El Señor de Bembibre:10

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Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina, y encaminándose a Ponferrada subió el monte de Arenas, torció a la izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar en la bailía tomó la vuelta de Cornatel. Caminaba orillas del Sil, ya entonces junto con el Boeza, y con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles que el viajero no se cansa de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Ora atravesaba un soto de castaños y nogales, ora un linar cuyas azuladas flores semejaban la superficie de una laguna, ora praderas fresquísimas y de un verde delicioso, y de cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino cubierto a manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda subían, en un declive manso a veces y a veces rápido, las montañas que forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y alamedas de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de palomas torcaces con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las pomposas oropéndolas y los vistosos gayos revoloteaban entre los árboles, y pintados jilgueros y desvergonzados gorriones se columpiaban en las zarzas de los setos. Los ganados salían con sus cencerros, y un pastor jovencillo iba tocando en una flauta de corteza de castaño una tonada apacible y suave.

Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.

Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en la cresta de la montaña la mole del castillo iluminada ya por los rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía oscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores. Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo parece una estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el esqueleto del castillo todavía se mantienen en pie y ofrece el mismo espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.

Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba su ánimo combatido de deseos y esperanzas, a cual más inciertas, pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra en aquella pacífica comarca y, por otra parte, ningún velo pudiera encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo que cercaba todas las cosas de aquella orden.

El comendador que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta, y conociéndole cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con, un afecto casi paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra. Era don Gutierre de Saldaña hombre ya entrado en días; de regular estatura, pelo y barba como de plata; pero ágil y fuerte en sus movimientos como un mancebo. Su semblante hubiera infundido sólo veneración a no ser por la inquietud y desasosiego de alma que privaba a aquel noble busto romano del reposo y calma que tan naturales adornos son de la ancianidad. Eran sus ojos vivos y rasgados de increíble fuerza, y en su frente, elevada y espaciosa, se pintaban como en un fiel espejo pensamientos semejantes a las nubes tormentosas que coronan las montañas, que unas veces se disipan azotadas del viento y otras veces descargan sobre la atemorizada llanura. Cualquiera al verle hubiera dicho que las pasiones habían ejecutado su estrago en aquel natural poderoso y enérgico, pero de cuantas habían agitado su juventud, para todos desconocida y enigmática, sólo una había quedado por señora de aquel alma profunda e insondable como un abismo. Esta pasión era el amor a su orden y el deseo de acrecentar su honra y su opulencia, término cuyo logro no encontraba en él diferencia en los caminos. Su vida se había pasado en la Tierra Santa en continuas batallas con los infieles y en medio de los odios de los caballeros de San Juan y de los príncipes que tan fieros golpes dieron al poder de los cristianos en la Siria, y por último, había asistido a la ruina de San Juan de Acre o Tolemaida, postrer baluarte de la cruz en aquellas regiones apartadas. Entonces dio la vuelta a España, su patria, herida su alma altiva y rebelde en lo más vivo, pensando en la Tierra Santa que perdían para siempre sus hermanos, y cargado, en fin, con todos los vicios que legítimamente podían atribuirse a la milicia del Temple. Parecióle que, en vista de la tibieza con que la Europa comenzaba a mirar la conquista de ultramar, sólo para los templarios estaba guardada tamaña empresa, y en el desvarío de su despecho y de su orgullo llegó a imaginar la Europa entera convertida en una monarquía regida por el gran maestre, y que al son de las trompetas de la orden y alrededor del Balza se movía de nuevo y como animada de una sola voluntad en demanda del Santo Sepulcro. El ejemplo de los caballeros teutónicos en Alemania acabó de encender su fantasía volcánica, y vueltos sus ojos a Jerusalén, trabajando sin cesar por el engrandecimiento de su hermandad y codiciando para ella alianzas y apoyos en todas partes, sus amigos se habían convertido para él en hijos queridos y sus contrarios en criaturas odiosas, como si el mismo infierno las vomitara. Aquel alma sombría y tremenda, exacerbada con la desgracia y lejos de la abnegación y la humildad, fuentes puras de la institución, se había amargado con las aguas del orgullo y de la venganza, móvil entonces el más poderoso de sus acciones. Comoquiera, la fe iluminaba todavía aquel abismo, si bien su luz hacía resaltar más sus tinieblas.

Este hombre extraordinario quería a don Álvaro con pasión, no sólo a causa de su confedración con la orden, sino por sus prendas hidalgas y elevado ingenio. No parecía sino que un reflejo de sus días juveniles se pintaba en aquella figura de tan noble y varonil belleza. Hasta le habían oído hablar con una mal disimulada emoción de la desdichada pasión del noble mancebo, cosa extraña en su austeridad y adusto carácter. Los recientes sucesos de Francia acababan de dar la última mano a sus extraños proyectos, porque una vez arrojado el guante por los príncipes, la poderosa orden del Temple tendría que presentar la gran batalla, de la cual, en su entender, debía resultar la total sumisión de la Europa y tras de ella la reconquista de Jerusalén. Sin embargo, por muchas que fueran las tinieblas con que el orgullo y el error cegaban su entendimiento, de cuando en cuando la verdad le mostraba algún vislumbre que si no bastaba para disiparlas, sobraba para introducir en su alma la inquietud y el recelo. Con esto se había llegado a hacer más ceñudo y menos tratable que de costumbre, y fuese por respeto a sus meditaciones o por motivo menos piadoso, los caballeros y aspirantes esquivaban su conversación.

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miran hacia poniente cuando divisó, con su vista de águila y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

-¿De dónde bueno tan temprano? -le dijo abrazándole estrechamente.

-De mi castillo de Bembibre -respondió el caballero.

-¡De Bembibre! -contestó el comendador como admirado-. Quiere decir que habéis andado de noche y que vuestra prisa debe ser muy grande y ejecutiva.

Don Álvaro hizo una señal de afirmación con la cabeza, y el anciano, después de examinarle atentamente, le dijo:

-¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el mismo semblante que teníamos los templarios el día que nos embarcamos para Europa! ¿Qué os ha pasado en este mes en que no hemos podido echaros la vista encima?

-Ni yo mismo sabría decíroslo -respondió don Álvaro-, y sobre todo aquí -añadió echando una mirada alrededor.

-Sí, sí, tenéis razón -contestó Saldaña, y asiéndose de su brazo subió con él al mismo torreón en que antes estaba.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó de nuevo el comendador.

El joven por única respuesta sacó del seno la carta de doña Beatriz y se la entregó. Como era tan breve, el comendador la recorrió de una sola ojeada, y dijo, frunciendo el entrecejo, de una manera casi feroz, aunque en voz baja:

-¡Ira de Dios, señores villanos!, ¿conque queréis acorralarnos y destrozar además el pecho de gentes que valen algo más que vosotros? ¿Y qué habéis pensado? -repuso volviéndose a don Álvaro.

-He pensado arrancarla de su convento aunque hubiese de romper por medio de todas las lanzas de Castilla; pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.

-Ni uno ni otro os faltarán. Habéis obrado como discreto, porque si a vuestro castillo os la llevaseis o tendríais que abrir de grado sus puertas a quien fuese a buscarla, o se encendería al punto la guerra, cosa que daría gran pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por ahora.

-Si yo pudiera esconderla en las cercanías -repuso don Álvaro- hasta que pasase el primer alboroto, la pondría después en un convento de la Puebla de Sanabria, donde es abadesa una pariente mía.

-Pues, en ese caso -replicó Saldaña-, traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas al lado de una cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie de consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta, mucha diligencia habéis menester para impedir un suceso que ha de quedar concluido pasado mañana.

-Y tanta -respondió don Álvaro-, que esta misma noche pienso dar cima a la empresa -y enseguida le contó la visita de Martina y la traza concertada que al comendador le pareció muy bien.

Quedáronse entonces entrambos en silencio como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de oriente y norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano, que parecía un continuo gemido. Entre norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Berdigum, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y a los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla o levantando el vuelo desaparecía detrás de los encarnados picachos de las Médulas.

Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena oculto por un recodo de los montes.

-¡Dichosas orillas del mar Muerto! -prorrumpió, por fin, con un suspiro el anciano comendador-. ¡Cuánto más agradables y benditas eran para mí sus arenas que la frescura y lozanía que engalana aquellas orillas!

Aquella repentina exclamación que revelaba el sentido de sus largas meditaciones, arrancó de su distracción a don Álvaro.

Acercóse entonces al templario, y le dijo:

-¿No confiáis en que los caballos del Temple vuelvan a beber las aguas del Cedrón?

-¡Qué sino confío! -exclamó el caballero con una voz semejante a la de una trompeta-. ¿Y quién sino esta confianza mantiene la hoguera de mi juventud bajo la nieve de estas canas? ¿Por qué conservo a mi lado esta espada, sino es por la esperanza de lavarla en el Jordán del orín de la mengua y del vencimiento?

-Os confieso -contestó don Álvaro- que, al ver la tormenta que parece formarse contra vuestra orden, algunas veces he llegado a dudar de vuestras glorias futuras y hasta de vuestra existencia.

-Sí -replicó el templario con amargura-, ese es el premio que da Felipe en Francia a los que le salvaron de las garras de un populacho amotinado. Ese sin duda el que nos prepara el rey don Jaime por haber criado en nuestro nido el águila que con un vuelo glorioso fue a posarse en las mezquitas de Valencia y las montañas de Mallorca. Ese tal vez el que don Fernando el IV guarda a los únicos caballeros que entre los lobos hambrientos de Castilla no han embestido su mal guardado rebaño. Pero nosotros saldremos de las sombras de la calumnia como el sol de las tinieblas de la noche; nosotros abatiremos a los soberbios y levantaremos a los humildes; nosotros reuniremos el mundo al pie del Calvario, y allí comenzará para él la era nueva.

-¿Habéis oído alguna vez las reflexiones de mi tío?

-Vuestro tío es una estrella limpia y sin mancha en el cielo de nuestra orden -replicó el comendador-, y tal vez dice verdad; pero vuestro tío se olvida -añadió con orgulloso entusiasmo- que el primer don del cielo es el valor que todavía habita en el corazón de los templarios como en su tabernáculo sagrado. Acaso es cierto que el orgullo nos ha corrompido; ¿pero quién ha vertido más sangre por la causa de Dios? ¿Dónde estaban para nosotros el cariñoso calor del hogar doméstico, el noble ardor de la ciencia y el reposo del claustro? ¿Qué nos quedaba sino el poder y la gloria? Cualquiera que sea nuestra culpa, con nuestra sangre la volveremos a lavar, y con nuestras lágrimas en las ruinas del palacio de David. Pero ¿quiénes son esos gusanos viles que han dejado el sepulcro de Cristo en poder de los perros de Mahoma para juzgarnos a nosotros, a quien todo el poder del cielo y del infierno apenas fue bastante a arrojar de aquellas riberas?

Calló entonces por un rato, y después, tomando la mano de su compañero, le dijo con un acento casi enternecido.

-Don Álvaro, vuestra alma es noble y no hay cosa que no comprenda, pero vos no sabéis lo que es haber sido dueños de aquella tierra milagrosa y haberla perdido. Vos no podéis imaginaros a Jerusalén en medio de su gloria y majestad. Y ahora -continuó con los ojos casi bañados de lágrimas-, ahora está sentada en la soledad llorando, hilo a hilo en la noche, y sus lágrimas en sus mejillas. El laúd de los trovadores ha callado como las arpas de los profetas, y ambos gimen al son del viento colgados de los sauces de Babilonia. Pero nosotros volveremos del destierro -añadió con un tono casi triunfante y levantaremos otra vez sus murallas con la espada en una mano y la llana en la otra, y entonaremos en sus muros el cántico de Moisés al pie de la cruz en que murió el Hijo del Hombre.

Aquel rostro surcado por los años se había encendido, y su noble figura, animada por el fuego que inspiran todas las pasiones verdaderas y vestida con aquel hermoso ropaje blanco que tan bien decía con su edad, asomada a los precipicios de Cornatel que por su hondura y oscuridad pudieran compararse al valle de la muerte, parecía el profeta Ezequiel evocando los muertos de sus sepulcros para el juicio final. Don Álvaro, que tan fácilmente se dejaba subyugar por todas las emociones generosas, apretó fuertemente la mano del anciano y le dijo conmovido:

-Dichoso el que pudiera contribuir a la santa obra. No será mi brazo el que os falte.

-Mucho podéis hacer -contestó Saldaña-. ¡Quiera Dios coronar nuestros nobles intentos!

Bajaron entonces a los aposentos del comendador, que eran unas cuantas cámaras de tosca estructura, una de las cuales tenía una escalera que descendía a la mina. Saldaña entregó a don Álvaro la llave de la puerta o trampa exterior, y bajando con él le hizo notar todos los ánditos y pasadizos subterráneos. Volvieron otra vez a los aposentos donde hicieron una frugal comida, y al caer el sol salió de nuevo don Álvaro con su escudero. Habíale ofrecido Saldaña algunas buenas lanzas por si quería escolta con que mejor asegurar su intento, pero el joven la rehusó prudentemente, haciéndole ver que el golpe era de astucia y no de fuerza, y que cuanto pudiese llamar la atención perjudicaría su éxito. Encaminóse, pues, solo con su escudero a la orilla del Sil, que cruzó por la barca de Villadepalos. Después se internó en la dehesa que ocupaba entonces la mayor parte del fondo del Bierzo, y dando un gran rodeo para evitar el paso por Carracedo tomó, ya muy entrada la noche, la vuelta de Villabuena.



El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco

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