El Terror de 1824 : 10

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Elenita se quedó sola en la calma y silencio de la casa, apenas interrumpidos por los cantorrios de la criada que chillaba en la cocina acompañándose con el almirez.

La desgraciada joven, más infeliz que todas las mujeres nacidas, según su propio parecer, reanudó su trabajo de coser puntillas, el cual, si no ponía la artífice gran atención, había de salir muy imperfecto. No iba a las mil maravillas la obra, por cuya razón Elena deshacía con frecuencia lo hecho, tornando a empezar. A ratos aparecían entre la delicada tela de araña algunas lágrimas que se quedaban temblando en los menudos hilos negros, como insectos de diamantes cogidos en una red de pelo. A ratos los suspiros de la obrera hacían moverse y volar los pedazos más pequeños, que se remontaban en busca de otros climas. Frecuentemente se picaba Elenita con la aguja, y muy a menudo se le enredaba el hilo entre los dedos obligándola a detenerse y a perder los minutos. También solía pasar la aguja con tanta presteza como si fuera puñal y con él tratara de atravesar un corazón aborrecido.

Absorta en sus reflexiones, la niña no advirtió que habían llamado a la puerta, que la criada acababa de abrir y que un hombre avanzaba con pie muy quedo, al modo de ladrón, hacia la salita donde estaba el taller de encajes. Así es que al sentir las palabras: «¿Se puede pasar?», la joven dio un grito y saltó despavorida, cual si se viera en presencia de un toro del Jarama.

-Váyase usted Sr. de Romo, váyase usted -exclamó con terror, refugiándose en un rincón de la estancia-. Mamá no está aquí... estoy sola...

-Mejor -repuso Romo sonriendo y tratando de dar a su rostro y a su ademán el aire no aprendido de la cortesía-. ¿Me como yo a la gente? ¿Soy ladrón o facineroso?... No: yo vengo aquí con móviles de honradez... ¿Podrán todos decir lo mismo?

-No, aquí no ha entrado nadie, nadie más que usted.

-Puesto que usted lo dice, Elenita, lo creo -dijo el hombre oscuro tomando una silla-. Con la venia de usted me sentaré. Estoy muy fatigado.

-¡Y se sienta!

-Sí, porque tenemos que hablar. Atención, Elenita, yo tengo la desgracia de estar prendado de usted.

-Pues mire usted, yo tengo muchas desgracias, menos esa.

Romo contrajo su semblante, expresando sus afectos como los animales, de una manera muy opaca, digámoslo así, por ser incapaz de hacerlo de otro modo. No podía decirse si era el ruin despecho o la meritoria resignación lo que determinaba aquel signo ilegible, que en él reemplazaba a la clara sonrisa, señal genérica de la raza humana.

-Pues mire usted -dijo afectando candidez-, a otros les ha pasado lo mismo, y al fin, a fuerza de paciencia, de buenas acciones y de finezas se han hecho adorar de las que les menospreciaban.

-No conseguirá usted tal cosa de la hija de mi madre.

-Pues qué... ¿tan feo soy? -preguntó Romo indicando que no tenía la peor idea respecto a sus desgracias personales.

-No, no; es usted monísimo -dijo Elena con malicia-, pero yo estoy por los feos... ¿Quiere usted hacer una cosa que me agradará mucho?

-No tiene usted más que hablar, y obedeceré.

-Pues déjeme sola.

-Eso no... -repuso frunciendo el ceño-. No pasa un hombre los días y las noches oyendo leer sentencias de muerte, y acompañando negros a la horca; no pasa un hombre, no, su vida entre lágrimas, suspiros, sangre y cuerpos horribles que se zarandean en la soga, para venir un rato en busca de goces puros junto a la que ama y verse despedido como un perro.

-Pero yo, pobre de mí, ¿qué puedo remediar? -dijo Elena cruzando las manos.

-Es terrible cosa -continuó el hombre-cárcel con hueco acento-, que ni siquiera gratitud haya para mí.

-¿Gratitud?... eso sí... nosotros estamos muy agradecidos.

-Se compromete uno, se hace sospechoso a sus amigos, intercediendo siempre por un don Benigno que mató a muchos guardias del Rey en el Arco de Boteros; trabaja uno, se desvive, se desacredita, echa los bofes... y en pago... vea usted... ¡Rayo! hay una niña que en nada estima los beneficios hechos a su familia... ¿Qué le importan a ella la buena opinión del favorecedor de su padre, su honradez, su limpia fama en el comercio?... Todo lo pospone al morrioncillo, a las espuelas doradas y al bigotejo rubio de un mozalbete que no tiene sobre qué caerse muerto, hijo y hermano de conspiradores...

Encendida como la grana, Elena se sentía cobarde. Pero si su valor igualara a su indignación y sus tijeras pudieran cortar a un hombre como cortaban un hilo, allí mismo dividiera en dos pedazos a Romo.

-Calle usted, cállese usted -exclamó sofocada.

-Y sin embargo -añadió el hombre opaco poniéndose más amarillo de lo que comúnmente era-, soy bueno, tengo paciencia, me conformo, callo y padezco... Es verdad que tengo en mi poder un instrumento de venganza... pero no lo emplearé por razón de amor, no, lo emplearé tan sólo por el decoro de esta familia a quien estimo tanto.

Elena tuvo un arranque de esos que se han visto alguna vez, muy pocas, pero se han visto, en las palomas, en los corderos, en las liebres, en las mariposas, en los seres más pacíficos y bondadosos, y pálida de ira, con los labios secos y los puños cerrados, apostrofó al amigo de su familia, gritando así:

-Usted es un malvado, y si yo supiera que algún día había de caer en el pecado de quererle, ahora mismo me quitaría la vida para que no pudiera llegar ese día. Usted es un tunante, hipócrita y falsario, y si mi padre dice que no, yo diré que sí, y si mi padre y mi madre me mandan que le quiera, yo les desobedeceré. Hágame usted todo el daño que guste, pues todo lo que venga de usted lo desprecio, sí señor, lo desprecio, como desprecio su persona toda, sí señor; su alma y su cuerpo, sí señor... Ahora, ¿quiere usted quitárseme de delante, o tendré que llamar a la vecindad para que me ayude a echarle por la escalera abajo?

Al concluir su apóstrofe, la doncella se quedó sin fuerzas y cayó en una silla; cayó blanda, fría, muerta como la ceniza del papel cuando ha concluido la rápida llama. No tenía fuerzas para nada, ni aun para mirar a su enemigo, a quien suponía levantado ya para matarla. Pero el tenebroso Romo más que colérico parecía meditabundo, y miraba el suelo, juzgando sin duda indigno de su perversidad grandiosa el conmoverse por la flagelación de una mano blanca. Su resabio de mascullar se había hecho más notable. Parecía estar rumiando un orujo amargo, del cual había sacado ya el jugo de que nutría perpetuamente su bilis. Veíase el movimiento de los músculos maxilares sobre el carrillo verdoso donde la fuerte barba afeitada extendía su zona negruzca. Después miró a Elena de un modo que si indicaba algo era una especie de paciencia feroz o el aplazamiento de su ira. La córnea de sus ojos era amarilla como suele verse en los hombres de la raza etiópica y su iris negro con azulados cambiantes. Fijaba poco la vista, y raras veces miraba directamente como no fuera al suelo. Creeríase que el suelo era un espejo, donde aquellos ojos se recreaban viendo su polvorosa imagen.

Levantose pesadamente, y dando vueltas entre las manos al sombrero, habló así:

-Y sin embargo, Elena, yo la adoro a usted... Usted me insulta, y yo repito que la adoro a usted... Cada uno según su natural; el mío es requemarme de amor... ¡Rayo! si usted me quisiera, aunque no fuese sino poquitín, me dejaría gobernar como un perro faldero... Sería usted la más feliz de las mujeres y yo el más feliz de los hombres, porque la quiero a usted más que a mi vida.

Sus palabras veladas y huecas parecían salir de una mazmorra. Sin embargo, hubo en el tono del hombre oscuro una inflexión que casi casi podría creerse sentimental; pero esto pasó; fue cosa de brevísimo instante, como la rápida y apenas perceptible desafinación de un buen instrumento músico en buenas manos. Elena se echó a llorar.

-Ya ve usted que no puede ser -balbució.

-Ya veo que no puede ser -añadió Romo mirando a su espejo, es decir, a los ladrillos-. Puede que sea un bien para usted. Mi corazón es demasiado grande y negro... Ama de una manera particular... tiene esquinas y picos... de modo que no podrá querer sin hacer daño... A mí me llaman el hombre de bronce... Adiós, Elenita... quedamos en que me resigno... es decir, en que me muero... Usted me aborrece... ¡Rayo! ¡con cuánta razón!... Es que soy malo, perverso y amenacé a usted con hacer ahorcar a ese pobre pajarito de Seudoquis... No lo haré... si le ahorcara, al fin le olvidaría usted, olvidándose también de mí... Eso sí que no me gusta. Es preciso que usted se acuerde de este desgraciado alguna vez.

Elena no comprendiendo nada de tan incoherentes razones, vacilaba entre la compasión y la repugnancia.

-Además yo había amenazado a usted con otra cosa -dijo Romo retrocediendo después de dar dos pasos hacia la puerta-. Yo tengo una carta, sí, aquí está... en mi cartera la llevo siempre. Es una esquela que usted escribió a esa lagartija. En ella dice que yo soy un animal... Bien: puede que sea verdad. Yo dije que iba a mostrar la carta a su mamá de usted... No, ¿a qué viene eso? Me repugnan las intriguillas de comedia. ¡Yo enseñando cartas ajenas, en que me llaman animal!... Tome usted el papelejo y no hablemos más de eso.

Romo largó la mano con un papel arrugado, del cual se apoderó Elena, guardándolo prontamente.

-Gracias -murmuró.

En aquel instante oyose la campanilla de la puerta, y la voz de D. Benigno, que gritaba:

-Hija mía, soy yo, tu padre.

Elena corrió a abrir, y el amoroso D. Benigno abrazó con frenesí a su adorada hija, comiéndose a besos la linda cara, sonrosada de llorar. También él lloraba como una mujer. -¿Quién está aquí?... ¿Con quién hablabas? -preguntó con viveza el padre, luego que pasaron las primeras expansiones de su amor.

Al entrar en la sala, D. Benigno vio a Romo que iba a su encuentro abriendo también los brazos.

-¡Ah! ¿estaba usted aquí... era usted...? ¡amigo mío!

-No esperábamos todavía al Sr. Cordero -dijo Romo-. Desconfiaba de que le soltaran a usted.

-¿Por qué llorabas, hija mía, antes de yo entrar? -dijo el patriota, fijando en esto toda su atención.

-El Sr. Romo -repuso Elena muy turbada, pero en situación de poder disimularlo bien- acababa de entrar...

-Yo creí que estaría aquí D.ª Robustiana -añadió el realista.

-Y me decía -prosiguió Elena-, me estaba diciendo que usted... pues, que no había esperanzas de que le soltaran a usted, padre.

-Eso me dijeron esta mañana en la Superintendencia; pero por lo visto las órdenes que se dieron la semana pasada han hecho efecto.

-Venga acá el mejor de los amigos, venga acá- exclamó D. Benigno con entusiasmo, abriendo los brazos para estrechar en ellos a su salvador-. Otro abrazo... y otro... A usted debo mi libertad. No sé cómo pagarle este beneficio... Es como deber la vida... Venga otro abrazo... ¡Haber dado tantos pasos para que no me maltrataran en Zaragoza, haberme servido tan lealmente, tan desinteresadamente! No, no se ve esto todos los días. Y es más admirable en tiempos en que no hay amigo para amigo... Yo liberal, usted absolutista, y sin embargo, me ha librado de la horca. Gracias, mil gracias, Sr. D. Francisco Romo -añadió con emoción que brotaba como un torrente de su alma honrada-. ¡Bendita sea la memoria de su padre de usted! Por ella juro que mi gratitud será tan duradera como mi vida.

Era la hora de comer; y cerrada la tienda, llegaron la señora, los niños y el mancebo. Quiso D. Benigno que les acompañase Romo a la frugal mesa; pero excusose el voluntario y partió, dejando a la hidalga familia entregada a su felicidad. Elena no respiró fácilmente hasta que no vio la casa libre de la desapacible lobreguez de aquel hombre.



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