigos vemos 	
donde del valor nuestro ejemplo demos. 	
AVENDAÑO:
Anda, Escalona, apresuro 	
el paso, ¿vienes durmiendo? 	
Voto a tal que no te entiendo, 	
¿Tal vas en tal coyuntura? 	
Ponte alas a los pies, 	
y a las manos dos escarpias, 	
anda, hagámonos harpías, 	
pues tan buena ocasión es. 
ESCALONA:
		
Por el dador de la vida 	
que es buen pillaje el que veo. 
AVENDAÑO:
	
Bueno Escalona, no creo 	
que es mala nuestra venida. 	
Arremete presto a asillas, 	
no vengan otros soldados, 	
y a la parte acodiciados 	
hayamos de repartillas. 	
  Hermosas damas romanas, 	
pues fortuna os ha traído 	
a tal estado y partido, 	
pareciendo más que humanas, 	
permitid ir con nosotros, 	
adonde seréis guardadas 	
servidas y regaladas, 	
antes que os asalten otros. 	
   Y tened seguro aquí 	
que lo que toca a guardaros 	
podéis, señoras, flores 	
deste soldado, y de mí. 	
No usaremos del furor 	
y libertad de la guerra, 	
que en nuestros pechos se encierra 	
la piedad, y no el rigor. 
CORNELIA:
		
Soldados, yo he creído 	
que el cielo oyó nuestro llanto, 	
pues en tan fiero quebranto 	
nos ha a vosotros traído. 	
Y habiendo de ir tres matronas 	
en las cadenas esquivas, 	
libertad es ir captivas 	
sirviendo tales personas. 	
Sola una cosa os demando 	
con lágrimas destos ojos, 	
que estas de que hacéis despojos 	
miréis, su honor conservando, 	
porque su rescate dellas 	
será tal cual lo veréis, 	
y sin esto subiréis 	
vuestro nombre a las estrellas. 
ESCALONA:
		
Señora, yo doy seguro, 	
por la ley de buen soldado, 	
que sea su honor guardado, 	
y a Dios lo prometo y juro. 
CORNELIA:
			
Eso alivio el mal que siento, 	
y es parte de consolarme 	
del yugo a que veo llevarme. 
AVENDAÑO:
No lo será más contento. 	
Aguarda, Escalona, tente, 	
ten la espada apercebida 	
que por ésta vía seguida 	
oigo gran tropel de gente. 	
Dos alemanes cargados 	
vienen, o fieros violentos, 	
con casullas, y ornamentos 	
de los templos consagrados. 
ESCALONA:
		
Ponte en aqueste paraje. 	
Pese a tal con los ladrones, 	
dennos en pocas razones 	
los pellejos y el pillaje. 	
Estate quedo, Avendaño, 	
déjalos, lleguen do estás; 	
pondrémoslos que jamás 	
en iglesias hagan daño. 
ALEMÁN:
		
Cárgate bien, compañero, 	
no te detengas, ni tardes, 	
porque los despojos guardes 	
que llevas del saco lloro. 	
Los españoles no vengan 	
que si vienen, ten por cierto 	
que tú sin ropa, y yo muerto 	
quedamos, que así se vengan. 
AVENDAÑO:
A ellos, ea, Escalona, 	
mueran entrambos a dos. 	
ESCALONA:
	
Éste ya es mío, por Dios. 
AVENDAÑO:
Pues estotro no blasona 	
huertos están, ¿qué haremos? 
ESCALONA:
		
Qué, no detenernos punto, 	
y ese lío todo junto 	
con lo demás nos llevemos. 	
AVENDAÑO:
¿Qué haces, a qué aguardamos? 	
¿No oyes a don Fernando 	
que su gente retirando 	
viene hacia donde estamos? 	
Sígueme por esta parte, 	
que si llega, es camarada, 	
y pedirá le sea dada 	
desta nuestra presa parte.
 
ESCALONA:
	
Enviarelo yo a la horca 	
de donde lleve despojos, 	
questos al ver de los ojos 	
los llevará sí se ahorca. 	
AVENDAÑO:
Estorbemos pesadumbre. 	
ESCALONA:
	
Calla, que es ese un figón, 	
Bergamasco, gran poltrón 	
que lo baja su costumbre. 
AVENDAÑO:
Este camino tornemos 	
que es más cerca, y más seguido, 	
y el robo que hemos habido 	
entre los dos lo carguemos. 	
Y, señoras, caminando 	
poco a poco por aquí 	
podremos llegar allí, 	
do no llegue don Fernando.
 
DON FERNANDO:
			
Extraño ha sido el riguroso estrago 	
que en Roma habemos hecho con victoria, 	
dándole el justo y merecido pago 	
a su loca y altiva vanagloria. 	
Lástima daba ver el rojo lago 	
que por las calles iba, cuya historia 	
Roma celebrará en eterno llanto, 	
y a España ensalzará en divino canto. 	
  Atambor, toca a recoger la gente, 	
que va del día faltando la luz pura, 	
cose ya la crueldad, y saña ardiente, 	
y de Roma la extrema desventura. 	
A Borbón demos, general valiente, 	
con tierno sentimiento sepultura; 	
yo lo voy a buscar; tú echa bando 	
que en orden vengan al real marchando.


Jornada III
Pág. 04 de 5
El Saco de Roma Juan de la Cueva


FILIBERTO. DON FERNANDO GONZAGA. ALEMÁN. FARIAS. GUARDA. MENSAJERO de Roma. ATAMBOR. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA. JULIA. CAMILA.



Por la muerte de BORBÓN fue efigido capitán general FILIBERTO. Salen a un desafío singular FARIAS, un soldado español, y un ALEMÁN luterano: hace traerlos a su presencia, y sabida la ocasión de su desafío, manda que al luterano arrojen en el río atado a un peso, y da libertad con muchas alabanzas a FARIAS. Viénele un MENSAJERO de Roma, cuéntale los grandes daños que en ella se hacen, pidiéndole que cesasen. Otórgaselo; demándale las tres romanas que cativaron ESCALONA y AVENDAÑO, prometiendo su rescate; entrégaselas, y manda que luego marche el campo para Bolonia.


FILIBERTO:
	
Del bélico furor y ardor de Marte 	
los míseros romanos quebrantados 	
andan vagando de una a otra parte, 	
temblando de los bárbaros soldados, 	
que arbolando de César le estandarte, 	
a cuya sombra todos arrimados, 	
con detestables daños han rendido 	
el pueblo en todo el mundo más temido. 	
   Agora resta, ejército potente 	
de Carlos invictísimo enviado 	
a Esperia, a sosegar la fiera gente, 	
y a opresar al rebelde y obstinado, 	
que viendo la ruina y mal presente 	
dejemos las reliquias que han quedado 	
en Roma, del incendio riguroso, 	
y el campo recojamos victorioso. 
	
DON FERNANDO:
	

Filiberto magnánimo, elegido 	
por el cesáreo campo, en el oficio 	
del general Borbón, que muerto ha sido, 	
sin verde Roma el fin, y cruel suplicio; 	
suplícote me sea concedido 	
de ti, que el campo ande en su ejercicio, 	
que es robar, pues ya sabes, que el soldado 	
ha de ser de la guerra aprovechado. 	
   Porque la gente de la invicta España, 	
que en este asalto ha sido la que ha hecho 	
todo el efecto, usando de la maña 	
de guerra, y del valor de su alto pecho, 	
hará punto, y tendrá a injuria extraña 	
impedirle su intento, y con despecho 	
levantará un motín, que nos veamos 	
en más afrenta que jamás pensamos. 	
Y por esta razón, o valeroso 	
Filiberto, permite aprovecharse 	
del saco, aquel ejército furioso 	
que su gloria es en esto recrearse.
 
FILIBERTO:
		
Gocen del triunfo y premio victorioso, 	
que es el fin a que vienen a entregarse 	
al rigor de Vulcano, que mi intento 	
no es impedirle a ellos su contento. 	
   Mas condolido ya de la crueza 	
que se usa con Roma, ya arruinada, 	
ha movido mi ánimo a terneza, 	
sintiendo el mal que ha hecho nuestra espada. 
	
DON FERNANDO:
	
	
Deja aquesa congoja, esa tristeza, 	
que con razón ha sido castigada 	
su locura, y oigamos qué ruido 	
es éste, que acá viene dirigido.
 
FARIAS:
	

No hay para que más razones, 	
ya estamos puestos en puesto, 	
donde entenderás bien presto 	
lo que sirven tus blasones. 	
Y el agravio que te hice 	
ha sido muy justamente 	
y quien contradice miente, 	
y quien otra cosa dice.
 	
ALEMÁN:
		

Si han de averiguar las manos 	
lo que dices que me has hecho, 	
¿No ves que son sin provecho 	
aquesos desgarros vanos? 	
Aqueste guante me diste, 	
señalándome el lugar 	
donde te lo había de dar, 	
y al mesmo efecto veniste, 	
   Aquí estamos, helo aquí, 	
la ropa nos desnudemos, 	
porque los dos peleemos, 	
cual tú me pediste a mí.
 	
FARIAS:
	

No quiero verte desnudo 	
por que eres soldado viejo, 	
yo sí, que de tu pellejo 	
pienso de hacer escudo. 	
   No por que entiendo con él 	
de peligro defenderme, 	
que no podrá guarecerme, 	
que es menos que de papel. 	
Y es agravio conocido 	
a la española nación 	
contra flaca defensión 	
haber hazaña emprendido.
 	
ALEMÁN:
			

Aquese hablar ataja, 	
no ves que estás blasonando, 	
y eres según voy notando, 	
gran hablador de ventaja. 	
Ea, desnúdate luego, 	
o vestido como estás.
 	
FARIAS:
		

Pues lo quieres, tú verás 	
como sales deste juego.
 	
DON FERNANDO:
	
	

Campo singular entiendo 	
que es aquel, dame licencia, 	
trairelos a tu presencia, 	
quitaré el combate horrendo. 
	
FILIBERTO:
		
Pues te agrada, don Fernando, 	
ir personalmente allí, 	
ve, y traémelos ante mí, 	
que aquí los estó aguardando.
 	
FARIAS:
		

Acaba de desnudarte. 	
Tanto dilatas venir, 	
es que temes el morir, 	
y quieres así escaparte. 	
Yo lo otorgaré perdón 	
con hacerte dos mamonas, 	
porque de tales personas 	
basta tal satisfacción. 
	
ALEMÁN:
			

Español cobarde, entiendes 	
que en mí reina cobardía, 	
veamos si tu osadía 	
te de aquí lo que pretendes. 	
FARIAS:
		

Poltrón, vil, y afeminado, 	
tú verás lo que hay en mí,
 	
DON FERNANDO:
	
	

Parad, soldados, aquí.
 	
FARIAS:
		

Déjenos, señor soldado. 
	
DON FERNANDO:
	
	

No puede ser, que me envía 	
el general a llamaros, 	
y de fuerza he de llevaros.
 	
FARIAS:
		

Comigo no se entendía. 
	
DON FERNANDO:
	
	

Si entiende, que yo os lo pido, 	
y si vos me conocéis 	
mi ruego a hacer vendréis. 
	
FARIAS:
		

Habiendo esto concluido, 
	
DON FERNANDO:
	


Español, tened por bien 	
ir comigo al general, 	
que es la persona real; 	
no uséis de aquese desdén.
 	
FARIAS:
		

Si viera al emperador 	
a quien sólo soy sujeto, 	
no tuviera más respeto 	
que a vos os tendré, señor. 	
   Porque tal comedimiento 	
cual comigo habéis usado 	
son prisiones que han atado 	
mi voluntad, de su intento. 	
Y así, vamos do mandáis, 	
mas será con condición 	
que oída nuestra ocasión 	
a do estamos nos volváis. 
	
DON FERNANDO:
	
	

Luego que el caso se vea 	
el general proveerá 	
lo que en ello se hará, 	
o por paz, o por pelea. 	
Filiberto valeroso, 	
estos dos fuertes soldados 	
salieron desafiados 	
a combate riguroso. 	
   Enviásteme por ellos, 	
yo te los traigo y presento; 	
sabido su fundamento, 	
en paz procura ponellos, 	
Que soldados tan valientes 	
no es justo perder así, 	
y si no hay agravio aquí, 	
reprima sus accidentes. 
	
FILIBERTO:
		
Para que yo dé sentencia 	
y pueda determinar 	
vuestro campo singular, 	
del cual no tengo experiencia, 	
conviene que me informéis 	
cual ha sido la ocasión, 	
y oída la información 	
así la sentencia habréis.
 	
FARIAS:
	
	
En el asalto romano, 	
gran sucesor de Borbón, 	
metido, en la confusión 	
del ejército inhumano, 	
andábamos los de España 	
con los de Italia revueltos, 	
hurtando, todos envueltos. 	
Los de Francia y Alemaña. 	
   Cada cual, cual más podía, 	
del robo se aprovechaba, 	
y el que menos alcanzaba 	
llevaba más que quería. 	
Sucedió que andando en esto 	
una gran casa encontré. 	
Y queriendo entrar hallé 	
a uno a la puerta puesto. 	
   Dijo que me detuviese 	
por que entrar no era posible, 	
o que castigo terrible 	
vería si me atreviese, 	180
confieso que me volviera 	
no por él, mas porque oí 	
gran estruendo, y vuelto en mí, 	
temí la que se dijera. 	
   Con un ánimo inhumano 	
dispuesto al cruel recuentro, 	
pregunté: ¿quién está dentro? 	
Que a mí me vaya a la mano. 	
Respondió: no basta yo, 	
y diciendo esto arremete, 	
y por mí espada se mete, 	
de la cual muerto cayó. 	
   Yo proseguí con mi intento, 	
y en la casa más entrando, 	
mas estruendo iba notando, 	
más voces, y más lamento. 	
Quisiera certificarme 	
de tan extraño ruido, 	
tan doloroso alarido, 	
primero que aventurarme. 	
   Y estando dudando así, 	
o decir: luteranos, 	
¿En Dios ponéis vuestras manos, 	
el cielo nos hunde aquí? 	
Yo que iba a entrar a este punto, 	
este traidor que salía 	
y una monja que traía 	
asida, y con ella junto. 	
   Como me vio diferente 	
en el hábito y postura, 	
Me dijo en tal desventura: 	
Español, séme clemente. 	
Que este fiero luterano 	
y otros de su mal ejemplo 	
este convento y su templo 	
han metido a saco mano. 	
   Las monjas traen arrastrando, 	
robando los ornamentos, 	
quemando los sacramentos, 	
y contra Dios blasfemando. 	
En oyendo la razón 	
de la monja maltratada, 	
arremetí con mi espada, 	
ardiendo en ciega pasión, 	
   Y viendo aqueste traidor 	
mi determinado intento, 	
la monja soltó al momento 	
por resistir mi furor, 	
y andando los dos riñendo 	
puesta en salvo la cautivo, 	
acudió gente de arriba, 	
y de la calle viniendo. 	
   Estorbaron la contienda, 	
porque él temió los de fuera, 	
yo los que bajar oyera, 	
y así tuvimos la rienda. 	
Hame venido buscando, 	
y pídeme que le dé 	
la cautiva que se fue 	
cuando nos vio peleando. 	
   Ésta ha sido la ocasión, 	
gran general, y éste diga 	
si es verdad, o contradiga, 	
y da tu resolución.
 	
FILIBERTO:
		
¿Esto que aquí se ha propuesto 
es verdad cual lo has oído?
 	
ALEMÁN:
			

Verdad es, mas soy ofendido, 	
y a vengarme estoy dispuesto. 	
Él me tiene de entregar 	
la cautiva, o dar la vida, 	
que esta razón de ti oída 	
por fuerza me ha de ayudar.
 	
FILIBERTO:
		
Sí haré, si eres cristiano.
 	
ALEMÁN:
			

No lo soy, más mi defensa 	
es, que esta guerra dispensa, 	255
aunque yo sea luterano. 
	
FILIBERTO:
	
¿Lid singular entre dos 	
sin mando puede acetarse? 
	
ALEMÁN:
			

Ahora puede dispensarse, 	
dando la licencia vos. 
	
FILIBERTO:
		
La licencia que daré, 	
será que al Tiber romano 	
te arrojen, mal luterano, 	
enemigo de la fe. 	
   Alto, haced lo que digo, 	
sin diferir un momento 	
de cumplir mi mandamiento. 
	
GUARDA:
	

Dársele ha el mesmo castigo.
 	
FILIBERTO:
		
Y tú, valiente soldado, 	
ve libre con la victoria, 	
que justo es darle tal gloria 	
a quien por Dios se ha mostrado. 
	
DON FERNANDO:
	
	

¡O qué divina sentencia, 	
digna de ser de ti dada, 	
y que sea celebrada 	
tu rectitud y prudencia! 	
Y entiende que siendo oída 	
del invicto emperador, 	
que estimará tu valor 	
por hazaña tan subida. 
	
GUARDA:
		

Tu mandamiento fue hecho, 	
como mandado me fue, 	
y en el Tiber lo arrojé. 	
DON FERNANDO:
	
	

Él ha sido un alto hecho.
 	
FILIBERTO:
		
¿Cómo ejecutaste, di? 	
GUARDA	
Señor, atele un cordel, 	
y una grande piedra en él, 	
y al río lo arrojé así. 	
   Un mensajero ha venido 	
de Roma, pide licencia 	
de venir a tu presencia: 	
de ti sea respondido. 
	
FILIBERTO:
	
Entre luego, y tú lo guía, 	
veamos qué es su demanda. 
	
GUARDA:
		

Que entréis Filiberto os manda. 
	
MENSAJERO:
		
Mueve Dios la lengua mía. 	
Haz de modo que se aparte 	
de su rebelde intención, 	
y que oyendo mi pasión, 	
de aplacar su ira se aparte. 	
Pues nuestro grave dolor 	
nos tiene tales, Dios mío, 	
tiempla y mueve el crudo brío 	
del contrario vencedor. 	
   Si lugar diese la miseria mía, 	
senado, excelso, y declarar dejase 	
a la turbada lengua en este día, 	
sin que en llanto, cual suele, la ahogase, 	
no hay tanta saña en vos, que no sería 	
conmovida, ni scita que no usase 	
de piedad, oyendo nuestro duelo 	
que es el mayor que visto sea en el suelo; 	
   porque si dél hubiese de dar cuenta, 	
y vuestro corazón oír pudiese 	
el mal nuestro, y de Dios la injusta afrenta. 	
No es posible que a llanto no os moviese. 	
¿De qué gente se oirá, que no se sienta 	
que la Iglesia de Dios en poder fuese 	
de antitematizados luteranos, 	
poniendo en ella sus violentas manos? 	
¿No os altera el espíritu? ¿Es posible 	
que vuestra cristiandad sufre tal cosa, 	
tal inhumanidad, mal tan terrible, 	
ofensa tal a Cristo y a su esposa? 	
¿No os levantáis, y dais castigo horrible 	
a la gente enemiga y odiosa 	
de la sede apostólica sagrada 	
de Dios instituida, a Pedro dada? 	
No es posible que en religión cristiana 	
quede tan gran insulto sin castigo, 	
ni el bárbaro inhumano, que profana 	
los preceptos de Dios como enemigo. 	
Ved por el suelo la valla romana. 	
Príncipes, escuchame, estad comigo, 	
que en breve suma quiero daros cuenta 	
si pudiere, de nuestra injusta afrenta. 	
   Luego que entrados nuestros muros fueron 	
por bélica violencia derribados 	
al suelo, y dentro en la ciudad se vieron 	
los libres y sacrílegos soldados, 	
los unos a los templos acudieron, 	
sin ser de su crueza reservados, 	
los otros a las casas principales 	
de grandes, o a robar los cardenales. 	
   Esto hicieron ya después que el fiero 	
furor de los nefarios luteranos, 	
asaz harto de haber con duro acero 	
tan gran matanza hecho en los cristianos, 	
con hambre insaciable de dinero, 	
acudieron al robo que sus manos 	
dejaban, por seguir otros ejemplos, 	
en corromper doncellas, quemar templos. 	
   Hanse hartado ya, ya no les queda 	
que poder hacer más, de lo que han hecho, 	
ni hay cosa ya que aprovecharles pueda, 	
ni en cosa en que no tengan su derecho. 	
Vuestra piedad, o príncipes, conceda 	
a Roma quedar libre deste estrecho; 	
miralda por el suelo ya arruinada 	
del furor y rigor de vuestra espada. 	
   Nunca se vio jamás en tal extremo 	
con haber sido perseguido tanto, 	
y es tanto que acordarme dello tremo, 	
y me corta el vigor el crudo espanto. 	
Que Alarico, en crueza rey supremo, 	
ni Atila le puso en igual llanto, 	
cual ahora se ve toda asolada 	
del furor y rigor de vuestra espada. 	
   Pideos humilde, o príncipes, que el fiero 	
cerco le alcéis, pues no le ha ya quedado 	
ropa, joyas, haciendas, ni dinero, 	
en que el campo no esté todo entregado; 	
mejor veis esto vos, que yo os refiero, 	
y mejor sabéis vos la que se ha usado 	
con la mísera Roma que os demanda 	
la piedad en hazaña tan infando.
 	
FILIBERTO:
	
	
Gran romano, no sé cómo te diga 	
el dolor que de Roma se ha sentido, 	
ni qué camino en este caso siga 	
que satisfaga, y sea yo creído, 	
porque no faltará quien contradiga 	
que de mí fue y ha sido consentido, 	
hacer a la alta Roma tal ultraje, 	
de las paces quebrando el homenaje. 	
   Bien es a todo el mundo manifiesto 	
lo poco que yo debo en esta parte, 	
y así no quiero disculparme en esto, 	
sino respuesta a tu embajada darte, 	
y digo que del cerco tan molesto 	
que con justicia dices agraviarte, 	
serás libre, y el campo levantado, 	
así cual pide Roma en tu recado. 
	
MENSAJERO:
		

Pues, general valeroso, 	
cuya bondad da ocasión 	
que olvidemos la pasión 	
de nuestro estado lloroso, 	
de aqueste fiero combate 	
tres captivas han traído 	
a tu real; yo las pido, 	
dando el debido rescate. 
	
FILIBERTO:
		
En eso y en lo demás 	
se cumplirá lo que dices, 	
como tú dello me avises, 	
sin faltar desto jamás. 	
Atambor, echad un bando 	
que cualquiera que tuviere 	
tres cativas, sea quien fuere, 	
las venga manifestando. 
	
ATAMBOR:
	

Manda el señor general 	
por bando, a ser compelido 	
al que de Roma ha traído 	
tres romanas al real, 	
que para ser rescatadas 	
de su miserable suerte, 	
manda so pena de muerte 	
sean luego ante él llevadas. 
	
AVENDAÑO:
		

Habiendo tu bando oído, 	
venimos a obedecello, 	
como es justicia hacello, 	
y tú ser obedecido. 	
Estas son las tres cativas 	
que del asalto romano 	
trujimos por nuestra mano 	
a las prisiones esquivas. 
	
FILIBERTO:
		
¿Son éstas las que buscáis? 
	
MENSAJERO:
		

Señor sí, aquestas son 	
cuya nobleza y blasón 	
es más de lo que pensáis, 	
y así, soldados valientes, 	
sin que en esto haya debate, 	
ponelde nombre al rescate 	
de las cativas presentes. 
	
ESCALONA:
		

Siendo de tanto valor 	
no tenemos que pedir, 	
mas querello remitir 	
a vuestro acuerdo, señor. 	
Y lo que hicierédes vos, 	
nosotros lo obedecemos, 	
y contentos quedaremos, 	
de cualquier modo, los dos.
 	
MENSAJERO:
	
	
El gran cardenal Colona, 	
alto general, me envía 	
a esto, y él te pedía 	
lo que lo por su persona. 	
Él dará resolución 	
de lo que se debe dar, 	
o quisieren demandar, 	
por aquesta redención. 
	
FILIBERTO:
		
¿Qué queréis, señor soldado, 	
que se os envíe en rescate?
 	
AVENDAÑO:
	

Señor, deso no se trate, 	
que eso a vos queda encargado.
 	
FILIBERTO:
		
Llevaldas, pues tan hidalgo 	
Avendaño se os ofrece, 	
y más de la que merece 	
por fácil merezca algo. 	
CORNELIA:
		

Sumo general de España, 	
no sé con qué razón diga 	
lo que tu bondad me obliga, 	
en tan heroica hazaña. 	
Mas remítolo al sentido, 	
pues se me turba la lengua, 	
y súplase aquesta mengua 	
con ser el caso entendido. 	
Nosotras cautivas fuimos 	
destos dos fuertes soldados, 	
en quien hallamos cobrados 	
los regalos que perdimos. 	
Porque en el buen tratamiento, 	
no pudiera yo su madre, 	
ni su poderoso padre, 	
tratarlas con más contento. 	
Y en nuestras penas esquivas 	
y en nuestras ansias sobradas, 	
fuimos servidas, guardados, 	
que nunca fuimos cativas. 	
Y así se enviará a los dos 	
el rescate, oh general, 	
tal, y si no fuere tal, 	
a pedirlo iré por Dios.
 	
MENSAJERO:
	
	
Dándonos, señor, licencia, 	
queremos ir nuestra vía. 
	
FILIBERTO:
		
Vaya Dios en vuestra guía. 
	
MENSAJERO:
		

Y él quede en vuestra presencia. 
	
FILIBERTO:
	
	Vos de mi guardia id con ellos, 	
acompañad su viaje, 	
no se le impida el pasaje, 	
y alguien se atreva a orendellos. 	
Valeroso don Fernando, 	
el campo recogeréis 	
luego, y con él os iréis 	
para Bolonia marchando, 	
porque nuestro emperador 	
me envían hoy avisar 	
que allá se va a coronar.
 	
DON FERNANDO:
	
	Así lo haré, señor. 	
Toca a recoger al punto, 	
y di a la gente de guerra 	
que el bando, y dejar la tierra, 	
se tiene de cumplir junto. 	
Que so pena de la vida 	
el que en Roma se tardare 	
un hora, si no marchare 	
a Boloña en vio seguida. 
ATAMBOR:
	

Manda el señor don Fernando, 	
en nombre del general, 	
que todos los del real 	
le sigan luego marchando, 	
y que dejando sus modos 	
y tratos, dentro de un hora 	
oyendo mi voz agora, 	
venga a noticia de todos. 


Jornada IV
Pág. 05 de 5
El Saco de Roma Juan de la Cueva


DON FERNANDO GONZAGA. CAPITÁN SARMIENTO. SALVIATI. EMPERADOR CARLOS QUINTO.


Llegados a Bolonia DON FERNANDO DE GONZAGA y el CAPITÁN SARMIENTO, se encuentran, tratan de algunas cosas, y de la ocasión que lo movió al EMPERADOR a querer coronarse en Bolonia. Sale el invicto EMPERADOR, recibe la corona imperial por la mano de SALVIATI.

DON FERNANDO:
	
No sé cómo encareceros 	
señor capitán Sarmiento, 	
el regocijo que siento 	
de veros bueno, y de veros. 	
Y aunque en mi larga jornada 	
he venido quebrantado, 	
con solo haberos hallado, 	
es suave y regalada.
 	
CAPITÁN:
	

En esa mesma ocasión, 	
es tan bueno mi derecho 	
que me deja satisfecho 	
con no deciros razón. 	
Que siendo tan conocida 	
mi pura amistad de vos, 	
no hay engaño entre los dos, 	
si las dos es una vida. 	
   Y dejando esto a una parte, 	
decidme cómo os ha ido 	
en el saco, que he sabido 	
que alcanzastes buena parte. 	
Esto supe en Barcelona 	
de un correo que llegó 	
de Roma, que se envió 	
a la Imperial persona. 	
   Con el cual me pasó un cuento 	
bien gracioso sobre mesa, 	
que contando vuestra empresa 	
perdió el hablar, y aun el tiento. 	
Porque le sentí el humor 	
que era amigo de brindar, 	
tanto como de hablar 	
con ser muy buen hablador. 	
   Hice que menudeasen 	
los pajes en su porfía, 	
de un vino de Malvasía, 	
y que las tazas colmasen. 	
Él enamorado dellas, 	
siguiendo tras sus amores 	
se puso de más colores 	
que el arco de las doncellas. 	
   Vino el negocio a tal punto 	
que vierais vuestro correo 	
no correr, ni dar meneo 	
que no fuese todo él junto. 	
Yo por honor de su fama 	
hice que lo desnudasen, 	
y de brazo lo llevasen 	
a reposar a la cama. 	
   Y luego que amaneció, 	
me dijo muy reposado: 	
cierto no ha mal caminado 	
quien de Roma ayer salió. 	
Yo, visto que aún te duraba 	
el humo de Malvasía, 	
nada no le respondía, 	
y de vos le preguntaba. 	
Y a poder de rempujones, 	
me dio estas nuevas de vos, 	
que las estimé por Dios, 	
cual razón, no cual razones. 	
Y no me fiara dél, 	
por estar tal, cual os digo, 	
mas afírmolo un su amigo 	
que posó junto con él. 
	
DON FERNANDO:
		

En el asalto romano, 	
es negocio tan cantado 	
que no se halló soldado 	
que no hinchese la mano. 	
Por donde bien se entendía 	
que si a todos les sobraba, 	
que a mí que entre ellos andaba, 	
tampoco me faltaría. 	
   Porque veáis por las calles 	
ropas, tapices, vajillas, 	
sin estimarse, esparcillas, 	
y esparcidas, no tocalles. 	
Verdad es, que los de España 	
el robar ejercitaban, 	
contrario de lo que usaban 	
los bárbaros de Alemaña. 	
Estos, ni templo dejaron, 	
ni religión que no entrasen, 	
ni imagen que no quemasen, 	
ni monja que no forzaron. 	
No procuraban dinero, 	
que dél no hacían cuenta, 	
mas con una sed sangrienta, 	
satisfacían a Lutero. 	
   Pero la gente invencible 	
de la nación española 	
fue la que no pudo sola 	
sufrir maldad tan terrible. 	
Y así siempre los seguían, 	
y los hacían mil pedazos, 	
y con sus valientes brazos, 	
la cristiandad defendían. 	
   Los rebeldes luteranos 	
en un riesgo tan extraño 	
Recibían mayor daño 	
de España que de romanos. 	
Mas al fin ellos hicieron 	
cuanto pudo ser posible, 	
y aun cosas que es imposible 	
que hombres a tal se atrevieron. 	
   Y pudiérate contar 	105
cosas que vi con mis ojos, 	
y en cosas hacer despojos, 	
que te hiciera llorar. 	
Mas déjolas, porque huyo 	
su memoria que me atormenta, 	
sólo porque me des cuenta 	
de una cosa en que concluyo. 	
   ¿Cuál ha sido la razón 	
te ruego me des aviso, 	
porque aquí el gran César quiso 	
hacer su coronación? 	
Si a Roma tenía sujeta, 	
y es uso allí coronarse, 	
¿Qué le movió aquí apartarse? 
	
CAPITÁN:
	

No ha sido causa secreta. 	
La causa más principal 	
fue la ruina presente, 	
y en un dolor tan reciente 	
el placer sería mortal. 	
También se consideró 	
que aderezos faltarían 	
en Roma, cual convenían 	
sabido que tal quedó. 	
   Otras causas te han movido 	
al emperador de España, 	
que son ir de aquí Alemaña, 	
a cosas que han sucedido, 	
principalmente aplacalla. 	
Que entre algunos señalados, 	
ejercitan alterados 	135
lanza, escudo, espada, y malla. 	
   A reducir a su fuero 	
algunas francas ciudades, 	
que intentando libertades, 	
huyen del cesáreo impero. 	
Y hanse venido a ligar 	
los esguizaros con ellas, 	
para querer defendellas, 	
y aquesto va a sosegar. 	
   Va a elegir los electores 	
del alto rey de romanos, 	
y a Hungría a esforzar los vanos 	
y repentinos temores 	
que Babada, rey de Buda, 	
con favor de Solimán, 	
junto gente, y que a Austria van 	
la primavera sin duda. 	
   Éstas y otras cosas son 	
las causas para no ir 	
a Roma, por acudir 	
de aquí, a su petición. 	
¿Y nosotros qué hacemos? 	
¿No oyes gran vocería? 	
De placer, sigue esta vía, 	
y en la ciudad nos entremos. 	
   Hora es ya, que este ruido 	
nos aviso que nos vamos, 	
porque si acá nos estamos 	
haremos lo no debido. 	
Sigamos este camino 	
que más cerca me parece, 	
por éste que se me ofrece, 	
don Fernando, te encamino.
 	
SALVIATI:
	

Excelso emperador, luz de la tierra, 	
a quien el sumo Altitonante tiene 	
por pilar de su fe, pues en ti encierra 	
cuanto a tal ministerio a ver conviene, 	
por quien el fiero turco se destierra, 	
y el valiente francés temo, y no viene 	
a inquietar el mundo, que tu mano 	
invencible, sujeta y tiene llano. 	
   Guardando el uso que se guarda en esto, 	
tu majestad católica, en presencia 	
de Dios, me juro siempre estar dispuesto 	
con eterna observancia y obediencia 	
en defender la Iglesia, del molesto 	
Lutero, y los demás, que con violencia 	
la ofendieren, siguiendo el crudo intento. 
	
EMPERADOR:
	

Yo ratifico vuestro juramento. 
	
SALVIATI:
		

Reciba vuestra majestad, agora, 	
las insignias que pide la grandeza 	
de emperador, y aquesta vencedora 	
mano, tenga este cetro de firmeza; 	
esta espada, que sea domadora 	
del enemigo de la fe, y su alteza; 	
este mundo de oro, que es el mundo 	
de que os hace señor, sin ser segundo. 	
Esta corona a vos justa y debida, 	
sustente la cabeza gloriosa, 	
como cabeza de la fe, eligida, 	195
para ampararla de la cisma odiosa. 	
Y el cielo os dé y otorgue tanta vida 	
cuanto durare en él la luz hermosa 	
del sol, y os dé vitorias excelentes 	
de varias, fieras, y enemigas gentes. 	
   Y porque resta que la sacra mano 	
del vicario de Dios os unja, vamos, 	
Emperador dignísimo romano, 	
a quien el ceptro y obediencia damos, 	
y el Hacedor del cielo tan ufano 	
os haga, que de vos solo veamos 	
el nombre eterno, de inmortal memoria, 	
poniendo fin en esto a nuestra historia. 	



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