El Señor de Bembibre:37

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Los tristes pronósticos de doña Beatriz fueron cumpliéndose muy aprisa desde aquel día, y sus padecimientos físicos, unidos a los combates de su alma, empezaron a desmoronar visiblemente aquel cuerpo de tantas maneras minado y cuarteado. Las bellas y delicadas tintas de la salud, que otra vez habían vuelto a sonrosear aquel delicado rostro, digno de un ángel de Rafael, se trocaron poco a poco en la palidez de la cera, bien como vemos las nubes del ocaso perder sus vivos matices a medida que baja el sol. La morbidez suavísima de sus carnes, la bella ondulación de sus contornos, la gallardía de sus movimientos, que por algún tiempo oscurecidas bajo las sombras del dolor y la enfermedad habían comenzado a florecer de nuevo, otra vez volvieron a marchitarse bajo el soplo del desengaño. Su forma se parecía más y más a la de una sombra, y lo único que en ella iba quedando era el reflejo de aquel alma divina, que brillaba en sus ojos y la iluminaba interiormente. La enfermedad que la consumía, lejos de tomar en ella ningún carácter repugnante, parecía que realzaba su resignación angelical y su dulzura sin ejemplo. Algunas veces, sin embargo, tomaban sus ideas cierto sabor amargo, que revelaba el vigor que bajo tanta mansedumbre se escondía, y el fuego encendido bajo tantos escombros y ceniza. Era realmente un infernal martirio ver llegar a pasos medidos la callada sombra de la muerte, cuando la esperanza, el amor, la paz y el sosiego doméstico, el noble orgullo de llevar un nombre ilustre, las riquezas, la juventud, la hermosura, cuanto puede embellecer y sublimar la vida, venía a dar precio a la suya. No obstante, su piedad, su carácter elevado y los mismos hábitos melancólicos de su espíritu disipaban fácilmente estos tumultuosos movimientos, y al momento volvían sus ideas a su curso ordinario.

En aquellos días fatales su amor a la naturaleza subió de punto, y su ansia por contemplar las hermosas escenas de aquellos alrededores era extraordinaria. Fatigábale la cama terriblemente, pero como de puro postrada no podía dar un paso, sus paseos eran siempre en la falúa, cuyo movimiento era lo único que podía sobrellevar. Así pues, se pasaba horas enteras cruzando las aguas del lago, unas veces contemplando sus orillas con una especie de arrobo, otras siguiendo con la vista las bandadas de lavancos que nadaban a lo lejos en ordenados escuadrones, y casi siempre abismada en sus propios pensamientos. De cuando en cuando, alzaba la vista para mirar el camino por donde su padre había partido, por ver si en lo alto de la cuesta de Borrenes resplandecían sus armas, y al ruido de las yeguas de los aldeanos que pasaban por la orilla se volvía con una especie de estremecimiento, imaginando oír las herraduras del caballo de don Alonso.

Don Álvaro y el venerable abad no dejaban de acompañarla ni un solo instante en aquellos melancólicos paseos, observando con espanto el progreso rápido del mal y el decaimiento cada día mayor de la desdichada. Don Álvaro, clavados casi siempre sus ojos en los suyos, parecía respirar con la misma congoja y ahogo que si su pecho estuviese atacado de la misma enfermedad. Doña Beatriz, siempre que se encontraba con aquella mirada apasionada y terrible a un mismo tiempo, apartaba la suya, bañados en lágrimas sus párpados. Las palabras eran escasas, pues a tal punto habían venido las fuerzas de la enferma, que el anciano médico había encargado el posible silencio. Tanto él como la enferma conocían harto bien la inutilidad de semejantes paliativos, pero el uno por no dejar medio alguno de que echar mano, y la otra por no afligir a personas tan queridas, se conformaban con ellos. De esta suerte, reducidos los dos amantes al lenguaje de los ojos, las almas que parecían salirse por ellos, volaban una al encuentro de otra como si quisieran confundirse en el mismo rayo de luz que para comunicarse les servía.

Por fin, llegó a tanto la postración de doña Beatriz, que pasó en la cama una porción de días sin manifestar deseo de levantarse, y como sumida en un desvarío que parecía enajenar su razón. Al cabo de ellos, cerca de la caída de la tarde, se reanimó de una manera desusada, y abriendo sus hermosos ojos, más brillantes aún que de costumbre, dijo con voz entera y gran rapidez:

-¡Martina! ¡Martina!, ¿dónde estás?

-Aquí, señora -contestó la muchacha casi sobresaltada de aquel súbito recobro-, aquí estoy, siempre a vuestro lado; ¿dónde queríais que estuviese?

-¡Siempre así, pobre muchacha, y sin que tu amor mismo te aparte de mi cabecera! -exclamó doña Beatriz mirándola con ternura.

-¡Ah, señora!, dejad eso; yo no pienso sino en vos y en veros buena; ¿qué queríais que con tanta prisa me llamabais? Me parece que os sentís más animada, ¿no es verdad?

-Sí, sí, tráeme mi vestido blanco, porque quiero pasearme por el lago. Estoy mejor, mucho mejor; y el día me parece hermosísimo. ¡Vos aquí también, don Álvaro!, ¡y vos, venerable padre! ¡Ah, me alegro en el alma, porque con eso os veréis en parte pagados de tantos afanes y zozobras como por mí habéis pasado!

Don Álvaro y el abad, como si saliesen de un sueño, no sabían qué pensar de aquel tono casi festivo de doña Beatriz, y en particular el primero no acertaba a poner freno a las tumultosas esperanzas que se levantaban en su corazón. El anciano médico, al contrario, no pudo contener un gesto de dolor. Saliéronse los tres del aposento y en brevísimo espacio se aderezó doña Beatriz con su sencillez y gracia acostumbrada. Realmente parecían haberse aflojado las ligaduras del mal, pero así y todo, bajó la escalera casi en brazos de Martina y del señor de Bembibre. Cuando llegó a la góndola puso el pie en ella resueltamente, y enseguida fue a sentarse sobre los almohadones de brocado del fondo, no con el ademán doliente y abatido de otras veces, sino con extraño garbo y gentileza. Don Álvaro, atento como nunca a sus menores ademanes, se quedó como de ordinario, en pie delante de ella. El abad, que había sorprendido el gesto de mal agüero del físico, se apartó con él al otro extremo de la ligera embarcación para interrogarle, y Martina, por su parte, se sentó junto a los remeros que, sin aguardar a más, hicieron volar la barca por la azulada espalda del lago, rápida y serena como una de las muchas aves que por allí nadaban.

Estaba el cielo cargado de nubes de nácar que los encendidos postreros rayos del sol orlaban de doradas bandas con vivos remates de fuego; las cumbres peladas y sombrías del Monte de los Caballos enlutaban el cristal del lago por el lado del norte, y en su extremidad occidental pasaban con fantasmagórico efecto los últimos resplandores de la tarde por entre las hojas de los castaños y nogales, reverberando allá en el fondo un pórtico aéreo, matizado de tintas espléndidas y enriquecido con una prolija y maravillosa crestería.

El lago, iluminado por aquella luz tibia, tornasolada y fugaz, y enclavado en medio de aquel paisaje tan vago y melancólico, más que otra cosa parecía un camino anchuroso, encantado, místico y resplandeciente que en derechura guiaba a aquel cielo que tan claro se veía allá en su término. Por un efecto de la refracción de la luz, una ancha cinta de cambiantes y visos relumbrantes ceñía las orillas del lago, y la falúa parecía colgada entre dos abismos, como un águila que se para en mitad de su vuelo.

Con semejante escena, el fugaz relámpago de alegría que había iluminado el alma de doña Beatriz, se disipó muy en breve. Siempre había dormido en lo más recóndito de su alma el germen de la melancolía producido por aquel deseo innato de lo que no tiene fin; por aquel encendido amor a lo desconocido que lanza los corazones generosos fuera de la ruindad y estrechez del mundo en busca de una belleza pura eterna, inexplicable, memoria tal vez de otra patria mejor; quizá presentimiento de más alto destino. A este secreto y sobrehumano impulso había sacrificado doña Beatriz lo que más caro podía serle en el mundo: la libertad y el culto exterior que pensaba rendir a la memoria de su amante cuando lo imaginaba muerto; sólo por presentarse algún día a los ojos de su madre adornada con la aureola del vencimiento de sí propia. Los azares de su vida, sus continuos vaivenes entre la esperanza y la desdicha, los dolores de su alma, y de su cuerpo, y la perspectiva de una muerte próxima, presente por tanto tiempo a sus ojos, habían fecundado estas terribles semillas y ahondado más y más el cauce que la tristeza había labrado en su alma hasta trocarlo en un verdadero abismo, donde iban a parar todos sus pensamientos.

Por lo mismo, la escena que se ofrecía a su vista, naturalmente engolfó su imaginación en aquel mar sin límites, donde bogaba hacía tanto tiempo. Por fin, después de haber dirigido llorosas miradas al cielo, al lago, a las montañas lejanas y a aquella quinta donde tanto había aguardado y sufrido, como si de todos ellos se despidiera y tuviesen un alma para comprenderla, dijo al apenado caballero:

-Don Álvaro, ¿no veis cuán vanas son las alegrías de la tierra? ¿Quién nos dijera hace un año que nos habíamos de encontrar en estos escondidos parajes sólo para una eterna despedida?

El joven, que con pesadumbre indecible, había observado el rumbo que desde la salida de la quinta iban tomando sus ideas, le contestó:

-¿Es posible, doña Beatriz, que cuando comenzaba a fortaleceros vuestro antiguo valor, así le desechéis de vuestro pecho?

-¡Valor! -respondió ella-. ¿Y pensáis que necesito poco para dirigiros mis últimas palabras y apartarme de vos? ¡Ved, sin embargo, quién me lo inspira! Alzad la vista y veréis el cielo; mirad a vuestros pies y allí lo encontraréis también hermoso y puro. Encumbrad vuestro pensamiento a las alturas; bajad con él a la lobreguez del abismo y dondequiera encontraréis a Dios llenando la inmensidad con su presencia. Esa, esa es la fuente de donde yo, ¡flaca mujer!, bebo el aliento que me sustenta. ¿Os acordáis de las últimas palabras que me oísteis en el bosque de Arganza?

-¡Ah, no, no! -respondió él con el acento de la desesperación-. Yo no recuerdo sino las primeras que escuché de vuestros labios, cuando la vida se nos presentaba tan florida y dulce en el seno de un amor sin fin. ¿Sabéis lo que me representa mi memoria? Pues no es más que eso sólo. ¿Sabéis lo que me dice una voz secreta? Que vuestro padre va a volver, y que al cabo seréis mi esposa delante del cielo y de los hombres. ¡Mi esposa! ¡Ah! Si yo escuchara esa palabra de vuestros labios, saldría de las tinieblas mismas del sepulcro.

-¡Pobre don Álvaro! -contestó ella con una ternura casi maternal-. ¿Cómo esperáis tan pronto la vuelta de mi padre, cuando ha poco más de dos meses que se partió para Francia? ¿Pensáis que todos me aman como vos para buscar con tanto ahínco mi ventura?

-No acabéis con el poco valor que me anima -la interrumpió el joven-, dudando de esa suerte de la Providencia.

-No -repuso ella gravemente; antes le doy gracias, porque así ahorrará a mi padre el espectáculo de mi muerte y a mí la desesperación para aquella hora suprema. Aun ahora que un obstáculo insuperable me aleja de vos, mi corazón se despedaza, y sólo una fuerza sobrehumana me sostiene; pero si las barreras hubiesen de caer en el instante de mi muerte, ¡oh, entonces el ángel bueno huiría, espantado, de mi cabecera y mi alma rabiosa y sombría se extraviaría en los senderos de la eternidad!

Durante esta plática tremenda se iba acercando la falúa a las encinas de la orilla bajo las cuales no hacía mucho tiempo se había aparecido Cosme Andrade como uno de aquellos ángeles que visitaban la cabaña de los patriarcas, cuando de repente el galope de tres caballos de guerra les hizo volver a todos los ojos hacia aquel sitio. Eran, en efecto, tres jinetes, de los cuales el más delantero, un poco mejor ataviado, indicaba ser el principal, y los tres, habiendo visto la falúa, venían corriendo hacia ella por debajo de aquellos árboles venerables, dando gritos de contento y espoleando los corceles con ambos acicates. Doña Beatriz, al oírlos, como si una mano invisible la sacase de su abatimiento con la presencia y voces de los forasteros, se puso en pie velozmente, y con los ojos desencajados comenzó a mirarlos hasta que, acercándose más y más, lanzó un alarido de dolor a un tiempo y de alegría, y extendiendo los brazos hacia la orilla exclamó:

-¡Es mi padre!, ¡mi padre querido!

-Sí, tu padre soy, hija de mi alma -contestó don Alonso, porque él era en efecto-, tu padre que viene a cumplirte su promesa. ¡Mira, mira! -añadió sacando del seno una cartera verde, aquí está la bula del Papa, y en ella viene la fianza de tu felicidad.

-¡Misericordia divina! -prorrumpió ella con un clamor tan descompasado que se oyó en las orillas más apartadas, y aterró a los circunstantes-. ¡Misericordia divina! -repitió torciéndose las manos-, ¡la esperanza y la ventura ahora que voy a morir!

Al acabar de pronunciar estas palabras y con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer, una de las venas de su pecho, tan débil ya y atormentado, se rompió, y un arroyo de sangre ardiente y espumosa vino a teñir sus labios descoloridos y su vestido blanco. Asaltóla al mismo tiempo un recio desmayo con el cual cayó en brazos de su doncella y de don Álvaro, pero como todo ello fue obra de un instante, y el empuje comunicado a la góndola por los remeros era rapidísimo, tocó en la orilla, donde ya don Alonso estaba apeado, a tiempo que precipitándose hacia su hija se encontró bañado en su propia sangre. Con semejante cuadro se quedó como petrificado en medio del alboroto de todos, con la boca entreabierta, los brazos extendidos y los ojos clavados en aquel pedazo de su corazón por cuyo reposo y contento, aunque tardíos, había hecho tan terribles sacrificios, y aquel mismo largo y penosos viaje de que acababa de apearse. Doña Beatriz, sin dar más señal de vida que algunos hondos suspiros, estaba con la cabeza doblada sobre el hombro de su desolada doncella y todo su cuerpo a manera de una madeja de seda, abandonado y sin brío. El anciano médico, que con tanta prolijidad y amor la había asistido, después de observarla detenidamente, se acercó al abad y le dijo al oído, pero no tan paso que don Alonso no percibiese algo:

-Ya se acabó toda esperanza; ¡lo más que durará es un día!

-¡In feliz padre! -exclamó el abad volviéndose hacia don Alonso, pero con gran pesadumbre suya le encontró con el oído atento y a media vara de distancia.

-¡Todo lo he oído! -le dijo con un acento que partía el corazón-. ¿Lo veis?, ¿lo veis como mi corazón no me engañaba cuando os decía que vuestra profecía de desastre se cumpliría al fin? ¡Oh, hija mía, alegría de mi vejez y corona de mis canas! -exclamó queriendo acercarse a ella, y forcejeando con el abad y los remeros que le detenían-, ¿no pudo el Señor quitarme la vida en tantos combates con los moros, antes de venir a ser tu verdugo?

-¡Recobraos, por Dios santo! -le dijo el abad con ansia-, poned un freno a vuestras quejas, si en algo la tenéis, porque pudiera oíros.

El desventurado padre calló al punto de miedo de agravar el estado de su hija, pero siguió sollozando con gran ahogo y congoja.

El deliquio era profundo; la noche comenzó a mostrar sus estrellas, y al cabo, hubieron de volverse a la quinta en aquella barca, que según lo ligera y silenciosa que bogaba, no parecía sino el bajel de las almas.

En brevísimo espacio cruzaron el lago, y desembarcando apresuradamente, subieron a la señora, todavía desmayada, a su aposento y la pusieron en su lecho.

Al fin, después de un buen rato, recobró poco a poco la vida que parecía haberse huido de aquel cuerpo fatigado, pero no la razón, extraviada con las visiones del delirio. La aparición de su padre y la nueva que le había dado eran la idea fija y dominante de su desvarío, unas veces alegre y risueña, y otras trágica y aflictiva, según las oscilaciones de su ánimo. Continuamente llamaba a don Álvaro y manifestaba una ansiedad grandísima a la idea de que pudiera ausentarse.

-¡Don Álvaro! exclamaba con la voz quebrada por la fatiga de la respiración-, ¿dónde estás? háblame, ven, dame tu mano. A nadie veo, a nadie conozco sino a ti; sin duda te veo con los ojos de mi corazón que a todas partes te sigue, como al sol el lucero de la tarde. ¿Me oyes, don Álvaro?

-Sí, te oigo exclamaba el joven, con una voz que parecía salir de un sepulcro.

-¡Ah!, ¡tanto mejor! -reponía ella con el acento del regocijo, pero no te vayas, porque entonces quedaría sola del todo. Pero ¡loca de mí!, ¿cómo te has de marchar, si me amas y eres mi esposo para siempre? Antes mañana me vestiré de gala para que me lleves al altar. ¡Oye!, ¡yo quiero que se den muchas, muchas limosnas, para que todos sean felices y nos bendigan! ¡Si vieras tú cómo me aman todos estos campesinos! ¡Mucho tiempo se pasará antes de que olviden mi memoria!... ¡Ah!, dime, ¿y guardas la cartera que te di hace tanto tiempo?, ¡pues átale una piedra y arrójala al lago, porque aquellos renglones estaban mojados con mis lágrimas, y ahora ya no me quedan lágrimas, si no son las de la alegría!

Fatigada entonces, calló por un rato, pero tomando sus ideas otro curso, dijo por último, apartando la ropa que la cubría:

-¡Quitadme esa ropa que me ahoga!, abrid de par en par esas ventanas, y dejad entrar el aire de la noche, para que se temple este fuego que me abrasa el pecho... ¡Cielos!, ¡qué pensamientos eran los míos hace un momento, para olvidarme así de que estoy luchando con la agonía! ¡Miserable de mí! Allí viene mi padre corriendo..., miradle, don Álvaro..., la alegría le ha rejuvenecido..., ya llega..., ¿qué es lo que saca del pecho?... ¡Ah!, ¡es tu libertad!..., ¡suerte despiadada!..., morir ahora..., no, no, don Álvaro, yo soy muy joven todavía, rica y hermosa a tus ojos, a pesar de mis lágrimas, ¿no es verdad?... ¡No, no, no es esta mi hora, porque moriría impenitente y perdería mi alma!

Entonces se quedó de nuevo callada, pero con el rostro desemblantado, y los ojos fijos en la pared y haciendo con el cuerpo un movimiento hacia atrás, como si viese acercarse algo de que quisiese huir, hasta que, por último, lanzando un agudo chillido, y cubriéndose los ojos con una mano, mientras con la otra apretaba convulsivamente el brazo de su amante, exclamó con voz ronca:

-¡Ahí está!, ¡ahí está!, ¿no la veis cómo se llega paso a paso? ¡Ah!, ¡libradme de ella!, envolvedme en vuestro manto... ¡Oh, Dios mío!, ¡de nada sirve, porque sus manos han pasado por él como si fuera de humo, y me aprietan el corazón!, separádmelas de aquí, porque me ahogan, ¡ay de mí!, no, dejadlas, que todo se acabó ya... ¡adiós!...

Y al decir esto, la acometió otro nuevo desfallecimiento.

En estas dolorosas alternativas, más crueles tal vez para los que la rodeaban que para ella propia, se pasó la noche entera. Hacia el amanecer volvió a quedarse como aletargada, según más de una vez le había acontecido durante aquella terrible enfermedad que ya tocaba a su término.



El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco

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