El Tratado de la Pintura: 005

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


El Tratado de la Pintura-Imagen 2.jpg

VIDA

DE LEONARDO DE VINCI,

ESCRITA

POR RAFAEL DU FRESNE.[1]


Si la nobleza de sangre, que es solo una cosa imaginaria, hace tal distincion entre los hombres que exalta á los unos sobre los otros, ¿quién podrá dudar que la nobleza del ánimo, que consiste en la virtud efectiva, y reside en la parte que trae su origen del Cielo, no es capaz de ensalzar al hombre desde el estado mas ínfimo hasta los confines de la divinidad? Adornado Leonardo de Vinci con esta verdadera y mas esclarecida nobleza, pudo igualarse en la gloria y el honor á los hombres mas grandes de su siglo, y elevándose sobre la bajeza de su cuna, vivir, tratar y morir al lado de los Reyes y Príncipes soberanos, y dejar su nombre (prerogativa concedida á pocos) vinculado á la inmortalidad.

 Nació Leonardo de Vinci en un lugar llamado Vinci, situado en el valle de Arno, mas abajo, aunque no muy distante de Florencia; y su padre se llamó Pedro de Vinci. Este, advirtiendo la natural inclinacion de su hijo, que entre las ocupaciones de sus estudios siempre se aplicaba á dibujar, resolvió coadyuvar á su propension y llevarle á Florencia, en donde le puso bajo la direccion de Andres Verrochio, Pintor de alguna reputacion en aquel tiempo. Admirado Verrochio del ingenio de aquel joven, formó de él el concepto que tanto acreditó despues el tiempo; y recibiéndolo por su discípulo, prometió á Pedro de Vinci instruir á su hijo con el cuidado y esmero que debia inspirarle la estrecha amistad que entre ambos reinaba, y segun lo merecian, á su parecer, los agradables modales y costumbres de Leonardo. Como Verrochio era, ademas de pintor, escultor y arquitecto, tallista y platero, aprendió Leonardo en su escuela no solo a pintar, sino tambien todas las otras artes que tenian conexion con el dibujo: en las que se adelantó tanto, que en poco tiempo dejó atras á su propio maestro. De este se lee que estando haciendo un cuadro para los Religiosos de Valumbrosa que estan en S. Salvi, cuyo asunto era S. Juan bautizando á Jesucristo, quiso que le ayudase Leonardo, y le mandó dar el colorido á un Angel que tenia en las manos unas vestiduras. Cumplió Leonardo el encargo de Verrochio con tanta maestría, que excedia su obra considerablemente á lo demas del cuadro; y todos unánimes convinieron que nada podia igualar á la belleza del Angel. Quedó avergonzado Verrochio viéndose superado de un discípulo suyo tan jóven; y enfurecido contra sus pinceles, jamas volvió á manejar colores, despidiéndose para siempre de la Pintura,

 Luego que salió de su escuela Leonardo, ya en edad de poderse dirigir por sí mismo, hizo en Florencia aquellas obras que refiere el Vasari, que son el carton del Adan y Eva para el Rey de Portugal, cuando cometieron el pecado en el Paraiso; en el cual, ademas de las dos figuras, pintó de claro y oscuro con increíble paciencia y diligencia los árboles y plantas. A instancias de su padre hizo para un labrador de Vinci, amigo de este, en una rodela de palo de higuera, una composicion tan extraña de animales diversos, como sierpes, lagartos, grillos y langostas, que formando de todos ellos un solo monstruo, parecia tan horrible y espantoso, que como si fuese la cabeza de Medusa, pasmaba á quien lo miraba. Pero juzgando el padre que una obra como esta no merecia estar en manos de un labrador, la vendió á unos mercaderes, de quienes la compró luego el Duque de Milán por trescientos ducados. Pintó un cuadro con una Nuestra Señora hermosísima, y entre otras cosas representó un frasco lleno de agua con algunas flores dentro, sobre las cuales pintó con admirable artificio el rocío; cuya obra paró luego en poder del Papa Clemente VII. Hace mencion tambien el Vasari de un dibujo que hizo Leonardo en un papel para un íntimo amigo suyo llamado Segni, en el cual representó con extraordinaria invencion y con su acostumbrado primor al dios Neptuno en medio del mar agitado en su carro, tirado de caballos marinos y acompañado de monstruosos peces, tritones y otras cosas imaginarias que le parecieron á propósito en aquel asunto.

 Aqui observaremos que aunque Leonardo supo muy bien en lo que consistia aquella divina proporcion que es madre de la belleza, tanto que la gracia de sus figuras inspiraba amor á quien las miraba; no obstante se aficionó de tal suerte á pintar cosas extravagantes y ridiculizadas, que si veia por casualidad á algun hombre del campo con fisonomía extraordinaria y rara, de modo que tocase en lo ridículo, lo iria siguiendo un dia entero embelesado con la particularidad de aquel objeto, hasta que concibiendo una idea idéntica de aquella cara, volvia á su casa, y la retrataba como si la tuviese presente. Y dice Paulo Lomazo en su libro 6.° de la Pintura que en su tiempo tenia Aurelio Lovino cincuenta cabezas de estas dibujadas en un libro de mano de Vinci. Por este estilo está pintado el cuadro que hay en Paris, y se conserva entre otros muchos en el palacio de las Tuilleries, al cuidado de Mr. Le Maire, pintor, como todos saben, de no muy comun habilidad, que representa a dos ginetes en accion de arrebatar violentamente á otros dos una bandera: este grupo componia parte de una obra mucho mayor, que era el carton que hizo para el salon del palacio de Florencia, como adelante se dirá, y por su hermosura lo pintó en pequeño con sumo gusto y aficion: y ademas del fuego de los caballos y la bizarría de los trages, se ven las cabezas de los combatientes con semblante tan furioso, tan ardiente y colérico, y con ademan tan extraordinario y particular, y (como suele decirse) con tal caricatura, que al mismo tiempo causan espanto y risa á quien los mira.

 Volviendo á las primeras obras de Leonardo, dice el Vasari, que empezó la cabeza de Medusa en un cuadro al oleo de extraña invencion, la cual quedó sin concluir. Empezó tambien una adoración de los Reyes Magos, en que habia algunas cabezas bellísimas; pero jamas la concluyó, como por lo comun sucedia á todas sus obras: porque como era hombre de infinitas noticias y bellas ideas, vivísimo por naturaleza, y de un ingenio muy fecundo, lo mismo era dar principio á una obra, que ya le venia al pensamiento el emprender otra. Ademas del arte de la Pintura, de que hacia profesión con tanto esmero y diligencia , se aplicaba también á la Escultura, y modelaba con perfección. Era excelente Geómetra, y en la Mecánica siempre andaba ideando nuevas máquinas de que fue inventor. Era muy inteligente en la Arquitectura, y nadie le aventajaba en la Perspectiva ni en la Optica. Estudió tambien las propiedades de las yerbas; y penetrando su ingenio hasta los cielos, se aplicó á la Astronomía, é hizo varias observaciones acerca del movimiento de las estrellas. En la Música se adelantó admirablemente, y llegó á cantar y tañer con tal destreza, que excedió á todos los músicos de su tiempo; y para que no le faltase habilidad alguna, con el mismo furor que Apolo le inspiró para la Pintura y Música, le favoreció para la Poesía; pero habiéndose perdido todas sus composiciones métricas, solo nos ha quedado el siguiente Soneto moral.


 Chi non puo quel chevuol, quel che puo voglia,
Che quel che non si puo, folle è volere,
Adunque saggio é l'huomo da tenere
Che da quel che non puo suo voler toglia.

 Però ch'ogni diletto nostro è doglia
Stà in si, e no, saper, voler, potere,
Adunque quel sol puo che co'l dovere
Ne trahe la ragion fuor di sua soglia.

 Ne sempre è da voler quel che l'huom puote,
Spesso par dolce quel che torna amaro;
Piansi gia quel ch'io volsi, poi ch'io l'hebbi.

 Adunque, tu lettor di queste note,
Se à te vuoi esser buono, è à gl'altri caro,
Vogli sempre poter quel che tu debi. [2]

 Tambien se ejercitaba en otras varias habilidades, porque era en extremo aficionado á los caballos, que manejaba con primor; y siendo igual la agilidad y robustez de sus miembros á la gallardía de su presencia y á la gracia de sus acciones, consiguió superior destreza en la esgrima. Pero sobre todo gustaba de conversar con sus amigos, y tenia tal atractivo en su trato, y tanta felicidad y urbanidad para explicarse, que arrastraba tras sí el ánimo de quien le escuchaba.

 Un número tan no visto de prendas, y un caudal tan grande de ciencia hizo resonar el nombre de Leonardo por toda Italia, y movió á Ludovico Sforcia, llamado el Moro, favorecedor de todos los hombres de talento con quienes mostró muy bien su liberalidad, á proponerle que fuese á Milán, señalándole quinientos escudos de renta al año. Lo primero que hizo aquel Príncipe fue crear una Academia de Arquitectura, en la que introdujo a Leonardo y quien aboliendo desde luego el modo de fabricar á la Gótica, establecido en aquella Ciudad cien años antes bajo la direccion de Michélino, abrió el camino para que volviese este arte á su primitiva y antigua pureza. Ocupóse por orden de dicho Príncipe en la conduccion de las aguas del Ada hasta Milan, formando aquel canal navegable, que vulgarmente llaman el navio de Mortesana, á quien se le agrega un rio tambien navegable por espacio de mas de doscientas millas hasta los valles de Chîavena y Valtelina. La empresa era tan dificil como importante, y digna del sublime ingenio de Leonardo, por la noble emulacion que causaba el gran canal que doscientos años antes se hizo en tiempo que era República Milan, á la otra parte de la Ciudad, en cuyas aguas, que toma del rio Tesino, se navega hasta Milan, y con ellas se riega toda la campiña. Venció Leonardo todas las dificultades que se suscitaron, y por medio de muchas esclusas hizo navegar con toda seguridad los barcos por montes y valles.

 No contento el Príncipe con los beneficios que hizo al Estado Leonardo como Arquitecto y como Ingeniero, quiso tambien que lo adornase como Pintor con alguna obra primorosa de su mano. Mandóle, pues, que en el refectorio de los PP. Dominicos de Sta. María de Gracia pintase la Cena de Jesucristo con los Apóstoles, cuyo asunto desempeñó Leonardo con tanta excelencia, que se miró luego como un milagro del arte. En efecto apuró en esta pintura los primores del pincel de tal modo, que todos á una voz confiesan que nada puede aventajarla ni en dibujo, ni en expresion, ni en diligencia, ni en colorido. Y en especial pintó con tanta belleza las cabezas de los Apóstoles, particularmente la de ambos Jacobos, que al llegar á la de Jesucristo, viendo que no era posible darla mayor perfeccion, enfadado la dejó en bosquejo.

 Parecíale al Prior del Convento que duraba mucho la obra del cuadro, y se quejó varias veces á Leonardo de su tardanza, y aun al mismo Duque, quien hablando con Leonardo de ello, supo que solo faltaba para la total conclusion acabar la cabeza de Cristo y la de Judas; pero como no podia formar una idea justa de la infinita belleza del Hijo de Dios, no le era posible expresarla con el pincel. La cabeza de Judas, añadió Leonardo, como que es hijo del Infierno, la tengo ya en el pensamiento, y no deja de suministrarme idea para ella el gesto de este Fraile, que tan groseramente nos ha importunado á ambos.

Ejecutó con mucha felicidad la expresión de la sospecha que concibieron los Apóstoles de querer saber quien era el que habia vendido á su Maestro, según escribe el Vasari; y dice Lomazo (que tenia esta pintura tan presente, como que habia hecho una copia de ella para S. Bernabé de Milán) que en cada rostro se advertia la admiración, el espanto, el dolor, la sospecha, el amor y otros varios afectos que agitaban sin duda entonces el corazón de los discípulos; y en Judas se notaba la traición que maquinaba con un rostro propio de un facineroso. Esto da á entender lo bien que sabia Leonardo las diferentes alteraciones que causa en el cuerpo la agitación del ánimo, que es lo mas delicado y dificultoso del arte, y por consiguiente lo menos practicado. Era esta obra digna de permanecer para siempre; pero estando pintada al óleo en una pared húmeda, duró muy poco; de modo que hoy se halla casi del todo destruida. Cuando Francisco I fue á Milán, quiso que se buscaran todos los medios posibles para llevarla á Francia, y enriquecer con ella aquel Reino; pero como la pared en que estaba era muy gruesa, y tenia de alto y de ancho treinta pies, salieron inútiles todas las tentativas. Es verosímil que este Monarca mandase sacar alguna copia, y tal vez será la que hoy se ve en la parroquial de San German, clavada en la pared á mano izquierda, conforme se entra en la Iglesia por la puerta del mediodía. En el mismo refectorio en donde pintó la Cena Leonardo, retrató del tamaño natural al Duque Ludovico, y á la Duquesa Beatriz, su esposa, de rodillas, y delante de ellos sus hijos, y á la otra parte un Crucifijo. Pintó también un nacimiento en una tabla para un altar por mandado del mismo Duque, cuyo cuadro se regaló luego al Emperador.

Entre las varias ocupaciones de Leonardo durante su mansión en Milán, fue de mucha importancia el estudio que hizo de la Anatomía, en cuya ciencia, con el auxilio de Marco Antonio de la Torre, Catedrático de esta facultad en Pavía, adquirió gran conocimiento, y dibujó un cuaderno de figuras anatómicas, que vino á parar después en manos de su discípulo Francisco Melzi. Dibujó también para un cierto Gentil Borri, Maestro de Esgrima, de cuya habilidad se preciaba igualmente Leonardo, un libro entero de figuras batallando a pie y á caballo, en donde estaban expresadas las reglas de la verdadera destreza. Escribió también para el adelantamiento de su Academia de Milán varias obras sobre diversas materias que estuvieron olvidadas mucho tiempo, y enteramente desconocidas en la familia de los Melzis en su casa del Vávero, y luego fueron á poder de varios sugetos, como acaece á casi todos los libros; porque un tal Lelio Gavardi d'Asola, Prepósito de S. Zeno de Pavía, pariente cercano de Aldo Manucio, que enseñaba las letras humanas á dichos sugetos, como entraba con frecuencia en la casa, tomó trece volúmenes, y se los llevó á Florencia con la esperanza de que el Gran Duque se los compraria á muy alto precio. Pero habiendo muerto este Príncipe por aquel tiempo, marchó Gavardi á Pisa, y hallando alli á Juan Ambrosio Mazenta, Caballero Milanés, que estaba estudiando, escrupulizó de tener en su poder aquellos libros, y le suplicó los restituyese á los Melzis cuando volviese á Milán. Hízolo asi; pero maravillándose Horacio Melzi, cabeza de la familia, de la escrupulosidad de uno y otro, se los regaló á Juan Ambrosio, quien los conservó en su casa. Gloriábanse los Mazentas de esta posesión, y los enseñaban á todos; y habiendo dicho á Melzi Pompeyo Leoni, Escultor del Rey de España, lo mucho que valian aquellos libros, le prometió que lograría muchos honores y gracias, si recuperándolos se los regalaba al Sr. Felipe II. Movido Melzi con esta esperanza pidió con la mayor sumisión á Guido Mazenta, hermano de Juan Ambrosio, le volviera aquellos libros del Vinci. Dióle siete de ellos Mazenta, y se quedó con seis, uno de los cuales lo regaló al Cardenal Borromeo para la Biblioteca Ambrosiana, y otro á Ambrosio Figgini, quien lo dejó al tiempo de morir á su heredero Hércules Bianchî. Carlos Emanuel, Duque de Saboya, tuvo otro de estos libros, y los otros tres fueron á poder de Pompeyo Leoni por muerte del referido Guido; y Leoni los dejó á su heredero Cleodoro Calchî, quien los vendió por trescientos escudos á Galeazo Leonato.

Solia Leonardo retirarse á la casa de campo de Vávero cuando queria filosofar, ó aplicarse á alguna cosa seria; y es constante que vivió alli mucho tiempo en compañía de Francisco Melzi, su discípulo. Abajo se pondrá un índice de las obras que escribió.

Después de la muerte del Moro, acaecida en el año 1500, á quien llevaron prisionero á Francia, en donde murió en la torre de Loces, con motivo de las guerras que se originaron, se entibió mucho en Milán el estudio de las bellas Artes, y fue deshaciéndose poco á poco la Academia establecida, en la cual habian salido sobresalientes en la Pintura Francisco Melzi, Cesar Sesto, Bernardo Lovino, Andrea Salaino, Marco Vegioni, Antonio Boltrafio, Paulo Lomazo y otros Milaneses, que todos seguian la escuela de Vinci; de tal manera que muchas veces no solo entonces, sino también ahora se estimaron y vendieron muchas obras suyas por de Leonardo, especialmente las de Sesto y Lovino, que fueron los que mas imitaron la manera de su Maestro. Con todo hubiera sin duda sobrepujado á los demás Lomazo, si no le hubiera faltado la vista en lo mas florido de su edad, como lo habia ya predicho Gerónimo Cardano: y ya que no podia dedicarse á la pintura con la mano, se dedicó con el entendimiento; y siendo ciego compuso aquellos libros tan estimados de los que tienen vista, en los que á cada paso propone á Vinci como idea de un verdadero y perfecto Pintor.

Cuando pasó a Milán Luis XII, Rey de Francia (que fue un año antes de la prisión del Moro), habiendo suplicado á Vinci los sugetos principales de la ciudad, que inventase alguna máquina extraña y magnifica para cortejar y obsequiar á aquel Príncipe, hizo un león con tal arte, que después de haber dado muchos pasos por sí en una sala, se paró delante del Rey, y luego abriéndose él mismo el pecho, arrojó una infinidad de lises de que estaba lleno. En las obras de Lomazo, lib. 2.°, cap. I.º, se lee que esto lo hizo para Francisco I; pero fue error del copiante, porque cuando este Monarca entró en Milán fue el año 1515, en cuyo tiempo estaba Leonardo en Roma, como mas abajo se verá.

Las revoluciones de Lombardía y las desgracias de los Sforcias, protectores de Leonardo, le obligaron á dejar á Milán y volverse a su patria Florencia, en donde lo primero que hizo fue aquel cartón de la Virgen con Jesucristo, Sta. Ana y S. Juan, que para verle corria á gran priesa el pueblo. Este cartón lo llevó Leonardo á Francia, donde quiso el Rey que le diese el colorido. Después hizo el retrato de Lisa, muger de Francisco Giocondo, que generalmente llamaban la Gioconda, y se halla en Fontainebleau junto con otros muchos cuadros de estimación, por haberlo comprado Francisco I en cuatro mil escudos. Dicen que tardó Leonardo cuatro años en concluir este retrato, y aun quedó sin acabar del todo, porque era de tan delicado gusto y de un ingenio tan sutil, que para llegar á la verdad de la naturaleza, buscaba siempre excelencia sobre excelencia, y perfección sobre perfección; y no contentándose nunca con lo que habia hecho por bello que fuese, procuraba adelantar siempre mas y mas. Mientras que pintaba este retrato, hacia que hubiese alrededor de Lisa gentes con instrumentos de Música cantando con algazara para que siempre estuviese alegre, y no la sucediera lo que regularmente acaece en todos los retratos que están melancólicos. Y en efecto en el semblante de este se advierte un gesto tan alegre, que, como dice Vasari, mas parece á la vista cosa divina que humana. Hay también en Fontainebleau otro retrato de mano de Vinci, que dicen que es de una Marquesa de Mantua. Es también hermosísimo el de Ginebra de Amerigo Benci, doncella de singular belleza en aquellos tiempos. No se debe omitir la Flora que pintó con tan admirable suavidad y con ademan tan divino, la cual se conserva en París en poder de un particular.

Debiéndose adornar la sala del Consejo en Florencia hacia el año de 1503, se eligió por decreto público á Leonardo para que la pintara. Para este efecto hizo un cartón con delicado arte y graciosa expresión, que representaba una historia de Piccino. Empezó á pintar la obra al óleo; y cuando ya llevaba la mitad advirtió que por haber puesto una imprimación muy fuerte saltaba todo el color de la pared, y dejó el trabajo.

En aquel tiempo, que fue en el Pontificado de Pío III, y no del segundo, como dice Vasari, Rafael de Urbino, que apenas tenia veinte años, y acababa de salir de la escuela de Pedro Perugino, deseoso de ver aquel tan famoso cartón, y llevado del renombre de Vinci (que entonces tenia ya cumplidos sesenta años), marchó por la primera vez á Florencia. Quedó pasmado á vista de las obras de Leonardo, y ellas fueron sin duda aquel poderoso estímulo que le obligó á volar con tanta rapidez á la cumbre de la perfección del arte, que después fue mirado y reverenciado de todos como el Dios de la Pintura, dejando desde entonces la manera seca y dura del Perugino para pasar á la morbidez y ternura de Vinci. También presenció el jóven Rafael las historias que motivaron después aquella tan grande enemistad entre Vinci y Miguel Angel Buonarrota, que entonces tenia veinte y nueve años, y por orden del Gobierno habia hecho otro cartón para la otra fachada de la mencionada sala del Consejo, y representó en él la guerra de Pisa con varia multitud de desnudos hechos á emulación de Vinci. Permaneció este en Florencia hasta el año 1513, y pintó varias obras. Francisco Bochi en el libro que escribió de las bellezas de Florencia hace mención de un cuadro que en su tiempo estaba en poder de Mateo y Juan Bautista Botti, en donde habia pintada una Nuestra Señora con suma diligencia y artificio, y el Niño Jesús en los brazos prodigiosamente hermoso, que levantaba la cabeza con mucha gracia. Borghini dice que en casa de Camilo de Albizi habia una estupenda cabeza del Bautista de mano de Vinci.

Elevado León X al sumo Pontificado, en quien era hereditario el amor á las Artes, en especial la Pintura, acudió Leonardo á Roma para ofrecer sus respetos á aquel Príncipe, verdadero Mecenas de los hombres hábiles. Mandóle pintar una tabla; y cuenta el Vasari, que habiendo empezado Vinci con gran priesa á destilar aceites y preparar barnices, dijo León X que no se podia esperar nada de quien al instante miraba á los fines sin considerar los medios de una obra. Otras muchas cosas indignas de la sublimidad del ingenio de Vinci cuenta Vasari, las cuales deben tenerse por sospechosas por referirlas un apasionado tan acérrimo de Miguel Ángel, el cual, como ya se ha dicho, era enemigo declarado de Vinci, y se entretenía en quitarle la reputación con cuentos y burlas que inventaba. Hallábase Vinci sumamente disgustado con aquel odio tan implacable; y viendo que le llamaba á su Reino Francisco I, que se habia enamorado de sus pinturas cuando estuvo en Milán, se resolvió, á pesar de su avanzada edad, pues pasaba de setenta años, á abrazar un partido tan ventajoso y glorioso para él, y tomó el camino de Francia.

Sumo gusto recibió Francisco I viéndose dueño de un profesor tan hábil, como estimado y deseado; y aunque apenas podia ya trabajar por sus muchos años, fue no obstante siempre acariciado sumamente del Rey. Bien sabido es que habiendo estado enfermo muchos meses en Fontainebleau, fue el mismo Rey á visitarle; y queriendo Vinci, movido del respeto, incorporarse en el lecho y referirle su mal, le sobrevino un accidente, de lo cual enternecido el Monarca le sostuvo con la mano la cabeza, y Leonardo admirado de un favor tan extraordinario, espiró en sus brazos á los setenta y cinco años de su edad con mucha mas gloria que ningún Pintor; si es verdad que una buena y honrosa muerte da honor á toda la vida.

Fue Leonardo de Vinci muy hermoso de cuerpo, como ya se ha dicho: su juventud la pasó con descuido filosófico; de modo que se dejó crecer la barba y cabello, y parecia un Hermes ó un Druida antiguo. Nunca quiso casarse; y si alguna vez tuvo esposa, como dice un Pintor, lo fue sin duda el arte de la Pintura, y sus obras sus hijos. Estas se hallan dispersas en varias partes, porque muchas de ellas las tiene el Gran Duque de Florencia, y otras varias las he visto en Inglaterra. En la Idea del Templo de la Pintura de Paulo Lomazo se hace mencion al cap. 33 de una Concepción de la Virgen Santísima que pintó para la iglesia de San Francisco de Milán; y en la Biblioteca Ambrosiana de la misma ciudad hay muchos dibujos y pinturas de su mano.

En Paris en el Palacio del Cardenal se ve una Nuestra Señora suya, sentada en el regazo de Sta. Ana, y en los brazos tiene al Niño Jesús que está jugando con una ovejita. El pais que sirve de campo á este cuadro es bellísimo; pero la cabeza de la Virgen quedó sin concluir. El Cardenal Richelieu tenia una Herodias de singular hermosura; y el S. Juan en el desierto, figura de cuerpo entero que está en Fontainebleau, y otro cuadro de la Virgen con el Niño y S. Juan, y un Ángel de admirable belleza, todos en un pais, son obras dignas de observacion. En el gabinete del Marques de Sourdis en Paris hay también otra Virgen muy buena del mismo autor.

Mr. de Ciarmois, Secretario del Mariscal de Schemberg, Caballero de insignes prendas, que uniendo en sí la curiosidad y la inteligencia tiene formada una copiosa colección de buenos cuadros, posee entre ellos uno de Vinci que representa en dos medias figuras al casto Josef huyendo de la hermosa y deshonesta muger de Putifar. Es un cuadro muy bello, y trabajado con suavidad y diligencia: la expresión es admirable; y el pudor del un rostro y la lascivia del otro mas parecen verdaderos que fingidos. Tiene también otro cuadro de la Virgen, Sta. Ana y el Niño con S. Miguel que le presenta una balanza, y S. Juan jugando con un corderito; todo sumamente hermoso. Pero seria nunca acabar querer referir una por una todas las obras de Leonardo: baste el haber hecho mención de algunas de sus pinturas; y ahora pasemos á hablar de las que hizo con la pluma.

Acostumbraba Vinci á escribir de derecha á izquierda como los Hebreos, y de esta manera estaban escritos aquellos trece volúmenes de que hemos hecho mención; pero como la letra era buena y clara, se leian con facilidad por medio de un espejo. Es probable que en esto llevase el fin de que no todos leyesen sus obras.

La empresa del canal de Mortesana le dio ocasión de escribir un libro de la naturaleza, peso y movimiento del agua, el cual estaba lleno de varios dibujos de ruedas y máquinas para molinos, y para arreglar el curso de las aguas y elevarlas.

Escribió también, como hemos dicho, un tratado de la Anatomía del cuerpo humano, igualmente enriquecido con dibujos hechos con sumo estudio y diligencia, de la cual hace mención el autor en el § XXII de esta obra. Del tratado de la Anatomía del caballo habla el Vasari, Borghini y Lomazo; y habiendo sido Vinci tan primoroso en modelarlos y pintarlos, como demuestra el cuadro de los ginetes combatiendo que se ha referido, es preciso que esta obra fuese tan bella como útil.

En los §§ LXXXI y CX de esta obra se cita un tratado de Perspectiva del mismo autor dividido en varios libros, y tal vez en él estaría explicado el modo de formar las figuras mayores del natural que tanto alaba Lomazo al capítulo 4.° de la Idea.

En los §§ CXII y CXXIII promete escribir un libro de los movimientos del cuerpo y de sus partes; materia anatómica que nadie ha tocado hasta el presente.

También promete en el § CCLXVIII otro libro de la equiponderacion del hombre.

El tratado de las luces y las sombras se halla hoy día en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, escrito en folio, forrado de terciopelo encarnado, que es el que (como se dijo antes) regaló Guido Mazenta al Cardenal Borromeo. En el trata el asunto como Filósofo, como Matemático y como Pintor, y le cita en el § CCLXXVIII de esta obra. En esta parte de la Pintura fue Leonardo muy sobresaliente, y llegó á imitar con tal perfección el efecto de la luz y de la sombra, que sus obras mas parecían verdaderas que fingidas.

Por último escribió la presente obra que intituló: el tratado de la Pintura, la cual contiene varios preceptos del arte, y juntamente la manera de dibujar y pintar. Cuenta el Vasari que pasando á Florencia cierto Pintor Milanes, le hizo ver dicha obra, y le prometió que asi que llegase á Roma la haria imprimir; pero esto nunca lo cumplió: y una cosa que no se hizo entonces en Roma se efectuó en Paris un siglo después, en donde cotejando varios manuscritos, aunque viciados, he podido por fin restituir á la luz pública una obra, que por la excelencia de sus preceptos, y por el mérito de su autor, es digna de la inmortalidad. Para hacer mas fácil su inteligencia la tradujo al idioma francés Mr. Chambrai, sugeto sumamente hábil en el dibujo, el cual (como se dijo de León X) por un instinto comunicado á toda su familia solo se divierte en cosas de habilidad y de talento. Esta versión es lo mismo que un comentario, por la exactitud y claridad con que está interpretado el sentido del autor.


  1. Nota de WS. Rafael Trichet du Fresne, (Bordeaux, Francia, 1611 - París, 1661), diplomático, coleccionista, editor y anticuario.
  2. Nota de WS: La traducción de este soneto puede encontrarse aquí.