El Terror de 1824 : 27

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Durante la noche arreció el nublado de visitantes, sin que su curiosidad importuna y amanerada compasión causaran molestia al reo; antes bien recibíalos este como un soberano a su corte. Situado en pie frente al altar, íbalos saludando uno por uno, con ligeros arqueos de la espina dorsal y una sonrisa protectora, cuya intensidad de expresión amenguaba o disminuía según la importancia del personaje. Todos salían haciéndose lenguas de la serenidad del reo, y en la sala-vestíbulo, inmediata al cuerpo de guardia, oíase cuchicheo semejante al que se oye en el atrio de una iglesia en noches de novena o tinieblas. Los entrantes chocaban con los que salían, y la sensibilidad de los unos anticipaba a la curiosidad de los otros noticias y comentarios.

Pipaón, que se había presentado de veinte y cinco alfileres, y parecía un ascua de oro según iba de limpio y elegante, estuvo largo rato en compañía del reo, y le dio varias palmadas en el hombro, diciéndole:

-Ánimo, Sr. Sarmiento, y encomiéndese a Su Divina Majestad y a la Reina de los cielos, Nuestra Madre amorosísima, para que le den una buena muerte y franca entrada en la morada celestial... Adiós, hermano mío. Como mayordomo que soy de la hermandad de las Ánimas, le tendré presente, sí, le tendré presente para que no le falten sufragios... Adiós... Procure usted serenarse... Medite mucho en las cosas religiosas... este es el gran remedio y el más seguro lenitivo... ¡La religión, la dulce religión! ¡Oh! ¿qué sería de nosotros sin la religión?... es nuestro consuelo, el rocío que nos regenera, el maná que nos alimenta... Adiós, hermano en Cristo, venga un abrazo (al dar el abrazo Pipaón tuvo buen cuidado de que no fuera muy expresivo, para que no se chafaran los encajes de su pechera)... Estoy conmovidísimo... Adiós, repítole que medite mucho en los sagrados misterios y en la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo... No le faltarán sufragios, muchos sufragios. Quizás nos veamos en el Cielo, ¡ay de mí! si Dios es misericordioso conmigo.

Este fastidioso discurso, modelo exacto de la retórica convencional y amanerada del cortesano, agradó mucho a cuantos le oyeron; mas D. Patricio lo acogió con seriedad cortés y cierto desdén que apenas se traducía en ligero fruncimiento de cejas. Pipaón salió y aunque iba muy aprisa derecho a la calle, detuviéronle en el patio algunos amigos.

-Estoy afectadísimo... no puedo ver estas escenas -les dijo respondiendo a sus preguntas-. Fáltame poco para desmayarme.

-Dicen que es el reo más sereno que se ha visto desde que hay reos en el mundo.

-Es un prodigio. Pero aquella vanidad e hinchazón son cosa fingida... ¡Cuánto debe padecer interiormente! Se necesitan los bríos de un héroe para sostener ese papel sin faltar un punto.

-¡Farsante!

-Es el perillán más acabado no he visto en mi vida. Seguramente espera que le indulten; pero se lleva chasco. El Gobierno no está por indultos.

-Entremos... todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.

-¿Yo? por ningún caso -repuso el cortesano estrechando manos diversas una tras otra-. Voy a una reunión donde cantan la Fábrica y Montresor... ¡Qué aria de la Gazza Ladra nos cantó anoche esa mujer! Montresor nos dio el aria de Tancredo. ¡Aquello no es hombre, es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué trinos, qué vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta uno al sétimo cielo. Con que adiós, señores... tengo que ensayar antes un paso de gavota. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.

Aún no se había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor obispo que venía también de visitar al reo. Todos se descubrieron al verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló del condenado a muerte.

-Mi opinión -dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del Episcopado)- es que si no constara en los autos, como aseguran consta de una manera indubitable, que se ha fingido y se finge loco para hablar impunemente de temas vedados, la ejecución de este hombre sería un asesinato. Desempeña este desgraciado su papel con inaudita perfección, y apreciándole por lo que dice, no hay en aquella mollera ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de juicio, Sr. de Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes la gran fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la Hermandad de Indignos esclavos del Santísimo Sacramento, porque siendo el lunes día de la Natividad de Nuestra Señora, la Real Congregación de la Guardia y Custodia dispone por antiguo privilegio de la iglesia de San Isidro.

Pipaón respondió, mutatis mutandis, que no correría sangre a causa de un conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo todo a gusto de clérigos y seglares, y sin que se quejaran el Santísimo Sacramento ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza de Su Ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla donde había de hacer el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel diálogo.

Ya avanzada la noche se cerró la capilla a los curiosos, y también la puerta de la cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de sus casas por delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta dio mucho que hacer aquella noche y en la siguiente mañana al Sr. Chaperón.

D. Patricio se acostó a dormir en la alcoba inmediata a la capilla; pero su sueño no fue tranquilo. Velábanle solícitos y siempre prontos a servir en todo los hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se apartó de la capilla ni un solo instante ni de día ni de noche.

-Abuelito querido -le dijo al amanecer-, estoy muerta de pena, porque veo que tu conducta no es propia de un buen cristiano.

-Adorada hija -repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño-, si es propia de un filósofo, lo será de un cristiano, porque el filósofo y el cristiano se juntan, se compendian y amalgaman en mí maravillosamente. Hazme el favor de ver si esos señores hermanos me han preparado el chocolate... No extraño tus observaciones, hija mía. Eres mujer y hablas con tu preciosa sensibilidad, no con la razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea Dios que me permite tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te estuviera viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa me afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma, y es que mañana a la hora de las diez... porque supongo que... eso será a las diez... dejaré de recrear mis ojos con la contemplación de tu angelical persona... Pero ¡ay! tú debes seguir viviendo; no ha llegado aún la hora de tu entrada en la mansión divina; llegará, sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la puerta abriendo los brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante será tu abuelito Sarmiento, tu viejecillo bobo.

La voz temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.

-Y te llevaré a presencia del Padre de todo lo existente y le diré: «¡Señor, aquí la tienes; esta es, mírala!...». Pero no quiero afligirte más. Ahora oye varios consejos que debo darte y algunos encarguillos que quiero hacerte... ¿Está ese chocolate?... Dame la mano para levantarme, hija mía. ¿Sabes que están pesados y duros mis pobres huesos?... ¡Ah! pronto tendrás este bocado, ¡oh carnívora tierra! pronto, pronto se te arrojará esta piltrafa, que por lo acecinada demuestra que te pertenece ya. El noble espíritu abandona este inmundo saco, y vuela en busca de su patria y de sus congéneres los ángeles.

Levantose delante de Sola porque estaba vestido. Un hermano le trajo el chocolate, y quedándose solo con su amiga, le dijo estas palabras que ella oyó con profundísima atención:

-Idolatrada hija, mañana a las diez nos separaremos para siempre. Dios me dio la inefable dicha de conocerte, para que mi espíritu se confortase antes de dejar el mundo. Te condujiste conmigo tan noble y caritativamente que no vacilo en declararte merecedora de inmortal premio. Yo te lo aseguro, yo te lo profetizo -dijo esto cerrando los ojos y extendiendo solemnemente los brazos en actitud de profeta-, yo te lo fío bendiciéndote. Creo tener poderes para ello. Gozarás de la eterna dicha por tu cristiana acción. Ahora bien; hablando de cosas más terrestres, te diré que es mi deseo partas en seguida para Inglaterra a ponerte bajo el amparo de ese hombre generoso que ha sido tu protector y hermano. Le conozco y sé que su corazón está lleno de bondades. Como me intereso también por él, declaro ante ti que ese joven debe tomarte por esposa, de lo cual resultará ventaja para entrambos; para ti porque vivirás al arrimo de un hombre de mérito, capaz de comprender lo que vales; para él porque tendrá la compañera más fiel, más amante, más útil, más hacendosa, más cristiana y más honesta con que puede soñar el amor de un hombre. Tengo la seguridad de que él lo comprenderá así -al decir esto mostraba la convicción de un apóstol-. Si no lo comprendiese, dile que yo se lo mando, que es mi sacra voluntad, que yo no hablo por hablar, sino transmitiendo por el órgano de mi lengua la inspiración celeste que obra dentro de mí.

Sola oyó este discurso con recogimiento y admiración, pasmada de advertir una profundísima concordancia entre la demencia de su amigo y ciertas ideas de antiguo arraigadas en ella. No acertó a decir una palabra sobre aquel tema, y su viejecillo bobo se le representó entonces grande y luminoso, cual nunca lo había visto, más respetable que todo lo que como respetable se presenta en el mundo.

Después de una pausa, durante la cual apuró el pocillo, Sarmiento prosiguió así:

-Querida hija de mi corazón, voy a hacerte un encargo, atañedero a cosas terrestres. Las cosas terrestres también me ocupan, porque de la tierra salí, y en ella he de dejar las preciosas enseñanzas que se desprenden de mi martirio. El género humano merece mi mayor interés. La dicha del Cielo no sería completa, si desde él no contempláramos la constante labor de este pobre género humano, sin cesar trabajando en mejorarse. Los que de él salimos no podemos dejar de enviarle desde allá arriba un reflejo de nuestra gloria, sin lo cual se envilecería, acercándose más a las bestias que a los ángeles. Hay que pensar en el género humano de hoy, que es el coro celestial e inmenso de mañana, y todo hombre es la crisálida de un ángel, ¿me entiendes? Si las criaturas superiores, al remontarse sobre los mundanos despojos, miraran con desprecio esta pobre turba inquieta y enferma a que pertenecieron; si no atendiendo más que al Eterno Sol, hicieran del deseo de la bienaventuranza un egoísmo, adiós universo, adiós pasmoso orden de cielo y tierra, adiós concierto sublime. No, yo miro a la tierra y la miraré siempre. Le dejo un don precioso, mi vida, mi historia, mi ejemplo, hija mía, ¿sabes tú lo que vale un buen ejemplo para esta mísera chusma rutinaria? Sí, mi historia será pronto una de las más enérgicas lecciones que tendrá el rebaño humano para implantar la libertad que ha de conducirle a su mejoramiento moral. Pero digo yo, ¿es fácil escribir esa historia? No. Bien conocidos son mis discursos, y aunque yo no los he escrito, como todo el mundo los tiene grabados en la memoria, no faltará quien los dé a la estampa. Sócrates no dejó escrito nada... Pero si serán perpetuados mis discursos, habrá gran escasez de datos biográficos respecto a mí. Oye, pues, lo que voy a decirte.

Tomando a Sola por un brazo, la acercó a sí:

-Viviendo en tu casa -añadió-, apunté no hace dos meses, los principales datos de mi vida, tales como el día de mi nacimiento, el de mi bautizo, el de mi confirmación, el de mi boda con Refugio, el del feliz natalicio de Lucas, el de mi entrada en la enseñanza y otros: son datos preciosísimos. Como los historiadores han de empezar desde mañana mismo a revolver archivos y libros parroquiales, yo te encargo que les saques de apuros. Mira tú; el apunte en que constan esos datos está escrito con lápiz... Me parece que lo puse debajo del hule de la cómoda. Búscalo bien por toda la casa, y entrégalo a esos señores. Al punto sabrás quiénes son, porque no se hablará de otra cosa en todo el mundo. No te descuides, y evitarás mil quebraderos de cabeza, y quizás inexactitudes y errores que darán ocasión a desagradables polémicas.

Sola sintió al oír esto que la admiración despertada por anteriores palabras del viejecillo bobo, se disipaba como humo. ¡Cuán difícil era señalar la misteriosa línea donde los desvaríos de Sarmiento se trocaban en ingeniosas observaciones, o por el contrario, sus admirables vuelos en lastimoso rastrear por el polvo de la necedad! La joven prometió cumplir fielmente todo lo que le mandaba.

Al poco rato apareció el padre Alelí preparado para decir la misa, y empezada esta, Sarmiento la ayudó con extraordinaria devoción y acierto, tan seguro en las ceremonias como si hubiera sido monaguillo toda su vida. Soledad la oyó con gran edificación acompañada de los hermanos y de algunos empleados de la cárcel. Después, por orden del Sr. Chaperón, se cerró la capilla al público.



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