El Señor de Bembibre:08

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Los días que siguieron al encierro de doña Beatriz fueron, efectivamente, para el señor de Bembibre todo lo penosos y desabridos que le hemos oído decir, y aún algo más. Sin embargo, su natural violento e impetuoso mal podía avenirse con un pesar desmayado y apático, y día y noche había estado trazando proyectos a cual más desesperados. Unas veces pensaba en forzar a mano armada el asilo pacífico de Villabuena al frente de sus hombres de armas en mitad del día y con la enseña de su casa desplegada. Otras resolvía enviar un cartel al conde de Lemus. Ya imaginaba pedir auxilio a algunos caballeros templarios y sobre todo al comendador Saldaña, alcaide de Cornatel, que sin duda se hubieran prestado en odio del enemigo común, y ya, finalmente, aunque como relámpago fugaz, parto de la tempestad que estremecía su alma, llegó a aparecérsele la idea de una alianza con un jefe de bandidos y, proscritos llamado el Herrero, que de cuando en cuando se presentaba en aquellas montañas a la cabeza de una cuadrilla de gentes, restos de las disensiones domésticas que habían agitado hasta entonces la corona de Castilla.

Comoquiera, a cada una de estas quimeras salía al paso prontamente ya la noble figura de doña Beatriz indignada de su audacia; ya el venerable semblante de su tío el maestre que le daba en rostro con los peligros que acarreaba a la orden, ya, finalmente, la voz inexorable de su propio honor que le vedaba otros caminos; y entonces el caballero volvía a su lucha y a sus angustias, temblando por su única esperanza y entregado a todos los vaivenes de la incertidumbre. En tal estado sucedió la escena de que hemos dado cuenta a nuestros lectores, y don Álvaro hubo de ceder en sus desmandados propósitos, por ventura avergonzado de que la elevación de ánimo de una sola y desamparada doncella así aleccionase su impaciencia. De todas maneras, aquella conversación, que había descorrido enteramente el velo y manifestado el corazón de su amante en el lleno de su virtud y belleza, contribuyó no poco a sosegar su espíritu rodeado hasta allí de sombras y espantos.

Así se pasó algún tiempo sin que don Álvaro hostigase a su hija, siguiendo en esto los consejos de su mujer y de la piadosa abadesa, y doña Beatriz, por su parte, sin quejarse de su situación y convertida en un objeto de simpatía y de ternura para aquellas buenas religiosas, que se hacían lenguas de su hermosura y apacible condición. Gozaba, como hemos dicho, de bastante libertad y paseaba por las huertas y sotos que encerraba la cerca del monasterio, y su corazón llagado se entregaba con inefable placer a aquellos indefinibles goces del espíritu que ofrece el espectáculo de una naturaleza frondosa y apacible. Su alma se fortificaba en la soledad y aquella pasión pura en su esencia se purificaba y acendraba más y más en el crisol del sufrimiento ahondando sus raíces a manera de un árbol místico en el campo del destierro, y levantando sus ramas marchitas en busca del rocío bienhechor de los cielos.

Esta calma, sin embargo, duró muy poco. El conde de Lemus volvió a presentarse reclamando sus derechos, y don Alonso entonces intimó a su hija su última e irrevocable resolución. Como este era un suceso que forzosamente había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni disgusto alguno y se contentó con rogar a su padre que le dejase hablar a solas con el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.

Como nuestros lectores habrán de tratar un poco más de cerca a este personaje en el curso de esta historia, no llevarán a mal que les demos una ligera idea de él. Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemus, y señor el más poderoso de toda Galicia, era un hombre a quien venía por juro de heredad la turbulencia, el desasosiego y la rebelión, pues sus antecesores, a trueque de engrandecer su casa, no habían desperdiciado ocasión, entre las muchas que se les presentaron, cuando el trono glorioso de San Fernando se deslustró en manos de su hijo y de su nieto con la sangre de las revueltas intestinas. Don Pedro, por su parte, como venido al mundo en época más acomodada a estos designios, pues alcanzó la minoría turbulenta de don Fernando, el Emplazado, aumentó copiosamente sus haciendas y vasallos, con la ayuda del infante don Juan, que entonces estaba apoderado del reino de León, sin escrupulizar en ninguna clase de medios. Por aquel tiempo fue cuando, con amenaza de pasarse al usurpador, arrancó a la reina doña María la dádiva del rico lugar de Monforte con todos sus términos, abandonándola enseguida y engrosando las filas de su enemigo. Esta ruindad que, por su carácter público y ruidoso, de todos era conocida, tal vez no equivalía a los desafueros de que eran teatro entonces sus extendidos dominios. Frío de corazón, como la mayor parte de los ambiciosos, sediento de poder y riquezas con que allanar el camino de sus deseos; de muchos temido, de algunos solicitado y odiado del mayor número, su nombre había llegado a ser un objeto de repugnancia para todas las gentes dotadas de algún pundonor y bondad. A vueltas de tantos y tan capitales vicios no dejaba de poseer cualidades de brillo: su orgullo desmedido se convertía en valor siempre que la ocasión lo requería; sus modales eran nobles y desembarazados, y no faltaba a los deberes de la liberalidad en muchas circunstancias, aunque la vanidad y el cálculo fuesen el móvil secreto de sus acciones.

Este era el hombre con quien debía unir su suerte doña Beatriz. Cuando llegó el día de la entrevista, se adornó uno de los locutorios del convento con esmero para recibir a un señor tan poderoso, y presunto esposo de una parienta inmediata de la superiora. La comitiva del conde, con don Alonso y algún otro hidalguillo del país, ocupaban una pieza algo apartada, mientras él, sentado en un sillón a la orilla de la reja, aguardaba con cierta impaciencia y aun zozobra la aparición de doña Beatriz.

Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto, observó con cuidado el aire y facciones de aquel hombre que tantos disgustos le había acarreado y que tantos otros podía acarrearle todavía. Pasaba de treinta años y su estatura era mediana; su semblante, de cierta regularidad, carecía, sin embargo, de atractivo o, por mejor decir, repulsaba, por la expresión de ironía que había en sus labios delgados revestidos de cierto gesto sardónico; por el fuego incierto y vagaroso de sus miradas en que no asomaba ningún vislumbre de franqueza y lealtad, y finalmente por su frente altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares. Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de una cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y con los ojos fijos en aquella hermosa aparición, que sin duda encontraba superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña Beatriz le hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.

-No haré tal, hermosa señora -respondió él cortésmente, porque vuestro vasallo nunca querría igualarse con vos, que en todos los torneos del mundo seríais la reina de la hermosura. ¡Ojalá fuerais igualmente la de los amores!

-Galán sois -respondió doña Beatriz-, y no esperaba yo menos de un caballero tal; pero ya sabéis que las reinas gustamos de ser obedecidas, y así espero que os sentéis. Tengo además que deciros cosas en que a entrambos nos va mucho -añadió con la mayor seriedad.

El conde se sentó no poco cuidadoso, viendo el rumbo que parecía tomar la conversación, y doña Beatriz continuó:

-Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto, y sin averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis, y por lo mismo no me amáis.

-Por esta vez habéis de perdonar -repuso el conde-. Cierto es que no habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.

Doña Beatriz disgustada de encontrar la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y decoro:

-Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.

-¿Y por qué no?, doña Beatriz -repuso él con su fría y resuelta urbanidad-; cuando os llaméis mi esposa comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud tal vez harto viva con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis sin duda por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes deleites y regocijos y que encontrará sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.

Doña Beatriz comparaba en su interior este lenguaje artificioso en que no vibraba ni un sólo acento del alma, con la apasionada sencillez y arrebato de las palabras de su don Álvaro. Conoció que su suerte estaba echada irrevocablemente, y entonces, con una resolución digna de su noble energía, respondió:

-Yo nunca podré amaros, porque mi corazón ya no es mío.

Tal era en aquel tiempo el rigor de la disciplina doméstica, y tal la sumisión de las hijas a la voluntad de los padres, que el conde se pasmó al ver lo profundo de aquel sentimiento, que así traspasaba los límites del uso en una doncella tan compuesta y recatada. Algo sabía de los desdichados amores que ahora empezaban a servir de estorbo en su ambiciosa carrera, pero acostumbrado a ver ceder todas las voluntades delante de la suya, se sorprendía de hallar un enemigo tan poderoso en una mujer tan suave y delicada en la apariencia. Con todo, su perseverancia nunca había retrocedido delante de ningún género de obstáculos; así es que, recobrándose prontamente, respondió no sin un ligero acento sardónico que toda su disimulación no fue capaz de ocultar.

-Algo había oído decir de esa extraña inclinación hacia un hidalgo de esta tierra; pero nunca pude creer que no cediese a la voz de vuestro padre y a los deberes de vuestro nacimiento.

-Ese a quien llamáis con tanto énfasis hidalgo -respondió doña Beatriz sin inmutarse es un señor no menos ilustre que vos. La nobleza de su estirpe sólo tiene por igual la de sus acciones, y si mi padre juzga que tan reprensible es mi comportamiento, no creo que os haya delegado a vos su autoridad que sólo en él acato.

Quedóse pensativo el conde un rato como si en su alma luchasen encontrados afectos, hasta que, en fin, sobreponiéndose a todo, según suele suceder, la pasión dominante, respondió con templanza y con un acento de fingido pesar.

-Mucho me pesa, señora, de no haber conocido más a fondo el estado de vuestro corazón, pero bien veis que, habiendo llevado tan adelante este empeño, no fuera honra de vuestro padre ni mía exponernos a las malicias del vulgo.

-¿Quiere decir -replicó doña Beatriz con amargura- que yo habré de sacrificarme a vuestro orgullo? ¿De ese modo amparáis a una dama afligida y menesterosa? ¿Para eso traéis pendiente del cuello ese símbolo de la caballería española? Pues sabed -añadió con una mirada propia de una reina ofendida- que no es así como se gana mi corazón. Id con Dios, y que el cielo os guarde, porque jamás nos volveremos a ver.

El conde quiso replicar, pero le despidió con un ademán altivo que le cerró los labios, y levantándose se retiró paso a paso y como desconcertado, más que con el justo arranque de doña Beatriz con la voz de su propia conciencia. Sin embargo, la presencia de don Alonso y de los demás caballeros restituyó bien presto su espíritu a sus habituales disposiciones, y declaró que, por su parte, ningún género de obstáculo se oponía a la dicha que se imaginaba entre los brazos de una señora, dechado de discreción y de hermosura. El señor de Arganza al oírlo, y creyendo tal vez que las disposiciones de su hija hubiesen variado, entró en el locutorio apresuradamente.

Estaba la joven todavía al lado de la reja con el semblante encendido y palpitante de cólera, pero al ver entrar a su padre, que a pesar de sus rigores era en todo extremo querido a su corazón, tan terribles disposiciones se trocaron en un enternecimiento increíble, y con toda la violencia de semejantes transiciones, se precipitó de rodillas delante de él, y extendiendo las manos por entre las barras de la reja, y vertiendo un diluvio de lágrimas, le dijo con la mayor angustia:

-¡Padre mío, padre mío!, ¡no me entreguéis a ese hombre indigno!, ¡no me arrojéis en brazos de la desesperación y del infierno! ¡Mirad que seréis responsable delante de Dios de mi vida y de la salvación de mi alma!

Don Alonso, cuyo natural franco y sin doblez, no comprendía el disimulo del conde, llegó a pensar que su discreción y tino cortesano habían dado la última mano a la conversación de su hija, y aunque no se atrevía a creerlo, semejante idea se había apoderado de su espíritu mucho más de lo que podía esperarse de tan corto tiempo. Así, pues, fue muy desagradable su sorpresa viendo el llanto y desolación de doña Beatriz. Sin embargo, le dijo con dulzura:

-Hija mía, ya es imposible volver atrás; si este es un sacrificio para vos, coronadlo con el valor propio de vuestra sangre, y resignaos. Dentro de tres días os casaréis en la capilla de nuestra casa con toda la pompa necesaria.

-¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme más tiempo tan siquiera!...

Pensado está -respondió don Alonso-, y el término es suficiente para que cumpláis las órdenes de vuestro padre.

Doña Beatriz se levantó entonces, y apartándose los cabellos con ambas manos de aquel rostro divino, clavó en su padre una mirada de extraordinaria intención, le dijo con voz ronca:

-Yo no puedo obedeceros en eso, y diré «no» al pie de los altares.

-¡Atrévete, hija vil! -respondió el señor de Arganza fuera de sí de cólera y de despecho-, y mi maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y te consumirá como fuego del cielo. Tú saldrás del techo paterno bajo su peso, y andarás como Caín, errante por la tierra.

Al acabar estas tremendas palabras se salió del locutorio, sin volver la vista atrás, y doña Beatriz después de dar dos o tres vueltas como una loca, vino al suelo con un profundo gemido. Su tía y las demás monjas acudieron muy azoradas al ruido, y ayudadas de su fiel criada la transportaron a su celda.



El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco

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