El Señor de Bembibre:17

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Algunos meses se pasaron en este estado, hasta que una mañana al volver de la capilla donde largo tiempo habían estado orando, declaró doña Beatriz a su madre con voz muy serena y entera su voluntad de tomar el velo de las esposas del Señor en Villabuena:

-Ya veis, madre mía -le dijo-, que no es esto una determinación tomada en el arrebato de un justo dolor. Adrede he dejado pasar tantos días, durante los cuales se ha arraigado más y más en mi alma esta resolución, que por lo invariable parece venida de otro mundo mejor, ajeno a las vicisitudes y miserias del nuestro. La soledad del claustro es lo único que podrá responder a la profunda soledad que rodea mi corazón, y la inmensidad del amor divino lo único que puede llenar el vacío incomensurable de mi alma.

Doña Blanca se quedó como herida de un rayo con una declaración que nunca había previsto, aunque no era sino muy natural, y que así daba en tierra con todas las esperanzas de su esposo y aun con las suyas propias. No obstante, disipado en parte su asombro, tuvo fuerzas bastantes para responder:

-Hija mía, los días de mi vida están contados, y no creo pienses en privarme de tus cuidados, único bálsamo que los alarga. Después de mi muerte tú consultarás con tu conciencia, y si tienes valor para acabar así con tu linaje, y dejar morir en la soledad a tu anciano padre, el Señor te perdone y bendiga como te perdono y bendigo yo.

El alma de doña Beatriz, naturalmente generosa y desprendida, y a fuer de tal tanto más inclinada al sacrificio cuanto más doloroso se le presentaba, se conmovió profundamente con estas palabras a un mismo tiempo cariñosas y sentidas. No era fácil cambiar un propósito en tantas razones fundado, pero la idea de los pesares de su madre, que en ningún tiempo había tenido para ella sino consuelo y ternura, socavaba los cimientos de su enérgica voluntad. Poco trabajo, de consiguiente, costó a doña Blanca arrancarle la promesa de que nunca durante su vida volvería a mentarle semejante resolución; no atreviéndose a pedirle que desistiese de ella absolutamente, tanto porque fiaba del tiempo y de sus esfuerzos sucesivos, cuanto porque bien se le alcanzaban los miramientos y pulso que necesitaba el carácter de su hija.

Comoquiera, a poco se había obligado ésta, porque tan tasados estaban ciertamente los días de la enferma y postrada doña Blanca, que inmediatamente cayó en cama, convertidas sus habituales dolencias en una agudísima y ejecutiva. La edad, su complexión no muy robusta, la pérdida de sus hijos y sobre todo la enfermedad y pesares de doña Beatriz junto con la incertidumbre fatal en que la tenía sumida su anunciada vocación, habían concurrido a cortar los últimos hilos de su vida. La joven, en el extravío de su dolor, no pudo menos de atribuirse gran parte de la culpa de aquel desdichado suceso, y por primera vez comenzó a atormentar su alma el torcedor del remordimiento. Hasta el dolor de su padre parecía oprimirla con su peso; cargos desacertados sin duda, pues el término de aquella vida estaba irrevocablemente marcado, y sólo la exaltación de su sensibilidad podía pintarle como reprensible una conducta tan desinteresada y amante como la suya.

Doña Blanca durante su enfermedad no cesaba de dirigir a su hija miradas muy significativas y penetrantes y de estrechar su mano. No parecía sino que, deseosa de declararle su pensamiento, se contenía por no hacer más amarga la hora de la separación, de suyo tan amarga y lastimosa. Por fin, llegando el mal a su extremidad, el abad de Carracedo, que como amigo y confesor de la familia no se había apartado de su cabecera, le administró todos los auxilios y consuelos de la religión.

Con ellos pareció cobrar ánimos la enferma y salió, por fin, de la noche en que todos creyeron recoger su postrer suspiro; pero su ansiedad parecía mayor. El alba de un día lluvioso y triste comenzaba va a colorear los vidrios de colores de las ventanas, cuando doña Blanca, asiendo la mano de su hija, le dijo con voz apagada:

-Hace muchos días que está pesando sobre mí una idea de la cual podrías tú librarme, y darme una muerte descansada y dulce.

-¡Madre mía! -respondió con efusión doña Beatriz-, mi vida, mi alma entera son vuestras. ¿Qué no haré yo porque lleguéis al trono del Eterno contento de vuestra hija?

-Ya sabes -continuó la enferma- que nunca he querido violentar tus inclinaciones... ¿cómo había de intentarlo en esta hora suprema, en que la terrible eternidad me abre sus puertas? Tu voluntad es libre, libre como la de los pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos que llevo al sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro linaje...

-Acabad, señora -contestó doña Beatriz con dolorosa resignación-, que a todo estoy dispuesta.

-Sí -respondió la madre, pero de tu pleno y entero consentimiento... Sin embargo, si el noble conde de Lemus no fuese ya tan desagradable a tus ojos, si hubiese desarmado tu severidad, como ha desarmado la mía... El cielo sabe que mi fin sería muy sosegado y dichoso.

Doña Beatriz arrancó entonces un doloroso suspiro de lo íntimo de sus entrañas y dijo:

-¡Venga el conde ahora mismo, y le daré mi mano en el instante, delante de vos!

-¡No, no! -exclamaron a un tiempo, aunque con distintos acentos, la enferma y el abad de Carracedo que estaba sentado al otro lado de la cama-. ¡Eso no puede ser!

Doña Beatriz sosegó a entrambos con un gesto lleno de dignidad y enseguida replicó con calma y tranquilidad:

-Así será, porque tal es la voluntad de mis padres, en un tono acorde con la mía propia. ¿Dónde está el conde?

Don Alonso hizo seña a un paje que inmediatamente trajo al noble huésped. El abad, mientras tanto, había estado hablando vivamente y con enérgicos ademanes al señor de Arganza, y por los de éste se podía venir en conocimiento de que se excusaba con el enardecido monje. El conde de Lemus se llegó mesuradamente a la presencia de doña Beatriz y de su madre.

-Una palabra, señor caballero -dijo la joven, apartándole a un extremo del aposento donde habló con él un breve instante, al cabo del cual el conde se inclinó profundamente puesta la mano en el pecho, como en señal de asentimiento. Entonces volvieron delante del lecho de doña Blanca, y la doncella, dirigiéndose al abad, le dijo:

-¿Qué dudáis, padre mío?, mi voluntad es invariable, y sólo nos falta que pronunciéis las sagradas palabras.

El abad oyendo esto, aunque con repugnancia y con el corazón traspasado de amargura a vista de aquel tremendo sacrificio, pronunció con voz ronca la fórmula del sacramento y ambos esposos quedaron ligados con aquel tremendo vínculo que sólo desata la mano de la muerte.

Tales fueron las bodas de doña Beatriz en que sirvió de altar un lecho mortuorio, y de antorchas nupciales los blandones de los supulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella misma tarde, de manera que las lágrimas, los lamentos y los cánticos funerales venían a ser los himnos de regocijo de aquel día. ¡Raro y discordante contraste en cualquier otra ocasión semejante, consonancia íntima y perfecta de aquel desposorio, cuyos frutos de amargura y desdicha debían de ser!

Doña Beatriz en cuanto expiró su madre se aferró a su cuerpo con tan estrecho y convulsivo abrazo, que hubo necesidad de emplear la fuerza para separarla de aquel sitio de dolor. El abad y don Alonso se quedaron solos por un momento delante del cadáver todavía caliente.

-¡Pobre y angelical señora!, tu ciega solicitud y extremada ternura han labrado la desdicha de tu hija única. ¡La paz sea sobre tus restos! Pero vos -añadió, volviéndose al señor de Arganza con el ademán de un profeta-, ¡vos habéis herido el árbol en la raíz! y sus ramas no abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos. La soledad os cercará en la hora de la muerte, y los sueños que ahora os fascinan serán vuestro más doloroso torcedor.

Diciendo esto, se salió de la sala dejando como aniquilado a don Alonso que cayó sobre un sitial, hasta que el de Lemus, echándole de menos, vino a sacarle de su abatimiento. Llevóselo enseguida y dos o tres doncellas y un sacerdote entraron a velar el cadáver de aquella cuya grandeza y riquezas cabían en la estrechez y miseria del sepulcro.



El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco

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