El Terror de 1824 : 3

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Cuando volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar que era indudablemente su casa y que sin embargo bien podía no serlo. Llena de confusión su mente, miraba en derredor y decía:

-Indudablemente es mi casa; pero mi casa no es así.

Se incorporó en el canapé donde yacía, tocó la pared cercana, midió con la vista las distancias, y a medida que se aclaraba su entendimiento, más grande era su confusión. La semejanza entre su casa y aquella en que estaba era muy grande, pero también había diferencias, siendo las principales el aseo, los muebles y el orden perfecto de todo. Pero lo que más sorprendió al maestro de escuela fue ver en mitad de la encantada pieza una mesa puesta como para cenar, alumbrada por lámpara de pantalla, y que en la blancura de sus manteles y en el brillo de los platos revelaba las hacendosas manos que habían andado por allí. Como la mesa puesta, y puesta de aquel modo era el más grande fenómeno que podía presentarse ante los ojos de Sarmiento en su propia casa, creyose juguete de duendes o artes demoníacas. Probó a levantarse y pudo sostenerse en pie aunque apoyándose en la silla. Junto a la mesa había un sillón, y como Sarmiento lo creyese destinado a su persona, no vaciló en ocuparlo. En el mismo instante llegaron a su nariz olores de comida muy picantes y aperitivos. El anciano exclamó con mayor confusión:

-No, esta no es mi casa.

Decíalo por aquellos olores que hacía mucho tiempo habían dejado de acompañarle en su domicilio. A pesar de no ser supersticioso afirmose en la idea de hallarse bajo la acción de una magia o bromazo de Satanás. Y sin embargo, era la cosa más sencilla del mundo. Pronto se convenció de ello nuestro amigo viendo entrar a una joven vestida de negro, la cual se llegó a él sonriendo y le dijo:

-Buenas noches, Sr. D. Patricio. ¿Ya se le pasó a usted el desmayo? Bien decía yo que no era nada. Sin embargo, mandamos llamar un médico.

-¡Por vida de cien mil chilindrones! -repuso Sarmiento, saliendo poco a poco del estupor en que había caído-. Pues no me queda duda de que estoy hablando con Solita en persona.

-La misma -dijo la joven acercándose a la mesa y apoyando ambas manos en ella para contemplar más de cerca al viejo.

¿Y cómo es que estoy en mi casa y no estoy en ella?

-Está usted en la mía.

-¡Ah! bien lo decía yo, bien lo decía. Estos platos, estos ricos olores, este arreglo no pueden existir en la casa de un pobre maestro de escuela sin discípulos. Como todos los cuartos de la casa son iguales, de aquí que... Pues con permiso de usted... me retiro a mi vivienda...

-Antes cenará usted -dijo la muchacha sonriendo con bondad-. Me han dicho que no hay gran abundancia por allá arriba.

-¿Cómo ha de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la desgracia? He caído, señorita D.ª Sola, a los más profundos abismos de la miseria. Vea usted en mí una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios me ha quitado todo, me ha quitado a mi hijo!

-Cómo ha de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y todos los que vengan detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los desgraciados no abandonarse al dolor y dar al cuerpo todo lo que el cuerpo necesita.

-Usted me invita a cenar...

-No invito, sino que obligo -afirmó Sola poniendo en la mesa pan y vino-. Aguarde usted un momento, que no le haré esperar.

Al poco rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor despertó en Sarmiento las más dulces sensaciones y una generosa reconciliación con la vida.

-Debe usted recordar, Srta. D.ª Sola -dijo el preceptor, cuando la joven le ataba las dos puntas de la servilleta detrás del cogote-, que yo fuí encarnizado enemigo de su padre de usted, porque jamás he transigido ni podré transigir con las perras ideas absolutistas.

-Lo recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.

-Es que mi delicadeza -añadió Sarmiento tomando la cuchara-, no me permite aceptar un banquete... Con usted personalmente no hay resentimiento... pero ¿a qué negarlo? Usted y yo no podemos ser amigos hoy ni nunca... dígolo para que no se crea que adulo, que me dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que agradezco.

-Cene usted, cene usted... -dijo Solita llenándole el vaso-. La mucha conversación podrá ser perjudicial a su cabeza, que según me han dicho, no está del todo buena.

-Cenaré, señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo no he mendigado esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza; que no he solicitado esta amistad, conste, en fin, que no podemos ser amigos.

-Aunque no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de conseguir -dijo Soledad sonriendo, y hablando al viejo en el tono que se emplea con los chiquillos.

-Dale, dale -repuso Sarmiento engullendo aprisa-. Conque amiguitos, ¿eh? ¡Chilindrón!... Como si no hubiera pasado nada...Usted no tiene memoria, sin duda.

-Verdaderamente no tengo mucha para el daño recibido.

-Su dichosito papaíto de usted y yo éramos como el agua y el fuego... Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi patria, una idea, ¿me entiende usted?

-Entiendo.

-Con nada transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija del enemigo de mi patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?

-Que no ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.

-No ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan buenas.

-Ahora voy por la perdiz.

-¿Perdiz?... Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña usted... pero conste que yo no he pedido la perdiz; que yo no he mendigado nada, que...

Un momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras pedazo al hambriento anciano.

-Está sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había olvidado... ¿Cuándo ha llegado usted, Sra. D.ª Solita? ¿Qué tal le ha ido en su viaje?

-He llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted... Dijéronme que estaba usted loco...

-¡Loco yo!

-O poco menos. Que andaba usted mal de fondos.

-Eso sí que es como el Evangelio.

-Que había perdido usted a su hijo Lucas.

-También ¡ay! es verdad.

-Esperé verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.

-Gracias...

-Pero usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me dijeron, a correr por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo de entretenimiento, con sus discursos, a los desocupados de los cafés y de la Puerta del Sol.

-¡Yo!

-Descansé un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He buscado una sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer cuando se ha tenido todo abandonado a causa de una ausencia de cinco meses. Ya muy entrada la noche sentí pasos en la escalera y después lamentos y quejidos como de una persona enferma. Salimos y hallamos al gran D. Patricio tendido boca abajo. Los vecinos salieron, y unos decían: «¡Buena turca ha cogido!» otros: «¡Ya las pagó todas juntas!». ¡Cómo reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último discurso...». «¡Qué feísimo está!». Don Juan de Pipaón dijo: «No tiene sino hambre. Denle a oler sopas y verán cómo resucita...». Me pareció que esta opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Corderos, mi criada y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis escalones más arriba, le tendimos en ese sofá...

-Conste que yo no entré por mi pie, que no pedí... -dijo Sarmiento con viveza arqueando las cejas.

-Le abrigamos bien, vino el veterinario del sotabanco y dijo que usted padecía estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de hablar mucho y no comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra cena para el nuevo huésped.

-Traído por fuerza; es decir, acogido, secuestrado, usurpado durante su desmayo.

-Mandé venir un médico, mientras hacía la cena -añadió Sola observando con la mayor complacencia el buen apetito de Sarmiento-. Yo creí que al pobre hombre no le vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí: «Cuando se ponga bueno y se le despeje la cabeza, abrirá de nuevo la escuela, se llenarán sus bolsillos, y podrá vivir otra vez solo y holgado en su casa. Entretanto le conservaré en la mía, si quiere, y partiré con él lo poco que tengo».

-¡Cuidarme, conservarme aquí, darme asilo!... -murmuró D. Patricio con cierto aturdimiento.

-Me han dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta semana.

-Ese troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.

-En aquel cuarto le he preparado a usted una cama -manifestó Soledad, señalando una alcoba cercana.

D. Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le deslumbraron más que si fueran rayos de sol.

-¡Una cama!... ¡para mí!... ¡para mí que hace cinco meses duermo en el suelo!...

-Aquí podrá usted vivir. Yo estoy sola, quizás lo esté por mucho tiempo -añadió la joven poniendo delante del anciano un plato de uvas-. La casa es demasiado grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de nada... le cuidaré, le alimentaré.

-¡Me cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.

-Es caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?

-Sí entendemos, sí -replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué decir-. ¡La caridad! sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse al tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal muy grande si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros del error... ¿Qué le parece a usted?

-Que las uvas no deben de ser ministros del error, según las ha cogido usted.

-Están riquísimas... Yo ¿cómo negarlo? agradezco a usted sus obsequios... Quizás pueda algún día corresponder a tantas finezas con otras igualmente delicadas... Conque dice que me dará una cama...

-Aquella...

-Y desayuno...

-También.

-Y comida...

-Y cena. Soy pobre; pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios nos dará más. Ya ve usted que si a veces quita, también da cuando menos se espera.

-Es cierto, sí, es cierto -dijo Sarmiento con viva emoción que se apresuró a disimular-. Pero me asombra una cosa.

-¿Qué?

-La poca memoria de usted.

-¿Poca memoria? En verdad no es mucha -dijo Sola ofreciéndole un vaso de agua-. A veces no sirve la memoria sino de estorbo.

-Pues sí -añadió Sarmiento mascullando las palabras y algo cortado-. Usted no se acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su papá de usted... Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de usted conspiraba. Así es que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo de esto, tengo una congoja... Cierta noche, cuando llevaron preso al Sr. Gil de la Cuadra, yo... Repito que él conspiraba y que hacían bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?

Soledad, pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.

-Usted recuerda que su papá... cuando le pusieron las cadenas, ¿eh?... pues sí, parece que tenía sed. Me pidió agua, y yo no se la quise dar. Hice mal, mal, mal; aquello fue una bellaquería, una brutalidad... una infamia: seamos claros. Más adelante, cuando vivían ustedes en casa de Naranjo... que, entre paréntesis, era un gran bribón, yo... en fin, recordará usted que la noche en que murió el señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de usted conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar muerto; pero...

La confesión de sus brutales actos de fanatismo costaba al preceptor sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.

-Ello es que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos enemigos; que él conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión que cumplir... el Gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de todos modos, Sra. D.ª Solita, usted no obra cuerdamente al tratarme como me trata.

-¿Por qué? -dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.

-Porque somos enemigos políticos.

Bañado el rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía singular contraste.

-Porque somos enemigos encarnizados... porque me porté mal, y si ahora salimos con que usted me da cama y mesa... Además mi dignidad no me permite aceptarlo, no señora. Parecerá que he cedido en mis opiniones... que transijo con ciertas ideas.

Sola reía más.

-Usted se burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura que usted me perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que es un proceder admirable; pero yo... póngase usted en mi lugar...

-Me parece -dijo Sola-, que ya es hora de que se acueste usted.

-¿En esa cama? -dijo Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los ojos.

-En esa.

-¡Y tiene colchones!

-Y manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le ofrezco, no insistiré -dijo la muchacha con malicia-; pero valga mi hospitalidad por esta noche. Mañana se volverá usted a su casa.

-Bien, bien -exclamó Sarmiento-. Por vida de la chilindraina, que es una excelente idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche como estoy tan cansado... En verdad, ¿para qué necesito yo colchones ni platos exquisitos si están contados mis días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo me ha secado el corazón. Para mí ha concluido el mundo. Conozco que estoy de más y me apresuro a emprender el viaje. Pero ha de saber usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener un fin que corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en vida. Yo no puedo morir como otro cualquiera, Sra. D.ª Solita, y aquí me tiene usted en camino de llenar una página de la historia.

Sola parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.

-Sí señora -añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los ojos-. Voy a morir por la patria, voy a morir por la libertad, por esa luz que ilumina al mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como los héroes, conquistando con un fin heroico la inmortalidad.

-Lo que yo veo es que era cierto lo que me habían dicho.

D. Patricio se levantó y tomando una actitud de estatua, prosiguió de este modo:

-¿A qué arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las circunstancias me brindan con la inmortalidad? El ejemplo de ese héroe a quien he visto conducido como los criminales y que subirá al Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh luz de mi inteligencia, bendita seas por haberme inspirado esta idea!

Tomando luego bruscamente el tono familiar, dijo a Solita:

-Pocos días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno solo. Como he de molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me quedaré aquí.

-Está muy bien pensado. Ahora a dormir.

Vino el médico que habían llamado, y Sarmiento le despidió de mal talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el cuerpo no era nada y el alma todo. El médico que ya le conocía, encargole mucho cuidado con la cabeza, advirtiendo reservadamente a Sola que le encerrara si tenía empeño en que tal enfermo viviese. Después de la partida del Galeno, D. Patricio mostró deseos de acostarse.

-Buenas noches, señora -dijo el preceptor entrando en la alcoba-. ¿Mañana tomaré chocolate?

-¿Eso había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que le espera, le tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese gusto por la gloria que no es más que humo!

-Usted habla en broma -dijo D. Patricio, cuya voz se oía débilmente desde la sala, porque había cerrado la puerta para acostarse-. No puedo comprender que su claro entendimiento compare unas cuantas onzas de soconusco con la inmortalidad y la gloria... ¡Ah! señora mía, lo único que me consuela de la pérdida que acabo de experimentar, es el saber que mi adorado hijo está gozando de esa inextinguible luz de la gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo la libertad. ¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te bendigo yo! ¡Yo que me apresuro a imitarte!... ¿Solita, se ha marchado usted?

-No señor, aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la muerte del pobre Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...

-¡Válgame Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes -dijo Sarmiento dando un gran suspiro- y de amor filial. Su inteligencia superior se remontaba a las más altas concepciones. Su valor indomable no tenía igual, y creeríase al verle que en él había resucitado un héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de Julio, dejó bien puesto el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran idénticas a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!... ¿Está usted ahí, Solita?

-Aquí estoy. Sí, debía de ser muy hermosa D.ª Refugio.

¡Ah! ¡Si usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!... ¡qué ojos!... ¡qué pie!... Me parece que la estoy mirando. La llamaban la diosa de Calabazar del Buey por ser este el lugar de su nacimiento... ¡Oh dulces memorias! ¿por qué venís a atormentarme en estas aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato, porque siempre he sido así, un fuego vivo. ¡Cuánto me costó sacarla de la casa paterna!... en fin, nos unimos en dulce lazo el día de la Encarnación... Por Noche-Buena nació nuestro pobre Lucas, que parecía una bola de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... señora doña Solita.

-¿Qué?

-¿Se ha marchado usted?

-No señor, aquí estoy.

-Parece que se ríe usted.

-De ningún modo.

-Hágame usted el favor de abrir la puerta, porque deseo verla a usted antes de dormir. Es una necesidad de mi pobre espíritu.

Soledad abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, D. Patricio no mostraba más que la cabeza.

-Está usted mucho más guapa que cuando vivía el Sr. Gil de la Cuadra -insinuó el viejo.

-Podrá ser.

-¿Se acuesta usted ya?

-Antes tengo que hacer.

- Pues buenas noches, porque a causa del mucho cansancio... Perdone usted mi descortesía; pero no lo puedo remediar; me duermo como un animal. ¡Oh gloria, oh lauros inmortales, oh libertad!... Esta cama... es tan... buena...



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