El Semanario de Santiago/1/El Mulato
Teatro.
Primera representacion del Mulato.
Pocas veces hemos visto en el teatro una concurrencia tan numerosa como el domingo. Es verdad que la primera representacion de una pieza, mueve poderosamente la curiosidad; pero creemos que en la de que hablamos, ha habido un estímulo mas, puesto que en iguales circunstancias, piezas de fama, apadrinadas por el nombre de autores célebres, no han excitado tanto alboroto. Todo el mundo deseaba ver el Mulato porque se creia encontrar en este drama alguna tendencia social, algun hecho que definiese, algun cuadro que caracterizase este individuo, especie de apodo viviente, y sin embargo noble y jeneroso á veces, y mas caballero, en ocasiones, que los que se precian de serlo sin otros títulos para la sociedad que los roidos pergaminos que les han legado sus padres. El teatro moderna que pinta las necesidades del dia, que clasifica los individuos con abstraccion del nacimiento y de otras esterioridades, y que aspira á reformar la sociedad, al anunciar el Mulato, ser hasta cierto punto indefinido, despreciado si es pobre, atendido y halagado si rico; pero que, tanto en su humilde como en su encumbrada posicion carga sobre sí un pecado de nacimiento que no puede borrar, una maldicion que no ha merecido y que sinembargo le persigue con mas eficacia que un remordimiento, parecia natural que se ocupase en él y le designase el lugar que la filosofía le señala con desprecio de la preocupacion. Cuando la guillotina de 93 niveló las diferentes condiciones de la sociedad, el mulato debió entrar en el goce de todos los derechos del hombre, y esa fué para él como para la nobleza, una época de transicion en que él subia y ésta bajaba hasta encontrarse en un mismo plano, sin perjuicio de poder subir despues á la nueva aristocracia que iban á constituir el talento y la fortuna. Así sucedió en el reinado de Napoleon en que el mulato, léjos de avergonzarse de su nacimiento, viéndose colmado de honores que debia unicamente á sus esfuerzos, podia esclamar con el mismo orgullo que el moro de Venecia: "Soi un mulato,
...y para mí este nombre
Léjos de vituperio, es un aplauso".
Así ha continuado siguiendo en Francia y con pocas excepciones en el resto de la Europa.
Mas en nuestra sociedad chilena eminentemente aristocrática aunque con instituciones republicanas, el mulato es todavía un nombre de escarnio y de desprecio, porque aun reina la preocupacion antigua, pero mui modificada en favor del saber y del dinero. Este, mejor mil veces que la guillotina, sabe aplanarlo y nivelarlo todo, de suerte que el mulato rico es hoi dia preferido á muchos nobles—y esperamos que llegar el tiempo en que el mulato honrado y laborioso sea tambien preferido al noble holgazan y corrompido; en que se prefiera en fin la nobleza del alma á la nobleza del pergamino: nuestra sociedad habrá dado entónces un paso de jigante hácia su perfeccion.
El drama representado el domingo no abraza estas consideraciones, ni ha podido abrazarlas habiendo puesto su autor la escena en el reinado de Luis XV, antes que la revolucion francesa hubiese desterrado las preocupaciones del nacimiento y abolido las ridiculas prerogativas de la nobleza. Refiere solamente un episodio que no jeneraliza lo bastante la condicion del mulato en ese tiempo, para poder siquiera establecer una comparacion con lo que es en la época presente. El Mulato, en la pieza, es un conde lleno de honores, rico, jeneroso, opulento, atendido, solicitado, brillante en medio de la corte mas galana de aquellos tiempos; feliz en fin si pudiese olvidar que una calamidad, una palabra bastaría para destruir su obra de muchos años, todo el risueño porvenir á que aspira. Se ignora quiénes son sus padres, dónde ha nacido, de dónde viene y cómo ha adquirido sus riquezas; y este misterio no hace mas que dar realce á su persona. La naturaleza que lo ha maltratado poniéndole un rostro moreno distinto del de los demas individuos entre quienes rola, lo ha aventajado con dotes mas estimables dándole una alma noble, un corazon jeneroso y mas del talento necesario para adquirir con facilidad los adornos que tanto hacen brillar en la sociedad: así es que el Conde de San Jorge llama mas la atencion que todos los cortesanos. Una duquesa viuda, rica y joven que fué su compañera de infancia y á quien supo inspirar amor, es el blanco de sus deseos. Tiene por antagonista un señor Ramieres, director jeneral de rentas, hombre astuto é intrigante, que la solicita para su hijo el marques de Tourvel, jóven de poco alcance, corrompido y presuntuoso; ocupado mas bien en correr tras las bailarinas que en hacer la corte á su futura.—El